de los espíritus y el espíritu

agosto 15, 2020 § Deja un comentario

A pesar del aire de familia, una cosa es dar por sentado que todo se encuentra lleno de espíritus y otra, muy distinta, es creer que todo está atravesado por el espíritu de Dios. En el primer caso, seguimos dentro del orden del saber (y aquí la religión sería la antesala de la ciencia: un dios, al fin y al cabo, no deja de ser una fuerza). En el segundo, el horizonte es el de una ignorancia sin remedio, pues apunta a un Dios ausente o por venir. En el primero, el espíritu está presente como poder. En el segundo, se revela como el resto de una genuina alteridad. Dios en verdad no es tanto un dios oculto como un Dios sepultado en un pasado anterior a los tiempos. Pues hay mundo por el retroceso de Dios. Sencillamente, el haber del absolutamente Otro es el de un fue —el de un no-haber. El misterio del dios oculto es circunstancial. Como el de una habitación en la que se nos prohíbe entrar. No así el de un Dios que siempre se encuentra en falta como la eterna promesa de sí mismo.

religio

agosto 14, 2020 § 1 comentario

La religión es un invento monoteísta. Antes de Yavhé, no hubo religión, sino en cualquier caso culto. El presupuesto de la religión es la separación. Por eso mismo su horizonte, tal y como sugiere la palabra religare, no puede ser otro que el de la reunión, el de restablecer el vínculo perdido con la divinidad. El paganismo, sin embargo, nunca pretendió ninguna reconciliación con lo divino, sino en cualquier caso, un trato de favor o, en su defecto, un reset que restaurase la pureza de los orígenes frente a la degeneración del tiempo. Los dioses paganos estaban demasiado cerca —demasiado presentes— como para que se buscará un reencuentro, una religación. En cambio, con Yavhé la cosa cambia. Aquí su presencia es, de hecho, la de su ausencia. Desde la óptica del monoteísmo, Yavhé se revela como un Dios que está por ver, mejor dicho, por regresar. Únicamente un Dios que se ofrece como promesa de sí puede reclamar la fe —la confianza, la esperanza— del hombre. Ahora bien, solo hace falta que nos hayamos cansado de esperar el regreso de papá como para que nos digamos a nosotros mismos que papá ha muerto. No es casual que el desencantamiento del mundo tenga una raíz profética.

Franz: una coda

agosto 13, 2020 § Deja un comentario

En una entrada anterior, nos preguntábamos si el compromiso de Franz —su negativa a jurar fidelidad al Führer— fue ejemplar. Allí hablábamos del carácter superogatorio del mismo: admirable, pero quizá no ejemplar, al menos en el sentido moral de la expresión. No nos atreveríamos a acusar moralmente a quienes, por miedo, hicieron lo contrario. Y, sin embargo, también es cierto que, porque Franz se mantuvo fiel a Dios frente al horror, otros podrán seguir su ejemplo. Es como si la terquedad de Franz les diera las fuerzas de las que espontáneamente carecen. No es casual que niguna tiranía quiera producir mártires. Como dijera Tertuliano, su sangre es la semilla de la fe. Es por el espíritu de Franz —ese resto— que los hombres y mujeres se vuelven capaces de obedecer a la voluntad de Dios. Y en lugar de Franz, podríamos colocar al crucificado. El fue el primero. La fe, de tenerla, se la debemos a quien creyó antes por nosotros. Esto es lo que hay detrás de la fórmula paulina de la sola fide. Pues la fe que nos salva —y quien dice fe, dice esperanza— fue la del Hijo. Porque él tuvo fe donde ya no era posible seguir teniendo fe, podemos creer en su nombre. De ahí que el espíritu, cristianamente, no vaya por libre. O dicho de otro modo, incluso el espíritu tuvo necesidad de un cuerpo. Nada de Dios se nos da sin la mediación de la carne.

kénosis

agosto 12, 2020 § 2 comentarios

La fe cristiana —hay que admitirlo— apunta a un Dios bastante extraño. Pues un Dios que decidió hacerse siervo de Dios —un Dios que se puso en manos de los hombres para llegar a ser el que es— ¿hasta qué punto cuenta como Dios? La Encarnación implica un vaciamiento de la condición divina, una humillación, una renuncia. Dios, al encarnarse, desciende (y aquí el descenso no es geográfico). Podríamos decir que, al hacerse cuerpo, Dios se degrada como Dios. Cuando menos, porque la corporalidad de Dios va con la muerte de Dios —y una muerte abyecta. Ahora bien, un Dios mortal ¿no es acaso un oxímoron? La declaración de Nietzsche —Dios ha muerto— fue antes cristiana que nietzscheana. De hecho, el primero en proclamar que Dios había muerto en una cruz de hecho no fue Nietzsche, sino Tertuliano. Ciertamente, el cristianismo no se detiene en la cruz. De no haber habido resurrección, los discípulos de Jesús se hubieran quedado con el rabo entre las piernas. Es por la resurrección —y aquí dejamos a un lado de qué estamos hablando— que el que murió como un apestado de Dios pudo ser reconocido como Dios en persona. Como dijera Pablo, si Cristo no resucitó, la fe es una estupidez. Al fin y al cabo, Jesús murió como un fracasado —como un maldito de Dios. Tan solo con la resurrección, la cruz del Hijo se revela como una victoria sobre la muerte.

Sin embargo, ¿por qué Dios tuvo que abrazar la muerte para vencerla? ¿Es que no era suficiente un paraíso post mortem? ¿Acaso no basta con estar convencidos de la inmortalidad del alma para que la muerte no nos pueda? Quizá desde el prejuicio religioso, según el cual la esencia paradigmática de Dios ya se encuentra determinada de antemano, pero no desde la óptica del monoteísmo bíblico. La redención a la que aspira Israel no es la de las almas puras. Sencillamente, el hombre pierde su humanidad donde abandona la carne. Para Israel, el hombre no es un alma encerrada en un cuerpo, sino un cuerpo animado por el aliento de Dios. De ahí que, en las apariciones que narran los evangelios, se destaque la corporalidad, aunque transfigurada, del resucitado. El Jesús que regresa con la vida de Dios conserva las marcas de la cruz. En modo alguno, estamos hablando de un espectro dichoso. No es causal que la resurrección sea para Pablo el indicio de una nueva creación, algo así como un reset cósmico, un nuevo comienzo. O la redención tiene que ver con el hombre, o no hay redención. Es posible que ya no podamos creer en ello como quien no quiere la cosa. Pero este es otro asunto.

En cualquier caso, lo que resulta cristianamente decisivo es la identificación entre Dios-Padre y un crucificado en su nombre, identificación que el cristiano atestigua tras el tercer día. La revelación no dice tanto que Jesús es el Hijo de Dios —que también— como que Dios es Jesús. Ya no más Yo soy el que soy, sino Yo soy ese hombre que cuelga de un madero como un desarraigado de Dios. Y esto no deja las cosas de Dios como estaban. Pues lo que se nos está diciendo es que el Padre no es nadie sin el Hijo (y viceversa). O mejor, es un nadie que clama por ser alguien. Y esto equivale a decir que el Padre es impotente sin el Hijo (y vivercersa). En Getsemaní, el Padre no pudo hacer más que guardar silencio. De hecho, su palabra —su respuesta— fue un crucificado que muere —y muere sin Dios mediante— perdonando a sus verdugos. Cristianamente, Dios es el Dios que acontece entre el Padre y el Hijo. Al margen del crucificado, el Padre no es más —aunque tampoco menos— que la voz que clama por el hombre. Sin duda, estamos en las antípodas del presupuesto de la religión, el cual da por sentado, precisamente, que el modo de ser Dios se encuentra determinado de antemano. Pero si el cristianismo está en lo cierto, el modo de ser de Dios estuvo pendiente de un hilo hasta el Gólgota. Y esto resulta tan desconcertante, si lo pensamos bien, que todavía estamos lejos de aceptarlo. Que Dios se hizo hombre para la redención de la humanidad es algo que no podría confesarse de no haber habido resurrección. Pues el resucitado vuelve a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo. Quien sabe qué significa la palabra Dios, sabe que un dios no puede hacerse hombre sin dejar de ser divino.

Por tanto, no es casual que la dogmática proclame que Dios se hizo hombre —y no solo adoptó su aspecto—… sin dejar de ser Dios. Desde una óptica religiosa, no hay manera de entenderlo. Solo desde la realidad de un Dios que no quiso ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Desde esta óptica, Jesús no es un hombre de Dios, entre otros, sino el modo de ser de Dios. Y esto tiene que ver antes con Dios que con el hombre. Evidentemente, donde el cristianismo pacta con las espiritualidades difusas del océano con el propósito de hacerse más digerible para las entendederas modernas, pierde de vista su hallazgo más fundamental —lo que es lo mismo que decir que deja de ser cristianismo. Esto debería ser obvio. Pero no lo parece si tenemos presente cuántos hoy en día, incluso sacerdotes, se apuntan a este carro. Y aquí, más que de una actualización del cristianismo, deberíamos hablar de su desintegración. Con todo, no sería la primera vez.

el diálogo entre el creyente y la Modernidad

agosto 11, 2020 § Deja un comentario

Cuando leo a los teólogos progres, a menudo tengo la impresión de que, en su diálogo con la Modernidad, hay más de disculpa que de argumentación. Como si la música de fondo fuese en realidad no somos tan supesticiosos —y esto se halla muy cerca de sostener que en realidad no decimos lo que parece. Aquí hay algo de legítimo, cuando menos porque para comprender el cristianismo antes hay que aprender a leer. La cosa cambia cuando, en su intento de hacer las paces, sostienen, pongamos por caso, que proclamar la resurrección es lo mismo que decir que Jesús sigue vivo en nuestros corazones. O que cuando nos dirigimos a Dios en último término no hacemos más que sintonizar con el espíritu del amor. El resultado es, ciertamente, un cristianismo aceptable para el prejuicio moderno. Esto es, un cristianismo que se presenta como una opción entre otras dentro del mercado de las espiritualidades. Pero donde aceptamos al Dios que se reveló en la cruz como quien no quiere la cosa, lo más probable es que no hayamos hecho mucho más que sustituir un ídolo por otro. El kerigma cristiano no termina de cuadrar con la Modernidad. Entre otras razones porque el presupuesto de los tiempos modernos es que no cabe otra trascendencia que la de un mundo aún por explorar. Pero como tampoco cuadró con los de la Antigüedad. En realidad, no cuadra con ningún mundo. Ni siquiera con el que imaginamos como sobrenatural.

las gritonas

agosto 10, 2020 § 1 comentario

Cito a Javier Melloni (de su El Cristo interior): orar es ver a las personas desde la profundidad de la que emanan; es también percibirlas desde el final, desde la plenitud a la que todo está llamado […]. Orar supone ese lento girar de la mirada, de la escucha, de la sensibilidad, de la mente y el corazón traspuestos, para vivir las diversas situaciones desde el origen que las posibilita e impulsa. Está muy bien lo que dice Javier, dejando a un lado que esto del orar admite unas cuantas variantes. Junto al apartamento que ahora ocupamos han llegado unas vecinas de una cierta edad. No es que hablen alto: hablan gritando. Y hablan mucho. Lo que gritan es, habitualmente, desagradable, soez. Es inevitable sentir un cierto desprecio. Molestan como pueden molestar las chinches. Javier, en continuidad con la mejor tradición espiritual, propone verlo con otros ojos. Al fin y al cabo, unos y otros, no dejamos de ser unos indigentes. Aun cuando, una vida examinada, como decía Platón, posea más valor desde la óptica del mundo, una óptica, en definitiva, natural. El mundo pone a cada uno en su lugar. A unos arriba, a otros en medio. Y a una buena parte, afuera. Sin embargo, este es el problema. Que el lugar en el que nos pone el mundo no es el lugar que nos corresponde como hijos de un mismo padre, por decirlo así. Ver lo que nos rodea con los ojos de la bondad —más allá de las vísceras— nos libera de las tenazas de una jerarquía superficial. Sin duda, es mejor verlo así. Pero no nos sitúa por encima. En realidad, nadie puede asegurar quién dará el primer paso en el momento de la verdad, aquel en el que se nos exige una respuesta (y no tan solo una reacción). De hecho, según los evangelios, serán las gritonas, y no los escribas, quienes te ofrecerán el pan de cada día cuando te falte.

