redemption machine
septiembre 27, 2024 § 1 comentario
Supongamos que, efectivamente, hubiese al final un reset de dimensiones cósmicas. Que los muertos resucitasen y que, tras haber quemado las malas hierbas, todo volviese a empezar… sin que este nuevo comienzo fuese debido a un agente supremo. Supongamos, en definitiva, que dicho reset fuese automático, algo así como una ley natural. Esto es, que no hubiese padre, sino tan solo los efectos de lo que habría sido su intervención ex machina. ¿Daría igual? O mejor, ¿les daría igual a quienes esperan, precisamente, la redención final de Dios?
La muerte de Dios significa que estamos solos. Que, de haber redención, no habría nadie a quien agradecérsela. Sin embargo, de añorar al padre, ¿no estaríamos diciendo que la redención es cosa de niños? Quizá. Sin embargo, dicha añoranza, aun cuando fuese infantil, ¿no nos daría a entender, más bien, que somos relación y, por eso mismo, un tener que responder? Y quien dice responder, dice perdonar, dar las gracias, devolver… La redención oceánica, de haberla, no sería para nosotros. Pues no hay alteridad que valga para la ola que es el mar.
“La redención oceánica, de haberla, no sería para nosotros». Totalmente de acuerdo. He notado que ese cabo queda suelto en muchos teólogos que están tratando de hacer la migración de la teología liberal y de la liberacionista a la teología transconfesional y»post teísta» o «transteísta» por la vía oriental, por la teilhardiana o por la panikkariana. Su nuevo sistema (su nuevo mapa), basado en la procedencia y retorno evolucionista al seno del todo o de la nada, parece muy bien cuadrado y limpio, pero cojea de una pata: ¿qué hay del sufrimiento indigno de los inocentes? ¿Tendrá reparación? ¿Habrá el momento de pedir perdón y de perdonar? No saben bien qué hacer con ello y algunos sacan de nuevo, discretamente, la carta de la resurrección judeocristiana reinterpretada, cosa que, creo, ya no tiene sentido en ese nuevo mapa. Al menos eso es lo que alcanzo a ver. Me he topado con ello en Leonardo Boff, en Roger Haight, en Ilia Delio. Otros, como Melloni o Arregi, son más radicalmente orientales y sostienen que todo ese dolor, quién sabe cómo, simplemente pasará, se disolverá en el seno amoroso de la divinidad oceánica impersonal. Ojalá tengan razón. Pero, aunque de verdad deseo creerlo, el dolor de la gente que me rodea (incluso el de los animales y las plantas y los demás vivientes) es para mí un aguijón clavado en el corazón de la paz de esa fe. ¿Cómo puede fundirse uno apaciblemente con la divinidad mientras escucha la pregunta: dónde está tu hermano?
Estoy de acuerdo en que una fe teísta premoderna (la fe en el Dios ente supremo, un señor de barba blanca sentado allá arriba en las alturas) ya nos es inaccesible a muchos en el siglo XXI. Pero de ahí a tomar la vía de la divinidad impersonal, a-dual, advaita… Es, como usted escribe, tirar al niño con el agua sucia. Implica asumir que la conciencia humana, nuestra conciencia del pecado y la culpa, nuestro reconocimiento del otro, son una anomalía nefasta de la evolución que simplemente se disolverá cuando la divinidad impersonal sea todo en todos y la evolución alcance su punto Omega… «Pues no hay alteridad que valga para la ola que es el mar». De acuerdo con usted. Muchas gracias por su texto, profesor.