inmaculada

diciembre 9, 2021 § Deja un comentario

Hay que imaginarse a Lucas escribiendo su relato de la anunciación teniendo en mente a una chica de pueblo y, probablemente, a una chica que se quedó embarazada antes de tiempo. Los fariseos acusaron a Jesús de ignorar quién era su padre. Y por ahí probablemente van los tiros. Como dice el dogma, María concibió inmaculadamente, esto es, sin pecado (lo cual no tiene nada que ver con la virginidad). Pecado significa alejada de Dios. Y hay que estar muy cerca de Dios para amar al hijo ilegítimo. Por no decir, al hijo de una violación. Como si la violencia del mundo no hubiera alcanzado el corazón de esa chica de pueblo que fue María.

Camus

diciembre 8, 2021 § Deja un comentario

Solo tardíamente se adquiere el valor de sostener lo que se sabe.

Albert Camus

lo dado y sus imágenes

diciembre 7, 2021 § Deja un comentario

La vida no es simplemente un dato: es don. Pues se nos ofrece desde el fondo de la nada —o mejor dicho, del nadie. Todos podemos caer en la cuenta del milagro. Pero no todos caemos la cuenta. Y menos en el tiempo diario. Aquí las imágenes ayudan, ciertamente. Al menos, porque en el día a día resulta más fácil incorporar la experiencia del don —e incorporar es hacer cuerpo— donde creemos que la vida nos ha sido dada por un padre espectral que donde sabemos que la paternidad de Dios consiste en su retroceso o paso atrás. Sin embargo, el riesgo de una excesiva incorporación es el de convertir a Dios en un ente, aunque nos digamos que su perfil es imposible de perfilar. Y ningún ente, por muy superior que sea, puede valer como Dios. Tan solo en las cruces del mundo, la verdad —lo que en verdad acontece y no simplemente pasa— logra hacerse cuerpo sin el recurso de las figuras de la imaginación. En dichas cruces, el silencio deviene elocuente. De ahí la importancia de no perder de vista al testigo, a su historia. Sin embargo, entre una cosa y otra anda la existencia del creyente de a pie. Como siempre, y con respecto a lo que importa, andamos dando tumbos.

el background de la espiritualidad

diciembre 5, 2021 § Deja un comentario

No hay espiritualidad que no se enfrente a la extrañeza. No digo al poder de la extrañeza. Tampoco, a algo extraño. Pues algo extraño es simplemente algo inusual, una cosa o fenómeno aún por explicar. Tan solo hace falta que nos acostumbremos a su carácter paranormal para que pase a formar parte de nuestro mundo. Un fantasma, pongamos por caso, es tan solo una figura de la extrañeza. Todo lo que hay en el mundo permanece dentro del campo de lo posible y, por eso mismo, concebible. De ahí que el horizonte de nuestro hallarnos en el mundo sea un paradójica ignorancia: al fin y al cabo, acabaremos dándole la razón a Sócrates.

Pues la extrañeza apunta a la imposibilidad por la que el mundo es mundo. Me refiero a la alteridad avant la lettre —a lo enteramente otro. Y es que la alteridad es lo que tuvo que retroceder para que fuera posible lo posible, el mundo como representación del mundo, la creencia. En este sentido, la alteridad es lo eternamente pendiente del mundo, lo que impide el cierre inmanente de la totalidad. No hay nada en concreto que sea verdaderamente otro. O también, hay lo otro como nada o un siempre-aún-nadie. En este sentido, el hogar —lo familiar— es una prisión. En el hogar —el ámbito del trato— no cabe ninguna alteridad. Tan solo las sombras están disponibles. Como en la película de Amenábar, los espectros no son los fantasmas: somos nosotros.

Así, la alteridad de lo real —el puro haber en tanto que absuelto— es no siendo, y en consecuencia aparece como lo que tuvo que ser desplazado a un tiempo fuera de los tiempos —a un no tiempo, a la inmortalidad. La bendición y el horror —la luz y la tiniebla— se dan como las dos caras de este retroceso. Todo queda atravesado de una irreductible ambivalencia. Como si todo aún estuviera por decidir o decantarse.

La cuestión de la espiritualidad no es, por tanto, la de cómo conectarse a la alteridad. Ni por supuesto, cómo participar de su poder. Pues no hay nada a lo que enchufarse. La alteridad, en su negación de sí, deviene un nadie. Y un nadie es, sencillamente, impotente. En cualquier caso, la cuestión es la de Israel: a qué nos obliga la radical trascendencia de la alteridad. Al menos, porque únicamente desde esta trascendencia se nos revela que aquel que despreciamos —aquel que, según el mundo, tiene que morir— es nuestro hermano. Y el resto es esperar lo imposible en nombre, precisamente, de la bendición. No es casual que, bíblicamente, la esperanza se exprese como clamor. Como tampoco lo es que la esta se traduzca en imágenes increíbles.

las trampas de la analogía

diciembre 4, 2021 § Deja un comentario

Por lo común, nos enfrentamos a lo desconocido por medio de lo conocido. Se trata de la denominada vía analógica. Así, X, la incógnita, sería como A, siendo A algo familiar. Para los apaches, por ejemplo, un tren fue un caballo de hierro. Al igual que Dios sigue siendo como un padre para el creyente. El problema es que, en el día a día, fácilmente nos olvidamos del como. Un tren es un caballo de hierro. ¿Dios? Un padre. Dicho de otro modo, la analogía termina reduciendo lo desconocido a lo conocido. El que añadamos que la ignotum X nunca termina de ajustarse a aquello con la que se la compara no basta para evitar dicha reducción. Pues únicamente durante la reflexión tenemos presente el carácter inconcebible de lo que permanece fuera de la analogía (y por eso mismo, acaso solo lo podamos tener presente como abstracción). Del Dios es como un padre pasamos al Dios es Padre. Y ahí nos quedamos. Del es más al no es más. La mística intentó corregir esta deriva. Sin embargo, pagando el precio, por lo común, de hacer de lo divino una sustancia magmática, un océano en el que disolverse. La analogia entis, en definitiva, evita que nos encontremos expuestos a la desmesura de una alteridad avant la lettre, a su eterno porvenir. Y es que el exceso que abraza el mudo se halla más cerca de la nada o el nadie que del algo. No es casual que, tradicionalmente, la dialéctica —que Dios sea no siendo— nunca haya hecho buenas migas con las equivalencias. Aun cuando, sobre el papel, se considerasen aproximadas.

