pobres
noviembre 23, 2024 § Deja un comentario
Los pobres también se juzgan entre sí. Hay quienes luchan por abrirse camino. Y los que no dan un palo al agua. Hay los que se ayudan entre sí y los que son unos genuinos cabrones. Como en todas partes. La compasión del pobre, de haberla, no carga con la culpa —y quizá, por eso mismo, sea tan poco paternalista. Quizá sea cierto que el carácter, como decían los griegos, sea un destino. En cualquier caso, al pobre se le debe justicia. Pues nadie debe vivir como si fuera un perro callejero. Sea bueno de corazón o hijo de puta.
teo-lógicas (4)
noviembre 22, 2024 § Deja un comentario
¿Es posible que lo absoluto no sea lo primero, sino que lo primero sea el acto —un acto sin sujeto agente— por el que surge lo ab-suelto, la alteridad avant la lettre? Pues lo primero, lo anterior al mundo, no es nada. Esto es, la negación de la nada por la que el puro haber deviene, precisamente, lo ab-suelto del haber del mundo. Sin embargo, esto ya se nos dijo cuando el yhavista (J) concibió el hágase como el principio rector de la creación. Sin embargo, también añadió que el mundo va con el séptimo día. Y lo que esto significa es que con la luz irán las sombras. La cuestión: qué pesará más, si la luz o las sombras.
un ejercicio de retórica
noviembre 21, 2024 § Deja un comentario
Alguien dice lo siguiente: “usar algunas medidas para definir el rendimiento de un equipo de audio es similar a usar una cinta métrica para definir lo guapo que es alguien». ¿Que ha sucedido aquí? Pues, sencillamente, que la comparación empleada decanta la discusión. Con ello quiero decir que, si aceptamos la analogía, entonces no hay nada más de lo que hablar. Las imágenes rectoras son muy poderosas… hasta el punto de que, una vez aceptadas, resulta muy difícil liberarse de ellas. Así, quien pretenda defender que las mediciones lo dicen todo tendría que impugnar la analogía, esto es, el marco, diciendo, por ejemplo, que las medidas de un equipo de audio son, más bien, como los análisis médicos: que nos permiten saber si seguimos, o no, con salud. Esto es, si el equipo de audio está o no a la altura de lo exigible.
Algo parecido podríamos decir con respecto a la discusión teológica acerca de si Dios es padre o madre —o un cruce de ambos. Pues la disyuntiva se disuelve como azúcar en el café donde partimos de un Dios que, en sí mismo, sufre una crisis de identidad: como si, en cuanto tal, no fuera aún nadie. De hecho, según la confesión cristiana, Dios no tiene otro quien —otra esencia o modo de ser— que el de aquel que fue crucificado en su nombre. Y esto resulta tan escandaloso que probablemente todavía andemos un tanto lejos de admitirlo hasta sus últimas consecuencias.
seguimos estando solos
noviembre 20, 2024 § Deja un comentario
Si Dios es un océano, entonces seguimos estando solos. Sin embargo ¿por qué nos resulta tan difícil admitir que, al final, terminaremos disolviéndonos en lo anónimo como azúcar en el café? Tan solo lo eterno puede presentarse a la conciencia como divino. Pues el caer en la cuenta de la propia muerte es el primer paso de una sensibilidad por lo trascendente. Sin embargo, ¿por qué buscamos a alguien en lo eterno —? Esto es Occidente: la necesidad de un padre.
¿A qué se debe, sin embargo, esta necesidad? Quizá porque la subjetividad occidental no puede prescindir de un hacerse a uno mismo. Esto es, de una voluntad de afirmarse… frente a lo impersonal. Y nadie sabe qué quiere en realidad —y no solo desea— hasta que no sabe qué quiere de él su padre. Obediencia y transformación —de uno mismo y del mundo— son dos caras de la misma moneda. De ahí la resistencia del sujeto occidental a formar parte de la naturaleza —a disolverse en las aguas que, inicialmente, nos cubren. Dios contra los dioses. El nacimiento —el haber sido arrojados— contra la matriz.
Quizá no fuese casual que Nietzsche viera en Oriente la expresión más pura del nihilismo.
lo más (un ultra Platón en breve)
noviembre 19, 2024 § Deja un comentario
El bien —la luz, el sí…— es imposible. Y esto porque es —porque hay el bien, la luz, el sí…
Nada es que no se haga presente. Sin embargo, en su hacerse presente el bien deba renunciar, como quien dice, a su inmaculada eternidad. De otro modo, en su hacerse presente el bien debe incorporar a su contrario —el no, la oscuridad… Y ello porque de haber solo bien, no habría bien. Donde únicamente hubiera bien —o luz, o sí…—, obviamente, no habría oscuridad. Pero tampoco bien —o luz, o sí… Esto es, no habría nada.
Sin embargo, lo anterior no significa que en primer lugar haya el bien y, posteriormente, el bien incorpore a su contrario. Como acabamos de apuntar, el bien a secas o en sí —esto es, al margen de su hacerse presente— no es nada sin su contrario. Por consiguiente, si lo primero es el bien a secas, entonces lo primero es la negación de sí del bien, su es no siendo nada. Y aquí hay que tener en cuenta que este es no siendo nada supone, lógicamente, la negación de la nada.
Bien significa, por tanto, deber ser —en definitiva, el hágase. El bien implica su negación de sí… en tanto que, como bien a secas o puro bien, es no siendo nada. Con otras palabras, el deber ser del mundo —y nada es más allá de lo que adquiere una forma— es el otro lado de la negación de sí del bien. Consecuentemente, lo contrario al bien —el mal, la tara, la desproporción…— es el correlato, el efecto inmediato, de su es no siendo nada. El bien se hace presente negándose como tal. Porque hay el bien, no tan solo hay el bien.
Así, hay algo en vez de nada porque la nada es el más allá del mundo, de la totalidad de cuanto existe. El mundo es el resultado de la negación de sí del bien —la negación de sí que es el bien. O con otras palabras, de su llegar a ser nada en cuanto tal, de su retroceso a un pasado anterior a los tiempos, al fin y al cabo, de su devenir absoluto en su hacerse presente como lo bueno en cierta medida. Pues lo absoluto es lo ab-suelto, lo liberado del juicio y, por extensión, del tiempo presente. El fundamento del mundo, en tanto que ab-suelto del mundo, no pertenece al mundo —ni puede pertenecer. Y quien dice mundo, dice tiempo. Hay mundo porque hay lo absoluto. Sin embargo, el haber de lo absoluto —la eternidad del bien— es el haber de lo impresentable o inviable. O como decíamos al principio, de lo imposible. Hay lo posible porque, más allá de los mundos, hay lo imposible. Schelling, hacia el final de sus días, comprendió mejor que nadie que la razón llevada al extremo conduce de nuevo al mito. Pues solo por medio del mito podemos hacernos una idea de lo que es —y sigue siendo— antes de cualquier presencia o presente. En realidad, que lo absoluto sea lo ab-suelto es lo que da pie al tiempo.
La secuencia lógica sería, por tanto, la siguiente: el bien a secas —la luz, el sí…— es lo primero; pero el bien a secas no es nada (ya que solo es lo que posee una forma); por tanto, lo primero es que no hay nada, la negación de sí de la nada —el hágase, el debe tener lugar, la creación —… y, por eso mismo, el bien se hace presente… aunque siempre hasta cierto punto o en cierta medida. La invisibilidad de lo absoluto —el que sea no siendo nada, su continuo paso atrás— es el sostén de lo visible.
Acaso Hegel fuera el mejor lector de Platón. Y quizá por eso también, la filosofía comienza con Platón y termina con Hegel. Nietzsche, por su parte, y a pesar de que lo suyo no fuese, precisamente, la dialéctica, intuyó con fiera lucidez que el nihilismo es la otra cara del platonismo. Pues si lo dicho hasta ahora es cierto, entonces solo cabe esperar el eterno retorno de lo mismo. A lo sumo que el bien pese más que el mal. Satán bajo las botas del arcángel, como quien dice. Pero esta esperanza no fue, ciertamente, la de Nietzsche.
¿un dios de nuestra parte?
noviembre 18, 2024 § Deja un comentario
Epicuro fue muy consciente de lo que significaba ser un dios. Así, comprendió que los dioses, debido a su naturaleza netamente superior, no podían congeniar con nosotros. Pues ¿qué dios podría interesarse por la suerte de los ácaros? A lo sumo se entretienen, como un niño juega con sus gusanos de la seda. Carpe diem. De acuerdo.
La situación cambia, sin embargo, cuando nos saca de quicio el clamor de quienes viven como perros. Este es el punto de partida de la fe —y no la necesidad de asegurar que seguiremos por ahí tras la muerte.
Un dios no puede estar de nuestra parte. De ahí que la responsabilidad creyente —el tener que responder al grito del hambriento—, de algún modo, se enfrente a la indiferencia de un cosmos atravesado de dioses. Y puede que, por eso mismo, Israel viese, aunque a costa de un enorme sufrimiento, que el único dios que puede valer como Dios-en-favor-del-hombre fuese aquel que crea el mundo desplazándose a un tiempo anterior a los tiempos. Y quien dice desplazándose, dice negándose.
