Job a la luz de Elías

agosto 29, 2023 § Deja un comentario

En 1 Re, 19 leemos lo siguiente: hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, el fuego; pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?» ¿De qué brisa nos habla el texto? ¿De la que nos refresca tras haber sido abrasados? ¿O más bien de la que atraviesa los restos de la devastación? Probablemente de ambas. Sin embargo —o por eso mismo— la paz que da el paso de Dios no nos deja en paz —aunque quizá la expresión más adecuada sería que nos deja en suspenso. Pues a la brisa le sucede la interpelación de Dios: qué haces aquí, Elías. Vamos a traducirlo: y ahora qué… una vez has experimentado a flor de piel que no eres nadie. La interpelación es semejante a la que escucha Job —quién eres tú…— tras haber sido situado alternativamente ante la desmesura del cosmos y la enormidad de los infiernos de este mundo. En ambos casos, Yahveh se encuentra más allá de lo gigantesco —de lo que espontáneamente experimentamos como divino. Y se encuentra más allá como el silencio elocuente que cubre por igual los campos de la muerte como el de los lirios, esto es, la totalidad de cuanto es.

La cuestión es qué nos dice ese silencio —cuál es su elocuencia. Para la mayoría, que no hay otro porvenir que no sea el de la eterna repetición de lo mismo. Habrá, por tanto, un momento para la guerra y otro para la tregua. Y así una y otra vez. Ni las víctimas ni los verdugos resucitarán. Ningún juicio que separe a las primeras de los segundos y las libere del sheol. De hecho, se trata de la conclusión más sensata, a la luz de lo visto hasta ahora. Para Elías, en cambio, lo que se desprende de ese silencio es el deber de ponerse en manos del resto de Israel, de aquellos que no doblaron sus rodillas ante Baal —léase ante los poderosos de la tierra— y que, por eso mismo, fueron condenados a la indigencia. Aunque no solo se desprende ese deber, sino también la ciega esperanza de que, en nombre de la santidad de ese resto , la misión no acabe en saco roto. Dar por descontado que la fiesta terminará bien como quien no duda de que mañana saldrá el Sol supondría caer de nuevo en la idolatría. Aun cuando ahora fuese con la excusa de un Dios libertador. Al menos porque el creyente se encuentra en manos de Dios… incluso en lo que respecta a la verdad de Dios. Ni siquiera la revelación, en tanto que apunta a un final de los tiempos, le ahorra esta dependencia.

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