up&down
febrero 14, 2025 § Deja un comentario
La pregunta acerca de cómo vivir se presta a malentendidos. Como si hubiera una receta. Es verdad que siempre hay algo qué decir al respecto. Pues hay mucha sabiduría acumulada. Así, por ejemplo, podemos decir que debemos reducir nuestras necesidades, para no depender de ellas. O que la vida no vale la pena si no se ama lo que se hace. Y eso está bien.
Sin embargo, perderíamos de vista el alcance de la pregunta si nos limitásemos a entenderla como si su horizonte fuese el estar continuamente bien con uno mismo. O como si nos interrogásemos acerca de qué ruta seguir para llegar a buen puerto. Pues en ningún buen puerto, de haberlo, se puede permanecer. Sea en forma de vacío o bajo el aspecto de la desgracia, tarde o temprano irrumpirá el No —el desmentido, la nada en medio, el naufragio.
De ahí que la pregunta decisiva no sea cómo vivir, sino cómo seguir con vida tras morir en vida. Y aquí me atrevería a decir que la respuesta no saldrá de uno mismo. Pues sería como si, a la manera del barón, intentásemos salir del mar tirando de los propios cabellos.
para despertar del sueño dogmático: una de Hume
febrero 13, 2025 § Deja un comentario
Ni el bien, ni el mal están presentes en cuanto nos rodea. Es decir, no hay hechos que sean buenos o malos, desde una óptica moral, sino en cualquier caso sucesos, acciones, gestos… que nos parecen buenos o malos. Una inteligencia extraterrestre que no pudiera identificarse con nuestra especie vería nuestras guerras como un mirmecólogo observa el combate entre las hormigas rojas y las negras: cuestión de supervivencia. Que el lobo se coma a la oveja no es algo injusto de por sí… aun cuando la escena pudiera resultarnos desagradable. Como tampoco es injusto que la oveja se alimente de hierba. Es lo que hay, sin más. De hecho, la vida avanza devorándose a sí misma. Y tiene que seguir siendo así… para que, precisamente, continue habiendo vida.
Es verdad que, de manera espontánea, condenamos el asesinato del inocente. Pero solo porque emocionalmente nos perturba. Y nos perturba porque, en el fondo, nos identificamos con la víctima. Ahora bien, de lo anterior se desprende que las distinciones morales no obedecen a razones que se impongan universalmente. En realidad, los motivos de dichas distinciones no andan tan lejos de aquellos por los que nos sentimos inclinados hacia lo que nos gusta o repudiamos lo que nos disgusta. Así, condenar el crimen sería, en definitiva, como hacerle ascos a una paella saturada de kétchup. Al fin y al cabo, la diferencia entre censurar el crimen y rechazar la paella con kétchup sería una diferencia de grado o intensidad, en modo alguno de naturaleza.
el ego de Kant —o vámonos arriba
febrero 12, 2025 § Deja un comentario
Según Kant, la raíz del imperativo moral —el hacer lo debido con el único interés de hacer lo debido— es el sentimiento de respeto. Pues, al fin y al cabo, hacer lo debido por puro sentido del deber equivale a un por ti. Que el otro no sirva como medio de nuestros intereses particulares. El otro es, sencillamente, un fin en sí mismo.
Sin embargo, a pesar de la palabra elegida —sentimiento— no estamos ante una asunto sentimental. Aquí el temor o la admiración no juegan ningún papel. De hecho, Kant apunta a una especie de oxímoron, es decir, a un sentimiento racional. ¿Cómo puede ser racional un sentimiento? ¿Acaso la razón no se ejerce fríamente?
La expresión se aclara, no obstante, si tenemos en cuenta que respeto significa, estrictamente, preservar la distancia de la alteridad. Así, lo que viene a decirnos Kant es que, si lo pensamos bien, esta distancia es infranqueable. Y digo si lo pensamos bien porque el reconocimiento del carácter otro de aquellos con quienes tratamos únicamente es accesible a la razón. Quiero decir que, dicho carácter, solo puede ser pensado. Pues la realidad del yo es la de un continuo diferir de sí mismo —en concreto, del cuerpo, el carácter… con el que se identifica. Y por esta razón el yo siempre se encontrará más allá de sí mismo. Por eso decimos que el yo es invisible… y, por extensión, intratable. En cualquier caso, trataremos con su cuerpo, pero nunca con el yo como tal —el yo que hay detrás. De hecho, en sí mismo, el yo no es nadie sin su cuerpo y, en definitiva, sin su modo de ser o carácter. Pero llega a ser real en el momento —un momento, de hecho, avergonzante— en el que la conciencia se enfrenta al propio cuerpo… como si fuera el de otro (y por eso mismo el cuerpo deviene propio). Hay yo porque, al fin y al cabo, el cuerpo es problemático. No hay cuerpo humano sin tara. Por eso, los chimpancés no tienen cuerpo. Son cuerpo.
Pues bien, si hemos entendido lo anterior, habremos entendido que debemos respetar al otro… porque no podemos hacer otra cosa que respetarlo. Y es que el yo en cuanto tal es un inútil. En tanto que siempre se encuentra, como tal, más allá de su corporalidad, no es posible utilizarlo. Y no porque sea, precisamente, una cosa que permanezca oculta tras el ropaje de la personalidad. En sí mismo —esto es, al margen de su relación con el cuerpo o el carácter con el que se identifica—, no es nadie. O mejor dicho, es no siendo nadie en sí. Es un continuo diferir de sí mismo. Así, el yo se dice a sí mismo: soy el no ser por entero lo que soy. De hecho, en esto consiste su profundidad —su densidad.
Con todo, aquí podríamos preguntarnos cómo es posible que debamos respetar al otro… si no cabe otra opción —si no podemos hacer otra cosa que respetarlo. Ciertamente, decimos que debemos, pongamos por caso, compadecernos del que sufre. Pero al decirlo damos por sentado que podemos no hacerlo. No es este, sin embargo, el sentido de la palabra deber cuando nos decimos que debemos respetar al otro. Aquí, ciertamente, no podemos no hacerlo. El otro —conviene insistir en ello— es un inútil. Pero no podemos no hacerlo… porque el deber de respetarlo va con su yo. Serían como las dos caras de una misma moneda. Al igual que con el agua va el que sacie nuestra sed. Ahora bien, si en ningún caso podemos hacer otra cosa, ¿por qué hablamos de un deber moral?
La respuesta es porque, precisamente, el yo en cuanto tal no es nadie. No solo somos yo, sino un yo con cuerpo. Sin cuerpo no hay yo. Así, por un lado —el lado racional— sabemos que la distancia que nos separa del otro yo es infranqueable —y que, por eso mismo, no podemos hacer otra cosa que mantenernos a distancia, es decir, respetarlo. Pero, en tanto que también tenemos un cuerpo, estamos condicionados —enormemente condicionados— por sus inclinaciones. El cuerpo, por decirlo en breve, va a su bola. Y los cuerpos siempre se servirán de otros cuerpos para satisfacer sus necesidades. Los cuerpos solo saben de cuerpos. Tan solo un cuerpo puede satisfacer otro cuerpo. Traducción: porque también somos cuerpo podemos tratar al otro como si solo fuera un cuerpo. Tan solo hace falta que nos dejemos llevar. Ahora bien, cuando nos dejamos llevar por el cuerpo —cuando tratamos al otro como un medio y no como un fin en sí mismo— no estamos a la altura, como quien dice, de lo que el otro exige por lo que es. Es como si no tuviéramos en cuenta lo que debemos —o deberíamos— tener en cuenta. De ahí el carácter racional del sentimiento de respeto.
Neptuno
febrero 12, 2025 § Deja un comentario
La espiritualidad apunta por definición a lo profundo de la existencia. Hay, por tanto, dos planos: el de la superficie y el abisal. En la superficie todo es inercia, mapa mental, reacción, sombras. Esclavitud. El trayecto hacia la profundidad —toda elevación— comienza con un desmentido, una objeción a la totalidad, en definitiva, con una caída del caballo.
