unos por otros

junio 15, 2021 § Deja un comentario

Antes teníamos a los dioses —y siguiéndolos muy de cerca, a la nobleza. Ellos eran sin resquicio: bellos, fuertes, listos y, a veces, también compasivos. No estaban atados a las limitaciones de un cuerpo deforme (o cuando menos, en el caso de los nobles, no como el vulgo). Hoy en día, ya no tenemos dioses. Pero sus sustitutos siguen poniéndonos en nuestro lugar, esto es, por debajo. Hablamos, como es obvio, de los efectos políticos de la creencia religiosa, la que da por sentado que hay seres superiores. En vez de la nobleza de antaño, los super-ricos, las influencers, los futbolistas de élite… Ellos viven más allá, en su mundo. Aparentemente. De ahí que los relatos del tipo los ricos también lloran sean algo así como un espejismo a la cristiana: Dios también es humano. Es verdad que la existencia va con una desesperación de fondo (y por eso podemos entender que los ricos tengan algún motivo para soltar alguna que otra lágrima). Ahora bien, no es lo mismo llorar mientras te tomas un baño en tu piscina climatizada que hacerlo donde no tienes pan que darles a tus hijos. De ahí que, aun cuando los ricos lloren, lo que espontáneamente nos juzga es su divina apariencia. Y aquí siempre tenemos las de perder. Necesitamos una buenas dosis de ateísmo para liberarnos, de nuevo, del trampantojo de los dioses. Y para ello no hay nada mejor que apuntar, como el viejo Israel, a un Dios que no tiene imagen a la que agarrarse. Pues como dijera Nietzsche, donde la palabra Dios ha perdido su antigua fuerza vinculante, tan solo debemos preguntarnos qué dios hemos puesto en el altar vacío de Dios. Y es que el ateísmo es lo más difícil. O al menos, tan difícil que no es posible negar los derechos de un dios sin el apoyo de Dios.

Dios no es lo primero

junio 14, 2021 § Deja un comentario

Donde lo primero, con respecto a Dios, es Dios, tarde o temprano acabamos regando fuera del tiesto cristiano. Pues de dar por hecho que Dios es, pongamos por caso, misericordioso, el Hijo de Dios será, en el mejor de los casos, casi tan misericordioso como pueda serlo Dios, pero en modo alguno será la misericordia de Dios (que es lo que confiesa el cristianismo). Donde partimos de una idea de Dios —y partimos de ahí donde nos atrevemos a decir lo que Dios es, aunque sea a tientas—, la encarnación solo podrá entenderse a la platónica, esto es, como ejemplificación —por no decir como copia imperfecta. A muchos esto les parecerá secundario, si no irrelevante. Pero no es lo mismo creer que hay Dios y que este posee una esencia, sea cual sea, que existir ante un Dios cuyo modo de ser se encontró, nunca mejor dicho, en el aire. El cristianismo, aunque en un primer momento nos lo pueda parecer, no proporciona una nueva descripción definitida para la palabra Dios —no sustituye, por ejemplo, la ira por la compasión—, sino que altera, y significativamente, qué se entiende por Dios (o mejor dicho, que supone estar ante Dios). Y esto es así porque Getsemaní deja atrás cuanto pudiéramos decir religiosamente acerca de la naturaleza de Dios. Sencillamente, en la pasión del crucificado, Dios se revela como el absolutamente otro que no es nadie sin el fiat del hombre —y no lo es porque no quiso ser Dios sin ese fiat. La cruz hace patente la crisis de Dios, la que dio pie, precisamente, al inicio de la historia. Es por eso que en el Gólgota Dios se hace presente como aquel que cuelga de un madero como un apestado de Dios. Y esto equivale a proclamar que Jesús no fue un representante de Dios, sino su esencia o modo de ser. Que Dios se encarne significa, por tanto, que la realidad de Dios tiene lugar en el centro de la historia —y tiene lugar como carne. Y de ahí a la dogmática trinitaria media un paso. Pues entenderla supone entender que no hay Padre sin Hijo. Y viceversa. Sin duda, en muchas cabezas cristianas la encarnación se comprende a la platónica. Como si el Padre fuese por un lado y el Hijo por otro, esto es, como si la filiación fuese tan solo cuestión de participación. Pero este es otro asunto.

el test de Rorschach y la resurrección

junio 13, 2021 § Deja un comentario

En el test de Rorschach, nadie ve lo mismo ante las mismas manchas. Uno ve lo que cree ver. Se supone que depende del inconsciente. Aquí la clave del asunto consiste en darse cuenta de que hasta que no interpretamos no vemos nada. Evidentemente, en el día a día no todo son manchas de tinta sobre el papel. Sin embargo, sigue siendo cierto que no hay visión que no contenga una carga teórica, un ver como, un cierto saber. En este sentido, podríamos entender la resurrección como una postal del test de Rorschach. Los testigos de las apariciones vieron lo que vieron porque pudieron verlo en tanto que la resurrección de los muertos formaba parte de su expectativa, aun cuando es verdad que no la esperaban tan pronto. De habernos situado en la grada del espectador, no habríamos visto lo que de hecho vieron. A lo sumo, diríamos que ellos creyeron ver lo que proclamaron a los cuatro vientos. Para la visión objetiva cuanto aparece es subsidiario de una realidad que debe expresarse en otros términos. Nosotros, por ejemplo, al ver los colores no vemos la frecuencia de onda como tal: vemos su manifetsación sensible. Esto es, en el fondo, Platón: de lo real, tan solo una idea. O por decirlo de otro modo, lo real tan solo puede ser pensado como lo que en sí mismo no aparece —o también, como lo que solo se revela al pensamiento. Ahora bien, la abstracción no puede afectarnos —no puede comprometernos con lo real. De ahí la convicción cristiana de que Dios solo puede incidir en nuestra existencia como cuerpo (y como cuerpo transfigurado a través de la cruz). Ninguna visión —ninguna aparición— puede ser confirmada por el observador imparcial. Aunque tampoco refutada.

Das Ding

junio 12, 2021 § Deja un comentario

El lenguaje encuentra su raison d’être en lo que perdimos aun antes de nacer. Y evidentemente, esta no es una tesis sobre el origen del lenguaje, el cual, fuese el que fuese, deviene irrelevante en relación con su raison d’être. Pues la Pérdida, escrita con mayúscula, es la condición ontológica del para sí de la conciencia, de la extrañeza con respecto al mundo. Quien entiende esto, entiende, sin embargo, que no estamos hablando de un ente, aunque solo podamos imaginarlo como tal, sino del Padre o, mejor dicho, de su espectro. La realidad del Padre —y no hay otra realidad que la que retrocedió a un pasado anterior a los tiempos— se revela en la noche del desierto, en los Getsemaní de la historia, esto es, donde cesa el ruido de fondo que enmascara que existimos en relación con una falta irreparable. El nombre del Padre es el nombre par excellence —un nombre cuyo referente está eternamente por ver—, al fin y al cabo, lo único que resta del Padre una vez fuimos arrojados a la existencia (y en ello reside nuestro común desamparo, el punto de partida de la fraternidad). De ahí que el Padre no tenga otro rostro que el del Hijo. El cristianismo —en particular, su dogmática trinitaria— supone, de hecho, un vaciamiento de la palabra Dios. Al menos, porque por sí sola no significa nada que tenga que ver con Dios.

el cuerpo

junio 11, 2021 § 1 comentario

Los chimpancés no tienen cuerpo. Son cuerpo. Tan solo el hombre posee un cuerpo. Pues tan solo él se enfrenta a su cuerpo. El cuerpo es un problema para el hombre, aunque no solo un problema. Nuestra relación con el cuerpo es ambivalente. Pues a pesar de lo dicho, es innegable que también somos el cuerpo al que nos enfrentamos. Sin cuerpo, seríamos unos nadie —como entendió el mismo Dios in illo tempore (y de ahí la encarnación). Pero, por eso mismo, somos algo más que cuerpo. La posibilidad de ser un nadie permanece como lo más profundo (incluso para Dios). Es lo que tiene ese continuo diferir de uno mismo: que no terminamos de identificarnos con el cuerpo que somos (y no solo habitamos). Esto es así porque inevitablemente nos hallamos sub iudice. El o el no recaen en un primer momento sobre el cuerpo: no todo en ti es puro. Hay algo de ti que debe permanecer oculto. Los chimpancés no saben qué es la intimidad —no pueden saberlo. Pues no hay vida interior que no repose sobre la vergüenza y, en definitiva, sobre la acusación. La pregunta es quién nos acusa de verdad —quién exige de nosotros una respuesta—: si el publicista o el que no cuenta para el mundo.

