enigma
noviembre 5, 2026 § Deja un comentario
Hay el enigma. No, los enigmas, sino el enigma: al final, no habrá respuestas. Todo Dios posee el rostro de la esfinge. Ante el Dios, no esperes ninguna complicidad —y menos, doméstica—. Dios no lleva pantuflas.
Frente al enigma se decide el cómo de nuestra existencia. O bien, vivimos encarando el enigma, con lo que ello implica, o bien, dándole la espalda. En este último caso, seguimos siendo unos chimpancés. Platón diría atrapados por las sombras. De hecho, lo que nos diferencia del mono que llevamos dentro es la posibilidad de extrañarnos de lo habitual… en nombre, precisamente, del enigma. Esto es, la posibilidad de ver un motivo de asombro y estupor donde el resto solo ve datos. Y puede que esa extrañeza sea la forma más elevada de lealtad a lo real.
Plato for dummies (1)
noviembre 3, 2026 § Deja un comentario
1— La pregunta de la metafísica es de qué hablamos cuando hablamos de lo real. Espontáneamente decimos: de lo que podemos ver y tocar. Y de algún modo es así.
2— Pero lo cierto es que todo lo vemos —todo se nos da— como perspectiva. Es decir, relativamente, esto es,en relación con un punto de vista. No estamos, por consiguiente, en contacto con el lo que de lo que se manifiesta, sino con su apariencia, su presentación, en definitiva, con lo que nos parece que es, la perspectiva. De ahí que nos preguntemos qué es en sí mismo eso que percibimos, es decir, al margen del punto de vista. De no hacerlo, acabaremos confundiendo lo que nos parece con lo que es.
3— Algunos sostienen que la pregunta carece de sentido. Pues no vamos a ver nada si no es como perspectiva. Sin embargo, cuando vemos, pongamos por caso, una mesa y siendo, además, conscientes que la vemos como perspectiva, parece lícito que nos preguntemos qué es eso que se nos muestra —aparece o se hace presente— bajo un aspecto… u otro. La respuesta más espontánea es la materia (aunque Platón no emplease, propiamente, esta palabra). Ahora bien, porque la materia admite diferentes aspectos o formas, la materia como tal —es decir, al margen de la perspectiva o modo de darse— no es algo en particular. En realidad, en sí misma carece de aspecto o forma, en definitiva, de determinación —y digo en sí misma porque no cabe negar que haya materia—. De hecho, hoy en día un físico nos diría que la materia, en cuanto tal, es una compleja fórmula matemática. En cuanto tal, no se puede ver ni tocar. Ciertamente, la materia adquiere diferentes formas, las cuales captamos por medio de nuestros sentidos. Pero, en sí misma, no posee la determinación de lo concreto. Esto es, es pero no posee entidad. La cuestión es cómo comprender que sea… sin tener en sí misma un aspecto. De ahí que Platón dijera que lo real, al margen de su hacerse presente— es idea. Y lo que esto significa es que lo real en sí o absoluto tan solo puede ser pensado. Dicho de otro modo, únicamente a través de la razón podemos acceder a la realidad en cuanto tal.
3.1 Absoluto, quizá convenga tenerlo en cuenta, significa estrictamente absuelto o separado. Pero, como veremos, precisamente porque en sí mismo es no siendo nada, lo absoluto no es —no se realiza— sino a través de su negación de sí, una negación que le es intrínseca. De ahí que no quepa pensar lo absoluto si no es en relación con aquello que lo niega —y lo niega internamente, no porque ya esté ahí, enfrente—. Hablamos del haber del mundo. La relatividad —la perspectiva, el como, el hecho de que algo sea siempre en relación con lo que no es— se halla inscrita en el corazón de lo absoluto.
3.2 Aun cuando fuéramos el único observador de cuanto es, seguiría habiendo perspectiva. Pues que lo real se nos presente bajo un aspecto u otro no solo depende del punto de vista —por otro lado, inevitable—, sino, también, de cómo percibimos lo que percibimos. Si nuestra estructura perceptiva —nuestra sensibilidad— fuese distinta, lo real se nos presentaría de distinto modo. Esto es, su apariencia sería otra… a pesar de que siguiese siendo lo mismo. Nosotros y las moscas vemos el mismo árbol, por así decirlo. Pero no vemos el mismo árbol.
4— Hablamos, por tanto, de la escisión —el hiato— que constituye el mundo, la que media entre lo real en cuanto tal y su realización sensible o efectiva. Platón lo expresa por medio de una división entre dos mundos: el de las ideas y el de las cosas que cabe ver y tocar. Tan solo el primero es estrictamente real, mientras que el segundo es aparente, en el doble sentido de la palabra. De ahí que al primero lo denomine mundo inteligible —esto es, un mundo únicamente accesible a la razón—, y al segundo, mundo sensible. El mundo inteligible trasciende en cierto sentido el mundo sensible —en cierto sentido, se encuentra más allá—. La pregunta, sin embargo, es qué relación mantienen entre sí ambos mundos.
5— Platón da dos respuestas. La primera es la que podemos leer en los manuales, esto es, la típicamente escolar. Así, el mundo que habitamos, el de las cosas que podemos ver y tocar, fue creado por un demiurgo, algo así como un dios artesano, teniendo como modelo el mundo de las ideas. Por consiguiente, el mundo sensible sería una imagen del mundo real o inteligible. En este sentido, Platón dirá que las cosas son copias imperfectas de la idea que representan. O también, que las cosas son lo que son en tanto que participan de la idea. En este sentido, participar equivaldría a encarnar o representar… aunque siempre en cierta medida o hasta cierto punto. ¿Por qué, sin embargo, imperfectas? ¿Por qué este en cierta medida? Lo que el primer Platón dirá es que el barro con el que están hechas las cosas se resiste a adoptar el molde de la idea. La razón de esto último nos llevaría más lejos de lo que, ahora, pretendo. Pero, en cualquier caso, esta respuesta, en tanto que recurre al mito, es racionalmente insatisfactoria.
5.1 Por defecto, lo real es lo que se hace presente. Así lo real de, pogamos por caso, un cuerpo bello en tanto que bello —y no en tanto que comestible— es la belleza. Pues la belleza es lo que se hace presente en un cuerpo bello. Ahora bien, nunca del todo. Es decir, la belleza de ese cuerpo no le es inherente —no le pertenece—. Si lo fuera, entonces ese cuerpo siempre sería bello o bello desde cualquier punto de vista. Dicho de otro modo, nunca dejaría de mostrarse como bello. Pero lo cierto es que no es así. Es como si la belleza solo pudiera realizarse o aparecer desapareciendo como tal, es decir, como belleza absoluta.
6— La segunda respuesta, ciertamente más sofisticada, la encontramos en los diálogos del último período. En ellos, Platón afina su instinto dialéctico, proyectando claridad sobre lo que Heráclito dijo oscuramente por medio de sus aforismos. El asunto tiene que ver con el ser en cuanto tal, esto es, con el puro haber. Ya lo vimos en su momento a propósito, precisamente, de Heráclito. Hay, sin duda, el haber. Pues hay el haber de las cosas. Lo que las cosas tienen en común es que son, que están ahí. Y por eso, tiene sentido decir que hay el haber. La cuestión es cómo pensar el haber de un puro haber. No es fácil. Y no lo es porque el haber en cuanto tal —el puro o absoluto haber— es no siendo nada. El haber en sí mismo carece de la entidad de lo concreto. ¿Cómo entender, por tanto, que haya el haber —que el haber sea—… si no es algo determinado?
7— Para responder a esta última pregunta hay que tener en cuenta que nada es que no se realice o haga presente de una manera determinada. Es decir, lo realizado o presente es, en cualquier caso, algo determinado. Se trata de pensar esto último. Así, que algo sea —y, por eso mismo, que sea algo determinado— implica que la negación se halla inscrita en lo que ese algo es positiva o efectivamente. Por ejemplo, reconocer un hipopótamo como hipopótamo supone, a la vez, poder decir lo que no es, a saber, árbol, mosca, lápiz… Definir es siempre delimitar. Y la delimitación va con la negación. Lo determinado o singular lleva la negación dentro de sí. La cuestión que se nos plantea es qué tiene que ver esto último —que la negación sea inherente a la determinación y, por eso mismo, a la afirmación de sí— con la realización del puro haber.
8— Al igual que lo que tienen en común los hipopótamos es, precisamente, que sean hipopótamos y no, por ejemplo, elefantes —esto es, que compartan una misma esencia o modo de ser—, lo que tienen en común las cosas, como decíamos antes, es que son —que están ahí—. Y ello al margen de que, a su vez, muestren un aspecto u otro. En los terminos del platonismo escolar, todo participa de la idea de ser (y de ahí que esta idea sea la idea suprema). Sin embargo, —y esto es importante— que las cosas estén ahí es indisociable de que sean algo determinado —en platónico, que posean una determinada esencia—. Las cosas no son y ya está: siempre se nos muestran singularmente. Es decir, no pueden aparecer si no es bajo una forma —un aspecto— en concreto. Sin embargo, ¿a qué responde esta necesidad? La respuesta del último Platón no fue a la intervención de un demiurgo. Fue más interesante. ¿Cuál? La formulación de la respuesta es simple, aunque no fácil de pillar: en la idea misma de ser, —en el puro haber— late una contradiccción, la que conduce, precisamente, al mundo. Es la contradicción inherente a un puro haber la que hace posible su realización como el haber del mundo. El puro haber es la posibilidad del mundo. Ahora bien, como decíamos, nada es que no se realice —que no se haga presente como algo singular—. Y, por eso mismo, la exigencia de singularidad se encuentra en el seno de lo más abstracto o absoluto —en el seno del puro haber—. No es que primero haya el puro haber —que exista la posibilidad como existen las cosas— y posteriormente se realice como mundo, sino el puro haber, en tanto que es, se realiza de inmediato como el haber de las cosas. El puro haber es el envés del mundo. Dicho de otro modo, la posibilidad del mundo —el puro haber— es su realización. La posibilidad del mundo no existe con anterioridad al mundo. Son los dos lados de lo mismo, al fin y al cabo, de un mismo acto, de un hágase primordial. Hablamos de un acto sin sujeto —sin que haya un quién detrás—, algo así como un Big Bang metafísico.
9— Sin embargo, ¿cuál es esa contradicción? ¿Por qué el puro haber contiene la exigencia de realizarse como la multiplicidad de cuanto existe? La contradicción reside en que el puro haber es no siendo nada en concreto. Que haya el haber y no, más bien, el no-haber —y que lo haya como el haber del mundo— implica que el puro haber es su negación de sí. El puro haber —la idea de ser, el ser en cuanto tal— carece de contenido, de la entidad de lo concreto. Como decíamos es no siendo nada. Con todo, la nada no es… ni puede ser (y aquí escuchamos el eco de Parménides). Ahora bien, si no puede ser, entonces debe ser algo, en definitiva, lo contrario de sí, a saber, mundo. Por eso, la negación de sí es inherente a la nada de un puro haber (y ahora el eco que escuchamos es el de los aforismos de Heráclito; es como si Platón hubiese derivado el pensamiento de Heráclito a partir del de Parménides). Que la negación de sí sea inherente a la nada de un puro haber supone que la realidad de un puro haber consiste en diferir de sí misma, esto es, en ir en la dirección, por así decirlo, de lo diferente de sí, en definitiva, de lo determinado o singular y, por eso mismo, posee entidad. Y aquí conviene subrayar que lo diferente de sí está contenido en el puro haber. Pues el puro haber es inseparable de su negación de sí.
10— No obstante, si lo real absoluto —lo absolutamente real— es no siendo nada, su realización supone, lógicamente, la realización de la nada. Ciertamente, la nada se realiza a través de su negación de sí —una negación que, insistimos, va con ella, esto es, que no es posterior a la nada—. La nada no (es nada). Pero —y esto es importante destacarlo— se realiza. Por eso, las cosas que cabe ver y tocar son en tanto que no son o terminan de ser. Las cosas son porque la nada debe realizarse, por lo dicho, en su contrario —esto es, en su negación de sí—. Y, a la vez, no son porque la nada, precisamente, se realiza. Hablamos, obviamente, del tiempo. Todo lo presente se encuentra sometido a su implacable erosión. De ahí el doble carácter de la apariencia. Así, por un lado, que las cosas sean aparentes significa que en ellas aparece lo real. Pero, por otro y a la vez, significa que su aparencia —su consistencia— es ilusoria. Lo real no se muestra tal cual en aquello que lo realiza. No puede mostrarse. Al fin y al cabo, las cosas que hay expresan —Platón diría participan de— la relación dialéctica entre el ser y el no ser de un puro haber.
10.1 De hecho, no cabe describir el proceso que va de la negación de sí inherente a un puro haber a la singularidad de una lombriz escarbando la tierra. Esto es, no es posible detallar los momentos de dicho proceso. Y no lo es porque una vez acontece la negación de sí, el mundo deviene autónomo. Como decía, no es que primero sea la nada y, a continuación, su negación de sí. La nada es su negación de sí, el devenir del mundo. Una vez creado, el mundo —la multiplicidad de las singularidades— va a su bola. De la autonomía del mundo se ocupa, de hecho, la ciencia. De lo que no se ocupa la ciencia —ni puede ocuparse— es de por qué hay algo en vez de nada. La hipótesis cosmológica del Big Bang no responde a esta cuestión. Y es que resulta elemental que aún cabe preguntarse por qué ese punto de máxima densidad y no, más bien, la nada. El científico nos dirá que esa pregunta no es, de hecho, científica, sino metafísica —pues metafísica significa, literalmente, más allá de la física—. Tiene razón. Y es que la respuesta de la metafísica es la siguiente: porque, al fin y al cabo, ser y nada son dos caras de la misma moneda —las dos caras de lo real—. Hay mundo porque la nada es no siendo nada.
10.2 Que el puro haber carezca de contenido ¿implica que no podemos decir nada sobre el puro haber? Bueno, de hecho, hemos estado, precisamente, hablando del puro haber. Sin embargo, lo dicho a propósito del puro haber es paradójico. Esto es, no podemos hacernos una idea, salvo por aproximación, de una nada que sea no siendo nada, es decir, no podemos incorporar —e incorporar significa hacer cuerpo— que el haber sea no siendo nada. Tan solo podemos concebirlo en abstracto. Los resultados de la reflexión no nos proporcionan una nueva visión del mundo. A lo sumo, no sitúan a una cierta distancia de lo que nos parece que es. Ciertamente, podemos imaginar la nada —e imaginarla como, por ejemplo, vacío—. Pero, en ese caso, nos alejaríamos del concepto, por no hablar que con la imagen del vacío perdemos por el camino el sesgo dialéctico de la nada. Pues el vacío ya es algo. De ahí que cuanto podamos decir de más sobre el puro haber sea tautológico. Esto es, innegable pero, a su vez, irrelevante: la nada no es. El decir tautológico no dice nada… diciéndolo todo. Y porque no (dice nada) —esto es, porque, en el fondo, dice la negación de sí intrínseca a la nada—, el decir tautológico está en la base de todo decir algo de algo. Las definiciones de la idea no son, propiamente, definiciones, esto es, delimitaciones. Así, por ejemplo, acerca de la idea de justicia —de lo absolutamente justo— podemos afirmar que consiste en darle a cada uno lo que se merece. Y es así, tal y como lo decimos. Pero decirlo es como no decir nada. Pues lo que queda en el aire es, precisamente, qué se merece cada uno. Y esto se decide en el territorio de la sensibilidad, esto es, en el de lo que nos parece. De hecho, lo absoluto es, literalmente, lo absuelto de cualquier juicio o decir. No hay veredicto con respecto a lo absoluto. Este es culpable en tanto que inocente, como quien dice. Y viceversa.
10.3 Así, cuanto podemos decir acerca de lo absoluto será decir lo tautológico de otro modo. Así, porque es lo que aparece o se muestra, decir ser equivale a decir lo bello. Pues la belleza es, por defecto, lo que reclama, poderosamente, nuestra atención. Esto es, lo que la exige. Pero también equivale a decir lo justo, esto es, lo que debe ser. Porque el puro haber no puede ser —porque debe ser algo— ser y deber ser son lo mismo. De ahí que Platón identificase la idea de Ser con la del Bien. Pues el Bien es, sencillamente, lo que debe ser —y aquí podríamos añadir que lo que debe ser es tanto la luz… como la oscuridad, la bondad junto a la maldad, la gracia y la abyección—. Cuanto sostiene el mundo también lo arruina. La idea posee, por tanto, un carácter paradigmatico o normativo. Sin embargo, este carácter sigue siendo paradójico. Pues espontáneamente creemos que si podemos decir que un cuerpo bello no termina de serlo es porque debería serlo por entero. Sin embargo, lo que debe ser, y por lo dicho hasta ahora, es que no pueda serlo.
10.4 En el fondo, el socrático solo sé que no sé nada se revela como un saber acerca de la nada —acerca de sus paradojas—. No es casual que los diálogos platónicos muestren un final aporético.
Plato for dummies (2)
noviembre 3, 2026 § Deja un comentario
1— Lo real, en sí mismo, es idea. Esto no significa que la idea de lo real o absoluto esté por ahí flotando, en su mundo. Significa que el lo que de lo que se hace presente no es nada en concreto: es abstracto —y abstracto significa separado de lo sensible, de cuanto cabe ver y tocar—. De ahí que lo real, en cuanto tal, tan solo pueda ser pensado. Es… pero carece de entidad. La cuestión es cómo pensar que las cosas sean, precisamente, la realización de lo real.
2— El primer Platón —el Platón que se enseña en las escuelas— ofrece como respuesta un relato, un mito: el mundo sensible es fruto de una creación. El demiurgo crea el mundo que nos ha tocado en suerte a imagen y semejanza de las ideas, aunque el resultado final es, de hecho, un tanto defectuoso. Todo viene con tara. Y de ahí la expresión copias imperfectas. Cualquier cosa siempre se nos da en perspectiva, relativamente, esto es, hasta cierto punto o medida, nunca por entero.
3— La respuesta del último Platón, en cambio, será racional: en el ser en cuanto tal late una exigencia de realización. Por eso, Platón identifica Ser y Bien. O lo que es lo mismo: ser y deber ser son las dos caras de una misma moneda. Pues bien significa deber ser.
4— La idea de Ser —la idea de Bien, lo Uno…— es la idea suprema en el orden de las ideas, un orden que obedece al principio de generalidad. Así, una idea superior posee mayor alcance que una inferior. Es decir, su significado es más amplio. Y porque las ideas están ordenadas jerárquicamente conforme a su alcance cabe una definición. Definir es determinar y, en definitiva, delimitar. Si podemos definir lo que es, por ejemplo, un caballo es porque hay, al menos, una idea por encima, en este caso unas cuantas: la de vertebrado, mamífero, animal… Pero no solo. Si hay determinación es porque, también, hay lo que siendo vertebrado, mamífero, animal… no es caballo. La negación es inherente a la definición o determinación. La relación entre las ideas es, por tanto, dialéctica. El sí y el no se exigen mútuamente.
5— Por eso mismo, la idea de Bien no admite definición. Según Platón, el Bien solo lo captamos a través de la noesis, es decir, directamente. El término noesis podríamos traducirlo por intuición intelectual, algo así como un ver con los ojos de la mente. Sobre el Bien, en tanto que absoluto, no hay nada qué decir en particular —y, en este sentido, no es casual que absoluto signifique absuelto, literalmente, ajeno al juicio, a la atribución, en definitiva, al decir algo acerca de algo. El Bien no admite predicado. De admitirlo, estaríamos hablando de algo determinado o en concreto. El Bien en cuanto tal es no siendo nada en concreto… como el puro haber o ser. Al fin y al cabo, hablamos de lo mismo.
6—Ciertamente, Platón sostiene que hablar del Bien equivale a hablar de la Belleza, la Justicia… o de lo que tiene lugar o es. Pero conviene tener en cuenta que, al sostenerlo, no nos está proporcionando una definición —no nos está ofreciendo predicados o características del Bien—. En realidad, está diciendo lo mismo con otras palabras. Así, decir Bien es lo mismo que decir Justicia o Belleza. Pues Justicia o Belleza es lo que es en su debida proporción, esto es, tal y como debe ser.
7— El Bien se encuentra, por tanto, más allá de la esencia —más allá de la determinación—. Cuando nos referimos a la esencia de algo, nos referimos a un determinado modo de ser, a una forma (y de ahí que la teoría de las ideas se denomine también teoría de las formas). Así, la esencia de los caballos es diferente de la esencia de los hipopótamos. Pero el Bien —el puro haber— no se opone a nada: todo es —y es lo que debe ser—.
