el ethos del poder
junio 27, 2025 § Deja un comentario
No hay que ser muy espabilado para intuir por dónde están yendo los tiros de los nuevos tiempos. La tecnoligarquía, sencillamente, se está haciendo con las riendas. Basta con leer el libro de Quinn Slobodian, El capitalismo de la fragmentación, para hacerse una idea del asunto. Hay el mundo. Hay países. Y hay las zonas liberadas de las regulaciones estatales. Muchas. Más de las que nos imaginamos. Y no me refiero solo a los paraísos fiscales. Esto significa que el Estado tiene los días contados… si las élites consiguen realizar su propósito. Para la tecnoligarquía, el Estado es sinónimo de corrupción, empobrecimiento, burocracia estéril… , en definitiva, un obstáculo. Su ethos: que se jodan los improductivos. Se trata, obviamente, de un ethos de matones. Desde esta óptica, creer que compartir es vivir es de idiotas.
De hecho, el Estado sobrevive —y cojeando— exprimiendo, hasta secarlo, el limón de la clase media. Es lo que tiene vivir a golpe de deuda publica. Quizá no sea simplemente retórica que Varoufakis hable de tecnofeudalismo. Para las élites tecnocráticas, no se trata de colonizar las estructuras de poder, sino de situarse por encima… atrincherándose en los huecos del sistema. Como la carcoma. Capitalismo y democracia comienzan a entenderse como incompatibles. Aunque esto ya viene de lejos —de los tiempos de Friedman. O incluso antes.
Quién cree tener el poder —y lo cree porque lo detenta— inevitablemente dividirá a los hombres en superiores e inferiores —en nobles y esclavos. Y lo que no soporta el hombre superior es bailarle el agua al inferior. Casi por defecto, el inferior irá siempre con una flor en la mano, creyendo, por ejemplo, que el amor es más fuerte que la muerte o cosas por el estilo. Nietzsche fue, sin duda, el profeta del “nuevo” ethos. Y un ethos, conviene no olvidarlo, es el aire que respiramos, un clima, lo que acabamos dando por obvio.
Al final, el cristianismo que sobreviva a la “revelación” de Moloch como el único dios tendrá que asumir lo que supo ver desde el principio y que guardó en un cajón cuando se dejó llevar por la ilusión, en definitiva moderna, de un progreso moral, a saber, que su fe es un acto de resistencia en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Y son cósmicas porque la lucha del fuerte contra el débil se presenta como natural. Por eso mismo, la cuestión de fondo sigue siendo teológica: ¿en manos de quién reside el verdadero poder? Y no parece evidente que resida en un Dios cuya voluntad fue —y sigue siendo— kenótica.
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