¿un Mesías impotente?
noviembre 17, 2024 § Deja un comentario
Una vez Dios se reveló como el Altísimo —tan alto que anda rozando la nada— su intervención quedó en manos del Mesías. A partir de ese momento, la esperanza creyente dejará de apuntar al acto ex machina de Dios —pues ese acto presupone que Dios no es más que un dios… entre otros. En su lugar, la irrupción del Mesías —de quien ocupa su lugar. La esperanza de Israel se transformó en la esperanza mesiánica.
Israel, sin embargo, fue muy consciente de la dificultad. ¿Cómo imaginar la intervención del Mesías? ¿Como una operación militar? Esta, sin duda, fue la expectativa más natural o espontánea. Y quizá, por eso mismo, no debería extrañarnos que terminase secularizada como ideal revolucionario. Pero un Mesías que empuñase las armas no termina de casar con la misericordia divina. Por otro lado, si el Mesías no aparece como un nuevo David ¿cómo reconocerlo? ¿Es posible que haya estado entre nosotros y no nos hayamos dado ni cuenta? Y si la fe comienza con la confesión —tú eres el que esperábamos—, ¿no se abre la puerta, por eso mismo, a los falsos mesías?
El cristianismo llegó a la peor audacia: ya vino y lo colgamos de una cruz. ¿El Mesías, por tanto, no fue capaz de transformar el mundo? La fuerza de la debilidad ¿no será un truco ad hoc?
En cualquier caso, la relación con Dios no es indisociable de la cuestión sobre el poder de Dios —en este caso, sobre el poder de una bondad sin resquicio. De ahí que el cristianismo no pueda prescindir de la resurrección de los muertos —esa imposible posibilidad— sin renunciar a lo más propio. Y quien dice resurrección dice esperar el regreso del Mesías. Y este es el asunto: ¿quién puede creer en lo imposible? En realidad, este fue siempre el asunto.
fenomenología cristiana
noviembre 16, 2024 § 1 comentario
El coloquio con Dios —el intimar con lo alto— termina como era de prever tratándose, precisamente, de lo alto: con el clamor de Getsemaní. ¿Después? A la espera. Como quien permanece fiel a lo que le ha sido dado y no termina de comprender. Pues han habido gestos de bondad donde no cabía ninguna bondad. Y mientras tanto, con el mazo dando. Esto es, Mt 25. El resto es espejismo.
Occidente
noviembre 15, 2024 § Deja un comentario
Suele decirse que cada cultura tiene su filosofía. No es exactamente así. En cualquier caso, tiene su cosmovisión, su sabiduría. La filosofía es un producto occidental, aunque respire los aromas de Oriente. O mejor dicho es, como la democracia, un producto griego… que dio pie a lo que hoy conocemos como Occidente. Y es que la filosofía nace, con Sócrates, como cuidado del alma… el cual —y en esto reside su novedad— se concibe sobre la base de la sospecha de sí, de lo que uno siente como verdadero, una sospecha que solo contará con la ayuda del imperativo lógico o racional y que, por eso mismo, no terminará haciendo buenas migas con la demagogia de la que se alimenta el ejercicio del poder. El conflicto entre filosofía y polis —un conflicto que no hallamos en Oriente— es la sangre que corre por las venas de Occidente. Israel —la otra columna vertebral—, y a través de sus profetas, extenderá este conflicto al mundo en su totalidad.
Paralelamente, se suele decir que el cristianismo triunfó históricamente adaptándose a la matriz griega. Y algunos ven aquí una traición al espíritu original. Y en parte es así. Pero, como viera Filón, si se adaptó es porque Moisés y Platón, cada uno a su modo, vieron algo muy parecido. De hecho, porque hubo cristianismo, Grecia pudo seguir configurando como quien no quiere la cosa la subjetividad occidental.
extraños
noviembre 14, 2024 § 1 comentario
Un simio nunca podrá quedarse en suspenso, sentirse como un extraño en medio del mundo. Un simio carece de inquietud. Pues la inquietud es un no terminar de encontrarse en donde uno está. Y esto porque tenemos un cuerpo. Ningún simio tiene cuerpo.
Quizá seamos títeres de lo impersonal. Sin embargo, siempre podremos mantenernos a distancia de lo que se nos impone (y, por extensión, perseverar en el mandato que se desprende de ese extrañamiento). Como si fuéramos un alma habitando un cuerpo que no nos pertenece. O un fantasma. El problema de las imágenes que nos permiten incorporar lo verdadero es que fácilmente pasamos del como si al como. Pues al dar el paso, acabaremos confundiendo el símbolo con el nombre, dejando atrás el extrañamiento de si, la suspensión, el que nuestra existencia apunte al misterio de una nada que es no siendo.
Parafraseando a Kafka, podríamos decir que hay lo verdadero, pero no para nosotros. Para nosotros, y en el mejor de los casos, el momento verdadero. Puede que no sea anecdótico que la caída se entendiera desde el principio como una caída en el tiempo. Aunque también es verdad que quienes, a pesar de lo dicho, persiguen lo verdadero no viven como el resto. De hecho, son incapaces.
las trampas de las imágenes (y 2)
noviembre 13, 2024 § Deja un comentario
Los manuales suelen decir que la filosofía se enfrenta al mito, superándolo. Y ciertamente, algo de esto hay —o bastante. Tales, con su todo es agua, prescinde del dios por primera vez. Sin embargo, Platón es consciente de que sin el mito difícilmente lograremos incorporar nuestra relación con lo verdadero. De ahí que en La República, distinga entre los mitos que contribuyen a la formación del alma —a la configuración del carácter— y los mitos que nos esclavizan. Al fin y al cabo, es lo que tiene habitar un cuerpo: que no podemos prescindir de su lenguaje. Y su lenguaje es el de las imágenes. La cuestión es, por tanto, qué mito se alinea mejor con lo que revela el pensar. Caverna.
las trampas de las imágenes (1)
noviembre 12, 2024 § Deja un comentario
El furor iconoclasta tiene como extraño compañero de viaje al donatismo y sus variantes: en ambos casos, se trata de buscar, en lo que respecta a la fe, la autenticidad, la pureza, lo sin mancha. Algo de esto hay también la publicidad o en los instagramers. ¿Que te dice quien cuelga en las redes el típico selfie? Soy así, tal y como me ves. Obviamente, no es así. Y lo sabemos. Sin embargo, preferimos dejarnos llevar por la fascinación, el hechizo, el truco del mago.
¿Qué distingue al sabio —al santo— del resto? Pues que ha incorporado lo que ya se sabe: que las morritos, a veces, también tienen mal aliento. Sencillamente, vive desde el conocimiento de lo verdadero —y a flor de piel. Como quien está de vuelta tras haber pisado fondo —y los fondos siempre están rebosantes de barro. Aunque por eso puede haber pureza. Como si está solo pudiera darse como ave Fénix. O como resurrección.
Incluso Dios se hizo presente con tara.
bajo el signo de la interrogación
noviembre 11, 2024 § Deja un comentario
Hoy en día, la relación con el dios es algo que solo puede decidirse desde nuestro lado —desde nuestra necesidad de amparo o tutela, de decirnos a nosotros mismos que no estamos solos. Ahora bien, como escribieron quienes abrieron la lata de la sospecha, se trata de una proyección. La cosmología moderna —y la cosmología, como viera Jakob Taubes, condiciona la creencia religiosa— no casa con el ángel de la guarda de la infancia. Aunque se vista con los oropeles del dios. Ya pasaron los tiempos en los que el asombro —y la desgracia— apuntaban directamente a la poder de la divinidad. En la Antigüedad, que nos hallamos bajo poderes que nos superan por entero nunca fue un supuesto: fue una evidencia. Como quien constata que llueve en un día de lluvia.
La cuestión que tiene que plantearse una teología que se tome en serio la Modernidad —y tomársela en serio no significa tragar con todas sus ruedas, algunas de molino— es si estamos ante algo más que una proyección. Y me atrevería a decir que sí. Pero no porque aún podamos apostar por otro mundo. Pues, de haberlo, sería en última instancia más de lo mismo. De cruzar el umbral tras la muerte, no podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo, incluso admitiendo que no hubiese dolor ni injusticia. El todo no puede ser el todo para quien existe. Que estemos ante algo más que un delirio narcisista tiene que ver con que la existencia permanece inevitablemente abierta al misterio de una alteridad que, como tal, carece de rostro. Más aún: es el sufrimiento injusto de tantos que abre la existencia a la imposible posibilidad de un reset de dimensiones cósmicas, en donde, estando Satán bajo las botas del arcángel, podamos vivir en paz como transformados. Y decimos lo de las botas del arcángel —acaso la única imagen de una esperanza honesta— porque, en realidad, no puede haber bien, sin la sombra del mal.
