demos
enero 17, 2024 § Deja un comentario
En democracia, la mayoría gana. Pero la mayoría no suele tener mucha idea sobre aquello de lo que se trata. Un voto refleja unas preferencias. Difícilmente un saber. Y las preferencias van y vienen. Por no hablar de lo poco que cuesta dirigirlas, esto es, manipularlas. Uno podría creer que la manipulación es bienvenida… si es cuestión de orientar a las masas hacia lo correcto. Sin embargo, lo correcto —si es que cabe hablar en política de lo correcto— suele difuminarse una vez el principal interés de quien ejerce el poder es mantenerse en el poder. De ahí que la demagogia —al fin y al cabo, la seducción publicitaria— sea el envés de la democracia. Los referéndums, como sabemos, los carga el diablo. Y es que no es posible resolver situaciones complejas por medio de consultas realizadas con preguntas que cualquiera pueda entender.
Evidentemente, las soluciones totalitarias, tampoco se libran de la demagogia. Al contrario, la acentúan al no contar con ningún contrapeso real. Entre Escila y Caribdis anda, por tanto, el juego de lo político. No me extraña que haya quienes crean que deben alejarse del mundo para no perder el equilibrio —o no perderlo demasiado.
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