antignosis
enero 31, 2012 § Deja un comentario
Que la chispa divina que, según muchos, habita nuestro interior pueda morir; que el mal pueda adueñarse por completo del corazón del hombre bueno es algo que, por sí solo, debería bastar para convencernos de que la distancia entre Dios y el hombre solo puede ser cubierta por un Dios que desciende hasta vaciarse de divinidad.
LSD
enero 30, 2012 § Deja un comentario
El síntoma creyente: que la realidad no se encuentra de nuestro lado. Que lo tangible es en cualquier caso un simulacro. Que el mal es incomprensible en igual medida que el bien. Que no hay nada más real que un Dios que no puede acontecer más que como fin del mundo… No casualmente en la Antigüedad, el loco, el que sufría alucinaciones era visto, por lo común, como aquél que había cruzado el umbral. Será superstición para quienes no sepamos ver más allá de nuestras narices.
en la corta distancia
enero 29, 2012 Comentarios desactivados en en la corta distancia
Muchos están convencidos de lo que cuentan por ahí, a saber, que con el deseo basta. Que es suficiente con un «me gustas mucho» para que la historia se mantenga en pie. ¡Cuánta ingenuidad, diosss! Pues lo cierto, como saben perfectamente los viejos amantes, es que el deseo, por muy intenso que sea, tiene fecha de caducidad. Como la leche o el zumo de tomate. La pregunta es ¿qué sostiene el vínculo entre hombre y mujer más allá del deseo? ¿Acaso solo la costumbre, la inercia, la resignación? Por defecto, un vínculo que trasciende el impulso encuentra su fuerza en lo que representa o encarna. Y aquí caben principalmente tres posibilidades. O el vínculo es un caso particular de una relación arquetípica o divina, un ejemplo de lo que hoy vemos en las películas o los antiguos escuchaban en el relato del mito; o la unión entre hombre y mujer representa a escala reducida la unión de las potencias cósmicas como puedan ser las del Yin y el Yan; o, finalmente, el compromiso de los esposos no reflejaría otra cosa que la voluntad, mejor dicho, el deber de preservar de la nada la vida que engendraron. Las dos primeras posibilidades pueden ir en un mismo saco, el saco del paganismo, pues su presupuesto es el de las antiguas culturas politeístas, a saber, de que no hay otro sentido que el que deriva del hecho de participar del orden (sobre)natural de las cosas, sea por la vía de la emulación, sea por la de la sintonización. La tercera, por contra, arraiga en la tradición del monoteísmo, aquella que comprende el mundo por entero, incluído un supuesto orden sobrenatural, como doblegado a un Dios que brilla por su ausencia, como decía la Weil. Aquí la vida no puede sintonizar con una naturaleza perfecta o sobrenatural, pues la naturaleza en sí misma no distingue entre bien y mal, vida y muerte. No hace falta ser un Nietzsche para ver que la vida solo puede avanzar fagocitándose a sí misma. La separación entre buenas y malas vibraciones o entre dioses buenos y malos no es natural, por mucho que se empeñenen quienes creen en las dietas vegetarianas o en el poder de las piedras como si fueran la solución a la existencia. En cambio, la naturaleza para el creyente posee una ambivalencia que solo puede resolver el mandato de un Dios que se encuentra más allá de lo sobrenatural como ese Dios que da la callada por respuesta cuando quienes sufren su elección le exigen un sentido a su sufrimiento. La fuerza del vínculo, según la tradición monoteísta, no depende, pues, de ningún orden superior, sino más bien de la quiebra de ese orden. El amor nace aquí del hecho de tener presente que no hay más vida que la debida a un Dios que solo podemos echar en falta. Efectivamente, solo quienes viven la vida que les ha sido dada bajo el horizonte del silencio que cubre la totalidad del cosmos pueden abrazar la vida, más allá de la sentimentalidad, como eso que deben preservar, precisamente, de un cosmos en sí mismo indiferente. Y eso en nombre de un Dios que está por ver. El resto probablemente sea un cuento. Aunque sea nuestro.
