lo más (un ultra Platón en breve)
noviembre 19, 2024 § Deja un comentario
El bien —la luz, el sí…— es imposible. Y esto porque es —porque hay el bien, la luz, el sí…
Nada es que no se haga presente. Sin embargo, en su hacerse presente el bien deba renunciar, como quien dice, a su inmaculada eternidad. De otro modo, en su hacerse presente el bien debe incorporar a su contrario —el no, la oscuridad… Y ello porque de haber solo bien, no habría bien. Donde únicamente hubiera bien —o luz, o sí…—, obviamente, no habría oscuridad. Pero tampoco bien —o luz, o sí… Esto es, no habría nada.
Sin embargo, lo anterior no significa que en primer lugar haya el bien y, posteriormente, el bien incorpore a su contrario. Como acabamos de apuntar, el bien a secas o en sí —esto es, al margen de su hacerse presente— no es nada sin su contrario. Por consiguiente, si lo primero es el bien a secas, entonces lo primero es la negación de sí del bien, su es no siendo nada. Y aquí hay que tener en cuenta que este es no siendo nada supone, lógicamente, la negación de la nada.
Bien significa, por tanto, deber ser —en definitiva, el hágase. El bien implica su negación de sí… en tanto que, como bien a secas o puro bien, es no siendo nada. Con otras palabras, el deber ser del mundo —y nada es más allá de lo que adquiere una forma— es el otro lado de la negación de sí del bien. Consecuentemente, lo contrario al bien —el mal, la tara, la desproporción…— es el correlato, el efecto inmediato, de su es no siendo nada. El bien se hace presente negándose como tal. Porque hay el bien, no tan solo hay el bien.
Así, hay algo en vez de nada porque la nada es el más allá del mundo, de la totalidad de cuanto existe. El mundo es el resultado de la negación de sí del bien —la negación de sí que es el bien. O con otras palabras, de su llegar a ser nada en cuanto tal, de su retroceso a un pasado anterior a los tiempos, al fin y al cabo, de su devenir absoluto en su hacerse presente como lo bueno en cierta medida. Pues lo absoluto es lo ab-suelto, lo liberado del juicio y, por extensión, del tiempo presente. El fundamento del mundo, en tanto que ab-suelto del mundo, no pertenece al mundo —ni puede pertenecer. Y quien dice mundo, dice tiempo. Hay mundo porque hay lo absoluto. Sin embargo, el haber de lo absoluto —la eternidad del bien— es el haber de lo impresentable o inviable. O como decíamos al principio, de lo imposible. Hay lo posible porque, más allá de los mundos, hay lo imposible. Schelling, hacia el final de sus días, comprendió mejor que nadie que la razón llevada al extremo conduce de nuevo al mito. Pues solo por medio del mito podemos hacernos una idea de lo que es —y sigue siendo— antes de cualquier presencia o presente. En realidad, que lo absoluto sea lo ab-suelto es lo que da pie al tiempo.
La secuencia lógica sería, por tanto, la siguiente: el bien a secas —la luz, el sí…— es lo primero; pero el bien a secas no es nada (ya que solo es lo que posee una forma); por tanto, lo primero es que no hay nada, la negación de sí de la nada —el hágase, el debe tener lugar, la creación —… y, por eso mismo, el bien se hace presente… aunque siempre hasta cierto punto o en cierta medida. La invisibilidad de lo absoluto —el que sea no siendo nada, su continuo paso atrás— es el sostén de lo visible.
Acaso Hegel fuera el mejor lector de Platón. Y quizá por eso también, la filosofía comienza con Platón y termina con Hegel. Nietzsche, por su parte, y a pesar de que lo suyo no fuese, precisamente, la dialéctica, intuyó con fiera lucidez que el nihilismo es la otra cara del platonismo. Pues si lo dicho hasta ahora es cierto, entonces solo cabe esperar el eterno retorno de lo mismo. A lo sumo que el bien pese más que el mal. Satán bajo las botas del arcángel, como quien dice. Pero esta esperanza no fue, ciertamente, la de Nietzsche.
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