apuntes de última hora: Hume 3
mayo 28, 2026 § Deja un comentario
Con la idea de causa, nos referimos, por defecto, a la existencia de una conexión necesaria entre dos hechos. Así, entendemos que, siendo A causa de B, dándose A tiene que darse B. Pues bien, según Hume, no hay una impresión de este tiene que. Si la hubiera, entonces la primera vez que viéramos, por ejemplo, un arco iris sabríamos que es porque ha salido el Sol mientras continuaba lloviendo. Y es obvio que eso, precisamente, no lo sabemos de buen comienzo. Inicialmente, lo único que podemos decir es que después de la salida del Sol ha aparecido el arco iris. Podría tratarse perfectamente de una casualidad. La cuestión es cómo llegamos a hacernos una idea, literalmente, de que entre un hecho y otro hay una relación causal. Esto es, cómo nuestra mente construye la idea de una conexión necesaria entre la causa y su efecto. La tesis de Hume es que solo por hábito o costumbre. Es decir, por reiteración. Así, tras haber visto el mismo fenómeno repetidas veces llegamos a la conclusión —indebida o ilegítima, según Hume— de que no se trata de una casualidad: de que en el futuro seguirá siendo así… porque suponemos que tiene que haber una conexión necesaria entre ambos hechos. Dicho de otro modo, al decir que la lluvia y el Sol, de darse conjuntamente, son la causa del arco iris creemos de que dándose lo primero tiene que darse lo segundo. Pero como hemos dicho, no hay una impresión que valide este tiene que. Se trata de una creencia —de una suposición— a la que la mente llega por inducción. E inducir es generalizar a partir de constatación de una serie, por defecto limitada, de hechos semejantes. El siempre del siempre será como ha sido hasta ahora es, por consiguiente, el resultado de una generalización. Y al generalizar, la mente va más allá de la experiencia, de lo constatable empíricamente. La inducción —la generalización— supone, en cualquier caso, un pasarse de rosca. Pues nada en la experiencia nos garantiza que en el futuro una determinada sucesión temporal entre hechos seguirá dándose como hasta el momento —que el próximo cisne que veamos siga siendo blanco. No hay ninguna impresión del siempre será así que nos certifique que la próxima vez que golpeemos la bola de billar con el taco —este, de hecho, es el ejemplo de Hume—, la bola se desplazará. Es lo que suponemos. Pero la pregunta es si hay algo en la experiencia que nos permita asegurarlo sin ningún atisbo de duda. Y lo que sostiene Hume es que no: que únicamente se trata de una mera creencia, no de un saber, en el sentido fuerte de la expresión.
Llegados a este punto, alguien podría objetar que la conexión necesaria entre la lluvia y el Sol, por una parte, y el arco iris por otra se halla garantizada por la ley de la reflexión y refracción de la luz blanca. Que el vínculo entre lo primero y lo segundo es un caso particular de una ley universal. Pero Hume respondería fácilmente diciendo que dicha ley no es más que una abstracción —una generalización empírica—. No habríamos llegado a esa ley de no haber observado antes aquellos fenómenos a los que se aplica. En cualquier caso, como decíamos antes, no podemos asegurar, sobre la base de la experiencia —la única posible para el conocimiento— que haya causas. A lo sumo, damos por supuesto que las hay. O por decirlo de otro modo, nada en la experiencia que nos asegure que las leyes sean necesarias o eternas. Perfectamente, podrían ser contingentes, esto es, podrían dejar de valer como tales. Así, nada en la experiencia garantiza que la manzanas, pongamos por caso, sigan cayéndose de los árboles una vez han alcanzado su punto de madurez. De hecho, nos limitamos a suponer que seguirá siendo así… porque hasta el momento ha sido así. Como avanzábamos en el primer párrafo, un empirismo consecuente, tarde o temprano, acaba abrazando las tesis del escepticismo. Y como sabemos, para el escéptico no cabe rebasar el horizonte de la conjetura, de la suposición, de lo hipotético. O lo que es lo mismo, siempre es posible poner en duda aquello que, ingénuamente, damos por cierto.
apuntes de última hora: Hume 2
mayo 28, 2026 § Deja un comentario
Epistemología significa, literalmente, teoría del conocimiento. Esto es, la pregunta de la epistemología no es en qué consiste la naturaleza de lo real —de qué hablamos cuando hablamos de lo que es—, sino cómo llegamos al conocimiento de lo real, esto es, a través de qué criterio o método llegamos a garantizar, si es que esto es posible, la verdad de lo que afirmamos sobre el mundo. La filosofía moderna que inaugura Descartes presupone que no cabe responder a la pregunta de la metafísica —la que se interroga, precisamente, por el ser en cuanto tal— si antes no podemos saber hasta qué punto será cierto lo que podamos decir al respecto. Esto es, antes de mondar una patata para ver qué hay bajo su piel, deberíamos asegurarnos de que el mondador será capaz de, precisamente, quitar esa piel.