La cuestión es qué hallamos en lo profundo. Muchos, hoy en día, creen que algo así como una energía nutricia o incluso un océano. Pero de ser así se trataría de un saber —de una gnosis—, aunque hipotético. En cambio, los tiros de la tradición cristiana apuntan en otra dirección. Pues lo más profundo no es la afirmación sorprendente, la iluminación, sino la interrogación, aquella que nos mantiene en suspenso y aguardando: qué vida pueden esperar quienes no pudieron seguir con vida debido a nuestra impiedad. En el primer caso, la respuesta pasa por un aprendizaje. En el segundo, por un clamar en el desierto. En el primero, la solución es la sustancia. En el segundo, lo imposible. No da la impresión de que se trate de lo mismo.
extremos
febrero 11, 2025 § Deja un comentario
Una situación extrema es una situación final, esto es, aquella en la que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Es decir, sin ambigüedad. Pues, en principio, todo cuanto nos traemos cotidianamente entre manos es mezcla —y no terminamos de saber cuál es la debida proporción. Por ejemplo, no hay amor sin celos. Quien pretenda un amor en el que no haya rastro de posesión lo que no obtendrá será, precisamente, amor. Y por eso mismo —porque todo es mezcla— nunca terminamos de saber hasta qué punto el amor es en verdad amor. O mejor dicho, hasta qué punto pesa más el amor que su contrario. Estrictamente, eso está por ver. De ahí lo que decíamos sobre las situaciones extremas o finales.
Sin embargo, ¿acaso no sería preferible que la ambigüedad no se resolviese? Y no solo porque las situaciones finales sean, de hecho, insufribles, sino porque el amor, de resolverse como solo amor, dejaría de hacerse presente como tal. Nada es que no incorpore unas dosis de su contrario.
Ahora bien, esta objeción únicamente puede plantearse sobre el papel. Pues presupone que la resolución se limitaría a constatar la sustitución de un amor impuro por uno sin tara. Pero nadie dijo que el sí o el no se nos impusiera de este modo. Más bien lo que sucede es que el amor se sobrepone a aquello que lo niega. Es decir, que se sale con la suya —que gana o vence. Propiamente, estaríamos ante una superación de la ambigüedad… en el sentido hegeliano de la expresión, a saber, aquella que conserva en su seno lo superado. Por eso, tampoco cabe comprender el momento decisivo o final al margen de la historia que hay detrás.
¿experiencia de Dios?
febrero 10, 2025 § 1 comentario
Según la proclamación cristiana, el crucificado es el modo de ser de Dios, no un caso particular de la esencia divina. Y no porque Dios se disfrazase de galileo, sino —y por decirlo en clave trinitaria— porque el Padre aún no es nadie sin el Hijo. No da la impresión, por tanto, que sea posible una experiencia en bruto de Dios que no sea la de un vacío terminal. Cristianamente, esta sería inseparable de haber topado con la de quien soporta sobre sus espaldas el peso de la nada de Dios. O por decirlo de otro modo, la experiencia cristiana de Dios pasa por el seguimiento de quien la tuvo por nosotros antes que nosotros. Y un seguimiento que ya sabemos en qué cima termina.
cambiar de mundo
febrero 8, 2025 § Deja un comentario
Volverse pequeño hasta lograr las dimensiones del microbio no equivale simplemente a cambiar de paisaje. El árbol, los mares, la ciudades… se vuelven inaccesibles. Como si no fueran. Así, habrían tantos mundos como medidas humanas pudieran haber. Nada se le aparece al microbio. El mundo microbiano no es un mundo para el microbio. En realidad, el microbio forma parte de ese mundo… que solo se revela a quien se enfrenta a una exterioridad, esto es, al consciente de sí, y por extensión, de un afuera.
Teniendo en cuenta lo anterior, ¿qué sería Dios? Obviamente, nada que posea la entidad de lo que pertenece a un mundo, sea cual sea. Decir Dios es decir el misterio de Dios. Y no porque Dios sea algo misterioso. O por decirlo a la manera de Jüngel, Dios es el misterio de los mundos.
Ahora bien, no hay misterio sin pregunta. Y aquí la pregunta apunta al sentido de la existencia, sobre todo si esta lleva consigo las heridas de la impiedad. ¿Qué esperar? Sin embargo, la existencia ¿acaso no supone permanecer en la pregunta? ¿Existiríamos de no haber sido arrancados, precisamente, de Dios? ¿Pueden, por eso mismo, existir los ángeles?
Quizá no sea secundario que Israel concibiera la redención como un nuevo comienzo —como recreación. Pues los cielos puede que sean para los ángeles. O las bestias. Pero no, para nosotros.
veo, veo —qué es
febrero 7, 2025 § Deja un comentario
La pregunta —qué es, al fin y al cabo, lo que se nos muestra de un modo u otro— no tiene fácil respuesta. Por ejemplo, veo un árbol —y espontáneamente digo que es un árbol. No obstante, si fuera empequeñeciéndome hasta llegar al tamaño de un microbio, es un decir, el árbol desaparecería. En su lugar, otro mundo.
Al final, hay diferentes mundos. Pero una sola exterioridad —un único ahí. El problema es que ese ahí, como tal, no es nada. O mejor, es no siendo nada. Es posible que el asunto Dios, de pensarlo, comience con esta distinción. Al menos, si queremos ir más allá de lo que nos parece. Y diría que deberíamos ir más allá si no queremos que la paradójica realidad de Dios se reduzca a nuestra ilusión. O necesidad.
centro comercial
febrero 6, 2025 § Deja un comentario
Estar en el centro —creerse el centro— significa que el resto es entorno. Más que narcisismo, ingenuidad. En definitiva, un error existencial. Por eso mismo, elevarse supone un descentramiento: el centro es otro, lo desmedido o extraño. Y este es el verdadero comienzo. Toda revelación es trauma, humillación. No eres nadie. Ahora ya comprendes qué supone haber sido creado a imagen y semejanza.
puro mal
febrero 5, 2025 § Deja un comentario
Al margen del sadismo, el origen del mal fue siempre un mayor bien. Esta es una de las lecciones de la historia. Al fin y al cabo, la lógica sacrificial sigue estando vigente, aunque en lugar de las primicias, las inmundicias. En vez del altar, las fosas comunes. Es lo que tiene que ya no dispongamos de ningún dios a quien agradar. En cualquier caso, el precio de los mil años de paz continua siendo la inmolación. El odio, el asco, la higiene… apuntan a la rata, al gusano, la cucaracha. Basta con que veamos a quienes acusamos de nuestra desgracia como ratas para que volvamos a abrir la espita del gas. Pues la visión es poderosa. La violencia es animal. El mal, solo humano. Pues únicamente los humanos son capaces de simbolizar.
sobre la creencia y su verdad
febrero 4, 2025 § Deja un comentario
No hay camino de vuelta, una vez alcanzamos la boca de la caverna. Instalados en el mapa mental, preferimos no hacernos demasiadas preguntas. Así, dice el creyente, por ejemplo, que los hijos le han sido dados por Dios. Y aquí se imagina a Dios como un padre espectral. Esta imagen concentra, a su modo, una verdad. Pues es verdad que los hijos nos han sido dados desde el horizonte de la nada. O si se prefiere, del misterio que abraza cuanto es. Ahora bien, la concentra para que podamos vivir conforme a ella. Como los niños, que se sienten seguros en su mundo virtual. Y es que no es fácil seguir con vida habiendo visto a Dios cara a cara, esto es, tras haber incorporado la verdad más desnuda, aquella que se revela en los Gólgotas de la historia. De la creencia a la fe: este es el trayecto. El resto es inercia, casillas, el juego de la Oca. Aun cuando sea una inercia de misa diaria.
hybris
febrero 3, 2025 § Deja un comentario
Quizá la vida más inercial sea, al fin y al cabo, preferible a la de quien alimenta nuestra secreta inquietud por la verdad. Llenar el vacío con las ocupaciones. Mejor dicho: con una continuada distracción. Pues, de parar, fácilmente nos daremos cuenta de que el suelo bajo nuestros pies es, en realidad, un alambre.
