Dios es misterio
agosto 6, 2024 § Deja un comentario
Leemos en el cuarto evangelio: Dios es espíritu y es necesario que quienes le adoran le adoren en espíritu y verdad (Jn 4, 24). ¿Cómo entenderlo? De entrada, es importante tener en cuenta que la palabra espíritu es el envés de la palabra poder. La cuestión de Dios es la cuestión del poder que abraza el todo. Donde olvidamos este nexo la palabra Dios deviene un trampantojo.
Ahora bien, no se trata del poder de los entes —de la fuerza que mueve o transforma cuanto hay. No se trata, por tanto, del arjé, ni siquiera donde apuntamos a una energía. Tampoco del poder del alma, aun cuando este poder sea la reverberación del poder de Dios. Hablamos del poder que puede con el todo —del poder creador. Sin embargo, Dios crea de la nada, aunque no a la manera de un demiurgo, sino negándose a sí mismo hacia lo otro de sí, esto es, convirtiéndose —y aquí conviene destacar el desde el principio— en nada aún. Es en relación con la nada de Dios —con el Dios del séptimo día— que el todo es el aún no todo. El mundo nos ha sido dado —y, por eso mismo, es lo que hay— por el retroceso de Dios a un pasado anterior a los tiempos (y hacia el futuro absoluto del hombre).
De ahí que la palabra espíritu no apunte a un ente espiritual, sino a un Dios sin especificaciones —a un Dios que quiso desde el principio no ser nadie aún sin el fiat de Adán. Dios no es un ente misterioso, sino el misterio que se revela como el fundamento y horizonte del mundo. Es con respecto a este Dios que el mundo está por resolver. Y lo estará hasta el final de los días. No esperar este final en nombre de —a pesar de que se trate de una espera contra las evidencias— supone abrazar el nihilismo. Y es posible, sin duda, que el nihilista haya dado en el clavo.
Quizá sea por cuanto acabamos de decir que Juan añada el es necesario que le adoren en espíritu y verdad. Pues de no ser así, lo adorado —lo que nos pone de rodillas— no es Dios, sino un dios a medida. Y con respecto a un dios a medida cualquier arrodillarse es un postureo. Aun cuando se trate de un postureo con buena intención.
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