mysterium
julio 19, 2025 § Deja un comentario
La pregunta es simple: ¿por qué el misterio de Dios, en vez de simplemente el misterio? ¿Porque, espontáneamente, nos preguntamos por el padre — por aquel que, desde arriba, responda a la cuestión sobre el sentido de la existencia y de paso ayudarnos? Quizá. Pero, como dijera Yeshayahou Leibowitz —creo recordar—, los que dejaron de creer tras Auschwitz, nunca creyeron en Dios, sino en la ayuda de Dios.
Ahora. bien, si Dios es el nombre al que apunta nuestra dependencia esencial, la pregunta, entonces, debería reformularse: ¿de qué depende nuestra entera existencia —de qué poder? La respuesta más natural, aquella que señala lo gigantesco, fue tachada de idolátrica por los profetas. En lo gigantesco, no reside la verdad de Dios. Sencillamente, el dios no es en verdad Dios. Y es que la dependencia del poder de un dios fue siempre relativa o circunstancial, un asunto de proporciones. Al fin y al cabo, el poder cambia de manos. Ciertamente, la crítica a la típica sensibilidad religiosa fue antes profética que ilustrada.
Pero si la extrema altura de Dios, la que apunta a un más allá de los cielos —y por eso mismo, de los tiempos— expresa el misterio bajo el que nos movemos, entonces la pregunta que se interroga sobre el qué —o el quién— de Dios ¿puede admitir una respuesta? Diría que no. O no, en los términos que esperaríamos. Pues Dios no es un ente aún por descubrir. Ni siquiera, un ente incognoscible… Al menos, porque lo incognoscible es en relación con nuestras capacidades cognitivas. El misterio de Dios es absoluto. Y lo es porque en la expresión el misterio de Dios pesa más el misterio que Dios. Dios es misterio. De lo contrario, Dios sería un dios, aun cuando añadiéramos el adjetivo supremo. Un Dios determinado no puede imponerse como la respuesta a la pregunta por la realidad de Dios.
Ahora bien, lo que esto significa, en última instancia, es que el referente del término Dios no puede ser Dios en sí mismo. Tan solo es lo que muestra una forma o aspecto. De ahí que la realidad de Dios en sí —la de su radical trascendencia— solo pueda pensarse como la nada que es no siendo. Y lo que esto significa, en definitiva, es que el misterio que es Dios en sí es el del acto inherente a la nada… por el que la nada es en su negación de sí: la nada no es. Y quien dice acto dice voluntad de sero amor. Ahora bien, comprender esto último supone comprender que no hay amor que no sea kenótico.
Hablar, por tanto, del misterio de Dios —o de Dios como misterio del mundo— supone, por tanto, una crítica implacable a la senbilidad tópicamente religiosa, aquella que da por descontado que Dios es un ente superior o, si se prefiere, supremo. Y de estas lluvias, la Encarnación, el que Dios se revele como carne. Pues la revelación de la que da fe la confesión cristiana consiste, precisamente, en reconocer que el crucificado es la forma de Dios —su presente, su cuerpo, su entidad, su quién.
¿El referente de Dios? Un crucificado en su nombre.
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