OW

diciembre 8, 2019 § Deja un comentario

Óscar Wilde escribió una vez que todo santo tenía un pasado y todo pecador, un futuro. A menudo, acierta más quien sufre la persecución de la buena gente, que las piruetas dialécticas del teólogo. Aunque a Óscar Wilde se le negó precisamente ese futuro. No deja de llamar la atención que Occidente se erija sobre el cadalso de los provocadores a los que condenó. Primero fue la ejecución de Sócrates. Luego, la de Jesús de Nazaret. Finalmente, la oscura muerte de Óscar Wilde. En cualquier caso, estaba en juego la preocupación de sí, ese invento tan nuestro. Aunque no se entendiera del mismo modo. Pues no es lo mismo buscar la libertad de quien está por encima de cuanto pueda sucederle que la salvación. Por no hablar de la preocupación por hacer de uno mismo una obra de arte. A pesar del aire de familia.

¿un Dios que nos ama?

diciembre 7, 2019 § Deja un comentario

Que Dios nos quiera hasta el punto de venir a rescatarnos es algo que, de ser cierto, está lejos de resultar obvio. Al menos para quien sepa que significó inicialmente el término Dios. Y sobre todo para quien, sabiéndolo, no se le escapa que los hombres no nos merecemos el amor de ningún Dios. De ahí que Pablo, y con él los primeros cristianos, hablasen de revelación. Y no hay revelación que no contenga unas cuantas dosis —bastantes— de escándalo. Basta con tener esto en cuenta para entender el celo misionero de Pablo y compañía. ¡Sorpresa! ¡Dios ha muerto por nosotros! Por no hablar de la sorpresa de la resurrección. Comprender el cristianismo supone admitir su carácter inadmisible. Al menos, de entrada. A veces tengo la impresión de que la idea, tan común hoy en día, incluso dentro de las canchas cristianas, de que las diferentes religiones son vías alternativas de alcanzar —o al menos acercarse—a una misma cima solo es aceptable donde dejamos a un lado el sesgo inaceptable de la revelación. Pues la mayoría —por no decir el resto— de la religiones parten de una concepción espontánea o natural de lo divino. De ahí que muchos entiendan la confesión cristiana acerca de un Dios que es amor como si tan solo dijera que el amor es divino. Y es que lo que encontramos en las religiones, salvo en el cristianismo, es un dios —o, si se prefiere, un arjé— demasiado razonable como para que podamos hablar de revelación. Sin duda, la religión exige de sus fieles un momento de iluminación. Pero no es lo mismo hablar de iluminación que de revelación. Al menos, porque la iluminación se decide solo desde nuestro lado. No es lo mismo que el sacrificio —la ascesis— que nos reconcilia con lo divino corra a cargo del hombre que confesar que si somos capaces de Dios es porque Dios se sacrificó antes hasta el punto de no querer ser Dios sin la fe del hombre. Y ya sabemos que el hombre no es que tenga mucha fe. Salvo, ingenuamente, en sí mismo. 

problemas del primer mundo

diciembre 5, 2019 § Deja un comentario

Quizá de vez en cuando convendría que nos viéramos desde una cierta distancia para, cuando menos, percibir el ridículo de una existencia demasiado centrada en sí misma, una vida preocupada, sobre todo, en tener éxito o en gustar. Humano, ciertamente. Pero quizá demasiado humano, por parafrasear a Nietzsche. Tan solo hace falta contrastar nuestras inquietudes diarias con la situación de aquellos que no saben qué podrán comer hoy sus hijos. O mañana. Por no hablar del contraste que supone que la última moda entre los actores de Hollywood sea broncearse el ano (así, tal cual). Hay que imaginarse a unos cuantos actores intentándolo en una playa a la que van llegando los cadáveres hinchados de quienes intentaron cruzar el océano con el propósito de vivir una vida digna —ellos y sus hijos—, para caer en la cuenta de lo inaceptable de la situación. Sencillamente, hay pecado original. Y es el que se traduce, antes que nada, como la indiferencia que mata.

creer que hay Dios

diciembre 3, 2019 § Deja un comentario

Una cosa es suponer que hay Dios. Y otra caer en la cuenta de que lo hay. Y mejor que lo sigamos suponiendo. Pues de haberlo, como pueda haber una presencia invisible en nuestra habitación, no podríamos soportarlo. Demasiado temblor de piernas como para confiar. A menos que se tratara de una presencia que nos inundara de beatitud. Pero en ese caso, tan solo habríamos descubierto una cosa más, aunque etérea. Como si tuviéramos una nueva droga con la que doparnos, aunque en este caso, fuera de dicha o bondad. Si no cabe negar a Dios, no hay Dios. Por suerte Dios, al ocultarse hasta la des-aparición, hizo el trabajo sucio por nosotros. Pues nacemos como los que no queremos saber nada de Dios —como los arrancados de una genuina alteridad que, sin embargo, creen poder contentarse con su imagen. Sencillamente, el haber de Dios no es el de la presencia, sino el de un eterno porvenir. Y por eso mismo es posible la esperanza. Aunque sea increíble. O por eso mismo.

