Jesús de Nazaret y la resurrección

mayo 14, 2021 § Deja un comentario

Llama la atención que Jesús de Nazaret, en su predicación, apenas mencionase la resurrección de los muertos. No parece cuadrar con la idea de que fuese un profeta apocalíptico entre otros. Más bien, Jesús dijo lo que dijo —e hizo lo que hizo— como si la revolución de Dios comenzase con su actividad. Este acento en el presente debió tener, por tanto, consecuencias políticas. Pues no es lo mismo proclamar que los muertos resucitarán al final de los tiempos que anunciar, en una provincia del Imperio, que la revolución de Dios es inminente… sobre todo si el a Dios rogando va acompañado de y con el mazo dando. La bienaventuranzas hubieran sido una provocación para los lumpen a quienes iban dirigidas, si estos no las hubieran entendido en clave política: pronto tomaremos el palacio de invierno, y vosotros seréis los primeros en entrar. Ciertamente, ignoramos los detalles del Jesús sedicioso. Tan solo contamos con indicios. Pero, en cualquier caso, a Jesús no lo crucificaron los romanos por proclamar que Dios es amor o porque estuviese convencido, como los fariseos, de que, por el poder de Dios, los cuerpos sobrevivirán a su muerte. Es verdad que la provocación religiosa estuvo ahí. Pero en el Israel de la época, los motivos religiosos difícilmente podían separarse de los políticos. O por decirlo de otro modo, las disputas ad intra tenían implicaciones ad extra… sobre todo si uno de los disputantes entraba en el Templo con un látigo. Por eso podemos imaginar cuál habría sido la estupefacción del crucificado, si en su agonía, alguien le hubiera susurrado al oído: no te lo creerás, pero acabarás siendo el amigo invisible de los hijos de quienes ahora te condenan.

verdad y poder

mayo 13, 2021 § Deja un comentario

La verdad por sí sola no puede. Esto tiene, sin embargo, su reverso: que el que detenta un poder fácilmente impone su delirio como verdad. Por ejemplo, hoy en día, y no solo en los campus norteamericanos, la voz de los ofendidos por defecto: que si Platón pertenece al heteropatriarcado (y por eso no debería enseñarse): que si no puedes traducir a la Dickinson a menos que seas mujer (y aquí podríamos añadir: y solterona y meapilas)… Es lo que Harold Bloom denominaba la escuela del resentimiento: que fácilmente colocan a Shakespeare en el mismo plano que a un poeta de bar sin otra razón que sus sensaciones (olvidando, por tanto, que hay obras que son clásicas no porque nos gusten —esto es al margen—, sino porque de entrada nos juzgan: quien dice que Shakespeare es basura, no habla de Shakespeare, sino de él mismo). Si los ofendidos por defecto no tuvieran poder de facto —un poder amplificado por las redes—, muchas de sus denuncias pasarían por chorradas. Sencillamente, nadie les haría caso. Y es que vivir es rozarse. Ciertamente, el roce hace el cariño. Pero no sin que duela. Algún día nos preguntaremos como fue posible que les diéramos el megáfono a estas criaturas. La única esperanza es que maduren y caigan en la cuenta de que no hay safe spaces, sino en cualquier caso espacios más o menos seguros (y esto solo donde los muros que rodean la polis sean lo suficientemente altos). El problema es que cuantas más criaturas anden por ahí gritando estupideces, más se alimenta el populismo con sus verdades como puños. De hecho, se trata de las dos caras de una misma moneda. Ya lo decía Platón: mientras estemos gobernados por idiotas —en su sentido más literal— no hay nada que hacer. En modo alguno fue casual que Epicuro decidiese retirarse con sus amigos a un monasterio sin dioses.

desigualdad y keynesianismo (mal entendido)

mayo 12, 2021 § Deja un comentario

Como es sabido, Keynes defendió, contra los clásicos, que una economía podía quedar estancada —y por un tiempo indefinido— con altos niveles de desempleo. O lo que es lo mismo, que el equilibrio macroeconómico —el ajuste general entre producción y gasto— no garantizaba el pleno empleo. Esto era debido, según Keynes, a la tendencia al atesoramiento que se observa en períodos de crisis. En tiempos de incertidumbre, los ahorradores prefieren tener el dinero bajo el colchón, como quien dice, antes que prestarlo. Ni siquiera un tipo de interés al alza puede revertir esta situación. Y esto es lo mismo que decir que ese dinero queda fuera del flujo circular: como si se hubiera evaporado (y al evaporarse no hay modo de que regrese en forma de inversión). De ahí que propusiera que los Bancos Centrales, a través de los instrumentos de la política monetaria, inundaran el sistema con dinero creado de la nada, con el propósito de forzar la bajada del tipo de interés y, de este modo, animar el consumo y las inversiones.

Ahora bien, ese dinero —y Keynes no podía obviarlo— no es estrictamente dinero real, esto es, dinero cuyo valor nominal expresa el valor de los bienes producidos —se hayan vendido o permanezcan en stock—, sino dinero traído del futuro, por decirlo así, en última instancia una deuda —un pagaré— que funciona como medio de pago. Es como si los bancos, al conceder un préstamo, anticipasen un dinero cuyo valor aún está por ver. Pues el valor de ese dinero creado de la nada dependerá de que se produzcan los bienes cuyo valor debería respaldar, precisamente, ese dinero —en realidad, tan solo un medio de pago, pues aún no puede funcionar como depósito de valor. Si las inversiones resultasen fallidas, entonces nos encontraríamos con que el dinero-deuda no puede saldarse, con lo que se convertiría en papel mojado, por decirlo así. Traducción: al seguir circulando como medios de pago, las deudas que financiaron las inversiones fallidas provocarán, en el caso de que se sucediesen los impagos, un aumento generalizado de los precios, esto es, la caída del valor del dinero. En cualquier caso, Keynes defendió que, para salir del estancamiento, el dinero tenía que funcionar como medio de cambio y nada más. Y para estimular el gasto no hay nada mejor que la inflación (pues esta devalúa el dinero atesorado). De ahí que, a partir de Keynes, la inflación vaya asociada al crecimiento económico —o lo que viene a ser lo mismo, que mantenga una relación inversamente proporcional con el desempleo. La cuestión, sin embargo, es cuánta inflación puede soportar una economía.

Keynes fue muy consciente de los riesgos de su solución. Y es que la liquidez que proporciona una política monetaria expansiva no tiene por qué destinarse a la inversión productiva o, como suele decirse, a la economía real. Como es sabido el apalancamiento financiero es más rentable —mucho más rentable— que las inversiones financiadas con el ahorro diponible. De ahí que el dinero fresco —la deuda generada— fácilmente se destine a la especulación, a la compra de activos financieros o fácilmente liquidables, una especulación que procede conforme a un esquema muy cercano a las estafas piramidales, también denominadas Ponzi. Keynes, para evitar caer en la trampa, propuso un control del flujo internacional de capitales. Pues solo de este modo podría impedirse, según él, la creación de las temidas burbujas. Ahora bien, eso es lo que, precisamente, no se hizo en su momento (y difícilmente se hará). Y por eso estamos donde estamos: de colapso en colapso y tiro porque me toca. Es decir, en una economía burbujeante. Así, o el Estado rescata a la banca cuando haga falta —y esto significa periódicamente—, o el dinero se convierte en papel mojado (pues hoy en día el dinero en circulación es, principalmente, dinero creado de la nada).

Sin embargo, lo que no suele decirse es que la inflación asociada al apalancamiento financiero en modo alguno es neutral. De hecho, es una de las causas del aumento actual de la desigualdad, si no la causa. Pues la inflación, en tanto que no se produce de golpe, supone de hecho una redistribución de la renta desde las clases populares a las privilegiadas. Y aquí el privilegio consiste en acceder en primer lugar al dinero de nueva creacción. Así, quien cuenta con dicho privilego puede comprar activos cuando aún están a bajo precio… para venderlos más caros una vez suba su precio a consecuencia de la progresiva entrada de ese dinero fresco en la economía. Dado que el sistema bancario, mantenido con pinzas por la política de los Bancos Centrales, inyecta continuamente dinero de nueva creación en el flujo circular, las desigualdades no pueden sino aumentar. Se trata de un efecto lateral o, más bien, perverso de una política —la keynesiana— que, en principio, no tuvo otro propósito que el de reducir el desempleo crónico. Por eso quizá la izquierda tradicional se equivoque donde sigue pensando la desigualdad bajo los marcos téoricos que se centran en la producción de bienes y servicios; en definitiva, donde sus soluciones pasan por una legislación que obligue a una mayor responsabilidad fiscal a quienes más ganan. Y no porque no sea necesaria una redistribución más equitativa de la renta, sino porque no entendemos cuál es la raíz del problema, mientras no comprendamos la naturaleza del dinero.

picaresca

mayo 11, 2021 § 1 comentario

Ya sabemos como vemos, bíblicamente, a los pobres: como a esos hermanos a los que les debemos una vida. Como si fuéramos su rehén. Sin embargo, ¿cómo se ven los pobres a sí mismos, o mejor, entre ellos? Pues como se ven unos a otros los que pertenecen a cualquier estamento, esto es, como rivales. O más o menos. Así, hay buena y mala gente, aquellos en los que confiar y rateros, amables y amargados. Como si cada lugar en el mundo fuese un mundo. Basta con leeer el Lazarillo o Misericordia de Galdós para saber de qué estamos hablando. La pobreza siempre fue degradante. También la opulencia, aunque no en el mismo sentido. Por eso, el riesgo del compromiso social es el de caer en un cierto paternalismo. Ciertamente, no hay derecho a que vivan como perros. Pero no se trata de un asunto sentimental. Aunque el sentimiento sea un primer impulso (y acaso no puede dejar de serlo). Pues será verdad que estamos en deuda con ellos. Pero el cuerpo no nos acompaña. Para el cuerpo lo que prevalece es la reacción —y aquí cuanto más cerca, más repugnancia. Como dice Jon Sobrino, nadie sabe quién es un pobre hasta que no inspira su mal olor (y aquí podríamos añadir un le inspira). Quizá por eso no hay amor que, en el fondo, no sea sacrificial —que no suponga la inmolación del cuerpo. Hay que tener esto presente para, cuando menos, ver por donde van los tiros de la Encarnación.

