amigo, amigo
febrero 8, 2026 § Deja un comentario
No creo que la intimidad le convega a Dios. Al menos, tal y como se entiende fácilmente hoy en día, esto es, en clave sentimental. Pues uno termina dirigiéndose a Dios como quien habla con su psiquiatra —o, lo que acaso sea aún más relevante, con un chatbot. De hecho, en el evangelio de Marcos, el momento de mayor intimidad es cuando el enviado cae de rodillas en Getsemaní, clamando a Dios por Dios. Y ahí la proximidad coloquial del Padre no es que se diera, precisamente, por descontada. Quien da por descontado a Dios —y más, cuando se lo imagina— aún está lejos de haber experimentado la realidad de Dios. Nada que ver, por tanto, con el amigo invisible de la infancia.
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