8— ¿A qué obedece, por tanto, que ser y deber ser sean lo mismo? ¿Cuál es la razón —la lógica— de esta equivalencia? ¿Por qué, en definitiva, hay mundo y no tan solo idea? A la hora de responder a esta cuestión hay que tener presente que nada es que no se realice. Por consiguiente, lo que es debe realizarse. En cierto modo, podríamos decir que el Bien —el puro haber, el ser en cuanto tal— es la posibilidad del mundo. Y quien dice posibilidad dice poder —poder de ser algo—. Sin embargo, esta posibilidad no existe por su cuenta y riesgo con anterioridad a su realización. No está por ahí, como decíamos, flotando. La exigencia de realización le es inherente —y, por eso mismo, el otro lado de la posibilidad es su realización efectiva—. De existir de forma independiente —esto es, con anterioridad— haría falta una intervención exterior que llevase a cabo, precisamente, la realización —y, en el primer Platón, esta intervención corría a cargo, como decíamos, del demiurgo—. Por consiguiente, la posibilidad, el poder de determinación es intrínseco al Bien, a la realidad de un puro haber. Se trata, como dijimos en su momento, del poder que habita en el seno de un puro haber, el poder en definitiva de lo que es no siendo nada en concreto. Hablamos del poder de la negación de sí inherente a la nada de un puro haber, el que conduce, precisamente, a su contrario, el mundo.
9— El esquema lógico sería, por tanto, el siguiente: a) hay el haber en cuanto tal; b) el haber en cuanto tal, sin embargo, es no (nada); c) por consiguiente, el puro haber debe realizarse como algo, en definitiva, como el haber de las cosas.
polis y filosofía
noviembre 3, 2026 § Deja un comentario
El político necesita convencer, justificar sus decisiones, las cuales siempre jugarán a favor de unos y no de otros. No es posible que todos queden contentos. En esta fiesta infantil —violencia incluida—, los trozos del pastel que se reparten nunca serán iguales. En política, unos ganan, mientras otros se quedan atrás. Sin embargo, el político solo podrá convencernos con medias verdades, aunque las presente como si fueran una obviedad. En esto consiste el truco de la demagogia. De ahí que los Sócrates les resulten incómodos. Pues es incómodo caer en la cuenta de que, por poco que pensemos, nunca terminamos de saber de lo que estamos hablando, sobre todo cuando empleamos grandes palabras. Por ejemplo, ser. El aborto no es un crimen porque el feto aún no es nadie, dijo en su momento la ministra. Sin embargo, el recién nacido tampoco lo es… y no nos parece que dé lo mismo amamantarlo que tirarlo a un container. One more thing: no parece que sea lo mismo, aunque en sus fases iniciales no se distingan, un amasijo de células que, por su misma naturaleza, terminará siendo un muñon de carne que otro que acabrá realizándose como María, Pedro, Andrés…
Tengamos por seguro que si los Sócrates son, al final, invitados a la fiesta, entonces esta terminará antes de tiempo y con los invitados con cara de idiota. Pero, políticamente, la fiesta no puede terminar. Para el tábano, cicuta.
De ahí que el único modo en que los Sócrates puedan permanecer en la ciudad es que sean tomados como bufones. Esto es, que nadie les tome en serio —que sus pensamientos sean calificados de ocurrencias—. Por eso, la ironía como sesgo existencial —y no solo como tropo— es el recurso. Al menos, mientras la polis no salte por los aires.
filosofía y retórica
octubre 27, 2026 § Deja un comentario
La retórica, esa habilidad para desplazar las palabras de la tribu, tiene mala prensa. Tampoco es porque sí. Pues intuimos que el retórico —el sofista— nos seduce, al igual que el prestigitador, creando la ilusión de realidad donde no hay más que un trampantojo. Sin embargo, si nos seduce es porque aún creemos que las palabras arraigan sobre tierra firme. Fue Platón quien intentó desmarcar a su maestro, Sócrates, de sus contemporáneos, los sofistas. Y de ahí que acuñase el término filósofo, cuya intención fue, obviamente, polémica: Sócrates no fue unos de ellos… aunque lo pareciese. Ahora bien, la solución platónica al relativismo de la sofística fue la trascendencia: hay realidad, aunque no para nosotros. Para nosotros, su apariencia, su deformación, esto es, la perspectiva.
Sin embargo, no fue hasta, precisamente, el Sofista y, sobre todo, el Parménides que Platón no dio en el clavo del carácter dialéctico, por no decir paradójico, de lo real-absoluto y, en definitiva, del Bien. La disciplina de la razón —la lógica— es el único recurso para sortear el ilusionismo. Así, y por lógica, el haber se revela, en sí mismo, como un debe haber. Pero, por esta razón, el haber como tal —el puro haber— se suprime a sí mismo. Y de ahí el tiempo. Lo curioso es que, con ello, Platón vuelve a abrirle la puerta al sofista. Y de par en par. Al menos porque lo que nos queda es, precisamente, jugar con las palabras. Y acaso por obligación. Pues sobre el haber, en cuanto tal, no hay mucho más que decir.
vida examinada e ironía
octubre 16, 2026 § 2 comentarios
Es curioso o, al menos debería llamarnos la atención que Platón afirme, hacia el final de su Apología de Sócrates, que una vida examinada, una vida que se interroga a sí misma, tiene más valor que una vida sin examinar. Esto es: por un lado, juega en una liga superior, distinta a la de la bestia, y, por otro, es más libre, menos dependiente de lo que digan los demás. En este caso, la libertad equivaldría a la fortaleza de carácter. Pues quien vive libremente vive cara a lo que importa, en modo alguno centrado en su ombligo, sometido a la necesidad de recibir aplausos.
Ahora bien, digo que es, cuando menos, curioso porque el examen, la reflexión —ese volver sobre lo que uno siente u opina— supone situarse, y en nombre de lo verdadero, a una cierta distancia de lo que uno vive espontáneamente. Al fin y al cabo, lo que está en juego es la lucidez frente a la ilusión. Es como si el niño que vive el partido intensamente, chutando cualquier balón que le llega sin mirar atrás, se preguntase qué está haciendo chutando ese balón. Inmediatamente quedaría fuera de juego. O como si la chica a la que se le acaba de declarar su chico, a la hora de responderle, le dijera: “ahora me siento inclinada a decirte que también te quiero… pero la verdad es que no sé qué significa decirte que te quiero. Sé que me gustas mucho, que me siento bien estando contigo. Pero ¿es suficiente?” No es difícil entender que el juego entre ambos se interrumpiría… quedando la relación en suspenso. Al menos, de momento. Es cierto que lo común no es el estado de suspensión. Pero solo porque nos dejamos conducir por la convención —el tópico, el lugar común— sin cuestionar su andamiaje. Ahora bien, la pregunta es si este hallarse en suspenso es preferible.
Para Platón, y la tradición que él inaugura, no hay duda. Sin embargo, el examen de uno mismo, ¿acaso no nos condena al cinismo? Ciertamente, se trata de un posibilidad. Y es que el cínico se decanta, precisamente, por interrumpir el juego. Le va. Por eso mismo, el cínico no regresa a la cancha. Permanece en la grada como si fuera un espectador dispuesto a epatar la representación. Pues, para el cínico, el mundo es de cartón piedra. Sin embargo, cabe otra posibilidad, la del buen actor, la de aquel que asume como propio el papel… sabiendo que, de entrada, es inevitable formar parte de la escena. Así, la chica, de saber en qué consiste el juego —y de querer jugar—, probablemente le hubiese dicho que ella también le quería. Y se lo hubiese dicho porque sabe que el sentido de las palabras nos precede y que, por eso mismo, debemos pronunciarlas antes de tiempo para que, con el tiempo, ese sentido pueda realizarse. En concreto, sabe que debe decir te quiero aun cuando no sea, en ese momento verdad, para que, con el paso de los años, pueda, y con un poco de suerte, realizarse como verdad.
En el fondo, este saber es, inevitablemente, irónico. Pues ironía es distancia —una distancia que implosiona el sentido elemental de lo que se afirma—. Por tanto, no estamos únicamente ante un giro del lenguaje, sino ante el sesgo propio de la existencia del sabio. El sabio es, inevitablemente, irónico. Así, ante el que sabe, siempre tendremos la sensación de que nos está diciendo algo más de lo que nos está diciendo. Y no porque mienta. Pues no miente. De ahí que me refiriese a la sinceridad del buen actor. Como si jugase en otra liga. Y por eso nos resulta interesante. Otro asunto es si estaremos a la altura del interés que nos despierta.
Como otro asunto es, también, el de la relación entre política e ironía. Pero este asunto da para otro post.
el problema de Descartes
octubre 16, 2026 § 5 comentarios
La certeza de sí va indisociablemente unida a la actividad del pensar: pensar es siempre un pensarme. Puede que el exterior no coincida en modo alguno con mis representaciones del exterior. Pero no puedo dudar de que me represento un mundo, aun cuando esta representación sea un delirio. Como es sabido, este fue el hallazgo de Descartes. Ahora bien, la objeción que le plantearon los Hume y compañía es si el cogito podría estar tan seguro de su propia existencia si antes no hubiese sido construido como alguien. Es decir, Descartes no podría haber llegado a estar absolutamente seguro de que existía mientras dudaba… de no haber sido antes Descartes. Una conciencia de sí instantánea, esto es, sin un pasado más o menos coherente es, sencillamente, imposible. Y si esto es así, entonces el ejercicio de la duda metódica depende de un fiarse de la memoria… lo que, en el contexto de dicho ejercicio, es mucho fiar.
Descartes, una vez demuestra que la finitud del cogito va indisociablemente asociada a la infinitud de un puro afuera, podría haber concluido la primacía del haber, no solo ontológica, sino también epistemológica. Pues el hecho de que solo en un segundo momento caiga en la cuenta de que la propia finitud es el envés de la infinitud del haber no deja de resultar anecdótico: perfectamente podría haber dicho que la certeza de sí se da en medio de un haber de fondo. Tuvimos que esperar a Spinoza para que se explicitase el truco retórico de Descartes y, en definitiva, de giro subjetivo de la Modernidad. Ahora bien, lo que se desprende de la enmienda de Spinoza es que el cartesianismo consecuente conduce a la Ethica ordine geometrico demonstrata. O, por expresarlo en otra clave, que Kant permanece cojeando hasta Hegel. Y quien dice Hegel dice el último Platón.
entender a Parménides
octubre 10, 2026 § Deja un comentario
Para comprender las sentencias de Parménides sobre lo Real —decir lo Real es lo mismo que decir, lo Uno, Eterno, Inalterable…—, basta con imaginar la aniquilación del mundo. ¿Qué quedaría? En principio, nada. Pero, de pensarlo un poco más, no daríamos cuenta de que eso no es posible. Pues de no quedar nada, quedaría el haber sin nada. Al fin y al cabo, no (hay nada) significa, por estricta lógica, que hay el haber.
de Parménides a Heráclito (y tiro porque me toca) (y 2)
octubre 1, 2026 § Deja un comentario
Los manuales suelen colocar a Heráclito en la orilla opuesta a la de Parménides. Así, donde este afirma la inmovilidad de lo real, pongamos por caso, Heráclito afirmaría lo contrario, a saber, que todo es tiempo. Sin embargo, no es que estén en orillas opuestas, sino, más bien, en extremos opuestos de un mismo hilo.
Aparentemente, Heráclito estaría rechazando uno de los postulados de la razón, en concreto, aquel que sostiene que ser y permanecer es lo mismo. Según este postulado, el cambio afectaría únicamente a los modos de ser, en definitiva, a la apariencia, pero no al ser —a lo real en sí—. Si podemos decir que algo ha cambiado de aspecto es porque ese algo, en sí mismo, no cambia. El agua sigue siendo agua aunque modifique su estado (y por eso, podemos decir que sufre cambios). Sin embargo, Heráclito no rechaza dicho postulado. Como pensador, no puede rechazarlo… en tanto que se trata de un postulado de la razón. Sencillamente, no cabe pensar contra el mismo. Así, que todo sea tiempo significaría que lo permanente o siempre presente es que nada permanece. En cualquier caso, lo que podríamos decir es que, a diferencia de Parménides, Heráclito estuvo más atento a las paradojas de la razón y, en defintiva, del hecho, ciertamente innegable, de que la nada no es.
Ahora bien, nada permanece… porque nada es sin su contrario, es decir, sin aquello que, en cierto sentido, lo niega. La realidad posee una estructura dialéctica. Y dialéctica significa que los contrarios no se limitan a coexistir en oposición, sino que se exigen mutuamente. No hay luz sin oscuridad. Y viceversa. Esto es, si todo fuese luz, no es que no hubiese oscuridad: es que no habría luz. Para entenderlo mejor, supongamos que, tras la muerte, fuésemos a parar a un mundo en el que no hubiera ningún resto de maldad, un mundo en donde todo fuera paz y amor. En ese caso, no podríamos evitar la impresión de irrealidad. Y tendríamos esta impresión porque, efectivamente, este mundo es imposible. Para que el bien pudiera realizarse o hacerse presente en ese mundo —para que hubiera bien— estaríamos obligados, incluso moralmente, a introducir una dosis de daño. De hecho, nosotros mismos seríamos ese daño… en tanto que no podríamos admitir un mundo donde no hubiese ni un resto de sombra, esto es, en tanto que nuestra propia existencia supondría la negación de ese mundo.
Llegados a este punto conviene destacar que Heráclito no dice o, mejor dicho, no se limita a decir que no sabríamos lo que es la luz si no supiéramos lo que es la oscuridad, sino que no habría luz si no hubiese oscuridad (y vicerversa). En este sentido, recurrirá al fuego como símbolo de la dialéctica. Y es que el fuego consume —niega— aquello que lo hace posible, por lo común, la madera. Algo parecido podríamos decir con respecto a, por ejemplo, la libertad: lo que aparentemente impide nuestra libertad —las vallas— es lo que la hace posible. No cabe saltar vallas —si es que la libertad consiste, precisamente, en poder saltarlas— donde no las hay.
En términos generales, Heráclito sostiene que la nada es el envés de lo real. Y por eso mismo, todo se encuentra sometido al tiempo. Es decir, nada termina de ser. Así, el hecho de que algo sea va con que nunca acabe siendo lo que es. Ahora bien, lo que no es del todo, lógicamente, no es. En definitiva, todo es en tanto que no es. La pregunta es cuál es la relación entre el haber en cuanto tal y el tiempo… aunque para responderla tengamos que ir más allá de lo que dijo explícitamente Heráclito —y ahora entramos en lo duro—.
Para comprender la tesis de Heráclito, basta con pensar con radicalidad sobre lo que Parménides dijo al afirmar que la nada no es. De entrada, lo que dice es que referirse a lo real en cuanto tal —es decir, al haber en sí— equivale a referirse a lo uno, ilimitado, etc. Como tal, tan solo hay un haber —y este no es, evidentemente, el de algo determinado, el del haber de las cosas—. Ahora bien, por eso mismo, el haber en cuanto tal —el haber al margen de su realización como el haber de las cosas— no es nada. Y puesto que hay el haber, el hecho de que el puro haber no sea nada significa que es no siendo nada. Esto resulta, cuando menos, muy extraño. Sin embargo, podemos hacernos una idea… si nos preguntamos qué habría si, de repente, se hiciera la más completa oscuridad y silencio. Y lo que habría es que nada habría enfrente o alrededor. Esto es, habría la nada —un puro ahí, un ahí sin nada—. Sería algo parecido al fin del mundo.
No obstante, al comprender esto último, comprendemos que el silencio y la oscuridad absolutos no son efectivamente posibles sin alguien que levante acta. De hacerse presente un puro ahí, no habría tan solo un puro ahí: habría, también, alguien —y lo habría porque no habría nada más—. En realidad, la nada no puede realizarse o hacerse presente… sin alguien que dé testimonio. En este sentido, que haya alguien en el ahí es una exigencia interna a un puro haber o, mejor dicho, de su realización. Y lo es en tanto que la negación de sí le es inherente: el puro haber es no (siendo nada). La existencia de alguien en el ahí es, consecuentemente, la expresión de la negación de sí intrínseca a la nada de un puro haber. Y porque este es no (siendo nada), lo es todo. Todo es haber. La nada no puede ser o darse como simplemente nada:… y, por eso mismo debe realizarse hacia aquello que la niega, el alguien en el ahí. Y debe realizarse porque, conviene recordarlo, no hay nada que no se realice. Tampoco estamos tan lejos de Parménides: la nada no puede realizarse como meramente nada.
Sin embargo, lo que no captó Parménides —y sí Heráclito— es que el tiempo es el otro lado de un puro haber —y en tanto que uno, ilimitado…—. Las cosas están en el tiempo —esto es, no terminando de ser lo que son— porque realizan la nada de un puro haber, una realización que implica, precisamente, la negación de sí: de su unicidad, infinitud, inmutabilidad… La irrealidad de un puro haber se realiza como la realidad del mundo, una realidad, en consecuencia, fugaz, fragmentaria, irreal.
Al fin y al cabo, el hecho de que nada termine de ser hay que leerlo en su doble sentido: por un lado, la nada termina de ser —esto es, se realiza— en las cosas que hay; pero, por otro —y por eso mismo—, las cosas que hay no terminan de ser, es decir, se encuentran sometidas al tiempo. Todo pasa… salvo el hecho mismo de que todo pasa.
de Parménides a Heráclito (y tiro porque me toca) (1)
septiembre 30, 2026 § Deja un comentario
Entender lo que quiso decirnos Parménides no es fácil. Tampoco imposible. Sin embargo, para hincarle el diente hay que tener en cuenta que Parménides no se pregunta por el arjé —esa fue la pregunta de Tales y compañía, la pregunta, en definitiva, de la física—, sino por el significado de lo real como tal o en sí mismo: ¿en qué consiste el haber de lo real… al margen de su realización en lo sensible —en las cosas que hay—? Esta pregunta da pie, precisamente, a la tradición de la metafísica. Pues, como resulta evidente, la pregunta no admitirá como respuesta aquella que pueda proporcionarnos la física. Ciertamente, podemos decir que todo es agua o supercuerda. Pero aún quedaría pendiente qué significa decir de algo que es o está ahí, con independencia de su particular modo de ser. Al fin y al cabo, la pregunta de la metafísica, tal y como la formulará Leibniz siglos más tarde, es por qué algo en vez de nada. Esto es, por qué el agua o la supercuerda… en lugar de nada. Como cabe intuir, la respuesta a esta pregunta supondrá medirse con la nada.
Parménides, que sepamos, no dijo que nada es que no se realice o se muestre concretamente. Pero podemos presuponerlo a la hora de comprender qué significa interrogarse sobre lo real en sí o al margen de su realización: qué es lo que se realiza como mundo —como el haber de las cosas—. En el caso de la belleza, podemos entender que esta se realiza o hace presente en los cuerpos bellos. Pero, por eso mismo, podemos preguntarnos qué es la belleza en sí misma, la belleza que precisamente se realiza, aunque siempre relativamente o hasta cierto punto, en los cuerpos bellos (y el porqué de este siempre hasta cierto punto es algo sobre lo que volveremos). Por tanto, ¿qué se hace presente —aparece, muestra— en los cuerpos bellos y en tanto que bellos? La belleza, diremos. Pero ¿qué es lo bello en cuento tal? La pregunta de Parménides es, sin embargo, más universal. Cómo decíamos antes: en qué consiste que algo sea… con independencia de que sea mosca o árbol.
La respuesta de Parménides es conocida: decir ser es lo mismo que decir uno, ilimitado, eterno, inmutable… Para dar con ella, sin embargo, no disponemos de otro recurso que el de la razón. Pues de quedarnos con la sensibilidad —con el ver y el tocar— no iríamos más allá de lo que nos parece que es. Sucede aquí como con el cubo de Necker: que para responder a la pregunta qué es dicho cubo como tal tenemos que trascender la perspectiva. De ahí que Parménides dijera que ser y pensar es lo mismo. No hay otra vía de acceso a lo real en sí o como tal. No obstante, si la única vía —literalmente, el único método— es el de la razón, entonces hemos de partir, según Parménides, de lo que presupone el ejercicio mismo de la razón, a saber, que la nada no es (o por decirlo a la inversa, hay lo que hay, es lo que es). Para entender esto último no hay que confundir la nada con el vacío, aun cuando, por lo común, nos hagamos una idea de la nada imaginando un espacio sin nada. No es posible hacerse una idea de la nada… en tanto que la idea, de por sí, apunta a algo, en este caso a algo vacío. Pues bien, decir lo real equivale a decir lo uno, ilimitado, eterno, inmutable… porque —y este porque es el índice de la intervención de la razón— de lo contrario nos veríamos obligados a admitir la realidad de la nada. Por ejemplo, si hubiera dos realidades, tendríamos que admitir, a la hora de, precisamente, diferenciarlas, una nada de por medio. Y la nada no puede ser. De ahí que decir que ser y pensar es lo mismo supone decir que lo que la razón no admite es, sencillamente, imposible.
