ya en librerías…

noviembre 11, 2020 § 1 comentario

una de teodicea

enero 20, 2021 § Deja un comentario

Algunos pueden seguir haciéndose la pregunta de siempre, aunque actualizada: si Dios existe, ¿por qué permite la pandemia? De acuerdo. Estamos ante una variante de la pregunta de Voltaire ante el terremoto de Lisboa, por no hablar del clásico dilema de Epicuro. Como dejara escrito George Büchner, el sufrimiento es la roca del ateísmo. Pero la perplejidad quizá deberíamos sentirla de otro modo. Al menos, desde la posición creyente. Pues la experiencia del don va con la de la posibilidad de que nos sea arrebatado. Sencillamente, no podemos apropiarnos de lo dado —y en este caso, lo dado es la vida—. Donde el hombre hace suyo lo que, en el fondo, es donación, tarde o temprano prescinde de Dios, de su esencial estar cabe Dios. El escándalo no reside tanto en la muerte, sino en que el hombre sea capaz de asesinar. La duda de Voltaire, al fin y al cabo retórica, no se encuentra en el mismo plano que el desgarro que expresa Dostoyevski en el conocido pasaje de los Karamazov a propósito del asesinato de un niño. De hecho, el problema de la teodicea —el problema de la justificación de Dios ante el horror— fue planteado en su momento en el libro de Job. Y la respuesta ya sabemos cuál fue: hay mal porque hay Dios —al igual que hay bendición porque hay Dios—. Evidentemente, esto no se entiende donde partimos de la suposición de que Dios es un ente bueno, aunque espectral (y aquí el dilema de Epicuro resulta definitivo). La cosa cambia donde Dios se revela como el Dios que tiene en el aire, precisamente, su entidad —el Dios que, como efecto de la caída, aún no es nadie sin el fiat del hombre—. Es lo que tiene un Dios que no quiere —y por consiguiente, no puede— ser sin aquel en quien se reconoce. Dios no nos debe nada. En cualquier caso, es al revés. Y es que el haber de Dios es el de un Dios que fue desplazado más allá de los tiempos históricos como el Dios que está por regresar. Esto cristianamente es así. Aunque Dios no regresará como el deus ex machina de las tragedias griegas, sino con el rostro de un crucificado en su nombre. Pero este es otro asunto.

esos rezos

enero 19, 2021 § Deja un comentario

No invoca el alma, sino el cuerpo. El alma se encuentra demasiado familiarizada con los asuntosn de Dios como para invocarlo. No hay desesperación elevada. Incluso Dios tuvo que morder el polvo para ser Dios.

Florenski

enero 18, 2021 § Deja un comentario

A cada uno Dios le ha concedido una cierta medida de fe, esto es, «una convicción sobre cosas invisibles».

Pável Florenski

esto del filosofar

enero 17, 2021 § Deja un comentario

Comenzamos a filosofar una vez sospechamos de que el sentimiento de estar en lo verdadero acaso no coincida con la verdad. Así, podemos sentir en lo más profundo que hay una manera de proceder que encaja con el orden del mundo —que hay cosas que están naturalmente bien y cosas que no—. Como si hubiera algo así como un instinto moral. Sin embargo, pudiera darse el caso de que lo que sentimos como cierto, sencillamente, no lo fuera. En este sentido, la mecánica cuántica es hija de la sospecha ateniense. Pues ¿quién hubiese apostado en su sano juicio que el gato estuviese vivo y muerto antes de que abriésemos la tapa? Sin embargo, la sospecha no conduce a una mayor verdad —o cuando menos, a una verdad asimilable—. Más bien, al cáracter inconcebible de lo real. Aunque esto último ya lo palpase Israel por la vía del sufrimiento. Al fin y al cabo, todo es muy extraño, para quien sabe verlo.

potestas

enero 16, 2021 § Deja un comentario

Se dice que la muerte iguala a los hombres —a pobres y a ricos, a nobles y a esclavos—. Pero no se muere del mismo modo, si se muere sobre una cama que en la calle. Ya sabemos que, tradicionalmente, los miembros de la realeza eran considerados superiores. Su existencia era, literalmente, real. En ellos se concentraba la esencia de lo humano, por decirlo así. No padecían hambre. Disfrutaban de los poetas. Su inteligencia era sutil. No es casual que fuesen vistos como representantes de los dioses. La suciedad —la podredumbre, el infierno— se decantaba del lado del vulgo. Al menos, el noble siempre pudo encubrirlas. Desde la distancia aristocrática, el resto de los hombres son insectos. Si es posible una vida elevada, entonces no somos iguales. De ahí que Nietzsche no regase fuera de tiesto: es posible que la igualdad sea un trampantojo —que la convicción de que, en el fondo, cualquier hombre es el mismo hombre, obedezca únicamente al resentimiento, a la necesidad que el esclavo tiene de decirse a sí mismo que la elevación es aparente.

Con todo, uno puede sospechar de la sospecha de Nietzsche. Siempre podemos preguntarnos si la verdadera elevación acaso no exigirá otros moldes que los políticos. ¿Quién detenta un genuino poder? ¿Jeff Bezos, Mark Zuckerberg? ¿O un maestro zen? ¿El que domina a los demás? ¿O el que se domina a sí mismo? Ya sabemos cual fue la respuesta de Platón: el héroe es Sócrates, no Aquiles. Sin embargo, aquí seguimos dentro del horizonte de la elevación —del poder—. Y es que, espontáneamente, no hay quien no aspire a la liberación de la soga que nos ata a la necesidad. En este sentido, caben dos posibilidades: o bien, la libertad pasa por detentar un poder absoluto —sea político o tecnológico—, o bien por un saber estar por encima de cuanto no importa en absoluto. O bien por el tener cuanto más mejor, o bien por reducir la necesidad al mínimo. En cualquier caso, hay que partir de la elevación como desideratum de la existencia humana para, cuando menos, intuir el carácter inaceptable de un Dios cuyo poder se ejerce, precisamente, como renuncia al poder —por no hablar de su sacrificio por amor—. De ahí que la pregunta por la verdad sea insoslayable: o es verdad que los hombres somos el mismo huérfano solo ante un Dios que se autoinmola para llegar a ser el que es —que es verdad que ante un Dios que brilla por su ausencia o porvenir, todo ídolo tiene los pies de barro—; o es verdad que el hiato entre agraciados y desgraciados es insalvable (y que, por eso mismo, los dioses siempre despreciarán a los que viven en el barro). Las opiniones, aquí, no interesan.

heraldos

enero 15, 2021 § Deja un comentario

Quizá no es casual que, en la Biblia, Dios no sea el tema —o no lo sea directamente—, sino el del intermediario de Dios. Esto es, la cuestión bíblica no es cómo conectarse con Dios —o cómo preparar el alma para que sea capaz de albergar a Dios—. La cuestión, dado el extremo más allá de Dios, es quién vendrá en su nombre —quién lo representa o representará—. Con respecto a Dios, el tema no es el padre, sino el hijo. Es posible que Israel haya estado más cerca de haber comprendido de que va el religare que los múltiples intentos a lo largo de la historia de acceder a la cima de Dios. O de palparlo.

amour

enero 14, 2021 § Deja un comentario

No hay amor que no sea, en último término, sacrificial. Un ejemplo de amor: aquí, en la plaza donde me tomo un café, hay un hombre que acaricia la cabeza de su mujer, tretapléjica (y parece que también mentalmente deficiente). Esto es lo que significa: no te abandonaré. No es causal que el amor de una madre se nos imponga como el paradigma del amor. Sin embargo, nadie puede desear sensatamente llegar a sacrificarse por amor. En el fondo, aspiramos al amor incondiciobal (¿acaso hay otro amor?). Pero preferimos no amar demasiado. O mejor dicho, en nombre del amor, lo deseable es no tener que amar a quien decimos amar. Pues ello supondría que depende por entero de nuestro cuidado —que se habría convertido en indigente, como la mujer de la plaza—. En este sentido, hay mucha carga de profundidad en Eckarth cuando le pedía a Dios que le librase de Dios. Y ello, precisamente, en nombre del amor de Dios. Traducción: porque amo a quien amo, le pido a Dios no tener que amarlo. Quien sabe, o cuando menos intuye, de qué va esto de Dios, no puede pedir otra cosa. Al menos, de entrada. Todo deseo de Dios, no es de Dios, sino del trampantojo que hemos puesto en su lugar. En cualquier caso, lo que deseamos el paz de Dios. O también, la redención. Pero este es otro asunto.

