el precio del conocimiento

octubre 2, 2022 § Deja un comentario

Basta con leer el comienzo del Fausto, para darle la razón a Hegel cuando decía que donde irrumpe la reflexión no vuelve a crecer la hierba. Así, una vez sabemos que el valor se expresa en el precio resulta casi inevitable que el zapatero ponga un precio relativamente alto a sus botas. O que, cuando menos, lo intente. Pues ahí está el negocio. Algo parecido podríamos decir del arte contemporáneo en tanto que vive de la mentira. Fue suficiente con que Duchamp colocara el letrero de no tocar frente a un retrete para que esté adquiriese el aura de lo sagrado. También de la política: un rey es intocable (y de ahí, la sensación de superioridad).

Ciertamente, el sabio no cree que esté dando gato por liebre. Para Fausto el saber fue revelador de las ficciones que nos soportan (y por eso mismo, hacen soportable nuestra existencia). No es que la prohibición de no tocar sea el envés de lo sagrado, sino que es dicha prohibición la que genera la realidad de lo sagrado. No hay valor, sino tan solo precio, aunque este finalmente dependa de que el mercado lo acepte. Por eso, la reflexión, tarde o temprano, termina con la tristeza de la carne. La desilusión es el horizonte de la ilusión. Es lo que tiene el haber cedido a la tentación de la serpiente.

Sin embargo, puede que a Fausto le faltase dar una vuelta de tuerca. Pues, justo por lo que acabamos de decir, lo sagrado se revela como lo que perdimos antes de(l) tiempo —y por esta razón, hay tiempo. Es verdad que no hay objetos sagrados. En cualquier caso, hay objetos que pasan por sagrados. Ahora bien, por eso mismo, simulan lo sagrado —y al simularlo lo disimulan, haciéndonos olvidar que la realidad de lo sagrado no se conjuga en los tiempos del presente indicativo. A Fausto quizá le faltó comprender que la ausencia es más sobrecogedora —más real— que lo gigantesco. Y más, si lo gigantesco es nuestro producto.

las cosas del decir

septiembre 30, 2022 § Deja un comentario

Decir es juzgar. Y quien juzga se equivoca. Quien dice se dice a sí mismo. Pues necesitamos decirnos que eso que tenemos enfrente es algo en concreto y no su contrario. No podemos andar sobre arenas movedizas. Si nos preguntamos por la esencia es porque, como sujetos, queremos sujetarnos a su palo. Conatus essendi, que decía Spinoza, lo cual es una variante de otra más antigua: ser es permanecer (y aquí la variante consiste en añadir una voluntad de fondo). El aire que hace posible el vuelo también lo impide. La condición de posibilidad constituye a la vez un non plus ultra. El amor al hijo va con el amor al amor al hijo. Cuestión de dosis. El lenguaje, por eso mismo, nunca alcanza lo que busca, salvo como (di)simulación. La pregunta por el qué es, en definitiva, una trampa. No hay nada que no contenga su opuesto, agazapado en lo más íntimo. Todo es química, mezcla… sin que haya algo así como una tabla periódica.

Otro asunto es qué ocurre con el lenguaje cuando volvemos sobre lo dicho, precisamente, como dicho, esto es, cuando reflexionamos sobre lo que supone el decir algo de algo. Y aquí es posible que demos en el clavo… aunque no haya una pared en la que clavarlo. Pues solo de este modo caeremos en la cuenta que lo último no es cosa, ni siquiera etérea. Ni puede serlo. Y es que lo último es no siendo. O también, que aparece desapareciedo. El lenguaje solo puede salir de su círculo en tanto que se ejerce como metalenguaje. Pero lo que encontrará a la salida no es lo sólido, sino un eterno porvenir —la omnipotencia de la nada. Al menos, porque en relación con la nada todo es posible. Incluso lo imposible.

sales minerales

septiembre 29, 2022 § Deja un comentario

Decía Willigis Jäger, aunque imagino que la idea es antigua, que de lo que se trataba era de terminar disolviéndonos en el océano como muñequitos de sal; que la ola es el mar. Freud, como sabemos, tuvo sus sospechas sobre el sentimiento océanico: no es oro cuanto brilla. La sirenas también se presentaron como redención. En cualquier caso, estamos ante un sentimiento compensatorio: frente a la hiperconciencia crítica, un dejarse llevar; frente al existir como arrancados, la nostalgia de un formar parte. Sin embargo, para este viaje quizá no hagan falta estas alforjas. Basta con tener presente que esto ya fue así desde un principio: polvo eres y en polvo te convertirás. De ahí que podamos preguntarnos si la historia de los muñequitos de sal no será un modo de blanquear la muerte. El asunto es irrelevante si hablamos de nuestra muerte. No lo es tanto, una vez nos preguntamos si la disolución es lo único que pueden esperar quienes se arrastraron como perros. Pues sería como decirles mala suerte —o si se prefiere, tuvisteis un mal karma.

parménides & heráclito (o “vámonos arriba”)

septiembre 28, 2022 § Deja un comentario

Podemos entender tan solo lo que podemos entender. Y no es gran cosa. Quien pretende ir más allá cae en el delirio. Cada grado es una vuelta de tuerca. Hasta que la tuerca se rompe. Pero este es el camino. (Mandalorian dixit).

Grado 1

Según Parménides el haber como tal —esto es, al margen del haber de las cosas en concreto— es uno, eterno, ilimitado e inmutable. Pues, de lo contrario, el haber limitaría con el no haber…, lo cual es imposible en tanto que el no haber —la nada— no es en modo alguno. Obviamente, el haber como tal es en lo abstracto. Y esto significa que, no siendo algo en concreto, como tal solo puede ser pensado. O también, que es en tanto que pensado. No vemos el haber como tal al igual que vemos moscas o árboles. El haber como tal únicamente se revela al pensamiento. Y de ahí que, como decía Parménides, sea lo mismo ser (o haber) que pensar. El haber como tal —lo que es cuanto simplemente es— tan solo deviene accesible a la razón, al logos y, en definitiva, al decir (que es, de hecho, lo que estamos haciendo ahora: decirlo). De ahí que Parménides distinguiese entre la vía de la verdad, de lo que tiene lugar en verdad y no simplemente pasa, y la de las apariencias —la vía de la razón y la de la sensibilidad. Y es que con el ver y el tocar tan solo captamos la apariencia del haber —su aparecer en lo concreto—, pero no el puro haber. Que el haber como tal sea uno, eterno, etc… solo puede ser dicho, en modo alguno percibido. Es cierto que vemos o percibimos cosas muy distintas. Y por eso, espontáneamente decimos —y decimos bien— que hay muchas cosas. Sin embargo, con respecto al hecho de que son o están ahí no hay diferencia entre las diferentes cosas. En su mero ser o estar-ahí —esto es, con independencia de su aspecto, forma o modo de estar-ahí—, son lo mismo. El haber de lo que hay es siempre uno (y por extensión, ilimitado e inmutable).

Grado 2

Aun así, de hecho no hay haber sin lo que hay (y aquí ya nos estamos desplazando hacia el territorio de Heráclito). Esto es, no hay haber que no sea al mismo tiempo un haber de las cosas. La división entre el haber como tal y el haber de no debe entenderse, por tanto, como una división entre cosas. Como señalábamos en el párrafo anterior, el haber como tal posee el carácter de lo abstracto, no el de lo concreto o particular. Es como si Parménides nos dijera, como más tarde sostendrá Platón, que tan solo la idea, lo captado por la razón, es en verdad real; o que lo real es idea, lo cual no debe confundirse con la tesis moderna de que la idea no es más que un contenido mental, una representación de aquello a lo que apunta la idea. Pues, si tenemos en cuenta que, desde una óptica racional, únicamente es lo que permanece inmutable por debajo o más allá del cambio, entonces lo que, en definitiva, permanece es el haber como tal. De ahí que, según Parménides, lo que pasa estrictamente hablando, no sea. El cambio es aparente. O dicho de otro modo, en realidad no hay tiempo, cambio, multiplicidad. El haber como tal es siempre uno y el mismo.