difícil antes de tiempo

mayo 10, 2021 § Deja un comentario

Al final, y con un poco de suerte, quizá caigamos en la cuenta de que no hay amor que no sea terminal. Pues amar probablemente tenga que ver, antes que con la coincidencia, con un cuidar de aquellos que acabaron repugnándonos —por su deterioro, su indigencia, su olor a viejo… ; más con el viento en contra que a favor. Sin embargo, aunque sepamos que esto es así, va a resultar difícil que podamos amar antes de tiempo. Ni siquiera donde nos lo impongamos como deber —de hecho, en ese caso, suele ser peor el remedio que la enfermedad. Aunque, para que pueda darse el milagro, es necesario intentarlo —creer que podemos amar. Pues el amor es hijo de la derrota —de un haber fracasado en el amor.

catecismo

mayo 9, 2021 § 4 comentarios

Si Jesús es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? ¿Acaso qué esperanza para los malditos? Y si es así —que lo es—, entonces ¿no resulta ridículo hacer de Jesús simplemente un hombre a imitar o, lo que quizá sea más desconcertante, un amigo con el que hablar de nuestras cosas en la intimidad?

de la libertad y las cañas (y a propósito de unas cañas con Carlos Saura)

mayo 8, 2021 § Deja un comentario

La libertad no es poder ir de cañas cuando te apetezca —Carlos, dixit— (aunque también). La libertad es no tener que levantarte a las cinco de la madrugada para ir a trabajar unas diez o doce horas por unos mil euros netos (y encima para oír que probablemente no cobrarás una pensión por la que cotizas mes a mes… si es que no te pagan en negro). La primera es la libertad que defiende la derecha. La segunda, la que debería defender la izquierda. Sin embargo, la derecha tiene las de ganar (sobre todo, cuando la izquierda anda ocupada con los temas transgénero y sus variantes). Pues la libertad de las cañas es asequible. Depende de las normas —de los códigos de circulación. En cambio, la libertad que va con la igualdad, una igualdad que no se alcanza simplemente con declarar una igualdad de oportunidades que, de hecho, solo vale para los oportunistas, es un desiderátum —y un desiderátum que exige una catástrofe, casi en el sentido bíblico de la expresión, un borrón y cuenta nueva. Aunque uno siempre podrá preguntarse si la cuenta nueva no acabará siendo más de lo mismo. Como si en el mundo no pudiera haber otra libertad que la de quienes pueden. Donde el sistema económico es algo así como una naturaleza —y no hay que haber leído a Nietzsche para darse cuenta de que la naturaleza no quiere saber nada de los débiles—, a lo sumo parches. Al admitir que no cabe otra libertad que la del poder ir de cañas lo que, de facto, admitimos es que el asunto de la igualdad es irresoluble —que lo macro nos desborda y, por eso mismo, solo cabe centrarse en lo micro.

La cuestión, sin embargo, es si esto es cierto o no —si es posible cambiar de barco, en vez delimitarse a ir reparándolo en alta mar. Y para resolverla hace falta mucha munición teórica y no solo peroratas sobre el mundillo queer. Aun cuando, sin duda, sea preferible ir de cañas que vivir bajo las botas de Stalin. O agarrarse a un clavo ardiendo donde la alternativa es un ERTE (y esto es lo que parece haber olvidado la izquierda). A quien ignora si podrá seguir alimentado a sus hijos un día más, no le bastan los sueños de las izquierdas de ahora. Al igual que le queda lejos la lucha entre el fascismo y la democracia… sobre todo si se limita a las etiquetas que nos vamos poniendo unos a otros a la manera de unos hooligans de la política. Tiene suficiente con que el dueño de un bar le pague una miseria —o lo poco que pueda pagarle— por servir, precisamente, unas cañas. Pues esto de la existencia tiene mucho de y mañana Dios dirá. Sobre todo, para los que no cuentan —los incontables. Para los que cuentan, mejor que Dios no diga nada —mejor que siga guardando ese silencio que mantuvo en Getsemaní.

un poco de Q.

mayo 7, 2021 § 1 comentario

Nada es nuestro. Ni siquiera nuestras convicciones. Tanto están en ti como el tiempo las va disolviendo como azúcar en el café. La cultura —el cultivo de la propia inquietud (esto es griego), la perseverancia en el estudio de las Escrituras (y esto, judío)— nos concede una prórroga. Pero tarde o temprano el nadie aparece como lo más sólido de la existencia. Quizá por eso los antiguos atribuían a los dioses cuanto nos sucede, incluso la inspiración. Y si no tenemos nada en propiedad ¿cuál es nuestra propiedad —quiénes somos en definitiva? ¿Acaso algo más que un interrogante —un dirigir la mirada hacia los cielos vacíos de Dios? Y mientras tanto, ¿un caer en la cuenta de que tan solo nos tenemos los unos a los otros?

la suspensión del juicio

mayo 6, 2021 § Deja un comentario

Hablar es juzgar. Pues afirmar es negar. (Quien dice esto es así también está diciendo esto no es asá). Pongamos por caso que decimos cuanto más poder, mayor libertad. ¿Cierto? Solo relativamente. Pues por poco lúcidos que seamos nos daremos cuenta de que también hay algo —o mucho— de falta de libertad en quien permanece atado a la lógica del poder. En cualquier caso, no hay nada que se nos dé en un estado químicamente puro. Todo —o casi— es mezcla. De ahí que el decir que aparentemente se limita a constatar suponga, más bien, un decantar ilusoriamente la balanza. Y por eso mismo, cuando decimos de tal o cual acción que es, por ejemplo, buena, lo que en el fondo estamos diciendo es que debería serlo (y quizá sea por esto último que judíamente no hay presente que no esté tensado por la promesa). Como decíamos, no hay nada bueno —o bello, o justo…— que se nos muestre en estado puro.

Sin embargo, lo cierto es que hay determinadas situaciones en las que no sabemos qué decir. Se nos contó que una madre en un campo de prisioneros de Pol Pot llegó, movida por el hambre, a arrancarle la comida de la boca a su hija. ¿Mal? Sin duda. Pero ¿nos atreveríamos a condenarla? No. De ahí que suspendamos el juicio. Ahora bien, la pregunta es ¿por qué no nos atreveríamos a condenarla (y ello a pesar de que acaso no podría evitar condenarse a sí misma)? La respuesta más espontánea es porque ya no era persona —porque los del Pol Pot habían conseguirdo reducirla a la condición de alimaña. Pero —y esto es lo decisivo— esta reducción fue operada por un poder inequívoco, sin ambivalencias, químicamente puro: el poder de Moloch o Ha-Satán, por decirlo así. Tras la irrupción de los poderes infernales —aunque no solo de los infernales— nuestra capacidad de juzgar queda en suspenso. De ahí que el precio que tuvimos que pagar por alejarnos de lo absoluto —el coste de haber levantado los muros de la ciudad, un mundo a medida— fuera el de un lenguaje a medias, incapaz de dar en el clavo de lo real, un lenguaje sin nombres y que, por eso mismo, solo puede dar vueltas en torno a una falta fundamental con descripciones que en modo alguno pueden desprenderse de las apariencias. Como si el lenguaje solo fuese significativo —como si el decir solo pudiera decir— frente al exceso de un Dios, esto es, ante lo que trasciende cualquier proporción y que, consecuentemente, puede con nosotros… hasta el punto de reducirnos a menos que nada. Y aquí da igual que hablemos del Dios que redime lo imposible de redimir o de Ha-Satán. Como si solo hubieran dos nombres: Sí y No. Como si estos, antes que designar, nos obligase a decidir —como si aún necesitasen de nuestra adhesión para nombrar. Como si el resto fuera, en definitiva, un marear la perdiz.

palm beach, a tope

mayo 4, 2021 § Deja un comentario

Quizá los esclavos no tuvieron que esforzarse demasiado para devaluar al noble: les bastó con observarlo. Tarde o temprano, su ocio, su displicencia, sus especiales gustos… acaban por atontarlo. Un dios, al fin y al cabo, es un idiotés. Salvo que sea capaz de recitar a Eliot. En ese caso, el esclavo no podría soportar no ser un dios.

mar rojo

mayo 3, 2021 § 2 comentarios

¿Un dios del lado de los intocables —de los que siempre huelen a derrota? Sencillamente, esto no podía caber en la cabeza de los antiguos. Quien está cerca del fuego se ilumina y calienta. Quien permanece lejos, se halla en el frío y la oscuridad. Que los desheredados crean que hay un dios se su parte es como creer que, viendo como los tuyos mueren congelados en medio de la noche, tienes un fuego junto a ti. Todo un despropósito. En la Antigüedad, un dios estaba lejos de ser un asunto interno. Al contrario. Un dios es el que es porque manifiesta su poder en favor de quienes lo adoran. De ahí que Israel solo pudiera creer que contaba para un Dios después de que el Mar Rojo se abriese en dos. Esto es, solo a partir de un prodigio favorable. No es casual que la sospecha se cierna sobre Dios una vez se experimenta únicamente en la intimidad. Es cierto que no hay milagro que no resuene en el interior —que no provoque un vuelco del corazón. Pero donde solo hay corazón, Dios tiene las de perder. Otro asunto es que, a partir de la cruz, no pueda haber otro milagro que el de una bondad —o un perdón— imposible. Sin embargo, esto no niega lo anterior.

en sus manos

mayo 2, 2021 § Deja un comentario

Israel tardó en creer que la muerte no es un final —o al menos que no lo era para los justos. En sus primeros tiempos, el pueblo judío estuvo convencido de que el hallarse en manos de Dios va con que la vida se nos dé dentro un plazo. Que nuestro destino no es la inmortalidad. La bendición de Dios se reflejaba solo en una vida larga y fecunda. Es lo que se tiene el que existamos ante Dios —y por Dios.