Ahora bien, y dicho sea de paso, donde permanecemos sepultados por el horror, la oración difícilmente puede concretarse como un ver a las personas desde la profundidad de la que emanan. Al menos, porque en los Gulag de la historia, esa profundidad es también la del abismo. Y en el abismo, lo que nos conmociona espiritualmente no es tanto nuestro sufrimiento como el de los demás. Ahí probablemente las gritonas lleven la iniciativa espiritual. Pues, como decía Metz, al fin y al cabo, rezar no es mucho más que pedirle a Dios por Dios. Una profundidad que no termine en un clamar por Dios corre el riesgo de caer en la autosuficiencia del estoico, por no hablar de creer que podemos alcanzar la transfiguración por nuestra cuenta. En Getsemaní, de hecho, hubo más grito que contemplación. Y porque ese grito fue la última expresión de una fidelidad incondicional, el crucificado se reveló como la respuesta de Dios a ese clamor —en definitiva, como su cuerpo— y no simplemente como un maestro espiritual.

de la izquierda y el poder (2)

agosto 10, 2020 § Deja un comentario

De momento, las izquierdas andan demasiado obsesionadas con las luchas culturales como para caer en la cuenta de cuál es el verdadero tema. La libertad política no pasa por poder elegir, pongamos por caso, el sexo como quien elige una marca de refrescos, sino por liberarse de cuanto nos somete con naturalidad. Ahora bien, esta naturalidad no es la de la naturaleza —nadie es menos libre porque no pueda elegir su sexo—, sino la del artificio que pasa por natural o inalterable. En realidad, donde la izquierda se centra en una libertad entendida a la manera del consumidor termina por bailarle el agua al sistema. Las luchas culturales, dejando a un lado su relativa legitimidad, no dejan de ser una maniobra de distracción. De ahí que, para una izquierda responsable, lo primero sea revelar el carácter invisible del poder al que estamos sometidos. Y este carácter tiene que ver actualmente con la transformación del dinero en deuda. Mientras el dinero siga siendo lo que ahora es no hay programa emancipador que valga. Pues, contra lo que aún ingenuamente suponen las izquierdas, la desigualdad no disminuirá porque distribuyamos mejor, aun cuando los parches de la distribución contribuyan, sin duda, a mejorar el nivel de vida de unos cuantos. Precisamente, porque el dinero es lo que es, las políticas del reparto están abocadas a alimentar la bestia (y de esto fue más consciente Keynes que los keynesianos). O mejor dicho, dichas políticas dependen de que la bestia siga siendo la que es. Algo no termina de funcionar donde un trabajador apenas puede pagarse una vivienda digna o ahorrar para su vejez, donde el desempleo termina viéndose como la constante gravitatoria del sistema. Por no hablar del desastre ecológico que nos viene encima. Y aquí no hay parches —o compensaciones— que valgan. Ciertamente, la modificación del dinero-mercancia en dinero-deuda hizo posible el desarrollo moderno de Occidente. Pero las condiciones de posibilidad de dicho desarrollo constituyen al mismo tiempo su non plus ultra —o por decirlo a la marxista, las condiciones de su implosión. Al personal se le pondrían los pelos de punta, por ejemplo, si supiera que el dinero que cree tener en el banco en realidad no lo tiene… a pesar de que los mecanismos del sistema le permitan creer que lo tiene. Las crisis económicas que nos azotan últimamente tienen que ver, no tanto con una distribución desigual, sino con el hecho de que el dinero que corre por ahí hace tiempo que dejó de ser contante y sonante. O mejor dicho, la desigualdad hoy en día no encuentra su origen en la acumulación de capital —en la apropiación indebida de la pluvalía—, sino en el hecho de que los medios de cambio circulantes —el dinero— es creado de la nada a través, en última instancia, de la intervención de los bancos centrales. La paradoja de las políticas expansivas —aquellas que intentan salir de la crisis con un aumento significativo del gasto público y, por extensión, de la deuda pública— es que constribuyen a aumentar la desigualdad donde pretenden reducirla. Pues el aumento del gasto público solo será posible trayendo al presente, por decirlo así, dinero del futuro —dinero que aún no es tal… porque aún está pendiente de que lo sea. Y que lo termine siendo o no dependerá de que con el dinero” creado de la nada se produzcan aquellos bienes que, por defecto, deben respaldarlo. De no ser así, el sistema terminará colapsando. Y colapsa cuando el nuevo dinero desaparece en la nada de la que nació. Ciertamente, aquí no todos pierden. De hecho, pierden los que viven de su sueldo —o de los beneficios de una pequeña empresa. En cambio, ganan los que, por estar mejor situados, se anticipan al desastre convirtendo su dinero en bienes de alta liquidez. El sistema pende de un hilo donde el dinero contante y sonante —o en técnico, el dinero-mercancía— se transforma en un pagaré, esto es, donde sistemáticamente se emite deuda como medio de cambio.

Para ver las costuras del sistema simplemente hay que tener presente qué es lo que el sistema presenta como sólido… no siéndolo en absoluto. En definitiva, cuál es la ficción que se nos ofrece como obviedad. Y actualmente, esta no es otra que las que hace posible la ilusión de tener dinero… donde solo poseemos deuda. Por eso los grandes bancos no pueden quebrar. Si quebrasen, caeríamos en la cuenta de que, en realidad, nunca tuvimos el dinero que habíamos depositado en ellos tan tranquilamente. Una cuenta corriente no es un recibo, aunque lo parezca, sino una deuda que el banco contrae con el depositante (aunque, estrictamente, estaríamos hablando de una deuda sobre otra, una deuda tranferida, pues el dinero que depositamos ya es hoy en día dinero-deuda). Cuando alguien abre una cuenta bancaria, le presta su dinero al banco. Ahora bien, el banco, como sabemos, utiliza ese dinero para prestarlo a un cierto interés. Estrictamente hablando, una vez lo depositamos, dejamos de tenerlo: lo tiene otro, aquel al que el banco, precisamente, le concedió un crédito. Cuando pagamos en una tienda el banco salda parte de su deuda con el depositante. Y esto es posible porque el banco posee la suficiente liquidez o, en técnico, reservas (y si no, se las facilita el Banco Central). De ahí la ilusión de que el dinero que depositamos está a buen recaudo: como si estuviera en una caja fuerte. Pero no es así. No hay liquidez suficiente como para que la banca pueda saldar a la vez la totalidad de sus deudas. El riesgo del negocio bancario es, por tanto, sistémico. Pues consiste en contraer deudas a corto —un cuenta corriente puede ser liquidada en cualquier momento— contra activos a largo (los créditos que se cancelan). Y un activo a largo está por ver. En realidad, es una apuesta: se apuesta a que el prestatario será solvente. Un banco no tiene nada de sólido. Su solidez, como la de los antiguos dioses, posee los pies de barro.

desamparo

agosto 9, 2020 § Deja un comentario

La operación básica de la razón consiste en reducir la pluralidad a un denominador común —a un fundamento: todo es agua. Ahora bien, incluso en lo que respecta a su operación básica, la razón no se ejerce sin presupuestos —y unos presupuestos, al fin y al cabo, valorativos. Precisamente, porque los esquemas elementales de la razón son binarios —sí o no; arriba o abajo; luz u oscuridad…—, la razón tiene que elegir entre uno de los polos a la hora de operar su reducción. Y esta elección, como es obvio, carece de razones. Se trata de una elección cultural, por decirlo así. Como sabemos, en la Antigüedad nadie cuestionaba la primacía de lo superior. La organización política facilitaba, de hecho, esta percepción de base. Hay cielos —hay dioses— como hay nobles. Y nosotros estamos por debajo. Lo inferior se debe a lo superior —depende de lo superior. La razón de los antiguos operaba sobre este prejuicio. A ojos de la razón, la diversidad de lo que hay se reducía… a un origen que se encuentra por encima. El mundo que podemos ver y tocar se entendió, consecuentemente, como una derivación —una expresión o, si se prefiere, una degradación— de lo que fue en un principio, del ente supremo. Tan solo lo elevado propiamente es. En cambio, modernamente, lo que decimos de manera espontánea es que cuanto se nos presenta como superior no es más que una variación de lo inferior (y aquí uno podría preguntarse qué papel ha jugado el cristianismo con su Dios humillado para la redención de los hombres). En vez de lo superior tenemos únicamente un aumento de complejidad. Desde la óptica moderna, podemos decir, por ejemplo, que el desamparo que constituye la existencia no es más que una sublimación teórica del desamparo infantil, el cual, se supone, no posee la densidad de una esencia. De acuerdo. Sin embargo, no estamos más cerca de la verdad por verlo de este modo. Un antiguo podría decirnos perfectamente que gracias a la proyección sobre el presente de los sentimientos de la infancia hemos sido capaces de dar en el clavo. Ahora bien, tampoco podríamos decir sin ruborizarnos que el antiguo esté en lo cierto. De ahí que, en relación con la cuestión sobre lo que es en verdad, sigamos en el aire. O también, pendientes de una última palabra que, sin embargo, no sabemos quién llegará a pronunciarla. Aunque, ciertamente, podamos tener una creencia al respecto.