Sin embargo, y como decíamos al comienzo de este apartado, el haber, que como tal es siempre uno y el mismo, es inseparable del haber de algo determinado o particular, por no decir que el haber como tal siempre se concreta de maneras muy diversas. Hay cosas, en plural. Ciertamente, el haber como tal no lo captan nuestros sentidos —ni pueden captarlo en tanto que el haber como tal es no siendo nada en particular—, sino que permanece invisiblemente como lo siempre presupuesto o dejado atrás en su aparecer como el haber de algo en concreto. Al ver algo en concreto —esto es, bajo un aspecto particular— no vemos el haber, sino que lo damos por descontado (y de ahí que tan solo pueda ser reconocido como tal por el pensar). De ahí que cuando vemos cosas supongamos implíctamente que son —que están ahí y no solo en nuestra mente. Aquí, la reflexión —el pensar— se limita a explicitar lo que damos por descontado y, por eso mismo, obviamos (o pasamos por alto). Sin embargo, al explicitarlo nos alejamos del sentido común. Al menos, mientras dure la reflexión. No en vano donde irrumpe el pensar no vuelve a crecer la hierba.

Grado 3

Ahora bien, que el haber como talun paso atrás, como quien dice, en su determinarse como el haber de lo particular significa que el haber es el haber del tiempo (y en este momento, ya entramos de lleno en el pensamiento de Heráclito). Así, decir que todo es haber —o que el haber es todo— equivale a decir que todo es tiempo. Pues que el haber como tal —el puro haber— dé un paso atrás en su concretarse como el haber de las cosas implica que el haber de las cosas no acaba de darse como un puro haber. Esto es, que nada de lo que cabe ver y tocar termina de estar-ahí o permanecer en el ahí. O también, que nada en particular es uno, eterno ilimitado… Todo pasa. Y esto porque no hay haber como tal que no sea, a la vez, un haber de. En su concretarse como cosa, el haber como tal deviene absoluto, literalmente, lo ab-suelto o separado. De ahí la fórmula del paso atrás. Pero, por eso mismo, el haber como tal se revela a la razón como inexistente. Pues tan solo existe lo particular o concreto, esto es, lo que se muestra bajo una forma o aspecto determinado. Hay haber como tal en tanto que hay el haber de. Pero, por eso mismo, el haber como tal no existe: es no siendo en particular. Hay lo particular… porque el haber como tal es no siendo algo en particular, esto es, siendo como inexistente. En este sentido, el haber de lo particular es o aparece en la negación del puro haber. Si no hay haber como tal sin un haber de lo concreto, entonces que el haber como tal retroceda hasta la desaparación, por decirlo así, es el reverso del haber de lo concreto. Hay haber porque hay el no-haber del haber como tal. Hay aparecer porque hay desaparecer. Del mismo modo que hay desaparecer porque hay aparecer. Lo dicho: tiempo.

Grado 4

Llegados a este punto podríamos preguntarnos de qué manera el haber llega a concretarse como pluralidad de cosas. ¿Cómo el haber se hace presente, esto es, se hace ahora? No obstante, la pregunta carece de sentido. Pues cuanto hay de concreto no es, estrictamente hablando, un efecto del puro haber. Como si el puro haber fuera una cosa primera a partir de la cual emerge el resto de las cosas. Y es que el haber como tal no es un material que pueda adquirir diferentes formas o aspectos. El puro haber —el haber como tal— carece de la entidad de lo concreto. Todo es haber (y aquí estamos lejos del todo es agua de Tales: el haber no es una cosa primera). Y porque todo es haber, nadie puede referirse al todo —al haber en cuanto tal— como pueda referirse a una mosca. Para que pudiéramos señalar el todo, tendríamos que estar fuera del todo… con lo que el todo pasaría a ser algo en concreto y, por eso mismo, parte de un todo más amplio, aquel que, precisamente, nos incluyera como observadores del todo (y esto es absurdo de por sí). De ahí que, en tanto que no es cosa o ente, el haber no sea causa eficiente de cuanto es en particular. La pregunta por cómo el puro haber se concreta en lo sensible no puede entenderse, por consiguiente, como una pregunta cuya respuesta sea la descripción de un hecho en donde primero sucede una cosa y, posteriormente, otra. La cuestión no es cómo se pasa del puro haber al haber de las cosas. Y no lo es porque el haber es el pasar, el dejar atrás el puro haber, en definitiva, lo uno, eterno, etc. Hay lo que pasa. Decir que todo es haber equivale, por tanto, a decir que todo pasa —que nada termina de ser y, por eso mismo, estrictamente no es.

Grado 5

Consecuentemente, lo primero no es el haber como tal, de modo que luego vendría el haber de, sino la escisión entre el haber de y el haber como tal. Esto, sin embargo, hay que entenderlo bien. Pues no significa que ambos, siendo distintos, estuvieran inicialmente unidos, aunque no sepamos cómo, sino que tanto el haber en cuanto tal como el haber de se constituyen en su escisión, por así decirlo. En este sentido, el haber como tal es retrocediendo, como quien dice, con respecto al haber de las cosas. Y esto es el tiempo: un dejar atrás el haber como tal —esto es, lo uno, eterno, etc.—, un dejar atrás que, sin embargo, va con el haber como tal… en tanto que no hay haber que no sea, a la vez, un haber de lo particular.

Grado 6

Porque todo es haber no existe el haber. Únicamente, existen las cosas, lo particular o concreto. Si hay cosas —que las hay— es porque el haber se niega a sí mismo, por así decirlo, como un haber como tal. Y en esto consiste el haber: en su negación de sí. El no-haber se halla inscrito en el seno del haber. Nos encontramos en el hardcore del pensar dialéctico —y no hay pensamiento profundo que no termine siendo dialéctico. Y el pensamiento dialéctico se caracteriza, precisamente, por reconocer la tensión de los contrarios como lo real avant la lettre. Así, hay luz porque hay oscuridad (y viceversa). Es cierto que si todo fuera luz, no habría oscuridad. Pero tampoco luz. O por poner otro ejemplo, hay amor porque la posibilidad de la separación siempre está-ahí. Un amor que negara esta posibilidad no sería amor, sino fantasía. El amor es, así, una continua resistencia a la separación (aunque esto no significa, por supuesto, que los amantes estén continuamente apretando los dientes). Y a la inversa: la separación siempre va con la posibilidad de la reconciliación, aunque, en según que casos, esta posibilidad ni siquiera lleguemos a imaginarla. Paralelamente, si todo fuera puro haber, no habría haber. Ahora bien, porque todo es haber, lo que hay no es nada. Pues nada permanece… salvo lo que no existe o es no siendo, el puro haber.

Grado 7

Las cosas —las diferentes formas del haber, lo que capta nuestra sensibilidad— son diferentes porque difieren, precisamente, del puro haber. Ahora bien, en tanto que difieren niegan el haber. Pues diferir supone un distanciarse de, un distinguirse, un no terminar de ser aquello con respecto a lo cual se difiere. Y, por defecto, lo que no acaba de ser no es. Por hablar en plata, si le dices a alguien que no termina de ser simpático, lo que le estás diciendo, sencillamente, es que no lo es. El haber es eterno o no es haber. Pero, como decíamos, no hay haber que no sea, a la vez, el haber de lo concreto. Y lo concreto en absoluto es un puro haber (y por eso mismo, decimos que lo niega). El haber solo se hace presente o ahora en la negación de sí mismo como puro haber, esto es, como un haber sin concreción. Esto es, negándose como uno, eternidad, infinitud, etc. La negación del haber —el no haber— va con el haber. O por decirlo de otro modo, le es inherente. Pues, de lo contrario, no habría concreción, esto es, mundo. Hay cosas porque el haber es, en el fondo, un no haber.

Ciertamente, aquí alguien podría objetar que cada cosa es una cosa (y que, por eso mismo, el haber de las cosas no abandona la unidad, el haber-uno. Sin embargo, la unidad de cada cosa es, en cualquier caso, aparente o provisional. Pues siempre cabe dividir cada cosa en partes. No hay cosa que no sea, por principio, descomponible. Otro asunto, sin embargo, es que no sepamos cómo hacerlo. Pero esto último no quita lo anterior.

