¡crucifícalo!
abril 3, 2026 § Deja un comentario
A Jesús de Nazaret no le crucificaron por ser un paradigma de la bondad. Obvio. O debería serlo. Probablemente, el desencadenante fuese el ataque al Templo. La lectura naive habitual acentúa que los comerciantes habían convertido el Templo en una cueva de ladrones. Y en buena parte es así. Pero hay que entenderlo bien. Pues, Jesús y los suyos tuvieron que ser muy conscientes de que, sin comerciantes que facilitasen lo necesario, no era posible llevar a cabo las, en principio legítimas, actividades del Templo. Así, no hay que imaginar el Templo como una casa de oración ahogada por el merchandising. Como si fuera la Lourdes de hoy en día. O como si Jesús creyese que el culto del Templo era prescindible frente a una fe meramente interior. El Templo, como es sabido, estaba a cargo de los saduceos, los cuales habían terminado haciendo buenas migas con los romanos. Y estos no es que fuesen, precisamente, almas caritativas. Es como si los judíos pudientes que hubiesen sobrevivido a la Shoa, y para poder seguir con sus reuniones en la sinagoga , hubieran congeniado con un Tercer Reich que se hubiese alzado con la victoria. Evidentemente, cualquier superviviente que no perteneciese a la esfera dominante hubiese sentido, incluso desde el exilio, que esas reuniones eran una afrenta a Dios.
El cultivo de un cristianismo narcisista, centrado en la intimidad, donde tantos siguen viviendo y muriendo como perros, ¿acaso no constituye, también, un ultraje? Y aquí, probablemente, se nos diga que el cultivo de la interioridad lleva a la caridad. De acuerdo. Pero una caridad que no corte las amarras con el hogar —una que preserve su quicio— ¿puede aún considerarse cristiana? ¿O es que Jesús no fue un duro? Aun cuando se le removiesen las entrañas. O por eso mismo.
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