soto

enero 13, 2021 § Deja un comentario

https://blogs.elconfidencial.com/sociedad/espana-is-not-spain/2021-01-13/mendigos-sintecho-muertos-filomena_2905715/

todo es mezcla

enero 13, 2021 § Deja un comentario

Todo encaje de las piezas conlleva, cuando menos, un mínimo desencaje. No hay dos segmentos que sean exactamente iguales. Tarde o temprano, saltará la diferencia. Si no es al milímetro, será a la micra. Las reformas que hacemos en casa siempre dejan un enchufe suelto. Quien tiene fuerza de voluntad, también posee el riesgo del empecinamiento. Te gusta una mujer. Pero con el tiempo da por descontado que toparás con lo que hay de desagradable en ella. Ni siquiera Dios quiso ser solo Dios. El diferir es la ley del mundo. Pues nada es que no se resista a la indiferencia de lo idéntico.

para que se hicieran dioses…

enero 12, 2021 § Deja un comentario

Por la identificación de Dios con el hombre, el hombre se sitúa por encima del dios —o en su lugar—. Así, no es que el hombre dependa de Dios —en cualquier caso, dependerá de los dioses que imagina—, sino que Dios depende del hombre para ser, precisamente, Dios. Es porque Dios renunció a ser Dios que el hombre es en Dios.

Ulysses y el nihilismo

enero 11, 2021 § Deja un comentario

En el Ulysses de Joyce, no ocurre nada. Y acaso, por eso mismo, el lenguaje anda desquiciado. No hay más que el suceder de las palabras (y un suceder, sin duda, brillante). Como es sabido, el libro de Joyce es una réplica al poema de Homero, pero un réplica nihilista: no hay regreso al hogar… pues tampoco partimos de ningún hogar. Ulysses tiene unas ochocientas páginas. Como podía tener cincuenta o tres mil. Puede cogerse por cualquier parte como también leerse desde el final. Nada cambiaría. Estrictamente, no hay relato porque no hay ni arriba ni abajo —ningún alfa ni omega—. Nadie ocupa una posición en un supuesto drama cósmico. No hay papeles que repartir. El inicio y el término son arbitrarios: un día cualquiera, el dieciséis de junio de 1904, en la vida de Stephen Dedalus. Podría haber sido otro (aunque, de hecho, la escritura habría sido la misma). No hay dramaturgia en Ulysses, nada que parta en dos la continuidad del presente. Donde no cabe más que el mero suceder de las horas, el fragmento lo es todo. Pero al igual que el todo queda reducido a cualquier fragmento o instante. La totalidad, en cualquier caso, sería el resultado de la acumulación. Nada nuevo bajo el sol. Y quien dice nada nuevo, dice nada —o nadie— en verdad otro. El nihilismo deviene el destino de un mundo que ha dejado de estar expuesto a la imposible posibilidad de lo absolutamente extraño. Pues lo nuevo es lo que tuvo que desplazarse a un tiempo anterior a la historia para que fuera posible el mundo. De ahí que en vez de esperar la increíble irrupción de lo nuevo —una irrupción que implicaría el fin del mundo— nos conformemos con la novedad, ese simulacro. Quizá no sea casual que el destino de la razón, al rechazar el mito, sea, precisamente, un caer en brazos de la nada. Y al decir nada, decimos distracción.

haberlos, haylos

enero 10, 2021 § Deja un comentario

De haber un cielo, la pregunta es si nosotros estaríamos a su altura. En realidad, ya se nos concedió el cielo en la tierra —el Edén— y no supimos aprovecharlo. Es verdad que el cielo está destinado a las almas puras, por decirlo así. Pero un alma pura no es humana. Más bien, se trata de un espectro, algo así como un holograma de lo que fuimos como hombres y mujeres buenos. Con todo, estamos más tiempo muertos que vivos. De lo que se desprende que nosotros —y no ellos— somos los fantasmas.

transfiguración

enero 9, 2021 § Deja un comentario

A la hora de hablar de Dios, resulta inevitable tener presente a los hombres, cuya existencia, nos habla de Dios. Así, podríamos decir, grosso modo, que Oriente se decanta por los transfigurados —por quienes emanan la paz de Dios—, mientras que Occidente, por aquellos que obran en consecuencia. Los acentos son distintos, sin duda. Y quizá por eso mismo, espontáneamente nos inclinemos a hablar de complentariedad. Pues los hombres no somos capaces de abrazar a Dios por entero. No obstante, las apariencias son, cuando menos, equívocas. La imagen del transfigurado sugiere que es posible alcanzar la cima —que podemos aspirar a ser algo así como un emisor de luz—, mientras que la del comprometido con la causa de la justicia nos da a entender que cabe una justificación de sí a través de las obras. Pero solo es cuestión de rascar un poco el oropel de la superficie para caer en la cuenta de que el barro sigue ahí. Simul iustus et peccator. En realidad, la experiencia interior confirma aquello de que, con respecto a la verdad, cuanto más cerca, más lejos. De ahí que, bíblicamente, lo decisivo no sea la voluntad de acercarse a Dios, sea por la vía contemplativa o activa, sino la responder a su interpelación, la que escuchamos a través del desgarro de los sobrantes. Y aquí quizá convenga subrayar que no se trata de una reacción, más o menos emocional, sino de una respuesta (aun cuando, inicialmente, la reacción tenga más peso) . Pues quien responde se encuentra sub iudice ante el clamor de los excluidos. En este sentido, la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14) es clara al respecto. Y para leer bien conviene tener en cuenta que aquí la figura religiosamente admitrable es la del fariseo. Perfectamente, podríamos colocar en su lugar al staret o al militante… que están encantados de haberse conocido. Como se nos dijo, primero obedeceremos… y luego ya veremos (Ex 24, 7). Traducción: la transformación, en cualquier caso, viene después. Aunque el transformado nunca podrá decir de sí mismo que sea, precisamente, un transfigurado. Más bien, al contrario. Tú nunca fuiste el tema.

allende la existencia

enero 8, 2021 § 1 comentario

Quizá la cuestión no sea si hay o no hay Dios, sino por qué hay hombre habiendo Dios. Esto, en filósofico, se preguntaría del siguiente modo: por qué hay conciencia en vez del puro y simple haber. Y la respuesta hegeliana fue: por qué el haber —o el simple ser o sustancia— es sujeto. O dicho con otras palabras: porque el ser es un diferenciarse de sí, pura voluntad. El fondo teológico de esta afirmación salta de inmediato. Pues, cristianamente, Dios no quiso —y por consiguiente, no pudo— ser Dios sin el hombre. En este sentido, es a través del hombre que Dios es para sí mismo. De ahí que el hombre sea en lo más íntimo una llamada a responder. De no tenerlo en cuenta, Dios sería un mero ente —un en-sí— del que el hombre podría perfectamente prescindir.

de los sentimientos y la razón

enero 7, 2021 § Deja un comentario

El sentimiento no es de fiar. Va y viene. Basarse en el sentimiento a la hora de orientarse en esto de la vida no es una buena política. Puedo sentir que hay Dios. Pero también que el mundo es gobernado oscuramente por los sabios de Sión (y ya sabemos que sucedió con los pobres hombres y mujeres de Sión cuando este sentimiento se hizo popular). El sentimiento nos instala en una certeza de cartón piedra. El problema es que esta certeza se vive como si fuera indiscutible —como una tierra donde arraigar—. Y las cosas del terruño, tarde o temprano, acaban mal. El sentimiento —la pasión— no suele hacerse muchas preguntas. Por lo común, ninguna. Sin embargo, quien no se interroga por la verdad renuncia a su humanidad. Y la cuestión de la verdad no se resuelve teniendo en cuenta lo que uno siente como verdadero. De ahí que los griegos dieran el paso a la razón (la Ilustración no fue más, aunque tampoco menos, que un intento de extender dicho paso). En este sentido, la teoría —el ver las cosas desde la distancia de un dios— nos libera de la sujeción a las apariencias (y de sus peligros políticos). Pues donde no nos preguntamos por la verdad —sobre lo que en verdad tiene lugar y no simplemente me sucede— seguimos siendo algo así como unos bichos más o menos listos.