de la izquierda y el poder (1)

agosto 8, 2020 § Deja un comentario

Desde el lado de las izquierdas, el compromiso político de la ciudadanía se concibe como presión —y una presión avalada moralmente. Se trata de apretar en la dirección de una sociedad más justa o, si se prefiere, de algún proyecto emancipador. Como si la pugna política fuera como el juego de la soga en donde gana el equipo que tira de un extremo con más fuerza. Sin embargo, uno podría preguntarse si la comparación es adecuada, esto es, si quienes ejercen un verdadero poder están, de hecho, jugando al mismo juego que quienes se encuentran por debajo. Pues llama la atención que, cuando las izquierdas consiguen gobernar, difícilmente pueden llevar a cabo su programa… más allá de lo cosmético. Tarde o temprano, topan con un no es posible, un no que se pronuncia desde el exterior del juego político. Tomarse en serio el poder supone tomar en serio la naturaleza de esta imposibilidad. Y es que el ejercicio del poder no consiste tanto en doblegar como en situar al vencido en la impotencia. El poder, sencillamente, establece los límites de lo posible. Es dentro de estos límites que se despliega el juego de lo político… como si fuera una lucha por el poder. Pero el verdadero ejercicio del poder es anterior a dicho juego. El poderoso no juega, sino que establece las reglas de juego. En este sentido, todo poder es divino. Las leyes democráticas, como sabemos, se justifican como una limitación o distribución del poder. Sin embargo, el poder, por defecto, se sirve de la leyes que, en principio, pretenden limitarlo. De ahí que un pensamiento político que pretenda estar del lado de los que apenas cuentan tenga que comenzar reflexionando sobre aquello de lo que depende, hoy en día, el poder que divide el mundo entre los que valen y los que sobran. Dicho con otras palabras, las izquierdas seguirán dando palos de ciego donde no tengan en cuenta que el tema ya no es tanto la distribución de las rentas generadas por la producción de bienes y servicios como los factores que determinan lo que va a ser aceptado como dinero (y, de paso, su producción). Y no porque quien posee mucho dinero posea mucho poder, aunque también, sino porque el verdadero poder consiste en decidir qué va a emplearse como medio de cambio. Pues el dinero ya no es lo que fue (y aún espontáneamente diríamos que es). Y si hablamos aquí de decisión es porque en modo alguno es obvio que se trate, precisamente, de una decisión. No tiene nada de anecdótico que Facebook quisiera —y siga queriendo— emitir su propia moneda.

el otro teorema de Pitágoras

agosto 7, 2020 § Deja un comentario

No escribas sobre la nieve, fue una de las prohibiciones de Pitágoras. Como también la de comer habas. ¿Por qué?, se pregunta Ciorán en sus Cuadernos. ¿Qué profundidad —qué sabiduría— esconden? ¿Quizá porque nada de lo que lleguemos a escribir permanecerá sobre ella? Aunque quizá deberíamos preguntarnos si acaso esa sensación de profundidad no será un trampantojo… como el que provocamos al poner las manos, una sobre otra, dejando un hueco entre ellas. Basta con imaginar a Pitágoras anotándolas borracho para hacernos una idea de que lo que hay aquí en juego no es la profundidad, sino nuestra necesidad de profundidad —de que la vida no se reduzca a lo obvio, de que aún quede una tapa por levantar. Al fin y al cabo, lo oculto siempre fue el horizonte regulativo de la verdad.

la fe como postura (y 3)

agosto 6, 2020 § Deja un comentario

En principio, la posición básica en la que permanece el creyente apunta al Dios que pronunció el Sí en el origen de los tiempos. Y precisamente porque se trata de una posición básica estaríamos ante un irrenunciable de la fe. La reflexión no puede tomarla por objeto sin alterarla, esto es, sin desplazar de su posición inicial al creyente que se pregunta por su verdad. No obstante, ante este Dios caben dos sub-posiciones —dos creencias—, a saber, la que lo da por descontado como el Dios cuyo modo de ser está determinado de antemano; y la que entiende que, tras la caída, Dios quedó herido de muerte al no poder seguir reconociéndose en su imagen primordial. Así, o bien la caída —la separación— no afecta a Dios o, por el contrario, lo afecta (y lo afecta hasta el punto de perder de vista, por decirlo así, su modo de ser). No parece que estemos ante el mismo Dios. En el primer caso, Dios es el que es al margen del hombre. En el segundo, Dios no quiere ser sin la adhesión del hombre (y este no querer debería comprenderse como la voluntad que Dios, en última instancia, es). El primer Dios, el de la típica conciencia religiosa, es un Dios que no resiste el dilema de Epicuro —o Dios, en tanto que omnipotente, es indiferente a la suerte de los hombres; o Dios no es omnipotente y, por eso mismo, no es Dios. A la pregunta ¿por qué Dios permite que haya tantos hombres y mujeres sufriendo lo indecente? La pregunta presupone que Dios podría evitarlo si quisiera. De ahí que la cuestión de la teodicea —por qué hay Mal, habiendo Dios— tradicionalmente haya tendido a exculpar a Dios… para así poder salvar su divinidad. Como es sabido, a lo largo de la tradición judeocristiana, desde los profetas hasta Agustín, se ha atribuido el Mal a la desobediencia del hombre, a un uso desviado de su libertad. Pero ante el exceso del mal, cuesta imaginar que un Dios, por naturaleza bueno, se quede con los brazos cruzados. El problema no es el sufrimiento, sino su carácter excesivo, sobrehumano. Un padre puede dejar que un hijo asuma las consecuencias de sus actos. Mejor dicho, debe hacerlo. Pero sería un mal padre si no intentase salvarlo de la desgracia. Aun cuando el hijo hubiera ido de cabeza hacia ella.

Otro asunto es que Dios no pueda evitar el Mal, con mayúscula. Y aquí iríamos a parar a la segunda sub-posición acerca de Dios, la propiamente cristiana. Desde este punto de vista, el Mal también respondería al ejercicio de nuestra libertad. Pero estaríamos ante una libertad cuyas consecuencias, como sugeríamos antes, afectan no solo al hombre, sino también a Dios. Mejor dicho, afectan al hombre porque afectan a Dios (y viceversa). Aunque quizá deberíamos decir que afectaron (y siguen afectando). Pues hablamos de una libertad trascendental, casi en el sentido kantiano de la expresióm, aquella por la que el hombre decide alejarse de la Presencia. Es con el desprecio de Adán que Dios deviene un Dios impotente, algo así como un oxímoron. Podríamos decir que a partir de ese momento, anterior a la historia, Dios se queda sin cuerpo con el que operar en el mundo. A través de la negación del primer hombre, Dios fue sepultado en un pasado inmemorial —y sepultado como el fantasma que clama por volver a ser en el el hombre, por reconocerse de nuevo en su cuerpo. De ahí que, bíblicamente, de Dios tan solo oigamos una voz, aquella cuyo eco escuchamos en el llanto de los que sufren el retroceso de Dios, el sello de su radical trascendencia. Y es que, desde esta perspectiva, la trascendencia de Dios no puede concebirse en términos espaciales, como si simplemente Dios permaneciese oculto tras el muro que nos separa de Dios, sino en clave temporal. Dios no se encuentra estrictamente oculto, ni tampoco eclipsado por el mundo, sino desplazado a un pasado anterior a los tiempos históricos (y por extensión, a un futuro igualmente absoluto: no deberíamos olvidar que biblicamente Dios se revela como promesa de Dios). Y esto equivale a decir que Dios, tras la caída, es el Dios que aún no es nadie sin la fe del hombre —pues no quiso ser sin el hombre—, el Dios que tiene pendiente, precisamente, su identidad o modo de ser. De no tener esto en cuenta, va a resultar difícil comprender, cuando menos, la proclamación cristiana de Jesús como el quien —el modo de ser— de Dios, y no solo un representante, entre otros, de una paradigmática bondad, la que, según el homo religiosus, define a Dios. Por eso, no debería extrañarnos que, desde la perspectiva religiosa, la divinidad de Jesús acabe entendiéndose implícitamente a la manera del viejo monofisismo (o de cualquiera de sus variantes). Como si Jesús fuese Dios mismo, aunque con aspecto humano. Como si el cuerpo no tuviera nada que ver con Dios. O en el caso de que los tiros no fuesen por ahí, como si su divinidad fuese tan solo el resultado de una exaltación. Pero cristianamente, y aquí la dogmática trinitaria sirve de cortafuegos, no cabe hablar de Dios-Padre si no es en relación con el hombre que fue Jesús. Y viceversa.

espiritualidad y asco

agosto 5, 2020 § Deja un comentario

… hasta llegar a sentir asco de la bestia —la que habita fuera y la interior. Aunque de entrada nos seduzca. Aunque de entrada nos dé la impresión de que la bestia rubia es un dios. Esto es, llegar a un punto en el que el poder de la fuerza bruta nos provoque arcadas. Sin embargo, es posible que para lograrlo necesitemos servirnos de la imagen de un arcángel. De no hacerlo, cuesta creer que haya más superioridad en la bondad que en los rugidos de Moloch. Al fin y al cabo, la cuestión fundamental es quién terminará venciendo. Y si no nos parece que esta sea la cuestión quizá sea porque nos pasamos demasiado tiempo distraídos con nuestras cosas (incluyendo aquí el ir de compras).

contra el denominador común

agosto 4, 2020 § 1 comentario

Para los partidarios de la tesis transconfesional, todo dios es, en definitiva, el mismo Dios; incluso la nada de los budistas. Las diferentes espiritualidades deben, pues, entenderse como diferentes modos de aproximarse una cima inalcanzable. Cada creencia percibe solo un aspecto de Dios. De acuerdo. Pero ¿acaso no es esto el resultado de una abstracción? ¿Es que no podríamos darlo por descontado… desde la atalaya del espectador? Aquí no estamos tan lejos del todo es agua de Tales. Ahora bien, por eso mismo, el sujeto que hay detrás ¿puede tener fe al margen de su convicción de que hay algo, se supone que bueno, por debajo de la crosta del ego? ¿Acaso lo que se presenta como conclusión no es más bien un prejuicio —y un prejuicio racional? ¿Es que un dios-denominador-comun no presupone haber puesto las religiones dentro de un misco saco? ¿Que nada hay que confesar? Ciertamente, la separación es el dato inicial. Y de ahí que la voluntad de religación sea algo así como una constante de lo humano. Pero nos equivocaríamos si entendiéramos las religiones solo como distintas tácticas, históricamente determinadas, de volver a casa. La cuestión decisiva es a qué Dios pretendemos vincularnos. Y no es lo mismo un Dios que pende de una cruz que la nada del budismo-zen. No es lo mismo un Dios-qué, el cual solo nos exige un saber a qué atenernos, que un Dios que reclama, precisamente, nuestra confesión para llegar a ser el que es. La distinción mosaica entre el verdadero Dios y el falso no puede resolverse diciendo que el verdadero Dios es, en definitiva, un denominador común. De hecho, esta fue, tradicionalmente, la función de la divinidad suprema del paganismo. La universalidad del Dios bíblico no es la del arkhé —la del ente que confiere unidad a los diferentes modos de lo divino—, sino la de un Dios esencialmente desaparecido, y no meramente oculto tras las bambalinas del mundo, un Dios que, desde la óptica cristiana, tuvo pendiente su quién hasta el Gólgota. Desde el lado del hombre, todas las religiones son variantes de una religión universal, por decirlo así. No, desde el lado de Dios. Un dios-denominador-común ¿puede sacar al hombre del quicio del hogar? Quizá de su posición de confort, como suele decirse ahora, pero no de su posibilidad. Decía Cioran, literalmente, que ya no nos hacemos preguntas sobre Dios, sino sobre las formas de Dios. Y no le faltaba razón. El retorno a la religión que se percibe en Occidente no supone un retorno a Dios, sino a la idea abstracta de Dios y, en definitiva, a la necesidad de recuperar una vida que hemos perdido de vista. Y aquí hay un síntoma que no deberíamos despreciar. Sin embargo, la pregunta que tendríamos que plantearnos es cómo afecta la tesis transconfesional —el saber que todo Dios es el mismo Dios— a la posición que uno ocupa con respecto a lo que nos supera por entero. ¿Cómo puede uno tomarse en serio la invocación de un Dios crucificado donde da por sentado que, al fin y al cabo, también podría disolverse en el nirvana?

un dios no puede tenernos en cuenta

agosto 3, 2020 § Deja un comentario

Ya lo dijo Epicuro: hay dioses, pero no se ocupan de nosotros (¿cómo podría hacerlo un dios?) Los niños continuan jugando tras las alambradas de Auschwitz. El cosmos sigue impasible. No se rasgó el velo del Templo. De hecho, las tinieblas no cubrieron el Gólgota —esto tuvo que decirse. Malick hubiera filmado la crucifixión bañada de luz. El exceso de lo real es divino. Pero, por eso, permanece indiferente a la suerte de los hombres. Hay beatitud en la Presencia. A momentos, se nos dió la paz de Dios. Pero no es para nosotros. Tampoco debería extrañarnos, tratándose de la paz de Dios. De ahí la audacia del cristianismo cuando proclama que Dios renunció a su divinidad por amor a los hombres. Aún estamos lejos de comprenderlo.

