en breve 3
mayo 11, 2026 § Deja un comentario
Hoy en día, quien cree suele decir —y decirse a sí mismo: siento que hay Dios (y que puedo hablar con Él,tratarlo). Sin embargo, imaginemos que hay quien creyese que existe el Yeti —y no solo fantaseara con su existencia. ¿Acaso no iría en su búsqueda? ¿Es que no contaría, al menos, con sus huellas?
Ciertamente, no es lo mismo. Pues Dios —se dice—está en todas partes. Pero que esté ahí sin estar en ningún lugar ¿no es, cuando menos, desconcertante, por no decir contradictorio… siendo alguien? ¿Acaso no es ingénuo pensar que basta con la invocación silenciosa para entrar en contacto? ¿No fue más lúcido Israel al dar por descontado que era, sencillamente, imposible intimar con Dios —que de Dios, el mundo, la Torá, la bendición y la maldición, pero no Dios mismo? Que Dios se revelase a Moisés como el nombre de Dios —un nombre sin concepto— ¿no lo dice ya todo?
En realidad, el paganismo fue más consecuente que la creencia actual, basada en la intimidad. Pues el paganismo, esa religión campesina, parte de la evidencia de que hay dioses por todas partes como hay montañas y árboles. No fue superstición —en cualquier caso, idolatria— que los paganos recurriesen al sacrificio para obtener un buen trato. Al igual que tampoco lo fue que los siervos de la gleba entregasen una parte de la cosecha a su señor. Pues esos siervos no sintieron solo en su interior que se hallaban sometidos a un poder terrible: lo estaban.
apuntes de última hora: Platón
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La pregunta de Platón, en definitiva, la de la metafísica es en qué consiste lo real, es decir, de qué hablamos cuando hablamos de lo que es. Como es sabido, Platón, a la hora de responder, distingue entre dos mundos, el de las ideas —el mundo propiamente real o verdadero— y el de las cosas —el mundo aparente. El primero es denominado también inteligible. Pues solo es accesible a la razón, al pensamiento. El segundo, en cambio, es denominado sensible. Pues es el mundo de cuanto cabe ver y tocar. Decir que tan solo la idea es real equivale a decir que lo real, en sí mismo —esto es, al margen de su realización en lo sensible—, solo puede ser pensado. Supongamos, por ejemplo, que tenemos que dibujar el aula en la que nos encontramos. Es obvio que habrá tantos dibujos como posiciones en el aula o puntos de vista. Y, por eso mismo, no habra ningún dibujo del aula como tal o en sí misma, esto es, fuera de perspectiva. Sin embargo, si cabe dibujar el aula —si es posible verla— es porque hay aula. Ahora bien, lo que el aula sea con independencia de nuestra visión del aula solo puede ser descrito a través, en este caso, de la matemática. Lo dicho: lo real en sí solo puede ser pensado. Hay un hiato entre el aula como tal y su realización material, la que cabe ver y, por eso mismo, dibujar. En términos generales, entre lo real en sí y su realización en lo sensible. Pues lo real en sí —en nuestro ejemplo, el aula al margen de nuestros dibujos del aula— trasciende lo sensible. ¿A qué responde, no obstante, este hiato —esta escisión?
La intuición de fondo es que nada es que no se haga, de algún modo, presente —nada real que no se realice. Así, cuando decimos de un cuerpo, pongamos por caso, que es bello… lo que se hace presente en ese cuerpo es, precisamente, la belleza. La belleza se realiza, por tanto, en los cuerpos bellos. O por decirlo con otras palabras, lo real de un cuerpo bello —lo que se hace presente en un cuerpo belloen tanto que bello— es la belleza. Ahora bien, la realización de la belleza —su aparecer en los cuerpos bellos— siempre es hasta cierto punto o medida. Ningún cuerpo bello es absolutamente bello. Todo cuerpo bello viene con tara. Más aún: con el tiempo, dejará atrás la belleza que inicialmente tuvo. Por tanto, nada nunca por entero —nada permanece en lo que es. En cuanto cabe ver y tocar, todo es mezcla: la luz va con la sombra, la belleza con el defecto, el bien con el mal, el amor con el odio. La cuestión es que pesa más en un momento dado.
En este sentido, podríamos decir que la belleza —en general, lo que es— solo puede aparecer dejando atrás su carácter absoluto o entero. Dicho de otro modo, la belleza solo puede mostrarse negándose a sí misma, renunciando, como quien dice, a su carácter otro o absoluto. De ahí el doble sentido de la apariencia: por un lado, la apariencia es el hacerse presente —el aparecer— de lo real; por otro, la apariencia es ilusión, un parecerse a, un trampantojo, un como si. Así, los cuerpos bellos tan solo simularían la belleza real, la que, en cierto sentido, se encuentra por encima o más allá de los cuerpos que la realizan. Los dos lados de la apariencia van, por consiguiente, de la mano. Tampoco puede suceder de otro modo. De ahí que Platón diga que las cosas participan de la idea —de lo real propiamente dicho. Y este participar puede entenderse como un ejemplificar o encarnar. Para ilustrar esta relación, Platón recurre al mito de una creación del mundo por parte de un dios artesano, el demiurgo, el cual tuvo a la vista el mundo de las ideas a la hora de ponerse manos a la obra. Las cosas son, por tanto, copias imperfectas de la idea que le sirve al demiurgo de modelo.
Que el demiurgo cree el mundo sobre la base de las ideas, nos da a entender, de paso, que estas constituyen la norma de lo visible. Así, lo visible —las cosas— son lo que son porque se encuentran sometidas a lo que deben ser, al paradigma —el modelo— que ejemplifican o representan. De hecho, si decimos de un cuerpo bello que no acaba de serlo es porque damos por sentado que debería ser bello por entero. En general, si las cosas no terminan de ser o permanecer en lo que son en un momento dado —si todas las cosas se encuentran sometidas al paso del tiempo y, en definitiva, condenadas a su desaparición— es porque no terminan de ser lo que deben ser, al fin y al cabo, ser. Pues ser es, por defecto, permanecer en lo que se es. Las cosas son, por tanto, su no terminar de ser. Dicho de otro modo, son hasta cierto punto o medida.
Sin embargo, ¿qué realidad —que idea— realizan las cosas como cosas, esto es, al margen de que sean, a su vez, árboles o moscas? La respuesta —obvia— es la idea de ser, de lo que es, de lo real en cuanto tal, con independencia de su aparecer en lo sensible. Ahora bien, por lo dicho antes, la idea es la norma —el paradigma— de lo sensible. Por tanto, ser y deber ser serían lo mismo, las dos caras de una misma moneda. Lo real es exigencia de realización. Platón a la idea de ser —la idea suprema, la idea de las ideas— la denomina, y por eso mismo, Bien. Pues el Bien es, por definición, lo que debe ser. Con todo, lo paradójico del asunto es que, como decíamos en un párrafo anterior, la realización de lo real —de lo que debe ser— pasa por dejar atrás su carácter absoluto o por entero. Así, un cuerpo bello, por seguir con nuestro ejemplo, es bello porque, al realizarse o concretarse, la belleza se niega sí misma, como quien dice. Esto es, la belleza se realiza asumiendo su contrario. O por formularlo en general, el Ser —lo que debe ser, el Bien— solo se hace presente asumiendo su no ser. Al fin y al cabo, la idea es no siendo nada en concreto. La idea de aula, por ejemplo, no es aún ningún aula, aun cuando la idea de aula exija realizarse como un aula determinada. Al fin y al cabo, nada hay que no se realice. De ahí el carácter paradójico, como decíamos, de lo real y, en definitiva, del Bien. Pues lo que debe ser —el Bien— es que lo que debe ser no pueda serlo por entero. Es por esta razón que lo que debe ser es lo que hay. Ni más, ni menos.
apuntes de última hora: Nietzsche
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La pregunta que Nietzsche se plantea es cómo fue posible la moral cristiana, esto es, la inversión —la perversión, la subversión— de los valores originarios, aquellos ligados a la vida más espontánea. Pues esta únicamente distingue entre lo que nos hace más fuertes —lo naturalmente bueno— y lo que nos debilita o enferma —lo malo. Nietzsche entiende la distinción entre el fuerte y el débil —entre el noble y el esclavo— como una distinción natural y, por eso mismo, inalterable. De ahí que la pregunta fuese cómo es que, en un momento dado, lo bueno pasó a ser lo contrario, a saber, la humildad, la pobreza, la pequeñez. Cómo fue posible un Bien y un Mal por encima de lo bueno y lo malo. Cómo fue posible un Dios que prefiriese al leproso, a quien que se arrodilla, al que desprende mal olor… antes que a los que se encuentran henchidos de salud, belleza, poder. Cómo pudo surgir, en definitiva, un Dios tan antinatural, un Dios que condenase, precisamente, los impulsos más vitales.
La respuesta de Nietzsche es simple: la perversión de los valores originales fue debida al resentimiento, el odio, el rencor, la envidia del débil hacia el fuerte —del esclavo hacia el noble. El sacerdote cristiano —esa figura del resentimiento— necesitaba decirse a sí mismo y, sobre todo, al noble que, en el fondo, todos somos iguales, en suma, el mismo indigente ante Dios. Que su nobleza era tan solo aparente, una máscara. Es como si las ovejas le dijeran al lobo que, en realidad, es una más… aunque con piel de lobo. Sucede aquí lo que en una fiesta, una vez aparece la más bella: que el resto de mujeres necesitarán denigrarla, rebajarla a su altura, diciendo, por ejemplo, que con cirugía cualquiera o que aunque bella, es más tonta que el culo. Pues lo que no podrían soportar es que su belleza fuese natural, sin trucos. O que siendo la más bella fuese, además, una superdotada, intelectualmente.