Sin embargo, el ejercicio de la razón tampoco está exento de riesgos. No hace falta haber leído a Adorno y a Horkheimer para, cuando menos, intuir que la razón tiende a hacer del hombre un objeto entre otros. Es inevitable que la distancia teórica termine viendo a los hombres como el entomólogo ve a las hormigas. Esto es, la razón carece de piedad. Desde su óptica, prevalece el cálculo. La distancia en la que nos sitúa la razón es la misma que hizo posible que los pilotos del Enola Gay lanzasen la muerte sobre Hiroshima. Ciertamente, como dijera Platón, solo por medio de la razón podemos elevarnos a la altura de un dios. O al menos, acercarnos. Pero los dioses, en realidad, nunca quisieron saber nada de los hombres.

De ahí que nos preguntemos como conciliar razón y cuerpo. ¿Qué razones, si las hubieran, pueden tener a mano quienes permanecen en la escena? ¿Cómo integrar saber y vida? ¿Acaso nuestra existencia particular no se sostiene sobre la falsa conciencia? Podemos estar de acuerdo con Freud y sostener que el macho, en el fondo, desea poseer a su madre. Pero ningún hombre va con la foto de su madre cuando se cita con una mujer. La idea de que ella encarne a su madre le resulta, como mínimo, repugnante. Por eso, el racionalista negará de plano la posibilidad de armonizar el fruto de la reflexión y el sentimiento. Donde nos dominan las pasiones, el ejercicio de la razón termina siendo una racionalización, esto es, un intento de justificar como verdadero lo que, en el fondo, no es mucho más que impulso.

Sin embargo, la razón, antes que proporcionar una cosmovisión desencarnada, se ejerce como interrogación, y una interrogación que termina en la constatación de que lo real, como eso absolutamente otro o extranjero, se ofrece como lo que desaparece en su mostrarse a una sensibilidad. Es lo que vio Sócrates. Pero también Job. Todo se nos da desde un retroceso fundamental. Y esto es lo que solo llegamos a ver donde permanecemos en la escena, aunque sin someternos a ella. Como aquel futbolista que, en un momento dado, se pregunta que está haciendo con un balón en los pies. Y ello en nombre del desconcierto que experimenta ante el carácter esencialmente extraño de cuanto sucede. Sin duda, queda fuera de juego, por decirlo así. O cuando menos, comienza a jugar torpemente. Pero sigue de algún modo en la cancha. El ejercicio de la razón no necesariamente tiene que situarse en la grada del espectador. Es posible una razón con cuerpo.

Es cierto que Hegel dijo que una conciencia que no se concibe a sí misma como la expresión del despliegue de lo absoluto termina siendo una conciencia insatisfecha. O por decirlo de otro modo, que el ejercicio tibio de la razón acaba inevitablemente en el escepticismo. Pero, como viera Kierkegaard, el precio a pagar por seguir la senda de Hegel es la disolución de la individualidad. Y es que en la perplejidad del individuo ante la efectividad de lo trascendente, una efectividad que linda con la nada —y por eso Kierkegaard habló, más bien, de angustia—, hay una verdad, un tener lugar que se resiste a su disolución en el imperio de la totalidad. Porque hay individuo, el todo no lo es todo. Ahora bien, el individuo es, en el fondo, un clamor, aquel que apunta a aquel que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. Pues el carácter único de cada hombre o mujer —su exclusividad— es el envés de la exclusión que hizo posible el mundo, la exclusión de Dios. De ahí que la bendición y la maldición sean las dos caras de una y la misma realidad, la cual se revela como la ignotum X de la existencia. El creyente, al fin y al cabo, es aquel que permanece a la espera de que se resuelva esta indecisión (y se resuelva del lado de la bendición). Y quizá no sea lo mismo invocar a Dios como si fuera un interventor espectral que pedirle a Dios por Dios, como dijera Metz a propósito del padrenuestro. En el primer caso, seguimos siendo unos niños. En el segundo, habremos alcanzado una segunda ingenuidad, la cual, contra lo que nos pueda parecer de entrada, es el sello de la madurez.

¿qué es un idiota?

enero 6, 2021 § Deja un comentario

Un idiota es, literalmente, alguien incapaz de salir de sí mismo —alguien que cree que está en sus manos decidir sobre cuanto es. Así, hacemos el idiota cuando, por ejemplo, decimos que Shakespeare, Platón o Moisés son flojos. Que lo que mola es Marvel. O Instagram. Un idiota es aquel que aún no ha caído en la cuenta de que hay obras —o existencias— que nos juzgan antes de que nosotros nos atrevamos a juzgarlas. Por eso mismo, un idiota termina siendo un esclavo de lo impersonal —de lo que se dice, se hace, se espera—… creyendo, sin embargo, que se trata de su libre opinión. Pero es difícil defender que por poco que nos despistemos seguiremos siendo unos idiotas en una época que ha ensalzado el narcisismo —y por eso mismo, donde el debate lo gana quien posee el megáfono más potente—.

¿quién te juzga?

enero 5, 2021 § 1 comentario

Donde el cristianismo deja a un lado el que nos encontramos sub iudice —y, por consiguiente, donde olvida el horizonte escatológico de la existencia, el que el sí o el no de nuestro estar en el mundo aún esté en el aire, nunca mejor dicho— inevitablemente tira al niño con el agua sucia. Esto es, pierde su sustancia, de tal modo que fácilmente acabará decantándose por la interpretación gnóstica del kerigma. Así, Dios deja de ser el Padre para transformarse en un océano —y por eso mismo, el crucificado no será mucho más que un maestro de verdad que tuvo un mal final. Sin embargo, lo cierto es que el gnóstico riega fuera de tiesto. Para comprender que hay detrás del sub iudice basta con imaginar que nos hallamos ante Óscar Romero, Grégoire Ahongbonon, Mik Fleming…. esto es, ante los santos. Y aquí caben dos posibilidades: o su entrega nos deja igual, aun cuando podamos admirarlos —como si nada estuviese en juego, salvo el tener de vez en cuanto sentimientos de compasión—; o por el contrario, su integridad nos sacude de tal modo que no podemos seguir como antes. O bien, permanecemos en el incurvatus in se; o bien respondemos como Abraham, Moisés o Pedro: aquí estoy; qué quieres que haga. Ninguna conversión puede haber en relación con un supuesto acerca de la naturaleza divina —ni siquiera donde nos decimos a nosotros mismos que el amor es divino— o donde partimos de nuestra voluntad de perfección moral, sino solo ante los hombres y las mujeres de Dios. Evidentemente, preferimos pasar de largo. En el fondo, se trata de la parábola del joven rico.

De ahí que el cristianismo no sea para tibios —a los tibios, Dios los vomitará de su boca (Ap 3, 16). Y de ahí también que, sensatamente, no quepa algo así como un deseo de Dios… aun cuando el encuentro con el verdaderamente otro —ese extraño— sea lo que, en el fondo, anhelamos. De hecho, los trampantojos que inspiran el deseo ocultan nuestro anhelo más íntimo, el de ponernos en manos del otro. O mejor dicho, el de amarlo. Sin embargo, el amor solo surge como respuesta a un haber sido amados o, siendo más estrictos, perdonados. No es casual que donde le damos la espalda a Dios —y esto es lo que significa existir— le demos la espalda a lo que en verdad somos: hombres y mujeres que se encuentran expuestos a una alteridad que se revela como lo eternamente pendiente del mundo. Al fin y al cabo, la primera pregunta es quién es nuestro verdadero Padre —quién decide el sí o el no. Pues nadie sabe qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su Padre. Y la convicción cristiana es que el Padre no tiene otro rostro que el de un crucificado que perdona a sus verdugos. En sí mismo, un Padre no es más —pero tampoco menos— que un fantasma, una voz que clama por volver al cuerpo. Por eso, solo ante un Padre que llega a ser en el Hijo —ante un Dios encarnado— se decide el querer, el amor. Nadie puede darse a sí mismo la absolución. El narcisista cree que puede hacerlo —que basta con mirarse al espejo. Pero el espejo nunca miente: la más bella siempre será otra. Y esto es, precisamente, lo que el narcisista no está dispuesto a admitir.