Para comprender el alcance de la tesis de Parménides quizá convendría sustituir ser por haber. Así, aun cuando hay muchas cosas, lo cierto es que el haber, como tal, es uno, ilimitado, etc. Hay el haber, obviamente. Pues es lo que tienen en común las cosas que hay o son, a saber, que están ahí. El haber lo es todo. Todo es haber. Y solo hay un todo. Ahora bien, por eso mismo, el haber como tal no es cosa. No puede serlo. Es decir, es no siendo nada en concreto. De ser cosa —algo en concreto—, estaríamos hablando de algo delimitado. Esto es, del haber de las cosas.
Hasta aquí Parménides. Sin embargo, si pensamos hasta el final que el haber sea no siendo nada en concreto, caeremos en la cuenta de su inconsistencia interna. Pero este caer en la cuenta nos empuja hacia el pensamiento de Heráclito, según el cual el ser —el puro haber— y la nada son las dos caras de lo mismo. Pero de ello hablamos en el siguiente post.
socráticas
agosto 22, 2026 § Deja un comentario
Y— ¡No tenemos por qué ser madres!
S— De acuerdo. Pero ¿quién dice que debas serlo?
Y— La sociedad. No tener hijos está mal visto.
S— ¿Solo la sociedad? ¿Tu cuerpo no te dice nada?
Y— A veces. Como cuando me pide venganza… o cuando me pide beber. Pero no todo lo que el cuerpo pide es una obligación.
S— Salvo beber.
Y— Obviamente. Si no bebo agua, me muero.
S— ¿Por qué?
Y— Porque estamos hechos de agua. Forma parte de lo que somos.
S— ¿Y la maternidad no forma parte de lo que eres?
Y— La maternidad es solo una posibilidad. Las mujeres no somos madres por naturaleza.
S— ¿Y no consiste nuestra naturaleza, precisamente, en realizar nuestras posibilidades?
Y— ¡Exacto! Pero solo las posibilidades que nosotras elegimos, no las que se nos imponen. Si me resisto a la maternidad es porque la siento como una imposición.
S— Dime una posibilidad que hayas hecho tuya sin que nada ni nadie te la haya impuesto de entrada.
Y— Mi deseo de ser actriz. Me muero por actuar. Ahí sí me siento yo misma.
S— ¿Naciste con ese deseo?
Y— No, claro. Pero la primera vez que mis padres me llevaron al teatro supe que quería estar ahí, sobre el escenario.
S— ¿Por la actuación… o por los aplausos?
Y— Los aplausos cuentan, pero lo decisivo fue el impulso de vivir otras vidas.
S— ¿Y si actuar solo reportara abucheos y desprecio, seguirías sintiendo ese impulso?
Y— Supongo que no…
S— Entonces, para «llegar a ser tú misma» como actriz, ¿no has tenido que aceptar un estímulo que vino totalmente de fuera? ¿El reconocimiento de los demás? ¿O vivir otras vidas… porque la tuya te parecía gris?
Y— ¡Me estás mareando! Te vas por las ramas. Yo solo digo que no estoy obligada a ser madre y no busco el aplauso de nadie por decir esto.
S— Pero lo dices con fuerza. Si a nadie le importara lo que dices, ¿seguirías gritándolo?
Y— Probablemente no…
S— Luego te peleas contra una exigencia porque sientes que te la imponen como algo «natural», tan inevitable como beber agua.
Y— ¡Exacto! ¡Y no lo es!
S— Pero si eso que uno es implica hacer propio lo que al principio era solo una posibilidad impuesta o sugerida por el entorno —como tu vocación teatral—… ¿por qué descartas que otras mujeres se realicen haciendo suya la maternidad?
Y— Porque en muchos casos no la hacen suya: se la tragan. Hay esclavos que también dicen sentirse realizados sirviendo a su amo.
S— Pero la maternidad como cadena ¿acaso no tiene más que ver con cómo están organizadas las relaciones entre hombre y mujer que con el hecho de ser madre?
Y— Voy a por un gelocatil.
apuntes de última hora: Hume y Kant
junio 6, 2026 § Deja un comentario
Para Hume —aunque también para los racionalistas— tan solo existen dos tipos de juicios o enunciados: los que se refieren a los hechos y aquellos que se limitan a exponer una relación entre ideas. Los primeros suelen denominarse sintéticos a posteriori, mientras que los segundos, analíticos a priori. Sintéticos porque el predicado añade una información que no está contenida en el sujeto. Por ejemplo, los cisnes son blancos. Que sean, de hecho, blancos no es algo que se desprenda del significado de cisne. Necesitamos apelar a la experiencia para decirlocon la intención de dar en el clavo. Por eso mismo, cabe la excepción. Como sabemos hay cisnes negros. En los enunciados analíticos, en cambio, lo que se afirma del sujeto se limita a explicitar de lo que está contenido en el sujeto —y por eso mismo, no necesitamos recurrir a la experiencia: su verdad es a priori. Por ejemplo, todo cuerpo es extenso. Por definición, es así… y no puede ser de otro modo. No puede haber ningún cuerpo que no ocupe un espacio. Este tipo de enunciados, sin embargo, no supone que exista aquello que definen. Por eso, dirá Hume, son enunciados vacíos, puramente formales. No hacen más que relacionar ideas —nociones, conceptos— entre sí. Los enunciados de la razón lógics son de este tipo.
La originalidad de Kant consiste en haber puesto sobre el tapete un tercer tipo de enunciado: los juicios sintéticos a priori. Esto es, juicios que se refieren a la experiencia… pero con anterioridad a la experiencia (a priori). Por ejemplo, todo tiene una causa o todo es una y la misma cosa. La tesis de fondo de Kant es que la experiencia es posible porque damos por descontado, por ejemplo, que todo tiene una causa o que todo es una y la misma cosa. Dicho de otro modo, los juicios sintéticos a priori son la condición de posibilidad de la experiencia. No hay experiencia que no presuponga la validez de dichos enunciados. Si no supiéramos de antemano que todo es, cuando menos, cosa… no podríamos llegar a experimentar un árbol o una piedra como algo ahí. Pues toda experiencia es, por principio, de algo ahí. Y este no es un saber que podamos extraer de la experiencia, sino, como decíamos, su condición.
De hecho, los juicios sintéticos a priori constituyen la objeción kantiana al empirismo de Hume. Así, Kant admite que necesitamos recurrir a la experiencia para saber cuál es la causa de, pongamos por caso, el arco iris. Pero no para saber que todo necesariamente tiene una causa. Ciertamente, Hume podría replicar que esta última afirmación es el resultado de un haber generalizado o inducido que nuestra mente haya construido, siempre por hábito o costumbre, las causas de diferentes hechos. De ahí que Kant se viese obligado a demostrar que los juicios sintéticos a priori son una exigencia de la razón y no el resultado de una atrevida inducción. Pero este es otro asunto.
apuntes de última hora: Platón 5
junio 5, 2026 § Deja un comentario
El denominado escolarmente mito de la caverna muestra el íntimo vínculo que media entre el saber —o mejor dicho, el amor a la verdad— y la formación de sí o, por decirlo en socrático, el cuidado del alma. Ciertamente, la felicidad es el horizonte de la existencia humana. No hay quien no pretenda vivir felizmente. Y, precisamente, porque se trata de ser feliz, la felicidad no consiste simplemente en un estar satisfecho —pues la satisfacción es un estado provisional—, sino en un saber vivir y, en definitiva, con la entereza, con el ser de una pieza. Por lo común, no decimos estoy feliz —en cualquier caso, satisfecho—, sino soy feliz.
La cuestión, sin embargo, es en qué consiste el saber propio de quien sabe vivir. Sócrates —y en general, los griegos— entendió este saber analógamente al saber de quien sabe, por ejemplo, tocar la guitarra —de un virtuoso de la misma—. Así, decimos que la domina, que hace de la guitarra lo que quiere, que no le tiene miedo y, por eso mismo, es capaz de extraer sus máximas posibilidades. De lo que se trata, por tanto, es de hacer algo con uno mismo, de formarse —esto es, de darse a uno mismo una forma bella—… de tal manera que uno logre ser un virtuoso de sí. La originalidad socrática, la que nos desmarcó de la inercia tribal, reside en el hecho de conectar la felicidad o el saber vivir con el tener que hacer algo con uno mismo, esto es, con el formarse, literalmente, adquirir una forma… que no viene de fábrica, pero a la que se supone estamos humanamente destinados. En esto consiste, de hecho, el cuidado del alma: en adquirir un dominio de sí al igual que el músico adquiere un dominio de su instrumento. Hablamos, al fin y al cabo, de la libertad, del ser dueño de uno mismo: que no nos pueda lo que nos sucede y no importa o carece de valor.
Ahora bien, al igual que el virtuoso de la guitarra adquiere su dominio de la misma teniendo en mente las melodías más bellas, quien pretende alcanzar un dominio de sí debe orientar su existencia hacia el bien. Para Sócrates —y por extensión, para Platón—, de lo que se trata es de hacer lo que uno quiere o ama —en esto consiste, de hecho, la verdadera libertad—. Y uno solo puede amar o querer el bien. Un médico, por ejemplo, puede limitarse a ejercer honestamente la medicina. Pero solo llegará a ser médico si ama la medicina —si logra ser uno con la medicina, pues, al fin y al cabo, uno es aquello que ama. Y lo que esto significa es que el espíritu de la búsqueda —pues amar es, originariamente, perseguir— constituye su carácter o modo de ser. Así, no dormirá, como quien dice, hasta que no encuentre el diagnóstico de la enfermedad que se le resiste. Paralelamente, quien es filósofo ama la verdad, lo que en verdad tiene lugar en medio de lo que nos pasa o sucede. Y no es fácil caer en la cuenta de lo verdadero, aun cuando esté ahí, ante nuestras narices. De hecho, lo normal es que, de entrada, confundamos lo verdadero con lo que nos parece verdadero, el saber con la opinión o la mera creencia, lo que es digno de amor con lo que deseamos. De ahí que fácilmente digamos, por ejemplo, que somos libres porque nos sentimos libres al realizar nuestros deseos… cuando lo cierto es que nadie elige cuanto desea. Todo deseo es un implante.
Platón ilustra esta situación inicial con la imagen de unos prisioneros que habitan en el fondo de una caverna y que, debido a su posición, confunden las sombras que ven con las cosas de las que son, precisamente, sus sombras. Esto es, lo que es —lo verdadero— con lo que les parece que es. Tras liberarse de sus cadenas, uno de ellos dirige su vista hacia atrás… viendo que hay más que sombras. Así, espoleado por la curiosidad comienza su ascenso —el camino de la liberación no es llano ni, por eso mismo, fácil—… hasta que ve una luz en lo que parece el final de un túnel. En ese momento, su curiosidad se transforma en interés —en amor por la luz. Una vez alcanza la boca de la caverna cae en la cuenta de que la verdadera realidad no es, ni de lejos, la de las sombras, sino la de cuanto está cubierto por la luz del Sol. Ciertamente, inicialmente queda deslumbrado —y por eso, solo puede contemplar las cosas del mundo real indirectamente, en concreto, reflejadas por las aguas del lago que se encuentra justo al salir de la cueva —y este reflejo equivaldría al conocimiento matemático de la realidad. Una vez se acostumbra a la luz, será capaz de mantener la vista en los árboles, las bestias, las montañas… Y así, dejándose llevar por su asombro, irá de una cosa a otra… hasta darse cuenta de que si puede ver lo que ve es porque todo lo que ve se encuentra iluminado por el Sol. Este ir de una cosa a otra… equivale a ir de idea en idea, esto es, literalmente, a la dialéctica, la cual termina con la constatación de que la idea de las ideas —la idea suprema, la que se encuentra en el vértice de la pirámide— es la idea de Bien o Ser. La idea de, pongamos por caso, árbol depende de la idea de vegetal, la cual depende, a su vez, de la idea de algo vivo. Pero si cabe establecer esta división o diferenciación es porque no todo es árbol o vegetal, etcétera —y de ahí que la dialéctica, el ir de idea en idea, constate la mútua implicación de los contrarios: no entendemos en que consiste ser árbol si, a su vez, no tenemos presente en qué consiste no serlo. Ahora bien, si bien es cierto que hay árboles porque no todo es árbol, también lo es que todo es, al margen de su forma o modo de ser particular. Lo que tienen en común el árbol, la mosca, la piedra… es que son. Por consiguiente, la idea de Ser o de lo Real-en-sí es la idea de las ideas, es decir, la idea que presupone cualquier idea o forma (de ser). Esta idea no admite definición —no podemos ver el perfil del Sol—. A través de la razón, nos desplazamos de idea en idea hasta llegar lo real en cuanto tal. Pero esto último solo puede captarse noéticamente: o lo ves, o no lo ves. No hay aquí demostración que valga —pues no cabe decir en qué consiste ser —definirlo— como si podemos decir en qué consiste ser, porejemplo, caballo o árbol: no hay ideas —conceptos— que estén por encima. De ahí que la expresión definitiva del ejercicio de la razón sea la noésis, algo así como un ver con los ojos de la mente.
Nuestro filósofo experimentará la tentación de quedarse ahí, en el mundo verdadero. Pero también cree que debe regresar al fondo de la caverna para revelarles al resto de prisioneros, precisamente, la verdad. El final es conocido: volverá… y morirá apaleado. Evidentemente, Platón está teniendo en mente el destino de Sócrates. No obstante, lo que ese destino muestra es la incompatibilidad entre filosofía y polis. O por decirlo de otro modo: la vida en común no puede sostenerse sobre la verdad, sino sobre su simulacro, la opinión. Y es que donde irrumpe la reflexión, la opinión se muestra como inconsistente, en definitiva, como una serie de “pseudo-verdades” cuya única función es la de sostener un determinado ejercicio del poder. Así, todos damos por descontado que somos iguales; pero, por eso mismo, cien vidas valen más que una; ahora bien, si esto es cierto, entonces la vida de la que dependen más vidas tiene más valor; por tanto, porque todos somos iguales, no todos somos iguales. Sin duda, un final paralizante. No cabe, por tanto, un uso político de los efectos, siempre desconcertantes, de la reflexión… aunque la convicción platónica —y por ende, la de Occidente— sea que una vida reflexionada —una vida que se interroga a sí misma— posee más valor que una vida que renuncia a examinarse. De ahí que Platón escriba su República: para pensar cómo debería ser la polis para que los amantes de lo verdadero pudieran vivir en paz, junto a los demás.
Sin embargo, ¿por qué Platón, denomina Bien a la idea suprema? Por lo dicho en uno de estos apuntes de última hora dedicados a Platón: porque ser y deber ser son las dos caras de una misma moneda. Al ser en sí o en cuanto tal —al puro haber— le es inherente una exigencia de realización. Nada es que no se realice. Pues la naturaleza del ser en cuanto tal es puramente abstracta, es decir, es no siendo nada en concreto… lo que equivale a decir estricta posibilidad de ser. Ahora bien, esta posibilidad es, literalmente, un poder ser. Y el poder ser es un poder de ser. No fue por casualidad que el último Platón, el que no figura en los manuales, viera que la realización de lo real —del puro haber— exige la negación de sí, de su carácter abstracto o absoluto. Es decir, lo real absoluto solo puede realizarse cayendo en el tiempo. Y esto es, al fin y al cabo, lo de que debe ser, el Bien.
La paradoja es, por consiguiente, el resultado de la reflexión más extrema. Y es que resulta paradójico que lo debe ser es que lo que debe ser —la plenitud— no termine de ser. El bien se halla inscrito en la naturaleza de las cosas. Así, pongamos por caso, la semilla debe germinar —y ese es su bien. Pero una vez germine, su fruto acabará marchitándose —y eso porque también debe ser así… en tanto que lo absoluto se realiza o hace presente en su negación de sí, de su carácter, precisamente, absoluto o eterno.
Tampoco debería extrañarnos que Sócrates fuera consciente de que, al fin y al cabo, tampoco es que supiese gran cosa. Al fin y al cabo, Platón no hace más —aunque tampoco menos— que proporcionarle una base ontológica a la paradoja de la ignorancia socrática.
apuntes de última hora: Hume 4
junio 2, 2026 § Deja un comentario
La crítica de Hume a la noción de sustancia sigue la misma pauta que la anterior. Así, comenzará explicitando qué es de lo que hablamos cuando hablamos de una cosa (pues la noción de sustancia equivale, grosso modo, a la idea de cosa o ente). Y aquello de lo que hablamos es de algo que posee o muestra ciertos rasgos, aquellos que, precisamente, percibimos a través de nuestros sentidos. De este modo, cuando decimos, por ejemplo, esto es azul y liso, el esto sería la sustancia, literalmente, aquello que subyace a ciertas cualidades, soportándolas, por así decirlo.
Pues bien, la pregunta sigue siendo la misma que la que nos hacíamos en relación con la idea de causa: ¿hay alguna impresión directa de ese esto? Y la respuesta, al igual que con respecto a la idea de una conexión causal, es que no. Vemos una forma, percibimos un color, una textura… pero en ningún caso captamos sensiblemente la sustancia que las soporta. En realidad, suponemos o damos por descontado que hay un algo por debajo, como quien dice, de los rasgos que le atribuimos. Pero no hay impresión de este algo-por-debajo. Por eso mismo, en modo alguno cabe ir más allá de la suposición, de la creencia con respecto a este asunto. Que hay un algo —un sustancia, un esto— es lo que espontáneamente damos por sentado. Sin embargo, lo que damos por sentado o supuesto no constituye, propiamente, un saber —una certeza—, sino una creencia, al fin y al cabo, algo así como una hipótesis de trabajo.
La pregunta es, sin embargo, cómo llegamos a la idea de sustancia… pues no estamos, como dijimos, ante una idea innata. Y la respuesta de Hume, como en general la del resto de los empiristas, es que se trata del resultado de una operación mental. Aquí conviene tener presente que, para Hume —y en general, para los empiristas— nada hay en la mente que no proceda de las impresiones. No obstante, debemos distinguir entre aquellas impresiones de primer grado —la sensación de calor, la percepción de un color…— de aquellas que son el resultado de una operación constructiva que nuestra mente lleva a cabo espontáneamente sobre la base de las impresiones iniciales —y que Hume denomina ideas de reflexión. Así, nuestra mente, a la hora de recoger impresiones de distinto orden, integra automáticamente las que se dan juntas y repetidamente. Esto es, las asocia imaginando que son de lo mismo. Es como si la mente fuera una máquina de hacer salchichas. Estas serían las ideas de refelxión o complejas, como las de causa o sustancia, y la carne picada, las impresiones. Dicho de otro modo, las ideas de causa o sustancia, como también la de un yo, serían constructos mentales, ideas que se derivan de las impresiones, pero que, como tales, no tienen una impresión que las anclen directamente en la experiencia. Y por eso mismo, no podemos justificarlas como verdaderas. Esto es, no podemos asegurar que haya causas o cosas. Como máximo, suponemos —creemos— que las hay. Las ideas de causa y sustancia son como ecos de las impresiones en nuestra mente.
