a otra cosa
diciembre 9, 2023 § Deja un comentario
Decía Hegel que, con el tiempo, incluso la verdad pasaba a ser otra cosa. Es lo que constatamos con el cristianismo. Estamos bastante lejos —y no solo porque se trate de un modo de hablar— de la convicción de que nos hallamos en medio de un combate de dimensiones cósmicas entre las fuerzas del bien y las del maligno, esto es, no solo entre los pobres y los poderosos —y quizá, por eso mismo, pasamos en su momento de la vocación a la militancia. Por no hablar de la resurrección de los muertos, la cual ha pasado a entenderse como si fuera una manera de referirse a un nos vemos en el más allá. Ciertamente, cuesta formular la esperanza creyente en los términos de una historia de zombies. Pero es que el lenguaje de la resurrección, a pesar de las apariencias, nunca apuntó a dichas historias, sino a un volver a encontrarnos con nuestras víctimas en carne y hueso—y no solo con su espectro— para que pudieran perdonarnos y, así, volver a empezar. O apocalipsis, o nihilismo.
¿Imposible? Por supuesto. Pero difícilmente nos hallamos ante Dios si no nos hallamos ante la posibilidad de su imposibilidad —ante la posibilidad de un final del mundo que dé pie a una humanidad nueva. No porque fantaseemos —pues toda fantasía se sitúa dentro de marco de lo posible, aunque altamente improbable—, sino porque la bondad tiene que pronunciar la última palabra. Así, el mundo no debe triunfar… porque alguien llegó a perdonar, más allá de la disyuntiva entre lo humano y lo divino, lo imperdonable. Los testigos de ese perdón esperan lo que en modo alguno puede transformarse en expectativa. Pero esa esperanza no puede evitar dirigirse hacia los últimos días. Pues el mundo nunca sabrá qué hacer con ese perdón.
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