pillados

enero 3, 2021 § Deja un comentario

El mundo es lo que te tiene pillado —el centro alrededor del que giras. Instagram, para las influencers. La ciencia, para el científico. El dinero, para los banqueros. En este sentido, no hay mundo, sino mundos, la mayoría de los cuales suponen un caer en la irrelevancia. Todo lo que te parece evidente no es más que una evidencia del mundo al que perteneces. Y ningún mundo trasciende su evidencia. Quizá sea por eso que el espíritu de la búsqueda no encuentre su raíz en el mundo. Como si el que ama la verdad fuese un árbol invertido.

caricaturas

enero 2, 2021 § Deja un comentario

La caricatura revela la verdad de un rostro. Mucho más que los selfies de instagram. Sí, pero deformándolo, se nos dirá. De acuerdo. Pero sin deformación, difícilmente podremos ir más allá de lo obvio. Y lo obvio es lo que puede ser obviado. La verdad nunca coincidió con la mera descripción de cuanto tenemos enfrente. Al fin y al cabo, terminaremos siendo nuestra caricatura. Y este acaso sea un buen motivo para comenzar a reirnos de nosotros mismos. Como si la vida nos quisiera dar a entender el ridículo en el que cayó quien estuvo encantado de haberse conocido.

un padre, un hermano

enero 1, 2021 § Deja un comentario

Por supuesto que me acordaba del insomnio permanente de mi hermano mayor. Había sido condenado a muerte por un tribunal militar durante la guerra civil. ¿Su crimen? Haberse negado a torturar a dos guerrileras que había capturado su compañía. Todos los demás obedecieron la orden del capitán. Solo él se negó. ¿De dónde había sacado el valor? Alguna vez le pregunté, mucho más tarde, después de la guerra: ¿cómo te atreviste a negarte? Podrían haberte ejecutado ahí mismo. Él me respondió: si lo hubiera hecho ¿que habría dicho papá? Esa fue su respuesta: ¿qué habría dicho papá? Eso es tener un padre. Eso es tener un hermano mayor. Ya no vive. Una mañana se levantó, se hizo su café, se sentó en el sofá a tomárselo, y no se levantó más. Se le reventó la aorta y ya no pudo siquiera tomar su último café.

Theodor Kallifatides

puto pijo, rata judía

diciembre 31, 2020 § Deja un comentario

El impulso —la autojustificación— que hay detrás de quien le roba el iphone al pijo es el mismo que encontramos en los SS: la degradación de la víctima. Puto pijo, rata judía. A su vez, en la violencia del pobre contra el rico no solo hay justicia, sino también unas buenas dosis de resentimiento. Los motivos oscuros siempre están ahí, en los lodazales del alma. Sin embargo, aun cuando en cualquier hombre o mujer persista la marca que acaso mereciese un nuevo diluvio, también hallamos un fondo de bondad o, por decirlo en bíblico, una llamada a la misericordia. Hay mal porque somos animales simbólicos —porque el desprecio apunta al que representa la tara que no podemos aceptar en nosotros. El mal obedece a nuestra necesidad de excretar, de alejar de nosotros lo peor. Aunque no solo. También —y quizá sobre todo— al ansia de dominación, a la turbia satisfacción de un dios que tiene en sus manos el dar la muerte. De ahí la importancia de aceptar que existimos en medio de aguas que nos cubren y, de paso, sobreponernos a la espontaneidad de un simbolismo que nos separa de lo que en verdad somos: niños que claman por la vuelta de papá. Así, no es lo mismo ver solo la máscara que reconocer el aún nadie que dicha máscara encubre.

aporías de la creencia

diciembre 30, 2020 § Deja un comentario

Desde una óptica bíblica, la fe del hombre, antes que un supuesto, es una respuesta a la fe de Dios en el hombre. De acuerdo. Pero ¿cómo entender la fe de Dios? ¿Acaso no dijimos que Dios está lejos de ser un ente espectral, que Dios no es un dios, sino el Dios por-venir? ¿Cómo Dios puede tener fe en el hombre si no es aún nadie sin la fe del hombre? ¿En quién puede confiar aquel cuyo modo de ser está en el aire, nunca mejor dicho, donde el hombre le da la espalda? Estas son preguntas ineludibles si se trata de ir de la fe a la fe, como decía Anselmo. Sin embargo, quizá antes debamos preguntarnos cómo podemos decir algo de Dios. El punto de partida del hablar sobre Dios no es un dios más o menos constatable. No puede serlo. Porque en ese caso, no hablaríamos de Dios, sino de lo que nos parece que es Dios. Y aquí Dios no sería más que el ente al que apuntan los indicios —no sería más que una hipótesis.

El punto de partida del sermo sobre Dios no puede ser otro que nuestro hallarnos expuestos a la falta de Dios —a su extrema trascendencia. Y esto es lo mismo que decir a nuestra añoranza del Padre —y, en definitiva, de una genuina alteridad. Desde nuestro lado, no cabe ir más allá de las representaciones de lo real. Lo que es en verdad posee el estigma de una desaparición esencial (y acaso el de un porvenir igualmente absoluto). Hay mundo porque el haber de Dios es el de su retroceso a un tiempo anterior a la historia. En este sentido, no es casual que, bíblicamente, los capaces de Dios sean los que sufren, y a menudo indecentemente, su ausencia. Son los que sobran, los que no cuentan para el mundo, los abandonados de Dios. De ahí que cuanto podamos decir de Dios no sea propiamente de Dios, sino de lo debido a Dios —a su retroceso o paso atrás—: el milagro de la vida y el deber de preservarla contra la injusticia. También, el horror. Con respecto a Dios —o mejor dicho, a la relación entre Dios y mundo—, todo está por decidir. Hablar de la fe de Dios supone, por consiguiente, hablar de la demanda —la invocación, el clamor— que procede de un Dios impresentable —un Dios que no admite el presente indicativo. Mientras nos hallemos sujetos a ese clamor, no todo está perdido.

Así, la pregunta no es dónde está Dios, sino, en cualquier caso, dondé se encontrará —o por decirlo en bíblico, cuándo volverá. Y la respuesta cristiana, como sabemos, es que Dios adviene adherido al cuerpo de un resucitado, algo que el mundo no pudo ni puede admitir y que, por eso mismo, se trata de algo en lo que solo cabe creer como lo que debe acontecer contra cualquier expectativa, en nombre, precisamente, de aquellos hombres y mujeres que han ofrecido un gesto de misericordia donde en modo alguno era posible ofrecerlo.

apuntes sobre la libertad (y 2)

diciembre 29, 2020 § Deja un comentario

1. La tercera acepción entiende la libertad como un hacer lo que uno quiere. En principio, tendemos a confundirla con la primera —con el poder hacer lo que uno desea. Pero, aunque en muchos contextos la distinción sea irrelevante, estrictamente hablando, no es lo mismo querer que desear, al igual que tampoco es lo mismo, como dijimos, desear que apetecer. Los padres quieren a sus hijos, no los desean.

2. Querer significa poner voluntad. Ciertamente, también cuando deseamos algo —o a alguien— hacemos lo posible por tenerlo. Y en este sentido, es innegable un cierto aire de familia entre el deseo y el querer (y de ahí que habitualmente los confundamos). Pues quien quiere algo —y no simplemente lo quisiera— se esfuerza por alcanzarlo. Sin embargo, una vez conseguimos lo que deseamos, el deseo se disuelve como azúcar en el café —por no hablar de que lo deseado, por lo común, termina en un contenedor—, mientras que la experiencia del ejercicio de la voluntad es que cuanto más cerca, más lejos, como quien dice. Es como si aquello a lo apunta el querer fuese un límite asintótico, algo así como el horizonte de una esfera, el cual nunca logramos alcanzar… por mucho que no dejemos de intentarlo (y en esto consiste el querer). Cuanto un deseo se nos presenta como inalcanzable No ocurre lo mismo con respecto a lo que queremos. Aquí el objetivo es un deber (y un deber que uno se impone a sí mismo, como veremos). Y es que en el cumplimiento de dicho deber está en juego precisamente quienes en definitiva somos. En este sentido, podríamos decir que el desear apunta al tener, mientras que el querer, a lo que uno es. Al menos, porque uno es lo que quiere, ama o, en el fondo, busca (y aquí podríamos preguntarnos si cabe querer o amar lo que apenas importa). De ahí que sea posible que alguien no quiera lo que, no obstante, desea. En cierto modo, la libertad se ejerce como respuesta a una invocación que exige darlo todo.