Sin embargo, supongamos que nuestro padre hubiese decidido que no llegaríamos a la madurez; que moriríamos con el cambio. ¿Acaso no intentaríamos rebelarnos? ¿No sería esto lo normal? ¿Es que no aspiraríamos a ir más allá? ¿Acaso la culpa no fue necesaria y, en definitiva, querida por Dios? Un niño no tiene padre: tiene un ídolo. Tan solo, aquel que, habiéndo negado su figura, regresa para abrazar su impotencia. Pues no hay amor que no se exprese como debilidad. Hay más paternidad en el hijo pródigo que en el que permaneció obediente junto al padre.

realidad y apariencia, una vez más

mayo 1, 2021 § Deja un comentario

A diferencia de los chimpancés, nosotros podemos ver más allá de lo que vemos. Esto es, somos capaces de distinguir entre lo que parece que es —lo que sensiblemente se manifiesta— y lo que en verdad es. En este sentido, presuponemos como quien no quiere la cosa que lo real —lo sólido, lo que tiene lugar— subyace a las apariencias. De ahí que tarde o temprano nos preguntemos qué es lo que está teniendo lugar por debajo de cuanto se nos muestra como lo que es. Así, por ejemplo, lo que se presenta como amor puede que no sea más que negociación. O también, pongamos por caso, es posible que el sentimiento de libertad esconda una sutil esclavitud. Ahora bien, lo cierto es que, aunque sea el resultado del pensar, la revelación de lo que amagan las apariencias sigue dándose en los términos de un aparecer. Y este es el problema. Pues una vez se nos reveló de qué se trata, fácilmente convertimos lo revelado en un nuevo (y espontáneo) modo de ver las cosas, en una nueva apariencia o tópico. Aun cuando el cuerpo nos empuje al amor, sabemos —o creemos saber— que no es así: que no hay más que trato o conveniencia (y que, en consecuencia, el amor es una ilusión).

Sin embargo, precisamente porque llegamos a dar por descontado lo que se nos reveló en su momento, siempre cabe la posibilidad de darle la vuelta a la tortilla. De este modo, podríamos volver a decir que, contra lo que consideramos cínicamente como obvio, a saber, que el amor no es más que una feliz coincidencia al servicio del gen, en realidad es algo más, a pesar de que este más nunca termine de realizarse (y quizá podríamos añadir que por eso mismo es más). Será cierto, por tanto, que nunca terminamos de salir del círculo de las apariencias; que la negación que implica cualquier revelación es la semilla de una afirmación posterior, la cual tendrá que ser impugnada por una nueva revelación. O mejor, que lo real siempre permanece por encima de cuanto podamos decir al respecto —o si se prefiere, desplazado a un tiempo que va más allá de cualquier presente—. Y esto equivale a decir que lo real, lo que se resiste esencialmente a la asimilación —por defecto, la alteridad— no aparece en absoluto.

fe y consuelo

abril 30, 2021 § 4 comentarios

La fe, solía decirse, es el consuelo de los pobres. Las cosas te van regular o, directamente, mal. Vives de alquiler y la pensión apenas te llega. No has triunfado. Pero siempre podrás decirte que el dinero —el índice del éxito— no importa; que lo importa es el amor o la bondad. Y aquí saltan los del corifeo de nuestros tiempos: ya lo dijimos, la fe no es más que el opio del pueblo, su fantasía más eficaz. La chica no te hizo caso. Pero aún podrás imaginar que cae rendida a tus pies. Al menos, crees que tienes a un Dios de tu parte —que no estás solo con tu miseria. La fe no es más que eso. Vale. No es la primera vez que oímos esto —ni será la última. Y, sin embargo, también podríamos preguntarnos si acaso, al margen de su uso compensatorio, no será cierto que lo decisivo es la bondad. Pues, cuando menos, cabe que lo sea —como mínimo es posible creer que lo es. De ahí que la cuestión sea en qué —o mejor, dicho en quién— arraiga esta convicción. Esto es, qué la justifica como creíble. Pues no es lo mismo, en lo que respecta al asunto de su verdad, que la fe solo tenga que ver con tu necesidad de consuelo, aunque, sin duda, uno sobrevive como puede, que el que nazca de un haber visto un gesto de bondad donde no era posible la bondad. En este caso, el consuelo, más que una ensoñación, es una esperanza. Sencillamente, habiendo visto lo visto, no puedo creer que el mal tenga la última palabra. Aun cuando ignoremos quién la pronunciara —y cómo.

muerte de Dios, muerte del mesías

abril 29, 2021 § 8 comentarios

La muerte de Dios supone, como sabemos, la disolución del gran-relato-configurador. Pues encajamos siempre dentro de una película. Sin película —sin guión— no hay encaje. No hay piedra angular, el edificio no se sostiene. Esto significa, entre otras cosas, que no hay otra esperanza que la que pueda proporcionar el mundo. Ningún horizonte que no sea la del éxito —aunque aquí no estaría de más tener en cuenta la ambivalencia del término latino exitus. Ahora bien, nadie ignora que pocos consiguen un papel protagonista, chupar pantalla. El resto, de extras —de sobrantes. Así, puede que llegue el Mesías y nadie logre reconocerlo. De hecho, ya sucedió. Pues un Mesías, por defecto, nace en los vertederos de la historia. Y el mundo no parece dispuesto a darle ninguna oportunidad a quien huele a excremento. Pero lo actual —la aportación moderna— es que ni siquiera aquel destinado a soportar el peso de la redención sería capaz de asumir su papel. Pues no quedan guionistas para un personaje a medida de esta tarea. A menos que acepte que su misión solo puede encargarla un Dios que aún no es nadie sin su Mesías —un Dios que renuncie a su altura. Sin embargo, es posible que para aceptarlo haga falta tener las espaldas muy anchas.

Marx y la religión, de nuevo

abril 28, 2021 § Deja un comentario

Quizá tengamos que recordar aquello de que la existencia precede a la esencia a la hora de, cuando menos, entender cuál es la raíz de la fe de los viejos creyentes. Pues en un mundo donde la soberanía se palpa en el día a día —donde las mujeres y los hombres experimentan cotidianamente el yugo del poder político y natural—, la creencia en la soberanía de Dios no necesita darse como una suposición. Sencillamente, se experimenta a flor de piel como un derivado en el plano de lo sobrenatural de cuanto se padece naturalmente. De ahí que, en nuestro mundo moderno, un mundo cuyo principio de legibilidad es la autonomía, quien cree que nos hallamos en manos de un poder que nos sobrepasa por entero —un poder que decide nuestra redención o condena— tenga que partir del supuesto de que existe, precisamente, ese poder —de que hay Dios—, un supuesto que el creyente tiene que asumir casi por su cuenta y riesgo. Aunque dicha suposición conecte con sus emociones más profundas… y que, por eso mismo, le produzca la impresión de que no se trata propiamente de un supuesto.

Sin embargo, de lo anterior no se desprende que la fe sea modernamente inviable, sino que, a la hora de legitimarse frente a las objeciones de la Modernidad, la fe tendrá que recurrir a una lectura más incisiva de los textos bíblicos, aquella que nos permita comprender que, bajo la apariencia de una divinidad según la religión, Dios se revela como el ausente o por venir —como el Dios que fue desplazado por el desafío de Adán a un más allá de los tiempos… y que, en consecuencia, tiene en suspenso su presente. Esta lectura difiere, sin duda, de aquella tradicional en la que Dios —de manera inevitable en la Antigüedad— se da por descontado como el ente espectral que se ubica en los cielos. Pero este diferir no es arbitrario. Al contrario: se trata de una oportunidad incrustada en el corazón del texto bíblico. De ahí que la exposición a Dios, para quienes leen los textos bíblicos aprovechando esta oportunidad, acaso la última, no sea exactamente la misma que la de aquellos que se encontraron espontánemente ante poderes palpables. Podríamos decir que lo que para los antiguos fue una evidencia religiosa, a saber, el que nos hallemos en manos de un Dios cuyo poder es inconmensurable, hoy deviene una metáfora existencial. Aun cuando, en ambos casos —el de la certidumbre de los patriarcas de Israel y el del como si— apunten al mismo acontecimiento de fondo. Pues acaso no haya nada más real —más en verdad otro— que ese Dios que tuvo que retroceder hasta caer fuera de sí para que pudiéramos habitar un mundo.

todo es muy extraño

abril 27, 2021 § Deja un comentario

La sospecha de Descartes hay que tomársela en serio. En los sueños, la incoherencia es perfectamente coherente. Estas solo. Pero tus hermanos muertos están junto a ti. Porque lo sientes como cierto (aunque no veas a nadie a tu alrededor) . Y lo sientes a flor de piel, no como ese vago sentimiento que, por lo común, acompaña a la creencia religiosa. Al igual que sientes que tu interlocutor —de hecho, una bestia— es tu padre (también muerto). Como si el síndrome de Capgras no fuese el síntoma de un desajuste mental. No es anecdótico que los antiguos interpretasen los sueños… como vestigios de otro mundo. Como tampoco lo es que hoy en día los sueños revelen los traumas inconscientes del yo. La diferencia entre los tiempos de la Antigüedad y los modernos puede entenderse a partir de cómo se interpretan los sueños. Que veamos una cosa u otra dependerá de si damos por sentado que hay otro mundo o no.