Llegados a este punto conviene no confundir el mecanismo mental con las ideas innatas. Pues aunque sea cierto que dicho mecanismo viene de fábrica, como quien dice, en tanto que simple mecanismo o procedimiento no cabe plantear la cuestión de su verdad. Un mecanismo hace lo que hace. En este sentido, el proceder de la mente se limita a operar —a sacar salsichas de la carne picada—. En cambio, las ideas innatas del racionalismo son ideas verdaderas, aunque a priori. Y son verdaderas, según el racionalista, porque no hay mundo que no se ajuste a lo que dichas ideas exigen. Es decir, las ideas innatas incorporan un saber elemental acerca del mundo. Por ejemplo, con la idea de sustancia, la cual se halla inscrita en el enunciado que afirma, por ejemplo, esto es azul, sabemos que hay algo ahí fuera. Desde la óptica del racionalismo, podemos percibir cosas porque poseemos la idea de sustancia o de unidad. El animal no ve nada, precisamente, porque no se encuentra sujeto a las exigencias de la razón. El animal se limita a reaccionar a estímulos. Para el racionalismo, el mundo, sencillamente, es lo que se ajusta a la norma de la razón —lo que debe ser conforme a razón—. No habría mundo si, de entrada, no contáramos con la idea de unidad —o si no supiéramos a priori que todo es al fin y al cabo una y la misma cosa… aunque esto no sería, estrictamente, hablando una idea innata, sino un juicio sintético a priori, como veremos con Kant—. Así, lo que para el racionalismo sería un saber, para el empirismo no sería más que esa suposición que adquirimos gracias a las operaciones mentales que dan pie a las ideas de reflexión o complejas y que, por tratarse del resultado de operaciones de las que no somos conscientes —algo así como una digestiónde sensaciones—, fácilmente damos por ciertas… sin serlo.
Otro asunto es cómo llegamos a preguntarnos por la verdad de lo que, al fin y al cabo, no son más que constructos mentales; esto es, cómo es que el yo —esa ficción, dirá Hume— puede pretender, con las ideas que posee, dar en el clavo de lo real. El problema que aquí surge, en definitiva, es cómo dar cuenta del carácter intencional de la conciencia, por decirlo en técnico; del hecho de que, a través de las ideas complejas, el yo se dirija al mundo con la intención de decir las cosas tal y como son. Pero este es, como decíamos, otro asunto.
Para entender mejor la crítica de Hume a la idea de sustancia basta con imaginar que nuestra mente integrase las sensaciones de otro modo. Por ejemplo, que no fuera capaz de asociar sonidos a imágenes —o que, sencillamente, tan solo dispusiera de impresiones de un solo registro—. El mundo sería, sin duda, muy distinto… por no hablar de que no habría mundo donde solo contásemos con un tipo de sensación. Y digo sería y no nos parecería distinto… porque esto último presupone que hay una realidad en sí que cabe diferenciar de su aparición sensible —de su mostrarse a una sensibilidad—, y a la que podríamos acceder, según el racionalismo, a través de la razón. Como dijera Berkeley, esse est percipi. En este sentido, también podríamos imaginar que un ciego de nacimiento recuperase de repente la vista. En modo alguno, sería capaz de reconocer visualmente aquellos objetos con los que, a través del tacto y el oído, está familiarizado. Que esto sea así demuestra que la mente construye la idea de cosa, ente o sustancia integrando —asociando, dice Hume— sensaciones de diverso orden.
Si Hume está en lo cierto, entonces no hay mundo que no presuponga la integración —la asociación— que lleva a cabo nuestra mente de las sensaciones que nos proporcionan los diferentes sentidos. Pero esto equivale a decir que el mundo, tal y como se nos presenta, no deja de ser algo así como un mundo virtual. De ahí que Hume, en su escepticismo, no tenga necesidad de recurrir a la hipótesis del sueño para sospechar, cuando menos, de la convicción, propia del sentido común, de que cuando vemos y tocamos estamos en contacto con lo real.
ontología y maquillaje: una breve introducción a Platón
mayo 30, 2026 § Deja un comentario
¿Te arreglas para ir a una fiesta? ¿Por qué? Porque sin maquillaje no te sientes bien contigo misma: crees que sin arreglarno muestras lo que vales. Pero ¿qué vales? No lo sabes aún. Dependerá del juicio de los demás (y por eso, seguirás en la caverna). Pero ¿qué es lo que de ti valdrá? ¿El rostro natural? ¿O el coloreado? Más: ¿cuál es tu verdadero rostro? Hay fotos en las que no sales muy favorecida. ¿Son las más auténticas?
Sí y no. En cualquier caso, la belleza solo aparece tras los arreglos. ¿Eres bella? Platón te diría que la pregunta es, literalmente, impertinente. Pues, debido a lo dicho hasta ahora —debido, precisamente, a tanta indecisión— la belleza no te pertenece. Está, como quien dice, más allá de ti misma. Cuando te dicen lo bella que eres lo que deberías escuchar es, más bien, “en estos momentos te muestras como bella”. Nuestra ilusión siempre fue creer que habíamos usurpado los atributos del dios.
apuntes de última hora: Hume 3
mayo 28, 2026 § Deja un comentario
Con la idea de causa, nos referimos, por defecto, a la existencia de una conexión necesaria entre dos hechos. Así, entendemos que, siendo A causa de B, dándose A tiene que darse B. Pues bien, según Hume, no hay una impresión de este tiene que. Si la hubiera, entonces la primera vez que viéramos, por ejemplo, un arco iris sabríamos que es porque ha salido el Sol mientras continuaba lloviendo. Y es obvio que eso, precisamente, no lo sabemos de buen comienzo. Inicialmente, lo único que podemos decir es que después de la salida del Sol ha aparecido el arco iris. Podría tratarse perfectamente de una casualidad. La cuestión es cómo llegamos a hacernos una idea, literalmente, de que entre un hecho y otro hay una relación causal. Esto es, cómo nuestra mente construye la idea de una conexión necesaria entre la causa y su efecto. La tesis de Hume es que solo por hábito o costumbre. Es decir, por reiteración. Así, tras haber visto el mismo fenómeno repetidas veces llegamos a la conclusión —indebida o ilegítima, según Hume— de que no se trata de una casualidad: de que en el futuro seguirá siendo así… porque suponemos que tiene que haber una conexión necesaria entre ambos hechos. Dicho de otro modo, al decir que la lluvia y el Sol, de darse conjuntamente, son la causa del arco iris creemos de que dándose lo primero tiene que darse lo segundo. Pero como hemos dicho, no hay una impresión que valide este tiene que. Se trata de una creencia —de una suposición— a la que la mente llega por inducción. E inducir es generalizar a partir de constatación de una serie, por defecto limitada, de hechos semejantes. El siempre del siempre será como ha sido hasta ahora es, por consiguiente, el resultado de una generalización. Y al generalizar, la mente va más allá de la experiencia, de lo constatable empíricamente. La inducción —la generalización— supone, en cualquier caso, un pasarse de rosca. Pues nada en la experiencia nos garantiza que en el futuro una determinada sucesión temporal entre hechos seguirá dándose como hasta el momento —que el próximo cisne que veamos siga siendo blanco. No hay ninguna impresión del siempre será así que nos certifique que la próxima vez que golpeemos la bola de billar con el taco —este, de hecho, es el ejemplo de Hume—, la bola se desplazará. Es lo que suponemos. Pero la pregunta es si hay algo en la experiencia que nos permita asegurarlo sin ningún atisbo de duda. Y lo que sostiene Hume es que no: que únicamente se trata de una mera creencia, no de un saber, en el sentido fuerte de la expresión.
Llegados a este punto, alguien podría objetar que la conexión necesaria entre la lluvia y el Sol, por una parte, y el arco iris por otra se halla garantizada por la ley de la reflexión y refracción de la luz blanca. Que el vínculo entre lo primero y lo segundo es un caso particular de una ley universal. Pero Hume respondería fácilmente diciendo que dicha ley no es más que una abstracción —una generalización empírica—. No habríamos llegado a esa ley de no haber observado antes aquellos fenómenos a los que se aplica. En cualquier caso, como decíamos antes, no podemos asegurar, sobre la base de la experiencia —la única posible para el conocimiento— que haya causas. A lo sumo, damos por supuesto que las hay. O por decirlo de otro modo, nada en la experiencia que nos asegure que las leyes sean necesarias o eternas. Perfectamente, podrían ser contingentes, esto es, podrían dejar de valer como tales. Así, nada en la experiencia garantiza que la manzanas, pongamos por caso, sigan cayéndose de los árboles una vez han alcanzado su punto de madurez. De hecho, nos limitamos a suponer que seguirá siendo así… porque hasta el momento ha sido así. Como avanzábamos en el primer párrafo, un empirismo consecuente, tarde o temprano, acaba abrazando las tesis del escepticismo. Y como sabemos, para el escéptico no cabe rebasar el horizonte de la conjetura, de la suposición, de lo hipotético. O lo que es lo mismo, siempre es posible poner en duda aquello que, ingénuamente, damos por cierto.
apuntes de última hora: Hume 2
mayo 28, 2026 § Deja un comentario
Epistemología significa, literalmente, teoría del conocimiento. Esto es, la pregunta de la epistemología no es en qué consiste la naturaleza de lo real —de qué hablamos cuando hablamos de lo que es—, sino cómo llegamos al conocimiento de lo real, esto es, a través de qué criterio o método llegamos a garantizar, si es que esto es posible, la verdad de lo que afirmamos sobre el mundo. La filosofía moderna que inaugura Descartes presupone que no cabe responder a la pregunta de la metafísica —la que se interroga, precisamente, por el ser en cuanto tal— si antes no podemos saber hasta qué punto será cierto lo que podamos decir al respecto. Esto es, antes de mondar una patata para ver qué hay bajo su piel, deberíamos asegurarnos de que el mondador será capaz de, precisamente, quitar esa piel.
Racionalistas y empiristas ofrecen soluciones opuestas al problema del conocimiento. Así, para los primeros, solo la razón es fuente de certeza o saber. O dicho de otro modo, únicamente la descripción matemática del mundo es verdadera. Un color es una longitud de onda. Cuanto cabe decir al respecto desde el lado de la sensibilidad es, sencillamente, incierto. En cambio, para los segundos, puesto que el concepto fundamental de la matemática —a saber, la idea de unidad— es el resultado, como veremos, de aquella operación mental que integra impresiones de diferente orden o registro, solo puede haber conocimiento en relación con la experiencia. Ahora bien, como veremos, la consecuencia de desestimar la razón lógico-matemática como fuente de certeza —la lógica es vacía, dirá Hume, pues no nos dice nada acerca del mundo— conducirá al empirismo hacia el territorio del escepticismo.
Hume, en concreto, se preguntará si hay impresiones que validen —que nos permitan justificar como verdaderas— las ideas de sustancia, causa y yo. Pues solo podríamos decir con seguridad que hay sustancias (cosas), causas o un yo si las ideas correspondientes arraigaran en la sensación. Para Hume, como para cualquier empirista, no hay algo así como ideas innatas, aquellas sobre las que, según los racionalistas, descansa el ejercicio de la razón y que proporcionan un saber a priori sobre el mundo. Desde la óptica del racionalismo, las ideas de, por ejemplo, unidad e igualdad serían innatas, ideas que, en el fondo, se hallan inscritas en el simple decir algo de algo. Si podemos referirnos a algo (a una cosa) o reconocer la igualdad entre dos cosas iguales es porque, desde la óptica del racionalismo, disponemos de entrada —es decir, a priori— de las ideas de unidad e igualdad. La justificación de esta tesis fundamental del empirismo —a saber, que no hay ideas innatas— es que, de haberlas, los niños no necesitarían, pongamos por caso, aprender a contar.
NB: Este argumento es, sin embargo, débil. Pues, si podemos aprender idiomas es porque estos reposan sobre una gramática universal. Que esta gramática se active con la experiencia no quita que esté anclada, como quien dice, en nuestra estructura cerebral como si fuera el molde en el que deben encajar la pasta de los diferentes idiomas para que puedan servir, precisamente, como lengua.
Desde el punto de vista del empirismo, las ideas que el racionalismo considera innatas son, más bien, el resultado de una operación que la mente realiza sobre la base de las impresiones o datos sensibles… y de la que no somos conscientes (y por eso mismo, su resultado nos parece innato). Todos los contenidos de nuestra mente —las ideas— proceden de la experiencia. Así, dichos contenidos o bien son ideas simples (impresiones), o bien constructos mentales elaborados a partir de ideas simples. La mente es como una hoja en blanco o una tablilla de cera, en donde van quedando grabadas las huellas del mundo exterior, esto es, las impresiones. Los enunciados de la razón, en su uso estrictamente lógico, solo expresan relaciones entre conceptos o ideas. Su formulación es siempre condicional: si tal o cual concepto o enunciado es verdadero, entonces se sigue necesariamente la verdad de tal o cual concepto o enunciado. Por eso mismo, los enunciados de la razón-lógica no dicen nada sobre el mundo, esto es, no lo describen. En su uso estrictamente lógico y contra lo que defendieron los racionalistas, los enunciados de la lógica tan solo revelan los principios —las leyes o normas— conforme a los cuales pensamos. No obstante, si Hume se pregunta por las impresiones que validarían respectivamente las ideas de sustancia, causa y yo es porque estas ideas se encuentran presentes en cualquier posible saber. Pues no hay saber que no responda a las preguntas sobre el qué (de ahí la idea de sustancia) y el porqué (y de ahí, la idea de causa). Además, en tanto que el saber no consiste propiamente en decir la verdad, sino en haber asegurado conscientemente la verdad de lo que decimos acerca de cuanto nos rodea. Conviene recordar que la certeza, la imposibilidad absoluta de dudar, es la marca del conocimiento. De ahí que todo saber sea siempre el saber de un alguien, un sujeto, un yo.
apuntes de última hora: Platón 4
mayo 16, 2026 § Deja un comentario
Platón al preguntarse sobre la justicia —sobre la posibilidad de una polis justa o bella— establece un paralelismo —una analogía— entre la división tripartita del alma y los tipos de hombre. Así, habrán tantos tipos —estamentos, linajes— como dimensiones del alma. Estos tipos se caracterizan por la dimensión del alma que pesa más. Habrán, por tanto, los campesinos, artesanos, comerciantes… cuya vida gira en torno a lo básico, por así decirlo. En estos, el centro de gravedad lo ocupa la dimensión apetitiva del alma. Habrán, también, aquellos cuyo existencia gira en torno a la fuerza, el poder de realización, la valentía, en definitiva, a la parte irascible del alma. Son los guerreros. Finalmente, encontramos a los que no viven más que para la verdad. Hablamos de los filósofos, los amantes del saber. Esto es, aquellos que persiguen lo verdadero más allá de lo que nos parece verdadero. Pues amar es perseguir lo que merece ser perseguido.
Evidentemente, el filósofo vive centrado en las demandas del alma racional. La idea de fondo es que la polis solo logrará ser bella o justa —es decir, sus partes solo conseguirán ajustarse a su debida proporción— donde esté gobernada por quien sabe ser justo consigo mismo, esto es, capaz de gobernarse a sí mismo. Es lo que, en los manuales, cae bajo el epígrafe de la doctrina del filósofo rey. En principio, la analogía entre los diferentes tipos de hombre y las dimensiones del alma le permite a Platón entender la justicia política en los términos morales de un gobierno de sí. Pero, también, hace posible comprender la formación del carácter en términos políticos, esto es, como gobierno de sí. Al fin y al cabo, la libertad —ese estar por encima de lo que nos sucede y no importa, el llevar las riendas de uno mismo— es entendida como un dominio de sí. La injusticia política —el desorden social, el conflicto civil…— es, en el fondo, una injusticia moral, el resultado de ignorar dónde se encuentra la debida proporción, la justa medida, en definitiva, el resultado de un dejarse llevar por lo que, en un primer momento, nos seduce debido a su carácter ilusorio, y por eso mismo, ilusionante, apartándonos de la verdadera aspiración del alma, que no es otra que la que apunta a lo verdadero. Y es que la cuestión tanto moral como política no es qué principios e instituciones deben regular la vida en común, en definitiva, cómo limitar el ejercicio del poder para que no devenga un abuso de poder, una tiranía —esta, de hecho, será la cuestión política de la modernidad ilustrada—, sino quién, de entre los diferentes tipos de hombre, debe gobernar. Cada hombre, ciertamente, posee las tres dimensiones del alma. Pero, teniendo en cuenta que no todas pesan por igual en los diferentes tipos de hombre, la lucidez de cada tipo consiste, precisamente, en aceptar su lugar dentro de una polis justa o bella. Al igual que, en un cuerpo, el estómago debe aceptar que quien gobierna es el cerebro. Un cuerpo en el que mande el estómago fácilmente acabará con problemas de salud.
El principal rasgo del filósofo o sabio en lo que respecta al gobierno, tanto de sí mismo como el de los demás hombres, es la prudencia, esto es, la habilidad para situarse en el punto medio entre dos extremos, según el contexto. La prudencia no es, por tanto, pusilanimidad o apocamiento, sino un saber qué exige cada situación, en definitiva, un saber situarse. Y lo que no exige, sobre todo en lo que respecta a los asuntos humanos, es caer en uno de los extremos entre los que se sitúa la genuina virtud. Se trata, pues, del equilibrio. Es como en el caso del buen cocinero: que sabe encontrar el punto exacto de sal. Y aquí no hay recetas que valgan. De hecho, los asuntos humanos se mueven siempre entre dos contrarios. Así, pongamos por caso, la valentía se sitúa entre la cobardía… y la temeridad. Ambos polos son desproporcionados, uno por defecto, y otro por exceso. Quien se sitúa en los extremos sufre, por tanto, una falta de lucidez. Sin embargo, no sabemos de antemano en qué consiste actuar o decidir con valentía. Pues depende, como decía, del momento o situación. Habrá momentos en los que la valentía se sitúe más cerca de la temeridad, y otros en los que se acercará a la cobardía. Pues hace falta mucho valor para admitir una rendición. No todo el mundo es capaz de saber qué reclama el momento. Hay pocos que sepan cocinar, encontrar el punto exacto de sal.
Platón atribuyó la crisis de Atenas a la demagogia de los sofistas. Como es sabido, estos se presentaban como maestros del uso de lenguaje. Su punto de partida era que, en los asuntos humanos, no hay hechos a los que apelar para demostrar que tal o cual acción es buena o mala. Precisamente, porque, como decía en el párrafo anterior, dichos asunto se mueven entre dos extremos. Todo es mezcla. No hay gesto humano que sea químicamente puro. Así, por ejemplo, en el abrazo de una madre hay, por un lado, amor hacia el hijo y, por otro, amor hacia el vínculo con el hijo. No es exactamente lo mismo.Y, por lo común, no terminamos de saber qué pesa más en cada abrazo. En cualquier caso, nos parecerá que pesa más un extremo que otro. Y ello dependerá de cómo lo enfoquemos —de cómo presentemos la situación. El sofista era especialista en enfocar. Esto es, de hacer ver por medio del discurso, como si fuera químicamente puro, lo que en definitiva es mezcla. Para el sofista no hay la justicia, la belleza, el bien… sino únicamente definiciones formales de lo justo —darle a cada uno lo que merece—, la belleza —la justa proporción entre las partes—, el bien —lo que debe ser—… que únicamente sirven para enmarcan una discusión —para que unoa discusión sobre lo justono termine siendo una confrontación sobre, porejemplo, gustos gastronímocs—, pero qué nada dicen sobre en qué consiste darle a cada uno lo que se merece… etcétera. El hombre, decía Protágoras, es la medida de todas las cosas. La concreción de lo justo, lo bello, el bien… siempre dependerá de la sensibilidad, es decir, de lo que nos parezca. No hay modo, según el sofista, de ir más allá, en relación con estos asuntos. El truco del sofista consiste en mostrar como si fuera indiscutible —esto es, como si fuera un hecho— lo que, en realidad, admite diferentes ópticas. Platón sostuvo que la raíz de la descomposición social es, precisamente, la demagogia del sofista y, por extensión, la democracia. Hoy hablaríamos de populismo. Pues populista es quien sostiene, pongamos por caso, que la inmigración es el cáncer de Occidente. Sencillamente, no es verdad. Aunque tampoco lo es su contrario.
Paralelamente, Platón expulsará a los malos poetas de la polis justa. Y aquí por poeta no hemos de entender a quien, debido a su particular sensibilidad, descubre asombro donde el resto solo ve costumbre, sino a los que divulgan mitos falsos. El mito —las historias ejemplares— configuran en buena medida las expectativas humanas y, por ende, el carácter. Así, por ejemplo, las historias románticas determinan lo que una pareja puede esperar —y, por eso mismo, exigir— de su relación. El problema de ciertos mitos es que nos mantienen en la ilusión, alejándonos de lo verdadero y, por tanto, de la sabiduría que se encuentra en la base de una genuina libertad o, por decirlo de otro modo, de la felicidad. Al fin y al cabo, esta consiste en un saber vivir. En este sentido, por seguir con nuestro ejemplo, podríamos preguntarnos si el mito del amor romántico acaso no regará fuera de tiesto y, por eso mismo, impedirá que las relaciones lleguen a buen puerto al hacerles creer a los amantes que el juego es otro que el que, en realidad, se juega.
