posición y creencia

enero 26, 2026 § Deja un comentario

Tenemos las cosas. Hay, por tanto, cosas, mundo. En el haber del mundo, sin embargo, se manifiesta el haber. Este no es una mera abstracción del haber de las cosas, un concepto. Y no lo es —salvo para la conciencia ingénua— porque es lo primero o absoluto. Pero, por eso mismo, nunca se hace presente como tal. Aun así, desde nuestro lado, cabe vislumbrar lo absoluto de un puro haber allí donde se hunde el mundo —donde, de repente, todo deviene oscuridad y silencio. La muerte es el heraldo de lo absoluto.

SIn embargo, el hombre solo puede dar testimonio de lo absoluto en el último instante, cuando irrumpen simultáneamente el horror y la maravilla, la guerra como espectáculo. Esto es, cuando aparece el dios. El milagro siempre tuvo dos rostros: el que provoca nuestro asombro y nuestro temor. Ahora bien, el hombre no puede permanecer en el milagro. La adoración a la que nos empuja la revelación —una adoración que no excluye el espanto— tiene los días contados. En realidad, se trata del último instante.

De ahí, el sentimiento del arrancado. Existir supone un encontrarse más allá del estar. El todo nunca puede darse como todo para quien existe. En esto consiste su inquietud. Para el inquieto el todo es un no todo. ¿Un error de perspectiva? Quizá. O, al menos, una perspectiva. Ciertamente, para quien se comprende a sí mismo como formando parte o pertenenciendo a el sentimiento básico no es la del arrancado, sino el del paciente. Quien existe no vive. Quien vive no existe.

No obstante, la comprensión de sí no se decide desde el sí mismo. Viene dada por la posición. Así, los que no cuentan para el mundo —los in-mundos, los malditos— difícilmente podrán sentirse formando parte de. Y digo difícilmente porque, de no haber violencia, cabe, sin duda, la resignación espiritual —cabe la actitud oriental. Pero, de haber ruido y furia, el espíritu se revelará aullando. Como el padre que ve como el heraldo de Moloch degolla a sus hijos. El aullido —el clamor— es la invocación de los aplastados. Aunque terminen de rodillas.

Sin embargo, ninguna creencia —ninguna cosmovisión o expectativa— podrá consolarlos. En su lugar, un permanecer a la espera de lo imposible. Una fe. Todo se decide en el territorio de la carne.

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