Franz (y 6)

agosto 2, 2020 § Deja un comentario

Los verdaderos oponentes de Franz, mejor dicho, de la verdad que encarna su compromiso, no son los campesinos que, con temblor de piernas, juraron fidelidad al Führer, sino los que lo hicieron cínicamente. En el fondo, decían, todo da igual. Desde la óptica de la eternidad, un genocidio se encuentra en el mismo plano que la sonrisa de un niño o el crecimiento de la hierba. Para los primeros, Franz es un héroe, el hombre que les permite seguir creyendo en la posibilidad de un nuevo comienzo (y de paso, seguir soportando su propia tibieza). Para los segundos, en cambio, un estúpido —un niño obstinado. Si queremos comprender el alcance del gesto de Franz, deberíamos inicialmente ponernos del lado de estos últimos. Pues espontáneamente es nuestro lado. Diría que solo así podemos caer en la cuenta de la enorme distancia que media entre Dios y el mundo. De lo contrario, no hay revelación.

del sueño y el insomnio

agosto 1, 2020 § Deja un comentario

En los cielos, ¿quién se atrevería a dormir? ¿Qué alma pura podría siquiera desconectar de la Presencia? ¿En qué soñaría? ¿Acaso su sopor no traduciría una secreta blasfemia? Pero la eternidad que se nos prometió ¿no encuentra su anticipo en las crispaciones del insomnio? ¿Acaso no se nos revelará entonces, cuando sea ya demasiado tarde, que la dicha solo pertenece a los mortales?

Franz (5)

julio 31, 2020 § Deja un comentario

¿Fue Franz ejemplar? Admirable, sin duda. Pero ¿ejemplar? ¿Acaso se nos puede exigir lo que él hizo?¿Deberíamos imitarlo? Que sea admirable implica que su gesto no fue absurdo. Algo significa —y algo que sabe a definitivo. En cierto sentido, apunta a lo que deberíamos hacer. Pero también es innegable que estamos ante un gesto que nos supera por entero. Difícilmente se puede acusar de impiedad a aquellos campesinos que, por miedo, terminaron jurando fidelidad a Hitler. Aunque la impiedad la llevasen incrustada en los huesos. Como todos. ¿De qué estamos hablando, entonces? La obstinación de Franz ¿qué nos dice de nuestra situación ante lo último o decisivo? ¿Nos habla del milagro —de la posibilidad de lo imposible? ¿De lo que no es de este mundo y, sin embargo, nos alcanza en lo más íntimo? ¿De la gracia, que como señaló Bonhoeffer, no sale barata? Podríamos decir que la fe del hombre común se mueve entre el carácter admirable de la entrega del mártir y el hecho de que no sea estrictamente ejemplar. Franz no poseyó el sentido de su decisión. Franz se movió por pura fidelidad al Sí que fue pronunciado con anterioridad a los tiempos —a la bendición que precede al horror. En cualquier caso, el sentido es para los testigos de su sacrificio. Franz con su compromiso encarnó una esperanza cuyo cumplimiento, no obstante, tampoco podemos imaginar, salvo en los términos de un mundo increíble. Sencillamente, porque lo hemos visto podemos creer que el hombre llevado por la gracia es capaz de ofrecer una dura resistencia al Mal. Aunque sea pagando el precio de su inmolación.

mística e irrupción

julio 30, 2020 § Deja un comentario

Desde la perspectiva religiosa, Dios irrumpe como el enteramente otro. De acuerdo. Pero ¿cómo irrumpe Dios? Mejor dicho ¿cómo es posible? Según el místico, embargando el alma. Según el profeta, invocándonos con una voz, de entrada, inaceptable. Obviamente, no se trata de lo mismo. Pero, cuando menos, podemos plantearnos la posibilidad de que estemos ante irrupciones complementarias. De hecho, hay quienes defienden que, a diferencia del profetismo bíblico, la mística sería el modo materno, por decirlo así, de experimentar a Dios. Al fin y al cabo, la experiencia mística tiene mucho de matricia. Ahora bien, quizá no esté de más preguntarse en primer lugar si el Otro, como tal, puede irrumpir —e irrumpir como Dios. Acaso el Otro, ¿no permanece siempre más allá de su ofrecerse como el contenido de una experiencia, aunque sea embriagadora? La unión mística ¿no implica un retroceso de la alteridad de Dios? Aquí podríamos apelar a que dicho contenido no acaba de encajar en los moldes de nuestra receptividad —al hecho de que nos desborde. Y por ello, tendría sentido, según los místicos, hablar de una irrupción del enteramente otro. Pero este desborde ¿no sería, más bien, el síntoma de lo que tan solo aún no acabamos de entender? ¿Es que Adán no se quedó sin palabras la primera vez que vio estallar un volcán? ¿Fue Adán un místico? Un topo ¿no queda conmocionado cuando siente la presencia del niño que juega con él? Y ese niño ¿no sería como un dios para el topo —no siéndolo, en realidad? Con respecto a la alteridad, deberíamos desconfiar de las sensaciones, por muy intensas que sean. Nada que se nos presente como Dios es Dios. Dios, en cuanto alteridad radical, no pertenece a ningún mundo, ni siquiera oculto. Su trascendencia es temporal, antes que espacial. Con la caída, Dios fue sepultado en un pasado anterior a los tiempos (y de ahí que se dé en adviento, como suele decir E. Jüngel). Si el absolutamente Otro es, por defecto, lo eternamente extraño —lo siempre pendiente de la existencia—, entonces no parece que podamos hablar de una experiencia inmediata de Dios, por muy parcial e inefable que sea. Sencillamente, el Otro, en cuanto tal, no puede darse a una sensibilidad. Su carácter otro o ajeno desaparece en su mostrarse. Y no porque nos queden rasgos por percibir, sino porque la alteridad, en sí, carece de rasgos. De hecho, se trata de una falta esencial. En este sentido, me atrevería a decir que, a diferencia del místico, Israel está más cerca de dar en el clavo (nunca mejor dicho). Y es que, desde un punto de vista bíblico, no cabe una experiencia de Dios que no sea la de lo debido a Dios, a saber, el don de la vida y la Ley. Sin embargo, hay que entender bien esto último. Pues no decimos que el don de la vida y el deber de preservarla frente a la crueldad sean efectos inmediatos de la presencia de Dios. Al contrario: lo debido a Dios es lo que se desprende de su desaparición —del hecho de haber sido privados, precisamente, de su actualidad. Dios en verdad no aparece como dios, ni siquiera tangencialmente. Sin duda, la experiencia del don —de la paz o la bendición— se aproxima a la vivencia mística. Pero quien se siente bendecido —quien percibe la existencia como gracia— no se funde. Entre el sentimiento de formar parte y el de la unión no hay una mera distinción de grado. Ni Moisés, ni Jesús de Nazaret fueron unos místicos, a pesar de haber intimado con Dios. A menos que estemos dispuestos a convertir la mística en un cajón de sastre. No es casual que Marcos pusiera la palabra Abbá —la expresión de la mayor intimidad— en boca de Jesús durante el episodio, sin duda sangrante, de Getsemaní.

comenzar de nuevo

julio 29, 2020 § Deja un comentario

¿Qué es el evangelio? La posibilidad de comenzar de nuevo —de volver a nacer por el perdón. Incluso para el genocida.

el místico descarriado

julio 28, 2020 § Deja un comentario

Para unos, Philip K. Dick no es más que el nombre de un escritor de ciencia ficción, cuyas obras inspiraron las películas de Blade Runner y Desafío Total. Para otros, es uno de los escritores esenciales del siglo XX. Y, para unos pocos, el agente de una auténtica Revelación. Una cuestión obsesiva que ha hecho de su vida caótica una extraña odisea espiritual: ¿Quién sabe lo que es realmente?, ¿Quién de nosotros puede probar, por ejemplo, que Alemania y Japón no ganaron la guerra, que vivimos en la Tierra, que somos hombres, que no estamos muertos?

En California de los años sesenta, esas vertiginosas dudas llevaron a Dick a un encuentro con las drogas. Confió en que le darían acceso, más allá de los simulacros, a una Realidad Última. Se convirtió en un apóstol del LSD, un gurú de la contracultura. El hombre en el castillo, Ubik, La penúltima verdad, unas novelas que se mueven en el estrecho filo entre la revelación y la locura, fueron la Biblia psicodélica para toda una generación. Entonces el sueño se convirtió en pesadilla. El explorador de la conciencia se perdió dentro del laberinto. En 1974, tras los años de vagabundeo espantoso, tuvo una experiencia mística, y hasta el momento de su muerte se preguntó si era un profeta o el juguete de una psicosis paranoica, y si existía una diferencia entre ambos.

A quien Dios habla ¿oye algo más que su propia voz?