Ahora bien, este rencor, en el fondo, es la expresión de la misma voluntad de poder de la que se acusa al noble, aquella para la cual toda prohibición es simplemente un obstáculo que hay que saltar. Pues la voluntad de poder solo aspira a más poder y, por eso mismo, a vencer cualquier resistencia. Todo, al fin y al cabo, es voluntad de poder. Esto es, todo se reduce a querer dominar. Sin embargo, esto es, precisamente, lo que el sacerdote no puede admitir de sí mismo. Dicho de otro modo, lo que el sacerdote no puede aceptar es que sus buenos sentimientos encuentren su raíz en el odio hacia lo superior, esto es, en lo contrario a lo que predica. Nietzsche entiende que esta incapacidad sacerdotal para admitir lo que, en el fondo, le mueve o motiva es una falsa conciencia. Esto es, el sacerdote —y por extensión, los esclavos que le siguen— nunca podrá llegar a un conocimiento de sí. Por eso mismo, su existencia es dependiente, reactiva, impotente a la hora la afirmarse sin tener que pedirle permiso a nadie —y mucho menos a Dios.
De hecho, todo es voluntad de poder porque no hay Dios que valga. Porque la nada abraza cuanto es. No hay un más allá —una trascendencia— que impona su norma sobre lo visible. Tanto para el platonismo como para el cristianismo —ese platonismo para el pueblo, según Nietzcshe—, la vida tiene valor solo en la medida que representa —ejemplifica, encarna— lo que vale en verdad. Y lo que vale en verdad siempre se encuentra, conforme a la tradición platónico-cristiana, por encima de nuestra cabezas, esto es, en el mundo verdadero. El efecto perverso de esta ilusión metafísica es el de una devaluación de la vida en sí misma. El sacerdote es incapaz de abrazar una vida no sometida al juicio de Dios, a un Bien que, en tanto que absoluto, constituye la medida de lo que nos traemos entre manos. De ahí su impotencia, su envidia, su mala fe.
Aquí podríamos decir que, hoy en día, Dios ha dejado de importarnos. Que nadie se siente sujeto al juicio de Dios. Pero Nietzsche fue muy consciente de que el ateísmo es lo más difícil. Por eso, donde prescindimos del Dios de la tradición cristiana, lo único que deberíamos preguntarnos es qué Dios hemos puesto en el altar vacío de Dios. Pues el hombre no puede dejar lo divino atrás sin perder lo que él cree que constituye su humanidad. De ahí que Nietzsche dijera que donde muere Dios, muere también el hombre. O lo que viene a ser lo mismo, tras la muerte de Dios, la humanidad del hombre será superada. Por eso, Nietzsche se entendía a sí mismo como elprofeta de una nueva època. El hombre no puede soportar una vida que no apunte al Bien. De ahí que donde el Dios de la tradición cristiana ha perdido su antigua relevancia, el hombre busque algo que ocupe su lugar. Un ejemplo del Dios que sustituye a Dios sería el amor romántico. Así, para una mujer la relación que pueda mantener con su pareja solo tiene sentido o significa algo si se asemeja, cuando menos, a lo que debe ser una relación. Y lo que esta debe ser viene impuesto por las películas o novelas románticas… en las cuales la relación es, precisamente, inmaculada, sin tara, perfecta. Como si fuera de otro mundo. Ciertamente, damos por sentado que se trata de una ficción. Pero lo cierto es que creemos en ella como si fuera posible, cuando menos, acercarse. Hace falta mucho valor —un valor, de hecho, sobrehumano, por no decir inhumano— para aceptar que en las relaciones entre los hombres lo único que está en juego es quién domina a quién. Y aún más valor para obrar en consecuencia.
La figura del superhombre —la de quien supera la humanidad del hombre… como el hombre superó la del chimpancé— sería algo así como la del noble liberado de la tutela sacerdotal, esto es, la de quien asume hasta el final que, donde el cosmos carece de propósito moral, da igual bailar sobre la pira de los gaseados que sobre un campo de amapolas. A diferencia del hombre, el superhombre es capaz de cargar con el peso de convertir en valor cualquier gesto. Pues donde nada vale, todo vale por igual. La propuesta de Nietzsche es, en realidad, la de una transvaloración de los valores. No fue secundario que Nietzsche opusiera la figura de Dioniso, el dios que baila, a la del crucificado.
apuntes de última hora: Descartes
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La pregunta a la que se enfrenta Descartes en primer lugar no es en qué consiste lo real —esta fue la pregunta de la antigua metafísica, la de Platón y Aristóteles—, sino si podemos estar absolutamente seguros de la verdad de lo que decimos acerca del mundo, en definitiva, de lo real. Esto es, Descartes se pregunta por las condiciones del conocimiento o el saber. Pues este se comprende como un haber asegurado sin ningún género de duda la verdad de nuestras afirmaciones sobre el mundo. Por tanto, la marca del saber, frente a la mera creencia, será la certeza, la cual se define, precisamente, como la imposibilidad absoluta de dudar. Descartes se plantea la cuestión sobre la posibilidad del saber con el propósito de refutar a los escépticos, los cuales sostenían —y sostienen— que no cabe ningún saber —que siempre es posible la duda— y que, por eso mismo, no podemos ir más allá de la creencia… aun cuando, psicológicamente, demos por cierto (esto es, como si fuera cierto) lo que no es más que altamente probable.
Así, Descartes decidirá ejercer metódicamente la duda con el propósito de determinar de una vez por todas si hay o no certeza alguna. Esta duda también se denomina hiperbólica, es decir, exagerada. Pues pondrá contra las cuerdas lo que el sentido común suele dar por cierto… sin serlo. Pues la certeza, conviene subrayarlo, es la imposibilidad absoluta de dudar. Si hubiese algún motivo para la duda, por muy insensata que nos parezca, no habrá saber.
El primer paso será dudar de la sensibilidad —el ver y el tocar— como posible criterio de verdad o fuente de certeza. Por lo común, solemos verificar lo que decimos por medio de la sensibilidad. De ahí que digamos que tal o cual cosa es cierta porque la hemos visto. Pues bien, Descartes pondrá encima de la mesa la sospecha de que pudiéramos estar soñando —hoy en día, podríamos decir la posibilidad de estar bajo los efectos de una droga alucinógena. Y es que tanto en sueños como cuando sufrimos una alucinación percibimos lo soñado o alucinado como si fuera real… no siéndolo. Por consiguiente, la sensibilidad no garantiza que lo percibido exista más allá de nuestra mente.
El segundo posible criterio de verdad o fuente de certeza sería la razón. Este, en un principio, parece más fiable. Pues, incluso en sueños, el teoréma de Pitágoras sigue siendo válido. No podemos soñar —o alucinar— contra las exigencias de la razón (en definitiva, contra la matemática). Sin embargo, Descartes plantea la posibilidad, recurriendo a la figura de un genio maligno, de que estemos, por así decirlo, mal diseñados. Esto es, que aún cuando no podamos concebir un mundo que no se ajuste a la norma de la razón —un mundo en el que 2+2 no fuesen 4—, podría darse el caso de que el exterior fuese contradictorio, esto es, que 2+2 fuesen 5. Podría darse el caso de que hubiese un gato que estuviera vivo y muerto a la vez… aunque no pudiéramos hacernos una idea de ello.
Habiendo desestimado la sensibilidad y la razón como posibles fuente de certeza, Descartes cae en la cuenta de que, aun cuando no pueda fiarse de sus representaciones mentales acerca del mundo, no puede dudar de que él existe mientras duda. Cogito ergo sum. Pensar supone pensarme. Y pensarme como puro soporte del pensamiento —como res cogitans, en términos de Descartes, esto es, como sustancia pensante—, no como el sujeto que además tiene un cuerpo y una personalidad. El aspecto del yo permanece, de hecho, bajo sospecha.
Llegado a este punto Descartes se preguntará si hay alguna otra certeza. En sus términos, si hay alguna otra representación mental —alguna otra idea— que se imponga con la misma claridad y distinción con la que se impone la certeza del cogito. Pues la claridad —la ausencia absoluta de duda— y la distinción —que la certeza se imponga por sí misma— se revelan como los criterios del saber. Esta segunda certeza será la de la existencia de Dios. Puedo tener en mi mente la idea —la imagen— de una pirámide… sin que haya pirámides. Pues podría estar soñando. Esto es, bien pudiera ser que la Pirámide estuviera solo en mi mente. Cabe también la posibilidad de que haya un gato vivo y muerto… aun cuando no pueda ni siquiera concebirla o soñarla. Pero no puedo tener la idea de Dios… sin que haya Dios. Y es que comprender el significado de la palabra Dios implica necesariamente admitir que existe.
Descartes propone tres argumentos, siendo el tercero quizá el más decisivo. Así, dado que Dios es, por definición, infinito, Descartes se pregunta si la infinitud de Dios es o no una proyección de la finitud del cogito. Aquí conviene tener presente que el cogito es finito porque su certeza de sí está limitada por el mientras de su actividad mental. Dicho de otro modo, el cogito no es un absoluto. Esto es, no existe necesariamente. Su existencia es contingente: el cogito solo puede estar seguro de su existencia mientras piensa. Pues bien, lo cierto es que la infinitud de Dios no puede comprenderse como una proyección de la finitud del cogito… porque la certeza de la propia finitud solo es posible en relación con la infinitud, esto es, con lo no finito. Al fin y al cabo, la experiencia del límite implica, por defecto, la existencia de un más allá del mismo. Si topásemos con un muro que no nos permitiese avanzar, inevitablemente daríamos por cierto que hay un más allá del muro, aunque ignoremos en qué consiste. Por consiguiente, hay Dios. Y en este contexto, deberíamos tener en cuenta que por Dios no hemos de entender el fantasma bueno al que se dirigen las oraciones del creyente. La palabra Dios funciona aquí simplemente como el nombre —la etiqueta— de lo no finito.
Tras haber demostrado la existencia de Dios, Descartes pasa a demostrar la existencia del un mundo racional. El argumento es simple: Dios, en tanto que perfecto no puede habernos diseñado mal. Una realidad infinita carece de motivos para engañarnos. Así, la objeción que afectaba a la razón, a saber, la posibilidad de que un genio maligno nos hubiese creado con la intención de hacernos creer que 2+2=4 cuando, en realidad, el resultado es 5, deja de tener sentido. Por consiguiente, la razón queda validada como fuente de certeza. El exterior tiene que ajustarse a la norma de la razón y, en definitiva, a la matemática, pues esta es la expresión por excelencia de la racionalidad.
