los malos
octubre 23, 2025 § Deja un comentario
Hay quienes parece que disfruten haciendo daño. Son los malos. Espontáneamente, podríamos decir que hay buena hierba y mala hierba, quienes nacen predispuestos a la bondad, y quienes se sienten inclinados hacia el mal. Sin embargo, muchos creen que la maldad es algo así como una crosta de la que podríamos desprendernos; que, en el fondo de cada uno, habita el amor al bien. La pregunta es si esto es así o, más bien, estamos ante una creencia en la que necesitamos creer, un trankimazin.
En cualquier caso, lo cierto es que, cristianamente, cabe una condena eterna —cabe el irredimible. Pues aún podemos rechazar la redención que se nos dio de antemano. Así, podría suceder que el soldado que sigue con vida gracias a sangre de su víctima —la sangre que ahora corre por sus venas—, coja de nuevo el fusil para terminar el trabajo. Es posible volver a crucificar a Dios, la posesión demoníaca. Freud nos habló de la pulsión de muerte. Probablemente, no regase fuera de tiesto. En este sentido, recuerdo aquel fragmento de Ernst Jünger en el que sintetiza su paso por las trincheras de la guerra del 14: la primera muerte no puedes soportarla; con la segunda, te acostumbres; la tercera la deseas.
Ahora bien, para que pudieran haber ángeles de Dios, uno tuvo que caer, el más lúcido, el que siempre niega. Y caer junto a Dios, tal y como podemos leer en el Libro de Job.
Todo lo profundo siempre fue muy extraño.
lecciones del Gólgota
octubre 22, 2025 § Deja un comentario
Frente a la hipótesis, la suposición, ¿qué es la fe? Simple: seguir confiando donde ya no somos capaces de seguir confiando. Fe es fidelidad al amo… donde el amo parece habernos abandonado. Y una fidelidad confiada en que finalmente no sea así. Ciertamente, hablamos de algo que anda rozando lo insensato.
Así el creyente confía en que, al final, el verdugo no se saldrá con la suya… a pesar de que las evidencias le dan a entender lo contrario. Y a pesar también de que ignore el cómo. El horizonte de la fe, por tanto, es la liberación, un mundo en el que la impiedad quede sepultada por la bondad. En definitiva, una nueva humanidad —el Reino. Y aquí sigue habiendo mucha insensatez.
Sin embargo, aún podemos hacernos un par de preguntas. Si la fe presupone un amo —un Señor—, en definitiva, una situación de dependencia, quien, por carácter o modernidad, no admite hallarse en manos de ¿podrá dar el paso de la fe? Esta ¿acaso no exige un sujeto infantil? Por otro lado, de realizarse la esperanza creyente, ¿hasta cuándo podríamos soportar un mundo sin sombra?
Con todo, estas preguntas no se las hace el desesperado, el que se encuentra en la situación de creer. Pues la fe, a diferencia del mapa mental, es un clamor que da un paso al frente. Ahora bien, por eso mismo, el sentido de la fe no pertenezca a quien da el paso. Salvo que regrese con vida de la muerte. Pero este ya es otro cantar.
tan lejos, tan cerca
octubre 21, 2025 § Deja un comentario
No tengo claro que ver desde lejos —desde la grada del dios— suponga ver más claro. Con más frialdad o desinterés, sin duda. Pero no, con mayor claridad. Pues la lucidez acontece en medio de un ambiente sumamente denso, donde apenas penetra la luz. Me explico.
Supongamos que alguien hubiera estao dos veces a punto de irse de este barrio. Y que, en cada una de ellas, no se hubiera ido de los nervios. Desde la distancia, alguien podría haber dicho este tío no teme morir. SIn embargo, también es posible que no se lo creyera del todo, a pesar de los indicios. Si le preguntásemos, siendo consciente de esto último, cómo vivió esos momentos terminales, acaso no sabría qué decirnos. Posiblemente, hubiese un poco de todo. Quizá podría creer, visto lo visto, que a la tercera —y en esta suele ir la vencida—, no le temblarán las piernas. Pero no lo sabrá —y de ello estará seguro. Es lo que tiene la lucidez.
En lo más íntimo, cualquier sinceridad deviene una docta ignorantia. O lo que es lo mismo, en los recovecos del alma topamos con esa densidad que ningún bisturí podrá diseccionar. Como si el silencio que abraza cuanto es solo pudiera realizarse en un mar de aguas turbulentas —y, por eso mismo, ensordecedoras. Al fin y al cabo, la realidad exige ser encarada —y no diseccionada. De diseccionarla, no obtendremos más realidad, sino esa abstracta simulación que nos permite dominarla. Y una realidad dominable —y, por eso mismo, modificable— no es aún real. Pues aún es algo.
simul
octubre 20, 2025 § Deja un comentario
Que en la vida hay quienes salen ganando y quienes pierden —quienes someten y quienes viven sometidos, quienes cuentan y quienes no— es algo que se ve a lo lejos cuando todo a nuestro alrededor está en orden. Un trabajo digno —o más que digno—, unos hijos que crecen saludables y sin preocupación… al fin y al cabo, una amable rutina, un hogar. Para quienes vivimos en la posición de confort, el cristianismo es un mapa mental que, con la excusa de Jesús de Nazaret, promueve los buenos sentimientos. Hay otros mapas. En los setenta, se hablaba de cristianismo burgués.
Sin embargo, la revelación —la que te deja en un estado de suspensión— solo alcanza a quienes viven a flor de piel el haber sido expulsados del mundo, el derrumbe de los cielos. Y por nuestra violencia, la cual también está hecha con los materiales de una desahogada indiferencia.
¿Estiércol? Sin duda. Pero aquí hay que tener presente que no hay flor que crezca donde la tierra no ha sido abonada. Como también es cierto que demasiado estiércol quema la planta. Simul.
de la misma naturaleza
octubre 19, 2025 § Deja un comentario
El Credo, como sabemos, declara que el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre. El asunto se las trae. Pues si partimos del Padre, es decir, si asumimos el presupuesto de la sensibilidad religiosa —Dios, arriba, siendo un ente aparte, y la humanidad, abajo—, entonces fácilmente caeremos en la lectura doceta de la Encarnación: Jesús de Nazaret es, sencillamente, Dios… solo que con un disfraz humano. Como sabemos, esta lectura fue rechazada por la Iglesia, casi desde el principio. Pues, de ser así, lo que quedaría comprometido es, precisamente, aquello de y hombre verdadero.
Por tanto, si la Encarnación es el hacerse hombre de Dios, entonces la naturaleza de Dios, su modo de ser, no es anterior a este hacerse hombre. En cualquier caso, lo anterior sería la voluntad de Dios —la voluntad que es Dios en sí mismo— de reconocerse en su imagen, en definitiva, su kenosis. El crucificado no fue el avatar de Dios, sino su quién.
Ahora bien, entender esto último supone entender que el que Dios sea un Dios con cuerpo —y un cuerpo humano— no significa, simplemente, que Dios sea simplemente humano, ni mucho menos que el hombre sea Dios: significa que Dios es ese hombre que cuelga de una cruz, el abandonado de Dios que, con todo, permaneció fiel a Dios. No hay otro Dios.
Ciertamente, es más fácil, religiosamente hablando, seguir con la interpretación doceta —o, en su defecto, arriana. Y, por eso mismo, la Iglesia ha perdurado a lo largo de dos mil años porque pastoralmente toleró las herejías cristológicas que oficialmente tuvo que condenar para preservar la revelación. Al fin y al cabo, la verdad solo sobrevive históricamente a costa de su simulación.
escepticismo y verdad
octubre 18, 2025 § Deja un comentario
La filosofía, como suele decirse, nace del asombro —¿por qué el haber y no más bien nada? Sin embargo, se trata de un asombro que conduce al escepticismo. Al fin y al cabo, cualquier seguidor de Sócratres acabará por confirmar la sentencia del maestro: al fin y al cabo, lo único que sé es que no sé nada. Ahora bien, el escepticismo socrático no es —o no solo— el resultado de una falta de pruebas, sino de un haberse expuesto a la trascendencia del carácter absoluto de un puro haber. Así, hay verdad —hay el haber, la pura exterioridad, lo absolutamente otro de la existencia—, pero no para nosotros. Para nosotros, la realización de lo verdadero, esto es, las apariencias, el tiempo, el que todo sea no siendo. En definitiva, el mundo.