Decía Pascal que nuestros males comienzan donde somos incapaces de permanecer a solas en una habitación. Posiblemente. Sin embargo, cuando surge el desasosiego por lo que en verdad acontece en medio de lo que pasa —y este exige soledad, mucha soledad— no vuelve a crecer la hierba. Y es que la segunda ingenuidad, de haberla, tiene las manos vacías.
No en vano, Platón dijo que el amor a la verdad nos sitúa cerca de los dioses. Pero, a la vez, también fue muy consciente de que la verdad no es para nosotros. Al menos, mientras sigamos en este mundo.
no me asusta
febrero 2, 2025 § Deja un comentario
No me asusta tanto mi muerte —o eso me atrevería a decir ahora— como la posibilidad de que mueran mis hijas antes de tiempo. Quizá cuando tenga que morir, el estremecimiento ocupe todo el espacio. Pero eso sería anecdótico. Quiero decir que probablemente sea más sólido el temor de ahora que el espasmo final. Lo primero es aún humano —demasiado humano, quizá. Lo último, de darse así, sería más bien simiesco.
empirismo, racionalismo… y Platón
febrero 1, 2025 § Deja un comentario
El contraste entre la filosofía griega y la moderna tiene que ver con la cuestión que se plantea en torno a la noción de realidad, a saber, si esta se identifica con la mera exterioridad o con el mundo, en definitiva, si tan solo lo absoluto es real —y lo absoluto es sin darse como tal— o si no hay más realidad que la del mundo… tal y como aparece, sea a la sensibilidad o a la razón.
El lema de Berkeley esse est percipi es un buen punto de partida para ver por dónde van los tiros del pensamiento moderno. Pues lo que sostiene Berkeley es que no podemos asegurar que haya un mundo en sí que esté por debajo o más allá de nuestras representaciones del mundo. Estas representaciones, las cuales son el resultado del trabajo que realiza nuestra mente con las impresiones recibidas, son, efectivamente, del mundo. Ahora bien, esto es así únicamente porque lo que hay es el resultado de operaciones mentales, las cuáles suceden espontáneamente. Si nuestra mente funcionase de otro modo, no es que el mundo nos pareciese distinto —esto es lo que daría por sentado el sentido común—, sino que sería distinto, es decir, otro mundo. Toda idea que no sea simple —toda idea que no sea una impresión— es, en definitiva, un constructo mental —y, por eso mismo, un supuesto de la mente, algo puesto por ella. Que ciertas ideas nos parezcan innatas —como, por ejemplo, la idea de sustancia o la de unidad— tiene que ver con el hecho de que no somos conscientes del proceso de construcción.
Sin embargo, el empirismo no puede negar la exterioridad como tal. Pues somos pasivos con respecto a las impresiones. O dicho de otro modo: estas son recibidas o dadas y, por eso mismo, podemos decir que vienen de afuera. Ahora bien, esa exterioridad no es el en sí del mundo —no es el mundo como tal. No hay otro mundo —otra “realidad”— que la construida por nuestra mente. La pura exterioridad no es nada en particular. Y por eso mismo, nada.
En cambio, según el racionalismo, los enunciados de la matemática describen adecuadamente el en sí del mundo. La sensibilidad sigue siendo incierta. Es decir, con el ver y el tocar no es posible trascender el horizonte de lo que nos parece, en definitiva, la perspectiva. Un color es una longitud de onda… al margen de cómo llegamos a percibirlo. En este sentido, el racionalismo legitima la cosmovisión científica, aquella según la cual —y por emplear las palabras de Galileo— Dios escribe en el libro de la naturaleza con el lenguaje de la matemática. La sospecha escéptica no afectaría a la razón como fuente del saber o criterio de certeza… porque, aunque en un momento dado pongamos en suspenso la pretensión de verdad de los enunciados de la matemática, la razón, simplemente sometida a las normas que constituyen su validez, es capaz de alcanzar la exterioridad —esto es, de demostrar que hay un afuera, un más allá de las representaciones mentales, aquel al que estas representaciones, precisamente, apuntan.
Veamos como procede la demostración. En principio, podría suceder que en el afuera “el gato estuviera vivo y muerto” —y que, siendo lo anterior inconcebible, y por eso mismo, siendo imposible, la razón fuese incapaz de garantizar hasta el final su pretensión de dar en el clavo de lo verdadero… entendiendo por verdad la adecuación entre lo pensado o dicho y los hechos del mundo. No obstante, si solo puedo estar seguro de mi existencia mientras pienso, entonces necesariamente hay un más allá del limite que supone dicho mientras, aunque ignore en qué consiste. El cogito y la exterioridad serían las dos caras de una misma moneda.
Sin embargo, que la exterioridad sea la propia de un mundo —y en concreto, del mundo que corresponde a una descripción matemática del mundo— es lo que aún faltaría por demostrar. Descartes solo pudo demostrarlo recurriendo a la bondad de Dios. Pero este argumento es, de hecho, un ejercicio de retórica. Pues cojea de algunos pies. Por ejemplo, no resulta evidente que la bondad de Dios quedase en suspenso si este hubiese querido limitar el alcance de la razón. La pregunta es, por tanto, ¿qué hay detrás de dicha retórica? ¿Cómo pasar de la exterioridad —de un puro afuera— al mundo sin apelar a un Dios que dejaría atrás su perfección si quisiera engañarnos?
Este paso, me atrevería a decir, solo puede darse desde el lado de la mera exterioridad. Al fin y al cabo, es cuestión de caer en la cuenta de que esta es, por defecto, contradictoria. Realmente, en el puro afuera, el gato está vivo y muerto. Pues, la exterioridad en cuanto tal, es decir, en tanto que indeterminada, incluye tanto el ser —hay el haber— como el no-ser —la pura exterioridad no es nada en concreto… y por eso mismo es no siendo nada. De ahí que la exterioridad en cuanto tal incluya todos los mundos posibles. Todas las posibilidades se dan al mismo tiempo, esto es, mientras aún no hay tiempo y, por eso mismo, nada.
Platón, como sabemos, se enfrentó a la cuestión de por qué había mundo y no tan solo idea. Dejando a un lado la solución imaginativa —el mundo es el resultado de un acto creador por parte de un demiurgo—, lo cierto es que, si lo pensamos bien, el ser, al margen de su aparecer, es no siendo nada. La contradicción es, por tanto, inherente al ser —a un puro haber. Por eso mismo, el puro haber no puede existir como puro haber. Tan solo puede hacerse presente negando su eternidad, en definitiva, su pureza —y por eso mismo, solo puede hacerse presente como el haber del mundo. En definitiva, dándose como aquello que no termina de ser.
Platón lo expresó a través del término participación. Y es que si las cosas que podemos ver y tocar están sometidas al tiempo —y en consecuencia, son siempre hasta cierto punto o nunca por entero— es porque, en definitiva, son, es decir, porque participan de la contradicción inherente al puro haber.
Nadie dijo que el clavo de lo verdadero —de lo que en verdad acontece en cuanto pasa— fuese fácil de clavar. Y menos, de aceptar.
esse est percipi (y 2)
enero 31, 2025 § Deja un comentario
Según el empirismo, el mundo es el resultado de las operaciones que realiza nuestra mente con las impresiones recibidas. Esta pasividad de fondo sería el índice de una exterioridad… con respecto a la cual no hay nada que saber. Pues, propiamente, no es nada en particular. Por consiguiente, no es que haya algo que permanezca incognoscible, más allá de nuestras representaciones mentales, sino que, siendo la idea de algo ahí —en definitiva, la idea de sustancia— un constructo mental, ni siquiera podemos afirmar que haya, precisamente, sustancias , algo que, estando por debajo, sostenga las sensaciones que, espontáneamente, le atribuimos. O dicho de otro modo, no es que nuestra mente deforme lo que el mundo es en sí mismo, esto es, al margen de cómo lo captamos o se nos muestra, sino que el mundo es el resultado de lo que la mente hace con la materia prima de las impresiones. No hay, por tanto, un mundo en sí. El mundo en sí es nuestra suposición. Y si ni siquiera podemos asegurar que haya un mundo en sí, no hay, estrictamente, un saber, teniendo en cuenta que la certeza es la marca del saber. El horizonte del conocimiento es, en cualquier caso, la creencia. El empirismo termina cayendo, inevitablemente, en el escepticismo.