Racionalistas y empiristas ofrecen soluciones opuestas al problema del conocimiento. Así, para los primeros, solo la razón es fuente de certeza o saber. O dicho de otro modo, únicamente la descripción matemática del mundo es verdadera. Un color es una longitud de onda. Cuanto cabe decir al respecto desde el lado de la sensibilidad es, sencillamente, incierto. En cambio, para los segundos, puesto que el concepto fundamental de la matemática —a saber, la idea de unidad— es el resultado, como veremos, de aquella operación mental que integra impresiones de diferente orden o registro, solo puede haber conocimiento en relación con la experiencia. Ahora bien, como veremos, la consecuencia de desestimar la razón lógico-matemática como fuente de certeza —la lógica es vacía, dirá Hume, pues no nos dice nada acerca del mundo— conducirá al empirismo hacia el territorio del escepticismo.
Hume, en concreto, se preguntará si hay impresiones que validen —que nos permitan justificar como verdaderas— las ideas de sustancia, causa y yo. Pues solo podríamos decir con seguridad que hay sustancias (cosas), causas o un yo si las ideas correspondientes arraigaran en la sensación. Para Hume, como para cualquier empirista, no hay algo así como ideas innatas, aquellas sobre las que, según los racionalistas, descansa el ejercicio de la razón y que proporcionan un saber a priori sobre el mundo. Desde la óptica del racionalismo, las ideas de, por ejemplo, unidad e igualdad serían innatas, ideas que, en el fondo, se hallan inscritas en el simple decir algo de algo. Si podemos referirnos a algo (a una cosa) o reconocer la igualdad entre dos cosas iguales es porque, desde la óptica del racionalismo, disponemos de entrada —es decir, a priori— de las ideas de unidad e igualdad. La justificación de esta tesis fundamental del empirismo —a saber, que no hay ideas innatas— es que, de haberlas, los niños no necesitarían, pongamos por caso, aprender a contar.
NB: Este argumento es, sin embargo, débil. Pues, si podemos aprender idiomas es porque estos reposan sobre una gramática universal. Que esta gramática se active con la experiencia no quita que esté anclada, como quien dice, en nuestra estructura cerebral como si fuera el molde en el que deben encajar la pasta de los diferentes idiomas para que puedan servir, precisamente, como lengua.
Desde el punto de vista del empirismo, las ideas que el racionalismo considera innatas son, más bien, el resultado de una operación que la mente realiza sobre la base de las impresiones o datos sensibles… y de la que no somos conscientes (y por eso mismo, su resultado nos parece innato). Todos los contenidos de nuestra mente —las ideas— proceden de la experiencia. Así, dichos contenidos o bien son ideas simples (impresiones), o bien constructos mentales elaborados a partir de ideas simples. La mente es como una hoja en blanco o una tablilla de cera, en donde van quedando grabadas las huellas del mundo exterior, esto es, las impresiones. Los enunciados de la razón, en su uso estrictamente lógico, solo expresan relaciones entre conceptos o ideas. Su formulación es siempre condicional: si tal o cual concepto o enunciado es verdadero, entonces se sigue necesariamente la verdad de tal o cual concepto o enunciado. Por eso mismo, los enunciados de la razón-lógica no dicen nada sobre el mundo, esto es, no lo describen. En su uso estrictamente lógico y contra lo que defendieron los racionalistas, los enunciados de la lógica tan solo revelan los principios —las leyes o normas— conforme a los cuales pensamos. No obstante, si Hume se pregunta por las impresiones que validarían respectivamente las ideas de sustancia, causa y yo es porque estas ideas se encuentran presentes en cualquier posible saber. Pues no hay saber que no responda a las preguntas sobre el qué (de ahí la idea de sustancia) y el porqué (y de ahí, la idea de causa). Además, en tanto que el saber no consiste propiamente en decir la verdad, sino en haber asegurado conscientemente la verdad de lo que decimos acerca de cuanto nos rodea. Conviene recordar que la certeza, la imposibilidad absoluta de dudar, es la marca del conocimiento. De ahí que todo saber sea siempre el saber de un alguien, un sujeto, un yo.