Llegados a este punto, deberíamos tener en cuenta que el ejercicio de la razón se sostiene sobre las ideas innatas, aquellas que no son el destilado de la experiencia, sino que, más bien, son su condición: si, a priori, esto es, con anterioridad a la experiencia no supiéramos qué es, por ejemplo, la unidad o fuéramos incapaces de deducir que A>C si A>B y B>C… ni siquiera podríamos llegar a experimentar un mundo como tal. Si este saber a priori, el que nos proporcionan las ideas innatas, se adecúa al mundo es porque, al fin y al cabo, Dios existe. Esto es, porque no tiene sentido decir que el infinito… quiere engañarnos. La exterioridad es, por consiguiente, la de un mundo racional, no contradictorio. De ningún modo es posible que el gato esté vivo y muerto. Ahora bien, si solo puedo estar seguro de los enunciados de la matemática y si la matemática se ocupa únicamente de medir, entonces el saber sobre el mundo es, necesariamente, un saber acerca de cuerpos. Pues solo los cuerpos admiten la medida. De lo que estoy seguro es de que hay un mundo y de que este es material. Por consiguiente, el saber es acerca de un mundo que funciona como un mecanismo. Aquello que no acepta la medida se ubicará, por tanto, en el campo de lo subejtivo, en definitiva, de la creencia. La sensibilidad sigue siendo incierta: no puede ir más allá de lo que me parece. El rojo es, con seguridad, una longitud de onda. Que, además, sea el color del amor romántico, por ejemplo, es algo que solo tiene que ver con nosotros, no, con lo que en verdad es.
Un efecto colateral de lo que acabamos de decir es que tampoco cabe asegurar la existencia de otras mentes. Es decir, Descartes no podrá garantizar que haya otros yoes. Se trata del problema del solipsismo. De hecho, si topásemos con un androide que no pudiera diferenciarse físicamente de cualquier humano —y que hablase y se comportarse igual—, tendríamos que suponer que hay un yo detrás… si es que, por la fuerza de la costumbre, acabásemos humanizándolo.
El resultado del ejercicio de la duda metódica es la certeza de que hay tres sustancias o realidades: la del cogito —mientras piensa, eso sí—, la de Dios y la de un mundo de cuerpos. Es verdad que, llegados a este punto, podríamos preguntarnos por qué, siendo Dios infinito, hay tres sustancias en vez de solo una, a saber, Dios. Pero Descartes no se la plantea. En cualquier caso, lo que se preguntará es cómo comprender la únión que él siente entre su yo y un determinado cuerpo, el que siempre le acompaña, el que cree suyo. En sus términos, entre cuerpo y alma (o mente). En un primer momento, Descartes propondrá la glándula pineal como nexo entre ambos. Pero lo que une cuerpo y alma no puede formar parte del cuerpo. Tiene que ser una cuarta sustancia… que no se revelará por ningún lado. La conclusión es que no puede haber certeza —saber— sobre dicha unión. Es como si el yo —la conciencia de sí— se encontrase, como quien dice, fuera del mundo.
Por último, Descartes se preguntará por qué, habiendo visto que la razón es fiable como fuente de certeza, cómo es que nos equivocamos al pensar conforme al dictado de la razón. Su respuesta será que si aún nos equivocamos al calcular es porque nos precipitamos a la hora de seguir las prescirpciones —el método— de la razón. Como si nos pudiera la voluntad de llegar a un resultado antes de tiempo. Sin embargo, de seguir atentamente dichas prescripciones, no cabe el error. Pues verdad y méotodo son las dos caras de una misma moneda.
apuntes de última hora: Hume
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
Las tesis del autor
Hume sostiene que nuestro sentido del deber moral —debemos decir siempre la verdad, ser fieles a nuestro amigos…— encuentra su raíz en las emociones que nacen de la empatía, esto es, de nuestra capacidad para ponernos en la piel de nuestro semejante. Así, por ejemplo, nos sentimos inclinados a compadecernos del que sufre porque, al identificarnos con él, también experimentamos su sufrimiento como si fuera propio.
Explicación
No hay, por tanto, ninguna razón, ningún argumento racional que nos obligue a dicha compasión. La base del deber moral es, meramente, emocional o, en los terminos de Hume, pasional. La razón es esclava de las pasiones. Y lo que esto significa es que el fin de lo que hacemos o dejamos de hacer está enteramente determinado por la pasión, es decir, por nuestras preferencias o inclinaciones. La razón, en cualquier caso, solo admite un uso instrumental. Esto es, nunca nos dirá qué debemos perseguir o preferir, sino solo cuál será el mejor modo de conseguirlo.
Sin embargo, no bastan las emociones que nacen de la empatía para convertirnos en sujetos morales. Además, es necesario que los demás aplaudan o rechacen dichas emociones (y la tendencia a actuar conforme a ellas). Por ejemplo, si me sintiera inclinado a compartir mi desayuno con el compañero que se lo ha dejado en casa y el monitor de patio me abroncase por ello —y no solo él, sino también mi profesora, mis padres…—, me sentiría igualmente inclinado a compartir mi desayuno, pues las emociones surgen espontáneamente, como un picor… pero creería que no debo compartirlo.
Conclusión
Por tanto, nuestro sentido del deber reposa en las emociones que nacen de la empatía y las que acompañan a nuestra educación, las que tienen que ver con nuestro deseo de recompensa o nuestro rechazo al castigo. Así, Hume dirá, literalmente, que no hay nada en la razón que me obligue a preferir la salvación de la humanidad a que se me pase este terrible dolor de gota que ahora sufro. Si, de hecho, nos decantaríamos por lo primero, no es porque la razón lo exija, sino porque no podríamos soportar la vergüenza —y la vergüenza es un sentimiento— de decantarnos por lo segundo.
apuntes de última hora: Kant
mayo 10, 2026 § Deja un comentario
La tesis del autor
Frente a Hume, Kant sostiene que la razón posee fuerza motivadora —que no solo se limita a un uso instrumental. Es decir, no solo nos dirá qué medios son los más adecuados para alcanzar tal o cual fin, sino que también nos impone el fin. Y este no es otro que hacer lo debido por hacer lo debido, esto es, por puro sentido del deber. En este sentido, Kant defenderá que tan solo es buena, moralmente hablando, la buena voluntad. Pero ¿qué significa que el fin, lo que pretendemos a la hora de hacer lo debido, sea, precisamente, la buena voluntad? ¿En qué consiste esta última?
Explicación
La intuición de base es que no somos moralmente íntegros donde nos limitamos a hacer lo debido —en términos de Kant, a cumplir con la máxima: no robarás, siempre dirás la verdad…. En ese caso, seríamos legales, en terminos de Kant, pero aún estaría por ver si somos o no morales. Pues podríamos devolver el móvil de última generación que nos hemos encontrado por temor a que nos descubrieran o, simplemente, con la intención de obtener el aplauso de los demás. Así, no basta con devolver el móvil para ser moralmente íntegros. Porque se sobrentiende que, de no temer el castigo o desear la recompensa, no lo habríamos devuelto. Así, lo que presupone que todos, seamos de aquí o de allá, condenemos a quien hace lo debido movido por un interés particular o egoísta es que lo moralmente debido es, precisamente, hacerlo porque debemos hacerlo. Esto es, hacer lo debido con la única intención o voluntad de cumplir con nuestro deber. El deber por el deber. A esto Kant lo denomina buena voluntad. Y su expresión es el imperativo categórico, el cual admite tres formulaciones a) haz lo debido, es decir, cumple con la máxima, de tal manera que tu interés pueda ser el de cualquiera; dicho de otro modo, que tu interés sea el de hacer lo debido desinteresadamente; b) actúa de tal modo que tu máxima pueda entenderse como una ley universal, es decir, que tu máxima no sea a medida de tu interés particular; c) que el otro sea tratado como un fin en sí mismo y no utilizado como un medio para alcanzar un objetivo interesado. En el fondo, lo que Kant pretende decirnos con estas tres formulaciones es que tras el imperativo categórico o el hacer lo debido por puro sentido del deber no hay más, ni menos, que el respeto al otro.
Sin embargo, ¿qué tiene que ver lo anterior con la libertad? ¿Por qué Kant sostiene que estamos ante una exigencia o mandato racional? Para entender esto último, hay que tener en cuenta que la razón es imperativa. Así, estamos obligados a aceptar los resultados de su ejercicio. O por decirlo de otro modo, Pitágoras va a misa. La razón, sencillamente, manda. Ahora bien, mandar, en el terreno práctico, equivale a voluntad. Así, como sujetos racionales somos, en el ámbito de la acción, voluntad. Y la voluntad es, al fin y al cabo, un mandarnos a nosotros mismos. ¿Y qué es lo que nos mandamos? Pues no depender ni del deseo de recompensa ni del temor al castigo, en definitiva, hacer lo que debemos hacer porque queremos hacerlo —y aquí conviene tener en cuenta que querer no equivale a apetecer: cuando simplemente nos apetece nos dejamos llevar; en cambio cuando en verdad queremos algo nos obligamos a nosotros mismos a no ceder. Según Kant, en este por querer hacerlo consiste la genuina libertad. Por eso, Kant entiende la libertad como autonomía, literalmente, como un darse a uno mismo la ley, no cualquier ley, sino la que del imperativo categórico. Este sería algo así como una voluntad de voluntad. Lo contrario a la libertad sería, por tanto, actuar o hacer lo debido por motivos, en términos de Kant, heterónomos, esto es, motivos que se nos imponen desde fuera y que, por eso mismo, impiden nuestra libertad… como son el deseo de recompensa o el temor al castigo.