Y como siempre: una cosa es tomar nota de lo anterior y otra, muy distinta, haberlo incorporado.
examen y libertad
octubre 17, 2025 § Deja un comentario
Cuandon Platón escribe hacia el final de su Apología que una vida examinada tiene más valor que una sin examinar está distinguiendo —es obvio— entre dos modos de estar en el mundo. El primero es el más común. Pues consiste en vivir sometidos al mapa mental, la suposición, la doxa. Así, a la mayoría le basta con creer que será feliz si consigue lo que desea, que vive bajo el amparo de lo divino o que es libre porque puede saltar las vallas. En estos casos, nadie se hace la pregunta sobre si es verdad que la felicidad depende de poder realizar cuanto deseamos, si realmente seguimos amparados por el ángel de la guarda de nuestra infancia o si nuestra libertad consiste en cruzar las fronteras.
Sin embargo, el segundo modo —el de quienes sí se hacen estas preguntas— no conduce a una respuesta definitiva, sino, más bien, a la perplejidad. Pues el resultado de la reflexión es, por decirlo en breve, la aporía. Ahora bien, lo curioso es que este permanecer en suspenso tenga, según Platón, más valor. Y es curioso porque, de entrada, no lo parece. Más bien, la sensación que nos dejan los filósofos es que son bastante torpes a la hora de lidiar con el mundo. Como si su mundo fuese otro.
Sin embargo, quizá esta extranjería sea la razón por la que suelen estar por encima de lo que sucede y no importa. No es fácil. Pues admitir que el centro está fuera de ti, aunque no sepas a ciencia cierta en qué consiste, no es una píldora fácil de tragar. La paradoja es que acaso el descentrado esté más centrado que quienes viven pendientes de su triunfo. O su felicidad.
las dos trascendencias
octubre 16, 2025 § Deja un comentario
Para la religión, la trascendencia es ubicable, un asunto espacial: hay una dimensión superior y de la cual solo obtenemos señales. En cambio, para la fe bíblica, la trascendencia es temporal, un porvenir: Dios no se encuentra en los cielos, sino tras el final de los tiempos. Aquí la trascendencia de Dios es la de su retroceso, el que dio pie al mundo, hacia el futuro del hombre como el futuro mismo de Dios. Y aquí, en vez de señales, contamos con historias, tan humanas que rozan lo sobrehumano.
No parece que se trate de lo mismo. Aunque siempre hay parroquianos que intentan cuadrar el círculo diciendo que la trascendencia es espacio-temporal. Claro.
la resurrección y el poder de Dios
octubre 15, 2025 § Deja un comentario
El creyente permanece a la espera de Dios. Pero ¿a quién —o qué— espera? ¿Al ente superior? ¿Su intervención milagrosa? Y quien espera de este modo, ¿acaso no espera como el niño que da sus primeros pasos espera a que papá le levante de nuevo?
El cristianismo fue, desde el principio, tremendamente provocador. ¿Esperáis a Dios? Ahí lo tenéis, colgando de un madero. Ciertamente, no parece que esto fuese lo que esperaban quienes le siguieron. Pero, con el crucificado, Dios cumple su promesa. ¿Un abandonado de Dios es el que satisface la esperanza creyente? ¿En serio? ¿No estamos cerca del desmentido? ¿Se ríe Dios de sus fieles?
Por supuesto… Sin embargo, hubo resurrección, se nos dirá. La historia no termina en el Gólgota. De acuerdo. Ahora bien, también hubieron dioses en la Antigüedad. Pero ya no pueden haberlos para nosotros. Para nosotros meras fuerzas que los antiguos vieron como expresión del poder de un dios. Modernamente, la interpretación religiosa que iba incrustada en la visión ha quedado separada de la visión. Y este es el tema, hoy en día: que no sabemos ya qué hacer con la resurrección. Ni siquiera, de viajar en el tiempo como periodistas del pasado, podríamos ver lo que ellos vieron. Como no podríamos sentir la presencia de Vulcano en el estallido de un volcán. Ahora bien, sin resurrección la fe cristiana se tambalea. Pablo dixit.
Es cierto que para los primeros cristianos las apariciones y la tumba vacía fueron señales. Entre el no está donde lo dejaron y el he visto al Señor se coció el porvernir, una nueva esperanza. Unos creyeron que dichas señales apuntaban a la simple exaltación del crucificado. Otros, a su haber sido levantado de entre los muertos por el poder de Dios. Estos últimos, terminaron, como sabemos, imponiendo su lectura. Y de esas lluvias los lodos de la cristiandad. En cualquier caso, hoy en día, María de Magdala sería una alucinada. Como lo es el chamán que nos cuenta sus visiones tras cruzar la puerta, con la ayuda de unas dosis de peyote. Pues en nuestro mundo no puede darse lo que, en el de la Palestina de entonces, fue, cuando menos y para algunos, una posibilidad: la posibilidad de lo imposible. Si vieron lo que vieron es porque su marco mental era el de la apocalíptica judía, un marco que, evidentemente, en modo alguno puede ser el nuestro.
Quizá no fuese casual que, en el evangelio más tardío —y por eso mismo, más madurado teológicamente—, cruz y resurrección fueran presentados como dos caras de lo mismo. Pero ¿qué es ese lo mismo? Pues, ni más ni menos, que la identificación de Dios con un crucificado en su nombre: Dios es Jesús.
Y de ahí a la dogmática trinitaria media un paso, un paso que el cristianismo dio a lo largo de cuatro siglos. Y es que la confesión creyente no deja las cosas de Dios como estaban.
Con todo, esta identificación solo posee fuerza motivadora —esto es, anima una nueva esperanza— donde aún cabe confiar en el poder de Dios. ¿De qué poder hablamos, sin embargo? Si nos tomamos en serio lo que significa que Dios sea un Dios encarnado, entonces este poder no puede ejercerse ex machina, es decir, al margen de los cuerpos de quienes vuelven con vida de la muerte, comenzando con el del crucificado. Y aquí, como siempre, hemos de recurrir a las historias que hay detrás de las fórmulas cristianas para, cuando menos, comprender de qué va este asunto. Así, basta con tener presente, por ejemplo, a la madre que amó al hijo que engendró tras una violación como el hijo que Dios le dio. Una locura. O mejor, un imposible. Aquí hay que tener en cuenta que esa madre, tras el trauma, está muerta: ningún porvenir que no sea miserable. ¿Un caso de resiliencia? Sí… si únicamente se tratase de una superación psicológica que la víctima logra por su cuenta y riesgo. Pero aquí hay un niño de por medio, un inocente fruto de la violencia, un responder al cruel desafío de Dios. Y por este gesto —un gesto que interrumpe la continuidad de lo histórico— cabe esperar un nuevo mundo, una nueva humanidad. Aun cuando no sepamos cómo sucederá. Ni si sucederá. En cualquier caso, Ha-Satán no debe alzarse con la victoria.
En el principio está el final, ciertamente. Quizá no sea anecdótico que Lucas comience su evangelio con el anuncio de María.
partamos de ahí
octubre 14, 2025 § Deja un comentario
No le importas a nadie. A lo sumo, te va a parecerlo. Pues hay momentos que provocas ciertas reacciones —positivas, se entiende— en algunos. Este es un buen punto de partida. De hecho, el único bueno. El otro es creer que estás en el centro, que todo gira a tu alrededor. Además, lo crees porque la sociedad te empuja a creértelo. Y digo que es un buen punto de partida porque resulta tremendamente liberador. Si crees que te hallas en el centro, fácilmente experimentarás la ansiedad. Porque, en el fondo, sabes que eres insignificante. En cambio, donde asumes tu posición polvorienta, todo puede empezar de nuevo. De hecho, es cuando empieza.
más paradojas
octubre 13, 2025 § Deja un comentario
Hay amor eterno. Pero terminará antes de tiempo. Debe hacerlo. Romeo y Julieta. La eternidad siempre fue la del instante.
catástrofe
octubre 12, 2025 § Deja un comentario
Catástrofe significa, literalmente, la caída de los cielos estrellados sobre nuestras cabezas. La catástrofe hace saltar por los aires nuestros mapas mentales, en definitiva, nuestro mundo. ¿Qué queda, por tanto? No un mundo, sino su ruina, una pura exterioridad. Todo deviene oscuridad y silencio. Aunque sea mediodía. Y tú frente a ese ahí, sin mundo.