monstruario

diciembre 3, 2021 § Deja un comentario

El hombre es un monstruo. Al fin y al cabo, su piedad es, salvo en algunos casos ejemplares, formal o episódica. Ya fue dicho: un lobo para el hombre. Muchos dirán, sin embargo, que no deberíamos sacar el asunto de quicio: también como modernos quedamos fascinados, hartos de civilización, con el buen salvaje. Pero acaso porque no quisimos hurgar demasiado en su lado, precisamente, salvaje. La idea de una inocencia originaria que el artificio social corrompe es sobre todo un wishful thinking, un ya me gustaría. Con todo, la ciudad también se revela como un muro de contención, un espacio virtual donde, gracias a las formas de la amabilidad, podemos creer que somos corderos con, de vez en cuando, algún mal pronto. Ahora bien, esas formas, tarde o temprano, muestran no ser mucho más que esa piel de cordero con la que se cubre la bestia. Sencillamente, el hombre no es de fiar. No recuerdo ahora si fue Yeshayahu Leibowitz o Primo Levi quien dijo que, tras sobrevivir a Auschwitz, no es que dejara de creer en Dios, sino que, más bien, dejó de creer en el hombre. Casi me atrevería a decir que, antropológicamente, los tiempos modernos nacen donde se arrincona la idea de una tara original —donde nos decimos que en el fondo, hay bondad, aunque no nos lo parezca. En este sentido, la Modernidad tiene mucho de gnosticismo, aunque ahora creamos que la chispa divina viene de fábrica. De ahí que, donde dejamos atrás la convicción de que nacemos como culpables —por exagerada o carca—, sea muy difícil entender siquiera un texto como la Biblia. Pues la cosa no va de conectarse a la fuente de las buenas vibraciones para que brille esa chispa divina que llevamos en lo más profundo y, así, logré vencer a la oscuridad. Va de si hay o no redención.

lo serio

diciembre 2, 2021 § Deja un comentario

¿Qué es lo serio? El poder. No el que un hombre ejerce sobre otro, el cual sería un mero sucedáneo, sino el de un dios que niega al hombre. Hay que partir de ahí para entender qué significa un Dios-amor —que su Sí pueda sobre el No. Otro asunto es que aún quepa creer en Él, sin hacer del amor un dios.

Marin Marais

diciembre 1, 2021 § Deja un comentario

Hay que imaginarse en medio de la derrota final —o del silencio que cubre los lager de la historia— para saber qué significa escuchar la sarabande de la quinta suite de Bach para cello. O los solos de viola de gamba de Marin Marais. ¿Bruckner? Una victoria arrodillada. Estamos lejos —muy lejos— del entretenimiento pop. La humanidad se extinguirá. Pero el eterno aún podrá escuchar su canto.

Abel

diciembre 1, 2021 § Deja un comentario

Esto ya se sabe: Abel es el bueno; Caín, el malo. La idea de fondo es que la ofrenda agradable a Dios no es la que responde al mérito, sino al don: Abel da lo que se le dio. Sin embargo, nada se nos dice de lo que Abel sintió en lo más íntimo. ¿Acaso la preferencia de Yavhé no la vivió como injusta? La envidia, ciertamente, es una de las raíces del mal. Pero que la vida le fuera bien, gracias a Dios, ¿no tiene algo de arbitrario? ¿Es que no llegó a experimentar una cierta piedad por su hermano? No estamos ante preguntas religiosamente supérfluas. La lectura, en cambio, es otra, si dejamos de ver a Dios como un repartidor espectral, esto es, si pasamos a verlo como aquel que no quiso ser Dios sin la entrega del hombre. La pretensión de Caín, sencillamente, no dejó que Dios fuese el que es. Con todo, aquí no hay que olvidar la marca en la frente. Como si el relato quisiera darnos a entender que, para los caínes de la historia, no todo está perdido. Aún.

esperanza y apocalipsis

noviembre 29, 2021 § Deja un comentario

Si la esperanza cristiana apunta a un final apocalíptico —y no solo apunta al mismo, sino que lo desea—, entonces esta esperanza no es para nosotros, los que aún creemos en nuestra posibilidad. A pesar de lo que proclamamos llenándonos la boca. Pues que todo comience de nuevo —o al menos, termine de una vez— sólo lo pueden esperar los que no pueden esperar ya nada de este mundo.

póstumo

noviembre 28, 2021 § Deja un comentario

Cuando la vida se empeña en negar —en negarnos— solemos recurrir a lo póstumo: la tortilla ya dará su vuelta, nos decimos, sea en los cielos o, como esperaban los griegos, en la memoria de quienes nos sucedan. Sin embargo, no será así, dice el nihilista. Los cielos se derrumbaron en el Gólgota; toda fama tiene fecha de caducidad: de aquí a cien mil años nadie sabrá quien fue Beethoven o Jesús de Nazaret. En verdad, nadie cuenta nada. La cuestión es: y ahora qué. Nuestras fantasías no proporcionan ningún refugio. Acaso lo haya en la respuesta a demanda del prójimo (o mejor, en su respuesta a nuestra entrega). Y con respecto al luego, Dios dirá. Como suele decirse.

composición de lugar

noviembre 27, 2021 § Deja un comentario

Imaginemos que estamos en guerra y que te hallas junto a tu hija pequeña ante unos soldados que fuman unos cigarrillos antes de cargar sus armas para fusilaros: a tu hija, a ti y a cuantos habéis sido seleccionados. Ella te pregunta: ¿papá por qué quieren matarnos? No puedes hacer otra cosa que abrazarla, besarla. Quizá también llorar, mientras esbozas una última sonrisa, mirándole a los ojos. Toda su alegría de vivir —sus columpios— llega a su punto final. Abruptamente. La Biblia hay que leerla, sobre todo, desde estas escenas. Pues cuanto ahí se nos dice, no tiene nada que ver con el delirio. Aunque a los verdugos nos lo parezca.