NB 1: Quizá sea por esto último que, de entrada, nos resistimos a la libertad. Más bien, preferimos su sucedáneo, el poder hacer cuanto deseamos. Sin duda, la gratificación es inmediata donde conseguimos lo que inspira nuestro deseo. En cambio, no parece que quepa conseguir aquello a lo que se dirige el querer. Además, sobre todo en las fases iniciales del ejercicio de nuestra libertad, no todo es satisfacción. Al contrario. Es lo que tiene lo difícil, lo que reclama una disciplina. Sin embargo, lo que aquí está en juego, como decíamos, es lo que uno es o terminará siendo. El desarrollo de la voluntad, al fin y al cabo, reclama un trabajo con uno mismo, un trabajo que no solo requiere fuerza, sino también lucidez. Pues aun cuando fácilmente sabemos lo que deseamos, cuesta saber lo que uno quiere; lo que en verdad importa y, por eso mismo, merece nuestra entrega.

3. Supongamos que un yonqui tomase la decisión de desengancharse porque no quiere que su hija pequeña tenga un padre drogadicto. Y supongamos también que no pudiera desengancharse; que la heroina fuese para él como el agua para cualquiera. La pregunta —una pregunta clave— es si tiene sentido decir que quiere desengancharse, a pesar de que no pueda hacerlo. Y la respuesta es que sí, siempre y cuando lo intente una y otra vez… a pesar de que fracase una y otra vez. El ejemplo, sin duda, es extremo. Pero ilustra perfectamente de qué se trata cuando hablamos de la libertad. Podríamos decir que nuestro yonqui no tiene libertad de desengancharse, aun cuando sea libre para desengancharse.

4. Obviamente, el yonqui quiere desengancharse porque tiene un motivo —su hija. Y por ello alguien podría decir que de hecho no es libre porque actúa condicionado por dicho motivo. Pero, como ya vimos a propósito de la segunda acepción, es absurdo suponer que solo somos libres donde no estamos determinados por nada ni por nadie. Pues, en ese caso, no habría detrás un quién, sino algo parecido a una máquina de azar. Todos somos, en gran medida, el fruto de nuestra circunstancia. La libertad en tanto que relación con uno mismo, mejor dicho, con lo que dentro de uno mismo se encuentra más allá de uno mismo, nunca se ejerció sobre el vacío. La libertad necesita siempre de un motivo. Y quizá sea por esta razón que la genuina libertad se ejerza como liberación de lo que inicialmente nos impide o, cuando menos, dificulta realizar dicho motivo. Podríamos decirque se trata de liberarse, en nombre de lo que vale la pena, de aquello que estando dentro de nosotros no nos pertenece. Aquel que quiere sin una razón para querer, no quiere, sino que, en cualquier caso, se deja llevar por lo que le apetece o desea… si es que no tira una moneda al aire.

NB 2: En este sentido, un Dios omnipotente —un Dios al que nada se le resistiera— difícilmente podría querer algo o a alguien. En absoluto, sería un Dios al que quepa dirigirse o invocar. Pues no habría nadie tras el nombre del Dios. A lo sumo, un poder anónimo. No es casual que, bíblicamente, el poder de Dios se revele, al fin y al cabo, como el poder de su debilidad. Como si en el fondo estuviéramos sujetos a la fragilidad de una genuina alteridad. Pero este es otro asunto.

NB 3: Aquí podríamos objetar que el ejercicio de la voluntad Sin embargo, aun cuando fuese cierto que nuestro cerebro se inclinase por perseverar unos milisegundos antes de “tomar la decisión” de perseverar, la pregunta es por qué razón el sujeto cree que se decanta por lo que se decanta. Y aquí la historia de cada uno resulta determinante. O por decirlo con otras palabras, como sujetos no dejamos de estar “sujetos a”. La cuestión es a qué o a quién. Y es que, al margen de nuestro carácter particular, no dejamos de ser aquellos que nos juzgamos en nombre del “padre”, por decirlo así, de aquel que decide el valor de nuestra existencia. Nadie sabe qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su padre. Evidentemente, aquí la cuestión es quién es tu padre (y un padre podría ser perfectamente “la gente”, lo cual significa que, en ese caso, no seríamos mucho más que unos “cualquiera”). Al fin y al cabo, un “padre” va configurando el cerebro que, precisamente, se decantará por una opción u otra unos milisegundos antes de que seamos conscientes de tomar la decisión. Y lo va configurando porque el cerebro, por decirlo así, no solo se ocupa de elegir, sino también de lo que en verdad importa… y no solo nos parece que importa. De ahí el íntimo vínculo entre la cuestión de la libertad y el asunto de la verdad de nuestro estar en el mundo —de lo que en realidad tiene lugar y no simplemente pasa. En definitiva, de lo que importa.

5. De lo anterior, se deduce que el ejercicio de la libertad implica un atarse al mástil. Como es sabido, y con el propósito de poder escuchar el canto de las sirenas sin asumir ningún riesgo, Ulises obligó a los miembros de su tripulación a ligarlo con gruesas cuerdas al palo principal, ordenándoles, a su vez, que no lo desatasen… por mucho que se lo exigiese una vez escuchase ese canto. Decíamos antes que el ejercicio de la libertad supone un trabajo sobre uno mismo, algo así como una especie de combate interior. Y es que resulta difícil querer. Lo fácil es dejarse llevar por lo que nos seduce de inmediato. De ahí, la necesidad de un conocimiento de sí y, en definitiva, de un cierto saber sobre qué supone estar en el mundo, al menos para poder distinguir entre lo que merece nuestro esfuerzo y lo que no. Por eso mismo, el sujeto capaz de hacer lo que quiere no se encuentra en el mismo plano que el niño, el cual apenas diferencia entre lo que le apetece, desea o quiere. No hay libertad sin disciplina. Una genuina libertad, tarde o temprano, impone un sacrificio. Ahora bien, se trata de la disciplina —del sacrificio— que uno se impone a sí mismo. Así, decimos que la libertad es autonomía, literalmente, darse a uno mismo la obligación. Y lo que no es autonomía es heteronomía. En este sentido, no hay deseo que no sea heterónomo. Al fin y al cabo, un deseo, como decíamos en la primera entrega, es un implante. Todo deseo constituye, en cierto sentido, una obligación, la de ser, precisamente, realizado.

NB 4: Aquí podríamos preguntarnos si acaso el que tengamos fuerza de voluntad no dependerá, en el fondo, de un haber sido formados en esta dirección. Ciertamente, la libertad —como la inteligencia y otros rasgos del carácter— se trabaja. Nadie nace siendo libre. Pero quizá sí con la posibilidad de serlo. Aunque hayamos crecido en un contexto en el que se nos empuja a conseguir lo que deseamos (y poco más), nadie ignora la distinción entre desear y amar. Y precisamente por ello no hay quien no se sienta llamado a la libertad. El problema reside en que, de entrada, entendemos por libertad un poder hacer lo que nos apetece o deseamos. De ahí que sea decisivo adquirir una cierta lucidez al respecto. Sin embargo, resulta innegable que es más fácil tener fuerza de voluntad donde hemos sido educados en el esfuerzo y la disciplina que donde se nos ha tratado con excesiva complacencia.