Sin embargo, a pesar de lo que suele decirse, la polis justa no es un ideal… al que podamos aproximarnos o que pueda realizarse en mayor o menor medida. O el filósofo gobierna, o no gobierna. De hecho, no es casual que la polis justa sea, literalmente, una utopía. Pues la palabra utopía signica más allá de cualquier lugar (y, por eso mismo, realización). Se trata, pues, de un imposible. Lo que debiera ser no es, por tanto, posible. El porqué de esta imposibilidad reside en una paradoja. Pues el filósofo solo podrá gobernar a los demás si estos le conceden autoridad. Y solo le concederán autoridad si son educados por él. Ahora bien, para que los demás admitan ser educados por el filósofo, antes deberían haberle concedido autoridad. Y esto… dejando a un lado que al filósofo tampoco es que le interese demasiado gobernar una polis. Al fin y al cabo, el modo de ser del filósofo no termina de hacer buenas migas con los lugares comunes —los tópicos— que hacen posible la convivencia.
apuntes de última hora: Nietzsche 2
mayo 15, 2026 § Deja un comentario
Para Nietzsche no hay algo así como lo verdadero. De hecho, la referencia a la verdad no deja de ser un instrumento de la voluntad de dominio. Pues quien es capaz de imponer su discurso como verdadero —y, por eso mismo, como indiscutible— tiene, literalmente, las de ganar. Ahora bien, no hay lo verdadero porque no hay hechos objetivos, por así decirlo, hechos que cualquiera puede constatar como lo que es… y punto. Todo hecho carga con un cierto prejuicio. Literalmente. No hay visión de los hechos que no incorpore un cierto saber —una cierta interpretación. Ver es siempre un ver como —un ver esto como aquello. Es por esto que Nietzsche sostuvo que el mundo, en última instancia, reposa sobre la metáfora. Así, pongamos por caso, quien ve un martillo sabe para qué sirve. De lo contrario, no verá un martillo. Y por tanto, quien ve un martillo, ve un clavo… aun cuando ningún clavo esté ahí, junto al martillo. Sin embargo, a pesar de que nos parezca que estamos ante un hecho objetivo, lo cierto es que en el mundo de los antiguos aborígenes de Australia, pongamos por caso, no habían martillos. Por eso mismo, esos aborígenes, de tener un martillo enfrente, no habrían podido ver un martillo, sino que, probablemente, habrían visto un hacha defectuosa. Hay un mundo para cada perspectiva del mundo. Es decir, cada mundo contiene sus propios hechos. Y según Nietzsche, no es posible salir de la perspectiva. De ahí que su concepción de la verdad suela denomniarse perspectivismo.
Ciertamente, estamos ante la definitiva vuelta de tuerca del antiplatonismo de Nietzsche. Pues que estemos instalados en la perspectiva significa que esta no es un modo de ver lo que, como tal, se encuentra más allá de la misma. Para Nietzsche, no hay algo así como lo real-absoluto que se encuentre, de algún modo, más allá de la perspectiva. Según Platón, las apariencias son, por defecto, un modo de ver, una perspectiva. La aparición de lo real —su realización o hacerse presente— siempre es relativa a un punto de vista o sensibilidad. Pero porque constituyen una perspectiva de, las apariencias apuntan a una realidad que, en sí misma, no admite perspectiva. Tan solo cabe un acceso racional a lo real-absoluto —y por eso, lo real en sí o absoluto es idea. En este sentido, hay perspectiva porque hay lo real. Por ejemplo, en cualquier caso veremos un cubo en perspectiva —y si las perspectivas son diversas es porque diversos son los puntos de vista. Ahora bien, si podemos poner encima de la mesa diferentes dibujos de un mismo cubo es porque hay cubo. El cubo en sí o al margen de la perspectiva sería la fórmula matemática del cubo, su idea. Y porque un cubo no es cualquier cosa, su realidad determina lo que puede valer como perspectiva —como un dibujo del cubo.
En Nietzsche, sin embargo, no hay algo así como el cubo más allá de las perspectivas del cubo. La fórmula matemática del cubo —su idea— sería una perspectiva más, sin duda descarnada. Pues, como cualquier perspectiva, obedece a un determinado interés, en este caso, el de la manipulación técnica. Así, para la matemática, un cubo no puede ser, por ejemplo, la figura geométrica de la perfección divina. Que alguien pueda verlo de este modo tendrá que ver, valga el juego de palabras, con él, no con el cubo. No hay realidad en sí que trascienda las apariencias, sino solo construcciones lingüísticas —discursos— que tejen mundos. En consecuencia, tampoco hay, estrictamente, apariencia (pues toda apariencia es, por definición, apariencia de). Que la metáfora esté en la base de los mundos significa que el martillo que usamos no es la ejemplificación del martillo en sí, que es lo que diríamos de mantenernos en el platonismo escolar, sino que hay martillo porque hay clavos —y viceversa: quien ve un clavo ve un martillo. Más: hay martillo y clavos porque hay carpinteros. Y hay carpinteros porque hay hogares. Etcétera. El mundo es un texto. Es decir, una textura. No hay, por tanto, hechos aislados —hechos puros— ni por extensión, cosas que sean independientes del texto al que pertenecen.
De ahí que Nietzche proclame que Dios ha muerto… y no que ahora nos hemos dado cuenta de que nunca ha existido, como cuando los niños comprenden que los reyes magos siempre fueron los padres (esto, en todo caso, es lo que diría un ilustrado, un Hume, por ejemplo). En el mundo antiguo, hubieron dioses. Pero ya no pueden haberlos. De hecho, quien dice que para él hay Dios, con el propósito de refutar a Nietzsche, ya le está dando la razón implícitamente. Pues que Dios haya pasado a ser el objeto de una creencia —al fin y al cabo, de una suposición— solo es posible en un mundo en donde Dios ya no tiene cabida. No es secundario que la palabra creencia ya no signifique espontáneamente lo que significó en el origen. Pues la fe de los primeros creyentes, antes que expresar la suposición de que había un papá en los cielos —pues no necesitaban suponerlo—, refelejaba, más bien, una firme confianza en que, al final, papá se haría presente. Y a su favor.
a la contra
mayo 12, 2026 § Deja un comentario
Hoy en día, la antropología más convincente parte de la comparación del hombre con el animal. Como si el hombre no fuese más que un simio sofisticado. Y, ciertamente, en lo que respecta a las reacciones, tenemos mucho en común con el mono. Al fin y al cabo, todos llevamos un mono dentro. Podríamos pensar que, desde este punto de vista, el hombre es animalizado. Pero también podríamos decir que, en consecuencia, el animal es “humanizado”: como si fuera uno de los nuestros, aunque en menor grado. Disney. En cualquier caso, para quienes defienden esta posición, todo lo que va más allá del gen —la aspiración a lo verdadero, la canalización del instinto, la moral…— sería algo así como la piel de cordero que cubre al lobo. Y un lobo sigue siendo un lobo, aun cuando, al mirarse al espejo, crea ver a una oveja. La cultura sería esa piel.
Sin embargo, en el momento que un mono se cuestiona a sí mismo —una vez se convierte en un problema para sí mismo y, por tanto, difiere de sí mismo —, ya es algo más que un mono: es su posibilidad, al fin y al cabo, la posibilidad de la modificación de sí. El mono permanece atado a lo que le vino de fábrica. No así, el hombre. Y más donde, actualmente, la modificación de sí apunta al propio gen. No se trata, por tanto, de una simple diferencia de grado con respecto a la bestia. De ahí que lo que marca las distancias no sea la inhibición del instinto, impuesta culturalmente —pues quizá esto, cultura al margen, también podamos verlo en ciertos animales—, sino que eso que somos sea, en última instancia, una tarea pendiente.
apuntes de última hora: Platón 3
mayo 12, 2026 § Deja un comentario
Que el alma pertenezca al mundo de lo verdadero —al mundo de la idea— le sirve también a Platón para dar cuenta de las bases del conocimiento, aunque sea por medio del mito. Como es sabido, para Platón, conocer es recordar. Según el relato mítico, antes de encarnarse en un cuerpo, el alma habitaba el mundo real —y por tanto, tenía frente a sí lo verdadero. Sin embargo, al encarnarse, olvidó lo que vio en su momento —pues la encarnación supone una degradación. Ahora bien, dado que las cosas son, según también el mito platónico, copias imperfectas de la idea que les sirve de modelo, el alma, al entrar en contacto con ellas, recuerda, precisamente, la realidad que representan. Así, al ver cuerpos bellos, al alma le viene a la mente la belleza que encarnan. Una vez topamos con la copia, no podemos evitar recordar el original. Si podemos ver cuerpos bellos es porque ya sabemos en qué consiste la belleza. Igualmente, si podemos decir de una decisión es justa es porque, de entrada, no ignoramos en qué consiste la justicia en general: darle a cada uno lo que merece. De ahí que el conocimiento sea, en el fondo, un reconocimiento.
Con ello Platón inaugura la tradición que culminará con el racionalismo de Descartes. De hecho, la intuición platónica, aunque se exprese por medio del mito, tiene su porqué. Quiero decir que el mito traduce lo que, al fin y al cabo, puede formularse en abstracto, a saber, que el conocimiento del mundo depende de un saber de antemano —el término técnico es a priori—, el que, en los términos del racionalismo, proporcionan las ideas innatas —y en los de Kant, los juicios sintéticos a priori como, por ejemplo, el de que afirma que todo tiene una causa. Y es que si vemos un punto en lo que, de hecho, es una superficie, aunque sea muy pequeña, es porque sabemos de antemano qué es un punto. Paralelamente, tampoco necesitamos que nos enseñen en qué consiste la unidad: ya nacemos, como quien dice, con esta idea en mente. En realidad, este saber de antemano, anterior a la experiencia, es la condición misma de la experiencia. De no disponer de este saber no experimentaríamos nada. El animal carece de experiencia. Pues toda experiencia esde algo ahí —y el animal es incapaz de referirse a algo ahí, a lo que se encuentra fuera de sí. Pues para que pudiera referirse a algo ahí necesitaría diferir de, precisamente, ese algo, en definitiva, tenerlo enfrente. Su conducta no es más que una reacción a estímulos, aun cuando esta pueda ser, ciertamente, sofisticada. Como en el caso de una máquina. Ciertamente, el concepto de mesa, pongamos por caso, lo elaboramos —lo abstraemos— después de ver una cuantas. Pero no sucede lo mismo con la noción de unidad o con la de ente o cosa. Así, somos capaces de decir que hay cosas, aunque ignoremos qué son, porque desde el principio sabemos de algún modo en que consiste que algo esté ahí. Podríamos decir que este saber a priori se encuentra inserto en el lenguaje. Hay un saber implícito donde decimos simplemente esto es azul, el que da por sentado que hay algo ahí …que muestra las características del azul.
apuntes de última hora: Platón 2
mayo 12, 2026 § Deja un comentario
El hiato entre el mundo de la idea y el de las cosas —en definitiva, entre lo real en sí mismo y su realización, su hacerse presente en lo sensible— halla su envés en la escisión entre cuerpo y alma. Según Platón, el cuerpo es la cárcel del alma. Es decir, no somos alma y cuerpo, sino almas encerradas en cuerpos. ¿Qué significa esto? Al margen de las imágenes a las que recurre Platón, lo cierto es que, como sujetos conscientes de sí, estamos enfrentados a nuestro cuerpo. A diferencia de los chimpancés, los cuales son cuerpo, nosotros tenemos cuerpo. Por eso mismo, podemos tratar con nuestro cuerpo, esto es, arreglarlo, cuidarlo, dejarnos llevar por sus impulsos o, por el contrario, reprimirlos. El yo siempre difiere del cuerpo con el que, por otro lado, se identifica. De hecho, este diferir es la otra cara de la identidad. Pues que nos identifiquemos con un cuerpo —más aún: con un carácter o modo de ser— supone poder decir “yo soy ese cuerpo, ese carácter”. Por tanto, la división entre idea y cosa se reproduce, aunque con un acento particular, en la escisión que constituye la subjetividad, la que se establece entre el alma y su cuerpo.
Ahora bien, ¿por qué el cuerpo es un cárcel y no, simplemente, el cuerpo que siempre nos acompaña? El alma, según Platón, no es solo consciencia de sí, sino también, y quizá principalmente, anhelo de lo absoluto o verdadero. Así, el alma aspira a la belleza verdadera, la justicia verdadera, el amor verdadero… mientras que al cuerpo le basta con satisfacer su necesidad. El cuerpo no busca lo verdadero. Tiene suficiente con lo que le parece verdadero.
Con todo, el alma no es homogénea. A su vez se encuentra dividida en tres zonas: la apetitiva, la volitiva o irascible y la racional. Platón ilustra esta división tripartita por medio de la imagen del carro tirado por dos caballo alados: el negro —símbolo de la dimensión apetitiva— y el blanco. El auriga correspondería a la dimensión racional, la que orienta a las otras dos en la dirección, precisamente, de lo verdadero. La apetitiva sería la propia de las aspiraciones o impulsos más elementales, en tanto que es la parte que está en contacto directo con el cuerpo. La dimensión volitiva sería, por su lado, la aptitud para llevar a cabo nuestros propósitos… sean cuáles sean. De ahí la importancia de que la dimensión racional sepa distinguir entre aquellos que valen la pena —los que nos corresponden por naturaleza— y lo que no, esos que, alejándonos de lo que somos, nos acercan a la bestia.
En cualquier caso, el alma sería el territorio de las aspiraciones. Así, el cuerpo es la cárcel del alma porque las aspiraciones —los impulsos— de la dimensión apetitiva, los que encuentran contaminados de cuerpo, no coinciden, obviamente, con el anhelo de lo verdadero propio de la dimensión racional. Por ejemplo, en la relación entre hombre y mujer caben dos posibilidades. O bien, nos limitamos al aquí te pillo, aquí te mato, esto es, a la mera reacción animal. O bien, buscamos el encuentro con el otro —y en este sentido, el amor sería la convergencia de las almas. No es lo mismo. Donde nos dejamos llevar por lo primero, difícilmente se colmará el vaso. Pues como almas, no nos contentamos simplemente con el roce de los cuerpos. Los cuerpos no se encuentran: chocan. Tan solo las almas se encuentran. ¿Por qué, entonces, el cuerpo es una cárcel? Porque no es fácil vivir conforme a nuestra última aspiración, la que nos eleva hacia lo verdadero. De hecho, por lo común, solemos habitar en la confusión. Así, fácilmente creemos que ya hemos encontrado el amor donde simplemente hay la euforia de la novedad. De ahí lo decisivo de saber qué nos traemos entre manos —de qué se trata en cada caso. Ahora bien, lo cierto es que nada en el mundo logrará colmar nuestro anhelo por lo verdadero o definitivo. Al menos, porque todo en el mundo es mezcla —impuro, diría Platón—: la luz siempre viene con las sombras, la virtud, con la tara, el amor, con las semillas del odio…
De lo que se trata, por tanto, no es de prescindir de los caballos —pues sin caballos, el carro no tira— sino que los caballos no vayan a su bola. Se trata de llevar las riendas, en definitiva, del dominio de sí y, por extensión, del socrático cuidado del alma. O por decirlo de otro modo, de ser fiel a uno mismo, a lo que en verdad somos. Del mismo modo que cuidamos de nuestro cuerpo para no perder la salud, también debemos procurar la salud del alma. Y esta se alimenta de la inquietud por lo verdadero, por lo que en verdad tiene lugar en lo que simplemente pasa. Al fin y al cabo, está en juego nuestra libertad. Pues la genuina libertad no consiste en un hacer lo que nos dé la gana —pues, donde nos dejamos llevar por lo que nos apetece, somos reos de nuestros impulsos más elementales—, sino en un estar por encima de los que nos sucede y no importa. Esto es, de vivir conforme a lo que verdadero —a lo que merece ser perseguido. Y para ello hace falta lucidez —mucha lucidez— para, precisamente, saber dinstinguir entre lo que nos parece valioso y aquello que realmente vale la pena perseguir. No en vano la felicidad es un saber vivir —y por eso mismo, un saber. De hecho, el error existencial —el que terminemos llevando una vida equivocada— consiste en creer que lo que nos parece que es coincide con lo que es. Creer, por ejemplo, que somos libres donde simplemente nos sentimos libres porque hemos logrado realizar nuestro deseo… cuando lo cierto es que todo deseo es un implante: nadie elige su propio deseo. Es cierto que todos llevamos un mono dentro. Pero no somos ese mono, sino algo más. Ningún mono puede decir que lleva un mono dentro de sí. Y quizá fuese por esto mismo que Platón estuviese convencido de que, como almas, no pertenecemos a este mundo. Como si, en el fondo, el anhelo de lo verdadero expresase la voluntad de regresar al mundo del que fuimos arrancados.
apuntes de última hora: Platón
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La pregunta de Platón, en definitiva, la de la metafísica es en qué consiste lo real, es decir, de qué hablamos cuando hablamos de lo que es. Como es sabido, Platón, a la hora de responder, distingue entre dos mundos, el de las ideas —el mundo propiamente real o verdadero— y el de las cosas —el mundo aparente. El primero es denominado también inteligible. Pues solo es accesible a la razón, al pensamiento. El segundo, en cambio, es denominado sensible. Pues es el mundo de cuanto cabe ver y tocar. Decir que tan solo la idea es real equivale a decir que lo real, en sí mismo —esto es, al margen de su realización en lo sensible—, solo puede ser pensado. Supongamos, por ejemplo, que tenemos que dibujar el aula en la que nos encontramos. Es obvio que habrá tantos dibujos como posiciones en el aula o puntos de vista. Y, por eso mismo, no habra ningún dibujo del aula como tal o en sí misma, esto es, fuera de perspectiva. Sin embargo, si cabe dibujar el aula —si es posible verla— es porque hay aula. Ahora bien, lo que el aula sea con independencia de nuestra visión del aula solo puede ser descrito a través, en este caso, de la matemática. Lo dicho: lo real en sí solo puede ser pensado. Hay un hiato entre el aula como tal y su realización material, la que cabe ver y, por eso mismo, dibujar. En términos generales, entre lo real en sí y su realización en lo sensible. Pues lo real en sí —en nuestro ejemplo, el aula al margen de nuestros dibujos del aula— trasciende lo sensible. ¿A qué responde, no obstante, este hiato —esta escisión?
La intuición de fondo es que nada es que no se haga, de algún modo, presente —nada real que no se realice. Así, cuando decimos de un cuerpo, pongamos por caso, que es bello… lo que se hace presente en ese cuerpo es, precisamente, la belleza. La belleza se realiza, por tanto, en los cuerpos bellos. O por decirlo con otras palabras, lo real de un cuerpo bello —lo que se hace presente en un cuerpo belloen tanto que bello— es la belleza. Ahora bien, la realización de la belleza —su aparecer en los cuerpos bellos— siempre es hasta cierto punto o medida. Ningún cuerpo bello es absolutamente bello. Todo cuerpo bello viene con tara. Más aún: con el tiempo, dejará atrás la belleza que inicialmente tuvo. Por tanto, nada nunca por entero —nada permanece en lo que es. En cuanto cabe ver y tocar, todo es mezcla: la luz va con la sombra, la belleza con el defecto, el bien con el mal, el amor con el odio. La cuestión es que pesa más en un momento dado.
En este sentido, podríamos decir que la belleza —en general, lo que es— solo puede aparecer dejando atrás su carácter absoluto o entero. Dicho de otro modo, la belleza solo puede mostrarse negándose a sí misma, renunciando, como quien dice, a su carácter otro o absoluto. De ahí el doble sentido de la apariencia: por un lado, la apariencia es el hacerse presente —el aparecer— de lo real; por otro, la apariencia es ilusión, un parecerse a, un trampantojo, un como si. Así, los cuerpos bellos tan solo simularían la belleza real, la que, en cierto sentido, se encuentra por encima o más allá de los cuerpos que la realizan. Los dos lados de la apariencia van, por consiguiente, de la mano. Tampoco puede suceder de otro modo. De ahí que Platón diga que las cosas participan de la idea —de lo real propiamente dicho. Y este participar puede entenderse como un ejemplificar o encarnar. Para ilustrar esta relación, Platón recurre al mito de una creación del mundo por parte de un dios artesano, el demiurgo, el cual tuvo a la vista el mundo de las ideas a la hora de ponerse manos a la obra. Las cosas son, por tanto, copias imperfectas de la idea que le sirve al demiurgo de modelo.