Conclusión
Por tanto, lo moralmente decisivo en Kant no es cumplir con la máxima teniendo en cuenta las consecuencias, sean porque las deseamos o las tememos, sino la voluntad —la intención, el propósito— con la que cumplimos con ella. Es en este sentido que Kant dice que tan solo es buena la buena voluntad. Al fin y al cabo, esto no es lo que nos imponemos a nosotros mismos como sujetos racionales y como individuos que pertenecen a una determinada cultura o época.
en breve 2
mayo 10, 2026 § 1 comentario
La pregunta no es si hay o no hay Dios, sino si, finalmente, lo habrá, esto es, si se hará presente. El cristianismo nos dio una respuesta: el haber de Dios es el de quien se encontró en su lugar sobre la cima del Gólgota. Cristianamente, no hay otra realización de Dios. Ahora bien, lo que esto significa es que Dios no se hace presente —no es, no se revela— como dios. Otro asunto —de hecho, el de la esperanza— es cómo ejercerá el poder de Dios quien recibió su nombre. Pues el poder de Dios es, al fin y al cabo, un contrapoder. Y aquí no vale aquello de que un clavo saca a otro clavo. Cuando menos, porque esto es lo propio del mundo —y lo de Dios no va por ahí.
en breve
mayo 9, 2026 § Deja un comentario
La preferencia de Dios por lo pobres significa que Dios es un desgraciado. Esto es, un tocacojones. Pues los desgraciados se nos acercarán con su mal olor. Invocas a Dios y la respuesta es el llanto de un paria de Dios. Este es el punto de partida con respecto al asunto Dios.
spinozianas
mayo 8, 2026 § Deja un comentario
¿Qué elude la ontología nihilista? Que con respecto al haber cabe otra perspectiva —quizá la perspectiva. Y no es subjetiva. La ontología nihilista es etsi homo non daretur. Pero nada es que no se realice. Y la realización de lo real —del haber como haber del mundo— incluye la conciencia de lo real. Por tanto, podríamos decir que el envés del etsi homo non daretur es la negación del aparecer. Sin embargo, hay aparecer. La rosa es sin porqué.
Aquí la única cuestión, diría, es la del poder. Y quien dice poder, dice tiempo. Esto es, la cuestión es si habrá juicio final o si, por el contrario, no cabe esperar más que la eterna reiteración de la tensión entre la luz y la oscuridad. Con todo, que haya o no juicio final —que no estemos ante una vana ilusión— depende de que, ahora, ya nos encontremos sub iudice. Es decir, que no sea que, simplemente, tengamos esta sensación.
finitud y creencia (2)
mayo 6, 2026 § Deja un comentario
Como tampoco comprenderemos, cuando menos, de qué va esto de Dios, mientras no comprendamos que la fe —y, por extensión, su ética — es un acto de resistencia frente al dios. De ahí que el cristianismo pierda pie donde olvida que la esperanza es indisociable de la escatología, esto es, de la convicción, experimentada a flor de piel, de que nos encontramos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Otro asunto es que, hoy en día, podamos sentirlo como quien no quiere la cosa. Pero, en cualquier caso, un cristianismo que se dedique, básicamente, a promocionar los buenos sentimientos, aunque sea con la excusa de que Jesús nos ama, es ciertamente otra cosa.
el mundo y lo extraño
mayo 4, 2026 § Deja un comentario
La familiaridad, el hábito, en definitiva, el mundo nos vuelven insensibles a la posibilidad de una genuina alteridad, la que provoca nuestro deslumbramiento y espanto. Todo, en el mundo, es anticipable. Por eso mismo, la extrañeza de lo absolutamente otro es imposible —y aquí conviene subrallar el es. Sin embargo, lo imposible siempre fue el sostén de lo posible. Aunque como sostén —o, si se prefiere, fundamento— se encuentre, como quien dice, más allá de cualquier más allá. De ahí que, en lugar de la alteridad, su simulacro: la novedad, lo circunstancialmente inesperado, la sorpresa. Con todo, y debido a la anterioridad de lo imposible, aún cabe ver lo habitual como excepción. Aun cuando no podamos permanecer en en ella.
finitud y creencia
mayo 3, 2026 § Deja un comentario
Difícilmente nos haremos una idea de lo que significa hallarse expuestos a la realidad de Dios, la cual no es, aunque así nos lo imagnemos, la de un ente superior, sin partir de la propia finitud, esto es, sin descentrarnos, por no decir, desquiciarnos. Y por finitud no me refiero, o no solo, a las limitaciones corporales o a las propias del carácter, sino al hecho, por ejemplo, de que nada a lo que damos importancia y de lo que, por lo común, nos enorgullecemos resiste el paso del tiempo. Ni siquiera el amor de una madre hacia sus hijos podría soportar una existencia de mil años, de vivirlos. Quizá no fuese casual que, en la Antigüedad, Cronos fuese el dios. Al fin y al cabo, la muerte es fuente de valor (y por eso mismo, según Atenas, los dioses envidiaban a los hombres). Ante lo divino, nadie cuenta. Y este es el punto de partida. Al menos, para comprender que supuso la revelación del Gólgota.
saber de lo que hablamos
mayo 2, 2026 § Deja un comentario
Una cosa es formar parte de la comunidad creyente y otra, saber en qué se cree. De hecho, este es un efecto colateral del triunfo de la cristiandad. O, ampliando el trazo, de nuestra condición humana, demasiado humana. Pues, por lo común, nunca terminamos de saber de lo que estamos hablando, sobre todo, cuando nos llenamos la boca con grandes palabras. En cualquier caso, no está de más preguntarse en qué creemos cuando creemos creer. Quizá ande en juego una cierta integridad.
Por ejemplo, en el credo se nos dice que Jesús de Nazaret fue Dios verdadero y hombre verdadero. Ciertamente, la fórmula nace de la polémica entre la iglesia que salió ganando y los docetas, por un lado, y los seguidores de Arrio, por otro. Los primeros defendían, como sabemos, que Jesús fue Dios, pero no hombre. Los segundos, en cambio, que Jesús fue un hombre, pero no Dios, aun cuando fuese exaltado, tras su muerte, a la altura de Dios. Con la fórmula del credo, se buscó una salida por la puerta de atrás: ni una cosa, ni otra.
Es cierto que este compromiso no fue, simplemente, un esquivar la cuestión de fondo —que también, y por razones, sobre todo, políticas. Pues paralelamente hubo un interés, al menos por parte de algunos padres conciliares, por aclarar la revelación. Esto es, por mantenerse fieles a lo que implicaba con respecto a la naturaleza de Dios el sacrificio del Gólgota. Y lo que implicaba, ciertamente, no fue un Dios que, permaneciendo en las alturas, intervenía en los asuntos humanos a su modo, a menudo un tanto desconcertante. De hecho, confesar que el de Nazaret es Dios verdadero, siendo un mortal, significa que Dios no es aún Dios sin ese mortal… lo que, obviamente, no dejan las cosas de Dios como estaban. Otro asunto es que la cristiandad haya seguido dando por sentado que Dios es alguien etsi homo non daretur —y por eso mismo, tolerando de facto las herejías que inicialmente condenó.
resistencia y fidelidad
mayo 1, 2026 § Deja un comentario
La Torá como testimonio de la resistencia a Dios, a su silencio mortal —y, por eso mismo, de la obediencia a Dios. Pues la resistencia —el aguante, la obstinación creyente— es debida a Dios, a su intratable trascendencia.
Ahora bien, por lo dicho, no hay un quién ante el que forcejear. Jakob peleó contra el espectro de Dios en Peniel —y un espectro clama por un cuerpo, por ser alguien. ¿El resultado? Ir hacia Esaú para invocarle su perdón. Pues solo ante el Dios que se manifiesta como vacío de Dios se nos revela nuestra condición de hermanos. El resto es esperar. Pues incluso la verdad de Dios está en manos de Dios.
nietzscheanas 80
abril 30, 2026 § Deja un comentario
El envés de la muerte de Dios es el sujeto de la Modernidad. Lo uno va con lo otro. Me refiero a cómo se sitúa dicho sujeto frente a lo ontológicamente superior, por así decirlo. Y es que lo ontológicamente superior —léase un tsunami, la desproporción de un cosmos donde hay más vacío que materia, el horror de los campos de exterminio o, simplemente, el que haya algo en vez de nada— no fuerza nuestra devoción. El orgullo de los héroes griegos, aquel por el que se mantenían en pie ante el dios, ha dejado atrás su sesgo trágico. El exceso tan solo nos enfrenta a un problema meramente táctico. Es lo que hay. Y la única tarea es cómo lidiar con lo que hay. De ahí que, modernamente, la religión sobreviva como un asunto interno. Que Schleiermacher defendiera que la base de la fe es el sentimiento de dependencia no fue simplemente una opinión entre otras. SIn embargo, donde Dios ha perdido pie —donde ya no cabe dar su realidad por descontada— el creyente acaso creerá que cree. Pero no creerá.
Con todo, el diagnóstico cambia… de tener en cuenta que Dios, conforme a la tradición bíblica, nunca se reveló como un dios que pudiera darse por descontado. Para los profetas de Israel, el exceso de Dios nunca fue el de lo gigantesco, sino el de una radical trascendencia, la cual, y en tanto que, precisamente radical, anda rozando la nada. De ahí la proximidad entre la fe de Israel y el nihilismo nietzscheano. Pues, al fin y al cabo, no se trata de enfrentarse a lo desproporcionado —y aquí coincidirían el homo religiosus y el no creyente, aunque las actitudes sean, sin duda, diferentes—, sino de responder a una nada que se revela como el horizonte del presente histórico. Y, ciertamente, no es lo mismo la Torá —en definitiva, el mandato de la fraternidad como acto de resistencia— que el delirio que permanece indiferente ante la monstruosidad de los campos de la muerte. Incluso me atrevería a decir que, en Auschwitz, quien dio el pan de cada día, siempre escaso, al compañero que agonizaba de inanición le puso más cojones al asunto que aquel que se puso a bailar sobre el montón de los gaseados. Y ello en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. Como el que se encara al silencio mortal de Dios. Pues nadie obedece a Dios sin enfrentarse a Dios. La Ley es de Dios en tanto que se desprende de su hallarse en falta. De hecho, no es casual que la palabra valor también signifique tener valor. Y solo Dios —su eterno porvenir— nos exige tenerlo.
fuera del mundo
abril 29, 2026 § Deja un comentario
Bíblicamente, el más allá se entiende como un volver a empezar —como una nueva creación, algo así como un reset de dimensiones cósmicas. Para Israel es inconcebible una vida de espectros puros. Al fin y al cabo, de haberla, no tendría que ver con nosotros. Por su lado, los griegos estuvieron convencidos de que el instante verdadero era el único modo de trascender, en el presente, la prosa de los días. Así, Rimbaud, siglos después, pudo escribir que los amantes se hallaban fuera del mundo. Y, en cierto modo„ es así. Como también lo es que no podemos permanecer en el destello de esos momentos en los que todo es afirmación. De ahí el imperativo de Goethe: ¡detente instante! Eres tan bello… Es algo parecido a la experiencia de la Gracia.