Hay que reconocer la audacia cristiana cuando nos hace ver que lo de Dios comienza justo en ese momento.
el buen salvaje y Platón
octubre 11, 2025 § Deja un comentario
La nostalgia de la vida primitiva o elemental que sentimos aquí en Occidente sugiere, cuando menos, que, como individuos, hemos pasado a ser otra cosa. De hecho, esta otra cosa comenzó su andadura en la Atenas del siglo V aC. O mejor dicho, cuando Platón escribió aquello de que una vida examinada —es decir, una vida que se cuestiona a sí misma por mor de la verdad— posee más valor que una vida sin examinar. Y es que el examen de sí nos distancia de lo que nos liga a la tierra, a saber, la perspectiva, la visión espontánea de cuanto hay, la inocencia, no siempre inocente, de nuestro trato con las cosas… y los demás. Cuando sabes, como mujer, que tu mala suerte con los hombres —siempre has acabado con aquellos que terminan machacándote— obedece a que, inconscientemente, quieres redimir a tu padre, un machacador, las relaciones que puedas tener con los hombres difícilmente serán naturales.
Suele decirse que cada pueblo, incluso los primitivos, tienen su filosofía. No es cierto. En cualquier caso, su sabiduría, una particular cosmovisión. Pues la filosofía supone un poner en suspenso, precisamente, la visión más espontánea del mundo, las creencias que damos por ciertas, en definitiva, lo que nos parece que es. Hay asombro, sin duda, en el filósofo. Pero también en el buen salvaje —aunque quizá no fuese tan bueno como se lo imaginaron los primeros modernos Ahora bien, lo que hay en el filósofo, sobre todo, es escepticismo. Y no porque no crea que haya algo así como lo verdadero —lo que en verdad tiene lugar en lo que sucede—, sino porque, de hecho, lo hay, aunque no para nosotros. Para nosotros, la paradoja, la perplejidad, la extrañeza de sí… una extrañeza que no parece encontrarse en quienes viven perfectamente integrados en la madre naturaleza.
El ecologismo nunca podrá reconciliarnos con esta. Los filósofos ya se encargaron de cortar el cordón umbilical. En cualquier caso, la corriente ecologista nos empujará a ponerle un parche a los rotos, a ir reparando las vías de agua de un barco que en modo alguno puede volver al puerto. Tampoco es un asunto sin importancia.
perdón y disculpa
octubre 10, 2025 § Deja un comentario
Tan solo lo imperdonable merece el perdón. Aquello perdonable, acaso una disculpa. En cualquier caso, nadie merece el perdón de sus víctimas, si antes tuvo piedad de sí mismo.
teodicea básica
octubre 9, 2025 § Deja un comentario
Todavía hay creyentes que se preguntan por qué, habiendo Dios, hay tanta maldad y sufrimiento injusto. Aquí, las respuestas suelen ser desconcertantes, por no decir ridículas. Que si Dios, con todo, nos acompaña siempre, como la enfermera que le da su mano al que agoniza en el hospital; que si Dios prefiere dejarnos libres, antes que intervenir; que si Dios sufre con los que sufren,,, Y digo desconcertantes, porque no diríamos de una madre, pongamos por caso, que es una buena madre… si dejara que su criatura se arrojara desde un balcón porque decidió arrojarse o si sufriera junto al hijo que sufre… sin hacer nada para que dejase de sufrir.
Siendo más sofisticados, algunos teólogos recurren al libro de Job para simplemente decir que ignoramos el porqué —y no puede ser de otro modo, tratándose de Dios. Sin embargo, al sostenerlo, acaso demuestren tener poca perspicacia. Pues una lectura más penetrante del libro de Job nos haría caer en la cuenta de que, ciertamente, hay bien —o gracia— porque hay Dios… pero también de que hay desgracia porque hay Dios. La luz y la oscuridad son debidas al mismo Dios (Is 45,7). Pero no porque Dios lo quiera, sino porque tanto el don como el horror se desprenden de la extrema trascendencia de Dios, un trascendencia que, siendo extrema, anda rozando la inexistencia.
El problema de la pregunta de la teodicea tal y como habitualmente se entiende —¿por qué Dios lo permite?— es que apunta al Dios que espontáneamente concebimos como Dios, algo así como un ángel de la guarda big size, … y que nada tiene que ver con la realidad de Dios. Así, la cuestión teológicamente relevante es si la historia tendrá o no un final. Es decir, si al final se separará el trigo de la cizaña o si, más bien, no cabe esperar más que la eterna reiteración de lo mismo. En definitiva, hablamos de quién podrá más, si el Dios de la Justicia, el que decidió tomarse un descanso tras el sexto día, o el príncipe de este mundo. Y, evidentemente, no es algo que sepamos. Creer antes de tiempo, dando por descontado que la película terminará bien, más que una ingenuidad es un tomar el nombre de Dios en vano. Pues creer no es suponer.
De ahí que la pregunta no sea si hay o no hay Dios, sino si lo habrá. O mejor dicho, si regresará. No es casual que el dirigirse a Dios propio de un crisitiano sea un clamar no ya por la presencia de Dios, sino por la vuelta de aquel sin el cual Dios no es aún nadie. Maran atha.
paradojas de la vida e intolerancia woke
octubre 8, 2025 § Deja un comentario
Decía Adorno que la intolerancia a la ambigüedad es indicativa de una personalidad autoritaria (citado por David Rieff en su libro Deseo y destino). El puritanismo —incluido el woke— sería una expresión típica de esta intolerancia. Como si fuera posible extirpar la oscuridad ahí donde hay luz. Evidentemente, todo es cuestión de medida: donde la luz es tenue, hay demasiada oscuridad alrededor… y, en ese caso, todos los gatos serán pardos. Pero la medida —la frontera que separa lo aceptable, aunque duela, de lo inaceptable— no puede determinarse por ley sin enrarecer la vida en común. Sucede aquí como en la paradoja sorites: no hay modo que no sea arbitrario de establer en qué momento un montón de arena deja de serlo cuando vamos apartando los granos, uno a uno. Aquí prevalece —o debería prevalecer— el sentido común.
Así, los mandamientos woke, tan predominantes en las universidades anglosajonas, suenan igual que las exhortaciones del coach de turno a eliminar, pongamos por caso, cualquier rastro de celos en una relación de pareja. Pues ninguna mujer se sentiría mínimamente querida si al hombre con quien convive le diera igual que ella pasara un fin de semana con su mejor amigo. No hay vínculo humano que no entrañe unas ciertas dosis de posesión. La cuestión será siempre cuál de los contrarios pesa más. Pero, con respecto a este asunto, no hay racionalidad que valga —y aceptarlo sería, de hecho, lo más racional. Esto es, sencillamente, así. Y quien niega lo que es tiene las de perder. Al menos, porque, tarde o temprano, tendremos que navegar en mar abierto.
el decir y la metáfora
octubre 7, 2025 § Deja un comentario
Decía Heidegger que el mundo lo fundan los poetas. Y algo de esto hay. O mucho. Pues la predicación —el esto es X— no deja de ser un esto como aquello… en todos los casos. Y es que lo desconocido siempre será descrito por lo conocido. Caballo de hierro. Incluso la palabra materia remite a la mesa sobre la que se apoyaba el artesano. Aquí la cuestión es cuál fue la primera descripción. Y probablemente no se tratase de una descripción, sino de una onomatopeya.
Así nos preguntamos, con Marco Aurelio, qué es la vida. ¿Un combate o una danza? ¿O acaso podemos evitar decir ante aquel que acaba de morir “se fue”? ¿No supone esta visión de mínimos una creencia en el alma? ¿O cuando menos en el élan vital? ¿Acaso quien ve un martillo no ve un clavo?