Que el demiurgo cree el mundo sobre la base de las ideas, nos da a entender, de paso, que estas constituyen la norma de lo visible. Así, lo visible —las cosas— son lo que son porque se encuentran sometidas a lo que deben ser, al paradigma —el modelo— que ejemplifican o representan. De hecho, si decimos de un cuerpo bello que no acaba de serlo es porque damos por sentado que debería ser bello por entero. En general, si las cosas no terminan de ser o permanecer en lo que son en un momento dado —si todas las cosas se encuentran sometidas al paso del tiempo y, en definitiva, condenadas a su desaparición— es porque no terminan de ser lo que deben ser, al fin y al cabo, ser. Pues ser es, por defecto, permanecer en lo que se es. Las cosas son, por tanto, su no terminar de ser. Dicho de otro modo, son hasta cierto punto o medida.
Sin embargo, ¿qué realidad —que idea— realizan las cosas como cosas, esto es, al margen de que sean, a su vez, árboles o moscas? La respuesta —obvia— es la idea de ser, de lo que es, de lo real en cuanto tal, con independencia de su aparecer en lo sensible. Ahora bien, por lo dicho antes, la idea es la norma —el paradigma— de lo sensible. Por tanto, ser y deber ser serían lo mismo, las dos caras de una misma moneda. Lo real es exigencia de realización. Platón a la idea de ser —la idea suprema, la idea de las ideas— la denomina, y por eso mismo, Bien. Pues el Bien es, por definición, lo que debe ser. Con todo, lo paradójico del asunto es que, como decíamos en un párrafo anterior, la realización de lo real —de lo que debe ser— pasa por dejar atrás su carácter absoluto o por entero. Así, un cuerpo bello, por seguir con nuestro ejemplo, es bello porque, al realizarse o concretarse, la belleza se niega sí misma, como quien dice. Esto es, la belleza se realiza asumiendo su contrario. O por formularlo en general, el Ser —lo que debe ser, el Bien— solo se hace presente asumiendo su no ser. Al fin y al cabo, la idea es no siendo nada en concreto. La idea de aula, por ejemplo, no es aún ningún aula, aun cuando la idea de aula exija realizarse como un aula determinada. Al fin y al cabo, nada hay que no se realice. De ahí el carácter paradójico, como decíamos, de lo real y, en definitiva, del Bien. Pues lo que debe ser —el Bien— es que lo que debe ser no pueda serlo por entero. Es por esta razón que lo que debe ser es lo que hay. Ni más, ni menos.
apuntes de última hora: Nietzsche
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La pregunta que Nietzsche se plantea es cómo fue posible la moral cristiana, esto es, la inversión —la perversión, la subversión— de los valores originarios, aquellos ligados a la vida más espontánea. Pues esta únicamente distingue entre lo que nos hace más fuertes —lo naturalmente bueno— y lo que nos debilita o enferma —lo malo. Nietzsche entiende la distinción entre el fuerte y el débil —entre el noble y el esclavo— como una distinción natural y, por eso mismo, inalterable. De ahí que la pregunta fuese cómo es que, en un momento dado, lo bueno pasó a ser lo contrario, a saber, la humildad, la pobreza, la pequeñez. Cómo fue posible un Bien y un Mal por encima de lo bueno y lo malo. Cómo fue posible un Dios que prefiriese al leproso, a quien que se arrodilla, al que desprende mal olor… antes que a los que se encuentran henchidos de salud, belleza, poder. Cómo pudo surgir, en definitiva, un Dios tan antinatural, un Dios que condenase, precisamente, los impulsos más vitales.
La respuesta de Nietzsche es simple: la perversión de los valores originales fue debida al resentimiento, el odio, el rencor, la envidia del débil hacia el fuerte —del esclavo hacia el noble. El sacerdote cristiano —esa figura del resentimiento— necesitaba decirse a sí mismo y, sobre todo, al noble que, en el fondo, todos somos iguales, en suma, el mismo indigente ante Dios. Que su nobleza era tan solo aparente, una máscara. Es como si las ovejas le dijeran al lobo que, en realidad, es una más… aunque con piel de lobo. Sucede aquí lo que en una fiesta, una vez aparece la más bella: que el resto de mujeres necesitarán denigrarla, rebajarla a su altura, diciendo, por ejemplo, que con cirugía cualquiera o que aunque bella, es más tonta que el culo. Pues lo que no podrían soportar es que su belleza fuese natural, sin trucos. O que siendo la más bella fuese, además, una superdotada, intelectualmente.
Ahora bien, este rencor, en el fondo, es la expresión de la misma voluntad de poder de la que se acusa al noble, aquella para la cual toda prohibición es simplemente un obstáculo que hay que saltar. Pues la voluntad de poder solo aspira a más poder y, por eso mismo, a vencer cualquier resistencia. Todo, al fin y al cabo, es voluntad de poder. Esto es, todo se reduce a querer dominar. Sin embargo, esto es, precisamente, lo que el sacerdote no puede admitir de sí mismo. Dicho de otro modo, lo que el sacerdote no puede aceptar es que sus buenos sentimientos encuentren su raíz en el odio hacia lo superior, esto es, en lo contrario a lo que predica. Nietzsche entiende que esta incapacidad sacerdotal para admitir lo que, en el fondo, le mueve o motiva es una falsa conciencia. Esto es, el sacerdote —y por extensión, los esclavos que le siguen— nunca podrá llegar a un conocimiento de sí. Por eso mismo, su existencia es dependiente, reactiva, impotente a la hora la afirmarse sin tener que pedirle permiso a nadie —y mucho menos a Dios.
De hecho, todo es voluntad de poder porque no hay Dios que valga. Porque la nada abraza cuanto es. No hay un más allá —una trascendencia— que impona su norma sobre lo visible. Tanto para el platonismo como para el cristianismo —ese platonismo para el pueblo, según Nietzcshe—, la vida tiene valor solo en la medida que representa —ejemplifica, encarna— lo que vale en verdad. Y lo que vale en verdad siempre se encuentra, conforme a la tradición platónico-cristiana, por encima de nuestra cabezas, esto es, en el mundo verdadero. El efecto perverso de esta ilusión metafísica es el de una devaluación de la vida en sí misma. El sacerdote es incapaz de abrazar una vida no sometida al juicio de Dios, a un Bien que, en tanto que absoluto, constituye la medida de lo que nos traemos entre manos. De ahí su impotencia, su envidia, su mala fe.
Aquí podríamos decir que, hoy en día, Dios ha dejado de importarnos. Que nadie se siente sujeto al juicio de Dios. Pero Nietzsche fue muy consciente de que el ateísmo es lo más difícil. Por eso, donde prescindimos del Dios de la tradición cristiana, lo único que deberíamos preguntarnos es qué Dios hemos puesto en el altar vacío de Dios. Pues el hombre no puede dejar lo divino atrás sin perder lo que él cree que constituye su humanidad. De ahí que Nietzsche dijera que donde muere Dios, muere también el hombre. O lo que viene a ser lo mismo, tras la muerte de Dios, la humanidad del hombre será superada. Por eso, Nietzsche se entendía a sí mismo como elprofeta de una nueva època. El hombre no puede soportar una vida que no apunte al Bien. De ahí que donde el Dios de la tradición cristiana ha perdido su antigua relevancia, el hombre busque algo que ocupe su lugar. Un ejemplo del Dios que sustituye a Dios sería el amor romántico. Así, para una mujer la relación que pueda mantener con su pareja solo tiene sentido o significa algo si se asemeja, cuando menos, a lo que debe ser una relación. Y lo que esta debe ser viene impuesto por las películas o novelas románticas… en las cuales la relación es, precisamente, inmaculada, sin tara, perfecta. Como si fuera de otro mundo. Ciertamente, damos por sentado que se trata de una ficción. Pero lo cierto es que creemos en ella como si fuera posible, cuando menos, acercarse. Hace falta mucho valor —un valor, de hecho, sobrehumano, por no decir inhumano— para aceptar que en las relaciones entre los hombres lo único que está en juego es quién domina a quién. Y aún más valor para obrar en consecuencia.
La figura del superhombre —la de quien supera la humanidad del hombre… como el hombre superó la del chimpancé— sería algo así como la del noble liberado de la tutela sacerdotal, esto es, la de quien asume hasta el final que, donde el cosmos carece de propósito moral, da igual bailar sobre la pira de los gaseados que sobre un campo de amapolas. A diferencia del hombre, el superhombre es capaz de cargar con el peso de convertir en valor cualquier gesto. Pues donde nada vale, todo vale por igual. La propuesta de Nietzsche es, en realidad, la de una transvaloración de los valores. No fue secundario que Nietzsche opusiera la figura de Dioniso, el dios que baila, a la del crucificado.
apuntes de última hora: Descartes
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La pregunta a la que se enfrenta Descartes en primer lugar no es en qué consiste lo real —esta fue la pregunta de la antigua metafísica, la de Platón y Aristóteles—, sino si podemos estar absolutamente seguros de la verdad de lo que decimos acerca del mundo, en definitiva, de lo real. Esto es, Descartes se pregunta por las condiciones del conocimiento o el saber. Pues este se comprende como un haber asegurado sin ningún género de duda la verdad de nuestras afirmaciones sobre el mundo. Por tanto, la marca del saber, frente a la mera creencia, será la certeza, la cual se define, precisamente, como la imposibilidad absoluta de dudar. Descartes se plantea la cuestión sobre la posibilidad del saber con el propósito de refutar a los escépticos, los cuales sostenían —y sostienen— que no cabe ningún saber —que siempre es posible la duda— y que, por eso mismo, no podemos ir más allá de la creencia… aun cuando, psicológicamente, demos por cierto (esto es, como si fuera cierto) lo que no es más que altamente probable.
Así, Descartes decidirá ejercer metódicamente la duda con el propósito de determinar de una vez por todas si hay o no certeza alguna. Esta duda también se denomina hiperbólica, es decir, exagerada. Pues pondrá contra las cuerdas lo que el sentido común suele dar por cierto… sin serlo. Pues la certeza, conviene subrayarlo, es la imposibilidad absoluta de dudar. Si hubiese algún motivo para la duda, por muy insensata que nos parezca, no habrá saber.
El primer paso será dudar de la sensibilidad —el ver y el tocar— como posible criterio de verdad o fuente de certeza. Por lo común, solemos verificar lo que decimos por medio de la sensibilidad. De ahí que digamos que tal o cual cosa es cierta porque la hemos visto. Pues bien, Descartes pondrá encima de la mesa la sospecha de que pudiéramos estar soñando —hoy en día, podríamos decir la posibilidad de estar bajo los efectos de una droga alucinógena. Y es que tanto en sueños como cuando sufrimos una alucinación percibimos lo soñado o alucinado como si fuera real… no siéndolo. Por consiguiente, la sensibilidad no garantiza que lo percibido exista más allá de nuestra mente.
El segundo posible criterio de verdad o fuente de certeza sería la razón. Este, en un principio, parece más fiable. Pues, incluso en sueños, el teoréma de Pitágoras sigue siendo válido. No podemos soñar —o alucinar— contra las exigencias de la razón (en definitiva, contra la matemática). Sin embargo, Descartes plantea la posibilidad, recurriendo a la figura de un genio maligno, de que estemos, por así decirlo, mal diseñados. Esto es, que aún cuando no podamos concebir un mundo que no se ajuste a la norma de la razón —un mundo en el que 2+2 no fuesen 4—, podría darse el caso de que el exterior fuese contradictorio, esto es, que 2+2 fuesen 5. Podría darse el caso de que hubiese un gato que estuviera vivo y muerto a la vez… aunque no pudiéramos hacernos una idea de ello.
Habiendo desestimado la sensibilidad y la razón como posibles fuente de certeza, Descartes cae en la cuenta de que, aun cuando no pueda fiarse de sus representaciones mentales acerca del mundo, no puede dudar de que él existe mientras duda. Cogito ergo sum. Pensar supone pensarme. Y pensarme como puro soporte del pensamiento —como res cogitans, en términos de Descartes, esto es, como sustancia pensante—, no como el sujeto que además tiene un cuerpo y una personalidad. El aspecto del yo permanece, de hecho, bajo sospecha.
Llegado a este punto Descartes se preguntará si hay alguna otra certeza. En sus términos, si hay alguna otra representación mental —alguna otra idea— que se imponga con la misma claridad y distinción con la que se impone la certeza del cogito. Pues la claridad —la ausencia absoluta de duda— y la distinción —que la certeza se imponga por sí misma— se revelan como los criterios del saber. Esta segunda certeza será la de la existencia de Dios. Puedo tener en mi mente la idea —la imagen— de una pirámide… sin que haya pirámides. Pues podría estar soñando. Esto es, bien pudiera ser que la Pirámide estuviera solo en mi mente. Cabe también la posibilidad de que haya un gato vivo y muerto… aun cuando no pueda ni siquiera concebirla o soñarla. Pero no puedo tener la idea de Dios… sin que haya Dios. Y es que comprender el significado de la palabra Dios implica necesariamente admitir que existe.
Descartes propone tres argumentos, siendo el tercero quizá el más decisivo. Así, dado que Dios es, por definición, infinito, Descartes se pregunta si la infinitud de Dios es o no una proyección de la finitud del cogito. Aquí conviene tener presente que el cogito es finito porque su certeza de sí está limitada por el mientras de su actividad mental. Dicho de otro modo, el cogito no es un absoluto. Esto es, no existe necesariamente. Su existencia es contingente: el cogito solo puede estar seguro de su existencia mientras piensa. Pues bien, lo cierto es que la infinitud de Dios no puede comprenderse como una proyección de la finitud del cogito… porque la certeza de la propia finitud solo es posible en relación con la infinitud, esto es, con lo no finito. Al fin y al cabo, la experiencia del límite implica, por defecto, la existencia de un más allá del mismo. Si topásemos con un muro que no nos permitiese avanzar, inevitablemente daríamos por cierto que hay un más allá del muro, aunque ignoremos en qué consiste. Por consiguiente, hay Dios. Y en este contexto, deberíamos tener en cuenta que por Dios no hemos de entender el fantasma bueno al que se dirigen las oraciones del creyente. La palabra Dios funciona aquí simplemente como el nombre —la etiqueta— de lo no finito.
Tras haber demostrado la existencia de Dios, Descartes pasa a demostrar la existencia del un mundo racional. El argumento es simple: Dios, en tanto que perfecto no puede habernos diseñado mal. Una realidad infinita carece de motivos para engañarnos. Así, la objeción que afectaba a la razón, a saber, la posibilidad de que un genio maligno nos hubiese creado con la intención de hacernos creer que 2+2=4 cuando, en realidad, el resultado es 5, deja de tener sentido. Por consiguiente, la razón queda validada como fuente de certeza. El exterior tiene que ajustarse a la norma de la razón y, en definitiva, a la matemática, pues esta es la expresión por excelencia de la racionalidad.
Llegados a este punto, deberíamos tener en cuenta que el ejercicio de la razón se sostiene sobre las ideas innatas, aquellas que no son el destilado de la experiencia, sino que, más bien, son su condición: si, a priori, esto es, con anterioridad a la experiencia no supiéramos qué es, por ejemplo, la unidad o fuéramos incapaces de deducir que A>C si A>B y B>C… ni siquiera podríamos llegar a experimentar un mundo como tal. Si este saber a priori, el que nos proporcionan las ideas innatas, se adecúa al mundo es porque, al fin y al cabo, Dios existe. Esto es, porque no tiene sentido decir que el infinito… quiere engañarnos. La exterioridad es, por consiguiente, la de un mundo racional, no contradictorio. De ningún modo es posible que el gato esté vivo y muerto. Ahora bien, si solo puedo estar seguro de los enunciados de la matemática y si la matemática se ocupa únicamente de medir, entonces el saber sobre el mundo es, necesariamente, un saber acerca de cuerpos. Pues solo los cuerpos admiten la medida. De lo que estoy seguro es de que hay un mundo y de que este es material. Por consiguiente, el saber es acerca de un mundo que funciona como un mecanismo. Aquello que no acepta la medida se ubicará, por tanto, en el campo de lo subejtivo, en definitiva, de la creencia. La sensibilidad sigue siendo incierta: no puede ir más allá de lo que me parece. El rojo es, con seguridad, una longitud de onda. Que, además, sea el color del amor romántico, por ejemplo, es algo que solo tiene que ver con nosotros, no, con lo que en verdad es.
Un efecto colateral de lo que acabamos de decir es que tampoco cabe asegurar la existencia de otras mentes. Es decir, Descartes no podrá garantizar que haya otros yoes. Se trata del problema del solipsismo. De hecho, si topásemos con un androide que no pudiera diferenciarse físicamente de cualquier humano —y que hablase y se comportarse igual—, tendríamos que suponer que hay un yo detrás… si es que, por la fuerza de la costumbre, acabásemos humanizándolo.
El resultado del ejercicio de la duda metódica es la certeza de que hay tres sustancias o realidades: la del cogito —mientras piensa, eso sí—, la de Dios y la de un mundo de cuerpos. Es verdad que, llegados a este punto, podríamos preguntarnos por qué, siendo Dios infinito, hay tres sustancias en vez de solo una, a saber, Dios. Pero Descartes no se la plantea. En cualquier caso, lo que se preguntará es cómo comprender la únión que él siente entre su yo y un determinado cuerpo, el que siempre le acompaña, el que cree suyo. En sus términos, entre cuerpo y alma (o mente). En un primer momento, Descartes propondrá la glándula pineal como nexo entre ambos. Pero lo que une cuerpo y alma no puede formar parte del cuerpo. Tiene que ser una cuarta sustancia… que no se revelará por ningún lado. La conclusión es que no puede haber certeza —saber— sobre dicha unión. Es como si el yo —la conciencia de sí— se encontrase, como quien dice, fuera del mundo.
Por último, Descartes se preguntará por qué, habiendo visto que la razón es fiable como fuente de certeza, cómo es que nos equivocamos al pensar conforme al dictado de la razón. Su respuesta será que si aún nos equivocamos al calcular es porque nos precipitamos a la hora de seguir las prescirpciones —el método— de la razón. Como si nos pudiera la voluntad de llegar a un resultado antes de tiempo. Sin embargo, de seguir atentamente dichas prescripciones, no cabe el error. Pues verdad y méotodo son las dos caras de una misma moneda.
apuntes de última hora: Hume
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
Las tesis del autor
Hume sostiene que nuestro sentido del deber moral —debemos decir siempre la verdad, ser fieles a nuestro amigos…— encuentra su raíz en las emociones que nacen de la empatía, esto es, de nuestra capacidad para ponernos en la piel de nuestro semejante. Así, por ejemplo, nos sentimos inclinados a compadecernos del que sufre porque, al identificarnos con él, también experimentamos su sufrimiento como si fuera propio.
Explicación
No hay, por tanto, ninguna razón, ningún argumento racional que nos obligue a dicha compasión. La base del deber moral es, meramente, emocional o, en los terminos de Hume, pasional. La razón es esclava de las pasiones. Y lo que esto significa es que el fin de lo que hacemos o dejamos de hacer está enteramente determinado por la pasión, es decir, por nuestras preferencias o inclinaciones. La razón, en cualquier caso, solo admite un uso instrumental. Esto es, nunca nos dirá qué debemos perseguir o preferir, sino solo cuál será el mejor modo de conseguirlo.
Sin embargo, no bastan las emociones que nacen de la empatía para convertirnos en sujetos morales. Además, es necesario que los demás aplaudan o rechacen dichas emociones (y la tendencia a actuar conforme a ellas). Por ejemplo, si me sintiera inclinado a compartir mi desayuno con el compañero que se lo ha dejado en casa y el monitor de patio me abroncase por ello —y no solo él, sino también mi profesora, mis padres…—, me sentiría igualmente inclinado a compartir mi desayuno, pues las emociones surgen espontáneamente, como un picor… pero creería que no debo compartirlo.