Emmanuel Carrère, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos

creer en lo que ves

julio 28, 2020 § Deja un comentario

El escéptico de a pie suele decir que solo cree en lo que ven sus ojos. De acuerdo. Pero los ojos también nos decían que la Tierra era plana o que el Sol se movía. Sin embargo, que los ojos nos engañen a menudo no es excusa para creer en cualquier cosa. El problema de fondo es que no hay indicios. O mejor dicho, índices. El índice no alcanza lo que indica. Así, pongamos por caso, todo cuanto posee valor tiene un precio. Pero con frecuencia un alto precio enmascara una falta del valor. La mentira se halla inscrita en el corazón del lenguaje. Puede que, al fin y al cabo, el esto —del esto es así o asá— sea indecible, lo cual está muy cerca de decir que no es. Por eso mismo, la esperanza no tiene otro horizonte que la verdad. O por decirlo en bíblico, el de una palabra encarnada.

hacerse cuerpo

julio 27, 2020 § Deja un comentario

Con la encarnación —ese imposible para quien sepa de qué se habla—, Dios deviene abrazable. Aún estamos lejos de comprender el alcance del dogma central del cristianismo. ¡Un Dios que cabe abrazar! ¿Y sigue siendo un Dios? ¿Acaso un Dios no debería mantener la distancia —no sea que nos demos cuenta de que no es nada del otro mundo? Si lo aceptamos como quien no quiere la cosa, será porque ya perdimos de vista el significado original de la palabra Dios (y ello en gran medida debido a dos mil años de cristiandad). Sencillamente, un Dios que se incorpora para poder llevarse al hombre del brazo está muy cerca de ser un oxímoron. Con todo, no tengo claro que el hombre quiera abrazar a Dios. En cualquier caso, su imagen de Dios, pero en modo alguno un Dios cuyo cuerpo sangra. No deja de ser extraño que la redención pase por dejarse ceñir por un cuerpo en estado de descomposición. Aunque quizá sea lo que corresponde a un Dios que no aparece como dios. Hay otro mundo. Pero está en este. Es, ni más ni menos, el mundo invisible de los invisibles, esos apestados. Y lo que hubiese más allá es, literalmente, otra historia. Al fin y al cabo, el Dios de los que sobran no puede ser otro que un Dios que no contó para el Olimpo. (Y aquí cabría añadir: porque quiso.)

la fe como postura (2)

julio 26, 2020 § 1 comentario

En la primera entrada de esta serie, decíamos que existir supone adoptar una posición básica con respecto a lo dado. Para quien posee una sensibilidad religiosa, dicha posición consiste en un dejarse abrazar, como quien dice, por la paz de una presencia sin más. Religiosamente, esto sería lo primero (y por ende, lo último). La creencia viene, en cualquier caso, después. Sin embargo, en aquellas situaciones en las que no parece que haya Dios —o cuando menos, un Dios de nuestra parte—, aquellas en las que Moloch irrumpe como una divinidad suprema, se hace muy difícil mantenerse en la posición básica. En las simas abisales de la historia la experiencia de un hallarse bajo una bendición primordial se muestra inevitablemente como ilusión. El peligro de quien se ha instalado en la posición básica es, precisamente, el de vivir como instalado en el Sí, cuando lo cierto es que existimos como arrancados de ese Sí. Esto es, el peligro es que haga oídos sordos al sufrimiento —el horror— que implica la separación. Como si no fuera con nosotros. Es así que la catástrofe —el derrumbe de los cielos— deviene, bíblicamente hablando, la prueba del nueve de la fe. En este sentido, la fe sería sinónimo de una innegociable fidelidad a un Sí anterior a la historia —la expresión de una apertura fundamental, apertura que, por lo común, es interiorizada como apertura a la divinidad—, hasta el punto de parecer absurda, casi una obsesión. La fe es, antes que hipótesis, una confianza en que el Sí prevalecerá sobre el No —que el Sí es más poderoso que el No—, una confianza que el creyente ha hecho cuerpo contra toda evidencia. Y es que no hay religión que no gire en torno a la pregunta sobre el verdadero poder.

las dos desmesuras

julio 25, 2020 § Deja un comentario

El asombro que provoca el que haya algo en vez de nada encuentra su envés en el estremecimiento que sentimos —y no solo el miedo— ante el hombre que le quita la vida a otro hombre. Estamos ante dos desmesuras —y no solo por su lado emocional. Sencillamente, esto es así, a pesar de que, por lo común, hayamos reducido la desmesura a la trivialidad de lo que simplemente sucede: se goza del paisaje, se mata. De ahí que la espiritualidad comience abriendo bien los ojos para captar el exceso en el nos hallamos inmersos —el exceso y, de paso, el interrogante.

la fe como postura (1)

julio 24, 2020 § Deja un comentario

La posición básica de la experiencia religiosa es la de una adhesión en cuerpo y alma a un sí de fondo —a una bendición que se presenta como paz en medio del exceso de una presencia sin porqué. Esta presencia todavía no ha sido transformada en una idea sobre cuya adecuación quepa preguntarse. Uno simplemente se encuentra ahí, en el puro haber —en lo dado. En la presencia sin porqué aún no hay tema. La posición básica de la espiritualidad es independiente del mundo donde se da por sentado que vivimos bajo el influjo de poderes invisibles —de ángeles y demonios. En este sentido, apunta a lo supremo o último, más allá de la intervención de los dioses. La diferencia entre Dios —aquel al que, en principio, remite la posición básica— y los dioses no es una diferencia de grado, aun cuando en el imaginario religioso sea inevitable concebir a Dios como dios —como el macho alfa del Olimpo. Pero aquí el imaginario es lo de menos. Ciertamente, en el mundo no todo es paz. Hay también —y sobre todo— dolor, sufrimiento, espanto. Hay temor. Pero desde esta óptica, el Mal, con mayúsculas, se comprende como el efecto de una separación y, por eso mismo, no altera la posición básica o inicial. Acaso podríamos decir que terminamos en manos de los dioses del lugar, los cuales tanto pueden jugar a nuestro favor como en contra, porque fuimos separados de la raíz. Un dios no deja de ser un dato natural, un dato con el que hay que negociar, aunque posea el índice de lo sobrenatural. La raíz, en cambio, no admite comercio alguno. En realidad, no se ofrece como dato.

Es verdad que el sufrimiento indecente de tantos hombres y mujeres obliga al creyente a clamar por una respuesta. Pero el creyente clama por Dios ante Dios, esto es, sin poner en cuestión su paradójica presencia, como fue el caso de Job. El creyente, como decía Yeshayahu Leibowitz, que tras Auschwitz dejó de creer, nunca creyó en Dios, sino en la ayuda de Dios (aunque sin duda después de Auschwitz, la posición básica quede significativamente alterada en la dirección de Job). Quien cree, aunque sienta en sus carnes el abandono de Dios, persiste en su estar ante Dios. Sin duda, deja atrás su saber acerca de Dios. Pero no su confianza en Dios, una confianza que, sin embargo, resulta insensata a ojos de cualquiera. De ahí que el horizonte de la religión, como sugiere la etimología de la palabra, sea precisamente el de la restauración —el de un volver al hogar del que fuimos expulsados. Conviene subrayar que se trata de una posición antes que de una creencia, de una afirmación sobre la naturaleza de Dios. De la creencia podemos distanciarnos al preguntarnos, pongamos por caso, por su valor de verdad. Una posición, en cambio, se lleva pegada a la piel. Esta posición podría comprenderse perfectamente como el denominador común de las diferentes religiones. Una posición no se elige —no es algo que aceptamos porque nos convenza. Se está en ella o no se está. Las creencias religiosas, de hecho, se derivan de la posición con la que asumimos la existencia. Una posición no parte de ninguna sub-posición —de ningún supuesto o prejuicio conceptual. La posición que abraza el sí de fondo —mejor dicho, que es abrazada por el Sí— expresa el sentimiento de formar parte, el cual es anterior a la transformación de la presencia —de lo dado— en un mundo particular, un mundo de objetos más o menos tratables. Para quien posee una sensibilidad religiosa, hay bendición, aun cuando en los arrabales del mundo resulte difícil creer en ella. Es cierto que siempre podemos poner en cuestión la fiabilidad de la posición básica. Pero al hacerlo nos situamos en la grada del espectador, de aquel que se interroga sobre su vivencia y, por eso, se distancia —se extraña— de su corporalidad. No es causal que, en la Antigüedad, la mayoría de los filósofos terminasen despreciando el cuerpo —como si solo pudiéramos hacer las paces con él en tanto que objeto de disfrute, en modo alguno como el lugar de la revelación. Y es que, de entrada, o nos hallamos del lado del Sí o en la orilla del No. Es lo que tiene nuestra finitud —nuestra dependencia. Todo cuanto podamos decir sobre nuestro estar en el mundo, y en último término acerca de Dios, se deriva de una postura, casi en el sentido corporal de la expresión. De hecho, quien cuestiona la posición básica desde la que encaramos el mundo admite un quizá no —la sospecha y no el asombro— como punto de partida, tanto para lo bueno como para lo malo. Es posible que la incredulidad contemporánea tenga que ver, sobre todo, con el hecho de haber abandonado la posición básica de la fe en favor de un sistema de representaciones acerca de Dios o de lo último —de haber olvidado que las representaciones responden, en última instancia, a dicha posición. El actual revival de las espiritualidades de corte oriental quizá no sea más, aunque tampoco menos, que un intento de recuperar la postura inicial de la sensibilidad religiosa. Pues la tradición cristiana hace tiempo que quedó encorsetada en fórmulas sin sentido. Y ello a pesar de la verdad que revelan. Pero como dijera Hegel, con el paso del tiempo, hasta la verdad termina siendo otra cosa.

antes que nada, nadie

julio 23, 2020 § Deja un comentario

Dios sin el hombre, aún no es nadie, sino tan solo, pero no menos, que un fantasma que clama por un cuerpo. Y no hay otra realidad —otra exterioridad — que la del fantasma. Antes que nada, Dios en sí mismo es un don nadie. Esto es lo que hay tras la dogmática cristológica, la que proclama al crucificado como el quien —el cuerpo— de Dios. Ahora bien, si esto es así, entonces el hombre carga sobre sus espaldas una enorme responsabilidad. Pues el ser o no ser de Dios dependerá de la respuesta del hombre a su clamor. Esto es, ante Dios, el hombre es responsable de Dios (aun cuando, por eso mismo, su estar ante Dios sea sin Dios). Es lo que tiene un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser el que fue (y de paso liberar al hombre de su inclinación a la crueldad). Nada que ver, por tanto, con el dios que el homo religiosus da por descontado. Ni siquiera donde lo viste con los brillos del océano.

Franz (4)

julio 22, 2020 § Deja un comentario

La cuestión religiosa por excelencia es la cuestión del poder. ¿Dónde se encuentra el verdadero poder? ¿En Dios o en los dioses que imagina el hombre? Quizá no estaría de más ver Una vida oculta desde esta óptica. Ciertamente, podemos no plantearnos la pregunta —mejor dicho, cabe que la pregunta no nos hiele el corazón. Pero este sería el síntoma de nuestra irrelevancia —de que aún vivimos en la burbuja del hogar. De hecho, en Occidente los primeros en hacerse esta pregunta fueron Platón y los profetas. En su Apología, Platón sostuvo, a riesgo de hacer el rídiculo, que el verdadero héroe no era Áquiles, a quienes los atenienses veneraban, sino el payaso de Sócrates. La operación es parecida a la que llevaron a cabo los profetas de Israel al proclamar que en verdad Dios no aparece como dios, sino como un Dios que está por venir —un Dios cuyo poder depende de la respuesta del hombre a su invocación. Por no hablar de la confesión cristiana que anuncia a un apestado de Dios como Dios en persona. La fe comienza donde nos vemos obligados a responder a la pregunta que nos dirige el santo inmolado: ¿y tú quién dices que soy yo? ¿De qué lado crees que se encuentra el último poder —de qué lado, la verdad? ¿En quién confías, en Franz o en el Führer? Evidentemente, la pregunta adquiere la densidad que les es propia donde se nos exige una confesión (y no tan solo una opinión). Uno siempre confiesa ante el juez que decide su libertad o condena. Y no parece que podamos confesar como quien no quiere la cosa que el poder está en manos de aquel que, por fidelidad al Bien, muerde el polvo de la derrota. La fe siempre fue contrafáctica.

eucaristía y rito sacrificial

julio 21, 2020 § Deja un comentario

La lógica del sacrificio religioso es contundente: hay que darle de comer al dios, esa bestia, para que no nos devore. Como el domador, que para poder acercarse al león, antes tiene que saciar su hambre. De ahí lo desconcertante del cristianismo. Y es que la revelación de Dios como crucificado implica un cambio de polaridad dentro de la relación sacrificial: no es el hombre, sino Dios mismo quien se inmola para que podamos alimentarnos de su carne y de su sangre, por decirlo así. El rito eucarístico es, por tanto, ininteligible si no es desde el horizonte de los sacrificios paganos, cuya lógica, precisamente, invierte. Sin duda, un Dios que se sacrifica para que el hombre viva de Dios —mejor dicho, de su espíritu— ya no puede seguir siendo el que imaginamos religiosamente. Ahora bien, quienes viven del espíritu de Dios —ese resto— comparten el pan de cada día, que es como si hoy en día compartiéramos el sueldo: nadie se quedará sin pan.

vivir 120 años

julio 20, 2020 § Deja un comentario

Corre por ahí un vídeo de un hindú que ha llegado a los ciento viente años. Tiene la solución: ver el lado positivo de las cosas, vivir austeramente, respirar la naturaleza… Él posee el secreto de la felicidad. De acuerdo. Pero quien perdió a sus hijos en los Auschwitz de la historia no quiere vivir ciento veinte años —ni probablemente ser feliz. Quiere reencontrarse con sus hijos tras la muerte; que el mundo termine cuanto antes. En definitiva, que Dios resucite a los muertos —que el triunfo del verdugo no sea una última palabra. Alcanzar los ciento veinte es posible (aunque no sé si deseable). Volver como resucitados, imposible (y sin embargo, necesario). He aquí la diferencia entre Oriente y el judaísmo.

