elixir

octubre 18, 2019 § Deja un comentario

Los hombres sienten inclinación por el entusiasmo o por emborracharse con determinadas palabras. Siempre que repitan esas palabras, la realidad les importa poco.

Benjamin Constant

that’s the question (y 2)

octubre 18, 2019 § Deja un comentario

La cuestión de Dios no afecta tan solo a quien todavía posee una cierta sensibilidad religiosa, aunque quizá sería mejor decir incierta, sino a cualquiera que preserve, en medio de tanta distracción, una inquietud por las preguntas últimas y, en definitiva, por aquellas que no vamos a resolver, quizá porque nos vienen grandes. De otro modo, la cuestión de Dios es también, y puede que sobre todo, la cuestión de la filosofía. No es casual que Heidegger la entiendese como la cuestión, aun cuando él la formulase en los términos de una pregunta por lo que es más allá del ente. Evidentemente, no se trata de localizar una cosa última, inaccesible a la experiencia común, sino de caer en la cuenta de que hay lo que hay porque lo absoluto —el carácter otro de cuanto aparece— se sustrae a la determinación. Hasta aquí llega la razón. Más aún: en la cuestión de Dios, no solo está en juego de qué hablamos cuando hablamos de Dios, sino cómo nos comprendemos a nosotros mismos. Pues o bien nos encontramos como los que existen como arrancados, o bien como los que tienen que apañarse para obtener los recursos necesarios para su adaptación. No es exactamente lo mismo. El mito bíblico de la caída no es conmensurable con el de Prometeo. En cualquier caso, que la pregunta por Dios no esté de moda, más que indicar un supuesto progreso moral, sugiere que cada vez estamos más cerca de convertirnos en instrumentos de un poder impersonal.

that’s the question

octubre 17, 2019 § Deja un comentario

Precisamente, ser o no ser. Pues todo apunta a la extinción. No andaban errados los antiguos siendo conscientes, en mayor medida que nosotros, de que estamos en manos de un poder implacable. Si hoy hubiera un dios, este sería la materia, casi en el sentido aristotélico de la expresión: la materia permanece inmutable por debajo de la descomposición de las apariencias. Tan solo ella es —y sus formas, meros hologramas—. La cuestión del ser no es para un dios. Como no lo es para la rosa del Silesius, que es sin porqué. Lo es para nosotros. Pues somos quienes andan entre los dos lados de cuanto tenemos a mano. Nada hay que termine de ser lo que parece (y lo que no termina de ser o bien no es, o bien está pendiente de ser). Así, necesitamos decirnos, pongamos por caso, que nuestra entrega es por amor o que nuestra decisión es libre. Como si ya fueran lo que aún no es. Pero todo en esta vida está por decidir.

distancias

octubre 16, 2019 § Deja un comentario

La distancia en la que se sitúa el espectador —la que nos empuja al nihilismo: no somos más que bolas de billar— no es la misma que aquella a la que ha sido desplazado el creyente. No ven lo mismo. Y no ven lo mismo porque al menos el creyente se deja escandalizar por lo que ve. ¿Y qué es lo que ve? Pues adolescentes colgados de Instagram haciendo morritos —no queriendo otra cosa que gustar— y padres que no saben qué dar de comer a sus hijos; hombres y mujeres que se sienten frustados porque pesan unos cuantos kilos de más junto a cientos de miles de niños con el vientre hinchado por el hambre. Al fin y al cabo, la pregunta sigue siendo la que escuchamos por primera vez: Caín, Caín ¿dónde está Abel? Y nuestra respuesta, hoy en día como antes, es la que dimos: ¿acaso soy el guardián de mi hermano? No hay alternativa: o vamos por el mundo como Caín —buscando una ciudad cuyos muros ahoguen el clamor de tantos—; o existimos como aquellos a los que concierne la miseria de un desconocido. Y aquí no se trata propiamente de los sentimientos, sino de encontrarse sujetos a la demanda, en el doble sentido de la palabra, que emerge de las gargantas de la sed. Un creyente es alguien que no tiene otro Señor que el pobre. Pues su llanto es el de un Dios que no es nadie sin el hombre. Naturalmente, preferimos no saber nada de Dios.

sobre el mito

octubre 15, 2019 § Deja un comentario

Utilizando el rotulador grueso, podríamos definir al mito como un blanqueador de la realidad. Pues en las cosas con las que tratamos no hay nada que sea químicamente puro. Todo se nos ofrece atravesado de ambigüedad. Incluso en la entrega más incondicional hay residuos tóxicos. Sin embargo, la ambigüedad es paralizante. De ahí que necesitamos decantarnos por uno de los lados para, como mínimo, saber a qué atenernos. Aunque, en un rapto de lucidez, caigamos en la cuenta de que cualquier afirmación —cualquier juicio— es provisional. Por mucho que afinemos el juicio, nunca llegaremos saber de qué se trata en verdad. No está en nuestras manos trascender el horizonte de lo que nos parece que es. De ahí que no quepa asegurar hasta el final que estemos, por ejemplo, ante un acto de generosidad y no ante un nuevo intento de justificarnos ante papá (aun cuando este sea imaginario). Así, en el caso del cristianismo más comprometido con las causas perdidas, fácilmente terminamos haciendo del pobre un pobret (un pobrecito). En este sentido, el pobre es mitificado por aquellos que ven en él la oportunidad de una redención. Es verdad que de este modo nos sentimos más predispuestos a, cuando menos, colaborar. Pero lo cierto es que al pobre se le debe lo que se le debe, aun cuando sea un cabrón. Y esto no es tan fácil de tragar. Pues un cabrón es aquel que busca tu daño. Aunque sea para sobrevivir.

futuro imperfecto

octubre 14, 2019 § Deja un comentario

No hay padres perfectos. Ni esposos —ni esposas— perfectos. Ni hijos que estemos a la altura de la vida que nos han dado. Siempre vamos por ahí con el pie cambiado. Con la decepción hay que contar. De ahí la importancia de ir armados para cuando las cosas no coincidan con lo que soñamos. Estas armas fueron, tradicionalmente, virtudes como la paciencia, la serenidad, la confianza… También la lucidez. Pues hay que poder discernir los momentos. Hay un momento para permanecer y otro, si viene al caso, para cortar. Y no siempre sabemos verlo. En cualquier caso, sin virtud —sin carácter— somos como veletas al viento. Y lo que resulta más decisivo, donde carecemos de virtud, algo nos perdemos de la vida, quizá lo que importa. Las virtudes, ciertamente, no están de moda. Hoy en día el paso lo marca el consumidor. Así, de lo que se trata es de renovar el producto, una vez ha sufrido el desgaste del tiempo. No es casual que hoy en día la infancia se haya prolongado indefinidamente. Y donde seguimos siendo unos niños no hay nada que hacer, salvo reir o llorar.

todo Nietzsche (o casi) en un par de frases

octubre 13, 2019 § Deja un comentario

¿La verdad? La vida está del lado del más fuerte. No hay más. El débil, tarde o temprano, acaba en el container. No somos culpables de su sufrimiento. La desestimación va con la derrota.

(Hay que partir de esta evidencia—y no del dios que damos por sentado—para, cuando menos, caer en la cuenta del carácter contrafáctico de un Dios que se identifica con el que no cuenta para nadie.)