Al fin y al cabo, la crisis del cristianismo es una crisis de ciertas metáforas —y, por eso mismo, del mundo al que dieron pie. La existencia como estando sub iudice, por ejemplo. Sin embargo, debido a su crisis, acaso estemos en las mejores condiciones para, cuando menos, comprender el alcance de la revelación cristiana, en definitiva, su carácter paradójico. Pues el cristianismo dibuja un mapa mental que hace saltar por los aires cualquier mapa mental. Incluyendo el de la cristiandad. Es como utilizar un lenguaje para decir que no cabe el lenguaje. Lo dicho: poetas.
carpintero
octubre 6, 2025 § Deja un comentario
Podemos discutir sobre qué rasgos comparten el Dios cristiano y la divinidad a la que apuntan las diferentes religiones. E incluso creer que ese denominador común, de haberlo, es propiamente Dios —y que el resto son perspectivas. Pero, en cualquier caso, eso lo haremos siempre desde la distancia. Así, difícilmente entenderemos que la fe, aunque se exprese oficialmente a través de una serie de declaraciones, es un clamor, algo así como agarrarse a un clavo ardiendo. A pesar de que, cristianamente, sea un clamor esperanzado. Y cuando digo esperanzando no me refiero a ingénuamente esperanzado. Pues el clamor creyente —el maranathá con el que concluye el Nuevo Testamento— conserva el temblor de piernas. Como el resucitado conservó las marcas de la crucifixión.
otra de Job
octubre 5, 2025 § Deja un comentario
¿De verdad? ¿Un Dios que se interesa por nosotros? Cambia de óptica. Como tuvo que hacer el bueno de Job. Entonces quizá te preguntes ¿cómo pudimos tomarnos en serio que hay un Dios que nos quiere y además sentir a flor de piel que no somos más que polvo? ¿Puede haber un Dios que tenga en cuente a los que no cuentan y, por eso mismo, seguir siendo Dios? Quizá hayamos olvidado qué significó inicialmente la palabra Dios.
Los autores de los libros sapienciales supieron ver que Dios se encuentra por encima del dios conveniente, el dios de nuestra parte. Y que, consecuentemente, la actitud es la de quien cae de rodillas ante el exceso que supone que tanto la luz como la oscuridad —la bondad y el exterminio—sean debidas a la radical trascendencia de Dios (Is 45,7). De ahí que la realidad de Dios no pueda entenderse en los términos de un Dios-ente, ni siquiera superior o, si se prefiere, supremo. El verdadero más allá no es el de otro mundo. De haberlo, su trascedencia sería, obviamente, relativa.
Moisés añadió un capítulo extra. Pues vio que, de la trascendencia de Dios, se desprende la Ley que nos obliga a la fraternidad. Ante Dios estamos sin Dios, como dijo Bonhoeffer. De ahí que, en nombre de Dios permanezcamos enfrentados a Dios, a su aparente indiferencia. Y esperando, quizá inocentemente, que el poder de Dios al final se decante por la bondad.
Posteriormente, vino la cristiandad y su Dios íntimo, el Dios que habitando en lo más profundo del alma, nos escucha y con el que es posible charlar. Al creerlo, la cristiandad conservó los restos del viejo gnosticismo. Y como acaso intuyera Nietzsche, de esas lluvias, los lodos del ateísmo moderno. Y es que si podemos decirnos a nosotros mismo que el alma es una chispa divina —una lectura ciertamente atrevida del a imagen y semejanza— es porque nos hemos alejado de la experiencia originaria de Dios.
El error del gnosticismo fue creer que la chispa divina es algo así como una fuente de poder que tenemos que aprender a desbloquear. Hay chispa divina. Pero esta permanece apagada como nada. En realidad, esa chispa es la huella interior del retroceso de Dios, de su eterno más allá. El Espíritu siempre fue un Ave Fénix.
todo uno: Tales y Anaximandro
octubre 4, 2025 § Deja un comentario
Una de las operaciones de la razón, quizá la más básica, consiste en la reducción de la diversidad a un denominador común. De ahí que la sentencia de Tales —todo es agua— constituya el primer intento de ofrecer una explicación racional del mundo. Aquí no interviene ningún dios —y por eso mismo, no se nos cuenta ninguna historia. Más aún: los dioses, al formar parte de la totalidad, son también agua. Y puede que sea por este motivo que razón y religión nunca terminen de hacer buenas migas.
Este denominador confiere unidad al mundo. Quiero decir que, porque todo es al fin y al cabo una y la misma cosa, el mundo se nos presenta como el todo-uno y, en definitiva, como orden o cosmos. La referencia a un arjé supone aceptar que en el origen reside la Ley. La Ley —no el dios— gobierna el mundo. No es casual que la palabra principio traduzca al castellano el griego arjé.Pues con principio se mantiene el doble sentido inicial.
Ahora bien, que haya Ley significa que no todo es posible. Así, las posibilidades del mundo son las que contiene la naturaleza de esa cosa última, el agua en el caso de Tales. Por decirlo en breve, lo que la naturaleza de la cosa última pueda dar de sí es lo que puede dar de sí el mundo. Sencillamente, no es posible lo que no cabe dentro de dicha naturaleza. Por consiguiente, dado que no todo es posible, cuanto sucede, sucede necesariamente conforme a la naturaleza del ladrillo con el que estan hechas el resto de cosas. Al fin y al cabo, la pluralidad serían modificaciones de lo mismo, sus diferentes apariencias.
Más aún: si hay cosas —y las hay—, entonces no puede haber caos. Pues si las cosas se dan dentro de un orden es porque, en definitiva, son una y la misma cosa. No puede haber desorden en lo que es uno. Estamos lejos, por tanto, de la contingencia de un mundo en el que las cosas son como son debido a las decisiones que tomó in illo tempore el dios de turno. La explicación que proporciona el mito nos da a entender que el mundo podría haber sido muy distinto si al dios le hubiese dado por ir en otra dirección.
Anaximandro, sin embargo, dará una vuelta de tuerca a este asunto. Su tesis es que el arjé es apeiron, literalmente, sin límite. Ahora bien, no hemos de entender dicha tesis como si simplemente fuese una variante —una más— de la sentencia de Tales. Al sostener que el origen es apeiron, Anaximandro está yendo más allá de la física. Pues la pregunta a la que responde no es cuál es la naturaleza de la materia de la que están hechas todas las cosas, sino en qué consiste qué algo simplemente sea. O por decirlo a la manera de Leibniz, por qué hay lo que hay en vez de nada. Es evidente que la respuesta a esta pregunta no podrá darse en los términos de una cosa aún más pequeña que la que se entendió como arjé en un primer momento (o no tan primero). Anaximandro no se pregunta, por tanto, por la primera causa eficiente, la cual solo puede concebirse, desde nuestra posición, como la de una cosa última , sino por el fundamento o razón de cuanto es… en tanto que es o está ahí. El aperion, sencillamente, en tanto que carece de límites —esto es, de forma o aspecto— no puede ser algo en concreto. El fundamento del mundo no pertenece al mundo. O por decirlo de otro modo, la razón por la que el todo es el todo permanece fuera del todo.
No obstante, la pregunta que se plantea a continuación es en qué sentido podemos decir que el fundamento sea… si es cierto que tan solo es lo que se da en concreto, es decir, como algo determinado. ¿Puede comprenderse como real lo que aún no se ha realizado? Al fin y al cabo, teniendo en cuenta que al referirnos al fundamento —la razón de ser de cuanto es— nos referimos a la posibilidad de que algo sea; y teniendo en cuenta, a su vez, que la posibilidad, en cuanto tal, aún no se ha realizado ¿no deberíamos concluir, que la posibilidad es, precisamente, lo imposible del mundo? ¿Acaso la pregunta acerca de en qué sentido podemos decir que la posibilidad de que haya lo que hay no equivale a interrogarse por el haber de lo imposible? ¿Acaso no estaríamos, en definitiva, ante el carácter paradójico de la fórmula es no siendo aún nada? ¿Cómo comprender la realidad del todavía no?
sor Caram y el pequeño Nicolás
octubre 3, 2025 § Deja un comentario
Recuerdo haber visto por televisión, hace ya años, un trasunto de debate entre sor Caram y el pequeño Nicolás. Versaba sobre política. La tesis que defendía el pequeño Nicolás era muy simple: quienes están en la alta política no pretenden más que enriquecerse. El bien común es la excusa. La respuesta de Lucía Caram fue una respuesta enloquecida, hasta el punto de insultar a su oponente. Su argumento también fue minimalista: la política no tiene otro propósito que el de servir a la sociedad. El bien común no es la excusa, sino el horizonte… al que nos vamos aproximando paso a paso. Ciertamente, esta manera de entender la política resulta convincente. Por moralmente axiomática. Pero ignora el hiato que separa la Ley de los reglamentos que las ponen en práctica. Y los reglamentos son la grieta por donde se ejerce el genuino poder.