problemas de definición

junio 10, 2021 § 1 comentario

Nada es que no admita una cierta definición, aunque esta sea borrosa (y acaso no pueda dejar de serlo). Y si hay definición, hay negación. Todo cuanto es se da a la contra, por decirlo así. De este modo, ser humano, por ejemplo, implica no ser solo un animal (o en absoluto, una piedra). Aquí la cuestión es qué rasgo o característica delimita lo humano frente a lo que no lo es. Tradicionalmente, se suele apelar a la razón. En este sentido, también podríamos hablar de la capacidad de reflexión —de un volver sobre uno mismo, sobre el propio parecer. Ahora bien, lo innegable es que la reflexión admite grados. Cualquiera se enfrenta a la posibilidad de hacerse aquellas preguntas que nos sacan de lo impersonal —de lo que se dice, se hace… Sin embargo, no todos permanecemos fieles a la interrogación radical. Por lo común, se prefiere dejarlo estar. De ahí que no todos cultiven su inquietud —y la inquietud, el no acabar de encontrarse en donde uno está, acaso sea la pasión fundamental del animal consciente. Ahora bien, si es cierto que, como dijera Platón, una vida reflexionada posee más valor que una vida sin reflexionar —si es cierto que hay más elevación en quien se examina a sí mismo en nombre de lo que importa y no acabamos de retener que en aquellos que viven sometidos a su circunstancia—, entonces hay quienes tienen en al aire, precisamente, realizar la posibilidad de lo humano. Así, quien evita el ponerse en cuestión estaría más cerca de la bestia que de sí mismo. Como si renunciara a ser lo que es. Por eso la irrupción del cristianismo en la Antigüedad fue tan desconcertante. Pues según el cristianismo, ante Dios, todos somos iguales: el ignorante y el filósofo, el que sabe que, en el fondo, no es más que un ignorante. O dicho de otro modo, si lo decisivo es responder a quien (re)clama el pan de cada día, nadie puede decir de sí mismo que dará el primer paso. De ello se deduce que, donde Dios desaparece del mapa, lo obvio es que, en modo alguno, somos iguales.

hacer la pregunta adecuada

junio 9, 2021 § 1 comentario

La pregunta que le hemos de dirigir al cristiano no es cómo sabes que hay Dios, sino qué pasó para que llegaras a creer, en nombre de Dios, que la bondad triunfará sobre la impiedad (lo cual, dicho sea de paso, deja fuera de juego a muchos de los que se autoproclaman cristianos solo porque dan por descontado que hay un Dios que nos ampara desde el más allá). Y es que la fe en Dios, contra lo que suele entenderse, brota de la crisis de la suposición religiosa, mejor dicho, de su hundimiento en medio del horror. Cualquier fe que no nazca de las cenizas del homo religiosus pertenece a un mundo que ya no es el nuestro. Auschwitz hace inviable —por no decir que convierte en ridículo— el que podamos creer que nos hallamos en presencia de Dios como los antiguos creyeron que el mundo estaba atravesado de poderes invisibles. En el infierno, no hay rastro de Dios.

Por eso, quien lleva sobre sí el llanto de los que sobran no puede seguir bajo la seducción de hipótesis personales. La fe apunta, antes que a los cielos, a lo que sucedió tras la cruz. De ahí la necesidad de contar. Y lo contado suena siempre más o menos como sigue: no hay Dios que nos saque las castañas del fuego; el Mesías cuelga de una cruz; pero he visto a quien, en medio del infierno, cuidó de su verdugo… como si hubiera regresado con vida de la muerte, conservando, sin embargo, la herida en su costado. Todo cuanto cristianamente cabe decir acerca de Dios —incluyendo aquello del uno y trino— es un intento de dar razón de este imposible. De ahí que cristianamente se proclame que el crucificado es el quién de Dios y no solo su representante, lo cual afecta también a Dios. Pues esto último equivale a decir que el Padre aún no es nadie —o mejor dicho, no es más, aunque tampoco menos, que su clamar por su quién— con anterioridad a la entrega del Hijo. Y llegados a este punto uno está tentado de pensar que la figura del Espíritu está, precisamente, para impedir que sigamos creyendo, como quien no quiere la cosa, en la presencia etérea de la divinidad. Pues no hay que olvidar que el Espíritu procede del encuentro histórico entre el Padre y el Hijo. Donde creemos que solo procede del Padre, fácilmente convertirmos al Espíritu en una especie de onda expansiva de un Dios sin cuerpo. Si podemos confesar que Dios está presente incluso donde no parece que pueda haber Dios es porque Dios se encarnó, esto es, porque Dios descendió a los infiernos como hombre —porque no hay otro quién para Dios que el de un crucificado en su nombre.

nuestras manos y las suyas

junio 8, 2021 § Deja un comentario

Suele decirse que Dios no tiene otras manos que las nuestras. De acuerdo. De lo que no se suele hablar es sobre la idea de Dios que hay detrás. Y no suele hablarse porque lo habitual es no terminar de saber de lo que estamos hablando. De ahí que muchos proclamen lo anterior como quien no quiere la cosa —lo cual no quita que lo hagan honestamente—… mientras siguen dirigiéndose a Dios como si tuviera unas manos dispuestas a intervenir ex machina (si es que ello entra en sus planes). Sin embargo, por poco que pensemos nos daremos cuenta de que estamos hablando de un Dios que no es nadie —porque no quiso serlo— sin la respuesta incondicional del hombre. Al fin y al cabo, ya quedó escrito en el Talmud: si tú crees en mí, yo soy; si no crees, no soy. Otro asunto es que esto cueste de tragar para quien permanece sujeto a una concepción ex machina de lo divino. Aunque se vista con los oropeles de una fuerza cósmica y, por eso mismo, impersonal.

Dios y el algoritmo

junio 7, 2021 § Deja un comentario

Antiguamente, los augures, como sabemos, indagaban en las vísceras de un animal —o en la trayectoria de un cometa— buscando signos. ¿Nuestro ejército vencerá? ¿Dónde nacerá el Mesías? Hoy en día, la decisión la proporciona el algoritmo, tan complejo y opaco como la intención de un dios. Seguimos en manos de lo que no terminamos de entender. Solo que ahora el dios es nuestro hijo. Y quizá no sea necesario haber leído a Freud para, cuando menos, intuir que, tarde o temprano, un hijo tiene que matar al padre. Es lo que quiso decirnos Mary Shelley al escribir su Frankenstein. Un hijo es un monstruo. Dios firmó su sentencia de muerte cuando quiso ir más allá de sí mismo creando una humanidad a su imagen. También la firmarán los hombres cuando logren colocar una inteligencia de silicio, por decirlo así, en un cuerpo de carne y hueso. No hay paternidad que no sea sacrificial. De ahí que un padre solo pueda sobrevivir por la piedad de aquel a quien engendró. Aunque su piedad —y acaso sea esto lo que un hijo ignora— suponga el fin de la historia.

Dios y Blancanieves

junio 6, 2021 § Deja un comentario

¿Dios puede decir de sí mismo que es Dios? No, en el caso de que se trate de un sujeto —de un yo. Con la creación de Adán, Dios devino un para sí —y por eso dejo de ser solo un principio, un arkhé. En este sentido, el hombre es el espejo de Dios. Sin embargo, ahí reside su fragilidad. Pues el espejo siempre te dirá que la más bella es otra. Tras el nacimiento de Adán, Dios es un Dios puesto en cuestión —un Dios que se arriesgó como Dios. Y ello por su voluntad —por la voluntad que es Dios. O por decirlo de otro modo, Dios no quiso ser sin el hombre —y, por extensión, no pudo. Estamos hablando, por tanto, de un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser el que es. En lo más íntimo de Dios se halla la renuncia a ser un dios. Pues un Dios pendiente de confirmación es un Dios que se interroga por su quién —aunque en cristiano, dejase de hacerlo en el Gólgota.

enamorarse

junio 5, 2021 § Deja un comentario

No hay amor que comience como amor. Al principio, siempre la ilusión —el espejismo. La cuestión es qué nos enamora. Y ello va a depender de quién haya detrás. Pues no es lo mismo que te sientas atraído por el brillo de un cuerpo que por el poder de su mirada. A los niños les atrae la miel hasta el punto de que son incapaces de poner freno. Para quienes han dejado de serlo, demasiada miel empacha. Richard Sennet defiende que vivimos tiempos donde el carácter se va disolviendo como azúcar en el café —su libro La corrosión del carácter es de lectura casi obligada. Quizá no sea casual que las vocaciones, en la mayoría de los casos, no partan de un referente —de una figura paterna—, sino de un entusiasmo, en definitiva, de una fantasía. De hecho, partir del referente tampoco garantiza nada. Pues tarde o temprano uno tiene que matar a su padre para heredar —para coger su testigo. Y esto no es algo que pueda hacerse como quien no quiere la cosa. Pero sin duda es más frágil partir de lo segundo que de lo primero. Pues no hay querer que no dependa de un sentido de la deuda.

