palabras que los nuestros ignoran

noviembre 17, 2023 § Deja un comentario

No es una anécdota. Es un problema social de primer orden. Y las escuelas —mejor dicho, sus direcciones, incluyendo, sobre todo, las de la administración—, como si oyeran llover. De momento, se dedican a matar al mensajero. Quien crea que la enseñanza mejorará procurando que los chicos desarrollen tropecientas competencias y treballant en equip fuma demasiado. La mayoría de nuestros jóvenes, sencillamente, no sabe leer. Así, tal cual. De ahí que sea incapaz de resumir un artículo de El periódico. La diferencia entre los que saben leer y los que no se acentúa cada vez más —por no decir que ya es abismal. Y se acentúa porque la escuela no sabe —ni quiere— ponerle remedio a este asunto (y digo ni quiere porque no parece que nadie esté por cogerle los cuernos a este toro). Es lo que hay, se nos repite. Vale. Sin embargo, el efecto colateral es que un profesor que pretenda tomarse en serio la enseñanza queda fuera de juego. Forma parte de un equipo cuyo entrenador ha tirado la toalla. Aunque diga lo contrario.

Inevitablemente, no hay alternativa: o nos dedicamos a los que saben leer —y a los que no, ya les pondremos un cinco—; o nos dedicamos a los que encuentran muy costoso leer cuatro o cinco páginas seguidas —y dejamos tirados en la cuneta a los que quieren y pueden aprender. Aun cuando siempre habrá quien, harto de humo, apelará a la tautología: hemos de estimular a los “mejores”, mientras procuramos “levantar” a los que se quedan atrás. Esto sobre el papel está muy bien. De hecho, es irrefutable. Pero dadas las condiciones actuales no es posible. Es como pretender edificar un rascacielos sobre terreno pantanoso.

Llama la atención que una pedagogía cuyo horizonte es la inclusión social haya terminado de facto siendo más selectiva —más elitista— que la tradicional. Mucho más. Con todo, era de prever… una vez comenzábamos a constatar que, de hecho, el proyecto se llevaba a cabo bajando el listón: en la ESO no hacer nada sale gratis (o casi). Por no hablar de que a los disruptivos —a los que bloquean, literalmente, la clase— no puedes ni siquiera sancionarlos: tienes que comprenderlos, hacerles ver, en definitiva, amarlos. No exagero: esta es la instrucción —la orden que viene de arriba. Ciertamente, no se trata de vigilar y castigar. Pero primero el respeto y luego, si se tercia, el amor. Y no hay respeto —autoridad— sin unas pocas dosis de temor. Donde las riendas las lleva el maestro, todo fluye (y para quien está en las trincheras es obvio que esto, precisamente, es lo que piden los alumnos, incluso los disruptivos… o principalmente estos). Lo dicho: fumadores. En cualquier caso, si el lenguaje es la munición de la inteligencia, pues ya nos podemos imaginar qué nos viene encima: una generación de idiotas. Eso sí, la mar de felices con sus tiktok. Y diría que el mundo laboral comienza a notarlo. Por suerte, la IA ya compensará este desaguisado cultural.

Estas son algunas de las palabras que desconocen buena parte de nuestros bachilleres —anotadas durante los últimos días:

gélido

inherente

acecho

coerción

inserto

sustancial

integrar

enguany

supresión

consumado

desasosiego

implícito

concepción

desarraigo

… y una última, aunque sea para nota: estulticia.

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