Dios es así

julio 19, 2020 § 1 comentario

Dios, al margen del hombre, sería como una biblioteca sin lectores (cojo prestada una imagen de Gregorio Luri, aunque él no la remita a Dios). Una biblioteca solo es lo que es donde hay lectores. De lo contrario, no es más que un simple almacén de libros. Y un almacén de libros es una biblioteca muerta. Dios quedó herido de muerte, no con el advenimiento de los tiempos modernos, sino cuando el primer hombre creyó poder prescindir de Dios. En cualquier caso, los tiempos modernos legitiman ese desprecio.

Franz (3)

julio 18, 2020 § Deja un comentario

El alcance del compromiso de Franz, el protagonista de Una vida oculta, no termina de entenderse sin el contraste que supone la fe de su esposa, Fani. Estamos ante una fe que no se cuestiona a sí misma, una fe que arraiga, como suele decirse, en el corazón. Para ella lo primero es la confianza en Dios: nada malo puede ocurrirle a un hombre bueno. Dios proveerá… aun cuando ahora estemos a oscuras. De acuerdo. Sin embargo, no parece que los hechos le den la razón. ¿Se trata de esperar lo imposible más allá de la muerte? Quizá. Pero la fe de Fani —la fe a secas— no puede entenderse desde la necesidad de un final feliz, aunque se satisfaga post mortem. Se trata de un esperar sin expectativa. Nuestras expectativas —los pronósticos— son refutables. En cambio, la esperanza es contrafáctica: a pesar de todo, confío (y esto resulta casi sobrehumano cuando el todo es insoportable y no tan solo un inconveniente). Diría que no es secundario que las imágenes de la esperanza bíblica —que el león coma hierba— sean increíbles. Tienen que serlo si el creyente espera lo que en modo alguno puede concebir como expectativa. La posibilidad a la que apunta la fe es la posibilidad de lo imposible, de lo que el mundo no puede admitir, precisamente, como posibilidad. La esperanza, al margen de lo razonable, es un estado, una postura existencial. En el estado de buena esperanza prevalece el frente a cualquier evidencia en contra. ¿Se trata exclusivamente de un estado psicológico? Probablemente… si el creyente no estuviera por entero referido a un Otro en falta y, en consecuencia, por venir. Esto es, si el paso atrás de Dios —su extrema trascendencia— no fuera lo más real de nuestro estar en el mundo, el acontecimiento originario por el que la vida se carga con el aura de lo sagrado (y esto es así, aun cuando el creyente solo pueda incorporar dicha trascendencia imaginándola como la de un Dios oculto tras las bambalinas: es lo que tiene ser también un cuerpo). De ahí, la importancia del diálogo final entre Fani y Franz, días antes de que este sea ajusticiado. Fani preferiría que Franz firmase la declaración de lealtad al Führer. Sin embargo, acepta con dolor la decisión de Franz. Estoy contigo. La bendición de Fani es el envés de la fidelidad de Franz. Es desde su aceptación que el compromiso de Franz se revela como la providencia de Dios. Ciertamente, no es esta la providencia que ella hubiera querido. Pero es la que hay. Al menos, mientras la historia siga su curso. El pedirle a Dios por Dios —y no otra cosa es la oración cristiana— no se resuelve como aparición ex machina de Dios, sino como la de aquel que lo encarna. Es en su nombre que el creyente permanece abierto a un Sí contra naturam. Más allá de esta esperanza, no hay saber que valga. Pues el saber, tarde o temprano, se decanta del lado del no que recae sobre aquellos que sobran.

Por eso, para entender de qué va el asunto de la esperanza creyente, podríamos preguntarnos si la película acaba bien. No lo parece desde una óptica meramente humana. Los justos tienen las de perder. Malick no ofrece, obviamente, un final a la Hollywood. Pero tampoco me atrevería a decir que termina mal. La muerte de Franz posee, cuando menos, una fecundidad extraña. La libertad frente al verdugo es posible, aunque quien la ejerce tenga que pagar un alto precio. En este sentido, cabe hablar de una libertad aparentemente sobrehumana. Pero porque hubo quien la encarnó, la historia se abre a una palabra que nosotros no podremos pronunciar. Aunque tampoco el dios de la expectativa religiosa.

Facebook es Dios

julio 17, 2020 § Deja un comentario

No hay democracia. Hay votaciones. Pueblo y poder son, en realidad, sistemas autónomos, aunque colindantes. Esto es, el pueblo es el entorno que el poder ha de tener en cuenta. Y viceversa. Sin embargo, la interacción con el entorno en ambos casos no es la misma. El poder se adapta al pueblo manipulándolo (y más —enormemente más— en la época del big data). En cambio, la adaptación del pueblo al poder tiende a ser pasiva. El poder es el hombre. El pueblo, un animal. Así, el poder —lo podemos ver con la abundancia de fake news que nos invanden a diario— puede mentir impunemente… y no pasa nada (o casi nada). Ciertamente, la mentira —la manipulación— tiene un límite. Pero de momento da la impresión de que es asintótico. La deriva de las democracias occidentales hacia un totalitarismo de corte tecnológico es innegable. El poder siempre ha hecho lo mismo. No hay diferencia entre las tácticas de Goebbles y las de Trump. La diferencia pasa por los medios empleados —y el algoritmo opaco de Facebook es, incomparablemente, más eficiente que la radio o la televisión. De momento, las leyes democráticas siguen estando ahí como muro de contención. Pero, sobre todo en países institucionalmente débiles, es un muro de pladur. Para entender el ejercicio del poder no hay que leer el titular —la ley que se promulga—, sino la letra pequeña, el reglamento que determina su aplicación. Y hay mucha letra pequeña. Tendríamos que mirar a China para vislumbrar lo que nos viene encima. Aunque es posible que la palabra democracia siga siendo en Occidente la excusa. Quien controla la emisión de la verdad y del dinero tiene el poder. Y el poder, por defecto, se ejerce contra el débil. Siempre ha sido así. No es causal que el próximo paso sea la eliminación del dinero contante y sonante. Como tampoco lo es que Facebook quisiera —y sigue queriendo— lanzar una moneda propia. Evidentemente, siempre con la mejor de las intenciones —que si de este modo se dificulta el fraude fiscal, que si se limita la corrupción… En cualquier caso, el pueblo no tendrá más remedio que aceptar la nueva situación. Es lo propio de los siervos. Los chicos de Podemos, por decirlo así, harían bien en dejar a Marx a un lado y ponerse a estudiar informática. Pues cuanto más anonymus seamos, mayor será nuestro margen de libertad. Puede que la solidaridad del futuro pase por que todos nos convirtamos en infractores. Habrá que cruzar semáforos en rojo. Pues si nadie tiene puntos en el carnet de buen ciudadano, dejan de haber puntos. Difícil, sin embargo. Como sabe cualquiera que le haya echado un vistazo al dilema del prisionero.

big data

julio 16, 2020 § Deja un comentario

Puede que el cristianismo pronto deba preguntarse cuál será su lugar —y su misión— en el mundo distópico que nos viene encima… si no lo está ya. De lo contrario, quedará reducido a ser un producto más en el mercado de las espiritualidades compensatorias. Todo el campo de entretenimiento —desde Instagram hasta la realidad virtual— está al servicio de la dominación. Y una dominación que será asfixiante. Como decía cínicamente Mark Zuckerberg, la era de la intimidad ha terminado. Nada es gratis, como sabe cualquier estudiante de economía. Ciertamente, es algo que damos por sentado. Pero aún no hemos caído en la cuenta de lo que implica el que todo —¡todo!— lo que hacemos en internet quede registrado. Incluso lo que ahora estoy tecleando. Dios existe y es un algoritmo. Los chinos, con su carnet de puntos de buen ciudadano, comienzan a saberlo. Orwell se preocupaba de que se nos prohibiera leer. La preocupación de Huxley, en cambio, era que no hiciera falta que se nos prohibiese leer… porque el poder habría conseguido que la lectura nos resultase aburrida. Podríamos decir que estamos más cerca de las visiones de Huxley que de las de Orwell. Por suerte, aún tenemos a mano libros como Armas de destrucción matemática de Cathy O’Neill o El enemigo conoce el sistema de Marta Peirano. Tendrían que ser obligatorios en las escuelas. Nunca lo serán. En su lugar, un aprender jugando, ese trampantojo, como ya avanzó Neil Postman en Tecnópolis o Divertirse hasta morir. Solo hace falta enterarse de qué es lo que se está cociendo en los centros desde los que se ejerce el poder —dónde se invierten hoy en día ingentes cantidades de dinero— para caer en la cuenta de que el problema de la justicia será indisociable de la cuestión de la libertad. Y es que en la era del algoritmo omnisciente, los pobres, una vez más, tendrán las de perder, no solo porque en la lucha por encontrar un lugar en el mundo no posean las mismas oportunidades, sino porque ya no se les dejará participar en esa lucha. El algoritmo los habrá desestimado antes de que pongan un pie en la calle.

perspectivismo

julio 15, 2020 § Deja un comentario

Desde la situación de los excluidos —esos condenados a muerte—, los dioses son ridículos. Incluso los humanos que pasan por tales —nuestros modelos, nuestros nobles. Ficciones que nos alejan de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar, de lo decisivo. En este sentido, la verdad es, antes que una afirmación sobre el mundo, un enorme interrogante, la puesta en cuestión de nuestro estar en el mundo. De hecho, las grandes afirmaciones sobre el mundo son sentencias antes de tiempo, declaraciones que encubren la verdad.

Franz (2)

julio 14, 2020 § Deja un comentario

Franz, decíamos en la entrada anterior, mantuvo una relación casi física con Dios. No podía fallarle al Dios que le dio la vida como no podía fallarle a su esposa si los nazis le hubieran obligado a repudiarla. Nos hallamos ante un creyente que toma su creencia al pie de la letra. Hay Dios —la Creación lo atestigua— y es bueno. El mal es debido a nuestra desobediencia. Punto. Podríamos decir que Franz cree a flor de piel. De ahí que veamos a Franz como un ejemplo de fidelidad extrema, pura, incondicional.