el Vasili

junio 4, 2021 § 1 comentario

Gracias a la autoridad de las figuras sacerdotales, esas que garantizan el encaje de las piezas, tendemos a creer que el sentido de la existencia es la matriz de la moral; que cabe ser buenos porque hay un Bien, escrito con mayúscula. Y esto es así —o mejor dicho, nos parece así— siempre y cuando la moral sea lo que fue en los inicios, a saber, una serie de buenas costumbres. Sin embargo, la cosa es muy distinta si hablamos de la bondad. Pues esta acontece, como creyó Vasili Grosmann, en medio del sinsentido. Precisamente, porque hay algo roto en el mundo —y de un modo en apariencia irreparable— la bondad se hace presente como la excepción que nos permite esperar lo imposible, en definitiva, la reparación. Aunque esta no dependa de nosotros. Ni tampoco solo de un Dios. De ahí que acaso necesitemos más dosis de Vasili Grosmman —y menos de Anselm Grün. Más pan de cada día para los que no tienen pan y menos soma.

el Bien

junio 3, 2021 § Deja un comentario

¿Por qué creemos que una buena madre debe sentir amor por su hijo? ¿Acaso no basta el instinto, el cual siempre tiene corto alcance, para definir lo que es una madre? ¿Por qué creemos que no debería limitarse a soltarlo como si fuéramos peces? ¿Por qué decimos —y decir es juzgar— que una madre de verdad nunca abandonará a su recién nacido en un contenedor? En definitiva, ¿cuál es la razón por la que no podemos entender cuanto es si no es en relación con el Bien? La respuesta ya la dio Platón: porque lo que hay es el Bien. Sin embargo, podríamos también preguntarnos por qué esta respuesta dejó de satisfacernos. Y la pregunta no supone, necesariamente, que Platón regase fuera de tiesto.

de ilusiones

junio 2, 2021 § 1 comentario

Suele decirse que de ilusiones también se vive. Pero es como si se nos dijera que también se vive de la falsedad (y esto al margen de que la sentencia nos parezca adecuada). Pues no hay ilusión que no termine siendo desmentida. De ahí que vayamos de ilusión en ilusión como en el juego de la oca: y tiro porque me toca. Quizá el aprender a vivir no pase tanto por encajar la decepción, sino por saber de qué va el juego (si es que no se trata, precisamente, del de la oca). Y aquí la piedra de toque es el sufrimiento, sobre todo el que padecen injustamente tantas mujeres y hombres. Hay que situarse en la perspectiva del final, o lo que es equivalente, en la de aquellos para los que el mundo ha dejado de ser una oportunidad. Qué prevalece, en definitiva. Aparentemente, el No —el vacío, la soledad, el infierno (aunque si tienes los riñones cubiertos, de hecho no te lo parezca: ándeme yo caliente y ríase la gente, como también suele decirse). Por eso mismo, de creer que la última palabra será un Sí, tarde o temprano tendremos que preguntarnos en nombre de qué o, mejor dicho, de quién lo creemos o esperamos. Pues de no arraigar en la carne de quienes creyeron antes que nosotros —y por nosotros— donde no cabía ninguna fe probablemente nos hallemos ante la mayor de las ilusiones. Puede que los pastores tengan que promover la ilusión de sus ovejas. Sobre todo, cuando empiezan a caminar. Al menos, porque de entrada casi nadie comienza a moverse por la verdad. Pero acaso se equivoquen donde, en un segundo momento, no les proporcionan la munición necesaria para enfrentarse a la impugnación de la creencia inicial. Y esta munición no tiene los mismos ingredientes que los de la ilusión. Pues no es lo mismo fantasear que esperar.

surreal

junio 1, 2021 § Deja un comentario

La película de Juan Cavestany, Un efecto óptico, es ininteligible. Los protagonistas, una pareja de unos sesenta y pico años —estupendos Carmen Machi y Pepón Nieto— deciden hacer un viaje a Nueva York, con el propósito de recomponerse, por decirlo así, tras la pérdida de su única hija, se supone que tras una violación. Sin embargo, ambos entran en una especie de bucle temporal en el que las repeticiones del viaje no terminan de ser exactamente una repetición: los detalles cambian de tal modo que no es lo mismo. Nada termina de encajar. A veces da la impresión de que no han salido de Burgos —de hecho, no da la impresión. A veces, parece que estén efectivamente en Nueva York, aunque no sin alguna que otra anomalía. Es como si tuviéramos las piezas de un puzle, pero sin un modelo a la vista. La película ya está hecha. Solo que está mal montada, se dice en un momento dado a modo de explicación. Y quizá no pueda montarse porque la muerte de Isabel, su hija, sigue ahí como esa distorsión que impide habitar un mundo y, en definitiva, que haya mundo. El arkhé no sería, pues, un principio de orden, sino todo lo contrario. Es cierto que en una de las repeticiones las cosas parece que se desenvuelven según lo previsible. Sin embargo, no se trata de una solución, sino de un montaje más. Prevalece el caos bajo una apariencia de realidad. Así, la película se mueve entre el drama, la comedia y lo onírico. Podría ser que lo extraño —el movimiento azaroso de los corpúsculos— fuese el fondo mismo de lo real. O por decirlo de otro modo: que todas las posibilidades se dieran al mismo tiempo. Nuestro mundo sería simplemente un montaje entre otros, el único que cabe entender, pero que, desde la irrupción de lo irreparable, deviene precisamente surreal. En cualquier caso, la única constante es el desencaje —la soledad— de los protagonistas. No hay mundo que valga para quien tiene que enfrentarse a la muerte del hijo. Únicamente, un final de los tiempos. O si se prefiere, un reset de dimensiones cósmicas. La creación, sencillamente, está rota.

verdad e historia

mayo 31, 2021 § Deja un comentario

Decimos: los pobres nos juzgan. Esto es así. Pero, por lo común, no sentimos que sea así (y por eso mismo, tampoco lo creemos). Únicamente ante ellos podemos llegar a sentirlo —a comprender de qué estamos hablando. De ahí que el criterio de verificación de los enunciados cristianos no sean los hechos, sino la posición en la que nos hallamos: si erguida o arrodillada. En el fondo, tendríamos que leer los enunciados del credo como los sedimentos de una historia, escucharlos como si los recitase aquel que está de vuelta. O mejor dicho, aquellos que volvieron con vida del horror.

tres en uno

mayo 30, 2021 § Deja un comentario

El dogma de la Trinidad dice, en el fondo, algo muy simple: que si Dios es amor, Dios no puede ser solo Dios. El hombre, por tanto, no debe quedar fuera de Dios. Y esto desde un principio. Karl Rahner sostuvo que la trinidad económica es la inmanente (y viceversa). Traducción más o menos libre: la esencia del Dios trino es su realización en la historia, su darse como hombre. O por decirlo de otro modo, Dios es in fieri. Y esto es así porque Dios no quiere —y por eso mismo, no puede— ser sin el hombre. En esta voluntad se concentra la existencia del único Dios —y esto significa que Dios, al margen del hombre, es su clamar por el hombre. El Dios cristiano es un Dios que se arriesgó como Dios al ponerse en manos de los hombres para llegar a ser el que es. El hombre es lo otro de Dios —lo que, consecuentemente, lo pone en cuestión. Pero al igual que Dios —en realidad, el Padre— es la alteridad a la que el hombre se encuentra esencialmente expuesto. Me atrevería a decir que la dogmática trinitaria no dice más, aunque tampoco menos, que lo siguiente: Dios es la reconciliación entre Dios y el hombre o, siendo estrictos, entre el Padre y el Hijo, de tal modo que si esta no hubiera tenido lugar sobre un cadalso, ambos seguirían siendo aún nadie. El Padre, por sí mismo, aún no es Dios sin la respuesta incondicional del Hijo a su clamor. Como tampoco el Hijo hecho carne llega a ser divino sin su abandonarse en manos de un Padre que renunció desde el origen de los tiempos a su poder ex machina. El misterio de Dios no reside, por tanto, en la ininteligibilidad del tres en uno, sino en el carácter eternamente invisible del Padre, así como en lo escandaloso de su entrega, al menos para una sensibilidad tópicamente religiosa. En definitiva, el misterio tiene que ver con lo extraño —lo contranatural—de esta historia. De ahí que los cristianos confiesen que el Padre no tiene otro rostro que el del Hijo. Que estar ante el Padre es lo mismo que estar ante aquel que crucificaron en su nombre. Y esto es mucho confesar.

yo-yo

mayo 30, 2021 § Deja un comentario

Algunos dicen yo creo en Dios. Y por lo común, lo dicen dice como quien dice yo opino que hay Dios o yo siento a Dios en lo más íntimo. Ahora bien, acaso este sea el síntoma de que, hoy en día, esto del creer se ha puesto muy cuesta arriba. Hay aquí un exceso de yo como para que podamos hablar de fe. Pues la confesión creyente nunca fue, como tal, un parecer, sino una respuesta a un aparecer. En relación con la fe, lo primero no es el yo, sino la irrupción de Dios, aquella que nos saca del quicio de la autosatisfacción. Dios no cierra el círculo. Más bien, lo abre. No es posible creer donde Dios no se da por descontado —y por eso mismo, tiene que ser supuesto. En cualquier caso, se creerá que se cree.

