la alegría de los gaseados
septiembre 24, 2023 § Deja un comentario
Veríamos el mal como mal si las víctimas no clamasen al cielo —si no fuesen desgarradas por la desgracia. Basta con imaginar a los torturados, a los gaseados, a los que van a ser fusilados a causa de su raza… asumir con indiferencia —o incluso alegría— su tortura, las cámaras de gas, la fosa común. Como si la calamidad no fuera con ellos. Como si estuvieran por encima de las reacciones del cuerpo. Imaginemos, pues, que no hubiese turbación, ni espanto al oler el humo de los hornos crematorios. Ni siquiera cuando las chimeneas esparciesen las cenizas de sus hijos. Como si nada fuese de por sí terrible. ¿Acaso no tendríamos que decir con Nietzsche que no hay hechos morales, sino en cualquier caso, una lectura moral de los hechos?
Ahora bien, si no hubiese nada que fuese intrínsecamente terrible, entonces el bien y el mal difícilmente podrían distinguirse de nuestras preferencias. Y ya sabemos que las preferencias son oscilantes. Decir que Auschwitz fue terrible sería algo parecido a decir que nos repugnan las pústulas de la lepra. Así, o hay lo absoluto, o el nihilista, sencillamente, tiene razón y, en el fondo, todo da igual… aun cuando no nos lo parezca.
Sin embargo, podríamos estirar el hilo —aunque no por simple pasatiempo. Pues lo absoluto —literalmente, lo absuelto o separado— es, al fin y al cabo, la realidad de una alteridad que es no siendo nada. Y porque es así —en definitiva, porque lo absolutamente Otro se da en su negación de sí hacia lo otro de sí, a saber, el cuerpo del prójimo— hay lo terrible. Pues lo terrible es impedir que la nada —o mejor dicho, el aún nadie— lleve a cabo su voluntad, aquella por la cual es no siendo nada. Nunca lo primero fue algo, sino la negación de sí de la nada. La afirmación más originaria —la afirmación anterior a los tiempos y por la que hay, precisamente, tiempos— fue la expresión de una doble negación, por así decirlo. Es posible que el nihilista aún no haya profundizado lo suficiente en el carácter dialéctico de la nada que abraza cuanto es. O por decirlo de otro modo, que se haya limitado a pensar la nada desde su lado y no desde el de la nada.
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