de qué va

noviembre 26, 2021 § Deja un comentario

La pregunta es qué seremos capaces de hacer con nosotros mismos —y, de paso, con quienes nos rodean— cuando llegue el naufragio. Pues, tarde o temprano, hay naufragio. Aunque, a veces, no nos lo parezca —aunque, por lo habitual adopte el aspecto del gris—. Sencillamente, la vida no termina de coincidir con las palabras que proporcionan un sentido —un hacia dónde—. Estas, como un mal traje, nos vienen anchas (y no porque sean, necesariamente, una ficción). Así, se nos habló de heroísmo —o si se prefiere de lo auténticoo sensacional—; pero con el tiempo acabamos en el oficio (y un oficio es una jaula de hierro, aun cuando, en algunos casos, y por estar pulido, su brillo nos resulte cegador). La solución epicúrea es que el naufragio nos coja siendo unos espectadores: desde la atalaya (aunque para esto, y por lo común, sea necesario comer a diario). La variante popular es haber triunfado, tener, por decirlo así, un seguro de vida. De este modo, anem fent. Acaso el problema sea que, los que nos satisfacemos con nuestra satisfacción, no dejamos de ser, por eso mismo, unos chimpancés. Y es que la vida probablemente sea algo más que una versión del juego de la oca. Ahora bien, este algo más no tiene que ver con la novedad —con algo aún por descubrir—, sino con lo irreductiblemente extraño y, en consecuencia, indescubrible. Aquí el nihilista tiene razón: la novedad, ese simulacro de lo nuevo, es repetición de lo mismo. Nada nuevo bajo el Sol, salvo lo que se olvida. En definitiva, puede que la pregunta sea cómo nos situamos ante la realidad de lo extraño, la que se nos ofrece como un eterno porvenir, antes que como presente. El resto es naturaleza.

lo sagrado y las razones

noviembre 25, 2021 § Deja un comentario

Por definición, hablar de lo sagrado es hablar de lo intocable, de lo que se nos impone como lo que no es posible alterar sin que se disuelva su valor, su brillo. Por ejemplo, para un padre, la vida de su hija es sagrada. Aquí fácilmente podríamos decir que se trata únicamente del instinto. ¿Únicamente? No me atrevería a decirlo. También cabe sentirlo desde el asombro (y aquí el sentimiento se adhiere al logos). Desde el horizonte de la nada o el nadie, que sigan vivas —que estén ahí— es un milagro, una excepción. Y con el milagro va el deber de preservar su vida ante nuestra crueldad natural. Sin embargo, el cuerpo ayuda (y en este sentido, podríamos decir que en este caso el instinto va de la mano de la mirada de largo alcance). Quizá de lo que se trata, al fin y al cabo, es de poder sintonizar el cuerpo con las visiones del alma. O como se decía antiguamente, de modificar nuestra sensibilidad inicial, tan ligada a la bestia que llevamos dentro.

Dios y el inconsciente

noviembre 24, 2021 § 1 comentario

Con el inconsciente, seguimos siendo títeres de un afuera radical. Pues difícilmente vamos a reconocernos en cuanto tuvo que ser olvidado. Esto es, difícilmente vamos a incorporarlo (aunque los indicios del insconsciente sean ciertamente corporales). El inconsciente es un extraño en nuestra casa. Sin embargo, Freud hizo de su extrañeza lo más íntimo: como si pusiera al Dios terrible en lo más oscuro del alma. Así el psicoanalista deviene el nuevo sacerdote: el posee el secreto de Dios, un secreto cuya traducción es, sin embargo, infinita. Ahora bien, aquí un estoico podría decirnos que el inconsciente, aun siendo determinante, no importa. Al igual que, según el profeta, para Dios mismo, Dios no es el asunto. El asunto es a qué nos obliga lo que se desprende de la altura de Dios. De hecho, el yo está por encima de su inconsciente (y no solo de facto). Pues su pregunta es y ahora qué. Al menos, porque al tratar consigo mismo, tarde o temprano, descubre que él no es el tema. Aunque el extraño termine ganando la partida, su victoria es anecdótica: el yo no tiene por qué hacer una derrota de su derrota a manos de poderes invisibles. Y en esto acaso en esto consista la salvación.

la fe sentida

noviembre 23, 2021 § 2 comentarios

Mi madre creía en los muertos. Mejor dicho, en sus muertos. En lo más hondo, sentía que volvería a ver a sus padres, una vez hubiera cruzado el umbral. También creía en la Virgen y algunos santos. No sé si en Dios. Quizá, si por Dios entendemos un ángel de la guarda pero en tamaño XXL. Creía en lo que creía porque así lo sentía. Con ello fue tirando por la cuesta de la vida. Ninguna pregunta, sin embargo, que pusiera contra las cuerdas su sentimiento. Cristianamente, ¿se trata de esto? No me atrevería a decirlo. Para este viaje, cualquier alforja religiosa sirve. Con todo, puede que la inquietud por la verdad, al menos en lo que respecta a la fe, no arraigue en nuestra sospecha, ni tampoco en el propio sufrimiento, siempre y cuando este no sea, como en el caso de Job, desmesurado, sino en el de tantos que no tienen con qué alimentar a sus hijos. Aquí comienza, en realidad, otro sentimiento. De hecho, otra historia.

del cuerpo y el alma: una variante

noviembre 22, 2021 § 2 comentarios

Por lo común, dedicamos mucho tiempo intentando resolver los asuntos pendientes (y estos son, en primer lugar, materiales): comer a diario, hallar cobijo, prepararse para trabajar, cazar una pareja… Luego, acaso, comenzamos a preguntarnos por lo que en verdad importa. El problema es que los asuntos pendientes nunca terminan de resolverse: de algún modo, exigen continuamente nuestra atención: que si el trabajo podría ser mejor, o la casa, o la pareja… Así, el cuidado del alma permanece en stand by. Tenían razón los estoicos al decir que no es más libre quien más posee, sino quien menos necesita.

finitud y dependencia

noviembre 20, 2021 § Deja un comentario

No parece que pueda seguir habiendo cristianismo —y me atrevería a decir que ni siquiera religión— donde el antiguo sentimiento de dependencia ha sido reemplazado por el de finitud. A pesar del aire de familia, no se trata de lo mismo. Pues el primero apunta a un quién, mientras que el segundo a la propia impotencia. Y no parece que pueda haber marcha atrás, salvo que culturalmente volvamos a la infancia, cosa la cual no debería descartarse. En cualquier caso, que espontáneamente creamos que no hay un quién al que dirigirnos por encima de nuestras cabezas quizá sea uno de los daños colaterales de la cristiandad. Pues no hubo un quién en Getsemaní. De hecho, en Getsemaní se derrumbaron los cielos. El cristianismo no da al quién de Dios por descontado. En realidad, ese quién tuvo que revelársenos a pie de una cruz —y de manera, ciertamente, desconcertante, por no decir inadmisible, para quien posee una sensibilidad típicamente religiosa—. Es verdad que la resurrección, incluso dejando a un lado su interpretación ex machina, parece poner las cosas de la religión en su sitio: Dios, con la entrega del enviado, pudo volver a ser el que quiso ser de buen principio. Sin embargo, al precio de hacerle tragar al creyente algunas ruedas de molino. Con todo, acaso erremos el paso donde suponemos que es posible creer desde nuestro lado.

de mujeres y hombres (y vicerversa): una puntilla teológica

noviembre 19, 2021 § Deja un comentario

Lo que quiere la mujer del hombre no lo quiere el hombre para sí mismo. Y viceversa. Está es la raíz del desencuentro. De coindicir, solo en la ilusión. Sin embargo, porque hay desencuentro acaso haya reconciliación, la cual supera el hiato preservándolo. No hay otro amor para quien puede decir soy. En la fusión, ningún rostro que nos alcance.