Basta con leer el libro de Matt Taibbi, Cleptopía , para caer en la cuenta de que Lucía Caram prefiere vivir en su mundo que en el de Maquiavelo. El problema es que el de Maquiavelo es real. Al igual que el inconveniente de alimentarse espiritualmente del whisful thinking es que, tarde o temprano, terminas bailándole el agua al poder. Y ello con independencia de la buenas obras que sor Caram lleva a cabo.
Con todo, la violencia revolucionaría tampoco es una solución. Pues, dejando a un lado los momentos iniciales, el final es el previsible: los mismos perros con distintos collares. Massa damnata.
los dioses y las piedras
octubre 2, 2025 § Deja un comentario
La estátua —la roca— es la representación perfecta del dios. Y la piedra, cuanto más gigantesca, mejor. La piedra es inmortal. Como el dios.
Hoy en día, la crítica profética a la idolatría nos parece evidente —¿hay aún quién, en su sano juicio, se arrodille ante un tótem?—, digna de una mentalidad ilustrada, aunque todavía sensible a la trascendencia. Sin embargo, solemos pasar de puntillas sobre el hecho de que dicha crítica apunta directamente a la línea de flotación de lo que espontáneamente se experimenta como divino. Y lo hace situándose en la perspectiva de la eternidad. Nada sobrevive, ni siquiera los dioses, al paso del tiempo. Tan solo e Eterno. Sin embargo, la crítica profética no apunta únicamente a la fugacidad de cuanto existe, sino también, y quizá sobre todo, al carácter ilusorio de la experiencia natural de la trascendencia, la que el homo religiosus padece hallándose sometido a los poderes que atraviesan el mundo.
Ciertamente, desde la óptica de la eternidad, no somos más que polvo. Pero ante el dios, la sensación no es exactamente la misma. Ante el dios, somos simplemente menos. Hablamos, por tanto, de una sensación relativa a nuestra posición. De ahí que un dios sea tan solo aparentemente divino. Si cabe lidiar con un dios —si es posible tratarlo, negociar—, entonces aún no es Dios. Y donde la diferencia es relativa —donde esta es, en definitiva, de grado— siempre será posible lidiar.
Dios en verdad —el exceso verdadero o absoluto— se manifiesta como el silencio que abraza por igual los campos de la muerte como la belleza de un amanecer. De ahí que aún está por decidir de qué lado se decantará Dios. Aunque, cristianamente, Dios ya tomó su decisión.
nihilismo y bondad
octubre 1, 2025 § 1 comentario
En el mundo, prevalece el ruido y la furia. Y si no nos lo parece es porque vivimos dentro de un espejismo.
Sin embargo, hay quienes sufren en carne viva la condena del mundo: tú no cuentas. A estos, no les queda ninguna ilusión. Su esperanza, de tenerla, no nace de la necesidad psicológica de creer que la película terminará con el triunfo de los buenos —pues ya no pueden creer en ello—, sino de haber topado con la aparición, es decir, con ese gesto de bondad donde no cabía ninguna bondad. En nombre de ese gesto, el verdugo no debe pronunciar la última palabra, aun cuando no podamos ni siquiera hacernos una idea mínimamente sensata sobre el cómo.
En este sentido, la fe en la bondad es un acto de resistencia a la racionalidad del mundo. Y es que lo racional —lo que debe ser conforme a lo que es— sería el combate eterno entre la luz y la oscuridad. Al menos, porque en realidad no hay luz sin oscuridad. De ahí que el triunfo de la bondad no se entienda, cristianamente, como si el mal hubiera sido eliminado de la faz de la tierra —creer en ello es fantasear—, sino como Satán bajo las botas del Arcángel. No es lo mismo. Lo racional es la realización de lo real —y lo real implica la relación dialéctica entre la luz y la oscuridad. La fe, en cambio, apunta a lo imposible. Esto es, a la recreación del mundo, en definitiva, a la interrupción de lo histórico. De locos.
pensar la lengua
septiembre 30, 2025 § Deja un comentario
Es curioso que, en castellano, no podamos decir habían unos cuantas tizas en el cajón. Lo correcto es decir: había… Y es que, en definitiva, la construcción haber + sustantivo es impersonal y, por eso mismo, invariable. Aquí, el sustantivo no es sujeto, sino complemento directo. Las tizas no soportan el haber. Es el haber lo que soporta las tizas, por así decirlo. La confusión procede de confundir el haber con el existir o el estar. De este modo, pasamos de decir las tizas estaban en su cajón a habían unas cuantas tizas en el cajón.
Es una confusión análoga a la que media entre el Dios que existe y el que es. Esto es, entre lo que está oculto —la cosa misteriosa— y el genuino misterio.
la resurrección y sus presupuestos
septiembre 29, 2025 § Deja un comentario
Alguno teólogos sostienen —o sostuvieron— que las apariciones del crucificado tras el tercer día presuponen la fe. Que sin fe, no había nada que ver. Sin embargo, la fe —en definitiva, la confesión creyente que proclama a Jesús como el Hijo de Dios— fue el resultado de las apariciones. O mejor dicho, de su explicandum. Pues la convicción de que Jesús había resucitado fue, de hecho, una… entre otras. Como explicación parecía más aceptable aquella que apuntaba a la exaltación. No es exactamente lo mismo, a pesar del aire de familia. Así, el presupuesto de la resurrección no fue, estrictamente, la fe en Jesús, sino la creencia —la más íntima suposición del judaísmo apocalíptico— que daba casi por descontado que, en los tiempos finales, Dios levantaría a los muertos para que pudieran soportar su última palabra, esto es, el juicio. Tan solo dentro de esta perspectiva —únicamente en el interior de este mapa mental—, el aparecido pudo aparecer, precisamente, como resucitado… y no simplemente como aquel que había sido exaltado a los cielos para estar junto a Dios. Las apariciones, por si solas, no demuestran nada.
invocar y clamar
septiembre 28, 2025 § Deja un comentario
Quien invoca a Dios o, incluso, habla con Él suele dar a Dios por descontado. En este sentido, Dios sería la pieza que permite encajar las piezas del mapa mental creyente. Sin embargo, llama la atención que la Biblia insista en que los capaces de Dios son aquellos que claman por Dios. No me parece que sea exactamente lo mismo. Pues el clamor surge cuando no parece que haya Dios. O, al menos, un DIos de nuestra parte. El clamor es el resto más puro de nuestro estar ante Dios. Como dijera Bonhoeffer, estamos ante Dios, sin Dios. Y todo cuanto cabe decir, cristianamente, acerca de Dios es lo que cabe decir de las mujeres y los hombres que actúan en consecuencia tras clamar por Dios o, en su defecto, por hacerse eco del clamor de los sin Dios, comenzando por el crucificado.
Una comunidad que invoque a Dios sin tener presente la raíz de nuestro estar ante Dios quizá esté más cerca del fariseo de la parábola de Lucas, el cual, a diferencia del publicano, está demasiado satisfecho de sí mismo como para creer, que del que murió como abandonado de Dios. Aun cuando se abandonase a Dios.
la lógica y el dirigirse a Dios
septiembre 27, 2025 § Deja un comentario
Cuando el creyente invoca a Dios ¿tan solo hay una necesidad psicológica de contar con un papá que lo puede todo? Quizá. Pero también podría ser que hubiere un Dios al que le importase nuestra suerte. Y ello a pesar de necesitar, también, a ese Dios. El truco de la sospecha moderna es creer que tan solo se trata de nuestra necesidad. Y digo truco porque los argumentos de la sospecha únicamente convencen donde asumimos su presupuesto, a saber, que no hay Dios. Por tanto, estrictamente, no demuestran. Pues concluyen lo que inicialmente dan por sentado. Y a esto, en lógica, se le denomina falacia —en concreto, la falacia del argumento circular.
el bien y la singularidad
septiembre 26, 2025 § Deja un comentario
El algo-en-concreto —lo singular— surge como tara, esto es, como un diferir de lo que debe ser, el Bien. Si lo real es lo que se manifiesta o hace presente, entonces lo real de, pongamos por caso, un cuerpo bello, y en tanto que bello, es la belleza. Pues lo que se hace presente en los cuerpos bellos —y en tanto que bellos— es, precisamente, la belleza. ¿Por qué añadimos, sin embargo, en tanto que bellos? Simple. Un langosta es bella. Pero también comestible.
