fenomenología del rostro
julio 29, 2023 § Deja un comentario
El pensamiento de Emmanuel Levinas puede entenderse como una fenomenología del rostro. Según Levinas, el rostro no es objeto de conocimiento, esto es, no cabe representar, y menos objetivamente, la realidad del rostro. En los términos de Levinas, no es posible reducir lo Otro a lo Mismo, ajustar la alteridad a las condiciones de la representación. Pues, de hacerlo, se pierde precisamente el carácter otro de lo Otro —de hecho, está pérdida ha sido siempre lo no pensado dentro del pensamiento occidental.
La tesis es, sin duda, poéticamente brillante. Y de ahí su poder de seducción. Ahora bien, diría que no terminamos de comprenderla donde partimos del rostro o, mejor dicho, de la idea habitual de rostro, aquella que identifica rostro con fisonomía. Pues mientras las fisonomías son distintas, tan solo hay un rostro, aunque este se revele a través de las diferentes fisonomías. La tesis de Levinas sería, por tanto, que la genuina alteridad —lo Otro— irrumpe como rostro. Esto es, el punto de partida es, precisamente, la realidad de lo Otro, una realidad que, por lo que decíamos antes, no se encuentra sometida a las condiciones de la presencia (y, por extensión, no puede, como tal, hacerse presente). Sin embargo, aquí las cosas comienzan a ponerse cuesta arriba. Al menos, porque lo Otro, por definición, no es algo que aún no terminamos de aprehender —o que no cabe apresar por entero… como si fuera algo oculto por el velo de las apariencias—, sino lo inaprensible de por sí, al fin y al cabo, lo absoluto o ab-suelto. Lo Otro, estrictamente, no es nada —literalmente una doble negación: no-nada. En este sentido, quizá no sea anecdótico que, bíblicamente, hallarse bajo la trascendencia de Dios equivalga a estar sometido a lo que desprende de su eterno por-venir.
Existir, en realidad, significa vivir como arrancados de lo Otro —y por eso mismo, el hombre solo se encuentra a sí mismo donde se encuentra expuesto a la desmesura de una alteridad en falta, en definitiva, a una realidad que, en sí misma, no es nada —y por esta razón siempre se encontrará, como tal, en falta… (y aquí podríamos añadir por suerte). Hablamos del puro il-y-a, por emplear la expresión de Levinas, de un haber sin mundo, estricta oscuridad y silencio. Sin embargo, que no sea nadasignifica, teniendo en cuenta que estamos ante una doble negación, que, en cuanto tal, se nos revela como voluntad de ser en lo concreto. De ahí que lo Otro —la nada del puro haber— sea el fondo inescrutable del mundo —su misterio—, aquello que, en tanto que es continuamente dejado atrás, sostiene el haber del mundo. Quizá no sea casual que el de nada sea el envés de la gracia —de las gracias.
No obstante, ¿qué tiene que ver cuanto acabamos de decir con el rostro? ¿Qué es, en definitiva, un rostro? Toda fisonomía es una máscara. El rostro, en cambio, siempre revela nuestra verdad, a saber, el que nos hallemos esencialmente expuestos al poder de la aniquilación —al poder de la nada que abraza cuanto es—, aunque también, y por la doble negación que constituye una genuina alteridad, al deber de preservar el don de una vida extirpada de la nada (y por nada). En definitiva, el rostro revela nuestra común indigencia (y de ahí que el rostro sea siempre el mismo).
Sin embargo, al arrancar la máscara, no veremos ningún rostro: lo escucharemos. Pues el rostro —como imagen de Dios— es la invocación que habita en lo más profundo de cada uno y ante la cual no responder es ya responder. Con el rostro va el no matarás, que es tanto mandato como promesa. En el rostro, por tanto, se hace presente, a la vez que la indigencia del arrancado, la voluntad que alberga en su seno la alteridad de un puro haber —aquella por la cual el Otro no es nada. Esto, sencillamente, es así. Aun cuando deambulemos por el mundo como si no lo fuera.
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