apuntes de última hora: Platón 2

mayo 12, 2026 § Deja un comentario

El hiato entre el mundo de la idea y el de las cosas —en definitiva, entre lo real en sí mismo y su realización, su hacerse presente en lo sensible— halla su envés en la escisión entre cuerpo y alma. Según Platón, el cuerpo es la cárcel del alma. Es decir, no somos alma y cuerpo, sino almas encerradas en cuerpos. ¿Qué significa esto? Al margen de las imágenes a las que recurre Platón, lo cierto es que, como sujetos conscientes de sí, estamos enfrentados a nuestro cuerpo. A diferencia de los chimpancés, los cuales son cuerpo, nosotros tenemos cuerpo. Por eso mismo, podemos tratar con nuestro cuerpo, esto es, arreglarlo, cuidarlo, dejarnos llevar por sus impulsos o, por el contrario, reprimirlos. El yo siempre difiere del cuerpo con el que, por otro lado, se identifica. De hecho, este diferir es la otra cara de la identidad. Pues que nos identifiquemos con un cuerpo —más aún: con un carácter o modo de ser— supone poder decir “yo soy ese cuerpo, ese carácter”. Por tanto, la división entre idea y cosa se reproduce, aunque con un acento particular, en la escisión que constituye la subjetividad, la que se establece entre el alma y su cuerpo.

Ahora bien, ¿por qué el cuerpo es un cárcel y no, simplemente, el cuerpo que siempre nos acompaña? El alma, según Platón, no es solo consciencia de sí, sino también, y quizá principalmente, anhelo de lo absoluto o verdadero. Así, el alma aspira a la belleza verdadera, la justicia verdadera, el amor verdadero… mientras que al cuerpo le basta con satisfacer su necesidad. El cuerpo no busca lo verdadero. Tiene suficiente con lo que le parece verdadero.

Con todo, el alma no es homogénea. A su vez se encuentra dividida en tres zonas: la apetitiva, la volitiva y la racional. Platón ilustra esta división tripartita por medio de la imagen del carro tirado por dos caballo alados: el negro —símbolo de la dimensión apetitiva— y el blanco. El auriga correspondería a la dimensión racional, la que orienta a las otras dos en la dirección, precisamente, de lo verdadero. La apetitiva sería la propia de las aspiraciones o impulsos más elementales, en tanto que es la parte que está en contacto directo con el cuerpo. La dimensión volitiva sería, por su lado, la aptitud para llevar a cabo nuestros propósitos… sean cuáles sean. De ahí la importancia de que la dimensión racional sepa distinguir entre aquellos que valen la pena —los que nos corresponden por naturaleza— y lo que no, esos que, alejándonos de lo que somos, nos acercan a la bestia.

En cualquier caso, el alma sería el territorio de las aspiraciones. Así, el cuerpo es la cárcel del alma porque las aspiraciones —los impulsos— de la dimensión apetitiva, los que encuentran contaminados de cuerpo, no coinciden, obviamente, con el anhelo de lo verdadero propio de la dimensión racional. Por ejemplo, en la relación entre hombre y mujer caben dos posibilidades. O bien, nos limitamos al aquí te pillo, aquí te mato, esto es, a la mera reacción animal. O bien, buscamos el encuentro con el otro —y en este sentido, el amor sería la convergencia de las almas. No es lo mismo. Donde nos dejamos llevar por lo primero, difícilmente se colmará el vaso. Pues como almas, no nos contentamos simplemente con el roce de los cuerpos. Los cuerpos no se encuentran: chocan. Tan solo las almas se encuentran. ¿Por qué, entonces, el cuerpo es una cárcel? Porque no es fácil vivir conforme a nuestra última aspiración, la que nos eleva hacia lo verdadero. De hecho, por lo común, solemos habitar en la confusión. Así, fácilmente creemos que ya hemos encontrado el amor donde simplemente hay la euforia de la novedad. De ahí lo decisivo de saber qué nos traemos entre manos —de qué se trata en cada caso. Ahora bien, lo cierto es que nada en el mundo logrará colmar nuestro anhelo por lo verdadero o definitivo. Al menos, porque todo en el mundo es mezcla —impuro, diría Platón—: la luz siempre viene con las sombras, la virtud, con la tara, el amor, con las semillas del odio…