Ahora bien, el empirismo es incapaz de pensar la exterioridad como tal. Al identificar realidad y mundo, lo cual es, ciertamente, de sentido común, no puede comprender la pura exterioridad —el puro haber— como la realidad de lo absoluto, el carácter absolutamente otro de lo real. Esta incapacidad es, de hecho, un producto lateral de la operación cartesiana que sitúa al cogito en el centro del saber y, en última instancia, un efecto de entender la certeza como el sello de lo verdadero. Así, a partir de Descartes, el punto de partida del acceso a lo verdadero ya no será un encontrarse expuestos a la desmesura de la exterioridad en cuanto tal, sino la necesidad de garantizar la verdad de nuestras representaciones del mundo. Dicho de otro modo, donde el sujeto ocupa el lugar de la alteridad extrema de un puro haber, lo verdadero —el acontecimiento de cuanto es— ya no podrá pensarse desde el lado de dicha alteridad.
O al menos, no podrá pensarse hasta Hegel. Pero Hegel fue una seta. A pesar de su influencia, ese malentendido. De hecho, difícilmente comprendemos la operación hegeliana si no caemos en la cuenta de que esta fue análoga a la que realizó en su momento el cuarto evangelista.
teoría y filosofía
enero 30, 2025 § Deja un comentario
La filosofía nace con la pretensión de trascender, siguiendo los dictados de la razón, los puntos de vista, la parcialidad de un perspectiva, las apariencias. En este sentido, el pensar deja atrás lo sapiencial para situarse en la grada del juez que constata imparcialmente la victoria del corredor de fondo. Y quien dice juez, dice el dios. Al fin y al cabo, no es inocente que la palabra teoría derive del griego theos.
Sin embargo, el ejercicio de la razón no está exento de presupuestos de carácter ontológico. Quiero decir que la razón, en tanto que se despliega por medio de un lenguaje, parte inevitablemente de una determinada concepción acerca de la consistencia del haber. Pues no es lo mismo dar por descontado que el haber es el haber de las cosas que, pongamos por caso, el de los flujos. El mundo no se nos muestra del mismo modo donde la estructura básica del lenguaje es la de la predicación que donde, en dicha estructura, el adjetivo posee más peso ontológico que el sujeto. El alma primitiva no fue menos inteligente que el alma griega. La primera vive en medio de. Para la segunda, en cambio, el mundo se sitúa enfrente —y de ahí que devenga un posible objeto de dominio. En definitiva, la razón siempre se ejerce sobre la base de un ver como, y por eso mismo, dentro de las coordenadas de una cosmovisión.
De ahí que puede que no sea secundario que el Dios lejano sea el correlato de una racionalidad que apunta, literalmente, a lo objetivo.
las contradicciones de la creencia
enero 29, 2025 § Deja un comentario
Esto de la creencia religiosa es, si se piensa bien, algo ciertamente extraño. Así, por ejemplo, se cree que Dios ofreció a los hombres la ley para que vivieran conforme a bien y no se dejaran tentar por el mal. Sin embargo, el creyente rechazaría la idea de que no hay diferencia entre este Dios y un extraterrestre que, siendo netamente superior, se hubiera entretenido creándonos a la manera de un experimento de laboratorio.
Ahora bien, al rechazarla, nos da a entender que aquello a lo que apunta su creencia no es a Dios en cuanto ente superior, sino a la figura de Dios, la cual no admite, precisamente, la entidad de lo particular. Por consiguiente, lo decisivo de la creencia sería el concepto —la omnipotencia, la misericordia sin resquicio, la omnisciencia…—, el cual Dios, en este sentido, se ubicaría más allá del todo, en un pasado anterior a los tiempos. Y se ubicaría como nadie —o mejor dicho, como nadie aún.
El problema surge cuando la piedad imagina un Dios cercano y que, por eso mismo, se interesa por nuestra suerte… como el biólogo cuida de sus ratas. Es verdad que la piedad apunta a un alguien… de naturaleza espectral. Pues nadie que invoca a Dios podría aceptar que se le apareciese como pudiera presentarse el dios del trueno. En cualquier caso, como un fulgor… capaz de responder a su invocación. Pero esta posibilidad es compatible con la aparición de un extraterrestre, esto es, de un ente de otro orden. Pues cuanto es netamente superior no admite medida humana.
Consecuentemente, lo significativo de la creencia no dependería de la existencia de Dios. Al contrario: dependería de que Dios siga siendo, precisamente, idea. Esto es, dependería de que los atributos de Dios no fuesen de alguien, sino que valieran por sí mismos, como quien dice. Sin embargo, en este caso, resultaría inevitable, cuando menos, sospechar que la creencia no tiene otro propósito que el de permanecer en la sensación de dependencia que el niño experimenta en relación con su padre… una vez este muestra tener los pies de barro. Estaríamos ante una estricta transferencia… de manera semejante a cómo el amante transfiere, espontánea y simbólicamente, el vínculo con su madre a la mujer que abraza.
¿Es posible que todavía estemos un tanto lejos de asumir que el quién de Dios es el de aquel que colgó de una cruz como un maldito de Dios? ¿Es posible que la piedad medieval, tan cristocéntrica, fuese más cristiana, ambivalencias al margen, que la que cree haberse actualizado por dirigirse a los océanos o, en su defecto, al resplandor?
raíces
enero 28, 2025 § Deja un comentario
Diría que no cabe pensar la divinidad al margen del asunto del poder. Pues un dios es, en principio, una fuerza que nos puede y que no es posible dominar. De ahí que, de entrada, siendo frágiles como fuimos, todo estuviera poblado de dioses —o, aún más originariamente, de alma, incluso las piedras. Esta fue una visión espontánea, en modo alguno una creencia. Nadie se atrevió a ponerlo en duda. Al igual que nadie cuestiona sensatamente que las cosas estén ahí. Es lo que se da por sentado, una obviedad.
Ahora bien, lo cierto es que había poderes que nos beneficiaban y otros que se presentaban como maléficos. Y quizá por eso mismo, un dios, a pesar de su invisibilidad, estuvo inicialmente cerca, hasta el punto de rozar nuestra piel. Que hubiera una divinidad suprema y que esta se situara a una debida distancia probablemente fuera el correlato de la jerarquía política que se impuso con el surgimiento de la ciudad. Un rey no se mezcla. Tampoco digo que la trascendencia del dios fuera consecuencia de la transformación política. Una vez fuimos capaces de hacer fuego, los dioses comenzaron a retroceder. Pero que la nobleza poseyera los rasgos de un dios —mejores alimentos, más belleza— también resultó evidente. De manera natural, el noble devino sagrado, esto es, intocable: la pureza no hay que mancharla con manos campesinas.
De ahí que la operación cristiana —aquella que señala como único Dios a quién muere como un animal infecto— tuviera fuertes implicaciones políticas. El triunfo de la cristiandad, ciertamente, las desactivó: los mismos perros con distintos collares. Sin embargo, sigue siendo cierto que un Dios hecho carne en modo alguno puede experimentarse —y ya no solo concebirse— como un dios al uso. El efecto espiritual de la experiencia cristiana de Dios es, no obstante, doble. Por un lado, el ateísmo. Por otro, el permanecer a la espera de un imposible final de los tiempos. Aun cuando sea —o deba ser— con el mazo dando. No es lo mismo. Aun cuando ambos efectos puedan entenderse como las dos caras de una misma moneda.
esse est percipi
enero 27, 2025 § Deja un comentario
La sentencia de Berkeley —esse est percipi— suele dar pie a malentendidos. Pues por lo común se entiende como si nos dijera que no hay nada que no se manifieste, de un modo u otro, a los sentidos. Pero el significado de la sentencia va más allá. Y es que, como sabemos, para el empirismo no hay idea —incluyendo la idea de sustancia o cosa— que no sea el resultado de una construcción mental sobre la base de sensaciones. Por tanto, no es que nuestra manera de percibir cuanto es deforme en cierta medida “la realidad” —no es que nuestra mente sea como una espejo cóncavo—, sino que no hay realidad más allá de la imágenes que se forman en nuestra mente. Esto es, no hay una realidad en sí que subsista por debajo de nuestras supuestas representaciones mentales de la misma. De ahí que si nuestro modo de integrar las impresiones que recibimos del exterior fuese muy distinto —por ejemplo, si fuésemos incapaces de asociar formas y sonidos—, no es que el mundo nos pareciese muy diferente, sino que sería muy diferente.
