de la alteridad y el espectáculo
marzo 19, 2026 § Deja un comentario
La reflexión, como sabemos, exige una distancia teórica, literalmente, la posición del Dios. Sin embargo, desde esta posición, no accedemos a la verdad: simplemente vemos las cosas desde otra perspectiva. El espectáculo no es otro. De hecho, sustituímos una apariencia, por otra que, en principio, se nos muestra como más sofisticada —más profunda. Así, desde la atalaya, decimos: el color es una longitud de onda. O los humanos son como hormigas. En cualquier caso, ninguna alteridad se revelerá a quien sigue viendo cosas, aunque se haya ahorrado, como el dios, la implicación emocional. Pues ver es, en cualquier caso, ver algo como algo. Que veamos un tsunami como la manifestación de la ira de Poseidón o como un fenómeno meramente geológico, en el fondo, es lo de menos. Con la segunda manera de ver las cosas, ciertamente, ganamos en dominio. Pero no en profundidad. De hecho, quizá sea lo contrario.
Hay, sin embargo, otro tipo de reflexión, aquella cuyo distanciamiento es, de hecho, el resultado de un descentramiento, de una salida de quicio. La desgracia es, por lo común, el desencadenante. Únicamente bajo esta situación, aquella en la que seguimos dentro de la escena, se nos revela el verdadero rostro de la alteridad —o, por decirlo en abstracto, la alteridad en cuanto tal—, a saber, el de un nadie aún. Todo comienza a partir de este momento. Y lo que comienza es la historia como responsabilidad —literalmente, como un tener que responder.
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