6. Al igual que no hay libertad sin disciplina, tampoco hay libertad sin promesa. De hecho, no es secundario que hablar de la decisión que va con la libertad equivalga a hablar de compromiso. Ciertamente, hoy en día la palabra compromiso, en tanto que incondicional, no tiene buena prensa. Pues sugiere, precisamente, lo contrario a la libertad. Como si donde nos comprometemos seriamente con algo o alguien nos cerrásemos las puertas de salida. De ahí que prefiramos los contratos, los cuales, por defecto, siempre incluyen cláusulas de recisión. Y hay implícitamente contrato cuando, por ejemplo, nos comprometemos con alguien de por vida… porque simplemente nos gusta mucho. Y es que lo que preferimos en cualquier caso es dejar una puerta abierta. Pero nadie dijo que cuanto preferimos sea lo que, en definitiva, queremos. En realidad, donde nuestro compromiso deje una puerta abierta, aquel con quien nos comprometemos difícilmente será algo más que un objeto de consumo. Dejar las puertas abiertas es humano, sin duda. Pero lo cierto es que, donde las dejamos, no cabe hablar propiamente de libertad. De ahí que resulte decisivo diferenciar entre lo que merece nuestra entrega y lo que no (y pocas cosas la merecen). En este sentido, el ejercicio de la libertad va con un cierto sentido de la deuda. Podríamos decir que aquel con quien nos comprometemos es aquel al que, en verdad, le debemos la vida… aun cuando no lo sintamos así. Por eso, el ejercicio de la libertad —el compromiso— no puede basarse únicamente en el sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Así, porque te debo la vida, te prometo que estaré junto a ti en la pobreza o en la riqueza, en la salud y en la enfermedad… Y tenemos que prometerlo, precisamente, porque queremos estar a la altura de lo que nos ha sido dado… teniendo en cuenta que no somos de fiar. El ejercicio de la libertad va, por tanto, con el deber de mantener la palabra. Como decíamos, libertad es displina. Y por eso mismo, fidelidad. Ahora bien, esto supone saber de qué va esto de la vida (y de lo que no va es de un de oca en oca y tiro porque me toca). Esto es, supone haber adquirido una fortaleza de carácter (y nadie la adquiere sin adquirir, a su vez, una cierta sabiduría o lucidez). Uno, al fin y al cabo, es lo que ama. Y por eso, el horizonte de la libertad es, como sugeríamos antes, un hacer propio lo que nos ha sido dado como valor. O somos libres en nombre de lo que vale la pena —y lo que vale la pena no es, ciertamente, algo que quepa tener—, o no somos mucho más que bolas de billar. De ahí que, incluso en el caso de haber seleccionado una opción al azar, pueda tener sentido decir que queremos dicha opción. De hecho, esto es lo que sucede siempre. Pues nadie quiere nada de entrada. En cualquier caso, se ilusiona por algo. Al fin y al cabo, cuanto quepa querer o amar, inicialmente se nos dio como aquello que, precisamente, no elegimos de entrada. La elección, en cualquier caso, se da a medio camino.

NB 5: Con todo, es humano andar entre lo que queremos y cuanto deseamos. El riesgo de la libertad radical es, ciertamente, acabar en una especie de jaula de hierro. La disciplina que exige la libertad no siempre termina bien. De ahí que busquemos la novedad que nos dé otra oportunidad o, cuando menos, que nos aleje de una existencia gris. Pero la novedad es un simulacro de lo nuevo. Con el paso de los días, fácilmente nos daremos cuenta de lo que, en principio, se presentaba como nuevo no es más que una variante de lo mismo de siempre. Anhelamos aquello, literalmente, extraordinario. Pero ignoramos qué es lo que pueda ofrecérsenos como tal… más allá de las apariencias. Y es posible que solo se nos revele el carácter extraordinario de cuanto hemos vivido, una vez lo hayamos perdido de vista.

7. La tercera acepción —la que entiende la libertad como hacer lo que uno quiere— mantiene una estrecha relación con la cuarta, la que, comúnmente, se denomina libertad interior, el estar por encima de lo que no importa y, sin embargo, nos afecta o puede. Nadie es libre donde depende, por ejemplo, de lo que los demás digan sobre su imagen, sus logros… su apariencia. Y es que el ejercicio de la voluntad, como hemos visto, solo es posible en relación con lo que importa o vale en verdad.

morir de éxito

diciembre 28, 2020 § Deja un comentario

La fe hace ya tiempo que dejó de ser una confesión de fe… si es que alguna vez lo fue, más allá de los tiempos de las persecuciones. Y una confesión solo se da ante aquel que la exige: ¿y tú quién dices que soy yo? (Mt 16, 15-19). Pues que el crucificado sea el quién de Dios no es en modo alguno obvio. Más bien, lo obvio es que Jesús fue un profeta que acabó mal. De no haber confesión, el kerigma cristiano queda reducido a una mera especulación teológica (por no decir, a una suposición entre otras). Ahora bien, difícilmente habrá confesión donde no se parta de la experiencia de la redención.

lo debido a Dios

diciembre 27, 2020 § Deja un comentario

No hay algo así como una experiencia directa de Dios. No puede haberla. Pues la realidad de Dios no es la del ente misterioso. En ese caso, su misterio sería relativo a nuestra ignorancia. Como nosotros podemos ser un misterio para las pulgas (y es obvio que no somos dioses, aun cuando se lo parezca a las pulgas). Esto es así a pesar de que Dios, como incondicionalmente otro, sea el misterio del mundo, de cualquier mundo, incluyendo el divino. En el mientras tanto de la historia, la experiencia de Dios es de lo debido a Dios, a su retroceso —a su eterno porvenir: la gracia y el desamparo, los ángeles y los hombres y mujeres de Dios, la bendición y la voz que nos exhorta a cuidar de una vida expuesta a la impiedad. También —y quizá sobre todo—, la promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo. El punto de partida es el de un hallarnos en medio de la indecisión del mundo —el de un haber sido arrancados de la presencia. Hay un Sí de fondo. Pero da la impresión de que el No tenga las de ganar. De ahí que donde damos por sentado, aunque sea emocionalmente, que Dios se ubica tras la puerta que nos separa del más allá, tomemos a Dios en vano. Pues Dios carece de ubicación. No hay presente para Dios, sino en cualquier caso, un fue y un será absolutos. Lo decisivo, con respecto a Dios, no es el lugar —el templo, la montaña, el cielo—, sino los tiempos. Ciertamente, la cruz fue un lugar. Pero donde nos quedamos solo con la cruz no hay Dios que valga. De hecho, la cruz es el lugar donde muere Dios. Si hay Dios es porque con la cruz hubo resurrección —porque Dios llegó al presente con la vida de un crucificado. Ahora bien, este llegó al presente significa que, con la resurrección, irrumpió en el centro de la historia el fin de los tiempos. No se trata, por tanto, de la intervención ex machina de Dios. Sin duda, podemos preguntarnos de qué hablamos cuando hablamos del hecho de la resurrección. Pero este es otro asunto (y no banal).

ángeles y demonios

diciembre 26, 2020 § 1 comentario

Un cristiano cree en Dios, en el Dios que, sin embargo, es el eterno porvenir del mundo. Y quizá, por eso mismo, cree sobre todo en sus ángeles, los cuales se dieron cuenta, antes que cualquier otra criatura, de que, incluso en los cielos, Dios seguiría siendo un misterio. Vivimos rodeados de ángeles —aunque también de demonios. Pero tienen rostro humano. Son los hombres y las mujeres cuya bondad es absoluta, lo cual no significa sin tara. Y como dice Javier Vitoria, ellos son la providencia de Dios. Con todo, los ángeles tienen que morir para que se nos revele su paso.

Mick Fleming: una historia de Navidad

diciembre 25, 2020 § Deja un comentario

Mick Fleming fue un duro y violento traficante de drogas. Era el hombre encargado de liquidar las deudas, algo así como un sicario a sueldo de la mafia del lugar. Su padre se dedicaba a limpiar cristales en Burnley, una de las zonas más pobres de Inglaterra. Cuando tenía once años sufrió el abuso sexual de un extraño mientras se dirigía a la escuela. El día que decidió contárselo a sus padres, su hermana de veinte años, algo así como un ángel para él, murió de un ataque al corazón. “Recuerdo el momento de silencio absoluto, al que pronto le sucedieron los gritos de mi madre. Chillaba como un animal.” Mick no pudo soportarlo. Su vida cambió en apenas dos días. Con catorce ya se había iniciado en el tráfico de estupefacientes. “Movía drogas y cobraba deudas. Era bueno en mi trabajo. Hería a la gente, les rompía las piernas o les disparaba, y no me importaba. Hice mucho dinero, pero no había nada glamoroso en ello. Estaba perdido. Nada funcionaba para aliviar mi sufrimiento. La criminalidad era mi mundo. Un amigo murió en una maratón de alcohol a los dieciséis. Otro sufrió una sobredosis de metadona a los diecisiete. Siempre creí en Dios, pero también pensé que Dios no se ocupaba mucho de mí.” Mick tenía una esposa y tres hijos. Pero la madre de Mick tuvo que hacerse cargo de ellos para impedir que interviniesen los servicios sociales. “No quería vivir. No sabía cómo cambiar.”