En cualquier caso, no hay que fiarse de lo que uno siente como verdadero. Sin embargo, y por seguir la línea trazada por Descartes, tampoco de lo que la razón, en último término la física matemática, nos presenta como indudable. Podría ser que la exterioridad como tal fuera sencillamente impensable. Como si el mundo fuera un constructo proyectado sobre el puro haber. El resultado del ejercicio metódico de la duda es, como sabemos, la revelación del cogito como principio y fundamento del conocimiento. Ahora bien —y esto no suelen subrayarlo los intérpretes de Descartes— que la certeza de sí se imponga como el punto de apoyo de la objetividad va con el descentramiento del sujeto en el plano de lo real. Pues, como el mismo Descartes destaca en sus Meditaciones, no hay conciencia que no limite con un afuera, un afuera que no es, estrictamente, un espacio lleno de entes, sino un puro y eterno haber. Dejando a un lado la recuperación que hace Descartes de la res extensa como tercera evidencia —recuperación que es, al menos, discutible—, resulta innegable que la extrañeza ante el mundo es algo así como un punto de partida —y quizá también de llegada— de una existencia que no quiera permanecer reducida a su circunstancia. Y no porque vengamos de otro mundo —este sentimiento sería el propio del gnosticismo—, sino porque en realidad no pertenecemos a ningún mundo. Como si cualquier mundo fuese un holograma. Como si el horizonte del saber fuera aquello tan socrático de que, en el fondo, no terminamos de saber gran cosa. Será cierto que al final nos iremos con las manos vacías. Y quizá la elevación comience cuando anticipamos este final.

lo inexplicable y el misterio

abril 26, 2021 § 2 comentarios

La legitimación de la creencia en un más allá encuentra un mal aliado en lo inexplicable. Incluso donde la ciencia demostrase que hay ámbitos de nuestro mundo que son epistemológicamente inabordables. Y es que el misterio no apunta a lo que, en un cierto sentido, está-ahí, aun cuando no pueda encajarse en nuestros presupuestos mentales. Más bien, a lo que en modo alguno está y, sin embargo, es. El misterio no versa sobre cosas misteriosas, ni siquiera donde su misterio les sea esencial o irreductible. Tiene que ver, en primer lugar, con el asombro que provoca el que haya algo en vez de nada. Pues es obvio que la pregunta no se resuelve en los términos de una causa eficiente. Y en segundo lugar, con lo que tuvimos que perder de vista, por decirlo así, para que hubiera, precisamente, mundo, exterioridad, un puro haber. Hablamos del retroceso de la alteridad, de lo absoluto o enteramente Otro. Al menos, en tanto que por defecto la alteridad es el resto invisible de lo visible —lo que en los mundos siempre estará por venir; lo intratable, lo eternamente extraño o sagrado. Como los arrancados tan solo podemos contar con la representación, las imágenes, la suposición de la alteridad. Por eso, con respecto al misterio y como supo ver Israel, acaso sean más adecuadas las categorías temporales que las espaciales —un fue o será que trasciende los tiempos, de ningún modo el es del presente indicativo. Más adecuado, el mito —el relato de lo que aconteció in illo tempore— que la precisión del entomólogo.

de ángeles y demonios

abril 25, 2021 § 1 comentario

Es posible que los antiguos relatos estén en lo cierto. Es posible, por tanto, que este mundo esté poblado de ángeles y amenazado por demonios, aunque ya perdiéramos el lenguaje para expresarlo. Pues bien, incluso en ese caso, nada habríamos avanzado en la dirección de la trascendencia. Simplemente, habríamos desplazado las fronteras del mundo. A partir de ese momento, tendríamos que contar de nuevo con su presencia. Pero con respecto a Dios seguiríamos en las mismas: aún por ver. Al menos, porque Dios en verdad es la alteridad que los mundos tienen pendiente —y, por eso mismo, son mundos.

suspensión de la incredulidad

abril 24, 2021 § 3 comentarios

Cuando uno está dispuesto a ver una nueva entrega de los superhéroes de Marvel o un nuevo episodio de Mickey y Goofy​ pone en suspenso su incredulidad. ¿Un tío verde y hecho de piedra destrozando edificios a puñetazos? ¿Una rata que habla? ¿Va en serio? Sí, pero solo en las películas. Y es que no podríamos tomarnos en serio a quien fuera por la ciudad disfrazado de murciélago con la intención de liberarla de los malos. Más bien, provocaría nuestra carcajada. Aunque si fuera capaz de volar —o, como decíamos, de destrozar edificios a puñetazos— antes nos preguntaríamos si acaso es un extraterrestre. Simplemente, estaríamos ante un dato que nos obligaría a revisar cuanto sabemos acerca del mundo (y de paso, los relatos sobre la lucha entre el bien y el mal). De hecho, la Modernidad traduce la esperanza en el Mesías —o en el deus ex machina de las tragedias griegas— en las fantasías de Marvel, las cuales, como toda fantasía, no deja de ser una proyección… de lo que quisiéramos para nosotros. Así, lo que fue una esperanza —un motivo de fe— quedó relegado al territorio de la sci-fi. Como si la antigua exposición a los poderes que nos sobrepasan fuera material para los guionistas con imaginación. Con las películas de la factoria Marvel —y también con las de terror— revivimos esos sentimientos que fueron silenciados con la crítica ilustrada a la superstición. Ya se sabe que el agua de un torrente termina yendo por donde puede. De ahí que hoy podamos decir ánalogamente que para creer tengamos que poner en suspenso nuestra incredulidad. Como en las pelis.

Ahora bien, esto es así donde el creer es lo que uno siente como verdadero —que hay Dios como puedan haber dioses; que ese Dios se interesa por nosotros, mejor dicho, por mí, etc. Dificilmente, donde el creer arraiga en esas historias —humanas, demasiado humanas— de quienes, sin Dios, dan un paso hacia Dios, mejor dicho, hacia el Dios que no es nadie sin el fiat del hombre. Son estas historias las que nos obligan a reconstruir, precisamente, el discurso más espontáneo sobre Dios, una reconstrucción que, sin embargo, religiosamente no estamos dispuestos a admitir. Al menos, mientras sigamos pendientes de un Dios que, siendo ya el que es, puede prescindir del hombre.

creer sin creer

abril 23, 2021 § 3 comentarios

¿Qué es la desolación para el creyente —qué fue Getsemaní para el enviado? Pues que ya no se siente ninguna presencia. En su lugar, la nada, el vacío, el tanto da. ¿Es posible seguir creyendo en esa situación? ¿De qué estaríamos hablando? ¿Acaso de un creer sin creencia —de un confiar sin que haya ninguna emoción de por medio? ¿De un esperar sin expectativa? La cuestión es en nombre de qué o, mejor dicho, de quién. Y diría que aquí tan solo cabe una respuesta: en nombre de lo que fue —o se nos dio—; en nombre de su regreso.

amor platónico, amor judío

abril 22, 2021 § 1 comentario

Es sabido que Platón, en su diálogo El Banquete, defiende la idea de que el amor es algo así como una coincidencia entre opuestos, literalmente, la re-unión de las partes de una unidad originaria. Podríamos decir que en el amor se restablece la armonia perdida. En cambio, desde la óptica de Isarel, el amor —el encuentro con el otro— es, de entrada, traumático o, si se prefiere, desestabilizador. Y no porque los amantes queden presos de una pasión que no terminan de controlar, sino porque el otro como tal nos descentra. Precisamente, porque es otro —porque se revela como extraño— irrumpe como una amenaza (aunque también como promesa). En cuanto otro, no encaja en nuestros esquemas o expectativas. Si encajase, no sería en verdad otro, sino en cualquier caso su imagen, nuestra fantasía. Hay algo en el otro que, por defecto, no cabe asimilar (ni siquiera por él mismo). El encuentro preserva la distancia —infranqueable, sagrada— de la alteridad. Entre el amor a la platónica y a la judía, por decirlo así, anda la historia del amor en Occidente. O lo que es equivalente, nuestra confusión.

incorporación e imaginario

abril 21, 2021 § Deja un comentario

Sin imágenes no hay incorporación. Esto es, va a resultar complicado que hagamos cuerpo de cuanto creemos verdadero. La interiorización, tan de moda hoy en día, deriva fácilmente en narcisismo, algo así como un lamerse las propias heridas, donde no se encarna —donde lo que se interioriza no procede del exterior. Quizá no sea casual que las espiritualidades aconfesionales carezcan de figuras de lo divino o, mejor dicho, de representaciones antropomórficas de Dios. Les basta con una abstracción sobre la que proyectar los mejores sentimientos. Con ello suponen que se han alejado de la superstición. Y algo de esto hay. Ahora bien, si es cierto que existimos, no solo desde un Sí de fondo, sino también bajo una demanda infinita, la que procede del llanto de quienes ocupan el altar vacío de Dios, entonces puede que no se trate propiamente de conectarse a una fuente de energía, sino de responder. Y siempre respondemos ante un quién, en modo alguno a un qué. Un algo tan solo exige un cierto saber a qué atenernos —un cierto gnosticismo. La abstracción —desde el océano hasta la matriz cósmica— está al servicio de la reconexión: como si Dios fuera un enchufe. Pero un enchufe no grita —no clama por un quién.

