el decir y el texto

julio 16, 2019 Comentarios desactivados en el decir y el texto

Media un hiato entre el habla y la escritura. El habla no puede prescindir de aquel al que se dirige. El texto, sí. Un texto es la botella que el náufrago lanza al mar. Quizá la excepción sea el género epistolar. Pero no hay que descartar que aquí el otro sea la excusa. La escritura tiende a ser autorreferencial. Como si las palabras solo alcanzaran un significado en relación con otras palabras. No es casual que la palabra texto remita a textura —al trenzar que arma un tejido—. El texto tarde o temprano deviene autónomo, o por decirlo a la manera de los hermeneutas, se abre a sentidos no previstos inicialmente. La temporalidad del habla es también otra. El texto puede demorarse. Mejor dicho, debe hacerlo. En modo alguno el habla, sin que se interrumpa la comunicación. Más aún, el tipo de sujeto que genera la escritura es muy distinto del propio de las culturas que pivotan alrededor de las tradiciones orales. Ni el Dios que se encarna en unas escrituras puede ser el mismo que el que se expresa a través del rapsoda. Y no porque escribir sea fijar, pues la escritura no fija. Un papel en blanco, aunque lo parezca, no es el corcho sobre el que clavamos una mariposa. Entre otra razones, porque un texto exige una interpretación. Aunque el interprete, a diferencia de aquel al que se le pide una respuesta, permanezca a una cierta distancia del texto. Difícilmente un texto llega a invocarnos. Acaso la escritura sea la técnica de aquellos pueblos que, al asentarse, fueron perdiendo la alteridad de vista.

Tuol Sleng

julio 15, 2019 Comentarios desactivados en Tuol Sleng

En el magazine de ayer de LV se nos cuenta, brevemente, la historia de Chum Mey, en un apartado titulado la buena vida (en donde caben artículos sobre muebles, los nuevos cócteles y el ritmo de la noche). Chum Mey vio morir a su mujer y a su hijo a manos de los jemeres rojos, antes de ser torturado. Su mirada, actualmente, desprende humanidad. Chum Mey llegó a perdonar lo imperdonable. La conclusión no se hace esperar. Cito al autor del artículo: hemos de saber perdonar por muy grave que sea el mal infligido. Sin duda, esta es una de las mayores pruebas para poder demostrar nuestra nobleza, madurez y más sabia humanidad. Visitar Tuol Sleng [la antigua escuela que sirvió como centro de tortura y donde murieron cerca de doce mil personas durante el régimen de Pol Pot] es una invitación a conectar con el amor y valentía de quienes murieron allí y un acto de admiración hacia los que viven sabiendo perdonar para que este mundo pueda vivir en paz. Y en un cuadro aparte, leemos lo siguiente: cierre los ojos y visualice a un enemigo o situación que le confronte [sic]. Observe bien sus características y aquello que odie de él. Déjelo sentir, somatícelo en su cuerpo [sic] y respire profundo. Repita mentalmente el mantra “mi enemigo está aquí para ayudarme a crecer, mostrándome partes de mí que no quiero ver”. Abra los ojos y verbalmente perdone a su enemigo. ¿Es esta la moraleja de la historia de Chum Mey? ¿Se trata de elevarse por encima del odio o el deseo de venganza? Eso parece. Y es que ¿acaso no es preferible que nada te turbe ni espante que andar con el revólver encima? La libertad de espíritu ¿no consiste en un estar por encima de cuanto pueda sucedernos? El perdón ¿no sana tanto al que perdona como al perdonado? ¿Qué más nos hace falta? No es casual que Séneca, en su tratado De Beneficiis (IV, 26, 1), también recomendara perdonar al enemigo a través de unas palabras que inevitablemente nos recuerdan a las del sermón de la montaña: si quieres imitar a los dioses, entonces tienes que hacer el bien tanto a los ingratos como a los agradecidos, porque el sol brilla tanto sobre el malvado como sobre el bueno, y el mar está abierto también para los piratas. Y, probablemente, podríamos decir lo mismo etsi deus non daretur. El perdón, según lo anterior, se sostiene por sí mismo, aunque, sin duda, exija una mirada que vaya más allá de aquella que nos mantiene ligados al rencor. ¿Podemos olvidarnos, por tanto, de Dios? ¿Puede uno llegar a perdonar lo imperdonable sabiendo que tan solo el perdón sana? ¿Basta con una nueva ley?