Grado 8

Porque como tal no se hace presente a una sensibilidad —porque no se hace ahora—, el puro haber, el haber a secas, se comprende como la posibilidad de cualquier haber de, una posibilidad que, sin embargo, no es cronológicamente anterior al haber de las cosas, sino que se constituye retroactivamente, por así decirlo, en la escisión del tiempo. Por tanto, tiempo significa todo es posible. Incluso lo inconcebible o imposible (aun cuando lo imposible —la contradicción— implicaría el colapso del tiempo; pues hay tiempo mientras los contrarios se mantengan en tensión, esto es, mientras sigan continuamente difiriendo entre sí, afirmándose a través de la negación del otro). Ahora bien, si en relación con el puro haber todo es posible, entonces el puro haber equivale, literalmente, a la omnipotencia. Pero, por lo dicho, no hay omnipotencia que no incluya la posibilidad de cesar, precisamente, como omnipotencia.

y un par de epílogos amables

Según Heráclito, el fuego es el arjé. No obstante, esto no hay que entenderlo como entendemos la sentencia de Tales. Aquí el fuego funciona como imagen o metáfora del tiempo, en definitiva, de la mútua implicación de los contrarios. Y no solo porque el fuego esté siempre en movimiento, sino porque solo hay fuego si el fuego consume —niega— la madera que lo hace posible.

¿Cómo respondería Heráclito a la pregunta del asombro —por qué hay algo en vez de nada—? Parménides probablemente diría porque la nada no es (o lo que es lo mismo: porque el haber es eterno). En cambio, la respuesta de Heráclito sería otra: hay cosas porque el haber como tal no es nada; porque lo eterno es que no hay eternidad; porque la aparición va de la mano de la desaparición (y viceversa).

¿preexistente?

septiembre 27, 2022 § Deja un comentario

Según el Credo, el Hijo existía junto al Padre con anterioridad a los tiempos. Y aquí uno se imagina al espectro de Jesús de Nazaret al lado de Dios planificando la Creación (o algo por el estilo). No obstante, estamos lejos de comprender las fórmulas de la confesión cristiana acerca de Dios donde nos preguntamos qué hechos las confirmarían. Y es que las dichas fórmulas están lejos de ser descriptivas. Su intención, como sabemos, es teológica. De ahí que, cristianamente, lo que se afirma sobre Jesús de Nazaret se afirme sobre Dios. El reconocimiento de Jesús de Nazaret como Hijo de Dios no apunta, consecuentemente, tanto a Jesús como a Dios.

¿Y qué dice de Dios la confesión creyente? Pues que, desde un principio, Dios no quiso ser un Dios sin cuerpo; que la voluntad de Dios —o mejor dicho, la voluntad que es el Padre— es un salir de sí mismo hacia lo otro de sí. O como escribiera Juan, agape. Al fin y al cabo, no hay Padre sin Hijo (y viceversa). La dogmática trinitaria acaso no pretenda otra cosa que decirnos que Dios no es dios por una lado y el hombre por otro.

Ciertamente, la preexistencia del Hijo facilita el malentendido doceta, aquel según el cual Jesús fue un dios enmascarado de humanidad. Ahora bien, si caemos en este malentendido es porque seguimos bajo el prejuicio religioso, el que da por sentado que Jesús es, en cualquier caso, un representante de Dios —o el representante, si se prefiere—, pero en modo alguno el modo de ser de Dios, aquel sin el cual Dios, estrictamente el Padre, no es aún nadie. Es cierto que que muchos cristianos siguen, al menos implícitamente, bajo el prejuicio religioso. Sin embargo, este es otro asunto. Y es que quizá no haya movimiento histórico que sobreviva sin faltar a su verdad.

Dios y la experiencia

septiembre 26, 2022 § Deja un comentario

Para el empirismo moderno, no hay Dios… porque Dios no es objeto de experiencia. Por decirlo con el rotulador grueso, no vemos a Dios por ningún lado. Más aún: la objetividad científica es el resultado de un reducción de lo que es a punto de energía y, en definitiva, a algo cuantificable. Y, por eso mismo, Dios no puede existir.

Ahora bien, es igualmente cierto que Dios antiguamente sí que fue objeto de experiencia. Todo está lleno de dioses, decía Tales. Y es que la experiencia —la visión— no es neutral. Ver, en cualquier caso, supone un ver como. No hay visión que no incorpore en su seno un cierto saber. Quien ve un martillo ve un clavo, como quien dice. Así, aunque no vieran a Dios, para los viejos creyentes todo, desde el fenómeno extraordinario hasta el crecimiento de la hierba, hablaba de Dios. Otro asunto, no obstante, es si uno puede decidir qué ve o experimenta.

¿hay Dios?

septiembre 25, 2022 § 1 comentario

Que existamos como arrancados significa que no podemos evitar plantearnos la cuestión de una genuina alteridad. ¿Hay Otro o tan solo imágenes del Otro (y aquí hay que tener en cuenta que las imágenes equivalen a un como si lo hubiera)? Ciertamente, podemos pasar. Pero en ese caso quizá fuese al precio de olvidar quienes somos —de ir de distracción en distracción (y tiro porque me toca). Los cazadores-recolectores, probablemente, no se vivieron a sí mismos como arrancados; probablemente, la sensación de formar parte fuese su constante vital. Y si esto es cierto, entonces el desarraigo tuvo que comenzar una vez levantamos los gruesos muros de la ciudad (y en este sentido, quizá no sea casual que Caín fuese su fundador). Es como el náufrago que fue a parar a una isla que no figura en los mapas. O como quien, en medio de una oscuridad absoluta, se pregunta si llegará a ver alguna luz. Una cosa va con la otra (y esto, de por sí, ya nos da a entender que estamos constitutivamente referidos a la alteridad).

La cuestión, de hecho, es radical: ¿hay más allá, no ya de la muerte, sino del todo? Y lo es porque, de haber una vida postmortem, tan solo habríamos deplazado el horizonte de la cuestión. Es como si el feto se preguntara si hay vida fuera de la matriz (y si esta vida será o no mejor). Pero lo que acaso ignore es que el nacimiento no resolverá su inquietud por el más allá. Sencillamente, el todo no puede ser el todo para quien es un problema para sí mismo. Sin embargo, la pregunta, en tanto que apunta al todo, es racionalmente absurda (o al menos, en apariencia). Pues, según Parménides, el todo es sin límite. De tenerlo, solo podría limitar con la nada (y la nada no es). Un dios —un ente superior— pertenece al todo. Y, por eso mismo, solo es cuestión de tiempo que pierda su naturaleza trascendente. La divinidad de un dios —su carácter gigantesco— es siempre provisional, en tanto que únicamente expresa nuestra impresión ante lo, literalmente, extra-ordinario. Cualquier hombre o mujer aparece como un dios a ojos de las pulgas.

De ahí que la cuestión de Dios apunte a un Dios que se revela como el objeto formal de la cuestión de Dios, una cuestión que, desde el lado las víctimas, en modo alguno es meramente especulativa. O en términos bíblicos, a un Dios que se hace presente como promesa de sí —un Dios eternamente por-venir— y que, en consecuencia, no puede aparecer como un dios al uso, un dios con el que negociar. ¿Qué hay más allá del todo? El puro haber. Ahora bien, el puro haber, en sí mismo, es aún nada (y aquí estamos más cerca de Heráclito que de Parménides). O mejor dicho, aún nadie. Quizá no sea secundario que la experiencia más cercana a la de un puro haber la tengamos en los desiertos, ahí donde el todo es dejado atrás bajo una tiniebla impenetrable o un silencio de plomo. Aunque también dicha experiencia vaya acompañada del sentimiento de formar parte. Mientras tanto, lo que se desprende de nuestro experimentar el desierto y, en definitiva, un haber que, en cuanto tal, es el del aún nadie. Esto es, la gravedad y la gracia.

a veces la creencia más honesta anda rozando la idolatría

septiembre 24, 2022 § Deja un comentario

La creencia en un dios que está por ti es un tanto extraña… si se piensa bien. Pues por una lado, te diriges a él como si se tratara de un amigo invisible —como si te estuviera escuchando desde la otra dimensión—; pero, por otro, difícilmente aceptarías que se te apareciese (y esta es ciertamente una posibilidad, de creer que existe ese dios como puedan haber extarterrestres en una galaxia desconocida). En principio, deberías poder encontrarte con él si cruzaras la puerta. Pero ¿acaso toparías con algo que no fuese simplemente un ente superior?

