Judith

agosto 22, 2019 § Deja un comentario

Supongamos que un psicópata te secuestra y te ofrece una oportunidad. Si sacas dos veces la misma carta de una baraja convencional (se supone que después de reintroducir la primera en el montón), te dejará en libertad. Y no solo eso, sino que podrás matarle. Sin embargo, de no conseguirlo, mueres. Supongamos que tuvieras suerte y, por consiguiente, su vida estuviera en tus manos. Y supongamos también que no hubieran consecuencias penales y que pudieras vencer la resistencia psicológica a hacerlo. ¿Le matarías? Probablemente. Y es que fácilmente te dirías a ti mismo que el psicópata es un peligro para los demás. Es lo que harías —haríamos— con un perro rabioso. Pues bien, esta es la lógica —implacable— de las políticas que pretenden realizar el bien absoluto en la tierra. Hay que arrancar las malas hierbas si queremos que crezcan las flores. Que tu enemigo sea un pobre hombre bajo la máscara de un dominio indiscutible es algo que cuesta de ver. Tanto que quizá haga falta una revelación para caer en la cuenta. A menos que se trate, efectivamente, de un genuino psicópata. Pues con el psicópata no cabe llegar a ningún acuerdo. Un psicópata es una bestia. No es casual que, tradicionalmente, fuese visto como la encarnación de Satán. El psicópata nace. Pero también se hace. Tan solo basta emborracharse de poder. Tomarse en serio el mal supone que la chispa divina puede morir —que el hombre es capaz de condenarse a sí mismo, de tal modo que, y esta es la convicción bíblica, únicamente Dios podría rescatarlo del sheol. De ahí que sea tan desconcertante la solución cristiana de ofrecer la otra mejilla. Pues no parece que estemos ante una solución. Si el cristiano prefiere morir antes que matar será porque, abandonado a Dios, ya no confía en ninguna solución que se decida desde nuestro lado. Sin embargo, cuando se trata de la vida de los que no cuentan, quizá no esté de más coger la espada para cortar la cabeza de Holofernes. No será una solución. Pero al menos, de esta herida dejará de manar sangre inocente.

la superstición y la verdad

agosto 21, 2019 § 1 comentario

Hay que entender la supersticion religiosa como los dibujos de el Perich. Por ejemplo, aquellos que pintan al banquero con dientes de un vampiro. Nadie se toma al pie de la letra esta representacion. Pero es más verdadera que la asepsia de un tratado de finanzas. Como si solo a través de una imagen afortunada pudiéramos interiorizar una evidencia que trascienda lo medible. Pues interiorizar es in-corporar, literalmente, traer al cuerpo. Y un cuerpo solo conoce lo sensible. Quizá reguemos fuera de tiesto cuando presuponemos que los antiguos creían tal cual que Dios tenía barba blanca… porque se tomaban en serio esta imagen. De ahí que con la crítica ilustrada a la superstición, tan necesaria en su momento, la verdad pase a ser un asunto de especialistas. Sencillamente, sin supersticion, el hombre de la calle se queda sin esa verdad que va más allá de lo obvio (y lo obvio es por definición lo obviable). O mejor dicho, esta verdad pierde la legitimidad de los viejos tiempos. No podemos evitar ver que el sol se mueve. Pero realmente lo que se mueve es la tierra. Con todo, es posible que dicha crítica tenga más que ver con nuestra moderna difícultad para leer un imaginario simbólico que con la objetividad científica. Así, no damos crédito a la posibilidad de que, en el futuro, hubiese quien defendiera la tesis de que nosotros creíamos que los banqueros tenían de hecho los dientes de un vampiro. Aun cuando, en realidad, sea así (o, si se prefiere, algo así). Si alguien llegara a sostener dicha tesis, fácilmente entenderíamos que no ha entendido nada. Quien dice que una mujer le ha robado el corazón no está más lejos de la verdad que aquel que se limita a constatar una alteración hormonal. Mas bien, al contrario. Sin embargo, no deja de ser cierto que las imágenes pueden ser utilizadas por el poder para manipularnos. Nada hay de cuanto nos traemos entre manos que esté exento de ambivalencia. Un imagen seduce, sobre todo si se nos presenta en nombre del bien. Pero no es oro todo lo que reluce. La impiedad siempre encuentra su última justificación en las grandes palabras. Sin duda, con la crítica ilustrada a la superstición nos ahorramos las maniobras más sucias del poder eclesial. Pero al precio de caer en el juego abstracto del sofista, por no hablar del nihilismo. Puede que la escisión entre cuerpo y alma nunca haya estado tan acentuada como en la modernidad. No es casual que, con el propósito de alcanzar una nueva integridad, los románticos alemanes se preguntaran por el mito adecuado a una época postcristiana. Pero ya sabemos cómo término su búsqueda. O Dios o el terruño.