Puede que no sea casual que, para Israel, la experiencia de Dios fuese indisociable de su interpelación, en el doble sentido del posesivo. O que, para el cristianismo, el único rostro de la alteridad a la que nos encontramos expuestos sea el de un crucificado en nombre de Dios. Y esto último —la revelación— no se decidió desde nuestro lado.
la divinidad y sus paradojas
noviembre 10, 2024 § Deja un comentario
Si Dios fuese un ente, aunque de otra dimensión, entonces tendría que sufrir el paso del tiempo y, por tanto, la degeneración. Pues nada de cuanto existe puede hallarse al margen de la temporalidad. Nada es que no aparezca o se haga presente. Pero la consecuencia de este hacerse presente es, precisamente, el presente. La manifestación de lo absolutamente otro —del haber en cuanto tal— va con la pérdida de su carácter absoluto (y por eso mismo queda ab-suelto, más allá del juicio). La eternidad de Dios es la eternidad de su continua negación de sí en la dirección de lo otro de sí, la humanidad. La temporalidad es el efecto del paso atrás de Dios —de su des-aparición o vaciamiento de sí.
Ciertamente, el sentimiento de hallarnos en manos de un poder que nos supera por entero es el sentimiento básico del homo religiosus. Y dado que llevamos impresa la fecha de caducidad desde que nacemos, la sensación de enfrentarnos, por contraste, a lo eterno es inevitable. Como acaso también lo sea imaginarlo como alguien. Pero solo el cristianismo se atrevió a ir más lejos, al proclamar al que murió como un apestado de Dios —aunque abandonándose a Dios— como el quién de Dios. No hay, cristianamente hablando, otra imagen. Y quizá por eso mismo, el cristianismo aún esté por estrenar —es un decir. Pues ¿acaso aún muchos cristianos no se dirigen a Dios como si Dios fuese alguien sin su cuerpo? Dios, en cuanto tal, es real. Pero, por eso mismo, no existe… en cuanto tal. Dios existe como el cuerpo de Dios o no existe como Dios.
sentimiento pagano
noviembre 9, 2024 § Deja un comentario
El sentimiento de estar en manos de la divinidad —o también, el de sentirse acompañado por ella— es el mismo en el cristianismo que en el paganismo. Que los dioses nos sean propicios. De ahí que aquellos creyentes que basan su fe solo en ese sentimiento de hallarse bajo el amparo de Dios, como si Dios fuese una variante cargada de esteroides del ángel de la guarda de nuestra niñez, fácilmente tiendan a estar de acuerdo con la idea de que las religiones son diferentes percepciones que tienen un grupo de ciegos palpando el mismo elefante.
Ciertamente, dicho sentimiento, tarde o temprano, entra en crisis. Sobre todo, ante la desgracia. Pero, como suele ocurrir también en ciencia, espontáneamente echamos mano de las hipótesis ad hoc: vete tú a saber cuál es la voluntad del dios. O también, algo habremos hecho mal. Para quien siente la presencia de la divinidad como quien huele una fuga de gas, nada podrá desmentir su sentimiento.
Puede que la singularidad del monoteísmo bíblico —como también la del epicureísmo, acaso su alternativa más sólida— tenga que ver con tomarse en serio el desmentido: no parece que el dios esté por la labor. La cuestión: ¿y ahora qué? Israel no dudó: obedecer el mandato que se desprende de la inabordablealtura de Dios, el que nos obliga a la fraternidad. Es posible que no entendamos el cristianismo hasta que no caigamos en la cuenta de que la proclamación del crucificado como el quién de Dios hace saltar por los aires cualquier creencia religiosa basada únicamente en el sentimiento de una presencia, se sobreentiende que benévola. Esto es, hasta que no hayamos comprendido —y a flor de piel— que la fe, a diferencia de la creencia en tanto que suposición, apunta a un Dios por venir. O mejor dicho, por regresar. De ahí que, cristianamente, no haya haya otra presencia que la del Espíritu… ese resto de las historias verdaderas.
la pieza de caza
noviembre 8, 2024 § Deja un comentario
El nihilismo es la antesala del valor. La nada importa. Pues todo se nos da —todo se decide— desde la nada. En definitiva, desde su retroceso en favor del mundo (y, por eso mismo, se impone como el eterno más allá del cuanto es).
Así, no comprendemos, por ejemplo, que la vida es sagrada —literalmente, inviolable— mientras no se nos revele como milagro o excepción cósmica. Quizá digamos que lo es. Pero difícilmente caeremos en la cuenta —difícilmente incorporaremos esta verdad. Es lo que tiene vivir de espaldas al acontecimiento. En su lugar, lo que simplemente sucede. De ahí la importancia de la ceremonia, elritual del cazador. Pues no debemos olvidar, frente a lo que simplemente pasa, que esa pieza que nos alimenta, antes nos fue dada.
primero: megacasting
noviembre 7, 2024 § Deja un comentario
El hombre y la mujer son lo que deben ser. Su naturaleza es inseparable de aquello que deberían llevar a cabo, precisamente, como humanos. Su humanidad va de la mano de una exigencia, en cierto sentido, moral. Así, el gen —lo que nos viene de fábrica y, por tanto, no cabe modificar sin dejar de ser lo que somos— posee un carácter normativo. Es decir, la mujer, por ejemplo, está programada genéticamente para ser madre y, por eso mismo, debe serlo. Otro asunto es que pueda serlo. Ahora bien, que una mujer no pudiera quedarse embarazada no niega la predisposición natural a engendrar que caracteriza a la mujer. Hablaríamos, propiamente, de una anomalía. La maternidad es, por tanto, el horizonte vital de la mujer, aquello que realiza su naturaleza o modo de ser.
Es verdad que, culturalmente, podríamos decidir manipular el gen femenino para suprimir esta tendencia natural… con el propósito de eliminar de un plumazo las servidumbres del embarazo y la crianza, de tal modo que, a partir de un momento dado, los hijos se tuviesen en un laboratorio. Sin embargo, el precio que pagaríamos de hacerlo sería el de la modificación de la naturaleza de la mujer. Es como si le añadiésemos un átomo de oxígeno al agua: que pasaría a ser otra cosa, en concreto, agua oxigenada.
Pregunta: ¿estás de acuerdo? ¿Por qué? Obviamente, has de tener en cuenta los argumentos de quienes opinarían lo contrario.
celos
noviembre 7, 2024 § Deja un comentario
Por lo común, nadie quiere tener como compañero a un hombre o una mujer celosos. Pues los celos denotan deseo de posesión. Y a nadie les gusta ser la mascota de otro. Sin embargo, imaginemos que una mujer le dice a su pareja que se irá pasar un fin de semana en la costa para reflexionar… y que le acompañará su mejor amigo. E imaginemos también que él le dijera que le parece muy bien. Esto es, que no sintiera celos en absoluto. ¿Acaso la mujer no acabaría convencida de que ella no le importa? En los asuntos que nos traemos entre manos, nada sin mezcla. Así, el amor, siempre con unas dosis de celos —de su contrario. Más aún: el amor los exige. En cierta medida. Evidentemente, los extremos son indeseables. Todo, como entendieron los griegos, es cuestión de equilibrio o proporción. Pero no tenemos una criterio que garantice cuál es, precisamente, la justa proporción. Aun cuando deba haberla.
rutinas
noviembre 6, 2024 § Deja un comentario
Hay en nosotros una necesidad de lo nuevo o extra-ordinario. La rutina deviene insoportable, aunque nos resulte, ciertamente, cómoda. Quizá porque genéticamente estamos programados para atender a lo sorprendente. Que el león no nos coja por sorpresa. Pero, sea como sea, permanecemos en el mejor de los casos a la expectativa. Otro asunto es que haya en verdad lo nuevo y no, simplemente, la distracción, la sorpresa de la novedad, ese trampantojo de lo nuevo. Pues lo nuevo es lo absolutamente otro, precisamente, lo que no puede darse como tal en el mundo. Y no puede darse porque el haber del mundo solo fue posible por el retroceso del carácter absoluto de una alteridad avant la lettre.
En el mundo, a lo sumo, la aparición, la cual no puede durar. Y no hablamos de fantasmas, sino del rostro de quien tenemos enfrente, aquel que se presenta como desnudez o desamparo… y que, por eso mismo, solo admite la adoración y el cuidado, en modo alguno el trato, la negociación. En la aparición, el cuerpo —esa máscara— ha quedado atrás.
Aunque quizá, en el fondo, sí que estemos hablando de fantasmas, al margen de la imagen que nos podamos hacer de ellos. Pues el rostro, en tanto que procede del más allá de uno mismo, es siempre un espectro, un siendo sin entidad. De ahí que clame, como cualquier fantasma, por un cuerpo. Y no el suyo, precisamente.
hay algo
noviembre 5, 2024 § 1 comentario
Espontáneamente, muchos creen que hay algo más allá. Y lo creen porque así lo sienten. Percibo una presencia, dicen… También la percibe quien sufre de esquizofrenia.