(Podríamos tomarnos lo anterior como una metáfora teológica. Basta con sustituir a la mujer por Dios. Y aquí no vale decir que no es lo mismo; que a Dios no es posible acariciarlo. Sin embargo, si Dios es intocable, no será porque no tenga cuerpo, sino más bien porque su cuerpo nos repugna.)

titulitis

noviembre 18, 2021 § Deja un comentario

Como es sabido, los denominados títulos cristológicos —Cristo-Mesías, Salvador, Hijo de Dios…— estaban culturalmente disponibles durante la época en la que se aplicaron a Jesús de Nazaret. Como también lo estaba, la idea de la resurrección de un dios. Memes. La cuestión es qué se deduce de ello. Muchos se sentirán inclinados a decir que su aplicación es una cuestión de sensibilidades. Así, con el título Hijo de Dios, por ejemplo, ocurriría algo parecido a lo que sucede con respecto a la noción general de lo divino, a saber, que lo primero sería el significado común, y luego, dependiendo de cuál sea nuestra opinión al respecto, vendría el referente: unos, los cristianos, creen que es Jesús; otros, el César. Sin embargo, lo cierto es que, en el caso del cristianismo, el referente modifica —y seriamente— el sentido inicial de la expresión. Aplicar el título a quien murió como un maldito de Dios altera, de manera definitiva, qué es Dios. Sencillamente, Dios no puede seguir siendo el que creíamos que era. Como suele decir Larry Hurtado estamos ante una mutación de lo que se entiende por divinidad. Es como decir, en las pasarelas de Milán, que las más bellas no son las que desfilan, sino las leprosas. O quien lo dice nos toma el pelo, a la manera de un émulo de Duchamp, o algo se nos está diciendo —y algo, de entrada, inadmisible— sobre lo que es, en realidad, la belleza.

esturament

noviembre 17, 2021 § Deja un comentario

Como decía Borges, el poeta descubre un motivo de asombro donde el resto solo vemos costumbre. Es asombroso, por ejemplo, que haya alguien-ahí en vez de únicamente cuerpos. La costumbre degrada cuanto es: lo convierte en digerible. Pero tampoco estamos hechos para soportar demasiada realidad. Quizá porque el mono que se asombró más de la cuenta terminó en el estómago del león. Como para creer que el mundo es nuestra patria.

más caña al mono (o un delirio platónico)

noviembre 16, 2021 § Deja un comentario

Uno puede quedarse con la letra de lo que dijo Platón: que hay un mundo de cosas y otro de ideas; que tan solo el segundo es real —que las cosas que podemos ver y tocar únicamente participan de lo real y que, por eso mismo, su realidad es aparente—. Pero donde uno se queda con la letra, acaso creerá que entiende, pues eso es lo que dijo Platón, aun cuando hoy en día nos parezca absurdo —¿de verdad hay un mundo repleto de ideas?—, pero, de hecho, no entiende nada. Para comprender las tesis de Platón hay que preguntarse qué hay detrás de esta distinción entre los dos mundos, la cual no deja de ser, al fin y al cabo, un modo de hablar. Y lo que hay detrás es la respuesta a la cuestión acerca de lo que significa decir que algo es —que hay lo que hay—, respuesta que no tiene nada de evidente… aunque resulte obvia (y quizá, por eso mismo, la obviemos).

La pregunta nos parece, por lo común, irrelevante. ¿Pues acaso no hay lo que podemos ver y tocar? Sin embargo, el asunto adquiere otra tonalidad si nos preguntamos si hay amor —o justicia, o bien—. Es cierto que uno puede contentarse con creer que lo hay. Pero la vida, tarde o temprano, desmiente nuestras creencias más ingénuas o espontáneas —nuestras opiniones—. Así, ¿hay amor —o justicia, o bien—? No lo parece. De hecho, y tras los sucesivos desengaños, nos sentiremos inclinados a decir que, a lo sumo, lo que hay —lo que constatamos— es una mezcla. No hay amor que no sea, de algún modo, interesado; o decisión justa que no sea, y por buenas razones, discutible. Ahora bien, por eso mismo, ninguna mezcla termina de ser lo que parece —aquello que, en un momento dado, más se destaca en ella—. Y así podríamos decir que, dado que todo es mezcla, nada es.

En cualquier caso, ¿qué significa decir que hay justicia o amor? Estrictamente, que tanto la justicia como el amor se encuentran ahí afuera, haciéndose de algún modo presentes (aunque en este de algún modo pierdan por el camino su carácter absoluto o por entero). ¿Cómo se encuentran, por ejemplo, los árboles y las sillas? No, exactamente. El haber de los árboles y las sillas es, por decirlo así, el fondo que comparten los árboles y las sillas, en última instancia, cuanto es en concreto. Sin embargo dicho fondo —precisamente, porque es el fondo de lo concreto— no es nada al margen de lo concreto. Pues en realidad nada es o está ahí sin que nos muestre un aspecto determinado —nada es sin un modo de ser—. Por consiguiente, no es que primero, en el orden de lo real, sea el simple haber y luego este se llene de cosas. El simple haber no es ontológicamente anterior al mundo —pues en realidad no es nada en concreto—, aunque, en cierto sentido, lo trascienda.

Sin embargo, ¿de qué sentido se trata? No del que apunta a otro mundo, aun cuando inevitablemente nos lo imaginemos así, al menos porque el pensar siempre se dirige a un algo, sino del que se perfila en el Platón de sus últimos diálogos. De ahí que la trascendencia de lo real en su carácter otro o absoluto —el puro haber, la radical exterioridad de cuanto es— consista en su retroceso o des-aparición… en el mismo instante de su hacerse presente. No hay experiencia del puro haber —de la exterioridad en cuanto tal—, sino de las cosas que hay. El puro haber se nos da relativamente en lo concreto. Y dado que lo concreto es lo que cabe asimilar, como lo que deja de ser en verdad otro. Nada otro que no se dé o haga presente. Y por eso mismo, nada otro que no sea lo que tuvo que perderse de vista en cuanto tal en su hacerse presente.