Con todo, Dios en verdad nunca fue un dato de la experiencia, sino un Dios por venir —un Dios en adviento como dice Jüngel. Por eso, su irrupción no es la de un deus ex machina —no puede serlo—, sino la de aquellos que soportan sobre sus espaldas el peso de un Dios en retroceso, un retroceso que, no obstante, se dirige —o eso espera el creyente— hacia el fin de los tiempos. Su aparecer es el de un desparecido. Donde se da por descontado como la presencia invisible que sostiene el orden de lo visible, esto es, como quien está convencido de que, por el humo que observa, tiene que haber un fuego tras los muros, la experiencia de Dios es sustituible: el lugar de Dios puede ocuparlo cualquier otra cosa. Se trata de un dios demasiado mundano como para que pueda trascender el horizonte de lo factible. De ahí que la fe, a pesar de la cuesta arriba, siga siendo posible hoy en día como antes. Basta con partir de una ausencia irreparable, al menos desde nuestro lado. Aunque para ello uno tenga que hallarse en la situación de quienes, antes que pensarla, sufren dicha ausencia.

Pannenberg y el asunto de la resurrección

mayo 29, 2021 § Deja un comentario

En Consideraciones dogmáticas acerca de la resurrección de Jesús, un escrito de 1968, Wolfhart Pannenberg sostiene que el motivo teológico de la ascensión a los cielos del resucitado expresa a su manera la creencia de que Jesús, también como hombre, comparte el modo de ser de Dios. Ahora bien, esto implica que el significado de la resurrección depende de cómo comprendamos la realidad de Dios. En este punto, me atrevería a decir, se decide la novedad cristiana. Y aquí puede que no esté de más recordar que, en los inicios, la experiencia de Dios iba muy ligada a la irrupción del Reino. Por consiguiente, mientras no llegue el Reino, Dios, sencillamente, permanece oculto. Y esto es lo mismo que decir que Dios se da en adviento, como suele decir Eberhard Jüngel. Dios es el Dios que viene, el Dios por-venir —y quien dice porvenir dice por ver. En este sentido no es casual que los primeros cristianos entendieran la resurrección como la irrupción de Dios en la historia —de su Reino—, como el comienzo de una nueva creación. Es a partir de la resurrección que se llega a la fe en la encarnación (y no a la inversa). Para los testigos de la resurrección, Dios dejó de ser el Dios que está por venir o por ver. Pues se hizo presente en Jesús y como Jesús.

Sin embargo, el problema —al margen de que el hecho de la resurrección nos resulte, al menos hoy en día, difícil de admitir— es que cabe entender lo anterior de dos modos. El primero es el de Pannenberg, que es, por otro lado, el habitual: la esencia de Dios está determinada de antemano, y por eso mismo, su intervención tras el tercer día fue, necesariamente, ex machina. Aquí el resucitado participa de la vida de Dios como el que se conecta a —o queda transformado por— la fuente de la existencia. El segundo, díria, es el que nos permite comprender, cuando menos, el carácter disruptivo del cristianismo con respecto a la religión: el resucitado no es que comparta, como afirma Panneberg, el modo de ser de Dios, sino que es, precisamente, su modo de ser. En este sentido, la resurrección no solo tendría que ver con el hombre que fue Jesús —con la transfiguración de su cuerpo—, sino también con la realidad de Dios. Al fin y al cabo, todo depende de si la restauración del vínculo originario entre Dios y el hombre —el que se quebró con la caída— se entiende como una vuelta a casa, aunque sea por la iniciativa de Dios, o, por contra, como el hacerse presente de Dios en el centro de la historia. Hay que tomarse este hacerse presente en su sentido más literal, lo que supone aceptar, de entrada, que nada es que no se haga presente. Hablamos, por tanto, de un Dios que, tras la caída, tuvo pendiente su modo de ser —un Dios que tuvo en el aire, nunca mejor dicho, su identidad como Dios. La resurrección, por tanto, afecta a Dios, y no solo al hombre, porque la caída afectó no solo al hombre, sino también a Dios. Esto, diría, es lo que impide que el cristianismo sea asimilable a una religión entre otras. Pues el Dios del que hablamos no es aquel que ya está hecho, como quien dice, sino de quien no quiso ser sin el hombre —un Dios cuya voluntad fue la de reconocerse en el cuerpo del hombre y no solo la de estar junto al hombre. Evidentemente, este Dios no termina de homologarse a lo que entendemos espontáneamente por divino. Y es que aquí no hay fuente que sea independiente de la adhesión —la fe, el fiat— del hombre.

idolatría

mayo 28, 2021 § Deja un comentario

Quizá no hayamos entendido aún el alcance de la prohibición profética de hacerse una imagen de Dios (y ello al margen de que este malentendido sea inevitable). Pues por el nombre de Dios es el nombre de esa alteridad radical a la que nos hallamos expuestos en tanto que arrojados al mundo. Donde nos hacemos una imagen —aunque esta sea una imagen a favor como la de un dios bonachón— corremos el riesgo de reducir la alteridad de Dios, o lo que viene a ser lo mismo, de suprimir su radical extrañeza. En este sentido, un dios concebido a nuestra imagen y semejanza —un dios conveniente o, cuando menos, tratable— supone una inversión de nuestra sujeción a un pasado anterior a la historia. Y es que la extrañeza —la genuina trascendencia— no se da con respecto a un dominio que todavía no somos capaces de explicar, pero que en principio sería explicable, sino con respecto a una desaparición fundamental —a una pérdida irreparable—, a saber, la del Otro en cuanto tal. Cuanto quepa decir acerca de Dios —de su naturaleza— no es propiamente de Dios, sino en cualquier caso de lo debido a su ocultación o paso atrás. Por tanto, el que Dios sea misericordioso, pongamos por caso, no tiene que ver con lo que nos parece que es Dios, sino con el hecho de que seguimos con vida ante la amenaza que supone nuestra exposición a lo esencialmente extraño (y no solo a poderes sobrenaturales, los cuales son solo aparentemente divinos). En este sentido, la gracia no deja de ser una medida de gracia. Los dioses que poblaron el mundo fueron, en realidad, los suplentes de ese Dios —sus lugartenientes, en el sentido literal de la expresión. Así, con la presencia palpable de la divinidad pasamos de estar sujetos a una extrañeza irreductible a un estar enfrentados a poderes con los que negociar. En vez de una esencial invisibilidad, fuerzas invisibles. De ahí que podamos comprender la irrupción del monoteísmo como una recuperación de nuestra originaria exposición a lo imposible —a lo que no cabe asimilar como correlato de la subjetividad, en definitiva, como posibilidad. No hay nada que sea más real —nada más exterior— que lo imposible o inviable. Pues lo imposible es, precisamente, lo que no puede realizarse como presente. Donde olvidamos que Dios, en verdad, es inviable como dios, el monoteísmo, tarde o temprano, deriva en deísmo. Como si la diferencia entre monoteísmo y politeísmo fuese meramente cuantitativa.

fe y reflexión

mayo 27, 2021 § Deja un comentario

El pensar —la reflexión, el volver sobre lo dado u obvio— pone de los nervios a quien no piensa —al que permanece instalado en la creencia, en cuanto da por sentado. Y en cierto modo es normal. Pues donde irrumpe la reflexión, como decía Hegel, no vuelve a crecer la hierba —o al menos, la misma hierba. Sencillamente, dejamos de pisar tierra firme. Ahora bien, si es cierto que somos en gran medida nuestra inquietud —y en último término, nuestra inquietud por la verdad—, nadie puede renunciar a examinar su creencia sin renunciar a sí mismo —sin convertirse en una pieza más del engranaje.

