amor a la verdad

septiembre 14, 2024 § Deja un comentario

Quién no ama la verdad, se preguntaba Agustín. De acuerdo. Sin embargo, ¿quién la prefiere? ¿Acaso no preferimos dar por descontado que aquello en lo que creemos es tal y como lo creemos? ¿No nos incomoda que nos pregunta si es verdad que amamos a quienes decimos amar? ¿O si realmente creemos en Dios? ¿No será, más bien, que creemos creer?

Quizá no andaba tan desencaminado Platón cuando escribió, a propósito de Sócrates, que una vida examinada —la vida que se cuestiona a sí misma, aquella que cultiva su inquietud— tiene más valor que una vida sin examinar. Pues hacen falta una cuantas dosis de valentía para encarar el hiato que media entre la verdad y los que nos parece verdadero. Y no porque la verdad sea una apariencia más profunda —algo así como un descubrir lo que hay tras la puerta—, sino porque lo verdadero se revela a la razón como paradoja y, por extensión, como la imposibilidad de un saber. De ahí que quien ama la verdad, tarde o temprano, deba aceptar que su destino será permanecer en un estado de suspensión. Que esto sea lo mejor que nos pueda suceder, según Platón, es, cuando menos, desconcertante.

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