Es verdad que espontáneamente tendemos a arrodillarnos ante lo superior. Y que, por eso mismo, es posible que admitiésemos la aparición. De hecho, sería lo normal si creyésemos en Dios como quien cree en la existencia del Yeti o el santo grial. Sin embargo, la superioridad de cuanto se nos muestra es circunstancial (y más para el sujeto moderno). Un padre en concreto siempre tuvo los pies de barro (aunque ello no quita que pueda inicialmente impresionarnos). Tenemos la parábola del hijo pródigo. Pero la revelación nos obliga a, cuando menos, añadirle una nota al pie. Pues en la cima del Gólgota el Padre no se hace presente como el que permanece a la espera del regreso de su criatura, sino como aquel que aún no es nadie sin su fe. Y la fe, a diferencia de la mera creencia, se da sin Dios mediante. Como si Dios coincidiera con su silencio. Es cierto que esto se halla muy cerca de decir que la omnipotencia de Dios reside en su haber renunciado, desde el inicio de los tiempos, al ejercicio de un poder absoluto. Pero también de la convicción de que cualquier otro dios es un dios a medida (y por ende, un dios que perdió por el camino su alteridad).

teoría y justificación

septiembre 23, 2022 § Deja un comentario

Las teorías que triunfan suelen triunfar porque sirven. Como sucede en la naturaleza. La pregunta es a quién. Y por lo común, la respuesta es a quienes pueden (y pueden sobre otros). De ahí que una teoría se transforme fácilmente en ideología, en la justificación a posteriori de una opresión fáctica, esto es, en una racionalización. Así, por ejemplo, la teoría política de Hobbes, la cual, como es sabido, presupone que el hombre es un lobo para el hombre. Y aquí uno podría perfectamente preguntarse si originariamente fue así. Pues, según los nuevos vientos antropológicos, no parece que los cazadores-recolectores fuesen tan crueles como sugiere el imaginario hobbesiano (aunque tampoco es que fuesen unos pastorcillos). En cualquier caso, ya le fue bien al soberano absoluto creer que los hombres no son de fiar.

de Dios y los árboles

septiembre 22, 2022 § Deja un comentario

Comimos del fruto del árbol prohibido porque quisimos ser como dioses —porque, en lo más íntimo, aspiramos a sentarnos en su grada. Hasta aquí nada que no sepamos. Sin embargo, lo que quizá ignoremos es que esto fue porque Dios quiso, por así decirlo. ¿Acaso un padre no quiere que su hijo ocupe su lugar? ¿Es que la bondad de un padre —su buen hacer— no consiste, precisamente, en procurarlo? La serpiente siempre jugó del lado de Dios, aunque creyese lo contrario. Pues ¿es que Dios podía ignorar que, una vez Adán aceptase la prohibición, el deseo de transgresión se instalaría, por eso mismo, en su ánimo? ¿Acaso prohibición y desobediencia no van siempre de la mano? Sin embargo, conocimiento y pérdida de la alteridad son las dos caras de una misma moneda. Pues el conocimiento no puede ir más allá de la representación, del (a)parecer. De ahí que el viaje consista en alejarse para que, alejándonos cada vez más, volvamos a topar con el rostro de Dios. Aunque ese rostro no sea tan resplandeciente como imaginamos o preferiríamos. Al fin y al cabo, solo así Dios pudo llegar a ser el que quiso ser desde un principio: alguien (y alguien palpable).

la caída y el fruto de los árboles

septiembre 21, 2022 § Deja un comentario

En los comienzos, la sensación de formar parte. Luego vino la ciudad y con ella la sensación de desgarramiento (o lo que es lo mismo: el desgarramiento). Fuimos separados de nuestro lugar natural. De ahí la fantasía de un retorno, acaso nuestro espejismo más elemental. Y de ahí también la religión —el religare. Pero ya no somos quienes fuimos, ni podremos volver a serlo. El individuo no vive del fruto de los árboles. Nunca hubo individualidad entre los cazadores-recolectores: hubieron motes. La escisión hace tiempo que echó raíces en el corazón humano. Y por eso, la inquietud, el no terminar de encontrarse en donde uno está. En realidad, el árbol del conocimiento nunca fue un árbol. Ni Ulises regresó al hogar.

la importancia del cristianismo

septiembre 20, 2022 § Deja un comentario

Necesitamos el cristianismo —no digo, ser cristianos: este es otro asunto— como necesitamos seguir leyendo a Platón o a Kafka. Pues en una época en la que se promueve la irrelevancia —sigue comprando: no hay otra salvación que la proporcionada por la novedad— fácilmente dejamos a un lado las preguntas que importan, en definitiva, aquellas que dotan a nuestra existencia de un cierto grosor (y por eso mismo, nos alejan del bonobo). ¿Qué redención pueden esperar esa madre que dejó morir a su hija al arrancarle el pan de su boca? ¿Qué vida, aquellos que murieron injustamente antes de tiempo? La bondad ¿triunfará sobre el mal? ¿Es preferible renunciar al poder antes que ejercerlo sin piedad? ¿Acaso solo podemos aspirar a ir de satisfacción en satisfacción (y tiro porque me toca)? Las preguntas sin respuesta —o sin otra respuesta que la que queda suspendida en el aire— nos abren a la lucidez y, me atrevería a decir, que a una libertad de ánimo: que no nos pueda lo que nos sucede y no importa. Las creencias no nos distinguen de los simios (o al menos, solo en cierto grado). Lo que define nuestra humanidad —lo que nos sitúa en una justa posición— son los interrogantes. Pues acaso el factor diferencial sea el descentramiento. Y donde estamos convencidos de haber resuelto las cuestiones irreemplazables a golpe de creencia seguimos en la torre de control.

aprendiendo a leer con Bultmann

septiembre 19, 2022 § Deja un comentario

Quizá nos equivoquemos donde nos preguntamos por el valor de verdad de las fórmulas del credo… buscando hechos que las confirmen. Incluso donde damos por supuesto que no hay hechos sin interpretación. El cristianismo, antes que una cosmovisión, es una confesión, un anuncio, una proclamación. Y lo que esto significa es que sus fórmulas carecen de sentido si antes no fueron pronunciadas ante alguien. En primer lugar, ante aquel que nos pregunta ¿y tú quién dices que soy yo? Y en segundo, ante aquellos a los que se dirigen las bienaventuranzas, los lumpen de la tierra. En ambos casos, hace falta atrevimiento. ¿Un crucificado como Dios? ¿Realmente herederán la tierra los que están a punto de caer en la fosa común? Cristianamente, es así porque debe ser así en nombre de una bondad hecha cuerpo en medio del horror. No estamos ante un kerigma en el que uno pueda creer como cree en extraterrestres o en cualquier otra hipótesis de trabajo. Bultmann tenía razón, siguiendo aquí a Kierkegaard: Jesús de Nazaret sigue vivo en la predicación, la cual posee, en su raíz, un fuerte componente existencial. Y quien dice existencial, dice confesional.

elegidos

septiembre 18, 2022 § Deja un comentario

¿Qué significa que los desposeídos son los preferidos de Dios? En principio, podemos creer que Dios funciona a la manera de un padre que procurase un cuidado especial por sus hijos menos capaces. Sin embargo, aquí Dios sigue siendo el que imaginamos. Y el problema de este dios es que no parece que los pobres sean, precisamente, sus preferidos. Al menos, porque estos siempre tienen las de perder. Sencillamente, son los que no cuentan, los sobrantes. Un padre que proclamara que su hijo deficiente es su preferido, mientras lo deja morir de hambre, sería un cínico, por no decir, cruel. La pregunta, por tanto, es que implica con respecto a la realidad de Dios confesar que Dios está del lado de los oprimidos.

lo raro y la costumbre

septiembre 17, 2022 § Deja un comentario

Todo es muy extraño, si se piensa bien. De ahí que el daño colateral del pensar bien sea, casi literalmente, el destierro. Pues quien se extraña de lo acostumbrado difícilmente podrá usarlo. O de hacerlo, lo hará muy torpemente.

Sócrates y Fausto

septiembre 16, 2022 § Deja un comentario

Ya he leído todos los libros [traducción: ya sé de qué va el juego]. Pero la carne está triste. ¿Qué significa esto? Pues que el saber va con la desilusión, literalmente. Y sin ilusión no hay motivo. Quien sabe en qué consiste el juego que todos jugamos, difícilmente cederá a la seducción —al brillo— de las apariencias. Así, puede que haya una demostración que nos diga qué importa en verdad, esto es, al margen de lo que nos parece que importa. Ahora bien, para interiorizar lo que en verdad importa —para vivirlo— no basta con saberlo: hace falta que también nos lo parezca. Es decir, necesitamos hacer cuerpo de lo que importa, incorporarlo. Pues el saber, por sí solo, no provoca el estremecimiento —el temor, pero también la alegría— de la carne. Necesitamos, en definitiva, encontrar una ilusión que coincida con los resultados de la reflexión.