Eran las diez de la mañana y Mick Fleming, con cuarenta y tres años, esperaba a su próxima víctima con pistola en mano. Le habían encargado saldar una deuda. “Era un día denso y oscuro. Conocía su rutina, todo sobre él. Era un traficante más de drogas, igual que yo. Le vi salir del gimnasio. Pero esta vez fue diferente. Iba con dos niñas pequeñas, rubias, de unos cinco años. En el momento de apretar el gatillo, una de ellas me miró. Y entonces sucedió. No pude disparar. Quedé cegado por la luz que desprendía su cuerpo. Era como mirar al sol y me quedé paralizado.” Mick fue condenado a pasar una larga temporada en la unidad psiquiátrica del hospital de Burnley. “No tenía más que la ropa con la que llegué”. Sin embargo, Mick se sintió como en casa. “Había esquizofrénicos sin tratar, hombres muy enfermos, alcohólicos tremendamente vulnerables. Pero me daban cosas básicas porque veían que yo no tenía nada. Me sentí abrumado.” Fue en el hospital que Mick conoció a Tony, el pastor del centro. Juntos rezaban y, sobre todo, charlaban. Mick volvió a sentir emociones. Comenzó a ayudar a otros. Fue el principio del fin de una vida destrozada. Gracias a un encuentro casual con un profesor de la Universidad de Manchester, comenzó a estudiar teología. Fracasó en su primer año. Pero con disciplina y el apoyo de la universidad consiguió graduarse. Hoy en día Mick es pastor y se dedica a ayudar a quienes más lo necesitan, sobre todo repartiendo comida y solucionando las trabas burocráticas con las que topan quienes apenas saben leer. Está con ellos y junto a ellos. “Los políticos dicen que este coronavirus nos afecta a todos. Es mentira. Si eres pobre, no tienes una oportunidad. Hay una necesidad de dimensiones cósmicas. Personas que trabajan no consiguen llegar a fin de mes. Tenemos médicos voluntarios para aquellos que no pueden acceder a cuidados primarios. Muchos duermen sobre el suelo.” Le piden alimentos, neveras, camas… Mick se encarga de conseguirlo. Más o menos, visita diez hogares al día por semana. “La gente se siente olvidada. No podemos depender de un banco de alimentos. No está bien. Pero sucede. Nunca he visto algo como esto, a esta escala. La pobreza permanece oculta bajo la superficie. Una enorme pobreza.”

Hace diez años, Mick conoció a un alcohólico sin hogar. Le escuchó, le cuidó y le ayudó a recuperar una cierta cordura para que pudiera reunirse con su familia. El hombre murió dos años después. “Nunca le dije a la familia que aquel hombre fue el que me violó siendo un niño. ¿Por qué lo hice? Bueno sabía, que había sido perdonado por mi pasado. No hice lo que él, pero sí otras cosas terribles. Pero fui perdonado.”

Evidentemente, en el día a día, las cosas no son tan gloriosas. Hay mucho gris. Los pobres son también difíciles (y no siempre agradecidos). Pero un Sí de fondo sostiene la entrega de Mick y de tantos otros que trabajan con él. A menudo pienso que hay pocas vocaciones sacerdotales porque se habla demasiado de Dios, cuando se habla, y poco de las vidas de los hombres de Dios. El día en que nació Mick, en 1966, fue también Navidad.

mundo animado

diciembre 24, 2020 § Deja un comentario

En el mundo de los dibujos animados, cualquier cosa es un alguien. Algo parecido observamos en el mundo de la religión. Ergo, religión es infancia. Aunque con respecto a este asunto, lo que está en juego, más allá de la mistificación, quizá sea la posibilidad de una segunda ingenuidad.

Filocalia

diciembre 23, 2020 § Deja un comentario

¿Podemos leer la Filocalia habiendo leído a Nietzsche? Quizá solo desde la convicción de que, al final, únicamente nos quedarán las formas. Y quien dice las formas, dice también la devoción carbonera. Pues lo cierto es que con el paso de los días, nadie está a la altura del acontecimiento al que inicialmente responden las fórmulas de la fe. La fidelidad a lo que se nos fue dado como excepción nunca fue un asunto meramente sentimental.

inmortalidad del alma e impiedad

diciembre 22, 2020 § Deja un comentario

Es sabido que la creencia en una vida más allá de la muerte, estrictamente, la idea de una resurrección, se impone tardíamente en la conciencia de Israel. El favor de Dios fue, antes que un premio de ultratumba, una vida larga y próspera. A veces pienso, que quien da por sentado que el alma sobrevive a la muerte deja a Dios de lado, mejor dicho, su estar ante Dios. Pues, para este viaje, no hacen falta las alforjas de Dios. Basta con leerse el Fedón. O con ser hinduista. Y es que la experiencia de la vida como don o milagro va con la convicción de que vivimos dentro de un plazo. Hay algo de desafiante en dar por sentado que el alma es inmortal. Ciertamente, la fe en la resurrección de los muertos no arraiga en la necesidad de una solución a la angustia de cada uno ante la muerte, sino en la pregunta por el destino de quienes murieron injustamente antes de tiempo, el futuro de los mártires. Y aquí, al tratarse de lo imposible, sin duda, topamos de nuevo con Dios, aunque no propiamente con un Dios ex machina. Pero es innegable que donde sustituimos la fe en la resurrección por la creencia en la inmortalidad del alma, acaso más razonable, Dios deviene una hipótesis entre otras, una hipótesis de la que podemos perfectamente prescindir.

el anti-Dios

diciembre 20, 2020 § Deja un comentario

En la Biblia hay dos preguntas que la recorren a modo de leitmotiv: ¿dónde está tu Dios? y ¿dónde, tu hermano? La primera no deja de llamarnos la atención, teniendo en cuenta de que contamos con una respuesta por defecto, a saber, en los cielos. La segunda, en cambio, contrasta con la que haría un dios del lugar: ¿cuándo me entregarás mi tributo? En vez de ello, una interpelación moral. Porque ya no hemos acostumbrado, al menos culturalmente, a este Dios, pero, si lo pensamos bien, no tiene nada de divino. Pero el hallazgo bíblico consiste, precisamente, en comprender ambas preguntas como las dos caras de una misma moneda. YWHW siempre responde a la inquietud del hombre por Dios inquietando al hombre. ¿Dónde se encuentra Dios —aquel de quien dependes en lo más íntimo? En el cuerpo del que desprecias porque apenas es un resto de hombre. Y esto, ciertamente, es algo difícil de tragar para quien parte de una concepción natural de lo divino. Como si YWHW fuese el anti-dios.

Dostoievsky

diciembre 19, 2020 § Deja un comentario

Un solo excluido —la muerte de un solo niño por hambre— debería paralizar el mundo. Sin embargo, esto es, precisamente, lo que ningún mundo puede admitir.

estilos

diciembre 18, 2020 § Deja un comentario

Llega un momento en que te das cuenta de que la verdad es una cuestión de estilo. Ahora bien, el estilo no es un modo de decir bien —o bonito— lo que también podría ser dicho de otro modo. Tiene que ver con saber encontrar las palabras justas —las únicas posibles— y, por eso mismo, con la verdad, esto es, con lo que en verdad tiene lugar y no simplemente sucede o pasa. En este sentido, la verdad, lo real, acontece en el interior del poema —del hallazgo verbal—. Cuanto admite un punto de vista —lo que siempre puede ser dicho de otro modo— es mera apariencia (y quizá sea por eso mismo que las apariencias carezcan de importancia).

el prójimo

diciembre 17, 2020 § Deja un comentario

Jesús de Nazaret, como sabemos, responde a la pregunta sobre quién es nuestro prójimo con la parábola del buen samaritano. Una lectura superficial nos da a entender que el prójimo es aquel que, siendo semejante, sufre como un animal abandonado en la cuneta. La idea de fondo es que ante el prójimo no deberíamos pasar de largo. Su llanto es un mandamiento. Por eso mismo, el que nos hallemos ante un imperativo insoslayable ¿no sugiere, cuando menos, que estamos ante algo más que una reacción emocional? ¿Nos inclinamos ante el que yace en la cuneta como nos inclinaríamos también ante un chimpancé herido que nos mirase con una mirada suplicante? Quizá. Al menos por aquello del hermano lobo. En cualquier caso, los evangelios nos dan a entender que no se trata de reaccionar, sino de responder a un llanto que decide el sí o el no de nuestro estar en el mundo. El problema es que espontáneamente no nos sentimos sub iudice. Ahora bien, que no nos sintamos así no implica que no lo estemos, aun cuando hoy en día se haga difícil defender que no hay otra libertad que la de quien se encuentra sujeto a un imperativo tan insatisfacible como ineludible. Como si lo más íntimo tuviera que ver con un imperativo cuya radical heteronomía es anterior a cualquier yo hasta el punto de constituirlo. En cualquier caso, en ausencia de juicio, todo —o casi todo— es biología.

