autómata
abril 11, 2025 § Deja un comentario
Cuando muere alguien cercano decimos “se ha ido”. ¿También lo diríamos del humanoide? Ciertamente, decimos algo parecido de un ordenador: “se ha muerto”. Pero dejar de funcionar —morir— no equivale a irse a otra parte. Como si al lenguaje —al menos, al nuestro— le costase aceptar que la muerte es un final y no un punto y aparte.
Sin embargo, quizá otro gallo cantara si llegáramos a reconocer al humanoide como semejante, esto es, si pudiéramos empatizar o encariñarnos con él. Ahora bien, como siempre, la pregunta es si aquí el lenguaje se limita solo a expresar nuestra impresión —lo que nos parece— o, al hacerlo, da en el clavo de lo que es. No podemos saberlo… y ello al margen de los interrogantes que surgen ante la posibilidad de una vida más allá: ¿seguiríamos siendo nosotros?; ¿hasta qué punto podríamos soportar una dicha eterna?…
Aun así, la sospecha de que difícilmente esperaríamos encontrarnos con un humanoide en el otro mundo —el tú no debes morir que un padre le exige al hijo difícilmente se lo exigiríamos a un mecanismo— sugiere, cuando menos, que la esperanza de reencontrarnos con quienes quisimos se decide en el terreno de los sentimientos, y que, por eso mismo, no traspasa el horizonte de los que nos parece. Y quien dice esto último dice de lo que nos gustaría que fuese.
Y dicho sea de paso, puede que no sea secundario que la sensibilidad religiosa del primer Israel, aquella que asume la mortalidad como lo propio del hombre frente a Dios —y consecuentemente, la vida como gracia—, estuviese más cerca de saber qué significa estar ante Dios que quienes, posteriormente, dieron por descontado que Dios garantiza la inmortalidad de los bienaventurados. Aunque también es cierto que el Israel posterior a la época de los Macabeos nunca lo dio por descontado. Su esperanza de una justicia post mortem estuvo, más bien, construida con los materiales del imperativo: Dios no puede abandonar a las víctimas inocentes de nuestra impiedad. No diría que sea exactamente lo mismo.
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