Sin embargo, esto no es posible. Pues no hay ilusión sin truco (y el truco consiste, como sabe cualquier mago, en desviar la atención). ¿Cómo podrá parecérnoslo si la reflexión nos hizo desconfiar, precisamente, de las apariencias —si su resultado es, en efecto, un no poder tomarse en serio los trampantojos que facilitan la incorporación? De poder confiar de nuevo en lo que nos parece que es, ¿acaso no retrocederíamos al territorio de lo opinable o ilusorio? Pero la reflexión quema las naves. No es casual que Fausto fuese incapaz de incorporar lo que llegó a comprender. Y por eso mismo no pudo evitar destrozar a Margarita. Aunque esa no fuera su intención. Sencillamente, no fue capaz de ilusionarse con ella.

Con todo, podríamos preguntarnos si la hubiera destrozado de haber sabido amarla irónicamente. Al menos, porque el irónico es aquel que puede ilusionarse con su papel —esto es, tomárselo en serio como los niños se toman en serio sus juegos—… porque sabe que, al fin y al cabo, no hay más que papeles. Y en un papel no puedes salirte del guión. O no, antes de tiempo. Como vio Sócrates, no hay segunda ingenuidad que no sea irónica.

irredentos

septiembre 15, 2022 § 1 comentario

El cristianismo ha terminado siendo, en sus canchas más razonables o menos sectarias, una religión para la buena gente y, por lo común, satisfecha —y aquí quíza no esté de más recordar aquello de porque eres tibio te vomitaré de mi boca (Ap 3, 15-17). Sin embargo, los evangelios fueron, inicialmente, una buena noticia para los degraciados, en el doble sentido de la palabra. Esto es, para lo que sobran y sus verdugos. Pues la resurrección de los muertos es la única esperanza para el genocida arrepentido: espero que los muertos resuciten para que mis víctimas puedan perdonarme. Así, o hay resurrección de los muertos o no hay redención para el culpable. Y esto es casi como decir que no hay redención para el culpable.

Ahora bien, si no la hay, tampoco habrá una nueva oportunidad para las víctimas. Pues no se trata —o al menos, no cristianamente— de que Dios haga justicia a la manera de un vengador espectral. Quizá es lo que nos gustaría, acostumbrados a la catarsis que proporcionan las películas de Marvel (y nos gustaría porque creemos estar del lado de los buenos). Pero no va con el Dios cuyos brazos terminaron abiertos para quien clavó en su cuerpo el último clavo.

hakuna matata 2

septiembre 14, 2022 § 1 comentario

Hay quienes anuncian a los cuatro vientos y con el fervor de los iluminados que Dios nos quiere con locura. ¿De verdad? ¿Cómo están tan seguros? ¿Porque así lo sienten? Pero en ese caso ¿no se dejarán llevar, a causa de su efecto emocional, por la idea de que hay un Dios que nos ama sin condiciones de por medio? ¿Se atreverían a decirlo ante los que no parece que cuenten ni siquiera para Dios? ¿Murió el crucificado como un entusiasta?

Ciertamente, el cristianismo proclama que Dios es amor. Pero la convicción cristiana no se entiende bien sin la historia que hay detrás, una historia que, desde nuestro lado, termina sobre la cima del Gólgota. Esto es, con el abandonado de Dios que se abandona a Dios. Me atrevería a decir que creer que Dios nos ama con locura porque así lo siento no es cristiano. Y no lo es porque olvida que la confesión cristiana es fruto de la revelación, la cual supone una alteración de lo que espontáneamente entendemos por divino. Pues que Dios no sea aún nadie sin su cuerpo —y un cuerpo que terminó históricamente colgando de un poste como si fuera un pellejo— no es algo que podamos dar religiosamente por sentado.

twitter

septiembre 13, 2022 § Deja un comentario

¿Qué es twitter, por lo común? Puro bullshit. Y por eso mismo, una pérdida de tiempo. Pues perdemos el tiempo donde nos dedicamos a leer el griterio, la cháchara, la porquería lingüística. En twitter expresas tu opinión. De acuerdo. Pero tu opinión no interesa a nadie. Interesa lo que tienen qué decirnos aquellos que se interesan de verdad por algo y, en consecuencia, algo saben, aun cuando les pese más lo que ignoran. Pero en twitter todo decir vale por igual —todo se encuentra en el mismo plano—. Y aquí quizá convenga recordar aquello de que el medio es el mensaje.

Harold Bloom podría decir, pongamos por caso, que debemos a Shakespeare la invención de lo humano. Pero siempre habrá quien le diga que a él no se lo parece —que Shakespeare es un peñazo—… sin que nadie pueda legítimamente desautorizarlo. Luego dirán que la alta cultura es elitista. A la fuerza tiene que serlo. Y más hoy en día. Pero no porque pertenezca a las clases pudientes, como suele decirse, sino porque para adquirirla hay que aprender a escuchar a quien vio antes que nosotros lo que acaso debe ser visto. Twitter no admite maestros (como tampoco los admite, dicho sea de paso, la nueva pedagogía). Y un mundo sin maestros es un mundo repleto de idiotas, de mujeres y hombres que creen haber llegado cuando aún no han salido del puerto.

apariencia y verdad

septiembre 12, 2022 § Deja un comentario

Platón dijo que una vida reflexionada —una vida que se interroga a sí misma— posee más valor que una vida sin reflexionar. Esto es, más fortaleza o dignidad. Y esto está muy cerca de afirmar que donde evitamos la reflexión no dejamos de ser bolas de billar que se mueven a golpe de circunstancia. En este sentido, reflexión y libertad van de la mano. Al menos, si la libertad se entiende como un estar por encima o más allá de lo que te sucede y apenas importa. No hay libertad interior que no implique una cierto distanciamiento. Por eso mismo, la reflexión no deja las cosas tal y como inicialmente estaban. Y es que no puede evitar, precisamente, cuestionar el valor de verdad de las apariencias, de lo que siento como si fuera verdadero.

La devaluación de lo aparente se plantea, sin embargo, de un modo muy distinto en la Modernidad. Para los antiguos griegos la apariencias suponen en cualquier caso una aparición de lo en verdad es —y de ahí que la tarea de la reflexión fuese la de desvelar—. En cambio, a partir de Descartes las apariencias se entienden como las representaciones de un sujeto, la cuales podrían no revelar nada. Pues siempre cabe la sospecha de que la exterioridad, de haberla, nada tenga que ver con la idea que nos hacemos de ella. La duda convierte el afuera, en el mejor de los casos, en una simple ocasión. Por no decir que en el momento en que la apariencia se comprende como representación, la exterioridad —la cosa en sí kantiana— pasa a ser, por defecto, lo absolutamente ininteligible. Nada, por tanto, que predicar.

m.o

septiembre 11, 2022 § Deja un comentario

Trabajar en una cadena de montaje o en una mina no es algo que no influya en quién eres. La mayoría de los trabajos mal pagados —aquellos que puede hacer cualquiera— son degradantes. De ahí que hubiera religiosos, tanto mujeres como hombres, que decidieron descender: viviré como tú; no te dejaré solo. Y no únicamente eso, sino que lucharon para cambiar las cosas. Hubo resistencia y, en muchos casos, de la dura. También algunos mártires. Luego, las cosas cambiaron por estos pagos. Pero en parte porque hubieron más días de circo. Y unos cuantos gramos más de pan. Algunos dicen que el cambio también sucedió porque la miseria fue exportada. En cualquier caso, la opción nunca se justificó por su éxito. Acaso baste el no poder soportar que tu hermano viva como vive.

Aristóteles y el Génesis: un ejercicio de lógica

septiembre 10, 2022 § 1 comentario

Según Gilson, lo que el cristianismo añade al pensamiento griego es la idea de creación. Esto es, el mundo no es el resultado de la necesidad —no es la derivación lógica de un primer principio—, sino de un acto libre. Así, no es solo que el mundo podría darse de un modo muy distinto, sino que podría no existir… aun cuando Dios existiera (pues que en Dios coincidan esencia y existencia significa que Dios es su existencia y su existencia como voluntad). El cosmos depende, por tanto, de una decisión. Y, por eso mismo, la posibilidad de la aniquilación —del apocalipsis—, y no solo de la propia muerte, constituye el horizonte de nuestro estar en el mundo y, en definitiva, de cuanto es.

