mas Déu

noviembre 4, 2024 § Deja un comentario

El otro día leo en un texto de un grupo cristiano que Dios es Jesús. De acuerdo. De hecho, es lo que afirma la tradición creyente. Sin embargo, la cuestión es cómo se entiende esta proclamación. Pues leyendo el texto completo uno tiene la impresión de que estamos ante una variante del viejo docetismo. Dios no se altera con la encarnación. ¿Jesús? Dios mismo paseándose por la tierra con el ropaje de los humanos. Muy griego, muy razonable —o mejor dicho, religiosamente razonable.

Sin embargo, difícilmente comprenderemos el alcance de la dogmática cristológica —el alcance de la revelación— donde partimos de un Dios ya hecho. Y es que Dios sea Jesús —que Jesús sea el quien de Dios— no deja las cosas de Dios tal y como estaban. Un crucificado en nombre —en lugar— de Dios, ¿es Dios? ¿En serio? Si Dios es Jesús, entonces Dios —estrictamente, el Padre— aún no es nadie antes de poder identificarse con el crucificado —y gracias a su fe. El Padre es, en cuanto tal, su voluntad de reconocerse en el hombre. Y por eso mismo, la voz que clama, imperativamente, por el hombre —una voz cuyo eco escuchamos en los que carecen del pan de cada día.

El cristianismo proclama algo, ciertamente, insólito, a saber, que Dios tiene cuerpo. No dice que se vista con el cuerpo de un predicador, sino que sin ese cuerpo no hay aún Dios que valga como Dios. Ciertamente, esto esta muy cerca de decir que Dios no tiene otras manos que las nuestras… lo que, en definitiva, significa que de nuestras manos depende el presente de Dios. Y llegados a este punto uno podría preguntarse dónde queda el poder de Dios, un poder que, en principio, debería ser capaz de resucitar a los muertos.

Quizá el único modo de responder a la cuestión sea diciendo que dicho poder —y por tanto, la esperanza en una humanidad nueva— se activa con la entrega del hombre. Pero en ese caso, no estaríamos tan lejos del dios-energía-positiva, con lo que la voluntad de Dios no sería mucho más que una tendencia cósmica. Ahora bien, de ser así, seguiríamos estando solos. De ahí que la esperanza cristiana no pueda prescindir de la paternidad de Dios, entendida análogamente a la relación entre padres e hijos. Otro asunto es si esto es tal y como se lo imagina el creyente.

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