Ahora bien, la belleza en sí misma, es decir, al margen de su hacerse presente no es nada en concreto. Ni puede serlo. Es, por decirlo a la manera de Platón, idea —y aquí por idea no hemos de entender contenido mental, sino más bien que lo real en sí mismo “posee” una carácter abstracto y que, por eso mismo, solo se revela al pensamiento. En este sentido, lo real en sí sería algo parecido a la fórmula matemática que, con independencia de cualquier perspectiva, es el cubo de Necker. En este sentido, podríamos decir que lo real-absoluto no es nada fuera de su realización. Mejor dicho: es no siendo en sí mismo nada en concreto. La realidad de lo real sería, por tanto, la pura posibilidad del mundo —y por eso mismo anterior al mundo. Así, la fórmula del cubo de Necker, por continuar con nuestro ejemplo, encerraría la posibilidad de los cubos de Necker que dibujamos en una pizarra o sobre un papel. Como tal, dicha formula es anterior al cubo dibujado. Sin embargo, esta anterioridad no debe entenderse como la de una semilla con respecto al fruto. Pues la anterioridad de la posibilidad del mundo —de su fundamento— se encuentra fuera del mundo y, por consiguiente, del tiempo. De hecho, solo hay tiempo —en definitiva, presente— en relación con dicha anterioridad. En cierto sentido, podríamos decir que la posibilidad del mundo es, en sí misma, imposible. Y es que no es —ni puede ser— una posibilidad del mundo.
Así, y por decirlo de algun modo, lo real solo puede realizarse perdiendo por el camino su carácter absoluto u otro. De ahí que nada nunca del todo. Ningún cuerpo bello, por seguir con nuestro ejemplo, es bello por entero. Siempre hasta cierto punto o desde un determinado punto de vista. La belleza de un cuerpo bello se da o hace presente como deformación o negación de la belleza en sí o paradigmática. Ningún cuerpo bello —y en general, nada de cuanto es en concreto— termina de ser lo que debiera. Y esto es el tiempo. En este sentido, el tiempo es el envés de la eternidad propia de lo real-absoluto. Y aquí, obviamente, no nos estamos refiriendo a una cosa eterna. Hay mundo —y por ende, tiempo— porque lo real en sí mismo es no siendo nada. O por decirlo de otro modo: lo real-absoluto solo se realiza en —y como— negación de sí. De hecho, la expresión es no siendo nada, si lo pensamos bien, es una doble negación. Es decir, un afirmación. Decir no es cierto que no llueve equivale a decir que está lloviendo.
Ahora bien, de entender lo dicho hasta ahora, entenderemos que, teniendo en cuenta que la realidad tiende a su realización —que la realización es inherente a lo real— lo que debe ser es que nada termine de ser lo que debiera. De topar con un cuerpo que no difiriese en modo alguno del cánon —que fuese bello sin objeción, un cuerpo sin tara—, no podríamos evitar la sensación de irrealidad. No obstante, por poco que le demos unas cuantas vueltas a este asunto, veremos que estamos ante algo muy extraño o paradójico. Pues, por un lado, si podemos decir de un cuerpo bello que no termina de ser bello es poque ese cuerpo se encuentra sometido, por así decirlo, a la exigencia de ser bello por entero. Pero, por otro, esta exigencia tampoco puede realizarse… si es que la belleza debe realizarse.
Por tanto, no hay nada que no cargue con su contrario. No hay cuerpo bello sin tara. Como tampoco decisión justa que no incorpore unas dosis de injusticia. De ahí la necesidad de juzgar —de decir— qué pesa más en la mezcla, en definitiva, qué es: si lo primero o lo segundo. Pero ningún juicio —nada de cuanto podamos decir— será inapelable. Y es que el peso siempre dependerá de lo que nos parezca en un momento dado.
cuanto se afirma de Dios
septiembre 25, 2025 § Deja un comentario
El Dios de Israel —el verdadero— es indescriptible. Y no porque no seamos capaces de hacerlo —no debido a nuestra limitación—, sino porque Dios en verdad no admite descripción alguna. Yavhé es simplemente el que es —o, siendo más justos, el que es siendo el que será. No hay concepto que valga para Yavhé —y lo que esto significa es que no hay ninguna esencia que nos permita apuntar hacia algo que posea una mínima entidad.
Sin embargo, la BIblia está repleta de caracterizaciones de Dios. ¿Cómo deberiamos entenderlas… si Dios, en verdad, no las admite? Aquí la cópula —el es— produce el malentendido… al que nos hemos acostumbrado. Pues, a diferencia del griego, el hebreo no permite pensar el presente al margen del imperativo. Dicho de otro modo, el equivalente a la cópula no remite a lo sustancial —y por eso mismo, permanente—, sino a lo que aún está por decidir. Así, cuando el creyente de Israel afirma que Dios es misericordioso lo que, de hecho, está diciendo es que tiene que serlo… teniendo en cuenta que seguimos con vida a pesar de nuestra iniquidad. Ahora bien, y como decíamos, eso aún está por ver. Pues todo en el presente, incluso Dios —o mejor dicho, su presente, en definitiva, el Reino—, está por decidir. La pregunta de Israel no será, por tanto, qué es, pongamos por caso, el amor o la bondad —pues en el presente, como decía, todo es solo en cierta medida—, sino si el amor o la bondad terminarán triunfando sobre el odio.
De ahí que en clave judía el hacerse presente de Dios en el Gólgota, y como cuerpo crucificado —y aquí hay que tener en cuenta que los primeros cristianos no fueron cristianos, sino judíos que se entendieron a sí mismos, precisamente, como judíos seguidores de Jesús— sea comprendido como un acontecimiento final.
afirmar es fijar
septiembre 24, 2025 § Deja un comentario
Cuando el creyente afirma —y convencidamente— que, pongamos por caso, la bondad de Dios al final triunfará sobre el mal se fija en esta posición. Esto significa que esta convicción es inamovible, la pieza clave en torno a la cual se organiza su mapa mental. Y no hay quien se oriente en la existencia sin un mapa. Más aún: donde se trata de orientarse, cualquier mapa sirve, aunque no todos los mapas conduzcan al mismo puerto.
Sin embargo, la fe aún aguarda su momento. Pues ese momento es aquel en el que los mapas mentales dejan de servirnos. Así, en vez de la suposición en la que permanecemos fijados, la fe, el salto —y en el caso creyente, un salto que apunta, con ciega confianza, a aquello que, desde únicamente nuestro lado, no es posible creer.
cesuras
septiembre 23, 2025 § Deja un comentario
La irrupción histórica del cristianismo supuso una cesura en el ámbito de la sensibilidad religiosa. Pues la pregunta que tuvo qué soportar Israel durante siglos —¿dónde está tu Dios?—, y por extensión, el crucificado, ya no pudo resolverse apuntando a los cielos. De Dios —de su presente—, el cuerpo que lo encarna, aquel sin el cual Dios aún no es nadie.
el profeta y el terruño
septiembre 22, 2025 § Deja un comentario
Nadie es profeta en su tierra, dijo el de Nazaret. Y esta certeza sintoniza, de algún modo, con la sentencia de Napoleón: nadie puede ser un héroe para su ayudante de cámara. Como también con aquella que dice que en casa del herrero, cuchara de palo. La patria del profeta es el extranjero. Al igual que ningún héroe puede sentirse como en casa en su propia casa. En casa —en Nazaret— pesa más el ad hominem, la cojera, el desmentido que supone cualquier biografía: ¿no es este el hijo del carpintero? El hidalgo de la Mancha nunca fue don Quijote para Sancho.