Sin embargo, teniendo en cuenta lo anterior, podríamos preguntarnos si la prohibición profética de las imágenes de Dios no impedirá, precisamente, que podamos incorporar el que, al margen de los que nos parezca, estemos en verdad sujetos a la invocación de aquellos a los que el mundo deja atrás. No me atrevería a decirlo. Sobre todo, porque lo que aquí se prohíbe no es una imagen de Dios, sino aquella que nos sitúa en falso ante Dios, la que satisface nuestra necesidad de tener a un dios de nuestra parte. Pues en realidad hay una imagen de Dios, la del rostro de quienes imploran a Dios por Dios, en definitiva, el rostro de cualquiera, aunque, por lo común, dicho rostro permanezca cubierto por una máscara. Al fin y al cabo, Adán fue creado a imagen y semejanza. Por no hablar de lo que proclama el cristianismo, a saber, que Dios tiene cuerpo, el de un crucificado en su nombre. Sorprendente, por no decir inadmisible. Estamos, sin duda, lejos del océano en el que las almas terminaran disolviéndose.

Con todo, que podamos integrar la revelación —la conmoción que supone que el crucificado sea carne de Dios— dependerá de que Dios o mejor, nuestra connatural exposición a un Dios que retrocedió a un tiempo más allá de los tiempos, pueda vivirse a flor de piel. Y este es el problema: que en un mundo en el que dicha exposición no se da por descontada —un mundo en el que Dios se convirtió, a lo sumo, en una suposición— difícilmente vamos a poder incorporar la revelación. Y donde esta se pone muy cuesta arriba, la verdad terminará yendo por un lado y el cuerpo por otro. De ahí, la importancia de recuperar las historias radicalmente humanas —y por eso mismo, más que humanas— que hay detrás de la revelación. Pero para ello acaso tengamos que ponernos junto a quienes las protagonizaron y las siguen protagonizando. Aunque, de entrada, nos impregne su mal olor.

el no es más que y la falsa conciencia

abril 20, 2021 § 2 comentarios

La devaluación moderna de cualquier sentido de la trascendencia se expresa a través de la fórmula no es más que. Así, espontáneamente se dice: la fe no es más que una ilusión; o el sentimiento de lo sublime, no es más que narcisismo. Por no hablar del asunto de la falsa conciencia, tan cacareado por Nietzsche: en el fondo, la exhortación cristiana a la caridad no es más que resentimiento. La disputa entre los modernos y los antiguos podría entenderse como una disputa entre el no es más que y el es más que. Pues nada humano que se muestra de manera químicamente pura. En este sentido, al igual que podemos decir, con Nietzsche, que bajo los oropeles de la santidad late el rencor hacia la existencia noble y, por eso mismo, inocente, también podríamos decir que es más que rencor. Al menos, porque cuando el creyente topa con el rostro de los abandonados de Dios —el rostro de quienes ocupan su vacío—, los motivos iniciales devienen irrelevantes. Cuestión de por donde prefiramos cortar: si por el principio o por el final. De ahí que no sea secundario que, desde una óptica bíblica, solo al final —y quien dice final, dice final de los tiempos, esto es, una vez el otro irrumpe como el inadmisible que es— se decidirá qué fue en verdad lo que se nos ofreció solo hasta cierto punto. Una decisión que dependerá, sin embargo, de nuestra respuesta a la demanda que procede, precisamente, del inadmisible.

En cualquier caso, lo cierto es que la operación nietzscheana fue antes cristiana, por no decir profética. Y es que los primeros en desenmascarar a los ídolos fueron, de hecho, los profetas de Israel: tú poder tienes los pies de barro; tu brillo no es más que una máscara. Nietzsche, simplemente, aplicó la fórmula contra los que se olvidaron de patentarla.

fe y ciencia (one more time)

abril 19, 2021 § 2 comentarios

Desde la Ilustración hasta hoy en día, la navegación, no siempre sobre aguas plácidas, que va de la ciencia a la fe —y viceversa—, tarde o temprano ha terminado atracando en el puerto del deísmo. Ciertamente, no parece que pueda haber un acuerdo entre un craso positivismo, segú el cual no hay más que lo cuantificable, y la confesión que proclama a un crucificado como Dios. Pero la ciencia es, según algunos de sus intérpretes, cada vez más espiritual, hasta rozar lo misterioso. Basta con tener en cuenta los postulados de la mecánica cuántica para intuir por donde van los tiros de un espiritualidad a la científica. Así, el investigador y el creyente encuentran, de nuevo, un punto de convergencia: hay algo que permanecerá eternamente en el terreno de lo indecible; y ese algo es el fondo mismo de lo real. Ahora bien, aquí el cristianismo corre el riesgo de confundir, una vez más, las churras con la merinas. Pues ese algo, al fin y al cabo, un arkhé, aún cuando pueda provocar nuestro asombro, difícilmente llegará a mezclarse con un Dios que renunció a su divinidad para poder reconocerse en su criatura, por decirlo así. Es cierto que el asombro arraiga en nuestra capadidad para trascender el horizonte de lo útil o tratable. Pero no solo del asombro vive el hombre, sino también del escándalo ante la desmesura del horror. Y para ello —para clamar al cielo— hay que abandonar la posición del espectador omnisciente, aquella en la que, inevitablemente, se sitúa el imparcial. De ahí que la incompatibilidad entre ciencia y fe no tenga tanto que ver con admitir o rechazar la posibilidad de un más allá del saber —pues que lo real sea esencialmente extraño o inconcebible es más que una posibilidad—, sino con los tipos de sujeto que hay detrás de cada opción. Y el mirón desinteresado no acaba de casar con el que, en medio de la escena, se encuentra expuesto a un Dios, que lejos de darse como un relojero espectral o como el fondo nutricio del cosmos, decidió identificarse con los que son dejados atrás.

el psicópata y el creyente

abril 18, 2021 § Deja un comentario

Las elucubraciones sobre nuestra esencial exposición a un Otro en falta —sobre el error que supone no tenerlo en cuenta— saltan por los aires ante el psicópata, ese trasunto del superhombre nietzscheano. El Otro no existe para un psicópata, ni siquiera como su eterno porvenir. El psicópata es, sencillamente, la excepción de lo humano, lo más cerca que un hombre pueda estar de un dios. Pues no deberíamos olvidar que, por definición, para un dios somos algo parecido a una lombriz. Ni siquiera su muerte le conmueve. Un psicópata de libro muere como si no le importase. Al fin y al cabo, se limitó a jugar. Y tarde o temprano toca perder. En este sentido, podríamos decir que es inmortal. Pues la muerte no va con él —ni la suya, ni la de los demás. Si no fuera porque es capaz de recitar a Eliot en medio del infierno, diríamos que es una bestia. Quizá no andasen desencaminados los antiguos cuando imaginaron a los dioses con el aspecto de animales de inteligencia superior.

Teniendo en cuenta lo que hemos dicho tantas veces acerca de Yavhé —que, como Dios en verdad, es el aún nadie—, casi podríamos decir que la humanidad cae en la psicopatía, esto es, en la impiedad cuando prescinde del aún y se queda únicamente con el nadie —cuando incorpora hasta el tuétano la extrema soledad de la existencia. De ahí que la esperanza vaya con el combate contra aquel que encarna el Mal, con mayúsculas. Pues un cristiano que, en nombre del buenismo, se olvide de que estamos en medio de una batalla, acaba convirtiendo su esperanza en una especie de narcótico narcisista. Que todo termine bien es algo que podemos esperar, pero en modo alguno dar por descontado.

Dios está con nosotros

abril 17, 2021 § 2 comentarios

Dice un padre a su familia: de aquí dos días nos desahucian. Pidámosle a Dios que nos concedan una prórroga. Pero Dios no hace nada. A la calle. Otro: acabo de perder el empleo en la pizzería. Imploremos a Dios para que pronto encuentre otro trabajo. Pero Dios no está por la labor. Y el paro se prolonga sine die. Una madre clama a Dios por la salud de su pequeña de seis años, enferma de leucemia. Sin embargo, la hija termina muriendo. ¿Es que sus rezos no conmovieron a Dios? Y así hasta cansarnos. Que Dios esté junto a nosotros, ¿va en serio? Luego leemos en las obras del teólogo: Dios nos ayuda dándonos la mano mientras sufrimos… como la médico aprieta, con piedad, la de quien agoniza solo en el hospital. ¿Es esto un consuelo? Quizá sí en el caso de la médico. No me atrevería a decirlo en el caso de la mano invisible de Dios. Al menos, para quien se pregunta si será verdad lo que se imagina, a saber, que Dios está de nuestra parte y que nos aguarda en el más allá para compensar tanto dolor. De ahí que, para los sufrientes que no ven a Dios por ningún lado, la última invocación acaso sea esta: cuándo pondrás un punto y final a todo esto —cuándo restaurarás el mundo. Desde la óptica de los que no parecen contar ni siquiera para Dios —desde la posición de los incontables—, los relatos de las transfiguraciones y las uniones místicas, así como las abstracciones del teólogo suenan a sarcasmo. Como si fueran un insulto.