El problema es que este examen no es inocente. Pues resulta inevitable partir de algún que otro postulado o, mejor dicho, de una posición. No es lo mismo, por ejemplo, preguntarse por la verdad donde presuponemos que se trata de corroborar por medio de la experiencia una determinada hipótesis que donde partimos de la idea de que la verdad es un tener lugar, antes que una conformidad entre los hechos y su representación. En el primer caso, la posición es la de espectador imparcial —y para un espectador imparcial nada acontece o tiene lugar, sino que simplemente pasa. No es casual que el escepticismo sea el destino de una reflexión llevada a cabo desde la grada. Para el dios —y un espectador imparcial no deja de ocupar el lugar de un dios— todo es irrelevante. En el segundo, sin embargo, cuanto acontece siempre se decide desde el lado de la alteridad, del extraño por defecto. Ahora bien, con respecto al extraño no cabe un saber, ni siquiera hipotético. Pues el extraño irrumpe, precisamente, como el que convierte cuanto damos por sentado en un trampantojo. Se trata, en definitiva, de un hallarse en manos de, al fin y al cabo, de un descentramiento —y por eso mismo, en esta posición solo cabe esperar, confiar, tener fe. Sin embargo, el riesgo de la esperanza es el de transformarse en una expectativa más o menos creíble, cuando lo cierto es que tan solo en relación con lo que el mundo no puede admitir como posibilidad —esto es, en relación con lo increíble— podemos mantener la lucidez de quien ha tocado fondo. Los pastores quizá se equivoquen cuando les ahorran a las ovejas los dolores de parto, sobre todo cuando ya han dejado atrás la infancia. De ahí que antes que testigos del más allá acaben siendo funcionarios, por no decir monitores de un kindergarten. Aunque, en realidad, esto tampoco debería sorprendernos. Pues la tensión entre el sacerdote y el profeta es tan vieja como la Escritura. Por no hablar de la que se da entre este último y el escriba, aquel que acaso sepa de lo que habla, aunque se trate de un saber paradójico, pero sin asumir ningún riesgo.

la fuerza de las palabras

mayo 27, 2021 § Deja un comentario

El peligro de las grandes palabras es que se bastan a sí mismas para provocar estados de ánimo. Así, por ejemplo, cuando se nos dijo vale la pena entregar la vida entera a Dios quizá lo de menos fuese Dios. Perfectamente, podríamos hallar cualquier otro motivo: la patria, una obsesión creadora, el océano, la amante… Para que Dios sea lo primero —y no la excusa—, Dios tiene que desaparecer del lenguaje. De hecho, ante Dios —ante su retroceso— nos quedamos sin palabras. Y no porque nos hallemos frente a lo numinoso, tan fascinante como terrible, sino porque no hay otra epifanía que la del abandonado de Dios. El niño-Dios viene en patera. Este es el verdadero exceso. De ahí que la entrega solo logre integrar una existencia donde no responde a nuestra necesidad de encontrar un centro de gravedad, sino al clamor de los sin Dios. O dicho de otro modo, donde en nombre de Dios, Dios no puede darse por descontado. En realidad, que la diferencia entre darlo todo por Dios —por los que ocupan su lugar— o casi todo sea infinita es algo que solo cabe proclamar a posteriori, habiendo regresado con vida de la muerte, como quien dice. Y me atrevería a añadir que no sin balbucear; esto es, no sin que las palabras queden abrazadas por un enorme silencio.

sobre las verdades

mayo 26, 2021 § Deja un comentario

No hay Dios. Esta es nuestra verdad. Pues el hombre nace como el que tuvo que negar a Dios. Aunque crea en su presencia como quien cree en la existencia del Yeti, del cual hay indicios aunque todavía esté por ver. La cuestión es si esta es también la verdad de Dios. Podríamos preguntárselo. Pero Dios siempre responderá del mismo modo: dímelo tú. Es lo que tiene un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser el que es.

a la inversa

mayo 25, 2021 § 2 comentarios

La tierra firme es para los peces un infierno —aunque se imaginen que allí podrán ahorrarse al depredador—, mientras que el mar lo es para nosotros. Podríamos decir algo parecido con respecto a nuestra relación con un dios. Quisiéramos ascender a los cielos, reconquistar el paraíso —este es nuestro sueño—, mientras que los dioses tienen que caer para pisar la tierra. No es causal que, de permanecer en ella, terminen ahogándose: no es su lugar. Quizá por eso Epicuro dijo que los dioses no querían saber nada de nosotros —al igual que sería absurdo que nos preocupásemos de las orugas. De ahí lo extraño de una fe que apunta a un Dios que no quiso seguir siendo Dios sin el hombre. Proclamar que no hay otro Dios está, por tanto, muy cerca de negar que haya Dios. Aun cuando lo que aquí se defienda sea que el otro en verdad es el nadie que anima el cuerpo del hombre, un eterno porvenir. En cualquier caso, lo cierto es que solo como sujetos a este Dios pudimos liberarnos del poder asfixiante de un dios.

el más y el menos del Padre: un apunte trinitario

mayo 23, 2021 § 1 comentario

Como sostuvo Hegel, quizá tengamos que pensar la sustancia como sujeto y no como objeto (bueno, Hegel lo decía sin el quizá). Traducción libre: lo que para nosotros se muestra como la alteridad avant la lettre —como lo real en su carácter absolutamente otro— no puede ser un algo, sino un alguien (y por esta razón, lo absoluto lo es todo). Aquí hay que hilar fino. Cuando menos, porque no deberíamos entender lo que acabamos de decir como si hablásemos de alguien en concreto, aunque espectral. Hablamos de la voluntad que se halla inscrita, por decirlo así, en la lógica de lo real (Hegel diría en la del concepto). En el fondo, nos estamos refiriendo a la naturaleza paradójica o, mejor dicho, dialéctica de cuanto es. Desde nuestro lado, no hay nada real que, siendo otro, no se haga presente a una sensibilidad —y por eso mismo, relativamente. De ahí que el carácter otro de lo real solo pueda revelarse como lo absuelto de cualquier vínculo retrocediendo, en el momento de hacerse presente, a un pasado inmemorial. Ahora bien, esto es así desde nuestro lado, desde la óptica de quien ha sido arrojado a la existencia —Hegel diría desde el punto de vista de la conciencia desdichada. En cambio, si nos situamos del lado de lo originario, lo cual solo es posible partiendo del concepto, las cosas son un tanto distintas. Y es que tan solo puede haber un haber donde lo uno-originario se diferencia internamente en su opuesto —o dicho a la hegeliana, donde lo en sí deviene un para sí. No en vano Hegel insistió en la necesidad, como decíamos al comienzo, de pensar la sustancia como sujeto, lo cual equivale a decir como un devenir conciencia. Ahora bien, este devenir únicamente es posible donde la afirmación de sí, la cual se logra a través de la identificación con lo que es puesto fuera de sí, conserva en su seno la negación de sí que implica el proceso de diferenciación.

Como escribió Rimbaud, je est un autre (y aquí no estaría de más evitar la típica lectura sentimental: como si Rimbaud dijera lo que no dice, a saber, que nadie puede vivir sin sus semejantes). Que el yo sea un otro para sí mismo significa que el para sí de la subjetividad se da con respecto a la extrañeza que representa el cuerpo con el que se identifica. O dicho a la inversa, que el yo siempre difiere del cuerpo que reconoce como suyo. Sin este continuo diferir de sí no habría propiamente identidad. Es cierto que el yo no es nadie sin su cuerpo —no se trata, por tanto, de un alma para la que el cuerpo es una prisión. Pero un cuerpo por sí solo no existe. En cualquier caso, está ahí. Los chimpancés no tienen cuerpo. Pues al no ser para sí mismos, nunca se encuentran más allá de la corporalidad. Tan solo existe lo que se encuentra escindido. En el fondo, Hegel —que no Rimbaud— habla de Dios, mejor dicho, del Dios cristiano. Pues se trata del Dios que no quiso ser sin el hombre —un hombre que fue creado a imagen y semejanza. Como si Dios no quisiera —y por eso mismo, no pudiera– ser el que es sin reconocerse en su criatura.

En este sentido, no es casual que Hans Küng viera en Hegel a un teólogo enmascarado —o en particular, al pensador que expresó en clave puramente lógico conceptual el galimatías trinitario. Al fin y al cabo, el dogma de la trinidad traduce a su manera la idea de que no es posible diferenciar la realidad de Dios de la historia de Dios. Pues aquí no decimos que Dios intervenga ex machina en la historia, sino que Dios es su historia, una historia que no terminó de ser suya hasta la respuesta incondicional de aquel que murió abandonándose al Padre donde no parecía que hubiese ningún Padre. Es por eso que, cristianamente, la cruz es el lugar de la reconciliación entre Dios y el hombre, una reconciliación por la que tanto el hombre como Dios llegan a ser, en el centro de la historia, quienes fueron in illo tempore. En este sentido, el Padre es más que el rostro del Hijo con el que se identifica. Pero, en sí mismo, es menos: estrictamente, no es aún nadie (aunque al igual que el hombre ignora lo que quiere mientras no sepa quién es su Padre —mientras no le sea fiel). Sin duda, estamos lejos de lo que defiende la típica sensibilidad religiosa. Y es que, según esta, Dios no se ofrece in fieri, sino que, en vez de descender a los barros de la historia para llegar a ser el que es, permanece inalterable en su sitio, por decirlo así.

Otro asunto es que la cristiandad haya oscilado entre la religiosidad y su superación. Cuando menos, porque lo habitual en muchos cristianos ha sido —y sigue siendo— un dirigirse al Padre… como si su paternidad fuese independiente de su haberse identificado de una vez por todas con aquel que fue crucificado en su nombre. Esto es, como si Dios no tuviese cuerpo —como si no hubiese habido Encarnación. Pero como decíamos, este es otro asunto.

