reflexión y parálisis
abril 8, 2025 § Deja un comentario
Un ciempiés sabe —y no simplemente cree saber— cómo mover sus cien pies a la hora de desplazarse. Pero si le preguntásemos cómo lo hace no sabría qué decirnos. Y si se entretuviera analizando su movimiento, ese nuevo conocimiento de sí tampoco le serviría a la hora de andar. Es decir, que sepa andar no depende de aplicar un conocimiento teórico. Más aún: si lo intentara, no sabría cómo moverse. Quedaría paralizado.
Algo parecido sucede con cuanto nos traemos ente manos. Y digo parecido porque no sucede exactamente lo mismo. Pues en nuestro caso, el resultado de la reflexión no es la constatación de que, antes de ponernos a reflexionar, sabíamos, por ejemplo, en qué consiste el amor o el bien , sino, más bien, que creíamos saberlo (y ahora no). Y ello porque, a diferencia del ciempiés, nos interesa la verdad… aunque prefiramos vivir de espaldas a ella.
Aparentemente, que el horizonte de la reflexión sea una saber paradójico —el solo sé que no sé nada socrático— compromete la posibilidad de un dominio de sí, en definitiva, de una tekné del alma. Sin embargo, lo cierto es que esta docta ignorancia nos eleva por encima de lo impersonal —de lo que se dice, se hace… Al menos, porque lo impersonal ha sido configurado con los materiales de lo que, comúnmente, damos por descontado… sin habernos atrevido a ponerlo en cuestión. Y donde no hay cuestionamiento de sí seguimos siendo unos bonobos, quizá más listos, pero bonobos al fin y al cabo.
De ahí que las ciencias del espíritu no terminen de congeniar con las que se ocupan de la naturaleza de las cosas. El saber del ingeniero —el resultado de haber analizado las estructuras— sirve para levantar puentes, pero no para levantarse a uno mismo. Entre otras razones, porque solo el espíritu se enfrenta a la posibilidad de la nada.
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