Con todo, lo que podría decírsele a Gilson o, mejor dicho, a quienes Gilson se refiere es que la voluntad de Dios no puede entenderse en los términos de una capacidad de elección… como quien puede elegir, al entrar en un super, entre comprar o no comprar. La voluntad de Dios no se añade a Dios —no es una capacidad—, sino que es Dios. Así, Dios es lo que Dios quiere. Y lo que Dios quiere es ser el que es, a saber, alguien que quiere (y decimos alguien porque voluntad implica intención, aun cuando aquí no haya psicologia de por medio). Ahora bien, nadie es si no es en relación con lo otro de sí. Y lo otro de sí es lo que, por defecto, niega el en sí mismo: soy el no ser (lo) otro. El dar la existencia pertenece, por tanto, a lo que Dios es. Y, por lo que acabamos de decir, solo puede dar la existencia a lo otro de sí negándose a sí mismo. Por Adán, Dios es en sí mismo aún nadie —y lo es como alguien— mientras el que tuvo que negarlo a causa el amor de Dios no lo reconozca como Padre.

iguales

septiembre 9, 2022 § 1 comentario

Las situaciones extremas, por lo común, poseen una carácter revelador. La cuestión, sin embargo, es qué revelan. Hay quienes se conducen como bestias. En cambio, hay quienes llegaron a perdonar lo imperdonable. ¿Podemos concluir algo sobre quiénes somos? Los primeros, ¿muestran que nuestra humanidad es una máscara? ¿O más bien que esta, en medio del horror, fácilmente se degrada? No hay respuesta definitiva. De hecho, si nos decantamos por esta última opción quizá deberíamos admitir que no todos nos encontramos en un mismo plano. Esto es, que cabe separar el trigo de la cizaña. Y, modernamente, esto es mucho admitir. Con todo, nadie dijo que la modernidad fuese, de por sí, un criterio.

física y metafísica

septiembre 8, 2022 § Deja un comentario

Desde el positivismo decimonónico —más aún: desde Hume—, suele oponerse la física a la metafísica. Sin embargo, deberíamos decir que la física se opone, más bien, a la deformación de la metafísica, debida en parte de la escolástica cristiana, a saber, aquella tradición que comprende el fundamento en los términos de un ente supremo (no en vano Heidegger hablará de la necesidad de superar la ontoteología para saber de que va el asunto de nuestro estar en el mundo). Ahora bien, la metafísica se encuentra más cerca de la física de lo que, en principio, podríamos suponer. Pues la raíz de cuanto es no es nada (y esto, sin duda, está cerca del nihilismo). Hay algo porque la nada es no siendo; porque la nada incluye en su seno —y lógicamente— su negación de sí. En este sentido, la nada es la imposible posibilidad del mundo, la advertencia que sostiene cuanto es. El poder absoluto de la nada —que desde la nada todo sea posible— es lo que no puede ser en absoluto. Y aquí el es funciona como signo de identidad. De ahí que el principio sea el acto por el cual la nada se niega a sí misma. Los físicos hablarán del Big Bang, el inicio por el cual todo es energía o poder natural. En este sentido, podríamos decir que la física nace cuando el metafísico se pone a contar.

Aristóteles tocó muchas teclas

septiembre 7, 2022 § Deja un comentario

El panteísmo, como sabemos, sostiene que todo es divino: hasta las moscas —o, siguiendo a los escolásticos, que fuera del infinito no hay nada (y que por eso mismo, el poder de Dios impregna cuanto es). Aristóteles, sin embargo, fue más sagaz. Y es que su idea es que el infinito es aquello fuera de lo cual hay algo. Pues lo infinito es, precisamente, lo indeciso o indeterminado. Pura potencia o, si se prefiere, poder ilimitado. Y esto está cerca de decir cero absoluto. Pues donde todo es posible, nada es posible. Traducción: la nada es la última posibilidad de cuanto es, una posibilidad que, en cuanto última, es imposible. Así, lo imposible deviene la amenaza que sostiene el mundo. Como si la unidad y la unidad de más —esto es, la fuga que da pie a la multiplicidad— fueran el resultado de la imposibilidad de lo que no es, una imposibilidad que, por lo dicho, anida dentro de la potencia absoluta (y por eso mismo, esta potencia es materia prima). Hay cero porque hay serie; porque la serie en concreto niega continuamente lo que en el fondo es, a saber, infinitud. Y es que, ante cualquier límite, siempre cabe añadir cualquier cosa. O por decirlo de otro modo, lo imposible es la posibilidad inconcebible, salvo como índice, de lo fáctico. Si el mundo no queda engullido por la potencia absoluta es porque el horror vacui se encuentra inserto en la materia… que, como tal, aún no es nada. Da la impresión de que Aristóteles entendió a Hegel antes de que este naciera. O el libro del Génesis, sin ni siquiera haberlo leído. ¿O es que acaso la Creación no obedece a un Dios que no pudo soportar ser solo Dios y, por eso mismo, nadie?

ignorantia fortasse didicit

septiembre 6, 2022 § Deja un comentario

No hay saber acerca de Dios. Y no porque se trate de una cosa misteriosa. Pues una cosa misteriosa es algo que aún no sabemos qué es. Por eso mismo, de descubrirla, todavía no habríamos descubierto a Dios. Y es que no podemos descubrir lo que, de por sí, permanece como lo que no admite representación.

Hablamos de una alteridad estricta, del absolutamente otro, de lo siempre extraño o extranjero. Y por ende, de nuestro estar expuestos a esta desproporción. Hablamos, en definitiva, de que el existir va con un estar enfrentados a una falta fundamental. Isaías habló del invisible (y aquí la invisibilidad no es circunstancial). Ver a Dios cara a cara —encarar a Dios—no significa, por consiguiente, ver al monstruo, tan fascinante como terrible, sino al Dios que aún no es nadie, un Dios que se reveló como eterna promesa de sí mismo. No hay quien sobreviva a la visión de Dios. Traducción: nadie vive por encima de esta visión.

De ahí que Dios sea irrepresentable. Pues para representar o hacerse una idea de lo que sea hay que estar de algún modo por encima. Representar es poseer o, cuando menos, estar en condiciones de poseer. Y no hay manera de poseer aquel que aún es nadie, aquel cuya entidad sigue pendiente o, por decirlo en cristiano, estuvo pendiente hasta el Gólgota. No es casual que Moisés, el primer profeta de Israel, descienda del Sinaí, no con una descripción de Dios, sino con las tablas de la Ley. Y es que la Ley —el tener que responder a la demanda de los que sobran— se desprende, precisamente, de un Dios que no es aún nadie y que, por eso mismo, encuentra su envés en los nadie de este mundo; en definitiva, de un Dios que, desde el principio, no quiso hacerse presente sin el fiat de Adán. Si Dios es luz, Adán es la oscuridad de Dios. Y no hay luz sin oscuridad. Sencillamente, si todo fuese luz, no habría luz. Dios se hizo presente en el Gólgota —y se hizo presente como el cuerpo del abandonado de Dios que se abandona a Dios—. Así, porque la oscuridad se entregó a la luz donde no cabía ninguna luz —porque el crucificado cargó con el peso de la oscuridad—, hubo luz en medio del infierno. Y quien dice luz, dice esperanza. Aunque se trate de una esperanza sin expectativa.

Al fin y al cabo, que no haya un conocimiento de Dios, ni siquiera incierto, significa que, desde nuestro lado, no podemos decir sin faltar a la verdad que haya un Dios como puedan haber extraterrestres o espíritus del bosque. El sentimiento de estar en manos de no asegura que estemos en manos del dios que imaginamos. Y de ser así —de estar en manos de un ente superior—, entonces todavía no estaríamos en manos de Dios. Al menos, porque estar en sus manos equivale, cristianamente, a estar en manos de su cuerpo, lo cual no es posible donde no nos dejamos abrazar por él. Para saber en qué consiste la fe basta con tener en cuenta cómo murió aquel que fue reconocido como Hijo.

fe y asombro

septiembre 5, 2022 § Deja un comentario

El asombro, de por sí, no conduce a la fe en Dios. Quizá la complejidad del mundo natural provoque nuestra admiración —y de ahí que haya quienes se pregunten por el diseñador—. Pero un dios-diseñador aún no sería Dios, sino en cualquier caso, la clave de bóveda del cosmos —y una clave de bóveda, en tanto que forma parte del edificio, queda del lado del más acá—. La rosa es sin porqué, como decía el Silesius. En este sentido, el horizonte del asombro es la nada. De ahí que el asombro no termine de coincidir con la admiración. ¿Por qué hay algo en vez de nada? Esta es la pregunta. Y es obvio que aquí, al interrogarnos por el porqué, no apuntamos a un primer ente. De poner a Dios de por medio, no podría tratarse de una ente superior, sino de un nadie o, mejor dicho, del eternamente aún nadie. De ahí que la disyuntiva decisiva, me atrevería a decir, se establezca entre la nada y el nadie.

la fe más pura

septiembre 4, 2022 § Deja un comentario

Los antiguos griegos —y no solo griegos— entendieron la distinción entre nosotros y los dioses, no bajo la clave del poder —o no tanto—, sino bajo la del par mortal/inmortal. Y es que la convicción de estar en manos de es experimentada a flor de piel donde no tenemos otra vida que la que nos ha tocado en suerte. De ahí que para el Israel de los comienzos, la bendición de Dios se materializase en una existencia larga y fecunda. Dar por sentado que hay una vida postmortem, al menos para los elegidos, hubiera sido un síntoma de impiedad.

