Yavhé se dirige a Caín
agosto 9, 2023 § Deja un comentario
Los fragmentos bíblicos —de hecho, cualquier texto antiguo— hay que leerlos desde el presupuesto de que lo que se dice es lo que se quiso decir. Tampoco estoy diciendo que debamos interpretarlos literalmente. Una interpretación literal, sencillamente, ya no resulta factible. Y no —o no solo—porque dichos textos estén cargados de modos de hablar que necesiten ser traducidas, sino porque los presupuestos, en última instancia cosmológicos, que permitieron una lectura espontánea o literal, hace tiempo que dejaron de ser los nuestros. Aquí el punto de partida es qué —o mejor dicho, quién— era Dios para Israel, sobre todo tras el exilio. Mientras sigamos dando por sentado que el Dios del monoteísmo de Israel es homologable a un ente espectral no saldremos del malentendido.
Por otro lado, en los textos bíblicos nada —o casi nada— es casual. Y no porque fueran dictados por Dios. La razón es más simple: no es que hubiera mucho papel a disposición como para escribir lo primero que se les pasara por la cabeza. Veamos, por ejemplo, el texto en el que Yavhé le pregunta a Caín por el lugar de su hermano Abel (Gen 4, 9). Aquí hay que fijarse, sobre todo, en el orden de las frases: qué se dice en primer lugar, luego en segundo… si queremos vislumbrar, cuando menos, por donde van los tiros de la experiencia bíblica de Dios. De entrada, topamos con la pregunta por el lugar del Abel: Caín, Caín ¿dónde está tu hermano? ¿Por qué esta pregunta? ¿Daría lo mismo que Yavhé hubiera dicho en un primer momento lo que dirá a continuación— a saber: la sangre de Abel clama desde el fondo de la tierra? ¿Acaso Dios no sabía que Abel había muerto a manos de su hermano? ¿Estamos ante un pregunta retórica? No me atrevería a decirlo. En cualquier caso, ante una adaptación en clave narrativa de una experiencia que no admite a Dios como personaje. Pues Dios en realidad no puede intervenir a la manera de un dios (y aquí la minúscula no es un error). Por tanto, leeremos mal si nos limitamos a leer el fragmento como si leyésemos una novela, en donde los protagonistas son Yavhé y Caín.
Así, que en primer lugar Yavhé interrogue a Caín por el lugar del hermano tiene que ver con la situación en la que el hombre, en tanto que arrojado al mundo, se encuentra en verdad ante Dios. Y esta no es la de quien lo invoca desde su posición de confort, como suele decirse, sino aquella en la que será posible reconocer al otro como hermano —y por tanto, aquella en la que es invocado por Dios. Esta situación es, por decirlo brevemente, la de quien no tiene nadie a su alrededor… aun cuando esté rodeado de gente. Hablamos de la situación —del momento— en el que el mundo desaparece por el empuje del vacío que abraza cuanto es —el vacío de Dios. Es cierto que culturalmente podemos dar por sentado que el otro es nuestro hermano —o si se prefiere, nuestro igual… aunque, estrictamente, no sea lo mismo. Pero no caeremos en la cuenta de ello hasta que no se nos revele. Y no se nos revelará mientras pertenezcamos al mundo —mientras vivamos cara a nuestra posibilidad. Tan solo donde no hallamos envueltos por las tinieblas que cubren la tierra, el otro se nos muestra como el que nos invoca como prójimo, esto es, desde una proximidad esencial (y digo esencial porque esta proximidad se da al margen de cualquier distancia). Únicamente por esta invocación se nos abre la oportunidad de abandonar nuestro aislamiento. Y es que el haber sido expulsados del Edén —el haber sido arrancados de la presencia de Dios— supuso no solo la pérdida de la fraternidad, sino también que esta pérdida apenas nos importara. Por eso mismo, la respuesta de Caín inicialmente no pudo ser otra que la de hacerse el sordo: no sé, ¿acaso soy el guardián de mi hermano? Aquí Caín aún pertenece mundo. Y donde pertenecemos al mundo no hay nadie a nuestro alrededor. Tan solo sombras, imágenes, representaciones de una genuina alteridad. En definitiva, cosas… más o menos aprovechables. Abel fue para Caín algo que, sencillamente, debía sepultar.
Por eso mismo, tan solo en medio de la oscuridad —en medio de un mundo en suspenso— Caín pudo oír el clamor de la sangre de su hermano. Escuchar la interpelación de Yavhé —¿qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra— supone encontrarse en la situación de un silencio absoluto. Sin embargo, lo que ahora conviene subrayar es que, en esa situación, Caín no pudo evitar responder —aunque la respuesta hubiese sido la de quien pasa del asunto. Caín topa con su hermano bajo el peso del silencio de Dios —un silencio, con todo, elocuente. Pues el hermano es aquel que encontramos en falta donde nos enfrentamos a dicho silencio. Y en falta porque le dimos la espalda en nuestro intento de posicionarnos en mundo… Ahora bien, darle la espalda es como darle la muerte: por eso lo primero que escuchamos del hermano es, precisamente, su clamor. Únicamente porque Caín reconoce su culpa recibirá la señal de Yavhé.
Tan solo ante la radical trascendencia de Dios —la que, como decíamos, se muestra como oscuridad y silencio absolutos—, el otro se revela como tal, esto es, como aquel al que le debes una respuesta —y se la debes porque te demanda. Bajo el silencio y la oscuridad de Dios, el hermano nos invoca en nombre de Dios o, por decirlo de otro modo, en su lugar, antes incluso de que podamos oler su sangre. Traducción: antes incluso de que podamos reaccionar emocionalmente a su sufrimiento. Pues donde solo hay reacción el otro sigue siendo un motivo. Así, en tanto que nos invoca, tal y como decíamos, no podemos hacer otra cosa que responder. Ante Dios, todo es respuesta. Incluso el negarse a responder. De ahí que la relación con el otro está preñada de una asimetría fundamental: el otro es siempre primero (y por eso mismo, no es exactamente un igual). El tener que responder —en el mejor de los casos, el responder con un aquí estoy, qué quieres de mí — es, por consiguiente, el envés de la aparición. Y siempre se nos aparecen los muertos que dejamos atrás —o si se prefiere, los que abandonamos como muertos.
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