Quizá no sea casual aquello tan bíblico de que solo los que sobran estén autorizados a hablarnos de Dios o, mejor dicho, en su nombre. Pues la fe de quienes, sensatamente, no pueden tener fe es la única fe que puede provocar nuestra fe. Y aquí no estamos hablando de la ilusión —aunque en su situación también quepa, sin duda, mucha ilusión—, sino de aquella extraña confianza en el triunfo final de la bondad, que, aun cuando no sepamos cómo podría tener lugar, arraiga en la compasión de las mujeres y hombres buenos. Hablamos de la confianza que, me atrevería a decir, lejos de manifestarse como un delirio, posee la gravedad —y la robustez— de los cuerpos. Sencillamente, en nombre de una bondad hecha carne, y contra toda evidencia, el mal no pronunciará la última palabra. Y esta convicción es tanto profecía como mandato. Sobre todo si tenemos en cuenta que el Dios del que hablamos no es nadie sin la entrega del hombre —y porque no quiere ser sin el hombre. En este sentido, podríamos decir que el hombre carga sobre su débil espalda la responsabilidad de ayudar a Dios a ser, precisamente, Dios. De ahí que esta responsabilidad únicamente pueda asumirse donde no nos da la impresión de que haya Dios. Y de ahí también que la fe, en tanto que confianza, se exponga a la posibilidad de la derrota. No en vano los viejos creyentes concibieron la historia como un combate entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad. Al fin y al cabo, el nihilismo acontece cuando percibimos este combate como ficción —como si solo fuera materia para una nueva versión de Star wars. Pero esto último probablemente solo tenga que ver con nosotros. No con lo que es.

una vida examinada

abril 16, 2021 § 1 comentario

Como es sabido, hacia el final de la Apología de Sócrates topamos con una de las sentencias fundacionales de Occidente: no vale la pena vivir una vida que no se examine a sí misma. ¿Es realmente así? A muchos no se lo parece. Pues no hay examen que no suponga un quedarse en suspenso —y uno, espontáneamente, siempre prefiere pisar tierra firme. Pero ¿qué sería aquí tierra firme? La respuesta es sencilla: permanecer pegados a lo que se dice, se hace, se cree. Esto es, a lo impersonal. Sin embargo, esto es como decir que preferimos estar cerca de los chimpancés. Al menos, porque no parece que los chimpancés se pregunten por la verdad de cuanto se traen entre manos. De ahí que muchos digan que hay Dios o que son libres —o que hay amor— porque así lo sienten. Y esto les basta. Pero pocos se preguntan si es verdad que hay Dios o que son libres —o que lo suyo con su pareja es amor. Quizá los muchos tampoco anden tan equivocados. Y es que, en el momento de hacernos estas preguntas, no sabemos qué responder (en realidad, nunca lo sabremos). Y esto equivale a decir que nos situamos fuera de juego, en la distancia de quien contempla un espectáculo desde la grada. Un ciempiés sabe mover sus cien pies… siempre y cuando no se interrogue sobre cómo es capaz de hacerlo. Sin embargo, lo cierto es que, cuando el barco haga aguas —y con el tiempo, sin duda, terminará haciendo aguas—, será inevitable interrogarse por lo que pueda haber de sólido en cuanto nos sucede. Puede que, en este sentido, la filosofía —ese deseo de verdad— sea un intento de anticiparse al hundimiento del barco: que no nos pille sin saber nadar. Y aquí el saber nadar tiene mucho que ver con un saber estar por encima de cuanto nos pasa y apenas importa, en definitiva, con la libertad. O si se prefiere, con la fortaleza. Con todo, la cuestión es en nombre de qué llegamos, si es que llegamos alguna vez, a vivir una vida más robusta. Y la respuesta de la filosofía es en nombre de lo real, de lo que en modo alguno admite la modificación. Esto es, del misterio que abraza la existencia, aunque no sin también amenazarla (y aquí la amenaza es el vacío). Pues lo real es, precisamente, lo que siempre retrocede en su hacerse presente, lo que se resiste, en su alteridad, a la representación y, por eso mismo, roza lo ilusorio. Al menos, desde nuestro lado, el de las apariencias. Acaso sea por esta razón que, con respecto a lo real —a su eterno más allá de cualquier presente— tan solo podamos hacernos una idea… concibiendo imágenes increíbles. Hay más realidad en lo que tuvimos que perder de vista al nacer, por decirlo así, que en lo que cabe ver y tocar. No es casual que Sócrates confesara que, al fin y al cabo, no dejó de ser un ignorante. Suele decirse que la filosofía nace del asombro. Y es cierto. Lo que no suele decirse es que también nace de la sospecha. Ahora bien, el asombro y la sospecha, la estupefacción y la duda no van, cada una, por su lado, sino que se revelan como las dos caras de una misma moneda. Pues el filósofo se atreve a poner entre paréntesis lo que, en un principio, se le muestra sin fisuras porque antes quedó conmocionado ante el hecho de que hubiera algo en vez de nada.

dos condenados

abril 15, 2021 § 1 comentario

Que Occidente sea el fruto de dos condenas a muerte es algo conocido. De hecho, el mensaje de ambos ajusticiados ha llegado a ser un lugar común, aunque hoy en día quizá no sea tan común. Según Nietzsche —y nuestra época tiene mucho de nietzscheana—, sus últimas palabras son la raíz del nihilismo occidental. Pues nos convirtió en seres incapaces de jugar del lado la vida. En lugar de hombres y mujeres dispuestos a bailar, seres encorvados sobre su deficiencia, bajo el peso de lo elevado. Ahora bien, y contra el dictum de Nietzsche, si es cierto que tan solo una existencia reflexionada tiene valor; y si es cierto que únicamente quien sacrifica su vida por los que sufren, la ganará, entonces la mayoría anda fuera de juego. Al menos, porque la mayoría vive sin preguntarse por la verdad de cuanto cree o como si el pobre fuera un inconveniente, esto es, sin caer en la cuenta de su esencial extrañeza (y por eso mismo, de su demanda). En cualquier caso, que cuanto proclamaron ambos condenados se convirtiera en el tópico de Occidente hizo difícil, por no decir inviable, que pudiéramos comprender su carácter contranatura y, por tanto, interpelador. Como si bastara con saber cuál es el horizonte para continuar con lo nuestro. Esto es, para prescindir. Con todo, es cierto, hoy como antes, que sin una provocación que nos saque de quicio seguimos siendo bolas de billar, esclavos de nuestra circunstancia.

Deus sive natura

abril 14, 2021 § 1 comentario

Según el panteísmo decir Dios es lo mismo que decir naturaleza. Esto es, el todo. Y esto está muy cerca de decir que Dios es barbarie. Pues la naturaleza en modo alguno es inocente. Más bien se nos presenta como un poder capaz de destruirnos, aunque, por los logros de la técnica, hayamos dejado de tenerlo presente. En cambio, el Dios bíblico es la excepción —y en consecuencia, una moción a la totalidad. De ahí que ande rozando la imposibilidad, aquella que mantiene al mundo en vilo, pendiente de un veredicto final. Ahora bien, es precisamente en nombre de este Dios —un Dios desplazado a un porvenir absoluto— que nos libramos de la opresiva presencia del dios que no se distingue de cuanto es. Sin duda, existimos como los que fueron arrojados al mundo. Pero, por eso mismo, no pertenecemos al mundo.

Dios escupe sobre tu rostro

abril 13, 2021 § 1 comentario

¿Cómo incorporar la extrañeza propia de la alteridad? ¿Acaso bajo las figuras de lo monstruoso, tan fascinantes como terribles? Al menos, así fue durante buena parte de la historia de la humanidad. Sin embargo, toda figura es figura de, representación, imagen. Esto es, se halla en lugar de lo que, como tal, no admite una representación. El problema surge cuando confundimos la imagen con lo imaginado —cuando la entendemos como una descripción de lo que es. Supongamos, por ejemplo, que fuera cierto que existimos bajo el juicio de Dios —que el infierno es posible. En ese caso, ¿cómo tomárnoslo en serio? Pues Dios que nos juzga es invisible hasta el punto de rozar la nada. La respuesta es simple: solo por medio de una imagen. Aquí, los predicadores, con el propósito de provocar nuestra sensibilidad, tuvieron que recurrir a un Dios capaz de escupir sobre el rostro del hombre, por decirlo así. Y no es que esta imagen se la hubieran sacado de la manga. La encontramos en el NT (Ap 3 15-16): por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. El problema es que estas imágenes pasaron a ser inverosímiles, por no decir ridículas, donde Dios dejó de darse por descontado. ¿Significa esto que la confesión cristiana solo puede darse como abstracción o, en su defecto, como un vago sentimiento religioso con la excusa de un colgado en nombre de Dios? No me atrevería a decirlo. De hecho, el cristianismo, más que en las imágenes de lo santo, arraigó, y de buen comienzo, en el relato de lo que les ocurre a los hombres y mujeres de Dios, comenzando por el crucificado. De ahí que para incorporar —e incorporar significa, literalmente, hacer cuerpo de— al cristiano le baste con las historias ejemplares, aquellas que suceden, precisamente, sin Dios mediante: como si no hubiera Dios. Así, para comprender —y comprender no es simplemente entender— de que vá el Dios bíblico quizá tengamos suficiente con la niña de La zona gris, aquella que sobrevive a las cámaras de gas habiendo perdido, sin embargo, su capacidad mental, y cuya vida los sonderkommandos que tenían que haberla introducido en los hornos crematorios preservan como si fuera lo más sagrado de su sórdida existencia. Como si esa vida fuera, en definitiva, la que ocupa el lugar de un Dios que les ofrece una última oportunidad.

