hacer daño en nombre del bien
mayo 12, 2026 § Deja un comentario
De habitar un mundo en donde no hubiese ni rastro violencia —en donde todo fuese fraternidad—, nuestra obligación moral ¿acaso no sería provocar un cierto daño para que el Bien, precisamente, se realizase? Un mundo feliz es, sencillamente, irreal. No digo que nos pareciese irreal, sino que lo sería. Sencillamente, no es posible. Y si no puede ser, entonces debe ser otra cosa. Donde todo fuese luz, no habría luz. La luz se realiza a través de la oscuridad. Y viceversa. Así, lo que debe ser —el Bien— es que lo que debe ser no pueda serlo por entero. Esto es, lo que ya hay.
De ahí que la cuestión sea qué pesa más. O mejor dicho, que debería pesar más. En un primer momento, nos sentimos inclinados a responder en la dirección del Bien. Pues si podemos decir que nada bueno termina de darse por entero es porque lo buenodebería darse por entero. Estricta lógica. Sin embargo, también podríamos decir lo mismo del mal: incluso el horror no es absoluto. En medio del espanto, aún tiene cabida un gesto de bondad. Consecuentemente, ningún mal acaba de ser el Mal —y por eso mismo, el Mal debería darse, igualmente, por entero. El combate entre las fuerzas del Bien y las del Mal es eterno. La espiritualidad, en el fondo, no puede prescindir de lo político. O dicho en nietzscheano, de la voluntad de poder. Donde olvidamos esto último, la esperanza se desliza fácilmente por la pendiente del narcisismo. Aunque sea con la excusa de los buenos sentimientos.
Otro asunto es que creamos que el mal es un error de perspectiva, como lo creyeron los griegos más sofisticados. Pero aquí quizá regaron fuera de tiesto. Pues aun cuando esto pueda ser cierto para cada uno de nosotros, no lo es para el ser. En este caso, el error es inevitable. Puede que el horror repose sobre la banalidad. Pero, no obstante, el horror sigue siendo el horror.
Deja un comentario