En cualquier caso, este es el resultado de partir de la sospecha y no del asombro. Y es que donde la pregunta inicial es aquella que se interroga sobre las condiciones de la certeza, si la hubiese, el final del trayecto será inevitablemente un yo incapaz de asegurar la verdad de sus afirmaciones acerca del mundo. Otro gallo cantaría si la pregunta fundamental fuese por qué hay algo en vez de nada. Al fin y al cabo, los presupuestos de la interrogación inevitablemente forman parte de la respuesta. Y la sospecha solo puede ejercerse como método donde la conciencia de sí se sitúa en el centro del mundo, ocupando el lugar de la alteridad propia de lo real.
Probablemente, se trate de un malentendido.
memoria y espiritualidad
enero 26, 2025 § Deja un comentario
La profundidad comienza con un tener presente lo que, en el día a día, debe olvidarse… aun cuando este olvido esté encubierto por la obviedad. Memento mori, dijeron los clásicos. Y aquí la trascendencia, inevitable a causa de nuestra finitud, carece de rostro: una ignotum X escrita en rojo. Israel, en cambio, se decantó por la shemá.
¿Qué hay que recordar, sin embargo, según Jerusalén —o, en cristiano, desde el Gólgota? Pues que hubo redención —liberación— donde no podía haber ninguna redención. Conviene recordarlo, precisamente, porque el mundo pasó de largo. Y con bota firme. Las cámaras de gas siguen funcionando a pleno rendimiento. La profundidad de Israel —su esperanza— siempre fue contrafáctica.
¿Una ilusión? Ciertamente, si no fuera porque hubo lo que hubo. De ahí que, para el creyente, lo contrario a la ilusión no sea la desilusión —el realismo—, sino la posibilidad de lo imposible. Y esto es lo que, en definitiva, significa hallarse ante Dios. Aunque sea sin Dios mediante. O por eso mismo.
positivismo cristiano
enero 24, 2025 § Deja un comentario
La resurrección de los muertos, como el contenido de la esperanza cristiana, no puede consistir simplemente en un modo de hablar de una experiencia interior. Apunta a un hecho que, aun cuando imposible, no deja de ser un hecho. Es verdad que la palabra sería acontecimiento, en tanto que interrumpe la continuidad del tiempo histórico. Pero, en cualquier caso, se trata de ver y escuchar. El cristianismo se desvirtúa donde olvida el positivismo apocalítpico que le dio su nervio inicial. Y aquí no basta con repetir las fórmulas del credo.
No obstante, para comprender el alcance de lo anterior deberíamos tener presente que la fe no está al alcance de cualquiera. Pues esta es un privilegio. Ahora bien, no de los privilegiados —para estos, a lo sumo la comprensión de la fe—, sino de aquellos que, habiendo sido despojados de todo privilegio, esperan en nombre de lo que el mundo les niega. Y rotundamente. Para ellos, no hay otro futuro que el de la imposible posibilidad de Dios. Al fin y al cabo, la fe siempre fue un asunto corporal.
mapa mental
enero 23, 2025 § Deja un comentario
Un mapa mental es un puzzle… ya terminado. Todas piezas encajan. Aun cuando un mapa mental incluya, por lo común, justificaciones, estás son, más bien, racionalizaciones, esto es, prejuicios que se presentan como conclusiones. SI hay mapa mental es porque no ha habido la suficiente reflexión. Pues la reflexión, en tanto que su resultado es la paradoja, hace trizas los puzzles. Solo sé que no se nada, que decía Sócrates. Y no fue una boutade
Así, pongamos por caso, el mapa mental religioso coloca a Dios en el centro a la manera de una piedra angular. Sin embargo, por poco que pensemos en aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de Dios, tarde o temprano, caeremos en la cuenta de que Dios en sí mismo es no siendo nada. Y que por eso mismo solo puede hacerse presente en su negación de sí hacia lo otro de sí.
Ahora bien, esto es irrepresentable. Tan solo puede ser pensado. O sufrido, colgando de una cruz. De ahí que trascienda cualquier mapa o representación que abarque la totalidad. Pues el todo queda en suspenso. La cuestión es y ahora qué hacemos. Es decir, a qué obediencia nos obliga la revelación. Más aún: qué cabe esperar… que no sea, precisamente, lo imposible.
lo otro de Dios
enero 22, 2025 § Deja un comentario
Si Dios, desde nuestro lado, es la alteridad avant la lettre —lo absolutamente otro o extraño—, el hombre es la alteridad de Dios, esto es, lo otro de Dios y, por eso mismo, su negación. Ahora bien, nada puede haber fuera del Dios —nada más allá del puro haber de Dios. De ahí que la negación de Dios —su alteridad u otro de sí— deba comprenderse como la negación de sí de Dios, en el doble sentido del genitivo. Lo finito es, por consiguiente, el resultado de una doble negación: lo no-no finito (in-finito). Esto es, al fin y al cabo, Hegel.
Ahora bien, por eso mismo, la historia será la historia del Espíritu Absoluto, esto es, la historia de la reconciliación de Dios con lo otro de sí mismo, en definitiva, consigo mismo. Y habrá reconciliación cuando Dios logre identificarse con el que tuvo que negarlo desde el principio. Pues mientras no haya reconciliación y como resultado de su acto creador, Dios aún no es nadie. Sin embargo, eso solo será posible cuando el nuevo Adán vuelva su rostro hacia Dios, es decir, cuando deje de negarlo o darle la espalda. Traducción: cuando el abandonado de Dios —y abandonado por su negación de Dios— se abandone a Dios. Solo así Dios —el Espíritu Absoluto— llega al presente, esto es, a hacerse presente. El Espíritu es un hueso.
Es posible que únicamente Hegel comprendiera la verdad del cristianismo. Incluso en mayor medida que Nietzsche. Otro asunto es qué Ley —qué deber ser, qué obediencia— se desprende de dicha verdad. Y aquí Hegel, diría, se separa de Israel.
caer en la cuenta
enero 21, 2025 § Deja un comentario
Diría que no acabamos de, cuando menos, comprender el alcance de la confesión cristiana —la que proclama la humanidad de Dios—, mientras no tengamos presente que los humanos mean y defecan, además de oler mal. ¿Dios buscando unos matorrales porque el vientre aprieta? ¿O apestando a sudor? Que Dios huela a podrido, ¿no es demasiado humillante para un dios? Evidentemente, el crucificado no fue proclamado Hijo de Dios porque mease —y, probablemente, sobre sí mismo durante su ejecución. Pues afirmar que Dios no es más que hombre equivaldría a negar que haya Dios. Sin embargo, una cosa no quita la otra.