El contraste con la tradición de Israel, sin embargo, se torna patente. Pues quienes se encuentran realmente fuera del mundo —quienes lo trascienden— no son los amantes, o, mejor dicho, no solo, sino los excluidos, los que no cuentan para nada, los desperdiciados. Por eso, bíblicamente, no es posible, cuando menos, comprender de qué va esto de la trascendencia sin tener en cuenta a quienes se revelan como su índice. Esto es, al margen del mandato de una justicia final.
más dos maneras
abril 28, 2026 § Deja un comentario
Quien vive como siendo vivido permanece en el campo de lo que hay y, por tanto, de la cosmovisión. Así, puede creer que hay espíritus en los bosques o una buena vibración de fondo con la que estaría bien sintonizar. O también que hay lo misterioso o, si se prefiere, el secreto. La nada, a lo sumo, se presenta como un asunto de fondo… que pronto es dejado de lado. Quien vive como siendo vivido permanece, por tanto, en el mapa mental. Y esto significa que vive alejado de la distancia que impone la reflexión. Pues la reflexión pone en cuestión los presupuestos de los mapas. Y ello en nombre de lo más duro , inmodificable, verdadero.
Lo anterior, sin embargo, no implica que quien se pregunta por qué hay lo que hay y no más bien nada —quien intenta ir más allá de la perspectiva o el mapa mental— sea incapaz de experimentar la Gracia. Solo que la acogerá desde el horizonte, ciertamente paradójico, de la nada. Y probablemente obre en consecuencia.
Con todo, quien experimenta hasta el fondo el aguijón de la reflexión tarde o temprano regresará, como Ulises, a casa. Y esto significa que quizá vuelvan a haber espíritus en los bosques. Aunque no sean exactamente los mismos. Pues hay una diferencia entre quien se cree Napoleón y quien asume el papel de Napoleón sabiendo que tras el papel hay quien aún ignora quién es.
nietzscheanas 79
abril 27, 2026 § Deja un comentario
Se dice: no hay sentido ni valor. La nada como horizonte. ¿Es así? Quizá. Pero la cuestión es ¿desde dónde se decide este haber? En principio, desde un enorme distancia. Es decir, desde la posición del dios. Los ácaros del polvo —e imaginemos que fuese una especie en extinción— ¿no harían el rídiculo si se dijeran a sí mismos que su existencia tiene un significado; que la mota de polvo radioactivo, por ejemplo, posee un gran valor? Sub specie aeternitatis, lo que se da por descontado es que lo que hay es un cosmos indiferente al destino humano —la humanidad es apenas un holograma donde un millón de años es un primer paso. De hecho, si hubiese un sentido —una meta, un final de trayecto—, tampoco podríamos admitirlo. Pues inevitablemente nos preguntaríamos y ahora qué más.
Ahora bien, lo que no puede negarse es que, precisamente por eso mismo, el valor se impone como un acto de resistencia frente a un cosmos ciego y descomunal. Esto es, frente al dios, el cual, y por definición, nunca tuvo un rostro humano. Nihilismo significa, por tanto, no hay otro poder que el de una anónima voluntad de poder. De ahí que los que claman al cielo invoquen otro poder: ¿habrá un Dios de nuestra parte? Y no parece que lo haya. Por eso la fe de Israel es indisociable de un clamar a Dios por Dios. Las veces —incontables— que dio por supuesto este Dios, Israel cayó en la idolatría. Para el judaísmo, la Torá ocupa el lugar de Dios. No en vano la respuesta de Israel al descenso de Moisés del monte Horeb fue: primero obedeceremos y, luego, ya comprenderemos. O, mejor dicho, ya veremos cómo acaba. Y aquí la Ley debe entenderse como un acto de rebeldía ante el silencio de Dios —y por esta razón es de Dios. Estamos lejos, incluso como cristianos, de asimilar el alcance de esta respuesta.
Otro asunto es la ilusión. Pero Israel nunca fue un pueblo iluso. Pues su esperanza siempre apuntó a lo imposible… en nombre de un Dios igualmente imposible —el monoteísmo de Israel nunca concibió a Dios como una posibilidad del presente. Frente a este delirio, la Antigüedad propuso morir como un héroe, esto es, de pie ante el dios. Sin embargo, el destino trágico de los hérores nunca fue un horizonte para los desahuciados del mundo —y que, por eso mismo, no son de este mundo. Israel no busca ser heroico. Busca ser escuchado. La fe, como decíamos, es indisociable del clamor. Nietzsche diría del lloriqueo.
trileros
abril 26, 2026 § Deja un comentario
Cuando decimos Dios es un Dios hecho carne lo que no podemos hacer es jugar con dos barajas, esto es, haciendo trampas. Y jugamos haciendo trampas donde el DIos ya hecho sigue entrando por la puerta de atrás. Cristianamente, que Dios no sea aún nadie sin su cuerpo significa que Dios quiso, y desde un principio, depender del hombre que depende de DIos. En definitiva, que Dios es este querer —esta voluntad, este amor. Presuponer que Dios sigue estando ahí arriba al margen de la carne, como lo supone la religión —esto es, dar por sentado que Dios es con independencia de su incorporación— es no haber entendido nada de la proclamación cristiana. Aun cuando a ello ha contribuido, sin duda, el éxito histórico del cristianismo,
nietzscheanas 78
abril 25, 2026 § Deja un comentario
Que nadie pueda reconocerse en la pulsión que le constituye como sujeto —que la conciencia de sí sea, en el fondo, una falsa conciencia— es, de pensarlo bien, un trasunto secular del viejo hallarse en manos de Dios. O, siendo politeístas, de poderes que nos sopresan por enteros y con los que no cabe negociar. Ciertamente, que aquí no se apele a un mundo sobrenatural ya cambia —y bastante— las cosas. Pero el recurso al mito a la hora de intentar comprendenos a nosotros mismos y, consecuentemente, a la hora de enfrentarnos a lo incomprensible de sí, continúa estando ahí. Como el dinosaurio de Monterroso.
La diferencia entre ambas incógnitas, sin embargo, es aún trazable. Pues, y a diferencia del inconsciente, Dios es la ignotum X que abraza el mundo y que no cabe resolver —pues, con respecto a Dios, no hay nada que resolver. En cambio, la falsa conciencia que nos caracteriza —literalmente— no trasciende los limites de la individualidad. Y, en este caso, menos no es más.
dos maneras
abril 24, 2026 § 2 comentarios
Hay dos espiritualidades, por así decirlo: la de quien padece la distancia y la de quien se siente formando parte. Con la primera nos enfrentamos a Dios, a su silencio mortal. Es la espiritualidad de Israel, la de la Ley y la Gracia. Ambas, en nombre de Dios. Esto es, en su lugar —y no porque Dios dicte la Ley o arroje la Gracia como si fuese lluvia. Moisés no fue un abducido. Con la segunda, la vida se vive como ser vivido. En términos generales, podríamos decir que es la de los espiritus de los bosques —no siempre amigables—, de las buenas vibraciones, de los océanos. La primer sería masculina, como quien dice. La segunda, femenina. Si es que se me permite coger el rotulador grueso.
Más aún: solo la primera admite la reflexión, en su sentido más estricto, el de un volver sobre lo dado para ponerlo contra las cuerdas. Y es que poca reflexión —poco extrañamiento— puede haber donde nos sentimos integrados. Aunque el extrañamiento de Israel, su inquietud por la verdad, fue antes el resultado del sufrimiento que tuvo que soportar que el del ocio. Y, ya de paso, nos podríamos preguntar si la segunda espiritualidad no es la que Israel entendió como paganismo.
singular
abril 23, 2026 § Deja un comentario
Cualquier flor es la flor. Sus defectos —aquello que la aleja del concepto, del paradigma, lo normativo, el Bien— constituyen su particularidad, pero no su singularidad. Pues esta, a diferencia del adjetivo que perfila la particularidad, no añade: niega. Y niega, precisamente, el concepto, eso real de la flor en tanto que, precisamente, flor. Así, un hombre no es el hombre. Una mujer no es la mujer. Ambos tienen un nombre —y este no es simplemente un post it: es el índice de su diferir, de su apartarse, de su no a aquello universal de lo que, sin embargo, participan. Tener un nombre es un signo de resistencia. De hecho, la uniformización —que cada uno forme parte, por ejemplo, de una serie de cuerpos que han sido desnudados y agrupados— supone una reducción a lo general y, por eso mismo, una humillación: cada cual deviene un cualquiera.
Es verdad que la singularidad es, en el fondo, un decirse a uno mismo no soy como cualquier otro. Soy diferente, divergente, esto es, no soy cualquier hombre o mujer. Pero esto es como decir soy mi tara. La singularidad, por eso mismo, es incómoda, juzgable, condenable. Aun cuando, al final —y el final es la muerte del tarado— terminemos admirándola. Y quizá lo hagamos porque, aunque sea inconscientemente, no ignoramos que la singularidad es una exigencia de lo universal.