Podríamos decir, paradójicamente, que hay el absoluto haber porque no lo hay —porque, en sí mismo, no aparece—. La exterioridad en cuanto puro haber retrocede en su hacer presente —y por tanto representable— a una sensibilidad. Hablamos del resto invisible de lo visible, no de algo invisible, sino de la invisibilidad —la extrañeza— que, como tal, abraza cuanto es. Por consiguiente, la respuesta a la pregunta del asombro —¿por qué hay algo en vez de nada?— sería porque en definitiva lo que hay es la nada —porque lo que es no es nada (y aquí podríamos sacarle punta a la doble negación). Quizá no sea causal que la filosofía acabe rozando el nihilismo. Pero si no cae de bruces en él será porque cuanto es puede experimentarse también como lo que nos es dado desde el horizonte de nada, es decir, como excepción, milagro, donación.

Por consiguiente, a nuestras preguntas iniciales —¿hay amor, justicia, bien?— podríamos responder diciendo que, efectivamente, hay amor, justicia, bien… aunque imperfectos. E imperfectos, precisamente, porque son.

química elemental

noviembre 16, 2021 § Deja un comentario

Decimos que hay amor. Pero lo que siempre constatamos es una mezcla: junto a la entrega, de darse, la necesidad de tener un novio, la pulsión, el miedo a la soledad, la curiosidad de probar, la excitación de que alguien se interese por mí, la novedad, un jugar a ser mayores. También, por supuesto, el deseo o, incluso, la simple apetencia. El amor, como suele decirse, es cuestión de química. Y como ocurre con la química, el que termine precipitándose como un compuesto u otro dependerá de la proporción. Pero, en cualquier caso, no hay sentimiento puro. Tanto el moderno no es más que como el antiguo es más que operan del mismo modo: reduciendo la complejidad. O bien, hacia abajo, o bien hacia arriba. En ambos casos, estamos ante ejercicios racionales. Sin embargo, dado que no hay compuesto o mezcla que no sea inestable —y en este sentido decimos que nada acaba de ser lo que parece— la cuestión es qué prevalece o, mejor, qué terminará siendo. Al final, qué tendrá más peso ¿el gen o el amor? ¿Un no es más que o el es más que? O nuestra aspiración a la verdad —a lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente pasa— es una ilusión; o, de lo contrario, apunta a un porvenir que, en modo alguno, podemos controlar.

la potencia de Platón y la “impotencia” de la Modernidad

noviembre 15, 2021 § Deja un comentario

¿Por qué Platón ni siquiera se preguntó si acaso la idea de Bien —lo real en su carácter otro o absoluto— no podría darse como el producto de nuestra mente? ¿Por qué en modo alguno se planteó la posibilidad de que cuanto pensamos estuviera solo en nuestro interior? Que toda conciencia sea, por defecto, conciencia de algo no parece implicar —o al menos, eso diríamos espontáneamente hoy en día— la realidad del algo. ¿Por qué, en definitiva, Platón no llegó a la sospecha de Descartes? Sencillamente, porque el puro haber no es representable —no llega a la representación—. Y la sospecha apunta solo a las representaciones de lo que es. En realidad, el puro haber es invisible —no una cosa invisible, sino lo invisible, la extrañeza como tal—. El puro haber —el hay de lo que hay— aparece como lo que desaparece —y por eso mismo, está siempre supuesto— en lo concreto. El puro haber, en tanto que obvio, es lo continuamente obviado. Podemos dudar de que nuestras representaciones mentales sean relativas a un exterior —y de ahí al cogito media un paso—, pero no de nuestro hallarnos expuestos al puro haber. De hecho, el mismo Descartes llegó a esta conclusión, por otro lado lógicamente inevitable, al reconocer que la limitación temporal del cogito —el mientras del estoy seguro de que existo mientras pienso— va con la infinitud de un afuera (estrictamente, de lo eterno). O en nuestros términos, con un estar expuestos a una alteridad que en absoluto puede entenderse como algo aún por descubrir.

Acaso no sea casual que la experiencia del puro haber se nos dé donde sucumbimos a la desmesura de una oscuridad y silencio impenetrables —o de manera aproximada, en la soledad de los desiertos—. Podríamos decir que la realidad del haber sería un punto de partida paradójico (y no una hipótesis que tuviera que desmostrarse por medio de un criterio adecuado, pues ¿cuál podría ser dicho criterio?). El haber se da como lo que, literalmente, no se da en forma alguna. En este sentido, el haber —la extrañeza en sí, lo informal— se revelería como el non plus ultra del conocimiento y, por ende, de nuestra existencia. Hay lo extra-ordinario, pero no es de este mundo… aunque tampoco de ningún otro. Pues no es nada en concreto, sino la nada siendo, por decirlo así. A lo sumo, podemos participar de su carácter excepcional durante aquellos momentos epifánicos que, tarde o temprano, experimentamos.

Sea como sea, la Modernidad solo admite la verdad como adecuación entre las representaciones mentales de los hechos y los hechos, los cuales son, por definición, un mero estado de cosas. Y por eso mismo la Modernidad supone, en cierto modo, un paso atrás, el que tuvo que darse para, precisamente, progresar. ¿El precio? Una seria dificultad para pensar lo humano al margen de su servidumbre al principio de la voluntad de poder, aquel que exige hacer lo que puede hacerse. O por decirlo con otras palabras, una incapacidad cultural para escuchar la voz que se desprende del silencio que abraza la totalidad de cuanto es.

Desde nuestro lado…

noviembre 15, 2021 § Deja un comentario

La muerte, alrededor: somos frágiles, al fin y al cabo, una mota de polvo que no cuenta. Así, fácilmente sentimos —y lo sentimos como evidente— que estamos expuestos a lo superior. Sin embargo, esto es lo que decimos desde nuestro lado. Por tanto, es posible que no haya nadie más ahí —que seamos una pasión inútil—. ¿Hay algún modo de pasar de lo que nos parece que es a lo que es en verdad? En principio, a través de la razón. Pero no de una razón que ascienda hasta el en-sí de lo real —pues una razón ascendente termina reconociendo lo real-absoluto, la alteridad avant la lettre, como un eterno retroceso (y por eso mismo, acaba siendo la razón de una conciencia desdichada)—, sino de una razón que se ejerce a partir del puro haber, esto es, descendiendo hasta lo concreto.