Ahora bien, que Dios se hiciera carne tampoco implica que haya en nosotros algo así como un resto de naturaleza divina que tuviera que ser rescatada por un dios. Pues la encarnación , en tanto que esta no consiste simplemente en adoptar nuestro aspecto, impide que podamos seguir refiriéndonos a la naturaleza divina con independencia del cuerpo del abandonado de Dios que se abandonó a Dios. Y, ciertamente, un Dios que depende del hombre que depende de Dios —por decirlo sucintamente— no es un Dios que viva en las alturas por su cuenta y riesgo a la espera del ascenso espiritual del hombre. En el Gólgota, sencillamente, estuvo en juego el ser o no ser de Dios. En definitiva, su haber.
atados
enero 20, 2025 § Deja un comentario
El problema de las imágenes de la esperanza creyente —como el de las de Dios— es el de creer en ellas antes que en aquello a lo que apuntan, a saber, lo imposible. Es así que lo imposible se vuelve concebible…. cuando lo cierto es que esas imágenes, en tanto que delirantes, pretenden impedir, precisamente, que nos hagamos una idea, convirtiendo la esperanza en expectativa. Las imágenes apocalípticas son el envés de un clamar por Dios, no de nuestro deseo de que la película tenga un final feliz. No estamos, por consiguiente, ante un modo de expresar un ideal al que podamos aproximarnos de hacer las cosas bien.
cristianismo como meta-religión
enero 19, 2025 § Deja un comentario
El cristianismo no es una religión entre otras porque la Encarnación supone la quiebra de lo que espontáneamente se experimenta como divino. Es decir, cuando el cristianismo proclama al crucificado como Hijo de Dios, lo que esta en juego no es simplemente quién fue Jesús de Nazaret, sino, sobre todo, quién es Dios. La confesión cristiana responde, y de manera ciertamente chocante, a la pregunta sobre aquello de lo que hablamos cuando hablamos de Dios. Pues la dogmática cristológica, en el fondo, no dice otra cosa que esta: Dios no tiene otro quién que el de un abandonado de Dios que se abandonó a Dios. Y esto equivale a decir que, sin ese quién, en sí mismo —trinitariamente, el Padre— Dios no es aún nadie. Sencillamente, el galileo es el modo de ser de Dios, su esencia. Escandaloso, sí. Nada que ver, por tanto, con un ente superior —o si se prefiere supremo— que vaya por su cuenta y riesgo manejando los hilos de la historia desde la dimensión desconocida.
Ahora bien, la referencia a Dios es indisociable de la cuestión acerca del poder de Dios. Y con respecto a este asunto, el cristianismo afirma que eso está, precisamente, por ver. El cristiano permanece a la espera de que el poder de Dios se manifieste como un poder capaz de resucitar a los muertos. Hablamos, sin duda, de un imposible. Sin embargo, el creyente aún está lejos de comprender en qué consiste su fe si concibe el poder de Dios como aquel que se ejerce desde arriba y, por eso mismo, en el interior de la totalidad.
aquí estoy yo
enero 18, 2025 § Deja un comentario
El punto de partida de cualquier trayecto vital es el de creer que importamos. O cuando menos, que debe reconocérsenos nuestra importancia. Aun cuando esto pueda matizarse en relación con las diferentes psicologías, desde las más soberbias hasta las más acomplejadas, lo cierto es que el mundo parece girar a nuestro alrededor. Es lo que tiene que lo real se nos ofrezca siempre como perspectiva. Sin embargo, por poco que nos situemos, a la Spinoza, en el punto de vista de la eternidad, fácilmente nos parecerá que no es así: apenas contamos. Como si fuéramos hormigas para un dios.
Ahora bien, la cuestión es si hay perspectivas más ajustadas a lo que es en verdad que otras. No es probable que elijamos como postal de la torre Eiffel una en la que solo apareciera uno de sus tornillos. Así, para ver con claridad de qué se trata en realidad suponemos que deberíamos tomar una cierta distancia —una distancia teórica (y no es casual que la raíz de la palabra teoría sea, precisamente, theos). Sin embargo, también es cierto que la piel que acaricia el amante no es la misma que la que observa el dermatólogo con su lupa… aun cuando eso que está ahí sea, en última instancia, lo mismo. Es decir, eso que está ahí no aparece siempre del mismo modo. Y no aparece del mismo modo… porque el aparecer exige, precisamente, perspectiva.
En sí mismo, el eso no es nada en particular —ni puede serlo—… siendo, no obstante, lo más real en tanto que otro-absoluto. Pues lo particular —el que eso se encuentreahí, el modo de ser— aparece siempre en relación con un punto de vista o sensibilidad. Esto es, relativamente. En el aparecer, lo absoluto pierde su carácter absoluto. O mejor dicho, deviene absoluto o, literalmente, ab-suelto —sin juicio, sin lenguaje— en el aparecer… con lo que lo primero —el arkhé— no fue lo absoluto como ente absoluto o subyacente, sino como acto —el hágase.
Así, ¿qué es en sí misma la piel que acaricia el amante o inspecciona el dermatólogo? Un eso, un algo que no es, propiamente, algo, sino más bien (la) nada en concreto. Y por eso mismo, podría ser cualquier cosa. La nada como la posibilidad del todo. ¿Por qué, entonces, hay algo y no más bien nada? Porque la nada es no siendo nada. Es decir, como negación de sí. Hágase.
No es casual que la relación entre lo Uno y lo Múltiple fuese el tema de fondo de la especulación griega. Pues, con respecto al asunto de la verdad, puede que no haya otro.
la macro en cuatro párrafos
enero 17, 2025 § Deja un comentario
En el capitalismo, la crisis empresarial es la condición de posibilidad del crecimiento económico. Una cosa va con la otra. Es decir, ciertas empresas o ciertos sectores empresariales tienen que entrar en crisis para que pueda haber crecimiento. Y no porque la crisis constituya un estímulo para hacerlo mejor; no —o no solo— porque sea un acicate para la innovación, sino porque el valor del ahorro con el que se financia la inversión que da pie al crecimiento económico equivale al valor de las ventas no realizadas —de los productos que quedan como muertos en el almacén. Así, las empresas que no han realizado las ventas esperadas, probablemente —pues dependerá de las dimensiones del stock— disminurián su producción durante el siguiente ejercicio… con lo que se verán obligadas a reducir plantilla. En principio, los nuevos desempleados tendrían que emplearse en las empresas de nueva creación —lo que tampoco es, sin embargo, tan fácil o inmediato—, las cuales se financiarían, precisamente, con el ahorro disponible. Es lo que tiene que una economía se comprenda como un flujo circular de renta. Esto, sobre el papel.
¿Cuál es el problema, entonces? Que ese ahorro puede no volver al circuito económico. Esto es, que en el flujo circular haya cada vez menos renta circulando. Hablamos del atesoramiento. Ello implicaría entrar en una espiral deflacionista… lo que deprime cualquier economía. Evidentemente, no se trata de poner el dinero, tal cual, bajo el colchón. Pero hay muchas maneras de ponerlo sin, literalmente, ponerlo. Por ejemplo, depositándolo en las Caimán. Entonces ¿qué tendríamos? Desempleo sin nuevos empleos. Es decir, desempleo crónico… si es que la evasión del capital deviene algo así como una constante gravitatoria. De ahí que Keynes reclamase que el Estado ocupase el lugar de los empresarios que, ante la falta de ahorro, no pudieron jugársela. Y no para producir, en su lugar, tazas, ordenadores, coches, destornilladores…, sino para edificar hospitales, pavimentar caminos o contratar servicios públicos.
Sin embargo, Keynes, además, propuso que, ante las fugas de capital y, por tanto, donde disminuyese el ahorro disponible, la banca financiase las inversiones con dinero creado de la nada, como suele decirse —aun cuando, de hecho, lo que crean los bancos no es dinero, sino deuda que funciona como medio de cambio: el dinero, en realidad, se crea una vez se ha saldado la deuda crediticia con el banco. Ahora bien, el primer precio a pagar para que la renta siga circulando a pesar del atesoramiento, es una inflación crónica. Pues muchas inversiones financiadas con dinero creado de la nada fracasarán, sobre todo si los tipos de interés están por los suelos —y por eso mismo, la cantidad de “dinero” en circulación aumentará en mayor medida que la nueva producción. De ahí que, a partir de Keynes, el principal objetivo de los bancos centrales sea el control de la inflación: que esta no se salga de madre. El pleno empleo será —o debería ser— un producto lateral.