una partidilla

agosto 21, 2019 Comentarios desactivados en una partidilla

La fe mueve montañas. De acuerdo. Pero la falta de fe las hace caer. Como si fueran un castillo de naipes.

la intercesión de Abraham

agosto 20, 2019 § Deja un comentario

Como es sabido, Abraham intercede ante Yavhé por Sodoma y Gomorra (Gn 18, 16-33). La interpelación de Abraham es directa: ¿destruirías ambas ciudades si las habitaran cuarenta, veinte… diez justos? Yavhé se niega a hacerlo, de haberlos (aunque su solución pase finalmente por sacar a Lot de ahí: como si el episodio fuera, en definitiva, la anticipación de un juicio final). Sin embargo, ¿qué hay detrás de esta intercesión? De entrada, que no nos merecemos la vida que nos ha sido dada. De acuerdo. Pero también que si seguimos con vida es por la existencia de algunos hombres buenos. Esto me recuerda a lo que ocurría en los campos de exterminio. Según contaron algunos de los que sobrevivieron (y, como subraya Primo Levi, no fueron los mejores), los prisioneros podían soportar su degeneración moral siempre y cuando algunos, aunque pocos, siguieran siendo íntegros. Una vez desaparecían, nada —mejor dicho, nadie— podía impedir la desesperación de los que quedaban. La falta de esperanza era absoluta. El triunfo de Satán, inapelable. Como si solo pudiéramos ceder a lo peor de nosotros mismos, donde la resistencia moral de un resto nos permitiese seguir creyendo que quienes carecemos de piedad no pronunciaremos la última palabra. Será verdad que el mundo es una cancha en la que las fuerzas del bien y el mal pugnan por el corazón del hombre. Al fin y al cabo, la cuestión teológica par excellence es una cuestión política: quién detenta el verdadero poder —quién terminará mandando. Y no hay política que no parta de un relato —o si se prefiere, de una visión de conjunto. De ahí que la crisis posmoderna del metarrelato suponga el triunfo de las fuerzas del imperio. El imperio quiere aplastar toda resistencia —y desde el origen de los tiempos—. Pero no con espadas láser, sino haciéndonos creer que esto del combate entre la luz y la oscuridad es un cuento para niños. Auschwitz fue algo más que una metáfora. 

Fyodor

agosto 19, 2019 Comentarios desactivados en Fyodor

Para el nihilista, nada nuevo hay bajo el sol. Todo no es más que la eterna reiteración de lo mismo. Desde nuestro lado, lo nuevo solo puede darse como un comenzar de nuevo. Y esto solo es posible haciendo tábula rasa del pasado. De ahí que, como se nos cuenta en Demonios, el nihilista termine persiguiendo la destrucción por la destrucción. No es casual que el hombre solo llegue a sentirse vivo en medio del peligro. Me encanta el olor a napalm por la mañana, dice el personaje interpretado por Robert Duvall en Apocalypse Now. Por lo común, permanecemos entre el que busca una aparición inviable y el nihilista revolucionario. Así, fácilmente nos contentamos con los simulacros de lo nuevo —las novedades del super—, al fin y al cabo, con la renovación de cuanto suponemos obsoleto. O también con ese sucedáneo del peligro que es el puenting. Como si únicamente el juego consiguiera situarnos por encima de una vida que se reduce a un ir de oca en oca (y tiro porque me toca). Como si, en ausencia del mesías, solo pudiéramos aspirar a la redención, tan excitante como hueca, que nos proporciona el entretenimiento.

