el final de la esperanza

marzo 1, 2026 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, la esperanza del creyente es muy elemental —muy a flor de piel: que alguien nos saque de esta prisión. O, frente a la muerte: seguir con vida unos días más —y se sobrentiende que saludable. Aquí no caben — literalmente: no encuentran su sitio— las acrobacias de la reflexión. Tampoco las invalida, sin embargo. Podríamos decir que la esperanza más corpórea es algo así como un chutar el balón hacia delante. ¿La portería? Ya se verá.

Sin embargo, ¿que diríamos si pudiéramos liberarnos de la prisión o seguir con vida simplemente porque sí —porque, simplemente, sucedió? Probablemente, no era eso lo que esperábamos. O no solo. La esperanza es, casi por defecto, mesiánica. El creyente espera un libertador que, además, proporcione un porqué definitivo. El Mesías siempre ocupó el lugar de Dios. Y lo ocupó porque —y esta es la intuición de fondo del mesianismo— Dios no procede, ni puede proceder, ex machina. Ahora bien, por eso mismo, el último porqué siempre será un porqué sí —porque Dios quiso. Y aquí deberíamos tener en cuenta, si pretendiéramos captar el alcance del amor de Dios, que no hay querer que no sea sacrificial.

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