Sin embargo, Alonso Quijano no se equivocó al ver gigantes donde, para cualquiera, solo había molinos de viento. Como no se equivoca quien ve devoradores de almas, pongamos por caso, en los móviles que tienen abducidos a nuestros adolescentes. Al fin y al cabo, el más siempre a lomos del menos. Que el profeta sea uno de los nuestros —tan cojo como cualquiera— no invalida su palabra. Y no la invalida porque, en el fondo, no es suya. De hecho, en la Antigüedad los locos eran, por lo común, visionarios. Y no, a pesar de su tara, sino, precisamente, por ella. Es lo que tiene que, modernamente, demos por decontado que no hay nada que ver más allá de lo cuantificable —que cualquier visión corre a cuenta del visionario.
el clavo en la pared
septiembre 21, 2025 § Deja un comentario
A diferencia de los simios, buscamos lo verdadero, lo real o sólido. Esta búsqueda constituye nuestra más genuina inquietud, el hecho de no encontrarnos como en casa donde ya no podemos seguir obviando lo que hasta el momento dimos por hecho. Y así nos preguntamos, por ejemplo, qué de verdadero hay en el amor que siento por él o ella. O qué de verdadera libertad hay en mi poder hacer cuando me viene en gana… una vez comienzo a hastiarme de tanta satisfacción. De este modo, vamos en busca de lo verdadero como quien busca el clavo al que agarrarse y, así, resistir la fuerza de la gravedad, la que nos aplasta contra el suelo. Pero lo real es un clavo ardiendo. No podremos aguantar demasiado tiempo colgando de ese clavo. Estamos llamados a la elevación. Pero no estamos hechos para permanecer en el aire —o en suspenso— durante demasiado tiempo.
Pero ¿por qué arde? ¿Quizá porque lo real —lo fijo, lo inmutable o absoluto de la existencia— carece de la entidad de lo concreto o singular? Nadie puede permanecer ante el silencio y la oscuridad más impenetrables. Sin embargo, lo real reclama su realización, un hacerse presente, en definitiva, un aparecer. Lo real, en sí mismo, aún no es —y de ahí lo de su silencio y oscuridad. En este sentido, podríamos decir que lo real es no siendo aún. O de otro modo, es siendo estrictamente la posibilidad del mundo. Ahora bien, lo real solo podrá realizarse en aquello que lo niega —en las cosas sometidas al tiempo. Pues nada termina de ser donde todo pasa. La conclusión resulta, de nuevo, paradójica: la posibilidad del mundo es, precisamente, lo imposible, lo que, en sí mismo, no puede suceder sin que desaparezca el mundo, es decir, cuanto hay o existe.
Al fin y al cabo, que seamos quienes han sido arrojados al mundo encuentra su envés en el retroceso de lo verdadero o absoluto. En su lugar, su simulacro, las apariencias. Por suerte. Pues quien aspira a lo verdadero no sabe, al menos inicialmente, a lo que aspira. De ahí su desconcierto o parálisis una vez vislumbra en qué consiste lo real. Sin embargo, lo decisivo de esa búsqueda comienza cuando se pregunta y ahora qué… tras topar con lo que buscaba y, sin embargo, no esperaba.
es real, pero no existe: sobre el cubo de Necker
septiembre 20, 2025 § Deja un comentario
¿Qué hay de real —de absolutamente otro, fijo, inamovible— en eso que percibimos como real? La percepción es siempre una perspectiva. Vemos lo que vemos desde diferentes ángulos —y quien dice ángulos, dice modos de ver, sensibilidades, esquemas lingüísticos o mentales. Y esto es así, hasta el punto de que lo que para unos es una cosa, para otros, una muy distinta. No hay visión que no integre una carga teórica, un cierto saber sobre aquello que se está viendo. Todo ver es un ver como. Pôr consiguiente, no hay hechos que sean químicamente puros, esto es, al margen de los presupuestos que constituyen un mapa mental.
Así, por ejemplo, lo que para nosotros es dinero, para los aborígenes del Mato Grosso no es más que un trozo de papel… al que nosotros le otorgamos un valor que anda rozando lo sagrado. Para ellos, el dinero sería algo así como una superstición. Al igual que nosotros consideramos como supersticiosa la antigua creencia en dioses. No me atrevería a decir que nosotros estemos más cerca de la verdad que los aborígenes. Y viceversa. Las perspectivas, cuando parten de presupuestos irreconciliables, son como agua y aceite. Ahora bien, en tanto que diferentes perspectivas de eso que está ahí, es obvio que apuntan a lo mismo. La pregunta surge de inmediato: qué es ese lo mismo.
Para entender mejor la respuesta a esta cuestión, nos serviremos de lo que se conoce como el cubo de Necker. El cubo de Necker, de hecho, el cubo que la mayoría dibujaría espontáneamente, admite dos perspectivas. Podemos ver el cubo desde cualquiera de estas dos. Pero nunca lo veremos integrando las dos perspectivas a la vez. Cada perspectiva sería el equivalente a un mapa mental —a un modo de ver. En este sentido, el cubo tendría dos apariencias. Esto es, aparecía de dos modos distintos. Sin embargo, resulta elemental que estamos ante dos presentaciones de un mismo cubo. ¿Qué sería, por tanto, lo que se mostraría bajo dos aspectos diferentes, el cubo en sí, al margen, precisamente, de su aparecer o hacerse presente con un aspecto determinado?
La pregunta tiene algo de, cuando menos, desconcertante, por no decir, de impropia o, literalmente, impertinente. Y es qe si solo es lo que se hace presente o aparece, en definitiva, cuanto cabe percibir de una manera u otra, entonces lo que se manifiesta nunca se manifiesta o aparece… en sí mismo o en cuanto tal. ¿De qué estamos hablando, por consiguiente? ¿A qué nos referimos cuando nos referimos al cubo en sí mismo? En realidad, a la idea de cubo, esto es, a lo que tan solo, y en este caso, admite una expresión matemática. Por consiguiente, lo real en sí mismo posee una naturaleza abstracta. Y por eso mismo, lo real en cuanto tal, esto es, en su carácter absolutamente otro o diferente, solo puede ser pensado. Pues en tanto que diferente, eso que se hace presente difiere continuamente del aspecto con el que se realiza. O dicho de otro modo, siempre se abstrae de su manifestación. Al igual que el yo con respecto a su aspecto o manera de ser…
También podríamos decir lo mismo de la materia en cuanto tal. Ciertamente, la matería se hace presente sensiblemente como algo más o menos rugoso, extenso, sonoro… Ahora bien, ese algo cuyos rasgos o aspecto capta nuestra sensibilidad no es perceptible como tal. Es como si siempre permaneciera más allá o por debajo de su hacerse presente en una mesa, un árbol, una mosca… Es decir, como si, en cuanto tal, se sustrajera a la presencia —y de ahí su carácter abstracto; pues abstraer es sustraer.
Pues bien, si nada es que no sea en concreto, entonces el lo que de lo que se hace presente, y debido, precisamente, a su carácter abstracto, no es nada en concreto. Es, ciertamente. Pero, en sí mismo, no existe, por así decirlo. Y es que tan solo existe o posee entidad lo singular. Siendo más estrictos, podríamos decir que la realidad, al margen de su manifestación sensible, es no siendo aún nada. Estrictamente, estaríamos hablando de la posibilidad del mundo, una posibilidad que, si lo pensamos bien, es imposible. Y lo es porque no puede darse como tal. De ahí que pudiéramos decir que lo imposible es el fundamento del mundo, de sus posibilidades. Pero estirar este hilo ya nos llevaría demasiado lejos.
En cualquier caso, lo anterior puede servir como una breve introducción a Platón. Al menos, porque fue Platón el primero en pensar la escisión que constituye cuanto hay, la que se da, precisamente, entre el mundo inteligible y el sensible, por decirlo en sus términos. Hay mundo porque “hay” un más allá del mundo. Y si el haber de este más allá va entrecomillado es porque, propiamente, no hay un más allá que pueda comprenderse como otro mundo.
una imagen vale más que mil palabras
septiembre 19, 2025 § Deja un comentario
¿Sí? Quizá… si no nos hacemos demasiadas preguntas. Pues todo gesto es ambiguo. Ninguna imagen cuenta toda la historia. De ahí la necesidad de un mínimo discurso que apunte a lo que tiene lugar en medio de cuanto sucede… que es lo que la imagen presenta. Sin palabras, la imagen sugiere, pero no dice. A lo sumo, creemos que dice.