Platón fracasó, como quien dice, cuando quiso derivar lo concreto de la idea de Bien (pues ¿cómo alcanzar la existencia sobre la base de lo que carece de entidad?). Hegel, por su parte, lo consiguió al pensar lo real como sujeto y no como sustancia… aunque al precio de hacer de lo real un poder. Y de ahí a Nietzsche, media un paso (un paso que dio habiendo leído a Schopenhauer, curiosamente uno de los enemigos de Hegel… aun cuando a Hegel le resultara indiferente). No es casual que Hegel fuese el filósofo de la muerte de Dios, creyendo, no obstante, que estaba siendo fiel al cristianismo (al menos, porque esa muerte incluía la reconciliación). Nietzsche se limitó a tomarse al pie de la letra la proclamación cristiana, prescindiendo, como es natural, de la resurrección. El problema del haber llegado hasta aquí es que ya no sabemos qué hacer con nuestro originario estar expuestos a. Y así, acabamos viviendo de espaldas a lo que se desprende —y se desprende imperativamente— de la fuga de la alteridad a un pasado anterior a los tiempos. Como si esta no tuviera nada qué decirnos o pro-vocar.

una de marxismo clásico

noviembre 14, 2021 § Deja un comentario

Ya es sabido que para Marx la religión es, a parte de opio de primera, la expresión de las condiciones materiales de la existencia. Esto significa, grosso modo, que uno no cree en lo que quiere, sino en lo que le dejan. Así, no debería sorprendernos que los antiguos dieran por sentado que se hallaban bajo el amparo o la amenaza de poderes invisibles. En la Antigüedad, la distancia, tanto natural como política, entre lo superior y lo inferior —entre el amo y el esclavo— hacía que fácilmente las mujeres y los hombres se sintieran instalados en un sentimiento de dependencia. La creencia fluía de manera espontánea. Todo cambia donde el mundo deviene homogéneo y, por extensión, dominable. Por su parte, la tolerancia moderna, la cual es, sin duda, bienvenida, coloca cualquier opinión en el mismo plano. El padre ya no tiene la última palabra. Con Descartes, por decirlo así, el argumento de autoridad deviene una falacia. Los hijos —y no el pater familias— ocupan el centro. La ciencia es la única instancia legitimadora, aun cuando los científicos sean los primeros escépticos.

En estas circunstancias, no debería sorprendernos que el cristianismo tenga las de perder. ¿En manos de Dios? Nadie puede ya creerlo sinceramente. En cualquier caso, creerá que lo cree. Pues no le temblarán las piernas, como quien dice, al invocar piedad, al comienzo de la misa dominical. Ya nadie es capaz de tomarse en serio a Dios… salvo los que caen en la cuenta, a causa de un sufrimiento sin nombre, de que no hay otro Dios que el que pende de una cruz. Debido a su carácter inadmisible, y a diferencia de la cristiandad, el cristianismo nunca terminó de hacer buenas migas con el mundo. Su catolicidad —su atemporalidad— reside, de hecho, en su congénita inadaptación. Es lo que tiene un Dios que no se deja homologar a lo que naturalemente experimentamos como divino.

vendrá la muerte y tendrá tus ojos

noviembre 13, 2021 § Deja un comentario

La muerte, ¿es algo? Desde la atalaya de espectador, donde quienes mueren siempre son los demás, la muerte es un hecho, no algo que aparece, sino un encadenamiento de cosas que pasan. No hay más. Se muere como el pc deja de funcionar (y por eso decimos que el pc se nos ha muerto). Para el observador imparcial, morimos al igual que nuestras mascotas. Sin embargo, dentro la escena todo es muy distinto. La muerte irrumpe como parca. La palabra procede, como sabemos, de la mitología romana. Según se decía, había tres parcas, deidades con aspecto de ancianas, Cloto, Láquesis y Átropos. La primera hilaba, la segunda enrollaba el hilo y la tercera se encargaba de cortarlo (y fue esta última la que, culturalmente, quedó fijada como figura de la muerte). ¿Superstición? Esto es lo que diríamos hoy, desde la grada. Es lo que tiene que, actualmente, solo el espectador desinteresado tenga las llaves de la legitimidad discursiva. No obstante, acaso sea inevitable experimentar los instantes finales como quien se encuentra expuesto a. Incluso diría que cuanto más hayamos vivido —y aquí no se trata de un haber acumulado momentos sensacionales—, más sentimos dicha exposición como la raíz de nuestra existencia.

Ahora bien, ¿a qué nos hallamos expuestos? Aun cuando aquí podamos llenarnos la boca de fantasías consoladoras, lo más crudo o cierto es que a un tiempo sin ti —a un tiempo en el que no cuentas—. De hecho, ante la muerte se nos revela que este no contar fue siempre así. Morimos siendo una invocación. Y a partir de aquí todo es un esperar sin expectativa o nada.

En cualquier caso, el espectador no muere. Tan solo los actores. Pero ¿de qué lado está la verdad? Depende de lo que entendamos por verdad. Si la verdad es lo que en verdad tiene lugar, antes que una adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos, entonces el espectador, sencillamente, no ve la extrañeza que abraza el mundo o, mejor dicho, no ve al nadie. Pues lo que en verdad tiene lugar —cuanto acontece y no simplemente pasa— es una alteridad imposible (e imposible porque su imposibilidad, su eterno más allá como aún nadie, es la condición de los mundos, incluyendo el sobrenatural). De ahí que soporte más realidad el símbolo que la descripción. Al menos, porque el símbolo apunta a una falta de presencia —a lo impresentable—. Quizá no sea casual que Sócrates o Jesús de Nazaret se fuesen de vacío, aunque el primero serenamente y el otro, abandonándose al que lo abandonó.

sobre los sencillos

noviembre 12, 2021 § Deja un comentario

En la tradición cristiana —y no solo cristiana—, es habitual elogiar a los sencillos —a los niños—. Y, sin duda, este elogio arrastra mucha verdad: al fin y al cabo, la soberbia es un error. Sin embargo, el riesgo de la sencillez, sobre todo hoy en día, es la prepotencia. O dicho de otro modo, el desprecio de cuanto se ignora. Es lo que tiene una época que malcría a sus hijos. Un limpio de corazón, sin embargo, antes irá con la pregunta que con sus opiniones (que, de hecho, y en tanto que opiniones, nunca son suyas).