De lo que se trata, por tanto, no es de prescindir de los caballos —pues sin caballos, el carro no tira— sino que los caballos no vayan a su bola. Se trata de llevar las riendas, en definitiva, del dominio de sí y, por extensión, del socrático cuidado del alma. O por decirlo de otro modo, de ser fiel a uno mismo, a lo que en verdad somos. Del mismo modo que cuidamos de nuestro cuerpo para no perder la salud, también debemos procurar la salud del alma. Y esta se alimenta de la inquietud por lo verdadero, por lo que en verdad tiene lugar en lo que simplemente pasa. Al fin y al cabo, está en juego nuestra libertad. Pues la genuina libertad no consiste en un hacer lo que nos dé la gana —pues, donde nos dejamos llevar por lo que nos apetece, somos reos de nuestros impulsos más elementales—, sino en un estar por encima de los que nos sucede y no importa. Esto es, de vivir conforme a lo que verdadero —a lo que merece ser perseguido. Y para ello hace falta lucidez —mucha lucidez— para, precisamente, saber dinstinguir entre lo que nos parece valioso y aquello que realmente vale la pena perseguir. No en vano la felicidad es un saber vivir —y por eso mismo, un saber. Es cierto que todos llevamos un mono dentro. Pero no somos ese mono, sino algo más. Ningún mono puede decir que lleva un mono dentro de sí. Y quizá fuese por esto mismo que Platón estuviese convencido de que, como almas, no pertenecemos a este mundo. Como si, en el fondo, el anhelo de lo verdadero expresase la voluntad de regresar al mundo del que fuimos arrancados.

hacer daño en nombre del bien

mayo 12, 2026 § Deja un comentario

De habitar un mundo en donde no hubiese ni rastro violencia —en donde todo fuese fraternidad—, nuestra obligación moral ¿acaso no sería provocar un cierto daño para que el Bien, precisamente, se realizase? Un mundo feliz es, sencillamente, irreal. No digo que nos pareciese irreal, sino que lo sería. Sencillamente, no es posible. Y si no puede ser, entonces debe ser otra cosa. Donde todo fuese luz, no habría luz. La luz se realiza a través de la oscuridad. Y viceversa. Así, lo que debe ser —el Bien— es que lo que debe ser no pueda serlo por entero. Esto es, lo que ya hay.

De ahí que la cuestión sea qué pesa más. O mejor dicho, que debería pesar más. En un primer momento, nos sentimos inclinados a responder en la dirección del Bien. Pues si podemos decir que nada bueno termina de darse por entero es porque lo buenodebería darse por entero. Estricta lógica. Sin embargo, también podríamos decir lo mismo del mal: incluso el horror no es absoluto. En medio del espanto, aún tiene cabida un gesto de bondad. Consecuentemente, ningún mal acaba de ser el Mal —y por eso mismo, el Mal debería darse, igualmente, por entero. El combate entre las fuerzas del Bien y las del Mal es eterno. La espiritualidad, en el fondo, no puede prescindir de lo político. O dicho en nietzscheano, de la voluntad de poder. Donde olvidamos esto último, la esperanza se desliza fácilmente por la pendiente del narcisismo. Aunque sea con la excusa de los buenos sentimientos.

Otro asunto es que creamos que el mal es un error de perspectiva, como lo creyeron los griegos más sofisticados. Pero aquí quizá regaron fuera de tiesto. Pues aun cuando esto pueda ser cierto para cada uno de nosotros, no lo es para el ser. En este caso, el error es inevitable. Puede que el horror repose sobre la banalidad. Pero, no obstante, el horror sigue siendo el horror.

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