Con todo, hay un segundo precio a pagar: el de la quiebra bancaria. La razón es simple: donde el dinero de nueva creación, en vez de destinarse a financiar la actividad productiva, se destina a las finanzas, en definitiva, a la especulación financiera, el riesgo —enorme— es que las burbujas que genera la especulación terminen estallando… lo que sucederá tarde o temprano. Y cuando estallen, los activos de la banca no bastarán para saldar su deuda con los depositantes. Esto es, el dinero de estos desaparecerá como si fuese un fantasma. Mal asunto. Muy mal asunto. Este es uno de los motivos por los que, pongamos por caso, las viviendas, al haberse convertido de facto en un activo financiero, no pueden bajar significativamente de precio. O viviendas inaccesibles —y por tanto, expolio de la mayoría—, o conservar nuestro dinero en el banco. Tertium non datur.
primer principio
enero 16, 2025 § Deja un comentario
Nadie nunca es tanto como cree ser. Ni siquiera el malo. Si es verdad que conservamos al niño que llevamos dentro, entonces los malos de la película no dejan de ser unos malotes. Sin embargo, hay quienes nos dan la impresión de que no hay nada que hacer. Pues quieren el daño. De ahí que, ante el malvado, sea inevitable creer en la existencia de Satán. Basta con ver Funny Games de Michael Haneke para hacerse una idea de lo anterior.
reinos
enero 14, 2025 § Deja un comentario
El Reino de Dios no es un mundo en el que la bondad surge espontánea o naturalmente. Pues en ese caso, el Reino sería un mundo de autómatas morales. Quien es bueno por naturaleza —aquel que fuese incapaz de hacer daño— no es moralmente bueno. En el Reino, Satán sigue vivo, pero bajo las botas del arcángel. Por tanto, la creencia en el Reino —en su imposible posibilidad— es indisociable de aquella cosmovisión en las que potencias del Bien combaten a las del Mal. Nada que ver, por tanto, con un ideal al que pudiéramos aproximarnos de hacer las cosas bien. Es decir, nada que ver con la higiene. Como si solo fuera cuestión de ir desprendiéndonos progresivamente de las costras que cubren nuestra piel.
los límites de la analogia entis
enero 13, 2025 § Deja un comentario
El presupuesto de la analogía es que Dios posee atributos. No obstante, aquí la atribución es siempre paradójica. Y por eso mismo, se quebrará la analogía: misericordioso… al abandonarnos. ¿Por qué? Porque el abandono es el envés de la renuncia de sí en favor de Adán, de lo otro de sí… —y porque es otro tendrá que negarlo: la expulsión del Edén es el envés de la imagen y semejanza. Sin embargo, se trata de un otro de sí que no es anterior al acto creador. El acto creador es el mayor poder. Ahora bien, Dios es omnipotente… en la kenosis. El autovaciamiento de Dios puede con el todo… al mantener el mundo, precisamente, sobre el vacío. Esto es, (de)pendiente.
redimir
enero 12, 2025 § Deja un comentario
Para hacerse una idea del alcance de la redención —de hacia dónde apunta— basta con ponerse en la piel de un genocida arrepentido. ¿Quién me salvará de esta culpa imborrable —cómo podré comenzar de nuevo? ¿Es posible que mis víctimas lleguen a perdonarme si no regresan con vida de la muerte?
El nihilismo posee la respuesta más razonable. Sin embargo, lo razonable siempre estuvo constreñido por las coordenadas de una cosmovisión. Pues dichas coordenadas —esos pre-juicios— establecen el campo de lo posible. Al fin y al cabo, digamos lo que digamos, seguimos anclados en lo que nos parece. De ahí que no quepa trascender las apariencias donde la razón no se ejerce contra lo razonable. Ahora bien y por eso mismo, el resultado de este ejercicio acabará constatando que no hay otra realidad que la imposible. El mito logra su nemesis en el despliegue radical de la razón.
Fontilles
enero 10, 2025 § Deja un comentario
El leproso se presenta como el límite de la caridad más espontánea. Un cuerpo que se descompone a pedazos no provoca nuestra compasión. Más bien, lo contrario: el asco, el vómito, la repulsión. Ciertamente, podemos sentir pena. Pero a distancia.
De ahí que Hume no pueda explicar el beso de Francisco de Asís al hermano que sufría de lepra. Quizá Freud. Pero no Hume. Ese beso fue, humanamente, excesivo, por no decir, delirante o pertubador. En modo alguno, un ejemplo —un comportamiento a seguir.
Ahora bien, la explicación que pudiera proporcionarnos el psicoanálisis permanecerá en el exterior. El cartógrafo no ve la misma montaña que el escalador. La montaña no aparece del mismo modo. ¿Cuál de las dos apariencias es la verdadera? Las víctimas de Hiroshima se aparecieron a los tripulantes del Enola Gay como hormigas. ¿Lo fueron en realidad? De ahí que todas la polémicas remitan a una y la misma cuestión: ¿de qué hablamos cuando nos referimos a lo que es en verdad?
primero: megacasting 2
enero 9, 2025 § Deja un comentario
Kant dice —más o menos—: debo respetar al otro… porque, en definitiva, no puedo hacer otra cosa. Y es que, literalmente, deber hacer equivale a no poder no hacer. Es decir, moralmente hablando, no debo servirme del otro para satisfacer mi interés particular. Nunca utilizamos a quien respetamos. Ahora bien, si no puedo hacer otra cosa que respetarlo es porque el otro como tal —su yo— es inalcanzable, y por eso mismo, un inútil. Siempre utilizaremos, de utilizarlo, su cuerpo —siempre negociaremos con su aspecto—, en modo alguno el yo que hay detrás. De hecho, ese yo no podemos verlo, solo reconocerlo a través de la reflexión o el pensar. Sin embargo, porque el yo siempre va con su cuerpo —porque no es nadie al margen del cuerpo con el que se identifica—, el respeto al otro implica respetar su cuerpo.
De ahí que el mandato que nos obliga a respetar al otro —a hacer lo debido por hacer lo debido, esto es, por respeto— sea, en definitiva, racional. Es decir, en el debo respetar al otro no solo hay las emociones, entre el temor y la admiración, que inevitablemente acompañan al respeto. No obstante, sí que, y con independencia de la razón, podemos, cuando menos, intuir el carácter inalcanzable del yo que se sitúa ante nosotros… si nos alcanza su mirada, esto es, si nos mira desde lo más profundo de sí —desde el más allá de sí mismo.
Kobalsky, sin embargo, plantea la siguiente objeción: de acuerdo. Ahora bien, también podríamos tener esta misma sensación ante la mirada de un chimpancé… y no diríamos que debamos respetar al chimpancé como sí debemos hacerlo con nuestro semejante.
Pregunta: ¿que podríamos decirle a Kobalsky?
publicistas
enero 9, 2025 § Deja un comentario
En su labor evangelizadora, el pedagogo posmoderno suele hacer referencia a las clases magistrales como lo peor, siendo habitual que pase un vídeo en el que inicialmente se observa un montón de alumnos aburridísimos… mientras oyen la perorata sin sentido de un maestro, para terminar, por contraste, con esos mismo alumnos participando felizmente de su educación a través de un estimulante trabajo en equipo alrededor de un iPad. ¿Se puede ser más impostor? Es como si quisiéramos demostrar que de los libros no se aprende nada poniendo como ejemplo un libro… del que, efectivamente, no se aprende nada. Esto es, un mal libro.
De hecho, podríamos pasar otro vídeo: aquel en el que, en una clase de cuarenta —o incluso ¡sesenta!—, los alumnos trabajan en grupos, mientras el “encargado del aula” va de mesa en mesa monitorizando aprendizajes autónomos. Y aquí no hay que ponerle mucha imaginación. Basta con apretar el on.