No suelo fiarme de cuanto podamos decir desde nuestro lado —y menos si hablamos de nosotros mismos—. Y porque no hay sentimiento puro, no hay perdón que nazca de lo más recóndito del alma que no sea ambivalente (y menos, si está al servicio de una transformación de sí). De hecho, ante este clase de perdón quizá la primera pregunta sería de qué estamos hablando —qué es lo que ha tenido lugar más allá de lo psicológico, si es que algo ha tenido lugar—. En cualquier caso, que el perdón sane el alma enferma de odio no implica que podamos interiorizar la sanación como motivo. La sanación tan solo puede darse, si se diese, como un efecto lateral. Basta con que creamos que debemos perdonar a nuestro enemigo —al que quiso nuestra muerte y la de nuestros hijos— para vivir en paz con uno mismo y los demás, para poner entre paréntesis, cuando menos, el alcance de ese perdón. Por qué me perdonas, podría preguntarnos el verdugo. Si le respondiéramos para poder sobrevivir a mi ruina estaríamos hablando aún de nosotros mismos, de nuestra necesidad de terapia. Si el perdón de Chum Mey posee dimensiones cósmicas es porque se ofrece desde una incapacidad absoluta, desde aquellos lugares o momentos en los que ya no tenemos vida por delante, aun cuando biológicamente nos queden muchos años por vivir. De ahí que, ante un perdón presentado como saludable, me resulte más humanamente significativo el silencio de Abraham Bomba, uno de los que sobrevivieron a los campos de la muerte. En una escena de Shoa, Claude Lanzmann le pregunta por lo que ocurrió en Auschwitz. Abraham Bomba se queda mudo (y por eso mismo su silencio fue elocuente). No es para menos. Él rasuró a su mujer y a sus hijos —Abraham Bomba ejerció como barbero— antes de que entraran en la cámara de gas. No les dijo nada, aunque sabía adonde iban. Difícilmente uno sobrevive al infierno si no es como culpable (aun cuando no tenga propaimente culpa alguna ). ¿Acaso el perdón de Abraham Bomba, de haberse dado, lo justificaría ante su mujer e hijos? Su perdón ¿no estaría aún pendiente de aquella palabra que solo los muertos pueden pronunciar? O por decirlo en clave cristiana, si el crucificado llegó a perdonar a quienes le clavaron en un madero ¿fue porque supo hacerlo? ¿Hablaríamos de redención si llegaramos a descubrir que lo hizo para morir sintiéndose bien consigo mismo? ¿O si ese perdón solo tuviera que ver con su aptitud para la resiliencia? En ese caso, el perdón ¿representaría algo más que un rasgo del carácter? ¿Puede perdonar un hombre lo imperdonable… en nombre de sí mismo? ¿Acaso el verdugo no tiene que cargar con su culpa para que pueda recuperar la humanidad que dejó atrás? El perdón de nuestras víctimas, de algún modo ¿no nos plantea una demanda (y por eso mismo nos obliga a responder, o bien poniéndonos en sus manos, o bien rechazándolo)? El periodista que narra la historia de Chum Mey se deja en el tintero algo fundamental: qué hicieron aquellos que fueron perdonados por él (pues se supone que el perdón no se dio in abstracto). Pues el perdón no deja de ser un asunto interno donde no tenemos en cuenta la respuesta de quienes lo recibieron.

Evidentemente, cuanto acabamos de apuntar no cuestiona el perdón de Chum Mey, sino en cualquier caso la lección que extrae el periodista. Tendríamos que leer sus memorias (las de Chum Mey) o, aún mejor, escucharlo para poder decir algo con sentido al respecto —que no juzgar, pues ¿quién se encuentra en la situación de hacerlo?—. Y probablemente lo que podría decirnos Chum Mey no terminaría de casar con lo que se afirma en el artículo como quien no quiere la cosa. Hay en este tipo de perdón una densidad que no puede resolverse diciendo simplemente que, al fin y al cabo, se trata de saber qué hacer para seguir con vida.

el samaritano y el mena

julio 14, 2019 Comentarios desactivados en el samaritano y el mena

Difícilmente entenderemos la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37) si no tenemos en cuenta que un samaritano, para un judío de la época, era el equivalente a un colaboracionista de las SS para los que vivieron la Shoa. Un samaritano, ciertamente, no era alguien de fiar. Mala gente. Al contarla, Jesús estuvo, por tanto, muy lejos del buen rollismo que tanto se lleva pastoralmente hoy en día, y cuyo primer efecto es el de alimentar la autosatisfacción de la parroquia. La parábola constituye una provocación para quienes creemos ingenuamente que estamos del lado de los buenos (o cuando menos, no del de los malos). Es como si hoy en día alguien nos la volviera a contar poniendo en lugar del samaritano a los menas que violaron a nuestra hija durante el último fin de semana. No nos resultaría creíble, por no decir que nos parecería religiosamente inaceptable. Los menas no son uns pobrets. Más bien tienden a ser unos hijosdeputa. No entendemos nada de las parábolas si no percibimos su carácter disruptivo o contranatura. Desde nuestro lado, no es cierto que seamos iguales. Y no solo porque la ley no siempre trate por igual al rico que al pobre, sino porque, en lo que respecta al carácter o modo de ser, hay vidas más elevadas —menos primarias— que otras. Y una vida elevada posee, sin duda, más valor. De ahí que esto de la igualdad se decida únicamente desde el lado de Dios. Ahora bien, lo que esto significa es que en el momento de responder a la demanda que nace del sufrimiento del otro, nadie puede asegurar quien dará el primer paso. Nadie puede decir de sí mismo de qué será capaz frente al Dios que se identifica con el que padece nuestra impiedad o indiferencia. Ante Dios, todos —buena gente y menas, escribas y samaritanos— nos encontramos en la misma línea de salida. Aunque preferiríamos que no fuera así.