Platón dejó escrito en su Apología que una vida examinada posee más valor que una vida sin examinar. Pero ¿qué supone el examen —la interrogación— de sí? Si estos muchos se pusieran a pensar, puede que se preguntasen si ese más allá es algo conveniente. Pues podría ser que a lo largo del tiempo que nos ha tocado en suerte se tratara de ir purificando nuestra alma para servir de alimento a los ángeles. O también si su creencia es algo más que un whishful thinking. O si acaso podríamos soportar una vida eternamente dichosa. Es como cuando una chica te dice que se viste porque le gusta y no porque pretenda gustar: que no puedes evitar sonreír.
La lección socrática fue, al fin y al cabo, que la búsqueda de la verdad —de lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente pasa—, en definitiva, el cuidado del alma comienza por una sana sospecha sobre uno mismo. De hecho, sin examen tampoco es que seamos tan distintos de los bonobos. Aunque nos pongamos a rezar como quien charla con el psicoanalista. Pero basta con leer la Biblia, para caer en la cuenta de que quienes lograron dialogar con Dios no lo hicieron sin tensar la cuerda.
mas Déu
noviembre 4, 2024 § Deja un comentario
El otro día leo en un texto de un grupo cristiano que Dios es Jesús. De acuerdo. De hecho, es lo que afirma la tradición creyente. Sin embargo, la cuestión es cómo se entiende esta proclamación. Pues leyendo el texto completo uno tiene la impresión de que estamos ante una variante del viejo docetismo. Dios no se altera con la encarnación. ¿Jesús? Dios mismo paseándose por la tierra con el ropaje de los humanos. Muy griego, muy razonable —o mejor dicho, religiosamente razonable.
Sin embargo, difícilmente comprenderemos el alcance de la dogmática cristológica —el alcance de la revelación— donde partimos de un Dios ya hecho. Y es que Dios sea Jesús —que Jesús sea el quien de Dios— no deja las cosas de Dios tal y como estaban. Un crucificado en nombre —en lugar— de Dios, ¿es Dios? ¿En serio? Si Dios es Jesús, entonces Dios —estrictamente, el Padre— aún no es nadie antes de poder identificarse con el crucificado —y gracias a su fe. El Padre es, en cuanto tal, su voluntad de reconocerse en el hombre. Y por eso mismo, la voz que clama, imperativamente, por el hombre —una voz cuyo eco escuchamos en los que carecen del pan de cada día.
El cristianismo proclama algo, ciertamente, insólito, a saber, que Dios tiene cuerpo. No dice que se vista con el cuerpo de un predicador, sino que sin ese cuerpo no hay aún Dios que valga como Dios. Ciertamente, esto esta muy cerca de decir que Dios no tiene otras manos que las nuestras… lo que, en definitiva, significa que de nuestras manos depende el presente de Dios. Y llegados a este punto uno podría preguntarse dónde queda el poder de Dios, un poder que, en principio, debería ser capaz de resucitar a los muertos.
Quizá el único modo de responder a la cuestión sea diciendo que dicho poder —y por tanto, la esperanza en una humanidad nueva— se activa con la entrega del hombre. Pero en ese caso, no estaríamos tan lejos del dios-energía-positiva, con lo que la voluntad de Dios no sería mucho más que una tendencia cósmica. Ahora bien, de ser así, seguiríamos estando solos. De ahí que la esperanza cristiana no pueda prescindir de la paternidad de Dios, entendida análogamente a la relación entre padres e hijos. Otro asunto es si esto es tal y como se lo imagina el creyente.
Platón o vámonos arriba: un ejercicio de lógica
noviembre 1, 2024 § Deja un comentario
- Se trata de comprender que nos está diciendo Platón cuando distingue entre dos mundos a la hora de enfrentarse a la pregunta sobre lo real, a saber, de qué hablamos cuando hablamos propiamente de lo real , esto es, en su carácter otro o absoluto.
- En principio, lo real es lo que es. Las cosas son, están ahí. Y por eso decimos que son reales. Ahora bien, nada es que no aparezca o se haga presente. La pregunta es, por tanto, qué es lo que aparece en lo que aparece como algo determinado, esto es, como cosa o ente. Con todo, no es fácil comprender el alcance de la pregunta. El árbol, la mesa, el hipopótamo… aparecen como árbol, mesa, hipopótamo. Y por eso podríamos decir que lo que aparece es, precisamente, aquello que los caracteriza como tales, a saber, su esencia. Así, cada árbol, mesa, hipopótamo… serían casos particulares de la idea de árbol, mesa, hipopótamo. Al igual que la belleza aparece en los cuerpos bellos. O la justicia, en las decisiones o leyes justas. Ahora bien, llegados a este punto conviene tener en cuenta que por idea Platón no entiende el concepto al que llegamos por abstracción tras constatar lo que tienen en común una serie de cosas semejantes. En cierto sentido, la idea existe independientemente de cuanto pueda representarla. Para entender mejor esto último, hay que poseer, como Platón, una mentalidad matemática, por decirlo así. Por ejemplo, podríamos dibujar la Torre Eiffel desde múltiples puntos de vista. Pero ningún dibujo, siendo de la Torre Eiffel, sería de la Torre Eiffel, esto es, de la torre Eiffel en sí o en cuanto tal. Propiamente, el dibujo de la Torre Eiffel al margen de cualquier perspectiva sería el plano de la Torre Eiffel y, en definitiva, el conjunto de las fórmulas matemáticas que hay detrás. Otro ejemplo: hay lo que se conoce como la proporción áurea. Pero nunca la veremos como tal. Siempre en aquello que la encarna, pongamos por caso, La Gioconda de Leonardo da Vinci. En cuanto tal, solo puede ser pensada.
- Sin embargo, el árbol, la mesa, el hipopótamo… antes que árbol, mesa, o hipopótamo son algo ahí (y que sean en primer lugar algo ahí es, precisamente, cuanto tienen en común). La pregunta por lo que aparece en cuanto aparece bajo tal o cual aspecto equivale a la pregunta por la consistencia del algo ahí… con independencia de cómo se nos muestra o aparece. ¿En que consiste, al fin y al cabo, que algo sea?
- La pregunta refleja, en el fondo, el orden jerárquico de las ideas. Un hipopótamo, por ejemplo, es un animal —y no, un mineral. La idea de hipopótamo se encontraría, así, por debajo de la idea de animal, oponiéndose esta última a la de mineral o, en general, a la de lo que no es un animal. Así, al igual que nos preguntamos por la consistencia del modo de ser del hipopótamo —¿en qué consiste ser un hipopótamo?— podemos preguntarnos por la consistencia de ser un animal. Sin embargo, lo cierto es que lo que tienen en común las cosas que son es, precisamente, que son. De ahí que la pregunta última o definitiva sea en qué consiste que algo sea o esté ahí. Es decir, en qué consiste, al fin y al cabo, el ahí en cuanto tal, al margen de un particular modo de ser ahí.
- La pregunta refleja, en el fondo, el orden jerárquico de las ideas. Un hipopótamo, por ejemplo, es un animal —y no, un mineral. La idea de hipopótamo se encontraría, así, por debajo de la idea de animal, oponiéndose esta última a la de mineral o, en general, a la de lo que no es un animal. Así, al igual que nos preguntamos por la consistencia del modo de ser del hipopótamo —¿en qué consiste ser un hipopótamo?— podemos preguntarnos por la consistencia de ser un animal. Sin embargo, lo cierto es que lo que tienen en común las cosas que son es, precisamente, que son. De ahí que la pregunta última o definitiva sea en qué consiste que algo sea o esté ahí. Es decir, en qué consiste, al fin y al cabo, el ahí en cuanto tal, al margen de un particular modo de ser ahí.
- Nada es que no se muestre a través de una serie de rasgos o características (y las implicaciones últimas de esta aparente obviedad las veremos más adelante). Todo cuando es posee una forma. Así, el árbol, la mesa, el hipopótamo… son lo que son debido a su forma —técnicamente, diríamos debido a que ejemplifican una esencia o modo de ser… el cual se expresa lingüísticamente como concepto. El primer Platón —el de los manuales de filosofía— dirá que el árbol, la mesa, el hipopótamo son lo que son porque participan de la idea de árbol, mesa, hipopótamo. Y solo participan porque el árbol, la mesa, el hipopótamo… en tanto que se encuentran sometidos al tiempo van dejando de ser lo que, en un momento dado, muestran ser. Pues cuanto no termina de ser, propiamente hablando, no es. Es como si su particular modo de ser les hubiera sido prestado. Pero ¿prestado a qué? A un algo ahí —y esta es, precisamente, la cuestión: cuál es la consistencia del mero ahí de algo, al margen de la forma o aspecto que nos muestra… si es que posee alguna consistencia. Pues nada es sin forma.
