cristianismo y mística
agosto 19, 2023 § 3 comentarios
Dentro de las canchas cristianas, es conocida la sentencia de Karl Rahner que afirma que, en el futuro, el cristiano o será místico, o no será. Y esto significa, según el mismo Rahner, que o tendrá una experiencia personal de Dios o difícilmente podrá seguir siendo cristiano. Evidentemente, lo que queda en el aire es en qué consiste, cristianamente hablando, una experiencia personal de Dios. Pero, en cualquier caso, lo que Rahner pretendía decirnos es que ya no será factible llegar a la fe por inercia.
Con respecto al carácter personal de la experiencia de Dios, es posible que Rahner tuviera en mente, no tanto los raptos de Teresa de Ávila, como la devoción de quien ha ido intimando a lo largo de los años con ese amor que desciende para la redención de la humanidad, por recurrir a una expresión que Rahner empleaba para referirse a Dios. También es verdad que, cristianamente, la posibilidad de intimar con Dios no surge espontáneamente, sino por la intercesión de aquellos que creyeron antes. Pero, en cualquier caso, este tipo de experiencia, si no va más allá del sentimiento de proximidad, difícilmente puede esquivar la acusación de que habla antes de nosotros que de Dios.
De ahí que podamos preguntarnos qué tiene de cristiana la mística a la que apunta la sentencia de Rahner, aun cuando, ciertamente, haya sido fomentada por dos mil años de cristiandad. Y es que el carácter problemático de dicha sentencia tiene que ver con que, en principio, admite la posibilidad de una experiencia de Dios al margen de su encarnación. Probablemente, Rahner no estuviese de acuerdo con esta objeción. Pues, como sugiere la expresión Dios es un amor que desciende, difícilmente pudo creer que fuese posible una experiencia verdadera de Dios al margen de su in-corporación en el centro de la historia. Pero lo cierto es que su sentencia acerca de la posibilidad de una experiencia personal de Dios puede entenderse —y de hecho, diría que muchos la entienden así— como si fuera posible intimar piadosamente con ese descenso al margen de la escena de la crucifixión. Como si, al fin y al cabo, bastase sentir la idea de un amor que desciende. Y no me parece que la fe en la encarnación de Dios pueda sostenerse únicamente sobre la base de este sentir. La cuestión, por tanto, es cómo debería comprenderse teológicamente el descenso de Dios y, en definitiva, el que Dios sea un Dios encarnado.
Por lo común, suele leerse a la religiosa, es decir, como si el descenso de Dios fuese algo así como una emanación. Pero al leerse de este modo resulta muy complicado admitir que no hay Padre sin Hijo —y viceversa. Al menos, porque la idea de que el amor que desciende es un amor que emana de Dios presupone un Dios-ya-hecho. Desde la óptica de la religión, Dios no puede ser el Dios que no quiso —y no quiso desde el principio— ser alguien sin su hacerse cuerpo. Y donde Dios no es un Dios in fieri, en modo alguno cabe proclamar al crucificado como el quién de Dios. Quien parte de un Dios-ya-hecho —de un Dios cuya divinidad nunca se puso en juego— siempre creerá que cabe relacionarse directamente con el Padre. Como probablemente Jesús lo creyó durante su paso por Galilea. Sin embargo, está creencia salta por los aires en Getsemaní. Y quizá no sea anecdótico que Marcos solo pusiera la palabra Abba en labios de Jesús —aquella que expresaba, precisamente, la mayor intimidad con Dios— donde Jesús sudó sangre al sentirse abandonado por Dios. En el momento que dejamos de tener presente la escena de la cruz —una escena que llega hasta el tercer día— difícilmente podremos hablar de una una mística cristiana.
En este sentido, la mística cristiana supondría un estar en suspenso ante el que murió como un maldito de Dios, y que, en su último aliento, perdonó a sus verdugos… como si hubiera vuelto de la muerte con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Quizá las apariciones no tuvieran otro propósito, por así decirlo, que revelar esto último. En cualquier caso, todo lo cristianamente relevante se decide como respuesta a la invocación que se desprende de esta escena.
Por tanto, si no se quiere caer en el riesgo de un cierto docetismo o en la idea de que el amor encarnado es un amor emanado del amor sin tara de la divinidad , deberíamos aceptar que no hay experiencia de Dios que no pase por situarse ante el abandonado de Dios que se abandonó a Dios, ofreciendo al mismo tiempo el perdón de Dios a quienes lo crucificaron en nombre de Dios. Esto es, no hay experiencia de Dios que no pase por la historia —o mejor dicho, por la memoria de lo que tuvo lugar en el Gólgota y se actualiza en las cruces del presente. Ni siquiera el tercer día nos permite abandonarla. En cualquier caso, nos instala en la esperanza de un final de la historia. Pero este es otro asunto.
El cristianismo se ha referido siempre a la palabra de los profetas y a la historia de Jesús, no a experiencia extraordinaria alguna. En el siglo XVI, en un sentido, y en el siglo XX, en otro, ha aparecido sin embargo el concepto de experiencia como igualmente esencial a la fe y, con ello, la mística ha vivido un renacimiento. Este libro pregunta si Jesús era un místico y cómo une el cristianismo obediencia a la palabra de Dios y experiencia del hombre
[ contraportada del libro Cristianismo y Mística de Olegario González ]
lo leeremos con detenimiento, aunque alguna crítica dice que el libro no propone una aplicación práctica o pastoral de la mística para el cristianismo actual { :-O :-? :-/ }
Sí, pero la sentencia de Rahner no hace referencia a experiencia extraordinaria alguna… ;)
Sí, estás en lo cierto, ya que la experiencia que señala Rahner no es necesariamente extraordinaria o sobrenatural, pero sí es transformadora
podemos tener una experiencia profunda, o una «experiencia de la transcendencia», que puede transformar nuestra vida, nuestra fe, y nuestra percepción de lo que es real. No necesitamos ver un ángel o ser visitados por un ser sobrenatural, pero podemos ser conscientes de una realidad que va más allá de lo inmediato y material