Los pitagóricos dieron un paso importante en esta dirección al creer en la inmortalidad del alma. O lo que es equivalente, al postular que hay algo de divino en nosotros. Israel en cambio se resistió a creer en un alma inmortal que nos emparentase con la divinidad. La fe en la resurrección de los muertos, una fe que comienza tras el martirio de los Macabeos y que no fue compartida por todos en Israel, no tienen nada que ver con la inmortalidad del alma, sino con una nueva creación, algo así como un volver a empezar de dimensiones cósmicas. Ciertamente, se trata de un imposible por inconcebible. Pero es algo que debe suceder, aunque no podamos ni siquiera imaginarlo, en nombre de un Dios cuyo envés son los nadie de este mundo.

Aquí el par mortal/inmortal es subsidiario del par justo/injusto. Y es que la cuestión par excellence ya no es si acaso la muerte es un final, sino qué vida pueden esperar aquellos justos que murieron injustamente. De tal manera que o hay resurrección de los muertos o no hay Dios, sino en cualquier caso extraterrestres con los que hay que aprender a lidiar. Y esto se halla muy cerca, sin duda, de decir que no hay Dios. Por eso mismo, quien no haya caído en la cuenta de que la fe es esperar lo imposible en nombre de esos gestos de bondad que tuvieron lugar increíblemente en medio del horror quizá suponga que hay un dios que nos espera con los brazos abiertos tras la muerte, pero me atrevería a decir que aún no tiene fe.

modas

septiembre 3, 2022 § Deja un comentario

La filosofía fue, antes que una disciplina teórica, un modo de estar en el mundo. De hecho, la equivocidad de la palabra disciplina, en tanto que originariamente fue un asunto vital, sugiere que una visión de largo alcance va con un atar en corto a la bestia que llevamos dentro. Como leemos en los párrafos finales de la Apología, una vida examinada —una vida que se interroga a sí misma— posee más valor que una vida sin examinar. Y quien dice valor, dice fortaleza de ánimo. Esta distinción presupone, como es obvio, una sensibilidad aristocrática, aunque focalizada en los asuntos del espíritu: no todos nos hallamos en el mismo plano. Se trata, en definitiva, de elevarse por encima de uno mismo. Que no te afecte lo que no importa. De ahí que los estoicos, pongamos por caso, quisieran distinguirse de los demás vistiendo sencillamente, de otro modo,… como los sacerdotes de hasta hace relativamente poco. Basta un par de túnicas. Estamos en las antípodas de quienes intentan destacar por el aspecto llamativo de sus tatuajes. En la mayoría de los casos, el tatoo ocupa el lugar del carácter. Y esta es nuestra tentación más infantil: el postureo, la simulación, el querer llegar ahorrándonos la cuesta.

La cosa, sin embargo, cambió con el cristianismo. El santo ocupó el lugar del sabio. Ante Dios, no hay quien se situe por encima. Pues desde sí mismo y por sí mismo, nadie puede asegurar que será capaz de dar un paso al frente. De hecho, ya se nos dijo que las rameras y los publicanos están en mejor situación para darlo que aquellos que creen encontrarse del lado de Dios. Con todo, el efecto colateral del un haber dejado atrás la sensibilidad aristocrática en lo relativo a los asuntos del carácter es que la opción sacerdotal pasa a entenderse fácilmente como una preferencia entre otras: me van las cosas de Dios o a mí el sacerdocio me hace feliz. Como si, al fin y al cabo, no hubiera diferencia entre quemar las naves y no quemarlas. Pero, como sucede con las meigas, haberlas, haylas. En realidad, Dios siempre nos coge, de cogernos, a contrapié. Ningún profeta hubiera dicho de sí mismo que le iban las cosas de Dios. Aunque tampoco hay que imaginarse al profeta aprentando los dientes. Como si padeciera restreñimiento.

el duro y la diosa

septiembre 2, 2022 § Deja un comentario

Hay quienes viven de sobra. Y hay quienes viven de las sobras. Los primeros viven como dioses y, por eso, parecen dioses, sin apenas otra preocupación que la de elegir la distracción del día. Y se presentan como dioses sobre todo a aquellos que carecen del pan de cada día. Sin embargo, de entre los insuficientes, hay quienes han visto demasiado y, por eso mismo, están de vuelta. ¿Acaso su mirada no es más profunda? ¿Es que Diógenes no estuvo por encima de Alejandro? Fueron los griegos, antes incluso que los cristianos, quienes cayeron en la cuenta de que el destino de los dioses es la irrelevancia. Por no decir, la estupidez. Quizá lo peor, sin embargo, sea quedarse en medio, en la frontera del paraíso, pero lejos del fango.

poli-mono

septiembre 1, 2022 § Deja un comentario

La cuestión del politeísmo es, en el fondo, una cuestión política: qué dios detenta el mayor poder. Ciertamente, la cuestión es análoga a la del arjé. Y no es casual que la raíz del término arjé pertenezca, precisamente, al campo de lo político. En definitiva, la pregunta es por el principio —la fuerza, el poder— que gobierna cuanto es. La diferencia entre Zeus y el agua reside en que el poder del agua no es arbitrario: nada puede darse fuera de los límites que impone la naturaleza del agua. Desde esta óptica, el poder determina, por tanto, un campo de las posibilidades —un cosmos—.

¿Cambia la cosa con la irrupción del monoteísmo? De entrada, no lo parece. Al menos, porque Yavhé es el dios que, frente al resto de los dioses, garantiza la victoria de Israel. Sin embargo, con el tiempo y, sobre todo, tras la experiencia del exilio, Yavhé pasa a concebirse como el único Dios o, si se prefiere, como Dios en verdad. ¡El resto de los dioses ya no son divinos! O por decirlo de otro modo, la experiencia espontánea de lo divino es dejada atrás. Y no porque se vuelva más sofisticada o mística, sino porque, según Israel, aquellos que pueden experimentar la genuina trascendencia de Dios son, de hecho, los que lo encuentran a faltar —los que sufren el abandono de Dios y viven de su promesa—. No hay, por tanto, un dios para el crecimiento de la hierba y otro para los huracanes o el amor. El poder de Dios en verdad es un poder que apunta al todo. Pues el todo no lo es aún todo en relación con un Dios que se revela como su eterno por-venir. De ahí —de nuestra común orfandad— que el cualquiera se haga presente como hermano. Y, de momento, esto es lo más.

cara a cara

agosto 31, 2022 § Deja un comentario

El enigma —la Esfinge, la Medusa— es lo que no podemos mirar de frente. Y de frente significa: tal cual es, sin juicio. El enigma es lo ambiguo par excellence: tan deseable como repugnante; tan fascinante como terrible. El enigma es una sirena. Es lo paralizante. De ahí que únicamente el lenguaje, en su simulación, nos libere del hechizo. El decir lo que es resuelve, aunque en falso, la equivocidad. Y decimos en falso, porque nada es hasta el final lo que decimos que es. De hecho, si todo fuese amor no habría amor. Decir es juzgar —y juzgar, separar. Word is sword, que decía Shakespeare. Y aquí la espada es la de Perseo. No es anecdótico que Adán, una vez fue capaz de distinguir el bien del mal, se alejara de lo divino. Por no decir que lo sepultó, al transformarlo en una abstracción —en un nombre cuyo referente es un eterno porvernir—.