¿Hay Dios? ¿O más bien, lo hubo?

mayo 22, 2021 § 1 comentario

Sin duda, aún podemos preguntarnos si hay Dios. Pero antes quizá no esté de más preguntarse ¿qué puede haber? Y la respuesta, de entrada, parece desconcertante: lo que admite una cosmovisión. Mejor dicho, sus presupuestos. Pues no hay hechos que sean químicamente puros. Toda visión incluye una carga teórica, un cierto saber a qué atenerse. Se trata de un saber cultural, como quien dice. Así, es indiscutible que en nuestro mundo hay dinero. Como también lo es que no lo hay para los aborígenes del Amazonas: para ellos, tan solo trozos de papel… a los que nosotros, los blancos, les damos un valor casi sagrado. Esto en lo que respecta a los hechos.

Pues bien, si la fe cristiana es universal será porque, en el fondo, trasciende cualquier cosmovisión (aunque para expresarse originariamente tuviera que forzar el lenguaje disponible… para hacerle decir lo que en modo alguno podía admitir). Y no porque su Dios sea algo así como el punto de fuga de las diferentes sensibilidades religiosas, sino porque, en cuanto tal, no es un dato de la experiencia —un hecho, ni siquiera oculto—, sino la alteridad que se encuentra siempre en falta, aquella cuyo retroceso a un pasado inmemorial —o, si se prefiere, a un eterno porvenir— es la condición de posibilidad de cualquier mundo y, por extensión, de nuestro estar en el mundo. Solo si tenemos esto en cuenta cabe confesar que el Padre no tiene otro rostro —otra identidad— que el de un crucificado. El resto es religión.

el orden de los factores a veces altera el producto

mayo 21, 2021 § 1 comentario

Muchos cristianos creen que Jesús es Dios. Y esto, ciertamente, no es incorrecto. Sin embargo, el riesgo de comenzar por ahí es de partir de una cierta idea de Dios. Así, lo primero sería creer que Dios es, por ejemplo, bondad o amor. Desde este prejuicio Jesús sería Dios, precisamente, porque encarnó a la perfección —se supone— la bondad de Dios (y la encarnó porque era Dios mismo entre los hombres). Ahora bien, en ese caso no habría habido propiamente revelación, sino en cualquier caso iluminación: ahora ya sabemos quién lo representa. Aquí Dios continuaría siendo el que imaginamos en un principio. Es lo que tiene empezar la casa por el tejado —o en términos teológicos, por una cristología descendente o desde arriba. Consecuentemente, para comprender, cuando menos, qué dice el cristianismo —para situar su aportación— acaso tengamos que invertir el orden de los factores. Esto es, comenzar por el hombre que fue Jesús de Nazaret. Ahora bien, el riesgo de este punto de partida, sobre todo si tenemos en cuenta que hoy ya no se da a Dios por descontado, es el de caer en una variante del viejo arrianismo: Jesús fue a lo sumo un hombre ejemplar, un modelo de vida. El único modo de evitar este riesgo es interiorizando que Dios quedó herido de muerte, por decirlo así, tras el desprecio de Adán… lo cual cuesta de digerir, religiosamente hablando. La mutación que implica la Encarnación con respesto a lo que habitualmente se admite como divino solo es vislumbrable donde asumimos que, tras la caída, Dios —estrictamente, el Padre— tuvo pendiente su identidad. Es lo que tiene un Dios que no quiso ser nadie sin la adhesión del hombre (y esto está, sin duda, muy lejos de un dios cuya esencia o forma de ser está ya decidida al margen de la historia). En la cruz, no solo se puso en juego el destino del hombre, sino también el de Dios. Y quien dice en la cruz, dice en las cruces de cada día. Me atrevería a decir que solo partiendo de este Dios —de hecho, solo sufriéndolo, en el sentido más amplio de la expresión— cabe responder a la pregunta fundamental: y tú quien dices que soy yo. Pues, de lo contrario, o bien haremos de Jesús un dios paseándose por la tierra —siendo, por eso mismo, más que hombre, un dios enmascarado—; o bien, solo un hombre de Dios, pero no Dios mismo como hombre. Pues confesar que Jesús es Dios sin confesar que Dios es Jesús no es aún cristiano. Como tampoco lo es proclamar que Dios es Jesús sin haber caído en la cuenta de que la identidad de Dios estuvo en el aire, nunca mejor dicho, antes del fiat de aquel que murió como un apartado de Dios. Únicamente donde tenemos esto presente podemos confesar que Jesús es el quién de Dios, su modo de ser y no solo su ejemplificación. O por decirlo a la dogmática, Dios verdadero y hombre verdadero. Y es que, al fin y al cabo, solo desde un Dios (de)pendiente, como quien dice, podemos sostener que las declaraciones fundamentales del cristianismo, a saber, Jesús es Dios y Dios es Jesús, son las dos caras de una misma moneda.

el dilema

mayo 20, 2021 § Deja un comentario

O estamos en manos de un poder divino —un poder capaz de lo imposible, de lo que el mundo no puede integrar como posibilidad—; o creemos que tenemos el poder —que toda resistencia es circunstancial o tan solo natural… aunque de facto no tengamos el poder de mover las galaxias. Diría que la fe solo es posible donde partimos de lo primero (pues no hay fe donde nos limitamos a suponer que hay Dios como quien dice que hay quarks). Y esto es lo mismo que decir de un estar expuestos a una alteridad que, como tal, los mundos tienen pendiente. O mejor dicho, del mandato que se desprende de esa exposición. Como si la bendición o la maldición se decidiese en nuestra respuesta (aunque también, y esto sería lo desconcertante, el sí o el no de Dios).

del seguimiento cristiano

mayo 19, 2021 § Deja un comentario

Hoy en día, el anuncio de Ernest Shackleton, publicado en la prensa de Londres en 1907 con el propósito de reclutar a quienes tendrían que atravesar por primera vez el Polo Sur, difícilmente tendría algún eco: se buscan hombres para un viaje arriesgado. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito. No nos va esto de la cuesta arriba. Por no hablar de quien quiera seguirme que cargue con su cruz. En su lugar, apúntate que será muy chulo —o también: te llenará. En vez, de espíritu de combate, realización personal. En vez de ascenso, planicie. La desaparición de la figura del padre encuentra su correlato en la abundancia de niños: sin caramelo, tan solo malas caras. Quizá no sea casual que la crisis de vocaciones, como suele decirse, vaya con la corrosión moderna del carácter (muy recomendable la lectura del libro de Richard Sennet de título homónimo). Como si cualquier joven fuese una variante del joven rico de la parábola. ¿Quién se animará a quemar las naves si de lo único que se trata es hallarse a uno mismo —de darle un like a la opción que más nos satisface? ¿Qué motivos tendrás para decir aquí estoy, qué quieres que haga si cuanto te rodea te da a entender que tú eres el centro? Todo es, al fin y al cabo, obediencia —o si se prefiere, respuesta confiada e incondicional. La cuestión es a qué —o mejor dicho, a quién. Pues la vida se convierte en una estafa donde no nos atrevemos a coger el testigo. Aunque, de entrada, nos seduzca como nos seduce la publicidad.

Bultmann y el Jefe Seattle

mayo 18, 2021 § Deja un comentario

Decía Bultmann que no cabe creer en un mundo poblado de ángeles y demonios una vez hemos logrado controlar la energía atómica. En cualquier caso, esa creencia sería compensatoria. Es como si alguien, sintiéndose conmovido por la carta que el Jefe Seattle le dirigió en su momento a George Washinton —la tierra no pertenece al hombre, sino el hombre a la tierra—, se dijera a sí mismo que cree en ello… mientras se dirige en coche al trabajo o simplemente abre el grifo para ducharse. Nada de esto último hubiera sido posible sin la voluntad de dominar la tierra —sin que la tierra hubiera dejado de ser sagrada. O como el serial killer que ve las películas de Frank Capra para poder decirse a sí mismo que cree en la bondad. No creemos en lo que quisiéramos creer, sino en lo que podemos creer. Y esta posibilidad reside en cómo nos situamos ante lo que nos rodea o, por decirlo a la Marx, en el modo de existencia. De ahí que más que creer en ángeles y demonios —o en nuestra comunión con la tierra—, si este fuera el caso, creamos que creemos. Otro asunto es si lo anterior podríamos aplicarlo también a la creencia cristiana. Y diría que sí, a menos que nos hallemos en la posición de quienes no parecen contar ni siquiera para Dios.

cuerpo y alma, de nuevo

mayo 17, 2021 § 2 comentarios

La distinción clásica entre cuerpo y alma corre paralela a la que media entre ver y ser visto. Así, los hombres lo que primero ven en una mujer es lo aprovechable de ella —sus curvas, sus orificios, su textura. Se trata de un cuerpo trozeado, un cuerpo que provoca el hambre de los hombres. Aquí todo se decide entre cuerpos. Y entre cuerpos no hay más que reacción. La cosa cambia, sin embargo, cuando él topa con la mirada de ella. Entonces, comienza otra historia —de hecho, su historia. Pues aquí lo primero será un ser visto —un ser puesto en cuestión— por unos ojos que nos miran desde el más allá del sí mismo —desde su indigencia. A partir de ese instante no cabe la reacción, sino en cualquier caso una respuesta. No es posible unir el ver y el ser visto. En el primer caso, permaneces fuera del otro como si fueras su espectador. En el segundo, en medio de la escena. Así, o ves o eres visto. Con todo, siempre cabe recuperar el cuerpo desde esa mirada —desde ese extravío. Pero no será el mismo cuerpo que cuando lo único que nos interesaba era comer. En este sentido, podríamos hablar de un cuerpo transfigurado. El problema hoy en día es que no disponemos de un lenguaje, salvo el extravagante, que nos permita hablar en estos términos. La inquisición no nos lo permite. Eppur si muove.