la intuición de Heráclito

diciembre 2, 2019 § Deja un comentario

Heráclito dijo que no hay dos hojas exactamente iguales. Tarde o temprano salta la diferencia entre los clones. Incluso con respecto a dos segmentos iguales no cabe la igualdad: si la diferencia no salta al milímetro, saltará a la micra. La singularidad —que no lo común— es la Ley. Y quien dice singularidad dice el diferir. El arjé reúne —y al reunir reduce. Pero hay algo en el universo que se resiste a la reducción. Es la huella de la absoluta alteridad, y en definitiva, de un Dios, por el cual el todo no lo es aún todo. En la resistencia de la diferencia late un porvenir del que, sin embargo, no tenemos ni idea.

libertad y redención

diciembre 1, 2019 § Deja un comentario

La base de la libertad es el valor: el no temer el qué dirán, la frustración, el dolor —¿también bajo tortura?— hasta el punto de perderle el miedo incluso a la muerte. Como si no fuera contigo. Y esto porque una genuina libertad solo es posible en relación con lo que uno ama o busca eternamente. Pues nadie puede amar lo que esté a su alcance. En definitiva, estar por encima de uno mismo supone admitir que el centro de uno mismo no es uno mismo. Sócrates nos diría que tan solo cabe amar la verdad, entendida no como colección de frases verdaderas, sino como lo que en verdad importa o acontece al margen de los que nos parece que importa o acontece.Y probablemente sea así. ¿Importa realmente el éxito, gustar, poder realizar nuestro deseo? Creerlo es hacer el ridículo, sobre todo si somos capaces de vernos desde una cierta distancia, desde la grada de un dios. Cuanto acabamos de decir, sin embargo, es ateniense (y nosotros venimos de Atenas, al menos porque esto del cuidado de alma, un cuidado que prescinde del agradar a la divinidad de turno, es un invento griego, aunque hilando fino quizá deberíamos decir oriental). Jerusalén, en cambio, vio las cosas de otro modo. Pues su horizonte no es la libertad, sino la liberación. Aquí, la preocupación fundamental no es por uno mismo, sino por el que sobra a ojos del mundo. Sócrates fue su inquietud —su interrogación. El sujeto de la fe bíblica, en cambio, es su tener que responder a la demanda, en el doble sentido de la expresión, que procede de los estómagos del hambre. Sócrates parte de su insatisfacción ante lo común —de su asombro y sospecha. El creyente, de su encontrarse sub iudice —sometido al clamor que exige un paso al frente, un heme aquí; qué quieres de mí. La pregunta de Sócrates es de qué se trata en definitiva tot plegat. La del creyente, quién podrá redimirnos de nuestra sujeción a la impiedad (pues, el hombre desde su lado nunca termina de responder a aquel que decide el sí o el no de su entera existencia). El horizonte de Atenas es la libertad como dominio de sí. El de Jerusalén, la redención. No estamos hablando, estrictamente, de lo mismo —ni, por consiguiente, de la misma libertad. Aunque en ambos casos, hablemos de un desplazamiento con respecto a lo habitual o, si se prefiere, de una férrea obediencia. Pues no hay libertad sin fijación a lo que nos supera. Pero no se obedece a la misma voz. En el primer. caso, la voz es la del propio daimon. En el segundo, la de un Dios que se identifica con los que no parecen contar ni siquiera para Dios. En el primer caso, uno debe tener presente que va a morir. Memento mori. En el segundo, la muerte que nos saca de quicio no es la propia, sino la de quien vive como si fuera un perro. 

amar al enemigo

noviembre 30, 2019 § Deja un comentario

Se nos dijo: amarás a tu enemigo. Pero ¿es esto posible? Es obvio que no estamos ante un mandato moral. Debemos ser honestos. Y si no lo fuéramos, se nos puede acusar de deshonestidad. Pero no se nos ocurriría condenar a una madre por no saber perdonar al asesino de su hijo. Estamos ante un mandato, sin duda, excesivo. Pues se nos pide perdonar lo que, humanamente, no podemos perdonar. Un enemigo es, por decirlo así, el que quiere que tus hijos mueran —aquel que, habiéndote secuestrado, te da de comer a tus hijos haciéndote creer que tomas un estofado. Sin embargo, lo imposible ha tenido lugar. El cristianismo parte, no de nuestras suposiciones acerca de Dios, sino del testimonio de quienes han visto más de lo cabe esperar del hombre: el perdón de la víctima a su verdugo. Probablemente, tan solo como muertos en vida —como aquellos que ya no tienen vida por delante— podamos ofrecer es ese perdón. Y en este sentido no es nuestro. Pero tampoco solo de Dios. De ahí que la pregunta sea quién perdona lo imperdonable. Quizá solo lleguemos a entender el credo cristiano —al fin y al cabo, la Encarnación— donde logremos entenderlo como respuesta a esta pregunta.