desprecio y distancia
mayo 4, 2024 § Deja un comentario
Decía Aristóteles que la melancolía —no la tristeza, ni mucho menos, la depresión o la angustia— es el destino del sabio. El sabio ya no puede ilusionarse. En cualquier caso, tan solo agradecer. Y es que el melancólico inevitablemente anticipa el momento de la pérdida —y lo anticipa a flor de piel. De ahí que, para el sabio, todo se cargue de valor.
Sin embargo, junto con la melancolía, también la soledad. Pues el resto sigue a la suya, despreciando cuanto ignora, comerciando o, simplemente, de distracción en distracción. De ahí que la primera reacción de quien se encuentra a las puertas de la sabiduría sea la de devolver dicho desprecio con aún más desprecio. Pero, con el tiempo y porque la melancolía va ganando peso, ese desprecio se transforma en ternura. El sabio ya no devolverá el golpe. Más bien, lo aceptará. Esto, sencillamente, es así.
Ahora bien, lo que no suele decirse es que con la ternura aumenta también la distancia. Y aumenta hasta alcanzar proporciones bíblicas, aquellas que separan los cielos de la tierra. Se trata de una distancia que solo el sabio puede comprender, aunque con la boca mordiendo el barro, como infranqueable. Y no porque esté lejos, sino porque se encuentra muy cerca. Demasiado. Al fin y al cabo, lo infinito siempre fue, en verdad, infinitesimal.
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