Sin embargo, nosotros, los que nos hemos preguntado alguna vez por la verdad de nuestra creencia, difícilmente podemos creer como Franz. Nuestra relación con Dios no es, ni de lejos, tan física. Por lo común, de haberla, se sostiene sobre una suposición: quien cree que hay Dios suele creerlo como quien cree que hay vida en Marte. De hecho, como modernos, tenemos la impresión de que en la fe de Franz aún posee mucho de infantil. Ahora bien, cogiendo un lápiz más fino, podríamos decir que la distancia que experimentamos con respecto a la fe de Franz no responde solo al haber sido infectados por el espíritu de la sospecha. En realidad, esta distancia fue cristiana antes que moderna. El cristiano, ciertamente, cree en lo que Jesús creyó: hay un Padre que está del lado de los que sufren, un Padre que pondrá un punto y final a los tiempos para juzgar a vivos y a muertos. Un cristiano cree —es decir, espera— que, en nombre de Dios, el verdugo no pronunciará la última palabra. Sin embargo, si cristianamente cabe creer en lo que Jesús creyó no es porque este lo creyerá —porque fuera su supuesto—, sino porque murió como murió. Esto es, si cristianamente es posible confesar que hay Dios —y no solo el fantasma de Dios— es porque Jesús lo encarnó; porque, en definitiva, el crucificado se puso en manos de un Dios impotente hasta el Gólgota. En modo alguno es secundario que el cristianismo convierta al predicador en predicado. Jesús no se anunció a sí mismo. No dijo: creed en mí como Dios en persona. En cambio, es esto lo que proclama el cristianismo. Es desde la fe en Jesús como el quien de Dios que podemos creer en lo que Jesús creyó. La fe de Jesús no es aún cristiana. De afirmarlo, haríamos de Jesús un creyente ejemplar, pero poco más. Ciertamente, esto podríamos decirlo, por ejemplo, de Abraham o de Moisés. Sin embargo, Jesús no se reveló como un nuevo Abraham, sino como el nuevo Adán. En realidad, Jesús fue la última oportunidad de Dios, antes de que pudiera ser la del hombre.

5G

julio 13, 2020 § Deja un comentario

Leo lo siguiente en el libro de Marta Peirano, El enemigo conoce el sistema: “en Beijing, un ciudadano que cruza en rojo puede ser multado instantáneamente en su cuenta bancaria. También puede verse inmortalizado en un loop de vídeo cruzando indebidamente en las marquesinas de las paradas de autobús, para escarnio propio y de su familia. Si comete más infracciones, como aparcar mal, criticar al Gobierno en una conversación privada con su madre o comprar más alcohol que pañales, podría perder el empleo, el seguro médico y encontrarse con que ya no puede conseguir otro trabajo ni coger un avión. Así es como funcionará el nuevo sistema de crédito social chino, programado para entrar completamente en vigor en 2020. Su lema es: Los buenos ciudadanos caminarán libres bajo el sol y los malos no podrán dar un paso”. Por lo común, no tenemos mucha idea de las dimensiones actuales del big data. Impresionan. Imagínate que cualquier conversación, estas palabras que tecleo, los paseos solitarios por el bosque, los correos que envías, los libros que ojeas en el metro… fueran registrados en la nube y procesados por el algoritmo. ¿Seguiríamos sintiéndonos libres? ¿Acaso podríamos respirar? Decía Pascal que los males del hombre comienzan donde este es incapaz de permanecer a solas en una habitación. Pero ¿habrán habitaciones en el internet de las cosas? Quien tiene un roomba de última generación debería saber que la empresa posee los planos de su hogar. Con la implantación del 5G, todo terminará al servicio de una limpieza más eficaz.

Decían los Padres de la Iglesia que Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera hacerse Dios. La Modernidad podría entenderse como la realización irónica de la sentencia patrística: Dios renunció a su condición divina para que el hombre pudiera ocupar su lugar. Y parece que va ocupándolo a pasos de gigante. El ojo de Dios —el que escudriña hasta las profunidades más oscuras del alma— se ha hecho de carne y hueso, mejor, de cable y silicio. Lo que ignoraban los Padres es que el Dios hecho hombre no parece tener buenas intenciones. Dios es poder. Y el poder siempre se ejerce contra el débil. Los cielos difícilmente se encuentran donde las nubes. La tecnología de la información no está al servicio del hombre. De hecho, es al revés. El hombre se ha convertido en la materia —el dato— de un poder impersonal. Y de ahí a que la humanidad se escinda en castas genéticamente diferenciadas media un paso: los que puedan, pongamos por caso, alterar sus sinapsis cerebrales hasta el punto de que Einstein les parezca un deficiente mental no serán, ciertamente, de los nuestros.

Da la impresión que nos espera un futuro de hombres y mujeres tristes, hombres y mujeres que solo encontrarán la dicha en la distracción que se les permita, un futuro de hormigas. Al final, puede que el destino de Babel sea nuestra única esperanza. Sin embargo, lo que no cuenta la Biblia es que Babel se derrumbó, no por el rayo de Zeus, sino por el microbio. En verdad, Dios siempre estuvo del lado de la debilidad.

Franz (1)

julio 12, 2020 § 1 comentario

El protagonista de la última película de Terrence Malick, Una vida oculta, es condenado a muerte por no querer jurar fidelidad al Führer. Para Franz, Hitler es el heraldo del Mal. Sencillamente, no quiere formar parte de las fuerzas del Anticristo. Su situación recuerda a la de los mártires durante las persecuciones de Diocleciano, lo cuales fueron ajusticiados o enviados a los leones por no reconocer al César como señor. La pregunta es ¿por qué se obstina Franz? Muchos de los que quieren salvarlo —incluyendo aquí a hombres de Iglesia—, le aconsejan jurar en falso: al fin y al cabo, no son más que palabras. Los argumentos son, sin duda, razonables. De hecho, serían los nuestros: tu gesto será inútil, el mundo no sabe ni que existes; todo seguíra su curso y otro ocupará tu lugar; al fin y al cabo, lo que Dios tiene en cuenta no son las palabras, sino lo que hay en tu corazón, etc. De hecho, los gnósticos de los primeros tiempos del cristianismo recurrieron a esta última justificación para ahorrarse el martirio: si Dios habita en lo más profundo del alma —si la redención consiste en saber de qué va el asunto—, la confesión es lo de menos. Lo que importa es la enseñanza. Los gnósticos se comportaron como Galileo ante la inquisición. Que la Tierra dé vueltas alrededor del Sol —que sea verdad— no depende del compromiso de quien lo afirma. Desde la óptica del gnosticismo, el martir es, simplemente, un insensato, por no decir, un talibán. No hay para tanto. Eppur si muove, a pesar de la declaración de Galileo. Y quien no lo sepa ver, peor para él: seguirá siendo un ignorante.

Aparentemente, la conducta del protagonista es coherente con los principios del pacifismo. Es preferible sufrir la injusticia que cometerla, le dice a Franz uno de los personajes de la película, citando a Sócrates. Y algo de esto hay. Sin embargo, el empecinamiento de Franz no obedece solo a su voluntad de mantenerse fiel a sus principios. En un momento de la película, el abogado defensor le ofrece la posibilidad, previa firma, de trabajar en un hospital de campaña… si es cuestión de no matar. Pero Franz no acepta el trato. El asunto es otro —o fundamentalmente otro. Franz no quiere traicionar al Dios que nos dio la vida. Sin duda, nos enfrentamos a un gesto desconcertante, por no decir, incomprensible, incluso dentro de las canchas cristianas de hoy en día. ¿Acaso puede importarle a Dios? ¿Es que Dios no prefiere que Franz continuase cuidando de su mujer y de sus hijas? ¿Exige Dios el sacrificio de Franz? ¿No sería ese Dios un Dios cruel y, por eso mismo, indigno de la fe del hombre? Desde una óptica tópicamente religiosa, según la cual el modo de ser de Dios, se entienda como se entienda, está determinado de antemano, la decisión de Franz es absurda. Sin embargo, desde el punto de vista cristiano, las cosas son muy diferentes. Pues el Dios que se revela en el Gólgota es un Dios que no termina de ser Dios sin la adhesión incondicional del hombre. Por ello, la adhesión del hombre —su fe— solo podrá llevarse a cabo sin Dios mediante, esto es, en aquellas situaciones en las que no parece que haya un Dios de nuestra parte. Dicho de otro modo, en un mundo sin Dios, tan solo cabe un Dios encarnado. Cristianamente, no hay otra presencia de Dios —otro presente— que la de quien lo encarna. O lo que viene a ser lo mismo, no hay contacto directo con Dios. Dios como Padre —como el eternamente otro— sigue estando más allá. Incluso en los cielos. Es por eso que, cristianamente, Jesús es confesado como el quien de Dios —como Dios en persona—, aquel en el que el Padre se reconoce y por eso mismo puede llegar a ser el que fue en el centro de la historia. Jesús, el hombre, no es simplemente aquel que representa el modo de ser de Dios: es el modo de ser de Dios (y esto no debería entenderse como si Jesús fuese un dios con la máscara del hombre). La encarnación de Dios significa que Dios se da como hombre de Dios (y no únicamente en el hombre de Dios). Dios, sencillamente, es este darse o, en trinitario, la relación histórica entre el Padre y el Hijo, los cuales respectivamente no son aún nadie sin el otro.

Para entender esto último hay que tener presente que la caída afectó tanto al hombre como a Dios. Un Dios que no quiere ser sin el hombre queda herido de muerte con el desprecio del hombre. Tras la caída, Dios queda vaciado de su modo de ser y, por eso mismo, deviene el impronunciable nombre de Dios —e impronunciable precisamente porque no puede funcionar como nombre sin falsificar a Dios. Contra los presupuestos de la sensibilidad religiosa, el nombre de Dios no designa a Dios como la palabra árbol refiere a cualquier árbol. Y esto equivale a decir, cristianamente hablando, que, tras la caída y hasta el Gólgota, el nombre de Dios tuvo pendiente su referente —su quien. En este sentido, no es casual que, para Israel, Dios en verdad se ofrezca como promesa de Dios, en el doble sentido del genitivo. La reconciliación entre Dios y el hombre no depende de un culto adecuado —esto sería aún religión—, sino de que se realice un porvenir que no está solo en manos de Dios (aunque tampoco solo en las del hombre). Evidentemente, todo esto es ininteligible —e inaceptable— para el homo religiosus. Cuando menos, porque este da por sentado que la divinidad es la que es con independencia del fiat del hombre. El horizonte de la religión es la salvación del hombre —o al menos, su plenitud. El de la fe, la redención de Dios. Aunque quien redime a Dios del pasado en el que fue sepultado ignore —y deba ignorar— que está redimiendo a Dios para que el hombre pueda volver a ser capaz de Dios.