- Espontáneamente, hoy en día diríamos que lo que aparece en cualquier caso es la materia. De acuerdo. Pero, qué sería la materia en cuanto tal, es decir, al margen de su aparecer como árbol, mesa, hipopótamo… Esto es, al margen de su darse o hacerse presente en lo concreto. Un físico, actualmente, respondería a la pregunta escribiendo una fórmula en un papel. Ahora bien, la fórmula —la realidad de la materia como tal— posee una naturaleza abstracta: no es nada en particular —y porque no es nada en particular, dicha fórmula sostiene todo cuanto es. Esto es lo que Platón pretendía decirnos al afirmar que lo real es idea (y aquí hay que tener presente, una vez más, que por idea no se refería principalmente a la idea que nos hacemos o tenemos en mente). Por eso mismo, lo real, en cuanto tal, solo puede ser pensado… y pensado como lo que pertenecería a otro mundo, como quien dice, un mundo al que solo cabe acceder a través de la razón. En consecuencia, hablamos de un mundo meramente inteligible: la materia, en cuanto tal, no es visible o palpable. En cualquier caso, lo captado por nuestros sentidos son los diferentes modos de ser de la materia. La materia no pertenece al mundo de cuanto se encuentra ahí, al mundo denominado sensible (y no porque tenga sentimientos, obviamente). Más bien, lo trasciende. Con todo, aquí conviene tener en mente que Platón no habla propiamente de la materia, sino de lo real, del puro ser-ahí de algo —y por extensión del puro ser-otro.
- Para comprender mejor lo que quiso decirnos Platón —incluso más allá del Platón escolar— sustituyamos ser por haber. El haber es siempre el haber de las cosas. El haber en cuanto tal —el puro haber, el simple ahí— no es nada. De aparecer, aparecería como la oscuridad y el silencio más absolutos. Esto es, como nada ahí —como un simple afuera sin forma o aspecto. Sin embargo, que hablemos de la nada ahí ya significa que no es simplemente nada. Pues se haría presente como un puro ahí. Es como si dijéramos que la nada es su negación de sí. El simple afuera —una pura exterioridad— sería, en este sentido el resultado de dicha negación. La nada se exterioriza como puro haber o afuera. En tanto que el puro haber no es nada, tan solo hay el haber de las cosas. Aristóteles, discípulo de Platón, cogerá este testigo. De hecho, su pensamiento fue un seguir estirando el hilo del último Platón.
- Porque la nada es no siendo nada, el puro ahí se revelaría como la negación de la nada. Y esto sería, literalmente, lo primero o absoluto: el acto —aunque se trataría de un acto sin sujeto agente— por el que la nada se niega a sí misma… por decirlo así. Y si este acto es lo primero o absoluto, la nada de un puro haber es lo continuamente dejado atrás en favor del haber de las cosas —en favor del mundo. No hay haber que no sea el de las cosas que podemos ver y tocar. Antes decíamos que nada es que no se muestre sin forma. Pues bien, esto equivale a decir que la nada se muestra o revela en su contrario, el mundo que nos ha tocado en suerte. Sin embargo, comprender esto último supone comprender que en su revelarse, la nada se oculta o retrocede más allá de lo visible. Si hay algo en vez de nada es porque, en definitiva, lo que hay no es nada.
- Porque la nada es no siendo nada, el puro ahí se revelaría como la negación de la nada. Y esto sería, literalmente, lo primero o absoluto: el acto —aunque se trataría de un acto sin sujeto agente— por el que la nada se niega a sí misma… por decirlo así. Y si este acto es lo primero o absoluto, la nada de un puro haber es lo continuamente dejado atrás en favor del haber de las cosas —en favor del mundo. No hay haber que no sea el de las cosas que podemos ver y tocar. Antes decíamos que nada es que no se muestre sin forma. Pues bien, esto equivale a decir que la nada se muestra o revela en su contrario, el mundo que nos ha tocado en suerte. Sin embargo, comprender esto último supone comprender que en su revelarse, la nada se oculta o retrocede más allá de lo visible. Si hay algo en vez de nada es porque, en definitiva, lo que hay no es nada.
- Ciertamente, nada hay que sea por entero —o que termine de ser— lo que, en un momento dado, parece ser. Todo se encuentra sometido al tiempo. Sin embargo, por eso mismo, las cosas son. Es decir, porque representan —participan de— lo absolutamente real… que, como puro haber, es continuamente negado o dejado atrás en favor del mundo —del haber de las cosas. De ahí el doble sentido de la apariencia, un doble sentido que deberíamos entender como las dos caras de una misma moneda. Por un lado, en las apariencias aparece lo real. Pero, por otro, las apariencias son ilusorias. Que ambas acepciones de la palabra apariencia vayan de la mano significa que las apariencias son ilusorias… porque son reales. O porque son reales… son ilusorias. En este sentido, podríamos decir que lo que hizo Platón fue pensar a Parménides hasta el final. Y lo que esto significa es en la dirección de Heráclito.
- Ciertamente, nada hay que sea por entero —o que termine de ser— lo que, en un momento dado, parece ser. Todo se encuentra sometido al tiempo. Sin embargo, por eso mismo, las cosas son. Es decir, porque representan —participan de— lo absolutamente real… que, como puro haber, es continuamente negado o dejado atrás en favor del mundo —del haber de las cosas. De ahí el doble sentido de la apariencia, un doble sentido que deberíamos entender como las dos caras de una misma moneda. Por un lado, en las apariencias aparece lo real. Pero, por otro, las apariencias son ilusorias. Que ambas acepciones de la palabra apariencia vayan de la mano significa que las apariencias son ilusorias… porque son reales. O porque son reales… son ilusorias. En este sentido, podríamos decir que lo que hizo Platón fue pensar a Parménides hasta el final. Y lo que esto significa es en la dirección de Heráclito.
- La idea de un puro haber —la idea de Ser— es, por tanto, lo absoluto. Y absoluto significa, literalmente, lo ab-suelto o separado, soltado de, en definitiva, lo que no es en relación con o relativamente a . Y por eso mismo, es no siendo. Pues solo es o existe cuanto aparece. Ahora bien, nada aparece si no es en relación con un receptor —y por tanto, relativamente o desde una punto de vista. Por eso mismo, lo absolutamente otro —un puro haber— desaparece como tal en su aparecer como algo ahí —en definitiva, como el haber de las cosas. En este sentido, podríamos decir que hay lo absoluto —lo real como tal, esto es, en su carácter enteramente otro—, aunque su haber sea el de una negación de sí. El haber o tiene lugar siempre como el haber de las cosas —y por tanto, dando un paso atrás como puro haber—, o no tiene ningún lugar. Y decimos dando un paso atrás como puro haber porque el haber de las cosas es relativo. Todo cuanto existe se encuentra sometido al tiempo y, por esta razón, nada de cuanto cabe ver y tocar es por entero lo que parece.
- De ahí el hiato que, según Platón, separa el mundo real del aparente. En el mundo real —el mundo de la idea— no hay nada. Y lo que esto significa es que la idea es la negación de la nada —y por eso mismo, todo. Sin embargo, nuestro mundo es “real” —si las cosas están, ciertamente, ahí— porque el mundo real, lo absoluto es no siendo nada. Ahora bien, esto implica, a su vez, que lo absoluto, en tanto que absuelto, no admite la predicación o representación. Nada podemos decir de lo absoluto como tal… salvo lo que cabe decir con respecto a la idea de lo absoluto. Pues lo absoluto es absuelto, precisamente, de todo juicio. Y quien dice juicio dice afirmar algo sobre algo. Pues decir es, en definitiva, juzgar. Esto es así porque en el mundo todo es mezcla. No hay gesto, belleza, decisión… que sean químicamente puros. En cuanto es hay restos de no-ser —y esto es, en definitiva, el tiempo. Es lo que tiene que el haber sea, precisamente, negándose a sí mismo como puro haber. De esta negación de sí del haber, como quien dice, participa cuanto existe.
- Sin embargo, necesitamos juzgar, opinar, decir que cuanto nos traemos entre manos es tal y como lo decimos… para hacernos un mapa mental que nos permita orientarnos en medio de la complejidad. Pero lo cierto es que, pongamos por caso, no hay amor sin desamor, esto es, sin celos. O decisión justa que no pueda verse desde cierta óptica como injusta. O belleza, sin tara. Sin embargo, difícilmente podríamos orientarnos o tratar con cuanto nos rodea si no resolviéramos su ambigüedad mediante el decir que juzga antes de tiempo, esto es, mediante la opinión. Pues esta no admite la ambivalencia. En realidad, corta por lo sano… y mal. Así, fácilmente decimos que nuestra madre nos ama sin reservas, pues preferimos que sea así, evitando levantar la alfombra para ver que también ama el vínculo que mantiene con nosotros. Ambos aspectos del amor están presentes en el amor de una madre. La cuestión es en qué proporción. Pues cada madre ama a su modo. Y la proporción no es algo que podamos determinar con precisión. Al menos, porque el peso de cada aspecto del amor materno dependerá del momento o la circunstancia . En el fondo, la ignorancia socrática —el solo sé que no sé nada— es el resultado de un haber aprendido a vivir en la verdad. Esto es, irónicamente, en una especie de estado de suspensión. Como si todo, al fin y al cabo, fuese un como si. O por decirlo de otro modo, el como si lo es todo. El escepticismo socrático nunca fue un mero escepticismo, el cual se limita a constatar la imposibilidad de estar en lo cierto, sino el resultado, precisamente, del saber. Que no haya algo así como la verdad —que nada de cuanto existe sea por entero lo que parece— es porque hay la verdad —porque, en definitiva, lo verdadero del haber —su tener lugar o acontecer— es su negación de sí.