ligas

noviembre 12, 2021 § 1 comentario

¿Cómo discutir con un niño sobre asuntos que importan —con aquellos hombres y mujeres que juegan en otra liga—? No es posible. Sobre todo, si falta humildad —si se desprecia cuanto se ignora—. Por eso Pitágoras exigía cinco años de silencio a sus discípulos. Y si no se es discípulo, una sonrisa amable. A los niños siempre hay que sonreírles.

una nota a Platón (una más)

noviembre 11, 2021 § Deja un comentario

¿Qué hay? Cosas, decimos. Obvio. Sin embargo, para esta obviedad no hubiera hecho falta ningún Platón. Es cierto que las cosas están (en el) ahí. Pero no permanecen en el ahí —no tienen (el) lugar: pasan, suceden, aparecen como lo que está destinado a desaparecer (y por eso mismo, decimos espontáneamente que no acaban de ser). Por tanto, ¿qué hay —que permanece— en todo cuanto pasa? La respuesta es inmediata: el puro ahí —la simple exterioridad, el haber—. Ahora bien, conviene tener en cuenta que el haber no es cosa, sino el horizonte de cualquier cosa. El ahí es lo invisible de lo visible —y que hablemos de el ahí no deja de ser una impostación, una hypostasis—. El haber, por eso mismo, solo puede ser pensado como el silencio que abraza el mundo —su ruido y su furia—. En términos de Platón: como lo que trasciende el mundo —como lo que retrocede en su aparecer como algo del mundo. Y decir retrocede significa que no hay experiencia del haber como tal, sino siempre de un algo, esto es, de un modo o forma del haber. Para que la hubiera, el mundo tendría que callar —que guardar (el) silencio: pero el mundo no calla.

En este sentido, el haber es lo siempre presupuesto en nuestro percibir el mundo. El mundo es lo apropiado a —y por— una sensibilidad. Y nada hay que sea esencialmente otro o extraño en lo apropiado, salvo lo que damos por sentado (y por eso mismo obviamos). De ahí que el puro haber sea motivo de nuestro asombro (aunque no podamos mantenersnos en él, ante el absoluto ahí: habitamos un cuerpo, y un cuerpo solo atiende a las apariencias, a lo provisional; en este sentido, nos distrae, y a veces duramente). No conocemos el haber como conocemos algo del mundo. En realidad, el haber carece de entidad y, por consiguiente, anda junto a la nada. Es lo que tiene el retroceder.

Con todo, si las cosas pasan en vez de permanecer, no es porque en ellas haya algo así como un déficit de ser, sino porque el desaparecer va con el haber. O por decirlo de otro modo: si las cosas no terminan de ser lo que parecen —si no acaban de ser lo que se les exige o debieran ser— es porque son plenamente. Nada permanece porque permanece la nada. O mejor, porque la nada se ofrece como aparición. Aquí, sin duda, estamos cerca de caer en el nihilismo. Pero también de percibir la existencia como milagro.

Hijo de Dios

noviembre 10, 2021 § Deja un comentario

El título cristológico Hijo de Dios se presta a una serie de interpretaciones, que no serían, estrictamente, intercambiables, a pesar de su aire de familia. Por un lado, con dicho título podemos referirnos a aquel hombre que está imbuido de la misericordia de Dios —o en clave pagana, de su poder—. Por otro —y aquí el marco sería propiamente ontológico—, a un engendrado de Dios que adopta un aspecto humano. Desde esta óptica, la filiación sería algo así como una emanación: el Hijo es del Padre como la luz solar es del Sol. O si se prefiere, como un desprendimiento de Dios: como si el Padre se despojase de sí mismo en la persona del Hijo. La primera opción da pie al cristianismo progresista, por decirlo así, el cual a veces da la impresión que no sabe qué hacer con el reconocimiento del crucificado como Dios. La segunda es más típica del conservador. Sin embargo, donde nos quedamos con una en detrimento de la otra, fácilmente caemos en las herejías de los primeros tiempos, esos malentendidos razonables. Así, o bien, Jesús de Nazaret fue un hombre de Dios, pero no Dios; o bien, fue un dios paseándose por la tierra, pero en modo alguno un hombre (aunque se hubiera revestido de humanidad).

No obstante, entre ambas alternativas se sitúa la confesión creyente, la que reconoce en el crucificado al quién de Dios, su modo de ser. Pues lo que presupone la dogmática trinitaria es que el Padre no es nadie —y no lo es porque no quiso— sin el Hijo (y viceversa). Ahora bien, esto es lo mismo que decir que el Hijo, mientras cuelga deseperadamente de su cruz, se encuentra expuesto a un Padre que no podrá, en tanto que aún no es nadie sin la fe del Hijo, hacer nada por él. De ahí que, con el abandonarse a Dios del abandonado de Dios, Dios vuelva a tener un cuerpo —un quién en el que reconocerse—. Al fin y al cabo, una de las moralejas de la resurrección, acaso la principal, es que el crucificado regresa a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo (aun cuando aquí podríamos preguntarnos cómo entender este regreso… si es que ya no podemos admitirlo como hecho; pero este es otro asunto).

inmortales

noviembre 9, 2021 § 2 comentarios

Creer que Dios puede garantizar nuestra inmortalidad le hace un flaco favor a Dios. Pues quizá estaban más cerca de saber qué significa estar ante Dios aquellos viejos creyentes de Israel que daban por sentado que la bendición tenía que ver con una vida larga y próspera, y no con alcanzar la vida eterna. Si Dios es el absolutamente extraño u otro, lo extraño del mortal es el inmortal. La muerte es el sello de nuestra impotencia y, consecuentemente, de un hallarse ex-puestos. De hecho, el asunto de la otra vida solo comienza a hacerse un hueco en Israel bajo el horizonte de una justicia imposible, esto es, a partir de la pregunta por la vida que, en nombre de Dios, pueden esperar aquellos que murieron antes de tiempo a causa de nuestro odio o pasotismo. La convicción de fondo es que lo que Dios ha dado no puede quitarlo el hombre. Ahora bien, para Israel se trata de una vida de carne y hueso, no de la que puedan vivir unos cuantos espectros puros. La pregunta no apunta, por tanto, a los cielos, sino a una recreación del mundo, una recreación que, dicho sea de paso, en modo alguno puede concretarse como expectativa razonable —como ideal—. Nada que ver, por tanto, con el anhelo de inmortalidad.