…y los creyentes tenían un solo corazón

abril 12, 2021 § 5 comentarios

En Hch 4, 32-35 leemos lo siguiente: entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que se necesitaba. Y añade: porque estaban poseídos por el espíritu de la resurrección (o lo que viene a ser lo mismo: de la redención). Estamos ante la verdadera eucaristía, la que consiste en compartir el pan de cada día: nadie sufrirá hambre. La cuestión, sin embargo, es cómo lo leemos. ¿Como una bonita historia? ¿Como si se nos hablase de una secta hippy o de una tribu amazónica en la que nadie parece poseer nada en propiedad? Es verdad que al leer este fragmento no podemos evitar conectar con nuestros mejores sentimientos. Ojalá fuese así, nos decimos (aunque quizá —añadimos en voz baja— no sea necesario ir tan lejos). Pero el cristianismo ¿no queda herido de muerte donde se limita a la promoción de las buenas vibraciones? ¿Como si se tratase simplemente de proporcionar la ilusión de un final feliz a los dramas de la existencia? ¿Acaso seguimos siendo como esos niños que se tranquilizan cuando alguien, con la suficiente autoridad, les dice qué deberían hacer? Ya sabemos cuál es el horizonte: ahora podemos seguir con lo nuestro. ¿Será porque ya no nos hallamos atravesados de redención? De ahí que leamos el fragmento de Hechos como si nada decisivo tuviera qué decirnos —como si en modo alguno nos sacudiese; como si en relato hubiesen unas cuantas dosis de fantasía (aunque, de ser así, bastaría con una sola comunidad que hubiera funcionado tal y como nos lo cuenta Lucas, lo cual es probable, para que no solo fuese una idealización). Es lo que tiene un cristianismo que ha olvidado su seriedad originaria. Y lo que acaso sea aún más decisivo, su alegría, aquella propia de los transformados por la salvación.

marcos conceptuales

abril 11, 2021 § 2 comentarios

La pregunta es simple: ¿podemos aún creer en lo que creyeron los primeros cristianos.? Esto es, ¿podemos tomarnos en serio que Dios se inmoló en una cruz para la redención de los hombres? Aquí, lo que se suele decir es que la experiencia que hay detrás de las formulaciones del credo todavía podemos tenerla nosotros… aunque nos veamos obligados a traducirlas. Pero al hacerlo se corre el riesgo de quedarnos solo con lo digerible del kerigma, como hizo en su momento Marción. Y es que el cristianismo se aleja de la revelación donde su mensaje se convierte en un punto de vista entre otros, en una interpretación que podemos aceptar como quien no quiere la cosa. Por no hablar de que no hay experiencia al margen del lenguaje con la que se expresa. Toda visión —y el cristianismo parte de las apariciones— va con una carga teórica. Pues ver es siempre un ver como, el cual depende del marco conceptual que nos es dado culturalmente. No hay dinero para los pueblos que siguen con el trueque, sino trozos de papel al que nosotros le damos un valor que, en realidad, no posee. Del mismo modo podríamos afirmar que no hay Dios que valga donde el mundo no admite un más allá que no sea el de una dimensión aún por descubrir —donde el presupuesto que rige la cosmovisión moderna es el de la centralidad del sujeto del saber. En este sentido, resulta elocuente que la fe se haya transformado en un supuesto. Tan solo hace falta que no sepamos qué hacer con la resurrección para darle la razón a Nietzsche. Y es que Nietzsche acaso no hiciera mucho más que tomarse el cristianismo al pie de la letra. ¿Un Dios que cuelga de una cruz? ¿En serio? ¿No será que ya hemos olvidado que significó la palabra Dios? Sencillamente, sin resurrección, Dios murió en el Gólgota. Y este es el problema. De ahí que, me atrevería a decir, la respuesta a la cuestión inicial —¿todavía es posible la fe?— exija, por un lado, volver a las historias, siempre demasiado humanas, en las que arraiga la confesión creyente, unas historias en las que Dios se ofrece, contra lo que una sensibilidad religiosa da por descontado, como el aún nadie; y, por otro, un discurso que se enfrente a los prejuicios antropológicos de la Modernidad, los cuales impiden —y no solo dificultan— cualquier sermo sobre Dios. O al menos, sobre el Dios que se reveló en un cadalso. Al fin y al cabo, quizá se trate de legitimar lo que para los primeros creyentes fue obvio, a saber: que existimos como los que se encuentran esencialmente expuestos a lo imposible, a lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Pues acaso lo imposible —que no lo paranormal— sea el estigma de una verdadera alteridad. Y quien dice alteridad, dice realidad.

aferrarse a la nada

abril 10, 2021 § 1 comentario

Nada hay más real que lo que perdimos de vista irreparablemente. Nada más real, por tanto, que el continuo más allá del otro (y esto podríamos considerarlo algo por defecto). De ahí que cuando el hombre quiso ocupar el lugar de Dios —cuando quiso dejarlo atrás— eligió, precisamente, abrazar la nada. O lo que es lo mismo, la ilusión. El nihilismo hunde su raíz en el despreció de Adán. El ateísmo, la negación de Dios, es nuestra marca de nacimiento. Aunque la oculte el fervor.

a vueltas con la omnipotencia de Dios: un divertimento lógico (o no tanto)

abril 9, 2021 § 3 comentarios

¿Hay algo que se le resista a un ser omnipotente? Si todo lo puede, entonces puede vencer cualquier resistencia. Ergo, tiene que haber algo que se le resista para que pueda ejercer, precisamente, su poder. Y tiene que haberlo eternamente. Ahora bien, dado que su victoria está asegurada, al tratarse de un ser omnipotente, cualquier resistencia es aparente o ilusoria. Por consiguiente, ante un ser omnipotente, no cabe una verdadera resistencia. Pero esto es lo mismo que decir que en verdad no la hay. Ahora bien, si no la hay, el poder no puede ejercerse como tal. El destino de la omnipotencia es, así, la impotencia, su cese como poder. Quizá tuviese razón Pablo, el apóstol, al proclamar que la genuina fuerza de Dios reside en su debilidad —en su vaciamiento, en su tener que retroceder ante su criatura. O por decirlo con otras palabras, en su ponerse en manos del hombre. Pues ningún hombre puede derrotar a un Dios que no es nadie sin el fiat del hombre. Al fin y al cabo, hay Dios porque el hombre pudo negarlo. (Y quien entienda esto último, entiende de qué hablamos en realidad cuando hablamos de Dios.)

Nietzsche y el cristianismo

abril 7, 2021 § 2 comentarios

La pregunta de Nietzsche es muy simple: ¿cómo fue posible el cristianismo? Esto es, ¿cómo pudo tener lugar una religión en la que Dios no se revela como un Dios entre otros —una fe tan contraria a lo que espontáneamente entendemos como inconmensurablemente superior? La pregunta tiene su qué. Pues muestra un estupor que ya perdimos de vista y que los primeros cristianos, antes del tercer día, vivieron a flor de piel. Y es que el cristianismo dice cosas muy extrañas. Imaginemos, pongamos por caso, que somos diseñadores de moda. Y que, en la pasarela de Milán, hacemos desfilar a taradas, en vez de a chicas modélicas: a una leprosa, a una deficiente mental, a una mujer de doscientos kilos de peso… añadiendo, con el micrófono en mano, que ellas, y no las típicas modelos, encarnan la verdadera belleza. ¿Cómo reaccionaría el público? Probablemente, no se lo tomaría en serio —no podrían hacerlo. Como si fuera la extravangancia de un genio, cuya última propuesta quiere llamarnos la atención al estilo de aquella campaña de Benetton protagonizada por un enfermo de SIDA. Pues bien, el cristianismo proclama algo igualmente difícil de tragar, a saber, que aquel que colgó de una cruz como un abandonado de Dios es aquel en el que Dios se reconoce, en definitiva, el modo de ser de Dios, su quién (y no solo su representante o enviado). Cristianamente, Dios se hace presente como Dios en la cruz. Estamos hablando de algo que una sensibilidad religiosa no puede admitir fácilmente. De ahí la pregunta de Nietzsche: ¿en verdad va en serio? ¿No está ello muy cerca de decir que, sencillamente, no hay Dios? ¿No deberíamos entender la declaración cristiana como una feroz ironía —como un ateísmo en clave religiosa? No es casual que el cristianismo, a la hora de hablar de Dios, comience (y termine) hablando de un hombre —y de un hombre que fracasa en nombre de Dios, al fin y al cabo, en su lugar. Pues el Dios que se revela en la cruz es el Dios que no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre, un Dios que quiso ponerse en manos del hombre para volver a ser el Dios que fue in illo tempore. En definitiva, un Dios que no quiere —y por extensión, no puede— darse como Dios sin el fiat de su engendro. Sin duda, nos encontramos bastante lejos del prejuicio de la religión, el que da, precisamente, a Dios por descontado —el que supone que Dios en modo alguno depende del hombre, sino que el hombre —y solo el hombre— depende de Dios. Hay más cristianismo en el relato de aquella adolescente de la antigua Palestina que se quedó embarazada del legionario que la forzó —y que, con todo, amó a su hijo como un don de Dios— que en cualquiera de las apariciones marianas. Hay más pureza en esa madre soltera que en un espectro virginal. El cristianismo se deforma cuando toma las imágenes de la pureza —algo así como el destilado símbólico de historias humanas, demasiado humanas— por descripciones. El milagro no apunta a lo paranormal, sino a lo imposible, a lo que el mundo no puede aceptar como posibilidad. Y aquí el milagro —lo imposible— no fue una concepción inexplicable, sino que la bondad fuese más fuerte que el horror.