- Platón identificó la idea de Ser —de un puro haber— con la idea de Bien. La razón no es fácil de entender, aun cuando sea simple. El puro haber no es nada en concreto… y, por eso mismo, tiene que haber lo concreto. Ahora bien, lo difícil es comprender este por eso mismo. Pues hay que tener presente que el envés de la negación de sí del puro haber es un deber ser en el haber del mundo. Todo, por tanto, se encuentra bajo la exigencia de permanecer en lo que es. Y esto porque es. Así, por ejemplo, ningún cuerpo bello termina de ser bello… porque, en definitiva, debería serlo por entero. O por decirlo en general, que nada termine de ser o permanecer en lo que es —que todo se encuentre sujeto al paso tiempo y, por tanto, a su descomposición— presupone que siempredebería ser o permanecer. Y decir deber ser equivale a decir bien. De ahí que experimentemos la erosión del paso de los días como lo que no debería ser. En su negación de sí, la nada quiere ser, como quien dice, algo. Y esto es bueno: que haya algo en vez de nada.
- Difícilmente reconoceremos como madre a quien no se muestre como una buena madre. Ser madre va de la mano con tener que ser una buena madre. De lo contrario, hablaríamos de una simple progenitora o de un vientre de alquiler. Quien quiere ser médico —y no limitarse a ejercer de médico— quiere ser un buen médico. Ser significa ser por entero, esto es, integridad. Bien y ser se revelarían, por tanto, dos caras de una misma moneda. Otro asunto es que podamos determinar —que no podemos— hasta qué punto una buena madre es una buena madre.
- Difícilmente reconoceremos como madre a quien no se muestre como una buena madre. Ser madre va de la mano con tener que ser una buena madre. De lo contrario, hablaríamos de una simple progenitora o de un vientre de alquiler. Quien quiere ser médico —y no limitarse a ejercer de médico— quiere ser un buen médico. Ser significa ser por entero, esto es, integridad. Bien y ser se revelarían, por tanto, dos caras de una misma moneda. Otro asunto es que podamos determinar —que no podemos— hasta qué punto una buena madre es una buena madre.
- Sin embargo, y esto quizá nos conduciría más allá de Platón, el ser —el fondo permanente de un puro haber— se da o hace presente bajo la condición de su desaparición como tal. El haber en cuanto tal es dejando atrás su carácter absoluto o de puro haber. Por consiguiente, si ser y deber ser —el Bien— van de la mano, la concreción del Bien va con su no del todo. Y de ahí que lo que tiene que ser sea que lo que tiene que ser no termine de ser. Al fin y al cabo, el haber de las cosas participa del haber. Pero, por eso mismo, también de su negación de sí. O por decirlo a la manera de Heráclito, si todo fuese luz, no habría luz. Traducción: si no hubiese más que el puro haber, no habría el haber.
teo-lógicas (3)
octubre 31, 2024 § Deja un comentario
Dios, como tal, no es nada. La negación de la nada es lo absolutamente primordial… y por la que la nada-en-sí deviene como lo dejado atrás en favor del mundo (y por eso mismo, como la imposible posibilidad del mundo). Es así que la negación de la nada equivale al todo. Y porque más allá del todo se encuentra la continua contención de la nada, el todo no es aún el todo. Pues el envés de esa contención es el mandato de cuyo cumplimiento depende la suerte del mundo. Quizá no sea casual que, teológicamente, el Padre se haya comprendido, teológicamente y desde el principio, como voluntad (y solo religiosamente como la voluntad de).
Que Dios crease el mundo de la nada no se entiende, por tanto, si partimos de la idea de un demiurgo espectral. Pues, de haberlo, lo primero no sería la negación de la nada. La nada nunca fue un material. Es verdad que no podemos imaginar —y quien dice imaginar dice, de algún modo incorporar, el acto primordial sin un sujeto agente. Pero este es otro asunto.
teo-lógicas (2)
octubre 30, 2024 § Deja un comentario
El haber del Padre —el haber de Dios en sí—, en tanto que puro haber, no admite representación. El haber del Padre no es, por tanto, como el de los entes. Ni siquiera donde añadimos el adjetivo supremo. Y esto es así hasta el punto de que la realidad del Padre anda rozando la nada.
Ahora bien, si solo la anda rozando —si no cae en ella— es porque en el seno de la nada hay algo así como la voluntad de ser por la que la nada es negándose a sí misma hacia lo otro de sí misma —en Trinitario, hacia el Hijo hecho carne. Mejor dicho, lo absolutamente primero es esa voluntad o acto. Pues la nada no es con anterioridad a su negación de sí. Es no siendo nada.
De ahí que el haber del Padre se revele, como sufriera en propia carne el crucificado, bajo el aspecto de la oscuridad y el silencio más impenetrables. Como vio Hegel —y antes que Hegel, Plotino— la reflexividad, en definitiva, que la nada sea no siendo, es el principio y fundamento de cuanto es. Por eso mismo, la nada —la aniquilación de cuanto es— permanece como la imposible posibilidad del mundo. Desde esta óptica, todo es milagro —o, si se prefiere, don o gracia. Pero al igual que es cierto que la negación de Dios se conserva en la negación de Adán.
lenguaje y política
octubre 29, 2024 § Deja un comentario
El lenguaje siempre fue un instrumento de las medias verdades. En esto consiste, en gran medida, su dimensión política. Pues los mapas mentales que nos orientan necesitan eliminar la ambigüedad en la que se mueve cuanto es. Y así decimos, por ejemplo, esto es injusto o bueno..,. cuando lo cierto es que, aun siendo injusto o bueno, incorporará algunas dosis de su contrario. El debe ser de la moral, en realidad, apunta a un porvenir con respecto al cual solo caben las imágenes más increíbles.
El filósofo, al interrogarse sobre la capacidad del lenguaje para decir lo que es, inevitablemente, se enfrentará a lo común y, en definitiva, a la necesidad política. Así, el Sócrates de turno, al igual que el poeta, estirará el lenguaje hasta quebrarlo. Y aquí quebrar significa caer en la paradoja. Pues ningún habla —ninguna comunidad— puede admitir que, en definitiva ser y nada sean las dos caras de una misma moneda.
Quizá no fuese casual que Sócrates tuviese fama de liante. Sin embargo, es lo que tiene el caer en la cuenta de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa: que nos sitúa en un estado de suspensión. Como los descentrados que somos. La primera ingenuidad siempre fue egocéntrica. O lo que es lo mismo, un error existencial.
Dios y la nada
octubre 28, 2024 § 1 comentario
Para que Dios sea Dios, Dios no ha de manifestarse como dios. Ni siquiera como el dios supremo. Nada por encima del superente, de haberlo. Y por eso Dios es Dios. Eckhart fue acusado por haberlo comprendido hasta el final. Con todo, quizá le faltó el toque cristiano, aquel que afirma que, por eso mismo, no puede haber otro presente para Dios que el de un cuerpo que se mantiene fiel a Dios colgando de una cruz como apestado de dios. O Dios tiene cuerpo —y esto no significa que sea cuerpo: el Padre difiere continuamente del Hijo con el que se identifica (y de ahí que no sea aún nadie sin ese cuerpo)—; o no es Dios, sino a lo sumo dios.
la polis y el filósofo
octubre 27, 2024 § Deja un comentario
Vemos lo que vemos desde un determinado marco, un marco cuyos límites están trazados —y no siempre finamente— por una serie de metáforas o imágenes paradigmáticas. Los marcos generan opinión o, si se prefiere, creencias. Los marcos sirven como un mapa del territorio. Así, creemos por ejemplo que hay extraterrestres que nos vigilan. O que una familia sin un padre que mande tarde o temprano terminará descompuesta. O que hay un Dios que cuida de nosotros. El problema es que, una vez instalados en un marco mental, difícilmente salimos de ahí. Ciertamente, los marcos mentales suelen ir acompañados de algún que otro argumento. Pero los argumentos que apoyan un marco mental —de hecho, los pseudoargumentos— no nos sacan del partido. Al contrario: nos permiten jugarlo profesionalmente.