Conclusión
Por tanto, nuestro sentido del deber reposa en las emociones que nacen de la empatía y las que acompañan a nuestra educación, las que tienen que ver con nuestro deseo de recompensa o nuestro rechazo al castigo. Así, Hume dirá, literalmente, que no hay nada en la razón que me obligue a preferir la salvación de la humanidad a que se me pase este terrible dolor de gota que ahora sufro. Si, de hecho, nos decantaríamos por lo primero, no es porque la razón lo exija, sino porque no podríamos soportar la vergüenza —y la vergüenza es un sentimiento— de decantarnos por lo segundo.
apuntes de última hora: Kant
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La tesis del autor
Frente a Hume, Kant sostiene que la razón posee fuerza motivadora —que no solo se limita a un uso instrumental. Es decir, no solo nos dirá qué medios son los más adecuados para alcanzar tal o cual fin, sino que también nos impone el fin. Y este no es otro que hacer lo debido por hacer lo debido, esto es, por puro sentido del deber. En este sentido, Kant defenderá que tan solo es buena, moralmente hablando, la buena voluntad. Pero ¿qué significa que el fin, lo que pretendemos a la hora de hacer lo debido, sea, precisamente, la buena voluntad? ¿En qué consiste esta última?
Explicación
La intuición de base es que no somos moralmente íntegros donde nos limitamos a hacer lo debido —en términos de Kant, a cumplir con la máxima: no robarás, siempre dirás la verdad…. En ese caso, seríamos legales, en terminos de Kant, pero aún estaría por ver si somos o no morales. Pues podríamos devolver el móvil de última generación que nos hemos encontrado por temor a que nos descubrieran o, simplemente, con la intención de obtener el aplauso de los demás. Así, no basta con devolver el móvil para ser moralmente íntegros. Porque se sobrentiende que, de no temer el castigo o desear la recompensa, no lo habríamos devuelto. Así, lo que presupone que todos, seamos de aquí o de allá, condenemos a quien hace lo debido movido por un interés particular o egoísta es que lo moralmente debido es, precisamente, hacerlo porque debemos hacerlo. Esto es, hacer lo debido con la única intención o voluntad de cumplir con nuestro deber. El deber por el deber. A esto Kant lo denomina buena voluntad. Y su expresión es el imperativo categórico, el cual admite tres formulaciones a) haz lo debido, es decir, cumple con la máxima, de tal manera que tu interés pueda ser el de cualquiera; dicho de otro modo, que tu interés sea el de hacer lo debido desinteresadamente; b) actúa de tal modo que tu máxima pueda entenderse como una ley universal, es decir, que tu máxima no sea a medida de tu interés particular; c) que el otro sea tratado como un fin en sí mismo y no utilizado como un medio para alcanzar un objetivo interesado. En el fondo, lo que Kant pretende decirnos con estas tres formulaciones es que tras el imperativo categórico o el hacer lo debido por puro sentido del deber no hay más, ni menos, que el respeto al otro.
Sin embargo, ¿qué tiene que ver lo anterior con la libertad? ¿Por qué Kant sostiene que estamos ante una exigencia o mandato racional? Para entender esto último, hay que tener en cuenta que la razón es imperativa. Así, estamos obligados a aceptar los resultados de su ejercicio. O por decirlo de otro modo, Pitágoras va a misa. La razón, sencillamente, manda. Ahora bien, mandar, en el terreno práctico, equivale a voluntad. Así, como sujetos racionales somos, en el ámbito de la acción, voluntad. Y la voluntad es, al fin y al cabo, un mandarnos a nosotros mismos. ¿Y qué es lo que nos mandamos? Pues no depender ni del deseo de recompensa ni del temor al castigo, en definitiva, hacer lo que debemos hacer porque queremos hacerlo —y aquí conviene tener en cuenta que querer no equivale a apetecer: cuando simplemente nos apetece nos dejamos llevar; en cambio cuando en verdad queremos algo nos obligamos a nosotros mismos a no ceder. Según Kant, en este por querer hacerlo consiste la genuina libertad. Por eso, Kant entiende la libertad como autonomía, literalmente, como un darse a uno mismo la ley, no cualquier ley, sino la que del imperativo categórico. Este sería algo así como una voluntad de voluntad. Lo contrario a la libertad sería, por tanto, actuar o hacer lo debido por motivos, en términos de Kant, heterónomos, esto es, motivos que se nos imponen desde fuera y que, por eso mismo, impiden nuestra libertad… como son el deseo de recompensa o el temor al castigo.
Conclusión
Por tanto, lo moralmente decisivo en Kant no es cumplir con la máxima teniendo en cuenta las consecuencias, sean porque las deseamos o las tememos, sino la voluntad —la intención, el propósito— con la que cumplimos con ella. Es en este sentido que Kant dice que tan solo es buena la buena voluntad. Al fin y al cabo, esto no es lo que nos imponemos a nosotros mismos como sujetos racionales y como individuos que pertenecen a una determinada cultura o época.
nietzscheanas 80
abril 30, 2026 § Deja un comentario
El envés de la muerte de Dios es el sujeto de la Modernidad. Lo uno va con lo otro. Me refiero a cómo se sitúa dicho sujeto frente a lo ontológicamente superior, por así decirlo. Y es que lo ontológicamente superior —léase un tsunami, la desproporción de un cosmos donde hay más vacío que materia, el horror de los campos de exterminio o, simplemente, el que haya algo en vez de nada— no fuerza nuestra devoción. El orgullo de los héroes griegos, aquel por el que se mantenían en pie ante el dios, ha dejado atrás su sesgo trágico. El exceso tan solo nos enfrenta a un problema meramente táctico. Es lo que hay. Y la única tarea es cómo lidiar con lo que hay. De ahí que, modernamente, la religión sobreviva como un asunto interno. Que Schleiermacher defendiera que la base de la fe es el sentimiento de dependencia no fue simplemente una opinión entre otras. SIn embargo, donde Dios ha perdido pie —donde ya no cabe dar su realidad por descontada— el creyente acaso creerá que cree. Pero no creerá.
Con todo, el diagnóstico cambia… de tener en cuenta que Dios, conforme a la tradición bíblica, nunca se reveló como un dios que pudiera darse por descontado. Para los profetas de Israel, el exceso de Dios nunca fue el de lo gigantesco, sino el de una radical trascendencia, la cual, y en tanto que, precisamente radical, anda rozando la nada. De ahí la proximidad entre la fe de Israel y el nihilismo nietzscheano. Pues, al fin y al cabo, no se trata de enfrentarse a lo desproporcionado —y aquí coincidirían el homo religiosus y el no creyente, aunque las actitudes sean, sin duda, diferentes—, sino de responder a una nada que se revela como el horizonte del presente histórico. Y, ciertamente, no es lo mismo la Torá —en definitiva, el mandato de la fraternidad como acto de resistencia— que el delirio que permanece indiferente ante la monstruosidad de los campos de la muerte. Incluso me atrevería a decir que, en Auschwitz, quien dio el pan de cada día, siempre escaso, al compañero que agonizaba de inanición le puso más cojones al asunto que aquel que se puso a bailar sobre el montón de los gaseados. Y ello en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Como el que se encara al silencio mortal de Dios. Pues nadie obedece a Dios sin enfrentarse a Dios. La Ley es de Dios en tanto que se desprende de su hallarse en falta. De hecho, no es casual que la palabra valor también signifique tener valor. Y solo Dios —su eterno porvenir— nos exige tenerlo.
nietzscheanas 79
abril 27, 2026 § Deja un comentario
Se dice: no hay sentido ni valor. La nada como horizonte. ¿Es así? Quizá. Pero la cuestión es ¿desde dónde se decide este haber? En principio, desde un enorme distancia. Es decir, desde la posición del dios. Los ácaros del polvo —e imaginemos que fuese una especie en extinción— ¿no harían el rídiculo si se dijeran a sí mismos que su existencia tiene un significado; que la mota de polvo radioactivo, por ejemplo, posee un gran valor? Sub specie aeternitatis, lo que se da por descontado es que lo que hay es un cosmos indiferente al destino humano —la humanidad es apenas un holograma donde un millón de años es un primer paso. De hecho, si hubiese un sentido —una meta, un final de trayecto—, tampoco podríamos admitirlo. Pues inevitablemente nos preguntaríamos y ahora qué más.
Ahora bien, lo que no puede negarse es que, precisamente por eso mismo, el valor se impone como un acto de resistencia frente a un cosmos ciego y descomunal. Esto es, frente al dios, el cual, y por definición, nunca tuvo un rostro humano. Nihilismo significa, por tanto, no hay otro poder que el de una anónima voluntad de poder. De ahí que los que claman al cielo invoquen otro poder: ¿habrá un Dios de nuestra parte? Y no parece que lo haya. Por eso la fe de Israel es indisociable de un clamar a Dios por Dios. Las veces —incontables— que dio por supuesto este Dios, Israel cayó en la idolatría. Para el judaísmo, la Torá ocupa el lugar de Dios. No en vano la respuesta de Israel al descenso de Moisés del monte Horeb fue: primero obedeceremos y, luego, ya comprenderemos. O, mejor dicho, ya veremos cómo acaba. Y aquí la Ley debe entenderse como un acto de rebeldía ante el silencio de Dios —y por esta razón es de Dios. Estamos lejos, incluso como cristianos, de asimilar el alcance de esta respuesta.
Otro asunto es la ilusión. Pero Israel nunca fue un pueblo iluso. Pues su esperanza siempre apuntó a lo imposible… en nombre de un Dios igualmente imposible —el monoteísmo de Israel nunca concibió a Dios como una posibilidad del presente. Frente a este delirio, la Antigüedad propuso morir como un héroe, esto es, de pie ante el dios. Sin embargo, el destino trágico de los hérores nunca fue un horizonte para los desahuciados del mundo —y que, por eso mismo, no son de este mundo. Israel no busca ser heroico. Busca ser escuchado. La fe, como decíamos, es indisociable del clamor. Nietzsche diría del lloriqueo.
nietzscheanas 78
abril 25, 2026 § Deja un comentario
Que nadie pueda reconocerse en la pulsión que le constituye como sujeto —que la conciencia de sí sea, en el fondo, una falsa conciencia— es, de pensarlo bien, un trasunto secular del viejo hallarse en manos de Dios. O, siendo politeístas, de poderes que nos sopresan por enteros y con los que no cabe negociar. Ciertamente, que aquí no se apele a un mundo sobrenatural ya cambia —y bastante— las cosas. Pero el recurso al mito a la hora de intentar comprendenos a nosotros mismos y, consecuentemente, a la hora de enfrentarnos a lo incomprensible de sí, continúa estando ahí. Como el dinosaurio de Monterroso.
La diferencia entre ambas incógnitas, sin embargo, es aún trazable. Pues, y a diferencia del inconsciente, Dios es la ignotum X que abraza el mundo y que no cabe resolver —pues, con respecto a Dios, no hay nada que resolver. En cambio, la falsa conciencia que nos caracteriza —literalmente— no trasciende los limites de la individualidad. Y, en este caso, menos no es más.
nietzscheanas 77
abril 22, 2026 § 1 comentario
Niezsche fue un filósofo cristiano. Y no porque fuese, precisamente, a misa. O porque su propósito fuese el de legitimar racionalmente los contenidos de la fe. Tampoco porque su pensamiento solo se entienda, obviamente, desde la tradición cristiana. Lo fue porque comprendió, de igual manera que el cristianismo, que el sí o el no de lo humano se decide en relación con lo sobrehumano.
Sin embargo, el übermensch nietzscheano no es, evidentemente, el cristiano. Para Nietzsche lo humano es sobrepasado cuando el espíritu noble se libera del juicio sacerdotal, el que lo ata a los buenos sentimientos, al sentido de la culpa, al arrepentimiento de sí. La liberación, en este caso, pasa por abrazar los efectos de una extrema lucidez: de aquí a un millón de años la humanidad se habrá extinguido y el cosmos seguirá como si nada. Dioniso, no Cristo, es el único dios ejemplar. Y a Dioniso le da igual abrazar a quien le salvó de la extinción, como quien dice, que ahogarlo lentamente con sus manos. Nietzsche hubiese admirado al resucitado si este, tras regresar del sheol, se hubiese atrevido a escupir sobre el rostro de Dios. Evidentemente, la libertad dionisíaca nos parece monstruosa a los que aún permanecemos en la orilla de lo humano. Pero una cosa es que nos lo parezca, y otra, que lo sea.
Desde el lado cristiano, el exceso no es exactamente el mismo. Ciertamente, el débil —el tarado, el defectuoso— inspira una compasión natural. Y aquí no hay ningún exceso. Pero no lo hay porque, por lo común, la tara es aceptable. De no serlo, por ejemplo, en el caso de un leproso, la compasión fácilmente se transformaría en rechazo. Y frontal. De ahí que el carácter sobrehumano de la compasión cristiana se vuelva patente cuando traspasa la frontera de lo asumible: Francisco de Asís, pongamos por caso, besando las pústulas del leproso. Tanto la desmesura de Dioniso como la de Francisco son, ciertamente, delirantes. En modo alguno, se nos pueden humanamente exigir.
Ahora bien, de lo anterior se desprende que si todo da igual, el baile de Dioniso se encuentra en el mismo plano que quienes luchan por un mundo más justo. La crítica de Nietzsche a la obsesión cristiana se cancela a sí misma, de conducirla hasta el final. Sobre todo, si esa lucha se lleva a cabo frente a la nada de Dios —y no por fidelidad al ídolo que ocupa su lugar. En cualquier caso, el presente sigue estando sub iudice. De hecho, es condenado como ilusión miserable ante la posibilidad de la aniquilación.
Nietzsche, ciertamente, no fue un iluso. Pero puede que no fuera consciente de que puso la nada en el altar vacío de Dios —como tampoco de que fue Israel quien lo puso antes. Y que, por eso mismo, la muerte de Dios supone, en realidad, su definitiva confirmación. Pues el verdadero Dios siempre fue anodino —y, por eso mismo, terrible. De ahí que quizá sea más nietzscheano el cristiano que se enfrenta a Dios —a su silencio de muerte— con la Ley que nos exhorta a la fraternidad —el abrazo de los huérfanos de Dios— que aquellos que se levantan para ponerse a bailar sobre la pira de los gaseados. Aun cuando sean capaces de leer The Hollow Men.
nietzscheanas 76
abril 19, 2026 § Deja un comentario
Porque no hay nada que decir, todo puede ser dicho. Y no hay nada que decir —porque no hay nada que reconocer como fijo, sólido, verdadero; nada que señalar, indicar, nombrar.
Sin embargo, necesitamos decir, esto es, juzgar —en definitva, deshacer la ambigüedad, clavar la mariposa en el tablón— porque no podemos soportar demasiada realidad, el gris, el entre una cosa y otra. La oscilación —creemos— no es. O no es aún. De ahí que tenga que ser o una cosa u otra. Así, decir, por ejemplo, lo nuestro es amor supone haber decidido entre dos posibilidades: que lo sea o no. Y ambas están ahí, incrustadas en el mismo gesto. Todo es mezcla —luz y sombra. Tiene que ser así. Donde todo fuese luz, no habría luz. Decir lo que es supone, por tanto, juzgar antes de tiempo —algo así como anticipar el juicio final.
Ahora bien, lo curioso del caso es que el decir —el juicio—, al resolver precipitadamente, y por tanto en falso, la indecisión ineherente a cuanto es de hecho, apunta a una realidad que no podríamos asumir como tal. Y es que de habitar un mundo perfecto, sin tara o rastro de sombra —lo que debe ser, según creemos—, no podríamos evitar la convicción de que ese mundo es irreal. Esto es, lo que, precisamente, no puede ser. Ahora bien, si esto es así —que lo es—, entonces lo que debe ser no es lo sin tara, al fin y al cabo, nuestra ingénua, por no decir ridícula, aspiración, sino lo que ya es, la mezcla. En cualquier caso, de lo que se trata es que las sombras no nos sepulten —que haya más luz que oscuridad.
Nietzsche acierta cuando sostiene que todo es, en definitiva, combate o, en sus términos, voluntad de poder. Y esto no esta tan lejos de lo que, hace milenios, sostuvieron los apocalípticos de Israel al defender que en este mundo se enfrentan las fuerzas del Bien y el Mal. Nietzsche, sin embargo, prefirió eludirlo al proponer bailar con igual alegría tanto en una fiesta de cumpleaños como en un funeral. Probablemente, porque estuvo convencido de que no hay fuerzas del Bien o del Mal, sino solo vida que avanza fagocitándose a sí misma. Pero la luz solo es luz porque tiene que abrirse paso contra la oscuridad. Hay luz y hay oscuridad. Y no solo para nosotros.
nietzscheanas 75
abril 18, 2026 § Deja un comentario
Dios es la muerte. Y lo es por defecto. Estar ante el dios es hallarse ante la inminente posibilidad de morir. Esta es la experiencia más originaria de lo divino: tras el tsunami, el oso, el fuego devastador… hay el dios. No cabe separar la experiencia de lo sagrado de la del poder. Por tanto, mantén una distancia de seguridad: ni te acerques. En un principio, decir sagrado supuso decir peligro. Pues peligroso es lo que nos puede por entero, la posibilidad de la aniquilación.
También, sin embargo, hubo un dios en el crecimiento de la hierba. La ambigüedad de lo real atraviesa cuanto es, incluyendo a los dioses. De ahí nuestra inicial dependencia de lo divino. Pues en manos del dios esta tanto nuestra vida como nuestra muerte. Que sigamos con vida obedece, al fin y al cabo, a una medida de gracia. O puede que también al hecho de que pasamos desapercibidos —de que no interesamos a ningún dios. Y esto quizá sea lo mejor para cualquiera que no ignore qué significa hallarse ante un dios.
Este es el punto de partida, a la hora de pensar qué significa proclamar la muerte de Dios. Así, la muerte de Dios corre paralela a nuestra manera de situarnos ante la muerte. Esta se experimenta simplemente como un simple cesar —como un hemos sido desenchufados. Esto es, como algo que pasa… aunque aún provoque nuestro temblor de piernas. Quiero decir que difícilmente vamos a situarnos ante la muerte como la irrupción—el acontecimiento— de lo absolutamente otro. Y, por eso mismo, probablemente seamos arrojados a la irrelevancia de una existencia sometida a la inercia de los días, una existencia fragmentada que, en modo alguno, logrará ser dueña de sí misma. Al fin y al cabo, el asunto de la muerte de Dios es que nos ahorra enfrentarnos a Dios —a su silencio mortal. Y quien no se enfrenta a Dios, como Jakob en Penuel, difícilmente llegará a escuchar su palabra, aquella que emerge de la garganta de los huérfanos de Dios.
nietzscheanas 74
abril 16, 2026 § Deja un comentario
Al fin y al cabo, Nietzsche tampoco evita el exceso propio del dios. Pues ¿acaso la indiferencia mortal del cosmos no es la desmesura con respecto a la cual hemos de encontrar nuestra medida o, mejor dicho, nuestra posición? ¿Es que, quizá, no nos enfrentamos, de nuevo, a lo gigantesco, ese simulacro de lo divino, según Israel? La voluntad de dominio a la que se reduce cuanto es, ¿no sería un trasunto secular de Moloch?
Ciertamente, la posición que propuso Nietzsche no fue la de Israel. Sin embargo, en ambos casos, se trató de responder a la provocación de lo que nos supera por entero. Para Nietzsche, la respuesta, como sabemos, fue la de la impiedad. La compasión es la estrategia de los espíritus débiles para venirse arriba . En la voluntad de dominio hay aún algo demasiado positivo como para tomárnosla defitivamente en serio. Israel, quizá, fuese más lúcido. Y es que ponerse a bailar, dando igual si es sobre la hierba fresca o sobre los cadáveres de quienes murieron de hambre, es, en el fondo, reirle las gracias al dios cuyo pasotismo provoca la lucidez más implacable. ¿Acaso Nietzsche no trata de imitar la crueldad del vacío para no sentirse devorado por él? Pero Israel probablemente comprendió, y no sin sufrimiento, que por encima de la voluntad de dominio está la nada de Dios —su extrema trascendencia. Y que por eso mismo, la voluntad de dominio admite dos rostros. El de Dioniso, sin duda. Pero también el de aquel que incorporando el silencio de Dios decide enfrentarse al mismo ofreciendo a sus verdugos el perdón. Y ese perdón, confiesa el cristianismo, ¿no es de Dios porque es, en realidad, debido a Dios?
