la intuición de Buber
diciembre 5, 2023 § Deja un comentario
Dios es Dios. No el nombre de otra cosa. Esta fue la gran intuición de Buber. Todos sus escritos se alimentan de esta convicción: ante Dios nos hallamos expuestos a un tú, no a un ello. No es anecdótico que Abraham, el creyente, experimentase a Dios como la voz que llama —y llama al exilio en busca, precisamente, del lugar en el que te das de bruces con la realidad de Dios. Dios no es el post-it que ponemos encima del poder que sostiene la existencia o de la ignotum X del mundo. Dios es misterio, ciertamente. Pero no porque sea algo misterioso, sino porque Dios es el que es o, mejor dicho, será. Así, no es que primero topemos con el misterio y luego pasemos a denominarlo Dios. El nombre Dios no admite una descripción definida —no es el nombre de un concepto. Hablamos de la alteridad avant la lettre.
Sin embargo, el riesgo es que le demos la razón a Buber porque suponemos que hay un daimon cargado de esteroides que, de algún modo a menudo desconcertante, nos tutela desde la otra dimensión. Este sería, en cualquier caso, un asunto de la psicología, esto es, del cuerpo. Y aunque la fe no pueda evitar apoyarse en cómo procesamos los datos —pues, de lo contrario, no sería nuestra fe—, la experiencia de hallarse ante Dios hace pedazos cualquier incorporación que se decida desde nuestro lado. Y la hace pedazos en tanto que el tú de Dios-como-tal se encuentra eternamente en falta —y por eso mismo no admite el tuteo, el coleguismo, una excesiva familiaridad.
¿Dónde estás?: esta es la pregunta de la inquietud creyente. Pero esta inquietud ¿no es también un tema de la psicología? Quiero decir, dicha inquietud ¿no comenzaría en el hombre y terminaría con él? Quizá, si no fuera porque la búsqueda de Dios, desde nuestro lado, fracasa —y tiene que fracasar. Y es que nuestra búsqueda de Dios no termina donde creemos haber encontrado a Dios. Al menos, porque lo que encontraríamos en ese caso sería un sucedáneo de Dios —un ídolo, un arjé, una fuerte sensación . Termina donde Dios nos encuentra. Y nos encuentra crucificándolo.
De ahí que, cristianamente, el tú de Dios sea el de un crucificado en nombre de Dios —y, por extensión, como Dios. Es un tú que se revela como el ese al que despreciamos. Si cabe incorporar la fe es porque antes tuvo lugar la incorporación de Dios. Tampoco es anecdótico que, desde la óptica cristiana, el tú de Dios se manifieste como interrogación del hombre: ¿y tú quién dices que soy yo? (Mt 16,13-19). La fe es, al fin y al cabo, la respuesta de Pedro.
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