Es cierto que el cristianismo no es solo el Gólgota. Hubo un tercer día. Por eso, de no haber habido resurrección, la fe, como dijera Pablo, sería un absurdo. Y este es el problema. Pues en la época en la que la resurrección no puede reconocerse como hecho —ni siquiera como un hecho del pasado—, el cristianismo hace aguas… y Nietzsche tiene razón. El problema, sin embargo, quizá resida en nosotros, en nuestra dificultad para admitir una realidad que no sea medible. Pues acaso sea más real lo que desapareció que lo presente. Pero este es otro asunto. Sea como sea, un cristiano, si quisiera confirmarse en la fe que ha heredado, haría bien en leerse El Anticristo. Al menos, para saber de qué va el tema.

¿nos ama Dios?

abril 6, 2021 § 1 comentario

¿Es cierto que hay Dios y que este nos ama? No lo sabemos. Podemos, sin duda, suponerlo. Como quien supone que somos la creación de una Matrix rebosante de buen rollo. Pero aquí corremos el riesgo de que lo que haya detrás no sea una posibilidad entre otras, sino la necesidad de creer en un Dios que es amor. Evidentemente, en este caso lo que prevalecería sería el sentimiento (y un simple sentimiento, contra lo que suele decirse, está lejos de ser una experiencia: más bien, la suplanta). Con todo, podríamos admitir que estamos ante un modo de ver cuanto nos rodea: como si hubiera un Dios que nos ampara. Y aquí poco hay que decir. Pues cada uno intenta, ante el dolor de la existencia, situarse en la perspectiva que más le consuela.

Por eso quiza la pregunta sea ¿cómo pudieron creerlo los primeros cristianos? La respuesta es simple: porque para ellos se trató de una revelación (y el acontecimiento revelador fue, sin duda, la resurrección; pues para ellos no fue lo que es para muchos cristianos de hoy en día, a saber, una interpretación). Ahora bien, el presupuesto de la revelación —y aquí deberíamos tener en cuenta que una revelación no es, precisamente, una confirmación— es que hay dioses y que, por su propia naturaleza, no es que estén muy dispuestos a prestarnos atención. De ahí la sorpresa, por no hablar del estupor de un Dios que decide entregarse por amor. Únicamente, en un mundo en el que la referencia a lo divino es natural puede darse la revelación de un Dios que, contra el prejuicio dominante, quiere reconocerse en el hombre. El problema es que, con el triunfo histórico del cristianismo, hemos llegado a olvidar el significado originario de la palabra Dios —y con ello el carácter revelador de la revelación. Y una vez el amor de Dios pasó a ser una obviedad, fueron suficientes unos dos mil años para que le perdiéramos el respeto a Dios. Pues aún respetamos a quien, pudiendo condenarnos, se decanta por la misericordia, pero difícilmente a quien nos la ofrece por defecto —a quien es misericordioso. Es el riesgo que corrió un Dios que, de tan íntimo, dejó atrás su exterioridad, su altura, su rareza. Como reza una sentencia talmúdica, todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios.

Es cierto que Agustín dijo aquello de interior intimo meo. Pero lo que no suele mencionarse es que a continuación añadió et superior summo meo, precisamente, lo que actualmente pocos son capaces de añadir. Sea como sea, donde la división entre lo divino y lo humano no se da por descontada, basta con creer en un amor de fondo o en el espíritu de interconexión para sentirse confortados. Es por eso que hoy en día muchos están convencidos de que, cuando el cristianismo proclama que Dios es amor, lo que está declarando propiamente es que el amor es divino. Pero no se entendió así en un principio. Será cierto, hoy en día como antes, que solo pueden hablar de Dios los que viven nuestra constitutiva vulnerabilidad a flor de piel, aquellos que, a casua de nuestro desprecio o pasotismo, son poco más que su invocación de Dios (y no los que han podido hacer de este mundo un hogar; o del hogar una fortaleza).

el escuchar y la resurrección de los muertos

abril 5, 2021 § Deja un comentario

El otro día, un sacerdote me decía que buena parte de su tiempo lo dedicaba a escuchar a la gente: todos necesitamos de alguien que nos escuche —me decía—; y pocos quieren escuchar. De acuerdo (pues, sencillamente, es así). Con todo, a veces lo que conviene es que no se nos escuche demasiado, no sea que terminemos lamiéndonos las heridas. O por decirlo de otro modo, a veces necesitamos a alguien que nos diga con la suficiente autoridad: levántate y anda. Hablamos, es obvio, de la necesidad de un padre. Y es que solo un padre —acaso porque está de vuelta— puede resucitar a quienes ya no tienen vida por delante. De ahí que, ante la extinción moderna de la figura paterna, proliferen los libros de autoayuda. Como si fuera posible salir del agua tirando del propio cabello, cuando lo cierto es que si logramos alcanzar la orilla fue porque confíamos en aquel que, siendo de carne y hueso, confío antes en nosotros —y confió duramente. Al fin y al cabo, hay un momento para mirarnos a los ojos y otro, no menos decisivo, para mirar en la misma dirección. El resto es un simple ir de compras, si es que tenemos el suficiente poder adquisitivo.

contra una resurrección por descontado

abril 4, 2021 § 2 comentarios

Jean Améry escribió lo siguiente sobre las torturas que le infligieron los nazis: el primer golpe hace consicente al prisionero de su desamparo —y ya contiene en germen de cuanto sufrirá más tarde—. Tras el primer golpe, la tortura y la muerte […] se presienten como posibilidades reales, incluso como certezas. […] Afuera nadie sabe lo que ocurre dentro, ni nadie hace nada por mí. […] Con el primer golpe se quebranta la confianza en el mundo. El otro, contra el que me sitúo físicamente en el mundo y con el que solo puedo convivir mientras no viole las fronteras de mi epidermis, me impone con el puño su propia corporalidad. Giulia sufrió abusos de su padre, al que adoraba, antes de que él la obligase a ejercer la prostitución. Maria sobrevivió al intento de su madre de ahogarla con sus propias manos porque no podía soportar haber tenido que renunciar a su juventud. Podríamos continuar hasta cansarnos. No hay orden simbólico que resista a la irrupción del horror —de aquel que, como un dios omnipotente, desea tu muerte—. Por defecto, lo real es lo inmodificable. Y lo inmodificable —lo que no admite un nuevo comienzo, ninguna reparación— es el Mal. La flores del campo, la belleza de los desiertos… escupen su ficción sobre el rostro de los muertos vivientes. El trauma —y solo el trauma— siempre fue el sello de lo real. Satán es el dueño del mundo. Y ante Satán, cualquier redención se presenta como ilusoria —cualquier más allá, como imposible. No hay vuelta atrás para los que la única alteridad es la de un ángel sin piedad. En lugar del sueño, el insomnio. En vez del éxtasis, los ojos bien abiertos. El desamparado ha sido despojado de una nueva oportunidad. Quien cree como quien no quiere la cosa que la naturaleza habla de Dios es que aún sigue en las gradas del espectador. Como dijera Primo Levi, tras Auschwitz no es que dejáramos de creer en Dios: dejamos de creer en la humanidad. No hay nadie en quien confiar. Ni siquiera en tus hijos.

¿Quién puede decir, por tanto, que todo terminará bien? ¿Acaso una esperanza naïve —la creencia en una bendición que se da por descontada— no es un insulto para aquellos que apuraron la copa de lo real? ¿No es como si nos riésemos en la cara de aquellos para los que el ángel de la muerte en modo alguno es una figura de la imaginación? ¿Quién puede declarar sin sonrojarse que vivimos atravesados por un amor de dimensiónes cósmicas, que solo Dios basta? No, ciertamente, los que no hemos vuelto con vida del infierno (y quien dice infierno, dice muerte). En modo alguno es casual que bíblicamente solo estén autorizados a hablarnos de Dios aquellos para los que, aparentemente, no hubo ningún Dios de su parte (y si tenemos que hablar, al menos que se hable en su nombre). De ahí que o hubo resurrección, o la esperanza es el trampantojo de quienes no pueden soportar que la película no termine bien. Tan solo, el resucitado puede proclamar que, al final, la luz vence a la oscuridad. Una fe que no arraigue en quienes, contra todo pronóstico, volvieron a la vida cuando no tenían vida por delante —una fe que no parta del milagro, del acontecimiento de lo imposible, de lo que ningún mundo puede admitir como posibilidad— es una fe reducida a opinión. Y la opinión no interesa a nadie.

del final y las penúltimas cosas

abril 3, 2021 § Deja un comentario

Pensar la historia hasta el final es lo mismo que pensarla desde el final. Este es el prejuicio de la escatología. Y cristianamente, ya se sabe cuál es este final: el Argamedón, el día D del Juicio donde los muertos resucitarán para que los que tuvimos un cierto éxito comparezcamos ante los que la historia, precisamente, abandonó. Y aquí uno podría preguntarse qué tiempo viene después. Estrictamente, deberíamos hablar de un no-tiempo, pues humanamente el tiempo solo puede ser histórico —y el Juicio puso un punto y final a la historia. Ahora bien, ¿qué yo puede sobrevivir a un instante eterno? De ahí que, por lo común, naturalmente prefiramos seguir en las penúltimas cosas. Será que no formamos parte de aquellos que tan solo pueden preferir que esto termine ya. Sin embargo, a pesar del prejuicio, el horizonte de la escatología cristiana no es, propiamente hablando, el final, sino una nueva Creación, algo así como un reset cósmico. Aunque suene a increíble. O por eso mismo, tratándose de Dios.