De hecho, nada universal o paradigmático puede realizarse o llegar a ser sin negarse a sí mismo. La Belleza, con mayúsuculas, solo es real en tanto que se realiza. Pero su realización solo es posible como cuerpo más o menos bello. Lo mismo podríamos decir, por ejemplo, de la idea de unidad, acaso la más abstracta. Pues lo uno solo puede incorporarse —literalmente, hacerse cuerpo— como algo divisible. La resistencia a lo universal que expresa tener un nombre es, en el fondo, el sello de una obediencia a lo universal.
Ahora bien, debido a esta negación de sí de lo universal, lo singular queda desgajado, abandonado a sí mismo, colgando solitariamente de un madero. Como si el todo se concentrara en ese cuerpo. Como si fuera, al fin y al cabo, el Único. Y aquí el como si no es el índice de una metáfora banal, sino de aquella que sostiene el mundo,lo que verdaderamente es. Nada hay que no sea un como si. Y porque el como si es lo que queda de la negación de sí en que consiste lo universal. De ahí que lo que hay apunte inevitablemente a lo que tuvo que anularse a sí mismo —o mejor dicho, a lo que originariamente ya fue no siendo nada, doble negación— para que hubiese el mundo, al fin y al cabo, lo que hay.
nietzscheanas 77
abril 22, 2026 § 1 comentario
Niezsche fue un filósofo cristiano. Y no porque fuese, precisamente, a misa. O porque su propósito fuese el de legitimar racionalmente los contenidos de la fe. Tampoco porque su pensamiento solo se entienda, obviamente, desde la tradición cristiana. Lo fue porque comprendió, de igual manera que el cristianismo, que el sí o el no de lo humano se decide en relación con lo sobrehumano.
Sin embargo, el übermensch nietzscheano no es, evidentemente, el cristiano. Para Nietzsche lo humano es sobrepasado cuando el espíritu noble se libera del juicio sacerdotal, el que lo ata a los buenos sentimientos, al sentido de la culpa, al arrepentimiento de sí. La liberación, en este caso, pasa por abrazar los efectos de una extrema lucidez: de aquí a un millón de años la humanidad se habrá extinguido y el cosmos seguirá como si nada. Dioniso, no Cristo, es el único dios ejemplar. Y a Dioniso le da igual abrazar a quien le salvó de la extinción, como quien dice, que ahogarlo lentamente con sus manos. Nietzsche hubiese admirado al resucitado si este, tras regresar del sheol, se hubiese atrevido a escupir sobre el rostro de Dios. Evidentemente, la libertad dionisíaca nos parece monstruosa a los que aún permanecemos en la orilla de lo humano. Pero una cosa es que nos lo parezca, y otra, que lo sea.
Desde el lado cristiano, el exceso no es exactamente el mismo. Ciertamente, el débil —el tarado, el defectuoso— inspira una compasión natural. Y aquí no hay ningún exceso. Pero no lo hay porque, por lo común, la tara es aceptable. De no serlo, por ejemplo, en el caso de un leproso, la compasión fácilmente se transformaría en rechazo. Y frontal. De ahí que el carácter sobrehumano de la compasión cristiana se vuelva patente cuando traspasa la frontera de lo asumible: Francisco de Asís, pongamos por caso, besando las pústulas del leproso. Tanto la desmesura de Dioniso como la de Francisco son, ciertamente, delirantes. En modo alguno, se nos pueden humanamente exigir.
Ahora bien, de lo anterior se desprende que si todo da igual, el baile de Dioniso se encuentra en el mismo plano que quienes luchan por un mundo más justo. La crítica de Nietzsche a la obsesión cristiana se cancela a sí misma, de conducirla hasta el final. Sobre todo, si esa lucha se lleva a cabo frente a la nada de Dios —y no por fidelidad al ídolo que ocupa su lugar. En cualquier caso, el presente sigue estando sub iudice. De hecho, es condenado como ilusión miserable ante la posibilidad de la aniquilación.
Nietzsche, ciertamente, no fue un iluso. Pero puede que no fuera consciente de que puso la nada en el altar vacío de Dios —como tampoco de que fue Israel quien lo puso antes. Y que, por eso mismo, la muerte de Dios supone, en realidad, su definitiva confirmación. Pues el verdadero Dios siempre fue anodino —y, por eso mismo, terrible. De ahí que quizá sea más nietzscheano el cristiano que se enfrenta a Dios —a su silencio de muerte— con la Ley que nos exhorta a la fraternidad —el abrazo de los huérfanos de Dios— que aquellos que se levantan para ponerse a bailar sobre la pira de los gaseados. Aun cuando sean capaces de leer The Hollow Men.
milagro e individualidad
abril 22, 2026 § Deja un comentario
La vida es una excepción —un milagro— donde el final es la aniquilación. Pero caer en la cuenta de ello es raro. Al fin y al cabo, todo acontecimiento es vertical. Horizontalmente, prevalecen las demandas de la adaptación, los juegos del poder, la preocupación.
Sin embargo, la excepción —aquella que nos obliga a descalzarnos, en definitiva, a la contemplación— siempre se nos presenta bajo el aspecto de lo paradigmático, lo general, incluso podríamos decir de lo abstracto si la excepción —la vida— no fuese carne. Me refiero a que el cuerpo, para que produzca la conmoción de lo verdadero, ha de sernos desconocido. De hecho, el de cualquiera. Así, la mujer, el hombre, el anciano, el niño. En el momento que se añade la individualidad —las cojeras del carácter— surge el trato, la negociación, el compro o no compro. De ahí que en el fragor de las costumbres el único modo de recuperar la verticalidad sea a través del perdón. Pues el perdón rescata la humanidad —lo ejemplar o común— que habita bajo la crosta de la individualidad. Y más si tenemos presente que solo cabe perdonar lo imperdonable. Una reconciliación que no se enfrente a lo que no admite perdón es, de hecho, una mera disculpa.
Atenas y Jerusalén
abril 21, 2026 § Deja un comentario
¿Acaso no haría falta esforzarse en enseñar que lo que a los hombres les parece claro y comprensible es, en realidad algo extraño, enigmático, misterioso?
Léon Chestov
Dios más allá de Dios
abril 20, 2026 § Deja un comentario
¿Acaso el creyente común no espera a Dios más allá del Mesías? Pero, de Dios, no tendremos más que el Mesías, dice el cristianismo, aunque tampoco menos. De ahí la confesión cristiana: Dios es el crucificado (y el crucificado es Dios). Traducción: Dios es —se realiza, se hace presente como— el cuerpo que fue crucificado en nombre de Dios, en su lugar. Y esto, obviamente, no deja las cosas de Dios como estaban. Pues nada es real que no se realice. La cristiandad, de hecho, triunfó pasando de puntillas sobre la revelación. Y de ahí que muchos cristianos sigan buscando a Dios más allá de Dios. Como si Dios aún permaneciese oculto tras el velo de las apariencias.
nietzscheanas 76
abril 19, 2026 § Deja un comentario
Porque no hay nada que decir, todo puede ser dicho. Y no hay nada que decir —porque no hay nada que reconocer como fijo, sólido, verdadero; nada que señalar, indicar, nombrar.
Sin embargo, necesitamos decir, esto es, juzgar —en definitva, deshacer la ambigüedad, clavar la mariposa en el tablón— porque no podemos soportar demasiada realidad, el gris, el entre una cosa y otra. La oscilación —creemos— no es. O no es aún. De ahí que tenga que ser o una cosa u otra. Así, decir, por ejemplo, lo nuestro es amor supone haber decidido entre dos posibilidades: que lo sea o no. Y ambas están ahí, incrustadas en el mismo gesto. Todo es mezcla —luz y sombra. Tiene que ser así. Donde todo fuese luz, no habría luz. Decir lo que es supone, por tanto, juzgar antes de tiempo —algo así como anticipar el juicio final.
Ahora bien, lo curioso del caso es que el decir —el juicio—, al resolver precipitadamente, y por tanto en falso, la indecisión ineherente a cuanto es de hecho, apunta a una realidad que no podríamos asumir como tal. Y es que de habitar un mundo perfecto, sin tara o rastro de sombra —lo que debe ser, según creemos—, no podríamos evitar la convicción de que ese mundo es irreal. Esto es, lo que, precisamente, no puede ser. Ahora bien, si esto es así —que lo es—, entonces lo que debe ser no es lo sin tara, al fin y al cabo, nuestra ingénua, por no decir ridícula, aspiración, sino lo que ya es, la mezcla. En cualquier caso, de lo que se trata es que las sombras no nos sepulten —que haya más luz que oscuridad.
Nietzsche acierta cuando sostiene que todo es, en definitiva, combate o, en sus términos, voluntad de poder. Y esto no esta tan lejos de lo que, hace milenios, sostuvieron los apocalípticos de Israel al defender que en este mundo se enfrentan las fuerzas del Bien y el Mal. Nietzsche, sin embargo, prefirió eludirlo al proponer bailar con igual alegría tanto en una fiesta de cumpleaños como en un funeral. Probablemente, porque estuvo convencido de que no hay fuerzas del Bien o del Mal, sino solo vida que avanza fagocitándose a sí misma. Pero la luz solo es luz porque tiene que abrirse paso contra la oscuridad. Hay luz y hay oscuridad. Y no solo para nosotros.
nietzscheanas 75
abril 18, 2026 § Deja un comentario
Dios es la muerte. Y lo es por defecto. Estar ante el dios es hallarse ante la inminente posibilidad de morir. Esta es la experiencia más originaria de lo divino: tras el tsunami, el oso, el fuego devastador… hay el dios. No cabe separar la experiencia de lo sagrado de la del poder. Por tanto, mantén una distancia de seguridad: ni te acerques. En un principio, decir sagrado supuso decir peligro. Pues peligroso es lo que nos puede por entero, la posibilidad de la aniquilación.