No obstante, podríamos añadir otro problema, el que tiene que ver, precisamente, con la semejanza del semejante. Pues lo habitual es que los que viven como perros sean vistos, de hecho, como perros —como alimañas que pueden morder la mano que los alimenta. Hay algo de tramposo en representarnos al pobre como un pobrecito… aunque sea cierto que hay mucha verdad —y la verdad siempre exigió coraje— en quien es capaz de ver en la alimaña a un abandonado de Dios (y por extensión, a un semejante). Quien se aleja de los hombres se convierte, ciertamente, en un extraño. Y esto es lo mismo que decir en alguien que, de entrada, no podemos reconocer como semejante. De ahí que la cuestión del prójimo se presente, en definitiva, como la cuestión de nuestro estar cabe el extraño. Y es que ante el extraño, de entrada, no podemos evitar la prevención. Acaso sea por esto que los evangelios insistan en que, a pesar de nuestra reacción más natural, no deberíamos tener miedo ante el extraño. Pues la mayor extrañeza no es la del monstruo —esta no deja de ser epidérmica—, sino la de un Dios indigente, un Dios cuyo cuerpo es, en realidad, un cuerpo de más, el de los sobrantes.

modos de ver

diciembre 16, 2020 § Deja un comentario

Hay modos de ver. Pero aquí el cómo no es secundario. Está en juego la diferencia entre lo superior y lo inferior. Pues no es lo mismo, pongamos por caso, encarar a una mujer desde el gusto que desde el asombro —o si se prefiere, la perplejidad— que provoca el que sea un cuerpo capaz de albergar una vida. No es lo mismo ver cuanto nos rodea desde el punto de vista del propio interés, en última instancia biológico, que desde los ojos de lo que el otro re-presenta o significa. Y es que el significado antes que proyectado, es reconocido. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de ver de qué se trata. Y este qué no suele coincidir con nuestras primeras impresiones. Aunque aquello de lo que se trata sea, de hecho, muy básico. Será cierto que existir supone un estar alejados de lo originario. Al menos, de entrada.

el no-Todo

diciembre 14, 2020 § Deja un comentario

Con respecto al todo, no cabe la alteridad. Esto es, la exclusión de la alteridad es la condición lógica del todo. Ergo, el no-todo va con el todo. De ahí que, contra la idea de que solo es posible hablar de lo que es, deberíamos más bien afirmar que tan solo cabe hablar de lo que aún no es, un aún no, sin embargo, eterno. De hecho, si vamos más allá de los nombres —si nos vemos obligados al discurso— es porque en núcleo duro de la experiencia es lo que, en ella, no termina de darse. Como si el discurso fuera un intento, siempre en vano, de alcanzar lo que inevitablemente perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo.

factotum

diciembre 13, 2020 § Deja un comentario

Todo lumpen tiene un héroe en el que inspirarse, un repartidor enmascarado. Y si no, Hollywood se encarga. Sin su ficción, los lumpen difícilmente podrían soportarse a sí mismos. Aún más: es por su ficción que la indignación no pasa de la taza del wc. O del mal rollo familiar.

suneung

diciembre 12, 2020 § 1 comentario

Una madre coreana que implora a sus muertos un favor para su hijo no se distingue, en lo que hace, de aquella viejecita que, ante el crucifijo, suplica la curación de su nieta. En ambos casos la disposición es la misma. Tan solo cambia el objeto de la invocación. Es lo que tiene que haya una pluralidad de culturas. De ahí que no sea de recibo decir que la segunda, a diferencia de la primera, invoca al Dios verdadero. Y no porque seamos, hoy en día, unos relativistas, sino porque la verdad de Dios no puede comprenderse como el referente de un significado común. Como si nos preguntásemos qué dios —o si se prefiere, qué espíritu—, entre los disponibles, detenta un mayor poder. Esta fue, de hecho, la pregunta del politeísmo. Como tampoco es de recibo decir que, en el fondo, se dirigen al mismo Dios. Pues Dios no es el denominador común —una abstracción— de las diferentes imágenes de lo divino. El hallazgo bíblico, por decirlo así, consistió en caer en la cuenta de que topamos con la verdad de Dios cuando topamos con su silencio —al fin y al cabo, con su impotencia. Ciertamente, Dios es, por definición, omnipotente. Pero nos equivocamos donde creemos que su omnipotencia es la de un ente que actúa ex machina. Como si la diferencia entre el poder de Dios y el de los hombres fuese de grado. Y es que la omnipotencia de Dios es, en realidad, la de un Dios capaz de impugnar la totalidad en nombre, precisamente, de los que no cuentan. El mundo, sencillamente, es condenado a la impiedad donde dejamos de escuchar la voz que se desprende del retroceso (y por ende, del porvenir) de Dios —aquella que nos invoca a la fraternidad. Por ello, dicha impugnación queda en el aire donde no respondemos al clamor con el que Dios responde a nuestras súplicas.

el tamaño importa

diciembre 10, 2020 § Deja un comentario

La pregunta por el qué de cuanto percibimos no se resuelve fácilmente, aunque de entrada nos lo parezca. Así, por ejemplo, vemos un cuerpo —y decimos, sin dudarlo, que se trata de un cuerpo. Ahora bien, si de repente fuésemos reducidos al tamaño de una pulga, dejaríamos de ver ese cuerpo. Ni siquiera percibiríamos su piel. Pues la piel se habría convertido en un mundo —y un mundo desértico. Seguiría habiendo cuerpo. Pero ya no para nosotros. Tendrán razón los Hume y compañía al defender que la sustancia —el eso concreto al que le atribuimos unos rasgos— es un constructo de la mente. Y es que lo que de entrada se presenta como un algo en concreto puede convertirse, con el cambio de tamaño, en una totalidad —en un ámbito. Y al revés: nuestro todo podría ser, perfectamente, una cosa desde el punto de vista de un dios. De ello se desprende que lo que es en absoluto es un lo que. Y que el todo es, antes que nada, una idea —un horizonte por definición siempre desplazable. Más aún: que la totalidad precede a lo que se presenta como ente. Hay un haber anterior a cualquier mundo. Pero ese haber no es nada en concreto, sino un puro il-y-a anterior a cualquier presente. En este sentido, podríamos decir que el síntoma de este il-y-a es el retroceso de lo absolutamente otro que constituye la condición del aparecer de cuanto es.

Edén

diciembre 9, 2020 § Deja un comentario

La tierra —mejor dicho, una tierra en la que habitar en paz— es, para Israel, un lugar teológico. En este sentido, la tierra prometida sería algo así como el ámbito en donde se restaura la relación originaria con Dios. Al fin y al cabo, se trata de recuperar el lugar perdido. La existencia no tiene otro sentido —otro hacia donde— que el del regreso al Edén. No es casual que Israel cobrase conciencia de ello solo tras la desaparición del reino de Judá. Como si los hombres tuviéramos que perder lo que tuvimos y no supimos apreciar para caer en la cuenta de su valor. Sin embargo, hoy en día estamos lejos de comprender que existimos en relación con una pérdida fundamental. Pues para el descafeinado individuo moderno tan solo el deseo —ese trampantojo— constituye la medida de lo que importa. Y, como decía Machado, es de necios confundir precio y valor.