dos metáforas
marzo 6, 2026 § Deja un comentario
O bien, vemos el océano que hay tras el muro —y lo vemos porque nos subimos a un árbol. O bien, estamos en un campo que es visto desde diferentes ópticas. Ambas metáforas determinan, cada una por su lado, una posición existencial. En el primer caso, se da por sentado que hay que elevarse para ver lo que el muro nos impide ver… y debe ser visto. Tradicionalmente, ese árbol fue la razón. En el segundo, sin embargo, no hay nada que ver… que no esté a la vista. Y, por eso mismo, solo caben las perspectivas, una de las cuales, aunque hoy en día dominante, es la de la ciencia. Espontáneamente, y pesar de Kant, creemos que no hay un en sí que trascienda las apariencias —y que las trascienda como lo que, siendo, en modo alguno puede aparecer como tal. O mejor dicho, cualquier ir más allá consiste en sustituir una apariencia por otra, se supone, más adecuada. Esse est percipi. La primera imagen rigió la Antigüedad. La segunda, los tiempos modernos.
Ahora bien, esto equivale a decir que la verdad no es la misma —ni podrá serlo. Y lo que esto significa es que la apologética cristiana no llegará a buen puerto si, de algún modo, no recupera la concepción más originaria de la verdad. Pues antes que adecuación, lo verdadero fue revelación. Y no hay revelación que no suponga, literalmente, un volver a velar. Así, el sujeto moderno entenderá el misterio como lo aún por descubrir, mientras que para el de las viejas épocas, el misterio que abraza el mundo fue lo, de por sí, irresoluble. No es lo mismo. Y no porque nos falte capacidad, sino porque el misterio que abraza el mundo es el de aquello que, por definición, no puede pertenecer a ningún mundo. Quizá fuese por esto que Rahner dijera que, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio.
Deja un comentario