una pascua extraña

mayo 17, 2021 § 1 comentario

Para la sensibilidad judía de la época, la muerte en la cruz supuso la negación de la pretensión de Jesús de Nazaret. Sencillamente, Jesús murió como un maldito de Dios. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo pudo la resurrección anular la maldición? Que Jesús muriese como un apestado de Dios fue para los discípulos lo que para nosotros sería que hoy descubriéramos que los asesinos de Óscar Romero no fueron los sicarios del gobierno militar, sino los padres de los niños de quienes abusó. ¿Bastaría con que Óscar Romero hubiese sido levantado de entre los muertos para redimirlo? ¿Podríamos admitir que Dios en realidad estaba con él? No parece que los discípulos, de haberse escandalizado, pudieran haberlo digerido en tan poco tiempo. Hubiera hecho falta una transformación súbita para llegar a reconocer el rostro de Dios en el rostro de un crucificado en nombre de Dios. Y no me atrevería a decir que la hubiese. Ni siquiera con la resurrección (pues esta hubiese sido, más que reveladora, desconcertante, al poner de manifiesto que Dios estaba de lado de un bastardo).

De ahí que podamos sospechar que la cruz no fue tan escandalosa para los seguidores de Jesús como suele decirse. Y si no lo fue, la condena de Jesús tuvo que poseer un carácter eminentemente político, aunque, en la epoca, el significado soteriológico de la cruz, revelado con la resurrección, no pudiera desprenderse de su significado político: ambos iban de la mano. De hecho, murió entre dos guerrileros. Ahora bien, si esto es cierto, entonces, antes que el lugar de la redención, la cruz fue, para los discípulos de Galilea, simplemente un mal final, una decepción: Jesús no era el Mesías que esperaban (y para entender mejor la minimización del escándalo quizá convenga tener presente que los galileos eran algo así como la escoria de Israel, al fin y al cabo, unos descreídos). Por consiguiente, desde esta óptica podríamos decir que la resurrección fue, antes que la revelación de que Jesús estaba con un maldito de Dios, la confirmación, por parte de Dios, de un proyecto político-religioso. Quizá no sea secundario que el primero en hablar del escándalo de la cruz —de la naturaleza inaceptable de la revelación— fuese Pablo, el cual estaba lejos, como sabemos, de participar del sueño mileranista de aquellos a los que inicialmente persiguió. Y de ahí a la confesión de Jesús como Dios entre los hombres media un paso. Aunque el cristianismo tardase unos cuatro siglos el darlo (y casi veinte en comprenderlo).

de vikingos, elfos y variantes

mayo 16, 2021 § 2 comentarios

El dios de los vikingos es un supervikingo. El de los elfos, un superelfo. El de los pobres, un superpobre. Ergo, un pobre Dios. No es casual que Nietzsche intuyera que los tiros del ateísmo comenzasen a dispararse en Israel.

calvinismo no viene de calvo

mayo 15, 2021 § Deja un comentario

Cito a Calvino: se nos promete la vida eterna; pero se nos promete a nosotros, los muertos. Se nos anuncia la resurrección bienaventurada; pero entretanto estamos rodeados de podredumbre. Se nos llama justos; pero el pecado habita en nosotros. Oímos hablar de una bienaventuranza inefable; pero mientras tanto nos hallamos oprimidos aquí por una miseria infinita. Se nos promete sobreabundancia de bienes; pero somos ricos solo en hambre y sed (Ad Hebreos 11,1). Cualquiera, ante estas evidencias, diría que las promesas del cristianismo, antes que vanas, constituyen una burla. Basta con imaginar que frente a un grupo de deshechos humanos —parias, leprosos, judíos en Auschwitz…— proclamamos que ellos herederán la tierra. ¿Va en serio? Según la confesión cristiana, sí. Por eso, la fe encuentra su medida en esta situación: tan solo los que no cuentan pueden testificar nuestra fe. Donde no nos atrevemos a confesar bajo la mirada de los muertos, no hay fe, sino acaso wishful thinking.

De ahí que la cuestión sea en nombre de qué —de quién— tenemos derecho a esperar lo imposible. ¿De un Dios que aparece como un desaparecido? Más bien en nombre de quien murió en su lugar y, por eso mismo, ocupó su lugar, por decirlo así —en nombre del cuerpo de Dios, un cuerpo que ofreció un gesto de piedad donde no podía haber piedad. Al fin y al cabo, por el poder del espíritu de su resurrección. Y este es el problema hoy en día (y acaso de siempre): que cuesta creer en lo increíble, en lo que no está garantizado como posibilidad. Consecuentemente, la fe no puede ignorar la cuestión del poder. Pues lo que está en el aire es, precisamente, quién terminará venciendo, si Dios o el mundo. En definitiva, de qué lado se resolverá la indecisión de la existencia, si del de la imposibilidad de Dios o del de lo posible. Ahora bien, cuando hablamos del poder de Dios, aunque se trate del poder de un Dios que no quiso ser sin el hombre, es difícil no caer en el deus ex machina de las tragedias griegas. Y esto está muy cerca de regresar, como decía Bultmann, al mito. O por decirlo de otro modo, a la infancia.

Por eso, si el cristianismo es el antimito par excellence es porque su Dios no es nadie —no puede nada— sin la entrega del hombre; porque el Padre llega a ser el que es solo por la adhesión del Hijo. Es a través de su entrega que el Padre sale de su silencio (y sale como el poder capaz de resucitar a los muertos). De ahí que no haya resurrección ex machina hacia el final de los tiempos (a pesar de que así nos lo imaginemos religiosamente). Y esto es como decir que el poder del espíritu de Dios solo se hará presente hoy como ayer —en el futuro como hace dos mil años tras el tercer día— en aquellos que hagan cuerpo de un Dios en caída libre.

Jesús de Nazaret y la resurrección

mayo 14, 2021 § 3 comentarios

Llama la atención que Jesús de Nazaret, en su predicación, apenas mencionase la resurrección de los muertos. No parece cuadrar con la idea de que fuese un profeta apocalíptico entre otros. Más bien, Jesús dijo lo que dijo —e hizo lo que hizo— como si la revolución de Dios comenzase con su actividad. Este acento en el presente debió tener, por tanto, consecuencias políticas. Pues no es lo mismo proclamar que los muertos resucitarán al final de los tiempos que anunciar, en una provincia del Imperio, que la revolución de Dios es inminente… sobre todo si el a Dios rogando va acompañado de y con el mazo dando. La bienaventuranzas hubieran sido una provocación para los lumpen a quienes iban dirigidas, si estos no las hubieran entendido en clave política: pronto tomaremos el palacio de invierno, y vosotros seréis los primeros en entrar. Ciertamente, ignoramos los detalles del Jesús sedicioso. Tan solo contamos con indicios. Pero, en cualquier caso, a Jesús no lo crucificaron los romanos por proclamar que Dios es amor o porque estuviese convencido, como los fariseos, de que, por el poder de Dios, los cuerpos sobrevivirán a su muerte. Es verdad que la provocación religiosa estuvo ahí. Pero en el Israel de la época, los motivos religiosos difícilmente podían separarse de los políticos. O por decirlo de otro modo, las disputas ad intra tenían implicaciones ad extra… sobre todo si uno de los disputantes entraba en el Templo con un látigo. Por eso podemos imaginar cuál habría sido la estupefacción del crucificado, si en su agonía, alguien le hubiera susurrado al oído: no te lo creerás, pero acabarás siendo el amigo invisible de los hijos de quienes ahora te condenan.

