sorpresa, sorpresa
diciembre 25, 2023 § Deja un comentario
Y resulta que ese niño que nació entre excrementos de animales, de unos padres que no contaban para nada ni para nadie, era Dios mismo entre los hombres, el emanuel. En principio, parece una broma de quien no admite que haya Dios. ¿Dios? Ahí, en un establo, oliendo mal. Quizá sea por eso —por el carácter inadmisible de la proclamación cristiana— que la mayoría de los cristianos espontáneamente se decante por una lectura a la doceta: como si Dios hubiera decidido darnos una sorpresa, adoptando el aspecto de un andrajoso. Sin embargo, la encarnación no fue un juego de máscaras. Tras la humanidad de Jesús de Nazaret no se escondía un dios resplandeciente. Tampoco es que el hijo de María fuese un híbrido. Hablamos de un verdadero Dios y un verdadero hombre. Ahora bien, esto equivale a decir que la voluntad del Padre fue, desde el principio, la de no ejercer como Dios sin la fe del Hijo del Hombre. O que no hay otra presencia de Dios que la del cuerpo que lo soporta, y duramente, hasta el final. Y digo duramente porque tan solo como abandonado de Dios puede el hombre permanecer fiel a Dios.
En este sentido, Jesús de Nazaret no fue un aspecto de Dios, entre otros, ni tampoco su representante, sino el modo de ser de Dios. Afirmar que Dios es Jesús —o confesar al pie de la cruz y frente al mundo que el crucificado es Dios— supone dejar atrás el sentimiento de que vivimos bajo el amparo de un dios cuyo modo de ser es independiente de su in-corporación. Es lo que tiene un Padre que, con anterioridad a los tiempos, quiso depender del hombre que depende de Dios para llegar a ser el que es.
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