curso de milagros
agosto 17, 2023 § Deja un comentario
Que la Modernidad no termina de hacer buenas migas con la religión significa que, para una cosmología ilustrada, no cabe la intervención de Dios. Es decir, no cabe el milagro. Punto. Un milagro es, simplemente, un fenómeno para el cual aún no hemos encontrado una buena explicación. Así, o el Deus sive natura de Spinoza —el cual, dicho sea de paso, antes que divinizar la naturaleza, naturaliza a Dios—; o el dios que se limita a darle cuerda al reloj.
Sin embargo, lo que no supo ver la crítica ilustrada a la superstición cristiana es que el rechazo del deus ex machina fue antes cristiano que moderno. Pues el dios ex machina, en definitiva el dios de la religión, es aplastado por el peso la cruz. El Dios que se nos reveló en el Gólgota es el Dios que no quiso ser alguien sin la respuesta del hombre a su invocación. Y este Dios, ciertamente, en modo alguno puede comprenderse como si fuese un titiritero espectral que actúa por su cuenta y riesgo. Otro asunto es que muchos cristianos sigan dirigiéndose a Dios etsi Golgota non daretur. Pero no hace falta haber leído el libro de Job para caer en la cuenta de que el Mal impugna la suposición de que nos hallamos bajo la protección de un amigo invisible. De hecho, bíblicamente el amparo de Dios es antes un motivo de fe o esperanza que una constatación, ni siquiera cuando esta deviene sentimental. O mejor dicho: Israel, con el paso de los siglos y no sin mucho sufrimiento, dejó de comprender el que nos hallamos bajo el amparo de Dios en los términos de un estar bajo la protección de Dios. En su lugar, el amparo pasó a experimentarse como una medida de gracia de alcance universal. Pues seguimos con vida a pesar de nuestra iniquidad.
En cualquier caos, si la Ilustración no supo ver qué puso en juego la revelación cristiana es porque la cristiandad se lo impidió. Y es que esta fue posible, precisamente, porque abjuró, aunque fuese con la boca pequeña, del escándalo que supone un Dios que abandonó los cielos para desplazarse, y no sin adherirse al Hijo del Hombre, hacia el fin de los tiempos.
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