(Con todo, Elohim no podía ignorar que la transgresión va con la prohibición de comer del árbol del conocimiento. Pues aquí aceptar la interdicción implica un poder distinguir entre el bien y el mal. En este sentido, el castigo fue el don —la herencia, el testamento— de Elohim. Como si Dios mismo nos hubiera liberado de Dios. Y en esto consiste la creación del hombre. Tampoco es casual que el hombre fuese, precisamente, la respuesta al enigma de la Esfinge.)

el estatuto epistemológico de la creencia en Dios

agosto 30, 2022 § Deja un comentario

Si creo en fantasmas fácimente me convertiré en buscador de fantasmas. Como los protagonistas de Expediente Warren. Y más si creo que los fantasmas poseen el secreto del más allá. Es decir, querré topar con ellos. No parece, sin embargo, que quienes creen en Dios —quienes dan por descontada su existencia— pretendan cruzarse con Dios. ¿Quizá porque se trata de una proyección —porque ya les va bien que Dios siga en su sitio—? ¿Acaso no lo confirma el que este Dios siempre les diga ? Un Dios ¿no debería, más bien, desplazarnos? El niño que charla con su amigo invisible ¿no se sorprendería de que efectivamente existiera —de que se le presentase repentinamente como alguien en concreto—? Y si estas preguntas no riegan fuera de tiesto, ¿acaso no deberíamos concluir que el presupuesto inconsciente de la creencia en un Dios que existe es, precisamente, que este Dios no tiene que existir… para que pueda seguir funcionando como Dios al uso o a medida?

Otro asunto es que en realidad no quepa tropezar con Dios como quien tropieza con un fantasma. Pero, en ese caso, la pregunta es por qué. Y diría que la única respuesta cristianamente relevante es la que dio Bonhoeffer en su momento: quien se halla ante Dios, se halla sin Dios. De hecho, bíblicamente, la invocación a Dios encuentra su prueba del nueve donde humanamente no parece que haya Dios. Y puede que no sea secundario que, en cristiano, quien topa con Dios no tope con el Dios que se imagina, sino con un crucificado en su nombre, esto es, con el quién o modo de ser de Dios. Así, topar con Dios es topar con su cuerpo. Nada que ver, por tanto, con los expedientes warren o la oceanografía. Es lo que se desprende de la convicción de que no hay otro Dios que el encarnado. Ciertamente, en muchas canchas cristianas se sigue creyendo en Dios como si no hubiera habido encarnación. Pero este es otro asunto.

el alma, antes que luz, es pozo

agosto 29, 2022 § Deja un comentario

¿Angustia? Sí,pero no por hallarme ante la posibilidad de la nada o el hecho de no ser más que polvo, sino por todo lo contrario: por ser alguien. Mejor dicho, por creerlo. Puede que esto tenga que ver con el asco que Agustín sentía por una vida centrada en la distracción. Hablo de una angustia que conecta con el deseo de ser hermano de Focauld, pero también con la convicción de que, de estar, difícilmente podría permanecer ahí. ¿Incapacidad o, más bien, que aún no nos hemos purificado lo suficiente (aunque esta siempre será una excusa ad hoc)? ¿Se trata de negarse a uno mismo hasta que no haya más que el puro presente y un aguardar el final de los tiempos en medio del ruido y la furia? ¿Y mientras tanto, servicio? ¿Es esto lo más? Quizá.

Sin embargo, en cualquier caso, esta mística no parece que coincida con el heme aquí, qué quieres que haga de la experiencia bíblica o, en definitiva, con el seguimiento. Esto es, no da la impresión que esta fuga mundi parta de un haber sido redimido por tu víctima. Y es que acaso no sea lo mismo hallarse en manos de la nada que del nadie. Con todo, sigue siendo cierto que ningún enjuiciar nos pertenece.

ilusiones ópticas

agosto 28, 2022 § Deja un comentario

Quien sufre una ilusión óptica no duda de lo que ve. Quien cree en la influencia de los astros suele permanecer fijado a su creencia. Como el que está convencido de que tras la pandemia hubo una conspiración mundial. Los antiguos no dudaron de que había un infierno por debajo de la superficie de la tierra. Les bastó con asomarse a un volcán. Quien siente que Jesús le ama con locura no sale de ahí. Pues necesita decírselo. ¿El resultado? Una inmensa cacofonía. Hay, sin embargo, quienes se preguntan si las cosas son tal y como las perciben o sienten. Son los descentrados por la sospecha de sí. Ahora bien, la búsqueda de la verdad no es posible sin someterse al dictado de las palabras. Y estás, una vez se distancian de la sensibilidad, fácilmente terminan diciendo cualquier cosa. La filosofía nunca podrá desprenderse del todo de los trucos de la retórica, a menos que prevalezca la interrogación. Y aun así, no podemos evitar preguntarnos si las preguntas sin respuesta no tendrán un as bajo la manga.

más Buber

agosto 27, 2022 § Deja un comentario

Decía Buber que la enfermedad espiritual de nuestro tiempo consiste en que aquellos que aún se dirigen a Dios no pueden evitar, al mismo tiempo, preguntarse por el sentido de su invocación. Efectos laterales de un tiempo que no da a Dios por descontado. Es cierto que, al fin y al cabo, tan solo ora nuestro cuerpo —y eso ante Dios, sin Dios (pues ¿qué puede, si no, hacernos caer de rodillas?). Pero al igual que, en el mientras tanto, esto es, mientras los cielos sigan ahí arriba, el único modo de incorporar nuestro hallarnos expuestos a la invisibilidad de Dios es a través de una imagen de Dios. Como la que se hace el niño del ángel de la guarda o de un amigo invisible. Ahora bien, con una imagen a medida de nuestra satisfacción religiosa la desmesura de Dios queda reducida, por no decir suprimida. Se confirma aquello de que lo que hace posible al mismo tiempo limita. De ahí que nuestra enfermedad espiritual sea, propiamente, el quicio de la fe. Sobre todo, si la dificultad de dirigirse a Dios no es el resultado de nuestra incapacidad cultural para el teísmo, sino de un encontrarnos bajo un cielo impenetrable. Y es que, cristianamente, todo comienza con la cruz.

AC/DC y la religión

agosto 26, 2022 § Deja un comentario

Un live de AC/DC es un acto religioso o, cuando menos, pseudo-religioso. No puedes evitar la sensación de formar parte de un culto… ¿a Baal? Los sentimientos que incita el rock de AC/DC —un rock duro y potente, de los mejores, sin duda— son los de la devastación. Y no solo el rock, sino la parafernalia que lo envuelve: el cañonazo inicial, el helicóptero, la mega-campana, la muñeca hinchable tamaño gigante… Es así que en el estadio jugamos a ser malotes. Opio para los lumpen —y para los que no, un desahogo o compensación. Sin embargo, quien ha estado en una guerra difícilmente podrá participar en ese culto. Él sabe qué significa ser malote (y no solo representarlo). La diferencia entre religión y fe podría entenderse a partir de ahí.

el más allá de los dislocados

agosto 25, 2022 § Deja un comentario

Una transcendencia que no nos ponga en cuestión —o como suele decirse, en tela de juicio— no es aún lo suficientemente transcendente, sino más de lo mismo, aunque en otro plano y con diferencias de grado: más bondad, más poder, más tiempo… Así, el sentido bíblico de la trascendencia no consiste en los efectos psíquicos que provoca el fenómeno extraordinario, pues el carácter maravilloso de un fenómeno es siempre circunstancial, sino en un haber sido desquiciados por lo que el mundo no puede admitir, ni siquiera como posibilidad, a saber, por la demanda que nos convierte en rehenes de los que sobran —en siervos de los inservibles—. Y aquí, como es obvio, no hablamos del mero sentimiento de compasión.

experience

agosto 24, 2022 § Deja un comentario

¿Experimentar a Dios? Si hubo encarnación —si el crucificado es el modo de ser de Dios y no solo su ejemplificación—, entonces no parece que haya una experiencia de Dios que no sea la de quien soporta sobre sus espaldas el peso de la nadiera de Dios. Cristianamente, no cabe otra experiencia de Dios que aquella que consiste en adherirse —y adherirse con fe— al hombre de Dios.

esos ateos

agosto 23, 2022 § Deja un comentario

Podemos vivir perfectamente una vida sin Dios. De hecho, es lo habitual. ¿Ante Dios? Ciertamente. Aunque quizá deberíamos decir ante la cuestión de Dios, en el doble sentido del genitivo. Pues, según leemos en el libro de Job, la relación con Dios en realidad no comienza hasta que no nos vemos privados de Dios.