Otro asunto es que, hoy en día, en la escuela haya mucho de disfuncional…
la tiranía de la lengua
enero 8, 2025 § Deja un comentario
En las canchas de la pedagogía posmoderna —aun cuando hunda sus raíces en Rousseau—, hasta se ha llegado a decir que la lengua es fascista. Que lo importante es el pensamiento —en concreto, lo que uno es capaz de pensar por sí mismo— y no la ortografía. ¿Cómo hemos llegado a tanta estulticia? Cuando se trata de aprender carpintería o medicina ¿acaso nos atrevemos a prescindir de los maestros? Exhortar a los jóvenes a que piensen por sí mismos sin haberles puesto en contacto con quienes han pensado antes que ellos, ¿no supone condenarlos al universo, enormemente tóxico, de Twitter? Hay en la pedagogía posmoderna un implícito —o no tanto— rechazo a toda forma de autoridad. Como si autoridad y libertad estuviesen en orillas opuestas. Pero Víctor de Aveyron —el último buen salvaje— no fue más libre. Al contrario: mientras anduvo por los bosques, estuvo por entero sometido a su instinto. De hecho, ni siquiera era capaz de un sí mismo.
¿Cómo las escuelas han podido apadrinar tanto despropósito educativo? ¿Quizá porque los pedagogos posmodernos han olvidado aquello que dijo Kant, a saber, que el pájaro se engaña a sí mismo si cree que sin la resistencia del aire podría volar más rápido? Si los pedagogos posmodernos fueran capaces de pensar, ¿acaso no se habrían dado cuenta de que aquello que aparentemente impide nuestra libertad es lo que, en realidad, la hace posible? Quien dijo que la lengua es fascista ¿nunca fue consciente de que para poderlo decir hace falta mucha educación?
niños
enero 7, 2025 § Deja un comentario
Un niño no es solo un iluso. Es también aquel que seguirá creyendo en su ilusión a pesar de las evidencias en contra. Así, un niño seguirá esperando a los Reyes… aun cuando le digamos que son los padres. Pues los ha visto en la cabalgata. Un niño no se hace preguntas sobre sus impresiones. No hay fe que no pase por la crisis de la infancia. Otro asunto es que el horizonte de la crisis sea, para quien creyó, una segunda ingenuidad. Pero el regreso nunca será como la primera vez. Por suerte.
qué es, qué debería ser
enero 6, 2025 § Deja un comentario
¿En qué consiste la fe, la esperanza cristiana, el creer auténtico? Esta es una pregunta griega —y, por eso mismo, aún en parte nuestra. Y con ello pretendo decir que fácilmente se responderá, como cualquier interrogación sobre el de qué se trata, en los términos de lo paradigmático o ejemplar. ¿Qué es, pongamos por caso, una madre o la justicia? Lo que debe ser una madre. O la justicia. De estas lluvias, los lodos de la escisión entre el mundo ideal y el que nos ha tocado en suerte.
Ahora bien, el problema es que las respuestas a las preguntas sobre la consistencia o naturaleza de lo que nos traemos entre manos siempre será formal. Esto es, sin entidad. ¿La justicia? Darle a cada uno lo que se merece. Obviamente. Pero lo que se merezca cada uno queda, nunca mejor dicho, en el aire. Pues no puede deducirse de la mera definición de lo justo. De hecho, en el día a día todo es mezcla. En el amor de una madre hay espíritu de sacrificio. Pero también amor al vínculo con el hijo. No es lo mismo. En cuanto posee entidad, no hay luz sin sombras.
Algo parecido podríamos decir de la esperanza creyente. La esperanza pura es de otro mundo. O en judío, del final del mundo. Hablamos de la ciega confianza de un crucificado. Y digo ciega, no porque su esperanza fuese talibán, sino porque en el Gólgota, y con respecto a Dios, no hubo nada que ver —ni escuchar. Durante el tiempo diario, únicamente una esperanza mezclada… con los motivos de la religión. Y es que resulta inevitable que el desesperado aguarde la intervención ex machina de Dios.
Sin embargo, lo dicho hasta ahora también podríamos aplicarlo a la palabra Dios. ¿Qué es —de qué se trata? Aquí toda respuesta será, como decíamos, formal. De ahí que el cristianismo responda a la aristotélica: la única consistencia de Dios es la de su cuerpo. Por eso, la pregunta del cristianismo no será, cristiandad al margen, qué es Dios, sino quién. La pureza divina solo posee entidad donde asume lo impuro, en definitiva, lo que no termina de ser lo que debiera. Dios es inmortal porque abrazó la mortalidad.
Y aquí se produce un giro interesante. Porque, tras la revelación, caemos en la cuenta de que lo que debe ser es que lo que debe ser no pueda ser como tal. Y ello, precisamente, para que pueda darse o hacerse presente.
En realidad, todo lo que debiera decirse ya fue dicho.
patetismo creyente
enero 5, 2025 § 1 comentario
Si estamos en manos de Dios, entonces el punto de partida de la experiencia religiosa es el sobrecogimiento. Literalmente: un ser arrebatados por. ¿El problema? Que de lo insobornablemente patético, también en su sentido más literal, no puede derivarse ninguna afirmación. Ni siquiera aquella que sostiene que el arrebato es la experiencia más elemental de lo divino. De hecho, los microbios también se sentirían arrebatados si pudieran intuir, cuando menos, nuestra presencia.
Cualquier afirmación supone un haberse ya desplazado al espacio de la interpretación… con lo que el puro presente del rapto es tematizado como pasado. Y nos desplazamos a dicho espacio en el instante en que nos preguntamos de qué se trata. La única respuesta que no atraviesa completamente el umbral es el heme aquí bíblico. Esto es, y ahora qué debo hacer. Ciertamente, no escucharemos nada en medio de lo arrebatador. Pero desde su ensordecedor silencio, el mundo se nos revelará como descentrado —y por tanto como un mundo a reparar en vez de dominar.
Resulta inevitable que, como seres conscientes, lo que tiene lugar —el acontecimiento— se transforme en lo que pasa… a menos que el acontecimiento permanezca —y permanezca de manera subyacente, esto es, determinante— como trauma. Y el trauma, cristianamente hablando, es la fe de un crucificado en nombre de Dios, en definitiva, en su lugar. Así, lo traumático o sobrecogedor, en tanto que continúa presente en lo más recóndito, es el índice de que la voluntad de dominio que nos caracteriza —el propósito de suplantar a Dios— no es lo dominante. Es decir, que no define nuestro carácter… y, por eso mismo, no decide nuestro destino. La irrupción de lo arrebatador no está sometida a ningún a priori.
De ahí que lo inesperado sea, religiosamente hablando, la raíz de la esperanza creyente, a saber, que haya un nuevo comienzo… en el que nada volverá a ser igual. Sin embargo, el creyente ignora en qué podrá consistir la novedad de la recreación. A lo sumo, confía en que sea algo bueno. No hay certeza epistemológica al respecto. Es lo que tiene el en manos de.
cómo la fe cristiana se transforma en fantasía
enero 4, 2025 § 2 comentarios
1— De entrada, una historia algo más que sorprendente —o bastante más que sorprendente: imposible. Casi un milagro, si no fuera porque sus escenas son humanas, demasiado humanas. Por ejemplo: una mujer que es capaz de cuidar del fruto de una violación como don de Dios. El gesto roza, ciertamente, lo delirante.
2— Después viene la imagen o la fórmula que pretende sintetizar el relato. Así, por continuar con nuestro ejemplo, el cristianismo concibe la figura de una madre inmaculada, esto es, sin haber conocido varón, una figura que, por cierto, rescata de la tradición bíblica. ¿Imposible? Pues claro. Al igual que el hecho de que llegase a amar al hijo que engendró de quién no tuvo piedad. Se trata de un gesto que, al cancelar el interminable ciclo de la violencia, nos sitúa ante un nuevo comienzo. Inmaculada, esto es: el mal no alcanzó lo más íntimo de ella.
3— Finalmente, los cristianos olvidan la historia de que hay detrás del símbolo… tomándolo como si fuera la representación de un hecho. De este modo, habrá vírgenes como hay árboles. O fantasmas. Con ello, el cristianismo confunde lo sobrenatural, por sobrehumano, con lo paranormal, alejándose, consecuentemente, del acontecimiento de la encarnación. De hecho, quizá no sea casual que muchos cristianos sigan dirigiéndose a Dios como si este no tuviera cuerpo. Aunque probablemente este fuera el precio que tuvo que pagar el cristianismo por su éxito histórico.