De ahí que el tema del sacrificio del Hijo sea uno de los irrenunciables del cristianismo, a pesar de que para el cristianismo ligth de nuestros días resulte un tema, cuando menos, incómodo. Y es que donde la fe pierde de vista la dimensión sacrificial de la pasión pierde vista al Dios que se revela en la cruz. Ahora bien, para comprender dicha dimensión sacrificial, hay que tener presente que el envés del sacrificio del hombre no es otro que la impotencia de un Dios que perdió su identidad tras el abandono del hombre —de un Dios que, como decíamos, no quiere ser sin el hombre. De lo contrario, Dios sería un Dios sediento de reparación. Y no es esto lo que sostiene el cristianismo.

Por tanto, para entender la obcecación de Franz hay que situarse en la perspectiva del sacrificio. Evidentemente, Franz ignoraba el significado de su entrega. Tenía que ignorarlo. El sacrificio pierde su sentido donde el que se sacrifica posee el sentido de su sacrificio. Como decíamos antes, nuestra relación con Dios se decide en las situaciones en las que nos sentimos abandonados de Dios. O en palabras de Bonhoeffer, ante Dios, nos hallamos sin Dios. El sacrificio de Franz habría resultado rídículo, si Franz se hubiera dicho —y nos hubiera dicho— que tiene que sacrificarse para que Dios se haga presente entre los hombres (y como hombre). Esto es, su sacrificio nos habría hablado de él —de su creencia—, en modo alguno de Dios. Sencillamente, Franz quiso ser fiel a Dios. Ni más, ni menos. En cualquier caso, su posición fue la de quien mantiene una relación casi física con el Dios al que le debe la existencia. A pesar de que en el imaginario de Franz siga habiendo mucha religión. A pesar de que Dios en realidad sea un fantasma que clama por incorporarse de nuevo al mundo de los vivos. En cualquier caso, Franz no podía faltarle a Dios al igual que los antiguos mártires no pudieron abjurar de aquel de quien recibieron la salvación, precisamente, porque el punto de partida de su fe no fue una cosmovisión en la que todo encaja, sino la experiencia de un haber sido liberados de los poderes del mundo. En este sentido, la relación que Franz mantiene con Dios sería análoga a la que mantiene con Fani, su esposa (y no es casual que las metáforas conyugales sean habituales en el profetismo bíblico a la hora de traducir las relaciones entre Dios y el hombre). Franz no puede abjurar de Dios, como no podría repudiar a la mujer a quien le debe la vida. Y esto es lo que nos cuesta admitir hoy en día, incluso cristianamente. Podemos entender la imposibilidad de irse con otra. Ya nos cuesta más decir lo mismo con respecto a Dios. Pero puede que este sea el síntoma de que nuestro vínculo con Dios no es con Dios, sino con nuestra creencia en Dios —con nuestra necesidad de suponer que hay un Dios.

En realidad, el sacrificio de Franz no fue estéril, aun cuando su fertilidad permanezca abierta a un futuro que no logramos vislumbrar. La película termina con la imagen de la campana que un habitante del pueblo de Franz hizo sonar después de que Franz fuese guillotinado. Al oirla, los hombres y mujeres del pueblo se detienen, cayendo en la cuenta del alcance de la obstinación de Franz. Por decirlo en breve, gracias al sacrificio de Franz, el Mal no pronunció la última palabra —y es de esperar que no la pronunciará cuando todo esto termine, aunque no podamos concebir el cómo. Mi amigo Miguel Angel Moll dice que al final los hombres del pueblo fueron salvados por la campana. Quizá, quienes seguimos instalados en el hogar, no podamos esperar otra redención.

eternidad

julio 11, 2020 § Deja un comentario

Lo real, por defecto, es lo que permanece, lo inmutable o eterno. ¿Y qué permanece? Nada que tenga que ver con los hechos —con cuanto sucede. Pues todo pasa, y nada permanece… salvo la desaparición, la distancia, el retroceso que hace posible la aparición del mundo. Hay, sin duda, momentos epifánicos. Pero no duran lo suficiente. Tarde o temprano, se impone el oficio de vivir, el hiato, la necesidad de tratar con cuanto nos rodea. Únicamente, la pérdida es eterna. Y por eso mismo, el porvenir como regreso o restauración. Tan solo Dios es real —o mejor dicho, tan solo la relación, inicialmente quebrada, entre Dios y el hombre. Ni Dios ni el hombre terminan de hallar la paz mientras sigan separados. Y lo seguirán estando de aquí al final de los tiempos. Pues Dios es el Dios que el hombre encuentra en falta, la alteridad que el mundo tiene pendiente (y por eso mismo es lo que es). No hay otro vínculo con Dios que el que mantenemos con aquel que lo encarna. Con respecto a Dios tan solo cabe situarse ante Dios —ante lo debido a su eterna y radical trascendencia. No hay más allá de lo eterno. Y esto es lo mismo que decir que no hay más allá de nuestra situación con respecto a lo eterno. Y si lo hubiera, lo ignoramos, por no decir que no nos concierne. Lo eterno es un eterna promesa y no la materia, lo subyacente, ni siquiera donde lo entendemos como el fondo nutricio del cosmos. Incluso si lográramos conectarnos a dicho fondo, seguiríamos preguntándonos por el lugar de Dios. Sencillamente, el todo no puede ser el todo para quien existe.

disminuir para crecer

julio 10, 2020 § Deja un comentario

En las espiritualidades de diferente cuño, hay una especie de leitmotiv moral: uno tiene que desaparecer para poder conectarse con la divinidad o, si se prefiere, con el fondo nutricio del cosmos. Así, deberíamos renunciar a nosotros mismos —a nuestro deseo de posesión— para alinearnos con el anhelo más profundo. Disminuir para crecer sería el lema. Y algo de esto hay. La cuestión es si se trata de una enseñanza. Sin duda, en cierto modo lo es. Como decían los estoicos —o Buda—, la felicidad no se alcanza a través de la satisfacción de nuestras múltiples —e interminables— necesidades, sino reduciéndolas al mínimo. El hombre no tiene suficiente con lo suficiente. Pero lo que va más allá de lo suficiente —aquello a lo que apunta la inquietud, cuanto, en definitiva, importa— no es una cosa más. Aunque inicialmente nos lo parezca. Una cosa más siempre está de más. Al fin y al cabo, pretendemos reconciliarnos con la alteridad de la que fuimos separados, sentir que formamos parte de un orden que nos supera —del bien o la paz. Es verdad que los sucedáneos están ahí: la tribu, la patria, el club. Y por eso la vida del espíritu exige discernimiento, un mínimo de lucidez para distinguir el trigo de la paja. Pero podríamos preguntarnos si la enseñanza de las diferentes tradiciones espirituales, más allá de la disciplina a la que nos obligan, es verdadera —si traduce nuestra relación con lo que en verdad acontece o tiene lugar. Y bíblicamente, la verdad en este sentido no se decide en el ámbito de la interioridad, aun cuando sea cierto que no solo de pan vive el hombre, sino frente a los desposeídos por el hambre. Como decía Nikolái Berdiáyev, mi hambre es un problema material. Pero el hambre del hermano es un asunto espiritual.

De hecho, no da la impresión de que las víctimas estén por la labor de disminuir. Ya fueron disminuidas —hasta el punto de que dejaron de contar para el mundo. Las víctimas no desean a Dios… como quien desea lo que queda lejos de su alcance pero cabe alcanzar, aunque sea con la punta de los dedos, sino que claman —y desgarradamente— por Dios. Su oración es el padrenuestro, un pedirle a Dios por Dios, como decía Metz. No parece que sea lo mismo. En el caso de la ascesis, el horizonte es la felicidad o la plenitud. En el de las víctimas, la redención. En el primero, se trata de ascender o participar. En el segundo, de responder a la voz que se desprende de un Dios en caída libre. Ciertamente, hay una presencia de fondo anterior al mundo, por decirlo así, la que provoca, precisamente nuestro asombro —la que produce el sentimiento de estar en paz en el mero estar. Y es mejor asombrarse de vez en cuando, que vivir pegados a nuestra estrecha circunstancia. Pero, desde el lado de las víctimas, esa presencia es también indiferente a su dolor. El sufrimiento no es debido solo a que no hemos sabido hacer los deberes. Va con la existencia —con el haber sido arrojados al mundo. Es cierto que donde permanecemos atados a nuestro deseo de ser como Dios, seguiremos siendo incapaces de Dios. Pero de ello no se desprende que si logramos despojarnos de cuanto nos sobra, lleguemos a hacerle un hueco a Dios. En realidad, el riesgo es que lleguemos a despojarnos incluso de los que sobran. Es lo que tiene confundir precio y valor. Cuanto vale tiene un precio. Pero no todo lo que tiene un alto precio posee valor. Traducción: el encuentro con Dios lleva a la ascesis, a una vida de renuncia. Pero la ascésis no conduce, por si sola, a Dios. En cualquier caso, a lo que suponemos que es Dios.

Sin duda, hay un misterio de fondo. No obstante, se trata de un misterio interpelado por el llanto de los que sobran. Para las víctimas no hay reparación que valga desde nuestro lado. Y la desposesión ascética no deja de ser un logro del hombre, aunque se vista con los oropeles de la renuncia de sí. En última instancia, no parece que la divinidad a la que aspira la espiritualidad del ascenso sea el Dios que quedó herido de muerte con el desprecio de primer hombre. Y menos aquel que no tiene otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Cristianamente, no cabe otro encuentro con Dios que el que tiene lugar al pie de una cruz. En verdad, Dios y el hombre se encuentran como pobres. Como pobre —como empobrecido por el mundo— el hombre se vuelve capaz de Dios. Pero no porque a través de su disminución pueda coronar la cima de Dios, sino porque solo a través de la fidelidad del disminuido, Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre (y por eso mismo darse como hombre de Dios en el centro de la historia). Puede que efectivamente haya algo así como un fondo nutricio. Pero ese fondo, desde la óptica de los evangelios, no es aún el de Dios. Al menos, porque la pregunta no es cómo lograremos conectarnos de nuevo con Dios, sino si Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre… para llegar a ser el que fue.

Heidegger, el payés

julio 9, 2020 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, las pantuflas pastoriles de Heidegger tienen más enjundia metafísica de lo que, a simple vista, parece. De hecho, la jerga de Heidegger, oscurece lo que, en el fondo, es simple: hay un sentido de la presencia que es anterior a la interrogación sobre lo dado —sobre las propias evidencias— y que tampoco consiste en caer en el carácter impersonal de lo que se dice o se hace. Se trata del sentimiento de formar parte de un exceso, el cual permanece indiferente al destino de los hombres. Los tiros del cine de Terrence Malick diría que van por ahí —un cine que intenta revivir el sentido pagano de la existencia, a pesar de los motivos bíblicos que también lo atraviesan. Sea como sea, la reflexión, en tanto que convierte la presencia originaria en creencia sobre dicha presencia —y en una creencia bajo sospecha—, impone una distancia en la que inevitablemente dejamos de formar parte. De ahí que el hombre se encuentre en el mundo como arrojado. La alteridad de la presencia original — el motivo de nuestro asombro— solo podrá ser pensada como pérdida. No en vano Heidegger se preguntará por la posibilidad de restaurar una presencia anterior al mundo. Y de ahí también que, al final, acabe diciendo que tan solo poéticamente puede el hombre habitar la tierra. Sin embargo, quién tendrá oídos para escuchar al poeta en tiempos de miseria. Ni siquiera el sentido pagano de la existencia cabe en un mundo que ha sido transformado en un campo de dominio.