ciencia y muerte de Dios
agosto 7, 2025 § Deja un comentario
La ciencia no es compatible con el exceso de Dios, el cual anda abrazado a la nada. En todo caso, con el teísmo que concibe a Dios como mente suprema, en definitiva, como demiurgo. Pero un ente superior, aunque nos ponga circunstancialmente de rodillas, aún no es Dios.
En realidad, la ciencia moderna es el envés de la muerte de Dios. Pues mientras Dios aún estaba en el ambiente, la inquietud por lo verdadero permanecía vinculada a la espontánea comprensión de nuestro estar en el mundo como quienes se hallan expuestos a lo que les sobrepasa por entero. Una vez dejamos, culturalmente, de estar enfrentados al misterio esencial —una vez el lenguaje que lo expresa deja de ser vinculante—, podemos desplazarnos impunemente al Olimpo, la atalaya desde la que el mundo es observado con la indiferencia del dios, aun cuando ande teñida de curiosidad. Pero desde el Olimpo no habrá comprensión que valga, sino solo explicación. La diferencia consiste en que el sujeto que expllica no se encuentra implicado en lo explicado. Es decir, no juega el juego cuyas reglas pretende entender.
Es verdad que el hombre puede ocupar, aunque sea tambaleándose, el lugar de lo divino. Pero caben dos modos de hacerlo. El primero es el descrito: como quien se sitúa en la posición del dios que observa como si la cosa no fuese con él. Aunque aquí no ocuparía, estrictamente, el lugar de Dios, sino el de un dios. El segundo, en cambio, sería el del crucificado, aquel que negándose a sí mismo se enfrenta a lo otro de sí, no con el puño cerrado sino con las manos abiertas. Como Dios mismo al crear cuanto es. Al fin y al cabo, lo más real es kenosis.
De hecho, el crucificado fue condenado en nombre de Dios. Esto es, en su lugar.
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