yo soy “ese”
enero 10, 2026 § Deja un comentario
Un Dios que se dijera a sí mismo Yo soy Dios, solo por eso mismo no sería Dios. Pues el Yo estaría, por defecto, más allá de la divinidad… con la que se identifica. No puede ser de otra manera. La identificación solo es posible donde el yo que se reconoce en un cuerpo, un carácter, en definitiva, un modo de ser o esencia difiere, continuamente, de aquello con lo que, de hecho, se identifica. Es este diferir lo que constituye la subjetividad, la conciencia de sí. No termino de ser lo que soy se dice, sinceramente, el yo. La posibilidad, irrefutable, de ser otro pertenece, por tanto, al yo. Así, te dicen, pongamos por caso, que eres bella. Pero, en el fondo, sabes que no lo eres —que estás más allá de la belleza que eres. La intimidad está hecha de materiales de derribo, de lo que no somos ahí donde somos quienes somos. La intimidad es, necesariamente, sin-cera —y por eso mismo, ignora el éxito… algo así como una tergiversación. Quien no se encuentra a sí mismo más allá de su triunfo es, sencillamente, plano.
De lo anterior se desprende, sin embargo, que el yo no es aún nadie sin los rasgos con los que se identifica. Es no siendo nadie aún, por así decirlo. Es pro-yecto de sí. Literalmente: hacia lo recto. Con todo, se trata de un viaje sin final. Pues, de alcanzar lo recto, tampoco podrá reconocerse por entero en esa rectitud. Quizá sea por eso mismo, nuestra posición más verdadera sea la del encorvado o, por decirlo en clave teológica, la del arrodillado.
Consecuentemente, no es secundario que Dios„ al declararse ante Moisés diciendo Yo soy el que soy —o, siendo más estrictos, seré —, rehúya toda definición. Moisés responde al clamor de los oprimidos de Egipto en nombre de Dios, esto es, de nadie aún. De ahí que los nadie de este mundo sean el envés de Dios. Para Israel, la presencia de Dios —su hacerse presente— es indisociable de su por-venir o promesa de sí. Esto es, Dios en sí mismo —el Padre— está por realizar. Se trata del principio de la cristologia. Pues el Padre solo es tal en el Hijo. O por decirlo de otro modo, Dios solo puede realizarse como Dios en quien le es fiel hasta el final. Y esto significa “en quien permanece fiel a Dios donde este se revela, a través de su implacable silencio, como aún nadie”. La Palabra de Dios no es de Dios, sino del hombre de Dios. Un Dios sin cuerpo —y un cuerpo humano, demasiado humano— tiene pendiente, precisamente, su divinidad. Díficilmente, comprenderemos el alcance de la Encarnación donde no nos imaginemos a Dios diciendo yo soy ese que cuelga de una cruz.
Otro asunto es que muchos cristianos sigan creyendo religiosamente en un Dios que es al margen de la carne. Por no hablar de quienes, pretendiendo actualizar, honestamente, el mensaje cristiano renuncian al alguien, haciendo de Dios el trasunto de un océano o de una vibración que, se supone, da buen rollo. Pero, como decíamos, este es otro asunto.
Deja un comentario