dos notas al pie sobre las lecturas de hoy

agosto 18, 2019 § Deja un comentario

En la carta a los Hebreos, encontramos un versículo que podría sugerir que los primeros cristianos eran algo así como unos talibanes: porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado (Hb 12, 4). En primer lugar, porque da por sentado que la existencia cristiana se halla en medio de un combate, aquel que libra, precisamente, contra las fuerzas del mal. Y en segundo, porque hay que combatir hasta dar la vida. Ahora bien, teniendo en cuenta que la sangre derramada es la propia y no la del enemigo, no parece que fueran unos fundamentalistas. Al menos, mientras Roma aún no estaba de su parte. En cualquier caso, lo cierto es que la fe es inseparable de la convicción de que nos hallamos en medio de una contienda de dimensiones cósmicas. Que creamos que no hay para tanto es lo propio de un cristianismo acomodado, donde lo único que está en juego, a lo sumo, es un compromiso moral al servicio de nuestra justificación, en modo alguno la victoria, aun cuando sepamos que esta no depende solo de nosotros. Es posible que la falta de vigor que observamos en los cristianos de hoy en día —falta que suplen, y con creces, los fundamentalistas islámicos, aunque el suyo sea un vigor invertido— se deba a que nos convencieron de que esto del combate cósmico es algo que quizá esté bien para Star Wars, pero no para los mayores de edad. Sin embargo, si no cabe esperar el fin del mundo —la derrota del imperio—, entonces nada nuevo puede haber bajo el sol. Y esto es lo mismo que decir que el nihilista tiene razón. Cualquier esperanza no es más que disimulo.

Y es bajo este horizonte polémico que cabe entender la sentencia de Jesús de Nazaret: no he venido a traer la paz, sino la división. ¿Cómo leerla, si no es desde la óptica de unos tiempos críticos, aquellos en los que se decide, precisamente, el sí o el no de nuestra entera existencia? Ahora bien, donde los mediterráneos de este mundo siguen siendo la tumba de tantos hombres y mujeres que buscan la paz ¿acaso cualquier presente no se carga con el aura de los tiempos finales? Si la sentencia de Jesús nos resulta incómoda será porque damos por sentado que la crisis no va con nosotros —que nada decisivo está en el aire. Ciertamente, la paz se nos dio por adelantado. Pero, cristianamente, es esa paz —y no la Ley que se nos impuso a causa de nuestra dureza de corazón— la que nos juzga. La paz que Jesús nos ofrece no es la paz que aletarga, sino la que nos obliga a responder. Ante la paz que brota del perdón de nuestras víctimas, no responder es ya un responder. Que fácilmente creamos que nadie nos juzga —que creamos que las víctimas tan solo provocan en nosotros un sentimiento de compasión— es el síntoma, como decíamos antes, de nuestra falta de fe (y, en última instancia, de nuestra soledad, cuando menos porque el otro siempre irrumpe en nuestra existencia sacándonos del quicio del hogar). Uno comienza a tomarse la vida en serio, no donde se propone sacar adelante su proyecto, al fin y al cabo un ejercicio de vanidad, sino donde se encuentra sujeto a la demanda, en el doble sentido de la expresión, que nace de las pateras de la historia. Y lo que no es serio es inercia. O lo que viene a ser lo mismo, esclavitud. Pero ¿quién no prefiere ser un esclavo feliz? Los heraldos de la verdad —desde Sócrates hasta Jesús— siempre acabaron mal. No está bien andar tocando los cojones por ahí.

difícil salvación

agosto 18, 2019 § Deja un comentario

Quizá el problema del cristianismo es que nos queda grande. Demasiado peso para nuestras espaldas. En principio, la fe es una respuesta a la salvación de Dios —a su entrega en una cruz. Pero ¿quién parte hoy en día de un haber sido rescatado del poder de Satán? ¿Acaso los sectarios? Puede. Pero ¿no arrugamos la nariz ante una creencia demasiado emocional —demasiado iluminada? De ahí que el cristianismo haya quedado reducido a una serie de verdades que apoyan, en el mejor de los casos, un compromiso ético y alguna que otra devoción. La verdad del kerigma ya no traduce una experiencia de redención, sino que la sustituye, por decirlo así. No es casual que Nietzsche dijera, hace más de cien años, que [para que pudiera] creer en su Redentor, sus discípulos tendrían que cantar otras canciones y parecer más redimidos (aun cuando, probablemente Nietzsche, tan dispuesto a encontrar el polvo por debajo de la alfombra, tampoco hubiera dado el paso de topar con algunos de los auténticos). En la situación en la que nos hallamos, quizá al cristianismo le iría bien recordar que los hombres y mujeres de fe se cuentan con los dedos de una mano (o si se insiste, de ambas). Que la poca fe que podamos tener no es nuestra, sino del resto de Israel. Que, al fin y al cabo, no hay experiencia de Dios que no pase por el encuentro con aquel que lo encarna.