futuro imperfecto

julio 13, 2019 Comentarios desactivados en futuro imperfecto

Los androides —esos hijos bastardos— nos sobrevivirán. Y entonces vuelta a empezar: idénticos interrogantes, idénticas esperanzas. Incluso es posible que el hombre pase a ser el Padre que tuvo que retroceder a un mundo invisible para que el androide pudiera habitar la tierra. Hasta que llegue el momento en que, seguro de sí mismo, pueda proclamar que ese Padre nunca existió.

horticultura práctica

julio 12, 2019 Comentarios desactivados en horticultura práctica

Durante miles de años, fue obvio que el cosmos obedecía a un plan. Tanto orden —tanto encaje— no puede ser casual. Hoy, en cambio, no nos atreveríamos a decirlo. Galileo y Darwin hicieron hecho mucho daño a la astrología. Sin embargo, lo más natural es creer en lo primero, del mismo modo que seguimos viendo que el sol se mueve, a pesar de que sepamos que no es así. Por eso, el creyente de hoy en día tiene serías dificultades para integrar las fórmulas de su fe con lo que se da por descontado en el ámbito del saber. Es cierto que, espontáneamente, aún puede dirigirse a Dios. Pero, por poco que se distancie de sí mismo, no podrá evitar preguntarse por el sentido de su invocación. De hecho, esta esquizofrenia constituye, según Buber, la enfermedad espiritual de nuestro tiempo. Aunque si lo pensamos bien, el cristianismo parte de una situación semejante. Pues quizá todo se decida entre dos jardines. O mejor dicho, entre un jardín y un huerto. O se trata de habitar el jardín de Epicuro —y aquí el carpe diem sería la única opción—, o se trata de pisar Getsemaní —y aquí la pregunta sería qué cabe esperar después de sudar sangre—.

piedad cristiana y cosmovisión

julio 11, 2019 Comentarios desactivados en piedad cristiana y cosmovisión

Voy a decir algo elemental: la cosmovisión original del cristianismo hace tiempo que dejó de ser válida (lo cual no significa necesariamente que haya dejado de ser verdadera, aunque este sin duda es otro asunto). Nuestro mundo no es un mundo divido en tres planos cualitivamente diferenciados, aun cuando comunicados entre sí —cielo, tierra y sheol—. Para nosotros el cosmos es homogéneo. Como es sabido, Giordano Bruno fue el primero en defender un universo infinito y uniforme. La Iglesia fue muy consciente de lo que estaba en juego —a pesar de que Bruno se cuidara de preservar la existencia de Dios, aunque al precio de identificarlo con el todo— y por eso fue condenado a morir en la hoguera. Pero la deriva hacia la disolución de los cielos fue imparable. Es verdad que el devoto actualmente da por sentada la realidad de una dimensión espiritual, la cual sigue concibiendo como el horizonte paradigmático de su existencia. En este sentido, podríamos decir que el cielo se ha interiorizado —que no espiritualizado, pues en la Antigüedad, el cielo ya se hallaba lleno de espíritus—. Pero esto es lo mismo que decir que uno sigue creyendo en el cielo por su cuenta y riesgo. Pues la idea de una dimensión normativamente superior no casa con los presupuestos de la verdad científica, la única que podemos admitir como tal hoy en día. Y es que incluso si científicamente llegara a probarse la realidad de esa otra dimensión, estaría por ver si el dios que pudiera habitarla —al fin y al cabo, el dios del deísmo— podría aún entenderse como el Dios de la tradición cristiana. Al menos porque, como dijera Bonhoeffer, un Dios que existe, no existe. Hasta aquí nada que pueda soprendernos.