También, sin embargo, hubo un dios en el crecimiento de la hierba. La ambigüedad de lo real atraviesa cuanto es, incluyendo a los dioses. De ahí nuestra inicial dependencia de lo divino. Pues en manos del dios esta tanto nuestra vida como nuestra muerte. Que sigamos con vida obedece, al fin y al cabo, a una medida de gracia. O puede que también al hecho de que pasamos desapercibidos —de que no interesamos a ningún dios. Y esto quizá sea lo mejor para cualquiera que no ignore qué significa hallarse ante un dios.
Este es el punto de partida, a la hora de pensar qué significa proclamar la muerte de Dios. Así, la muerte de Dios corre paralela a nuestra manera de situarnos ante la muerte. Esta se experimenta simplemente como un simple cesar —como un hemos sido desenchufados. Esto es, como algo que pasa… aunque aún provoque nuestro temblor de piernas. Quiero decir que difícilmente vamos a situarnos ante la muerte como la irrupción—el acontecimiento— de lo absolutamente otro. Y, por eso mismo, probablemente seamos arrojados a la irrelevancia de una existencia sometida a la inercia de los días, una existencia fragmentada que, en modo alguno, logrará ser dueña de sí misma. Al fin y al cabo, el asunto de la muerte de Dios es que nos ahorra enfrentarnos a Dios —a su silencio mortal. Y quien no se enfrenta a Dios, como Jakob en Penuel, difícilmente llegará a escuchar su palabra, aquella que emerge de la garganta de los huérfanos de Dios.
la seriedad del nihilismo
abril 18, 2026 § Deja un comentario
¿Nihilismo? Sencillo: de aquí a diez mil años, es un decir, nadie sabrá, salvo acaso un par de eruditos, que hubo un galileo que, habiendo sido crucificado por Roma, pasó por Dios. De ahí que o hay un final de los tiempos —un día D en el que Dios irrumpe para imponer un nuevo orden— o el nihilismo es una evidencia.
apocatástasis
abril 17, 2026 § Deja un comentario
¿Cómo se imaginó Orígenes el cielo? Pues como si los verdugos y sus víctimas, ya reconciliados por el acto salvífico de Dios, bailaran Got to Give it up de Marvin Gaye… sin parar. Es un decir. ¿Qué no llegó a imaginar? Que, incluso, la dicha cansa. El baile, tarde o temprano, debe detenerse. ¿Y, entonces, qué sigue? ¿El ennui? Y aquí algunos dirán: pero la eternidad nunca fue un tiempo indefinido. De acuerdo. Pero, en ese caso, ¿qué conciencia de sí podría sobrevivir al instante?
No obstante, las paradójas a las que conduce la reflexión no le restan peso a la esperanza creyente. Pues esta, en realidad, nunca fue una expectativa, sino un imperativo: al final, debe haber reconciliación en nombre de. Y quien dice imperativo, dice invocación. ¿Cómo sucederá? Ni idea… salvo la delirante. En verdad, Dios siempre tuvo que ver con lo imposible —con lo que los mundos no pueden admitir como su posibilidad. Y quien lo ignora, sigue hablando de sí mismo cuando se llena la boca con las cosas de Dios.
nietzscheanas 74
abril 16, 2026 § Deja un comentario
Al fin y al cabo, Nietzsche tampoco evita el exceso propio del dios. Pues ¿acaso la indiferencia mortal del cosmos no es la desmesura con respecto a la cual hemos de encontrar nuestra medida o, mejor dicho, nuestra posición? ¿Es que, quizá, no nos enfrentamos, de nuevo, a lo gigantesco, ese simulacro de lo divino, según Israel? La voluntad de dominio a la que se reduce cuanto es, ¿no sería un trasunto secular de Moloch?
Ciertamente, la posición que propuso Nietzsche no fue la de Israel. Sin embargo, en ambos casos, se trató de responder a la provocación de lo que nos supera por entero. Para Nietzsche, la respuesta, como sabemos, fue la de la impiedad. La compasión es la estrategia de los espíritus débiles para venirse arriba . En la voluntad de dominio hay aún algo demasiado positivo como para tomárnosla defitivamente en serio. Israel, quizá, fuese más lúcido. Y es que ponerse a bailar, dando igual si es sobre la hierba fresca o sobre los cadáveres de quienes murieron de hambre, es, en el fondo, reirle las gracias al dios cuyo pasotismo provoca la lucidez más implacable. ¿Acaso Nietzsche no trata de imitar la crueldad del vacío para no sentirse devorado por él? Pero Israel probablemente comprendió, y no sin sufrimiento, que por encima de la voluntad de dominio está la nada de Dios —su extrema trascendencia. Y que por eso mismo, la voluntad de dominio admite dos rostros. El de Dioniso, sin duda. Pero también el de aquel que incorporando el silencio de Dios decide enfrentarse al mismo ofreciendo a sus verdugos el perdón. Y ese perdón, confiesa el cristianismo, ¿no es de Dios porque es, en realidad, debido a Dios?
De ahí que podamos preguntarnos si la posición de Nietzsche no sería como la del hijo que, ante un padre despótico y arbitrario, decide cortar amarras, entregándose al desvarío o a la ebriedad, aun cuando siga siendo capaz de apreciar a Eliot. ¿No fue Israel quién mejor comprendió que obedecer a este padre exige, precisamente, enfrentarse a él… para, posteriomente, obrar en consecuencia? ¿Acaso ese padre no se reveló como un niño indefenso? El perdón de Dios ¿no se hace cuerpo en el abrazo de los huérfanos de Dios? Más aún: en ese perdón ¿acaso no residirá la última libertad?
nietzscheanas 73
abril 15, 2026 § Deja un comentario
Ningún mundo más allá —ningún ideal realizado— es un verdadero más allá. Pues de habitar un mundo sin tara ¿acaso no nos parecería irreal? No puede ser, diríamos. Ahora bien, si no puede ser, lo que debe ser es, precisamente, un mundo imperfecto, en donde las luces y las sombras compiten por el espacio. Cuando aspìramos a la perfección… no sabemos, por tanto, a lo que aspiramos. Pues, de realizarse, tampoco podríamos admitirla. ¿De qué se trata, entonces? De que haya más luz que sombra —no, de que haya solo luz o únicamente sombra. Al final, Nietzsche dio en el clavo: todo es combate —voluntad de poder. SIn embargo, quizá su lápíz no tuviera la punta tan fina como quiso creer. Pues Gabriel, el arcángel, también tiene derecho a la victoria. Nietzsche, probablemente, no estaría de acuerdo. Pues su distinición entre el fuerte y el débil —el noble y el esclavo—, una distinición asentada en lo biológico, es su a priori, en el fondo, un prejuicio racial. No obstante, la nobleza solo aparentemente es anterior a la victoria. De hecho, quién sea el fuerte y quién el débil —si Cristo o Dioniso— se decidirá en el último round. De ahí que, si es cierto que la voluntad de poder es lo que hay, incluso la verdad de Dios esté por decidir. En verdad, Dios se la jugó con nosotros —y por nosotros. Y, por eso mismo, quien dice Dios, dice su nadie aún.
nietzscheanas 72
abril 14, 2026 § Deja un comentario
Podríamos aún, siguiendo a Nietzsche, dar un paso al frente. Podríamos, por ejemplo, decir —y decirlo porque es así— que Dios no tiene cabida en el mundo porque, precisamente, hay Dios. Y hay Dios porque hay quienes surgieron a imagen y semejanza de Dios, los arrancados de Dios. Así, porque los arrancados no terminan de hallar su lugar en el mundo —porque, en definitiva, difieren de sí mismos, de su identificación—, nunca podrán admitir el todo como unno hay más. Cualquier non plus ultra supone —y lo supone lógicamente— un más allá. Debe haberlo. Otro asunto es que lo haya… como pueden haber otros mundos. Pues, en realidad, no puede haberlo. De hecho, el genuino más allá es algo así como el horizonte asintótico de los mundos.
Por consiguiente, de topar con el Dios —de habitar sus cielos—, no podríamos evitar preguntarnos ¿y eso es todo? El todo nunca puede presentarse como el todo para quien nunca terminará de hallarse a sí mismo donde simplemente se deja llevar por la inercia de los días. De tener a Dios enfrente aún sentiríamos la inquietud por el último Dios.
De ahí que Dios en verdad siempre se encuentre más allá de Dios. No casualmente Israel concibió a Dios como promesa de Dios. Dios es, sencillamente, imposible. La imposibilidad de Dios es, sencillamente, lo más real —lo inalterable de la existencia, lo más duro. No hay Dios porque, precisamente, lo hay. Traducción: el haber de Dios no es el del ente, ni siquiera supremo. Un ente supremo todavía tendría por encima la nada de Dios, su eterno por-venir. Al fin y al cabo, que el hombre fuese creado a imagen y semejanza significa que su búsqueda de Dios corre paralelamente a la búsqueda de Dios de un cuerpo con el que llegar a ser alguien. En ambos, la misma insatisfacción ontológica. La Encarnación nos cogió, sin duda, con el pie cambiado. Mientras el hombre sigue mirando hacia arriba persiguiendo un más allá, Dios se negó a sí mismo para realizarse en el más acá —y realizarse como abandonado de Dios que se abandona a Dios. Probablemente, a Nietzsche se le escapó esta sutil dialéctica. O si no, ciertamente, prefirió no ir por ahí.
de los pobres
abril 13, 2026 § Deja un comentario
¿Qué significa que la Biblia insista en que Dios es, en realidad, el Dios de los pobres, los excluidos, los que no cuentan? Por lo común, nos imaginamos a un abuelo espectral encariñado de los más débiles. Esto es, un dios a favor. Es como decir que el abuelo estuvo de parte del crucificado en el Gólgota: casi parece una broma de mal gusto. Los pobres son quienes no parece que tengan a Dios de su parte.