verdad y poder

mayo 13, 2021 § Deja un comentario

La verdad por sí sola no puede. Esto tiene, sin embargo, su reverso: que el que detenta un poder fácilmente impone su delirio como verdad. Por ejemplo, hoy en día, y no solo en los campus norteamericanos, la voz de los ofendidos por defecto: que si Platón pertenece al heteropatriarcado (y por eso no debería enseñarse): que si no puedes traducir a la Dickinson a menos que seas mujer (y aquí podríamos añadir: y solterona y meapilas)… Es lo que Harold Bloom denominaba la escuela del resentimiento: que fácilmente colocan a Shakespeare en el mismo plano que a un poeta de bar sin otra razón que sus sensaciones (olvidando, por tanto, que hay obras que son clásicas no porque nos gusten —esto es al margen—, sino porque de entrada nos juzgan: quien dice que Shakespeare es basura, no habla de Shakespeare, sino de él mismo). Si los ofendidos por defecto no tuvieran poder de facto —un poder amplificado por las redes—, muchas de sus denuncias pasarían por chorradas. Sencillamente, nadie les haría caso. Y es que vivir es rozarse. Ciertamente, el roce hace el cariño. Pero no sin que duela. Algún día nos preguntaremos como fue posible que les diéramos el megáfono a estas criaturas. La única esperanza es que maduren y caigan en la cuenta de que no hay safe spaces, sino en cualquier caso espacios más o menos seguros (y esto solo donde los muros que rodean la polis sean lo suficientemente altos). El problema es que cuantas más criaturas anden por ahí gritando estupideces, más se alimenta el populismo con sus verdades como puños. De hecho, se trata de las dos caras de una misma moneda. Ya lo decía Platón: mientras estemos gobernados por idiotas —en su sentido más literal— no hay nada que hacer. En modo alguno fue casual que Epicuro decidiese retirarse con sus amigos a un monasterio sin dioses.

desigualdad y keynesianismo (mal entendido)

mayo 12, 2021 § Deja un comentario

Como es sabido, Keynes defendió, contra los clásicos, que una economía podía quedar estancada —y por un tiempo indefinido— con altos niveles de desempleo. O lo que es lo mismo, que el equilibrio macroeconómico —el ajuste general entre producción y gasto— no garantizaba el pleno empleo. Esto era debido, según Keynes, a la tendencia al atesoramiento que se observa en períodos de crisis. En tiempos de incertidumbre, los ahorradores prefieren tener el dinero bajo el colchón, como quien dice, antes que prestarlo. Ni siquiera un tipo de interés al alza puede revertir esta situación. Y esto es lo mismo que decir que ese dinero queda fuera del flujo circular: como si se hubiera evaporado (y al evaporarse no hay modo de que regrese en forma de inversión). De ahí que propusiera que los Bancos Centrales, a través de los instrumentos de la política monetaria, inundaran el sistema con dinero creado de la nada, con el propósito de forzar la bajada del tipo de interés y, de este modo, animar el consumo y las inversiones.

Ahora bien, ese dinero —y Keynes no podía obviarlo— no es estrictamente dinero real, esto es, dinero cuyo valor nominal expresa el valor de los bienes producidos —se hayan vendido o permanezcan en stock—, sino dinero traído del futuro, por decirlo así, en última instancia una deuda —un pagaré— que funciona como medio de pago. Es como si los bancos, al conceder un préstamo, anticipasen un dinero cuyo valor aún está por ver. Pues el valor de ese dinero creado de la nada dependerá de que se produzcan los bienes cuyo valor debería respaldar, precisamente, ese dinero —en realidad, tan solo un medio de pago, pues aún no puede funcionar como depósito de valor. Si las inversiones resultasen fallidas, entonces nos encontraríamos con que el dinero-deuda no puede saldarse, con lo que se convertiría en papel mojado, por decirlo así. Traducción: al seguir circulando como medios de pago, las deudas que financiaron las inversiones fallidas provocarán, en el caso de que se sucediesen los impagos, un aumento generalizado de los precios, esto es, la caída del valor del dinero. En cualquier caso, Keynes defendió que, para salir del estancamiento, el dinero tenía que funcionar como medio de cambio y nada más. Y para estimular el gasto no hay nada mejor que la inflación (pues esta devalúa el dinero atesorado). De ahí que, a partir de Keynes, la inflación vaya asociada al crecimiento económico —o lo que viene a ser lo mismo, que mantenga una relación inversamente proporcional con el desempleo. La cuestión, sin embargo, es cuánta inflación puede soportar una economía.

Keynes fue muy consciente de los riesgos de su solución. Y es que la liquidez que proporciona una política monetaria expansiva no tiene por qué destinarse a la inversión productiva o, como suele decirse, a la economía real. Como es sabido el apalancamiento financiero es más rentable —mucho más rentable— que las inversiones financiadas con el ahorro diponible. De ahí que el dinero fresco —la deuda generada— fácilmente se destine a la especulación, a la compra de activos financieros o fácilmente liquidables, una especulación que procede conforme a un esquema muy cercano a las estafas piramidales, también denominadas Ponzi. Keynes, para evitar caer en la trampa, propuso un control del flujo internacional de capitales. Pues solo de este modo podría impedirse, según él, la creación de las temidas burbujas. Ahora bien, eso es lo que, precisamente, no se hizo en su momento (y difícilmente se hará). Y por eso estamos donde estamos: de colapso en colapso y tiro porque me toca. Es decir, en una economía burbujeante. Así, o el Estado rescata a la banca cuando haga falta —y esto significa periódicamente—, o el dinero se convierte en papel mojado (pues hoy en día el dinero en circulación es, principalmente, dinero creado de la nada).

Sin embargo, lo que no suele decirse es que la inflación asociada al apalancamiento financiero en modo alguno es neutral. De hecho, es una de las causas del aumento actual de la desigualdad, si no la causa. Pues la inflación, en tanto que no se produce de golpe, supone de hecho una redistribución de la renta desde las clases populares a las privilegiadas. Y aquí el privilegio consiste en acceder en primer lugar al dinero de nueva creacción. Así, quien cuenta con dicho privilego puede comprar activos cuando aún están a bajo precio… para venderlos más caros una vez suba su precio a consecuencia de la progresiva entrada de ese dinero fresco en la economía. Dado que el sistema bancario, mantenido con pinzas por la política de los Bancos Centrales, inyecta continuamente dinero de nueva creación en el flujo circular, las desigualdades no pueden sino aumentar. Se trata de un efecto lateral o, más bien, perverso de una política —la keynesiana— que, en principio, no tuvo otro propósito que el de reducir el desempleo crónico. Por eso quizá la izquierda tradicional se equivoque donde sigue pensando la desigualdad bajo los marcos téoricos que se centran en la producción de bienes y servicios; en definitiva, donde sus soluciones pasan por una legislación que obligue a una mayor responsabilidad fiscal a quienes más ganan. Y no porque no sea necesaria una redistribución más equitativa de la renta, sino porque no entendemos cuál es la raíz del problema, mientras no comprendamos la naturaleza del dinero.

picaresca

mayo 11, 2021 § 1 comentario

Ya sabemos como vemos, bíblicamente, a los pobres: como a esos hermanos a los que les debemos una vida. Como si fuéramos su rehén. Sin embargo, ¿cómo se ven los pobres a sí mismos, o mejor, entre ellos? Pues como se ven unos a otros los que pertenecen a cualquier estamento, esto es, como rivales. O más o menos. Así, hay buena y mala gente, aquellos en los que confiar y rateros, amables y amargados. Como si cada lugar en el mundo fuese un mundo. Basta con leeer el Lazarillo o Misericordia de Galdós para saber de qué estamos hablando. La pobreza siempre fue degradante. También la opulencia, aunque no en el mismo sentido. Por eso, el riesgo del compromiso social es el de caer en un cierto paternalismo. Ciertamente, no hay derecho a que vivan como perros. Pero no se trata de un asunto sentimental. Aunque el sentimiento sea un primer impulso (y acaso no puede dejar de serlo). Pues será verdad que estamos en deuda con ellos. Pero el cuerpo no nos acompaña. Para el cuerpo lo que prevalece es la reacción —y aquí cuanto más cerca, más repugnancia. Como dice Jon Sobrino, nadie sabe quién es un pobre hasta que no inspira su mal olor (y aquí podríamos añadir un le inspira). Quizá por eso no hay amor que, en el fondo, no sea sacrificial —que no suponga la inmolación del cuerpo. Hay que tener esto presente para, cuando menos, ver por donde van los tiros de la Encarnación.

difícil antes de tiempo

mayo 10, 2021 § Deja un comentario

Al final, y con un poco de suerte, quizá caigamos en la cuenta de que no hay amor que no sea terminal. Pues amar probablemente tenga que ver, antes que con la coincidencia, con un cuidar de aquellos que acabaron repugnándonos —por su deterioro, su indigencia, su olor a viejo… ; más con el viento en contra que a favor. Sin embargo, aunque sepamos que esto es así, va a resultar difícil que podamos amar antes de tiempo. Ni siquiera donde nos lo impongamos como deber —de hecho, en ese caso, suele ser peor el remedio que la enfermedad. Aunque, para que pueda darse el milagro, es necesario intentarlo —creer que podemos amar. Pues el amor es hijo de la derrota —de un haber fracasado en el amor.

catecismo

mayo 9, 2021 § 4 comentarios

Si Jesús es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? ¿Acaso qué esperanza para los malditos? Y si es así —que lo es—, entonces ¿no resulta ridículo hacer de Jesús simplemente un hombre a imitar o, lo que quizá sea más desconcertante, un amigo con el que hablar de nuestras cosas en la intimidad?