matones en el aula

marzo 9, 2026 § Deja un comentario

En lo relativo al orden escolar, la pedagogía woke maneja un mantra: las faltas de disciplina deben resolverse, no mediante medidas disciplinarias, sino por medio de la conversación edificante. Así, a los malotes —los que vacían extintores, los que rompen el mobiliario escolar, los que insultan al profe en medio de clase, por no decir, quienes lo empujan o escupen, etcétera…— hemos de convencerles, amablemente, de que lo que han hecho está muy mal. Vale. SIn embargo, ¿qué suele suceder, sobre todo con adolescentes? Pues que, tras la charla acerca de, por ejemplo, el riesgo que supone vaciar extintores —y el costo—, al cabo de pocas horas más extintores vaciados.

Es verdad que el profe no ha de tomarse, por ejemplo, el insulto como un asunto personal. Pues, en ese caso, pierde. La autoridad se gana con sangre fría. O, mejor dicho, temple. Y, por eso mismo, el profe debería evitar descender al terreno del malote. La respuesta no tiene que ser una reacción. No obstante, el exceso de buenismo conduce directamente a la quema de los claustros. Pues la mayoría de quienes los integran son humanos. Y hay que tener las espaldas muy anchas para soportar día tras día el desprecio de los alumnos, su dimisión. ¿El efecto? Cada vez hay más maestros y profesores desmotivados. Y no porque ya no les atraiga la enseñanza, sino porque a nadie le atrae entrar —y a diario— en aulas amenazantes, aquellas en las que el profe es, literalmente, ninguneado. Aunque no solo: los alumnos que quieren aprender también salen perdiendo. Pues no hay modo de llevar la clase a buen puerto, donde los malotes llevan la voz cantante. Y la llevan porque el buenismo pedagógico no sabe pararles los pies.

Y no sabe cómo hacerlo porque su enfoque parte de un error de concepto… al entender un aula, en la que, fácilmente, pueden haber treinta y pico alumnos, es una comunidad. A menos que el grupo esté formado por pocos, la relación entre el profe y la clase es, de entrada, política. Y tiene que serlo para que la relación no termine siendo solo política. Esto significa que la primera cuestión que ha de resolverse es quién manda. Si los alumnos entienden a la primera que quien manda es el profe —y lo entenderán si este exhala por sí mismo la suficiente autoridad o, en su defecto, si esta le es transferida por la institución a través de líneas rojas que se hacen respetar—, entonces todo fluye. De lo contrario, el aula se convierte en una selva. El problema de la pedagogía woke es que detesta, casi visceralmente, cualquier forma de autoridad, al confundir autoridad con autoritarismo. Como si fuese posible una formación sin autoridad. En fin…

Ciertamente, tiene que haber conversación. Pero, en su momento, nunca antes de tiempo. Los malotes hacen lo que hacen no porque estén cargados de razones. Y, como dijo Nietzsche, lo que entra por la sinrazón, no saldrá por medio de la razón. Chaval, has cogido la pelota con las manos. Tienes que salir del campo. Luego hablamos.

Deja un comentario

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo matones en el aula en la modificación.

Meta