aquí estoy yo
enero 18, 2025 § Deja un comentario
El punto de partida de cualquier trayecto vital es el de creer que importamos. O cuando menos, que debe reconocérsenos nuestra importancia. Aun cuando esto pueda matizarse en relación con las diferentes psicologías, desde las más soberbias hasta las más acomplejadas, lo cierto es que el mundo parece girar a nuestro alrededor. Es lo que tiene que lo real se nos ofrezca siempre como perspectiva. Sin embargo, por poco que nos situemos, a la Spinoza, en el punto de vista de la eternidad, fácilmente nos parecerá que no es así: apenas contamos. Como si fuéramos hormigas para un dios.
Ahora bien, la cuestión es si hay perspectivas más ajustadas a lo que es en verdad que otras. No es probable que elijamos como postal de la torre Eiffel una en la que solo apareciera uno de sus tornillos. Así, para ver con claridad de qué se trata en realidad suponemos que deberíamos tomar una cierta distancia —una distancia teórica (y no es casual que la raíz de la palabra teoría sea, precisamente, theos). Sin embargo, también es cierto que la piel que acaricia el amante no es la misma que la que observa el dermatólogo con su lupa… aun cuando eso que está ahí sea, en última instancia, lo mismo. Es decir, eso que está ahí no aparece siempre del mismo modo. Y no aparece del mismo modo… porque el aparecer exige, precisamente, perspectiva.
En sí mismo, el eso no es nada en particular —ni puede serlo—… siendo, no obstante, lo más real en tanto que otro-absoluto. Pues lo particular —el que eso se encuentreahí, el modo de ser— aparece siempre en relación con un punto de vista o sensibilidad. Esto es, relativamente. En el aparecer, lo absoluto pierde su carácter absoluto. O mejor dicho, deviene absoluto o, literalmente, ab-suelto —sin juicio, sin lenguaje— en el aparecer… con lo que lo primero —el arkhé— no fue lo absoluto como ente absoluto o subyacente, sino como acto —el hágase.
Así, ¿qué es en sí misma la piel que acaricia el amante o inspecciona el dermatólogo? Un eso, un algo que no es, propiamente, algo, sino más bien (la) nada en concreto. Y por eso mismo, podría ser cualquier cosa. La nada como la posibilidad del todo. ¿Por qué, entonces, hay algo y no más bien nada? Porque la nada es no siendo nada. Es decir, como negación de sí. Hágase.
No es casual que la relación entre lo Uno y lo Múltiple fuese el tema de fondo de la especulación griega. Pues, con respecto al asunto de la verdad, puede que no haya otro.
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