las contradicciones de la creencia

enero 29, 2025 § Deja un comentario

Esto de la creencia religiosa es, si se piensa bien, algo ciertamente extraño. Así, por ejemplo, se cree que Dios ofreció a los hombres la ley para que vivieran conforme a bien y no se dejaran tentar por el mal. Sin embargo, el creyente rechazaría la idea de que no hay diferencia entre este Dios y un extraterrestre que, siendo netamente superior, se hubiera entretenido creándonos a la manera de un experimento de laboratorio.

Ahora bien, al rechazarla, nos da a entender que aquello a lo que apunta su creencia no es a Dios en cuanto ente superior, sino a la figura de Dios, la cual no admite, precisamente, la entidad de lo particular. Por consiguiente, lo decisivo de la creencia sería el conceptola omnipotencia, la misericordia sin resquicio, la omnisciencia…—, el cual Dios, en este sentido, se ubicaría más allá del todo, en un pasado anterior a los tiempos. Y se ubicaría como nadie —o mejor dicho, como nadie aún.

El problema surge cuando la piedad imagina un Dios cercano y que, por eso mismo, se interesa por nuestra suerte… como el biólogo cuida de sus ratas. Es verdad que la piedad apunta a un alguien… de naturaleza espectral. Pues nadie que invoca a Dios podría aceptar que se le apareciese como pudiera presentarse el dios del trueno. En cualquier caso, como un fulgor… capaz de responder a su invocación. Pero esta posibilidad es compatible con la aparición de un extraterrestre, esto es, de un ente de otro orden. Pues cuanto es netamente superior no admite medida humana.

Consecuentemente, lo significativo de la creencia no dependería de la existencia de Dios. Al contrario: dependería de que Dios siga siendo, precisamente, idea. Esto es, dependería de que los atributos de Dios no fuesen de alguien, sino que valieran por sí mismos, como quien dice. Sin embargo, en este caso, resultaría inevitable, cuando menos, sospechar que la creencia no tiene otro propósito que el de permanecer en la sensación de dependencia que el niño experimenta en relación con su padre… una vez este muestra tener los pies de barro. Estaríamos ante una estricta transferencia… de manera semejante a cómo el amante transfiere, espontánea y simbólicamente, el vínculo con su madre a la mujer que abraza.

¿Es posible que todavía estemos un tanto lejos de asumir que el quién de Dios es el de aquel que colgó de una cruz como un maldito de Dios? ¿Es posible que la piedad medieval, tan cristocéntrica, fuese más cristiana, ambivalencias al margen, que la que cree haberse actualizado por dirigirse a los océanos o, en su defecto, al resplandor?

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