Otro asunto es cuando alguien comienza a interrogarse por la verdad de lo que el marco da por obvio. Esto es, a ponerlo contra las cuerdas. Y no desde los prejuicios de un marco alternativo, sino desde la posición de quien se interroga sobre los presupuestos de cualquier marco. La pregunta desestabilizadora es, al fin y al cabo, de qué hablamos cuando hablamos de… Es decir, la pregunta socrática par excellence. Aquí los argumentos que sostenían las creencias pierden pie. El juego se interrumpe hasta el punto de que va a resultar difícil volver a la cancha. Pues los resultados de la reflexión —la constatación de que nunca acabamos de saber de lo que estamos hablando—, de interiorizarlos, o bien nos convierten en unos cínicos o en unos irónicos. Y ni unos, ni otros casan con lo político. Pues lo político, en tanto que inevitablemente gira alrededor de las creencias compartidas, siempre juzga antes de tiempo. Tiene que hacerlo. De ahí que el filósofo, tarde o temprano, trague cicuta. Y es posible que, tras agotarse su fe en la humanidad, tampoco le parezca un trago tan amargo.
teo-lógicas
octubre 26, 2024 § Deja un comentario
Según Eberhard Jüngel, Dios es el misterio del mundo. Y es así. La cuestión, sin embargo, es cómo se entiende este misterio. ¿Dios es el misterio del mundo… y algo más? ¿O simplemente el nombre de ese misterio —de nuestra incapacidad para responder definitivamente a la pregunta por el sentido del mundo?
Supongamos que se tratase de lo primero —que Dios fuese el misterio del mundo y algo más. En ese caso, el algo más convertiría el misterio del mundo en el misterio de Dios. ¿Cómo comprender, entonces, este de Dios? Es sabido que la inclinación religiosa concibe a Dios como el ente misterioso (y además supremo). Ahora bien, el problema de este prejuicio es que el sesgo misterioso de Dios tendría que ver solo con nosotros, es decir, con nuestra dificultad para captarlo por entero… al igual que nosotros somos un misterio para los peces. Pero un dios relativamente divino no sería Dios, sino un dios en apariencia —un ídolo.
Por otro lado, si Dios fuese simplemente el nombre del misterio, podríamos prescindir de dicho nombre. Sobre todo, por las connotaciones que arrastra. Bastaría con hablar del misterio que abraza nuestra existencia.
Ahora bien, referirse al misterio que envuelve cuanto es equivale a referirse al hecho de que no hay respuesta a la pregunta por el sentido del mundo y, en definitiva, por el porqué de tot plegat. Al fin y al cabo, espontáneamente no sabemos qué decir cuando nos preguntamos por qué algo en vez de nada. Evidentemente, la respuesta no puede ser porque Dios creo el mundo, a la manera de un demiurgo espectral o porque estalló la partícula que contenía la materia del Universo. En realidad, si hay algo en vez de nada es porque la nada es no siendo —porque lo arcaico es el acto en el que la nada se niega a sí misma… y por eso mismo, deviene nada en absoluto. No hay la nada con anterioridad a ese acto. El genuino big bang fue siempre metafísico. Dios en sí es eternamente la nada de Dios —y de ahí, el mundo. O mejor, Dios en sí mismo no es nada… literalmente: la negación de sí de la nada —y, en consecuencia, nadie aún. Posiblemente, solo el cristianismo haya comprendido esto último hasta el final. Pues ¿acaso su primera proclamación en lo que respecta a Dios no es que el abandonado de Dios que se abandonó a Dios es, y por eso mismo, el quién de Dios?
Con todo, la pregunta es ¿qué cabe esperar de este Dios? ¿Lo absurdo? Y es que el nombre de Dios carece de sentido si no apunta a un poder capaz de restaurar el mundo y, en definitiva, de resucitar a los muertos. Sin embargo, ¿no es esta esperanza, ciertamente, excesiva? ¿Para quién?
platonismo cristiano
octubre 25, 2024 § Deja un comentario
En unas notas sobre Platón, escribí hace unos años lo siguiente: Hay cuerpos bellos porque hay belleza. Pero el haber de la belleza en cuanto tal es lo que tuvo que desaparecer en su hacerse presente como cuerpo bello. Es como si el darse de la belleza fuera con su negación de sí. O por decirlo a la manera de Heráclito: el sí va con el no —la aparición, con la desaparición del carácter absoluto de lo que aparece. ¿Acaso el cristianismo no dice algo parecido con respecto a Dios? Que Dios se haga presente como cuerpo de Dios —como ese cuerpo que, en nombre de Dios, cuelga de una cruz— ¿no presupone la negación de sí del Dios absoluto como la condición de su identificación con el hombre? No hay donación de sí sin vaciamiento de sí. Y en el caso de Dios, hasta el punto de que el primer de sí es el envés del segundo. Es decir, no hay Dios con anterioridad a su donación de sí. Dios es, por tanto, su entrega —su no querer ser Dios sin el fiat del hombre.
De ahí que, y porque ambas caras de la moneda se despliegan en el tiempo, el primer de sí permanecerá como el eterno diferir de Dios-en-sí con respecto a su quién. Esto es, como la trascendencia del puro ahí de Dios. ¿Dios en sí? Nadie aún, antes de su negación de sí hacia lo otro de sí. Poco que ver con la típica lectura religiosa, procedente del platonismo vulgar, que hace de Dios un ente paradigmático cuyo primer ejemplar sería, precisamente, el que anduvo por Galilea como enviado de Dios.
Ignacio, el sofista: un megacasting
octubre 24, 2024 Comentarios desactivados en Ignacio, el sofista: un megacasting
El bien o el mal no existen —dice, el sofista. En su lugar, lo que nos parece bueno o malo, moralmente hablando. Y es que con respecto a lo político-moral, no podemos ir más allá de lo que nos parece. No hay hechos morales —o leyes de hecho justas—, sino interpretaciones morales de los hechos. En el fondo, nuestras disputas sobre los asuntos político-morales serían equivalentes a nuestras discusiones sobre gustos o preferencias… aunque presupongamos lo contrario, a saber, que una de las opciones en juego tiene que ser la correcta. El aborto o es un crimen, o un derecho de la mujer.
El sofista sabe, sin embargo, que cada una de las alternativas puede presentarse como si fuera la correcta. Y tiene que presentar una de ellas como tal… si quiere convencer a quien quiere convencer. Pues, la mayoría no admite las medias tintas: o una cosa, u otra. O crimen, o derecho. La mayoría necesita opinar. Al menos, porque la opinión facilita, al simplificar, un mapa con el que orientarse en las complejidades de la existencia. Pero, por otro lado, el sofista también sabe que si puede presentar cada una de las alternativas como si fuera la correcta es porque, en los asuntos humanos, todo es mezcla: no hay amor que sea químicamente puro o decisión justa que no pueda verse, cambiando de perspectiva, como injusta. Como decía Heráclito, si todo fuese luz… no habría, precisamente, luz. (Y, dicho sea de paso, aquí la pregunta sería por qué esto es así.)
Para Platón, sin embargo, que no haya amor químicamente puro o decisión indiscutiblemente justa no niega que haya amor o justicia. Al contrario. Hay amor o justicia porque el amor o la justicia se manifiestan o hacen presentes en los gestos, siempre ambiguos, del amor o las decisiones más o menos justas. Nada es que no se haga, de algún modo, presente. Ahora bien, lo que se hace presente en cualquier caso se hace presente dejando atrás su carácter puro o absoluto, en definitiva, abstracto. Esto es, junto con su envés —junto con la otra cara de la moneda. El amor o la justicia —o la belleza— no pueden aparecer o concretarse sin asumir en parte aquello que los niega, precisamente, como amor o justicia.
Paralelamente, y según Platón, si decimos que el amor o la justicia no terminan de ser lo que, en un momento dado, nos parece que son —esto es, amor y justicia— es porque… creemos que el amor y la justicia en concreto —y por eso mismo, siempre hasta cierto punto o medida— tendrían que serlo por entero, sin mezcla. Nada de cuanto es se encuentra al margen de lo que debe o debería ser, es decir, al margen del Bien. En este sentido, ser madre, por ejemplo, va con el tener que ser una buena madre. Si en modo alguno lo fuese, no sería una madre, sino un vientre de alquiler, una simple progenitora, en definitiva, una pseudo-madre. Todo cuanto es aquí y ahora posee, por consiguiente, una carga moral, como quien dice.”