Sin embargo, un discurso también guarda sus ases bajo la manga. Pues, en tanto que decir implica juzgar —en definitiva, deshacer la ambigüedad que atraviesa cuanto es—, todo discurso anticipa un veredicto que no está en nuestras manos pronunciar. Así, cuando decimos, pongamos por caso, que la imagen que muestra a una madre abrazando a su hijo representa el amor que siente por él, dejamos a un lado —decidimos no ver— que en ese abrazo también se hace presente el amor al vínculo con el hijo. No es exactamente lo mismo. Nunca terminamos de saber qué pesa más, si lo uno o lo otro. Así, al decir que hay más de lo primero que de lo segundo, no hacemos otra cosa que juzgar antes de tiempo. Y de paso, creer, ingénuamente, que las cosas son tal y como las decimos.
Los filosófos entienden lo anterior como un estar rodeados sombras —como un vivir protegidos por la ilusión. Sin embargo, donde encienden el foco, crecen unas sombras más densas. Es lo que tiene ver directamente el Sol: que nos deja ciegos. Esto es, en un estado de suspensión o fuera del juego. Como si al caer en la cuenta de que hay lo verdadero —lo que tiene lugar en lo que simplemente pasa—, pero no para nosotros, difícilmente pudiéramos seguir tomándonos en serio lo que suele tomarse por serio, la ilusión.
No obstante, el final del trayecto no es la desilusión, sino el aceptar que no podemos hacer más que volver a tomarnos en serio la ilusión. Aun cuando ahora sepamos que se trata, precisamente, de un espejismo. Como el actor que no ignora que debe representar el papel que le ha tocado en suerte… sabiendo que no es más que un papel. De este modo, la ironía, como la más fina expresión del distancia de sí que constituye la individualidad, se impone como el destino vital de quien alimenta nuestra connatural inquietud por lo verdadero.
El resto, como escribiera Shakespeare, es silencio. Esto es, sobre el resto nada qué decir —nada qué juzgar. En cualquier caso, mucho a escuchar. Al menos, porque no hay silencio, salvo el circunstancial, que no sea elocuente.
el gran fracaso
septiembre 18, 2025 § Deja un comentario
La cruz supuso el fracaso del hombre de Dios que fue Jesús de Nazaret. Y un fracaso descomunal. Esto es, noche oscura. Ninguna luz al final del túnel. No habrá un nuevo amanecer. Y aunque lo hubiese, no sería para ti. El mapa mental de Jesús de Nazaret saltó hecho pedazos colgando de un madero como si fuera un perro. Sencillamente, no parecía que fuese verdad que hubiera un Dios de su parte. Y aquí no vale decir que, al fin y al cabo, hubo resurrección. Pues, en tanto que acontecimiento escatológico, la resurrección del crucificado no puede comprenderse como un hecho que revelase la crisis, en definitiva, el abandono de Dios, como un malentendido.
Ciertamente, lo hubiera sido si el poder por el que Dios levantó al enviado de entre los muertos hubiera sido el de un deus ex machina. También es verdad que así se entendió, e inevitablemente, en un primer momento. Pero si la cruz reveló que el Padre no es nadie sin el Hijo —y viceversa—, aunque los cristianos tardasen cuatro siglos en comprenderlo, entonces la apelación a un deus ex machina que actúa por su cuenta y riesgo está lejos de ser cristiana.
Otro asunto es cómo comprender el poder de Dios sin imaginar un Dios capaz de mover los hilos.
significado y denotación en cristiano
septiembre 17, 2025 § Deja un comentario
No podemos señalar el haber como sí podemos indicar cada una de las cosas que hay. De apuntar al haber, deberíamos apuntar al todo. Por tanto, el haber significa, pero, en cuanto tal —esto es, como puro haber— carece de denotación.
Lo mismo con respecto a Dios… en sí. Cristianamente, el haber de Dios —su hacerse presente— es un cuerpo crucificado en su nombre —en el nombre de Dios. De ahí que un cristiano, cuando se dirige a Dios, yerre el tiro donde apunta a los cielos como quien imagina que hay vecinos en el piso de arriba por los pasos que escucha. En cristiano, no hay otro apuntar a Dios que no sea un apuntar al Gólgota. O mejor dicho, al tercer día, ese imposible.
peleterías Hernández
septiembre 16, 2025 § Deja un comentario
Decir lo real es, por defecto, decir lo que hay. Ahora bien, lo que hay se da o hace presente. No hay un haber al margen del haber de las cosas. Sin embargo, este último haber es, en cualquier caso, perspectiva.
¿Qué es, por ejemplo, una piel? Depende de cuánto de acerques. O de si eres humano… o una pulga. Y con todo, sea como sea el mundo, el haber en cuanto tal sigue estando ahí —es el ahí— como el fondo inexistente, aunque real, del mundo. Nada es más real —más otro— que lo imposible. En lo imposible reside la posibilidad de los mundos.
Ahora bien, comprender esto último pasa por caer en la cuenta de que el hacerse presente del puro haber exige su negación de sí —su kénosis, el acto creador. Hablamos, en definitiva, del tiempo. Y de ahí el doble significado de la apariencia.
fenomenología básica
septiembre 15, 2025 § 3 comentarios
Un sacerdote le dice a quien le quedan pocos meses de vida: cada día es un milagro. Dios te espera. Y lo dice con profunda convicción. Ambos, viven dentro de este mapa mental. Además, lo sienten de corazón. Y en este mapa mental permanecen.
El filósofo, en cambio, es quien sospecha de lo que le parece verdadero o, incluso, incuestionable. Y así, al interrogarse sobre la verdad de lo que siente, se sitúa a una cierta distancia de sí mismo, en una especie de tierra de nadie. Evidentemente, la reflexión —ese volver críticamente sobre uno mismo— bloquea de algún modo la vida más espontánea. Ahora bien, la búsqueda de la verdad del filósofo terminará con las manos vacías. Aunque tampoco se irá, anímicamente, de vacío. En el fondo, hablamos de una docta ignorantia.
El creyente recorrerá un camino paralelo. Pues el salto de la fe, a diferencia de la suposición interiorizada de quien asume un mapa mental, tiene su momento, un momento, literalmente, crucial. En los Gólgota, los mapas mentales caen hechos pedazos. Las manos, también vacías… aunque con los callos de quien se ha pasado media vida cavando pozos de agua para los sedientos. Ahora bien, en vez de un sano escepticismo, una ciega esperanza. Y digo ciega porque, estrictamente, no se trata de un ideal o una expectativa difícilmente realizable, en definitiva, de algo que quepa visualizar, sino, más bien, de un debe suceder en nombre de. Pues lo decisivo de la vida creyente siempre fue a qué nos obliga mientras tanto la imposibilidad de Dios —su extrema trascendencia.
distingos
septiembre 14, 2025 § Deja un comentario
Una cosa es la verdad que revela el Gólgota —y la verdad es algo así como un non plus ultra que afecta a la totalidad— y otra, lo que hacemos con esa verdad. Y aquí caben dos opciones. La primera es la habitual: permanecer en el mapa mental que dibujamos con la revelación como motivo o excusa. El mapa mental nos ubica en el mundo, cielos incluidos, en tanto que facilita que las piezas encajen. O, al menos, la mayoría. Y quizá, por eso mismo, lo que lo sostiene un mapa mental es el sentimiento de estar en el lado correcto.
La segunda, en cambio, no es capaz de dibujar ningún mapa mental. En su lugar, y con la ayuda, eso sí, de cuatro fórmulas, el tener que responder a la voz ahogada de los sedientos y un esperar lo que no puede integrarse como una simple expectativa. Pues en el mundo, la mayor parte de las piezas quedan sueltas.
Ahora bien, la primera opción es el humus que hace posible que florezca la segunda. Y, sobre todo, que pueda reproducirse. Aunque sea de aquella manera. El blanco y el negro, para los film noir.