Ahora bien, la lectura es otra donde tenemos en cuenta que la preferencia divina es el envés del hecho de que, bíblicamente, sólo los abandonados de Dios dan testimonio de la verdad de Dios. Esto es, de su infranqueable altura. Y quizá por eso mismo su fe sea un permanecer a la espera De Dios. Es decir, una esperanza.
vasos comunicantes
abril 12, 2026 § Deja un comentario
La convicción de que solo YWHW es Dios en verdad —esto es, realmente Dios— no debe entenderse en el marco de la polémica, típica del politeísmo, acerca de qué dios la tiene más grande. Pues la confesión mosaica supuso en su momento una ruptura epistemológica con respecto a lo que se experimenta espontáneamente como divino. De hecho, el supuesto implícito del paganismo, el cual siempre retuvo su origen campesino, es que hay vasos comunicantes entre el mundo que habitamos y la dimensión desconocida. No es así en el caso de YWHW, el cual, y no en vano, fue experimentado como el Altísimo. Esto es, como el inexperimentable. De ahí que, para Israel, la experiencia de Dios nunca fuese de Dios —no enconraremos éxtasis místicos en la Biblia—, sino de lo debido a Dios, a su extrema altura. A saber, la Ley y la Gracia.
Por eso mismo, Israel ama la Torá por encima de Dios. Y ello, en nombre, precisamente, de Dios.
nietzscheanas 71
abril 11, 2026 § Deja un comentario
La crítica de Nietzsche al cristianismo admite dos registros, el explícito y el implícito. Este último nos obliga, obviamente, a leer entre líneas. Pues Nietzsche no pudo ignorar que la declaración sobre la muerte de Dios —Dios ha muerto y nosotros clavamos el último clavo— fue antes una declaración cristiana que atea. Y es que proclamar, como hace el cristianismo, que el que muere en una cruz como un apestado de Dios es Dios —y no simplemente su enviado— está muy cerca de admitir que no hay Dios. O, cuando menos, altera, y significativamente, lo que entendemos espontáneamente por divino. En este sentido, el registro implícito de la critica al cristianismo no sería tanto una crítica al mismo —pues el cristianismo pasaría a entenderse como la raíz del ateísmo moderno—, sino a la cristiandad. Al menos, porque el triunfo de la cristiandad supuso un pasar de puntillas sobre lo que el Golgota reveló acerca de Dios.
El registro explícito, en cambio, es conocido y apunta a la identificación de Nietzsche entre el platonismo y el cristianismo tradicional —y es en este sentido que dejó escrito aquello de que el cristianismo es un platonismo para el pueblo. La idea es simple: si la vida solo adquiere valor donde el origen del valor se encuentra por encima de la vida —donde el criterio de la evaluación es una realidad trascendente— la vida, en sí misma, carece de valor. Así, cuanto nos traemos entre manos tendrá más o menos valor en tanto ejemplifique, en mayor o menor medida, lo que vale en verdad, el ideal. Por ejemplo, la relación que pueda mantener una mujer con un hombre valdrá la pena cuanto este más se parezca al chico de las películas románticas —al “príncipe”.
Ahora bien, al proclamar la muerte de Dios —y esta muerte también arrastra a lo que ocupa hoy en día su lugar: al ideal, al valor supremo que esperamos que se realice—, Nietzsche no se limita a decir que solo cabe aproximarnos al Bien —esto, de hecho, sería platonismo—, sino que el Bien, escrito con mayúscula, es, de hecho, un imposible, un trampantojo. No hay un absoluto por encima de la vida que nos ha tocado en suerte. Por eso mismo, tomar lo que no es como horizonte es, sencillamente, un error, el que conduce, precisamente, a una existencia equivocada. Y es un imposible porque el absoluto —la norma que juzga cuanto hay— siempre fue algo así como una contradictio in terminis. De continuar con el ejemplo anterior, podríamos decir que cualquier mujer aspira a un amo que coma de su mano. Sin embargo, si es un amo, un príncipe, no comerá de su mano —no será la única—; y si come de su mano, terminará despreciándolo. Sencillamente, no es posible que sea ambas cosas… salvo que él lo simule. Sin embargo, la simulación forma parte del juego del poder. Y es que donde no hay valor que deba realizarse —donde no habrá ningún juicio que decante la balanza hacia un lado u otro—, todo no es más que voluntad de dominio. Así, lo único que debe dirimirse es quién se alza con la victoria. Aun cuando sea bajo las formas de la seducción.
La cuestión es y ahora qué. Si somos débiles, entonces tan solo cabe la resignación del último hombre. Es lo que Nietzsche designa como nihilismo negativo. En cambio, de encontrarnos del lado de los fuertes, el asunto es otro. Aquí, el nihilismo deviene positivo. Pues quien abraza la ausencia de valor o sentido, en definitiva, que no haya ningún hacia dónde, asume que, ante la indiferencia del cosmos, da lo mismo ejercer como verdugo o padecer como víctima, acariciar la mejilla de un niño que ahogarlo con las propias manos para experimentar la fascinación que provocará el instante de su muerte. Ciertamente, lo habitual es que no nos parezca lo mismo. Pero, en realidad, da igual lo uno que lo otro. En definitiva, donde Cristo ha sido olvidado, tan solo cabe o bien la sumisión a lo que, simplemente, sucede, o bien elevarse para bailar, siendo indiferente que el baile se lleve a cabo sobre un campo de amapolas que sobre la pira de los gaseados. Como Dioniso, el dios de la ebriedad. Y, evidentemente, el precio de este baile es convertirse en sobrehumano. Aun cuando, desde el lado de los resignados, lo superación de lo humano sea juzgada como inhumana. De hecho, cuando dejamos atrás al chimpancé también fuimos condenados por ello.
del uno al otro
abril 10, 2026 § Deja un comentario
Tarde o temprano, nos preguntaremos qué hay de verdadero —de sólido— en cuanto nos traemos entre manos. ¿El sentimiento más intenso? ¿La medida? ¿El gris? De no hacerlo —de pasar de largo— seguiremos jugando a la Oca: y tiro porque me toca. La reflexión siempre supuso una elevación, aunque se trate de un ponerse de puntillas, para ganar en libertad. Pues esta comienza con un tomar distancia con respecto a la inercia de los días.
Sin embargo, la pregunta adquiere otro rumbo cuando se plantea, como hizo Descartes —y antes, los escépticos— en los términos de las condiciones de un saber, en definitiva, de la certeza. Pues los presupuestos no serán los mismos. Y porque el ejercicio de la razón especulativa se limita a explicitar lo implicito, tampoco las conclusiones. Así, donde partimos de la sospecha y no de un encontrarse en medio del haber —al fin y al cabo, del asombro—, el resultado es la centralidad del ego cogito. Y de aquí a la muerte de Dios media un paso. A pesar de las demostraciones racionales de su existencia. O por eso mismo.
sensación y realismo
abril 9, 2026 § Deja un comentario
“No hay juicio, sino, más bien, la sensación de hallarnos bajo juicio.” ¿Pero quién puede decirlo? No, quien se halla dentro de la escena. Pues, no responder —el pasar de largo— es ya responder. Uno solo se encuentra sub iudice ante el resto de personajes, no en la cima del dios que se limita a observar. La mirada teórica se ahorra el juicio. El que no nos sintamos acusados por quienes viven —y mueren— como perros no quita que no debamos responder a su demanda. Aquí la cuestión es por qué debemos. ¿Acaso no podría ser que, únicamente, creamos que debemos responder? Que sea lo uno o lo otro se decide con respecto a la cuestión de si quien nos acusa es —o no— “nuestro señor”. En definitiva, con respecto a la realidad de Dios. Así, teniendo en cuenta que la realidad de Dios, en tanto que en sí mismo aún no es nadie, es indisociable de la de quienes ocupan su lugar —en bíblico, los abandonados de Dios—, que nos sintamos responsables de quien nos acusa con su sufrimiento es el envés de un tener que responder ontológico. Pues la ley de la fraternidad se desprende del hecho de que la existencia es un tener que sobrevivir a la indiferencia —la amenaza— de Dios. Quizá Jerusalén comprendió mejor que Atenas que realidad y mandato van de la mano.
va de botellas
abril 8, 2026 § Deja un comentario
La ambigüedad de los hechos se expresa en el tópico de la botella a medias: hay quienes la ven medio llena y hay quienes la ven medio vacía. Pero aquí el racionalismo no duda: el contenido de la botella pesa, por ejemplo, 500ml. Esto es lo que hay. De acuerdo.
Pero, quizá para un aborigen de las islas Fiji la medida podría variar. Así, pongamos por caso, a plena luz del día, el contenido equivaldría a dos puños, mientras que en la oscuridad de la noche, a dos dedos. Sea como sea, la medida no sería la misma. Y esto para nosotros resultaría incomprensible. Pero para ellos podría tratarse de una evidencia.
Lo mismo podríamos decir con respecto a lo divino. Y aquí no hay denominador común, salvo el tautológico y, por eso mismo, irrelevante. En las culturas desarrolladas, la cuestión de la verdad frente a lo que simplemente nos parece verdadero exige el salto a la alta abstracción. Es decir, el amor a la verdad, tradicionalmente, ha adoptado la forma de una crítica de la opinión, en definitiva, de los mapas mentales que nos proporcionan, espontáneamente, una orientación. También con respecto a la verdad de Dios. De ahí el carácter duplex de las religiones mayoritarias: por un lado, la devoción popular; por otro, la experiencia del místico. Y no parece que ambos lados sean fáciles de conciliar. Como tampoco parece que sea lo mismo haber interiorizado una cosmovisión que el efecto existencial de poner contra las cuerdas una cosmovisión —de mostrar, en definitiva, sus contradcciones internas.
Llegados a este punto uno podría preguntarse si el despliegue especulativo implica una superioridad antropológica. Sin embargo, una respuesta convincente debería tener en cuenta que cualquier progreso va de la mano de una pérdida. Y valiosa.
el decir y la metáfora (y 2)
abril 7, 2026 § Deja un comentario
La metáfora asume lo desconocido por lo conocido: Dios como Jesús. Pero la metáfora más antigua quizá sea la inversa: la de lo conocido por lo desconcido: Jesús como Dios. Lo primero es reducción. Lo segundo, expresa la aspiración a lo real. Pues lo real nunca fue prosaico.