La pregunta es doble: qué le diría el sofista a Platón; y qué crees que le diría, a continuación, Platón al sofista (teniendo en cuenta, obviamente, lo dicho en los párrafos dedicados a Platón).
cruz y gas
octubre 24, 2024 § 1 comentario
Con el tiempo, incluso la verdad pasa a ser otra cosa, decía Hegel. Más o menos. De ahí, la shemà de Israel, un imperativo que apunta a esas historias… que preferiríamos no tener que recordar. Al final, la cruz, en una discoteca. Como motivo decorativo y vanguardista. ¿Lo aceptaríamos si, en vez de la cruz, hubiera una cámara de gas o la recreación de una fosa común? Puede que la cuestión no sea si tiene sentido esperar a un mesías —o su regreso—, sino si seríamos capaces de reconocerlo. La pregunta es, en el fondo, retórica. Pues la sentencia de Hegel admite una lectura acaso más sutil, a saber, que con respecto a la verdad, siempre a toro pasado.
instinto básico
octubre 23, 2024 § Deja un comentario
En el amor hacia los hijos ¿hay algo más qué instinto —o si se prefiere, algo más que instinto encubierto por una falsa creencia? Hoy en día y en la mayoría de los circuitos académicos, la pregunta sería, sencillamente, retórica. Es verdad que la operación principal de la razón es la de la reducción de la diversidad a un denominador común. Pero la cuestión es si este denominador apunta hacia arriba o hacia abajo. Modernamente, prevalece el no es más que. Pues la sospecha se impuso sobre el asombro como la actitud fundamental del conocimiento. Ahora bien, si los hijos se nos dan desde una nada de fondo, entonces serían algo más —¿una aparición?— que el medio de un instinto de supervivencia. Aun cuando ese algo más contribuya, obviamente, al mantenimiento de la especie. Pero una cosa, de haberla, no quita la otra.
santa monstruosidad
octubre 22, 2024 § Deja un comentario
Escribe Nietzsche (cito de memoria): no te enfrentes a los monstruos, para que no te conviertas en un monstruo; y si mirases al abismo, el abismo te devolvería la mirada. ¿Tendríamos aquí un esbozo de lo que implica la alteridad de un puro ahí? ¿Podríamos pasar de largo si, de repente, se hiciese la más completa oscuridad y silencio? ¿Como si nada sucediera? Al contrario: es cuando nada sucede —literalmente, cuando acontece la nada— que topamos de bruces con lo que significa existir. Y no porque se nos proporcione, precisamente, un significado.
Nietzsche dice lo que dice. Pero ¿qué fue lo que dijo Israel? Ante el puro ahí, el heme aquí de Abraham. ¿Acaso Israel no comprendió, antes que Nietzsche y a costa de mucho sufrimiento, que lo verdaderamente monstruoso o abismal no es lo gigantesco, sino el silencio de Dios? ¿Y que solo el estar ante este silencio nos hace caer en la cuenta de nuestra hermandad? Puede que la voluntad de Dios sea la que se desprende, en definitiva, de su extrema trascendencia. De Dios, es decir, debida a la radical alteridad de Dios. Y ello hasta el punto de que no cabe obedecer a Dios, si no nos enfrentamos a Dios. Esto es, a su silencio más letal.
De ahí que, frente a las lecturasnaïve, la santidad sea en realidad monstruosa… si es cierto que uno se convierte en el monstruo al que se enfrenta.
designación
octubre 21, 2024 § Deja un comentario
¿Qué designa el nombre de Dios cuando este nombre no admite una descripción definida? No es que primero poseamos el significado de la palabra Dios y luego demos con el referente (como cuando el detective busca, pongamos por caso, a la amante del marido de la mujer que le hizo el encargo). Dice Yavhé: Yo soy el que soy… o seré. Esto es, nada qué señalar que admita una descripción o significado. Y esto es precisamente lo señalado. El nombre de Dios sería algo así como un designador rígido… cuyo referente está por ver. O mejor, cuyo quién. El cristianismo no proclamará otra cosa que la siguiente: aquel que fue crucificado como un apestado de Dios es el quién de Dios, su modo de ser, su esencia. Es posible que aún no hayamos caído en la cuenta de las últimas implicaciones de la proclamación cristiana con respecto a lo que espontáneamente entendemos por divino.
el feto
octubre 20, 2024 § Deja un comentario
Una conocida parábola sufí compara la muerte con el nacimiento: para el feto, nacer es morir. Ciertamente, mientras permanece en el vientre de su madre, ni siquiera puede imaginar una vida más allá. Y sin embargo, nace para esa vida.
Vamos a estirar esta imagen. Pues, aunque venimos del feto, una vez comenzamos a vernos en el espejo pasamos a mejor vida. A pesar del dolor. Nadie puede reconocerse en el embrión que fue. La vida que vivimos no puede servir, por tanto, como esperanza para el feto. Puede que haya otra vida más allá. Pero la cuestión es si aún será nuestra o la de vete a saber qué o quién.
En este sentido, la esperanza de Israel fue más lúcida: o hay un nuevo comienzo para los que murieron en la patera —y con sus nombres— como si no contasen para nada ni para nadie; o el nihilista tiene razón.
atlas
octubre 19, 2024 § Deja un comentario
Creer en Dios como quien se encuentra fijado a un mapa mental es como creer que la inmigración es un desastre nacional o que hay una conspiración para terminar con los sobrantes: un dar por cierto lo que aún está por ver. Normal, por otro lado. Pues no hay orientación sin mapa.
Ahora bien, si Dios nos saca del quicio del hogar —si Dios es desquiciante, aunque no solo desquiciante—, entonces no hay mapa que valga con respecto a Dios. Con respecto a Dios únicamente una docta ignorantia. Y a verlas venir, mientras con el mazo dando.
mal y dialéctica
octubre 18, 2024 § Deja un comentario
La posibilidad del mal es el mal. Pues el mal hunde sus raíces en la intención. La rata es real, aunque permanezca escondida en su madriguera. Tan solo hace falta que llegue la noche.
Más aún: no es posible un mundo en el que no haya injusticia, violencia, genocidios… Pues el mal siempre se hizo en nombre de un bien mayor. Como el jardinero que se ve obligado a arrancar las malas hierbas del jardín. Al fin y al cabo, , el anhelo de justicia es, naturalmente, el envés del instinto de venganza.
Aquí alguien podría decir que por encima de la justicia —de la reparación— esta la paz, el perdón, la bondad. Sin duda. Pero si el mundo estuviera poblado de autómatas morales, incapaces por eso mismo de hacer daño, ¿acaso el bien no consistiría en provocar el conflicto, el desacuerdo, una cierta enemistad… para sentirnos, precisamente, vivos? No podríamos soportar, por irreal, un mundo en donde todo fuese paz y amor . Por eso mismo, quizá no sea casual que, en el final de los tiempos, Satán permanezca bajo las botas del arcángel. Y es que solo desde el espíritu del combate, cabe esperar la redención.
límites del lenguaje
octubre 17, 2024 § Deja un comentario
Digo: “nada tiene sentido”. Y es cierto. Pues aun cuando hubiera un sentido —un hacia dónde, un estación de término—, no podríamos admitirlo. El todo no puede ser el todo para quien existe como arrancado. En cualquier caso, vivimos como si hubiera un sentido. El lenguaje —el limitarse a decir que nada tiene sentido— no basta para abrazar esta verdad. Es necesario forzarlo, como lo hace el poeta, para caer en la cuenta. Y aun así… el mundo —el permanecer pegados a nuestros mapas mentales, las apariencias— termina por imponerse. La incorporación de lo verdadero exige la musculatura —y la mentalidad— del alpinista. Al fin y al cabo, el ascenso a la boca de la caverna siempre fue empinado.
trascendencia y totalidad
octubre 16, 2024 § Deja un comentario
La verdadera trascendencia es imposible. Quiero decir que no puede comprenderse como una posibilidad del mundo. Y es que la verdadera trascendencia es aquella que se ubicaría más allá del todo. Sin embargo, ¿qué podría haber más allá del todo? De haber algo, ¿acaso no pasaría a formar parte —y de inmediato— de la totalidad? Una dimensión desconocida es tan solo una imagen de la genuina trascendencia. Basta con que comenzáramos a acostumbrarnos al nuevo mundo , si pudiéramos habitarlo, para que se convirtiera en una simple novedad, ese simulacro de lo absolutamente nuevo, de la otredad. La tierra firme es otro mundo para las bestias de la mar. Pero es obvio que se equivocarían si creyesen que más allá de los océanos se encuentra el cielo. Aunque no puedan evitar creerlo.
Nada puede haber más allá del todo. Esto es, más allá, la nada. O lo que es lo mismo: el continuo retroceso de la nada —de la posibilidad de la aniquilación— es lo que sostiene el mundo… a la vez que lo mantiene en vilo. La cuestión es si hay o no un más allá, sino a qué nos obliga que la verdadera trascendencia —y digo verdadera porque aquí no hay perspectiva que valga: no hay manera de ver la nada— se nos revele como la nada de Dios.
tendencias
octubre 15, 2024 § Deja un comentario
La tendencia es a la adaptación. De ahí que incluso nos acostumbremos a la guerra, al horror. En Kiev, siguen abiertas las pizzerias. Los que se encargaron de introducir los cadáveres en los hornos crematorios no tardaron mucho en tomárselo como un trabajo. Gana el día tras día.
No siempre, sin embargo. El momento desquiciante —la interrupción, el suceso vertical— es aquel en el que introduces a tu mujer y a tus hijos. El acontecimiento —lo único que nos saca del quicio— detiene el tiempo: ningún mañana por delante. Es el tiempo final —el fin de los tiempos (y aquí la palabra fin mantiene su doble sentido). A partir de entonces, o muerte en vida o resurrección, ese imposible. Y esto último no podremos anticiparlo desde nuestro lado. El cristianismo no dice otra cosa. O mejor, lo que añade es glosa.