la creencia desde fuera
marzo 30, 2025 § Deja un comentario
Desde la óptica del espectador imparcial, la creencia en el poder de Dios no es más que una creencia, un mapa mental. Su posible valor de verdad queda cancelado en el momento que, culturalmente, damos por descontado que tan solo remite a las necesidades del sujeto. Este lugar común procede, como sabemos, del pensamiento de Hume y, en general, de los postulados del empirismo. De ahí los esfuerzos de tantos creyentes, intelectualmente solventes, por demostrar que, aun cuando la creencia satisfaga la necesidad psicológica de contar con la ayuda de papá, esto no niega que haya Dios. Esto es, que la existencia de Dios sea compatible con la ciencia. Cuanto puede explicar la aparición de la creencia en la conciencia no justifica lo que pueda tener de verdadero. Pues es obvio que Einstein hubiera podido visualizar su famosa fórmula durante un sueño… y no por ello la haría menos apta.
Ahora bien, la lógica de la justificación no puede prescindir de la pregunta acerca de qué hablamos cuando hablamos de lo real, en definitiva, acerca de en qué consiste lo verdadero, cuanto acontece en lo que simplemente pasa. Y los presupuestos de la actividad científica sobre este asunto no nos permiten captar el alcance de la respuesta que, desde sus orígenes, ha ofrecido la metafísica, a saber, el carácter paradójico de lo real —el que el haber solo pueda hacerse presente como tiempo y, por tanto, desde la negación de sí. Pues la ciencia opera sobre la base de una reducción de dicho alcance. La cosmovisión científica no ve más que relaciones entre objetos. Nunca se interrogara sobre en qué consiste que algo sea, sin más. De hecho, el científico desprecia esta cuestión. Pues, de tomársela en serio, tarde o temprano, toparía con la realidad de la nada —con la afirmación, sumamente desconcertante, de que la nada es no siendo (y que por eso mismo, hay lo que hay). Y con esta constatación no hay nada que hacer, salvo acaso postrarse y obrar en consecuencia.
De ahí que el Dios que resulta compatible con la ciencia no sea aún Dios —ni pueda serlo. A lo sumo, un ente superior —un gigante, en definitiva, más de lo mismo. Ahora bien, por eso mismo, la revelación de la irreductible alteridad de Dios —en definitiva, de su negación de sí— solo puede reconocerla quien forme parte de la escena —quien sufre, precisamente, ese estar en falta. En modo alguno, quien se sitúa en las gradas con la excusa de alcanzar la objetividad. Ciertamente, cabe replicar que las apariencias siempre fueron sospechosas. Que para lograr ir más allá hay que situarse a una cierta distancia —la distancia, precisamente, teórica. Pero lo cierto es que el haber de Dios, en tanto que no admite otra forma que el de un abandonado de Dios que se abandona a Dios, no es una perspectiva que deba corregirse, sino, más bien, la crisis de cualquier perspectiva.
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