De ahí que podamos preguntarnos si la posición de Nietzsche no sería como la del hijo que, ante un padre despótico y arbitrario, decide cortar amarras, entregándose al desvarío o a la ebriedad, aun cuando siga siendo capaz de apreciar a Eliot. ¿No fue Israel quién mejor comprendió que obedecer a este padre exige, precisamente, enfrentarse a él… para, posteriomente, obrar en consecuencia? ¿Acaso ese padre no se reveló como un niño indefenso? El perdón de Dios ¿no se hace cuerpo en el abrazo de los huérfanos de Dios? Más aún: en ese perdón ¿acaso no residirá la última libertad?
nietzscheanas 73
abril 15, 2026 § Deja un comentario
Ningún mundo más allá —ningún ideal realizado— es un verdadero más allá. Pues de habitar un mundo sin tara ¿acaso no nos parecería irreal? No puede ser, diríamos. Ahora bien, si no puede ser, lo que debe ser es, precisamente, un mundo imperfecto, en donde las luces y las sombras compiten por el espacio. Cuando aspìramos a la perfección… no sabemos, por tanto, a lo que aspiramos. Pues, de realizarse, tampoco podríamos admitirla. ¿De qué se trata, entonces? De que haya más luz que sombra —no, de que haya solo luz o únicamente sombra. Al final, Nietzsche dio en el clavo: todo es combate —voluntad de poder. SIn embargo, quizá su lápíz no tuviera la punta tan fina como quiso creer. Pues Gabriel, el arcángel, también tiene derecho a la victoria. Nietzsche, probablemente, no estaría de acuerdo. Pues su distinición entre el fuerte y el débil —el noble y el esclavo—, una distinición asentada en lo biológico, es su a priori, en el fondo, un prejuicio racial. No obstante, la nobleza solo aparentemente es anterior a la victoria. De hecho, quién sea el fuerte y quién el débil —si Cristo o Dioniso— se decidirá en el último round. De ahí que, si es cierto que la voluntad de poder es lo que hay, incluso la verdad de Dios esté por decidir. En verdad, Dios se la jugó con nosotros —y por nosotros. Y, por eso mismo, quien dice Dios, dice su nadie aún.
nietzscheanas 72
abril 14, 2026 § Deja un comentario
Podríamos aún, siguiendo a Nietzsche, dar un paso al frente. Podríamos, por ejemplo, decir —y decirlo porque es así— que Dios no tiene cabida en el mundo porque, precisamente, hay Dios. Y hay Dios porque hay quienes surgieron a imagen y semejanza de Dios, los arrancados de Dios. Así, porque los arrancados no terminan de hallar su lugar en el mundo —porque, en definitiva, difieren de sí mismos, de su identificación—, nunca podrán admitir el todo como unno hay más. Cualquier non plus ultra supone —y lo supone lógicamente— un más allá. Debe haberlo. Otro asunto es que lo haya… como pueden haber otros mundos. Pues, en realidad, no puede haberlo. De hecho, el genuino más allá es algo así como el horizonte asintótico de los mundos.
Por consiguiente, de topar con el Dios —de habitar sus cielos—, no podríamos evitar preguntarnos ¿y eso es todo? El todo nunca puede presentarse como el todo para quien nunca terminará de hallarse a sí mismo donde simplemente se deja llevar por la inercia de los días. De tener a Dios enfrente aún sentiríamos la inquietud por el último Dios.
De ahí que Dios en verdad siempre se encuentre más allá de Dios. No casualmente Israel concibió a Dios como promesa de Dios. Dios es, sencillamente, imposible. La imposibilidad de Dios es, sencillamente, lo más real —lo inalterable de la existencia, lo más duro. No hay Dios porque, precisamente, lo hay. Traducción: el haber de Dios no es el del ente, ni siquiera supremo. Un ente supremo todavía tendría por encima la nada de Dios, su eterno por-venir. Al fin y al cabo, que el hombre fuese creado a imagen y semejanza significa que su búsqueda de Dios corre paralelamente a la búsqueda de Dios de un cuerpo con el que llegar a ser alguien. En ambos, la misma insatisfacción ontológica. La Encarnación nos cogió, sin duda, con el pie cambiado. Mientras el hombre sigue mirando hacia arriba persiguiendo un más allá, Dios se negó a sí mismo para realizarse en el más acá —y realizarse como abandonado de Dios que se abandona a Dios. Probablemente, a Nietzsche se le escapó esta sutil dialéctica. O si no, ciertamente, prefirió no ir por ahí.
nietzscheanas 71
abril 11, 2026 § Deja un comentario
La crítica de Nietzsche al cristianismo admite dos registros, el explícito y el implícito. Este último nos obliga, obviamente, a leer entre líneas. Pues Nietzsche no pudo ignorar que la declaración sobre la muerte de Dios —Dios ha muerto y nosotros clavamos el último clavo— fue antes una declaración cristiana que atea. Y es que proclamar, como hace el cristianismo, que el que muere en una cruz como un apestado de Dios es Dios —y no simplemente su enviado— está muy cerca de admitir que no hay Dios. O, cuando menos, altera, y significativamente, lo que entendemos espontáneamente por divino. En este sentido, el registro implícito de la critica al cristianismo no sería tanto una crítica al mismo —pues el cristianismo pasaría a entenderse como la raíz del ateísmo moderno—, sino a la cristiandad. Al menos, porque el triunfo de la cristiandad supuso un pasar de puntillas sobre lo que el Golgota reveló acerca de Dios.
El registro explícito, en cambio, es conocido y apunta a la identificación de Nietzsche entre el platonismo y el cristianismo tradicional —y es en este sentido que dejó escrito aquello de que el cristianismo es un platonismo para el pueblo. La idea es simple: si la vida solo adquiere valor donde el origen del valor se encuentra por encima de la vida —donde el criterio de la evaluación es una realidad trascendente— la vida, en sí misma, carece de valor. Así, cuanto nos traemos entre manos tendrá más o menos valor en tanto ejemplifique, en mayor o menor medida, lo que vale en verdad, el ideal. Por ejemplo, la relación que pueda mantener una mujer con un hombre valdrá la pena cuanto este más se parezca al chico de las películas románticas —al “príncipe”.
Ahora bien, al proclamar la muerte de Dios —y esta muerte también arrastra a lo que ocupa hoy en día su lugar: al ideal, al valor supremo que esperamos que se realice—, Nietzsche no se limita a decir que solo cabe aproximarnos al Bien —esto, de hecho, sería platonismo—, sino que el Bien, escrito con mayúscula, es, de hecho, un imposible, un trampantojo. No hay un absoluto por encima de la vida que nos ha tocado en suerte. Por eso mismo, tomar lo que no es como horizonte es, sencillamente, un error, el que conduce, precisamente, a una existencia equivocada. Y es un imposible porque el absoluto —la norma que juzga cuanto hay— siempre fue algo así como una contradictio in terminis. De continuar con el ejemplo anterior, podríamos decir que cualquier mujer aspira a un amo que coma de su mano. Sin embargo, si es un amo, un príncipe, no comerá de su mano —no será la única—; y si come de su mano, terminará despreciándolo. Sencillamente, no es posible que sea ambas cosas… salvo que él lo simule. Sin embargo, la simulación forma parte del juego del poder. Y es que donde no hay valor que deba realizarse —donde no habrá ningún juicio que decante la balanza hacia un lado u otro—, todo no es más que voluntad de dominio. Así, lo único que debe dirimirse es quién se alza con la victoria. Aun cuando sea bajo las formas de la seducción.
La cuestión es y ahora qué. Si somos débiles, entonces tan solo cabe la resignación del último hombre. Es lo que Nietzsche designa como nihilismo negativo. En cambio, de encontrarnos del lado de los fuertes, el asunto es otro. Aquí, el nihilismo deviene positivo. Pues quien abraza la ausencia de valor o sentido, en definitiva, que no haya ningún hacia dónde, asume que, ante la indiferencia del cosmos, da lo mismo ejercer como verdugo o padecer como víctima, acariciar la mejilla de un niño que ahogarlo con las propias manos para experimentar la fascinación que provocará el instante de su muerte. Ciertamente, lo habitual es que no nos parezca lo mismo. Pero, en realidad, da igual lo uno que lo otro. En definitiva, donde Cristo ha sido olvidado, tan solo cabe o bien la sumisión a lo que, simplemente, sucede, o bien elevarse para bailar, siendo indiferente que el baile se lleve a cabo sobre un campo de amapolas que sobre la pira de los gaseados. Como Dioniso, el dios de la ebriedad. Y, evidentemente, el precio de este baile es convertirse en sobrehumano. Aun cuando, desde el lado de los resignados, lo superación de lo humano sea juzgada como inhumana. De hecho, cuando dejamos atrás al chimpancé también fuimos condenados por ello.
nietzscheanas 70
marzo 29, 2026 § Deja un comentario
¿Olvidarnos de Dios? ¿Es posible? No, a menos que aceptásemos retorceder al estado de las bestias: comer, distraernos, dormir, reproducirnos y morir. Esto es, sin inquietud —sin preguntas. Nietzsche no se olvidó de Dios. Simplemente, propuso pasar de largo. En su lugar, ponerse a bailar, dando igual si es sobre un campo de amapolas o sobre la pira de los gaseados. No hay juicio, sino, más bien, la sensación de hallarnos bajo juicio. Y una sensación de la que deberíamos liberarnos. Pero ¿en nombre de qué este nuevo deber? De la verdad —por eso, Nietzsche sigue siendo un filósofo, aun cuando filosofe a matillazos. Y la verdad es que no habrá redención. Pero tampoco condena. Al cosmos les es indiferente que haya creyentes. De hecho, no hay luz sin sombra —bien sin mal. Esta es la única eternidad.
Ahora bien, ¿desde dónde se sostiene lo anterior? ¿Desde la atalaya del espectador imparcial? ¿Acaso no es esta la visión del entomólogo, cuando contempla sin juzgar el despiece de las hormigas negras por parte de las rojas? C’est la vie, dice. La cuestión es, por tanto, si lo que hay se decide o no desde dicha atalaya. Nietzsche, obviamente, lo da por descontado. Como casi cualquier pensador a partir de Descartes.
Sin embargo, uno podría preguntarse si es posible una genuina experiencia de lo real que haga abstracción de la amenaza —o, cuando menos, la sacudida— que supone el carácter otro de, precisamente, lo real. Para Nietzsche no habría nada en verdad otro. Simplemente, su simulación, en definitiva, tan solo lo que aún ignoramos —y quizá seguiremos ignorando—. Pero bastaría que nos acostumbrásemos al descubrimiento para que el acontecimiento sorprendente pasara a convertirse en un déjà vu. El silencio de los espacios infinitos de Pascal sería la única respuesta a la pregunta por el sentido de cuanto es. Pascal, no obstante, creyó que ese silencio exigía otra respuesta. Nadie se la dio. Y quizá comprendiéramos la profundidad de esto último —una profunidad que se le escapó a Nietzcshe— si, cuando menos, vislumbrásemos que nadie es el nadie. Pero este sería otro asunto.
Con todo, podemos añadir un último sin embargo, a saber, si acaso la alteridad avant la lettre no podría revelarse, de hecho, como la indiferencia del dios. Y algo de esto intuyó el antiguo Israel cuando estuvo convencido de que lo decisivo , con respecto a Dios, no es el saber, sino la respuesta a su extrema trascendencia, en definitiva, la Ley. Como si, al fin y al cabo, la experiencia de la trascendencia divina fuera de la mano de un enfrentarse a Dios con el mandato que obliga a la fraternidad entre los huérfanos de Dios. La obediencia creyente —su fidelidad o sumisión— es el otro lado de una resistencia a la distancia sin medida que nos separa de Dios. ¿O acaso no fuimos expulsados del Edén? Puede que este sentido más profundo de la Ley como debida a Dios. Y aquí también tengo en cuenta que la lejanía de Dios encuentra su envés en un asumir la vida como don —como medida de gracia.
Kant, en plan práctico (6)
marzo 22, 2026 § Deja un comentario
Quien le pone fuerza de voluntad siempre parte de un motivo concreto y, por eso mismo, heterónomo. Así, pongamos por caso, el heroinómano que quiere desengancharse por su hija —porque siente que ella no debería tener un padre enganchado. Sin embargo, que esto sea así ¿no invalida el que debamos tratar al otro como fin en sí mismo y no como medio? Que el heroinómano quiera desengancharse —y no simplemente quisiera— ¿no depende, en este caso, de un sentimiento —la vergüenza que siente de sí mismo ante su hija— que tanto podría tener… como no tenerlo?
La clave del asunto pasa por tener en cuenta que, tarde o temprano, el motivo inicial desaparecerá, sobre todo cuando la cuesta se ponga muy empinada. Cuando esto suceda, ese por ti solo podrá realizarse como un desengancharse por desengancharse. Es decir, cuando el motivo que nos impulsó inicialmente se disuelva como azúcar en el café ante la dificultad. De ahí que la libertad vaya unida a la promesa: quiero desengancharme, esto es, te prometo que no cederé a la tentación de dejarlo estar. La libertad es dura.
Y, por esto mismo, que la libertad y la felicidad —la satisfacción que también supone— sean dos caras de la misma moneda es algo que está por ver. Aunque debe ser así. Pues, tanto una como la otra, se entienden del mismo modo: hacer lo que uno quiere, lo que, conviene recordarlo, no equivale a hacer lo que a uno le apetezca o desee. Lo que está por ver es, de hecho, la satisfacción de sí que va con la felicidad.
PS: La versión cristiana de lo anterior salta a la vista donde tenemos presente que el creyente da de comer al hambriento en nombre de DIos—y no, o no solo, movido por el sentimiento de compasión—… en aquellas situaciones donde, precisamente, no parece que haya Dios —esto es, donde no siente su presencia.
Kant, en plan práctico (5)
marzo 18, 2026 § Deja un comentario
A diferencia del animal, somos quienes nos hallamos sub iudice, esto es, bajo juicio. Es decir, como sujetos estamos sujetos a una serie de demandas, tanto epistémicas como morales. Si el veredicto es favorable, entonces estamos en lo correcto, tanto en el territorio del conocimiento, como en el de lo práctico o moral. Esto es, si pensamos o actuamos conforme a dichas demandas, entonces bien. SI no, mal.
Que nos encontremos bajo juicio no es, por tanto, una opción que podamos descartar. Es, como decía, lo que somos. Pues lo que llegamos a ser en concreto —nuestro particular modo de ser— es el resultado de ir respondiendo a las demandas a las que nos hallamos sujetos. Y aquí la expresión nos hallamos apunta, a la vez que al estar, a un encontrarnos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, uno permanece en su lugar —está en donde debe estar— donde se ha reconciliado consigo mismo y el mundo. O por decirlo con otras palabras, donde la única demanda a la que debe responder es la de seguir siendo el que es.
Ningún animal se encuentra sujeto a su cuerpo. Es cuerpo —y aquí conviene advertir que no digo “su cuerpo”. En cambio, nosotros tenemos cuerpo. Y, porque lo tenemos, estamos sujetos a su demanda. Esto no significa que seamos esclavos del cuerpo, sino, simplemente, que tenemos que responder a sus exigencias, posicionarnos. Esto es así en tanto que conscientes de nosotros mismos y de cuanto no rodea. Pues la conciencia de sí supone que nuestro “yo” difiere continuamente del cuerpo con el que se identifica —y quien dice cuerpo, dice deseo, instinto, un carácter… Ahora bien, este diferir de sí supone que el yo se enfrenta a sí mismo —es capaz de cuestionarse a sí mismo—… en busca, precisamente, de su identidad. Sin embargo, lo que ahora conviene subrayar es que este buscarse siempre sucede bajo determinadas exigencias o demandas. Pues intentamos ser lo que, en cierto modo, debemos ser. De ahí que nos hallemos bajo juicio.
La cuestión es qué o quién nos juzga, esto es, cuáles son estas exigencias. Kant distinguirá entre dos tipos de exigencia. El primer tipo es el que configura al sujeto empírico, por decirlo a su manera. Así, empíricamente —es decir, de hecho— nos encontramos sujetos a las demandas que proceden del exterior, esto es, del propio contexto o circunstancia. Kant denominará heterónoma a este tipo de exigencia. Y esto es así, tanto en lo que respecta al saber —y aquí lo heterónomo sería la opinión, lo que se dice— como en lo relativo al hacer —y aquí lo heterónomo sería la costumbre, el deseo, la inclinación natural… En cambio, el segundo tipo de exigencia —la que caracteriza, siguiendo la terminología kantiana, al sujeto trascendental— es la propia de la razón. Es decir, la demanda que nos imponemos a nosotros mismos en tanto que sujetos racionales, y no en tanto que sujetos al poder de una circunstancia particular. De ahí que la demanda de la razón sea universal. Hume solo consideró el primer tipo de exigencia. Pues la razón, según él, no tiene nada que decirnos acerca de lo que queremos ser o hacer. Y es que, para Hume, la finalidad de lo que hacemos, incluso con nosotros mismos, siempre se decide emocionalmente, es decir, empíricamente. La razón, en cualquier caso, tan solo nos indicará cuál es la mejor manera de conseguir lo que queremos. Su ejercicio, para Hume, es meramente instrumental.
Pues bien, la pregunta sería qué demanda la razón —a qué nos obliga. En el terreno del conocimiento, coherencia lógica. Y aquí, el principio de no contradicción estaría en la base de dicha coherencia. Esto es, no podemos concebir que el gato esté vivo y muerto al mismo tiempo. Dicho de otro modo, debemos admitir que el gato está vivo o muerto —que no cabe una tercera posibilidad. Y, dado que nada es que no se ajuste al dictado de la razón, lo que no cabe concebir es, sencillamente, imposible. La pregunta, ahora, es cómo entender el imperativo racional en el terreno de la moral, el que Kant denomina práctico
Para entender lo que diré a continuación, hay que tener presente, una vez más, que, por defecto, la razón es coercitiva. La razón obliga, manda. Por eso la cuestión es qué significa, precisamente, mandar en la práctica. La respuesta es simple: imponer la propia voluntad. Ahora bien, uno puede imponer su voluntad a los demás o a uno mismo. En el primer caso, la imposición de la propia voluntad siempre obedece a un motivo o interés particular. Sin embargo, porque el interés es particular, donde imponemos nuestra voluntad a los demás seguimos atados a lo heretónomo: a un deseo, a la necesidad psicológica de tener éxito o evitar un fracaso, etcétera.
En el segundo caso, el obligarnos a nosotros mismos puede obedecer a un motivo particular —esto es, heterónomo—… o no. Si fuese lo primero, entonces la voluntad se realizaría como fuerza de voluntad. Así, por ejemplo, nos esforzamos en hacer un buen curso —le ponemos voluntad, nos atamos al mástil— cuando nos interesa, por ejemplo, entrar el la carrera que nos atrae o, simplemente, para sentirnos bien con nosotros mismos. Sin embargo —y esta es la clave del asunto—, el obligarnos a nosotros mismos también posee una dimensión a priori o pura, es decir, independiente de los motivos particulares —y, por eso mismo, heterónomos— que nos empujan a ponerle fuerza de voluntad a lo que hacemos. O por decirlo de otro modo, si le ponemos voluntad a un determinado propósito —si queremos, y no simplemente quisiéramos, algo en concreto: ser un buen médico, tenista, carpintero…— es porque antes, es decir, a priori o con anterioridad a un determinado propósito, nos hemos obligado, aunque no seamos conscientes de ello, a querer (y aquí no hay que ponerse románticos). Es decir la voluntad —el mandato, el imperativo— más fundamental consiste en querer querer. La voluntad como a priori de la fuerza de voluntad sería, por tanto, la obligación —el mandato— que nos imponemos a nosotros mismos de querer, en definitiva, de no depender de lo que, estando en nosotros, no nos pertenece. Esto es, que no nos pueda el miedo, la recompensa… Esta voluntad de voluntad, por decirlo así, se expresa a través del imperativo categórico: haz lo que debas hacer no por miedo o por conseguir una recompensa, sino porque debes, esto es, por puro sentido del deber. En esto consiste nuestra libertad. De ahí que Kant entienda la libertad como autonomía —literalmente, como darse a uno mismo esta ley, en definitiva, como voluntad de voluntad.
Con todo, también cierto que no podemos querer cualquier cosa, sino solo el bien, es decir, solo que lo pasa por el respeto al otro: serle fiel por serle fiel; decirle la verdad por decirle la verdad, etcétera. Y es que ponerle fuerza de voluntad a un propósito que le hiciese daño supondría depender, una vez más, de lo heterónomo.
Aquí la pregunta —la que le haría Hume a Kant— es si acaso la conclusión no sería otra si hubiéramos sido educados en una cultura que no valorase el dominio de sí o la fuerza de voluntad. Esto es, si lo que Kant atribuye a la razón no sería, al fin y al cabo, el resultado de un haber interiorizado la exigencia, típica de la tradición occidental, de ser, precisamente, alguien —y alguien de mérito. No es una mala pregunta.