amistades de ultratumba

noviembre 8, 2021 § 1 comentario

El problema del Dios-amigo es que, fácilmente, deja de inquietarnos. Ahora bien, un Dios que no nos saque de quicio no vale como Dios. Aunque, ciertamente, no solo nos desquicie.

herederos

noviembre 7, 2021 § Deja un comentario

¿Qué significa, en lo que respecta a los asuntos de la fe, ser hijos de nuestra época? En general, haber desestimado, por supersticiosas, las viejas devociones. Sin embargo, aquí aún seguimos siendo elementales. Pues fácilmente acabamos sustituyéndolas por su actualización: que si los chancras, la conjunción estelar, una vibración nutricia… Como dijera Nietzsche, el ateísmo es lo más difícil. El peso de la Modernidad lo soporta quienes, ante la aparición de un dios, no pueden evitar decirse a sí mismos que ese dios no es más que un ente sobrecogedor (y aquí hay más herencia cristiana de lo que el ilustrado se imagina; al menos, más que en aquellos que creen actualizar el cristianismo por medio de categorías orientales). En cualquier caso, no somos áun modernos donde seguimos entendiéndonos como seres dependientes.

Sin embargo, la pregunta es si la concepción que el individuo moderno tiene de sí mismo no será, en cierto modo, un error. Ciertamente, hizo bien en liberarse de la opresión eclesial, tan de la mano de la injusticia política. Pero quizá haya tirado al niño con el agua sucia. Pues, al fin y al cabo, estamos más cerca de la verdad una vez entramos en la vejez que mientras seguimos colgados de Instagram creyendo que valemos por los likes que conseguimos amontonar (es un decir). Y no porque haya un dios que nos esté esperando, se supone que para abrazarnos, —de haberlo, no sería aún Dios—, sino porque no hay respuesta a nuestra invocación del Otro que no sea increíble. Pues acaso la fe suponga un permanecer en la invocación sin poder imaginar, salvo con figuras imposibles, una réplica. Y, por supuesto, obrar en consecuencia. Con respecto a la verdad de Dios, seguimos en manos del Dios que no quiso darse como dios.

hogar y verdad

noviembre 5, 2021 § Deja un comentario

La familiaridad anula lo que de otro hay en el otro: su extrañeza deviene invisible. Ninguna aparición en el hogar. La costumbre es enemiga de la verdad (pues la verdad es lo que en verdad tiene lugar y no simplemente sucede). La mejor manera de percibir al otro es en el instante de su aparición: vino y se fue. No hay otro que no sea un ángel. Aunque su cuerpo permanezca junto a nosotros.

y una más, de Pluto

noviembre 4, 2021 § Deja un comentario

Como otro o ab-suelto, lo real es en su des-aparecer —en su retirarse o paso atrás donde se muestra a un punto de vista (y por eso mismo en relación con, es decir, relativamente). Ahora bien, si tenemos en cuenta que lo real es también lo que aparece, esto se halla muy cerca de decir que lo real no es. Al final, pura dialéctica: es absolutamente otro en la medida en que, siendo, no es —no aparece—. Más aún: si las cosas, según Platón, participan de lo real —lo hacen presente—, entonces podríamos decir que no terminan de ser, precisamente, porque son. Y es que lo real va, como decíamos, con su desaparición —con su fuga—. Así, en nombre de lo real —en nombre de lo eterno—, nada hay más allá de lo corpóreo, caduco o histórico. Para la filosofía no cabe, por consiguiente, un final de los tiempos.

una de Pluto

noviembre 3, 2021 § Deja un comentario

El Bien es real (y no solo una idea en nuestra mente). Porque es lo mismo decir lo Real que decir el Bien. O también, porque decir lo Real es lo mismo que decir lo que debe ser. Lo real es, por tanto, exigencia, mandato, Ley… (o en términos de Platón, paradigma). Y es que si todo pasa —si nada termina de ser lo que aparentemente es— será porque se encuentra bajo la exigencia de ser por entero lo que, en un momento dado, muestra ser.

al igual que

noviembre 2, 2021 § Deja un comentario

Del mismo modo que a los antiguos les pareció obvio que había dioses, hoy en día nos parece obvio que no los hay (ni siquiera uno). De ahí que un dios necesite ser supuesto. Sin duda, lo consideramos un progreso: ya dejamos atrás la infancia. Pero la base sigue siendo la misma: lo que nos parece. Con todo, lo cierto es que, de haber un dios, difícilmente sería para nosotros algo más que un ente superior con el que lidiar. Ahora bien, este descrédito del ente superior ya lo encontramos en la Biblia. No en vano, venimos de ahí.

de profundis

noviembre 1, 2021 § Deja un comentario

El cristianismo no apunta a lo oculto —a un tesoro que haya que desenterrar—. Dios no está por descubrir. Cuanto tenía que decirnos ya lo dijo en el Gólgota: Yo no soy sin tu cuerpo. De ahí que, de mirar a los cielos, perderíamos el tiempo. En los cielos no hay nadie —y menos alguien dispuesto a sacarnos del pozo—. Pero solo porque la víctima se quedó sin Dios pudo ver a su verdugo como criatura y perdonarlo. Como si hubiera ocupado el lugar de Dios, siendo apenas un resto o, si se prefire, un espíritu. Pues solo podemos perdonar lo imperdonable desde las alturas de una cruz (aunque ahí lo que queda del hombre ya no sea del hombre). Incluso la vida de quien cayó en manos de Satán es sagrada para el inocente que cuelga de un madero. Todo comienza de nuevo donde acaba el mundo (está es, de hecho, la dura lección del Apocalípsis). Y el mundo, sin duda, acaba para quienes ya no tienen vida por delante a causa de nuestra impiedad. Al fin y al cabo, la única pregunta que importa es aquella que tan solo los muertos pueden responder.

Halloween

octubre 31, 2021 § Deja un comentario

¿Cómo pudimos creer que un Dios llegara a interesarse por nosotros? ¿Porque adoptó un aspecto humano? Eso no basta. También nos disfrazamos en Halloween. ¿Porque hubo hombres buenos que tuvieron de su lado el poder de un Dios? De hecho, esta fue la vía cristiana. En cualquier caso, creer que Dios es bueno porque así lo siento tiene más que ver con nosotros que con Dios… y, por tanto, con un haber olvidado qué significa ser un Dios. Y es que un Dios es, por defecto, un monstruo —un inconmensurable: como el hombre con respecto a las pulgas—.