Ahora bien, lo que quizá no sea tan obvio es que la devoción cristiana, una vez dejamos atrás la cosmovisión que la hizo inteligible en su momento, pierde su anclaje ontológico, por decirlo así. De otro modo, la devoción —el dirigirse a Dios desde lo más íntimo— no encuentra su razón de ser en una teodramática de dimensiones cósmicas. La devoción queda desligada de la Historia de la salvación. Ciertamente, el devoto puede decirse a sí mismo que sigue creyendo en el relato fundamental. Pero podría preguntarse si no será a cuenta de caer en una especie de esquizofrenia epistemológica. Quien cree en vampiros —y no simplemente cree que cree— lleva consigo una estaca. Y no parece que a quienes proclamamos el credo hoy en día nos tiemblen las piernas cuando decimos aquello de que volverá con gloria para juzgar a vivos y a muertos. Donde perdimos de vista la teodramática que hay detrás de la fe cristiana, difícilmente podremos seguir creyendo en la iniciativa de Dios. A menos que la entedamos en un sentido muy general, como si Dios no fuera mucho más que una variante del amigo invisible de la infancia o del deus ex machina de las tragedias de Empédocles. Sin embargo, es innegable que el cristianismo pierde su antigua legitimidad donde damos por descontado que no cabe hablar de la iniciativa de Dios sin caer en la superstición. No es casual que Rudolf Bultmann defendiera la necesidad de un nuevo lenguaje para el mito cristiano. De ahí que se tomara tan en serio la tarea de una desinfección del kerigma (como el minero que tiene que separar la plata de la ganga para poder venderla). Según Bultmann, la fe hoy en día depende de que sea posible separar el significado del mensaje original de su primera expresión, culturalmente determinada. Como el mismo dijera, en la era de la energía atómica —la era del dominio técnico del mundo— no cabe seguir creyendo en un mundo poblado de ángeles y demonios. Así, en modo alguno es casual que, entre los teólogos contemporáneos, sean habituales afirmaciones del tipo lo que en verdad significa la resurrección es que la causa de Jesús continúa o que sigue vivo en nuestros corazones. No obstante, podríamos preguntarnos si la desmitificación no acabó tirando al niño con el agua sucia. Pues, tal y como vemos hoy en día, una devoción sin teodramática fácilmente termina apuntado a una divinidad que puede ser asumida por cualquier religión o espiritualidad. Como si Jesús fuera un símbolo de Dios entre otros y no el quién de Dios. Ahora bien, el cristianismo no dice que Jesús fuera un representante de la esencia de Dios, sino el modo de ser de Dios. Y decir que Dios solo llega a ser el que es en aquel que fue colgado de un madero —y no solo adoptando el aspecto de un crucificado— no es lo mismo que decir que la esencia de Dios se hace presente en cualquiera que llegue a ejemplificarla. La palabra Dios no significa lo mismo en ambos casos. Si no hay otro Dios que el encarnado, entonces no es cierto que Dios permanezca en las alturas a la espera del ascenso espiritual del hombre. Cristianamente, no hay Dios al margen de su identificación con el que murió como un apestado de Dios. Otro tema es si aún podemos confesarlo y a qué precio. Aunque, si lo pensamos bien, el cristianismo nunca fue una fe que pudiera ser asumida por el homo religiosus como quien no quiere la cosa.

la nada y el orgullo

julio 10, 2019 Comentarios desactivados en la nada y el orgullo

Nihilismo significa no hay valor, sino en cualquier caso creencia en el valor. Nada que sostenga nuestra creencia en la verdad, la justicia, la bondad. Sin embargo, el nihilismo originariamente quizá tenga que ver antes con el nadie que con la nada. El hombre que niega a Dios, niega su dependencia de Dios, la cual es moral antes que física. Y es que la alteridad de Dios se nos revela como la de aquella voz que nos interpela desde el más allá de la presencia. Al fin y al cabo, existimos como los que fuimos arrancados del otro —como los que reducimos su alteridad a imagen—. Por eso mismo, no podemos evitar escuchar en lo más íntimo el clamor que nos acusa: ¿Caín, Caín dónde está tu hermano Abel? Cristianamente, el espíritu de Dios es el de la sangre inocente que fue derramada a causa de nuestra indiferencia. Así, el poder del espíritu no es tanto el de la energía que conecta cuanto es, sino el del fantasma que nos obliga a salir del quicio del hogar. En cualquier caso, la conexión, de darse, será el fruto de la respuesta del hombre al clamor de Dios. Nadie más real —más otro— que quien murió antes de tiempo. De ahí que la figura nietzscheana del superhombre pueda entenderse como la expresión del rechazo a la demanda, en el doble sentido de la palabra, que nace del fantasma. Estaríamos, al fin y al cabo, ante una reacción. Como la de ese niño que decide ser malo al creer que su padre no le quiere porque le inquiere.