el frotar se va a acabar
enero 26, 2012 § Deja un comentario
Para el creyente no basta con responder a la demanda del pobre como si fuera la demanda misma de Dios. Puede que eso le baste a Dios, pero no puede bastarle al hombre. Un creyente tarde o temprano debe preguntarse qué significa —qué representa— tanto sufrimiento, que el dolor y la muerte vayan de la mano de la vida que nos ha sido dada. Y ahí nos mantenemos: a la espera de una respuesta o, mejor dicho, de una decisión. De momento, lo único que podemos decir es que vida y muerte, luz y tinieblas, son las dos caras de una y la misma trascendencia, la de ese Dios que permanece fuera de campo como ese silencio que envuelve la Creación. Ahora bien, solo porque nos encontramos sometidos a ese silencio, la voz del pobre se nos impone como la voz misma de Dios, esto es, como esa demanda tan insoslayable como insatisfacible. Y lo extraño es que, probablemente, no haya otro modo de librarnos del nihilismo sin caer en la ingenuidad que estando sometidos a un Dios en sí mismo inviable.
el séptimo día
enero 26, 2012 § Deja un comentario
Sabemos que Dios decidió tomarse un descanso el séptimo día de la Creación. El Islam, como también es sabido, no llega tan lejos. Para un musulmán el Creador sigue tutelando la existencia de los hombres desde ahí arriba. Por tanto, decir una cosa u otra no puede ser lo mismo. En el primer caso, uno no puede contar con la ayuda Dios. En el segundo, sí. Del primer Dios, no hay indicios, sino huellas. Del segundo, solo caben indicios. El primero es lo otro del mundo. El segundo, en cambio, habita otro mundo. El primero trasciende en verdad. El segundo constituye, en cualquier caso, una cifra de la trascendencia.
meditaciones cartesianas (3)
enero 26, 2012 § Deja un comentario
Si puedes ver una cosa es porque cabe ir más allá de la visión de la cosa. Esto es, porque siempre puedes preguntarte qué es eso en definitiva. La razón, al fin y al cabo, la exigencia que se encuentra inscrita en todo decir algo de algo, siempre ve lo que nuestros ojos no pueden ver, a saber, ese algo ahí que no acaba de coincidir con su aspecto o, como también suele decirse, la alteridad misma de la cosa que tenemos delante. De hecho, si podemos ver cosas es porque sabemos de antemano que sus características no la alcanzan por entero. Podríamos decir que si podemos ver cosas es porque en cualquier caso vemos más de lo que vemos. Porque vemos lo que debe ser y no acaba de darse.
… y el espíritu será derramado sobre toda carne
enero 25, 2012 § Deja un comentario
Si se trata de ser bueno —si se trata de transpirar bondad por todos los poros—, entonces hemos de admitir que nadie es bueno en verdad, pues nada es en verdad lo que parece. Aquí los buenos podrían objetar lo que suelen dar por obvio: que se trata de aproximarse a esa bondad suprema o ideal que podemos llamar Dios. Pero diciendo esto no se dan cuenta que hacen de Dios una idea o, en términos bíblicos, un ídolo, aun cuando se trate del ídolo de la bondad. Un ideal es un límite asintótico y, por tanto, una idea. Y no casualmente quienes sostienen esta concepción de Dios ven el conflicto interior como un combate entre potencias o inclinaciones antagónicas, el cuerpo y el alma, la materia y el espíritu. De lo que se trata es de soltar lastre, de elevarse por encima de la bestia, de iluminar la oscuridad. Como si al fin y al cabo la vida interior consistiera en poner los medios adecuados para alcanzar la transformación, para que, dejando de ser animales, acabáramos siendo como Dios. En cambio, si se trata de responder al mandato de Dios, la cosa es muy distinta. Aquí no importa cómo seamos en un principio, pues lo que nos hace capaces de responder a Dios no es un determinado modo de ser, aquél que resulta de una vida purificada, sino una determinada situación, precisamente, aquélla en la que no somos más que quienes invocan a Dios y no escuchan otra respuesta que la del clamor de los abandonados de Dios. A veces los evangelios parece que no digan otra cosa, a saber, que quienes son capaces de responder a Dios, no lo son porque previamente hayan alcanzado las cimas de una bondad intachable. De hecho, ocurre lo contrario: quienes responden a la voluntad de Dios son aquellos que, de tan cubiertos que están de su propia impotencia, ya no pueden aspirar a ninguna elevación. Como si aquello que les impulsara a la obediencia fuera la visión de que la vida de las víctimas inocentes es sagrada como la vida misma de Dios. Como si ellas debieran vivir aun a costa de nuestra propia vida. Como si, en definitiva, solo este imperativo nos salvara de caer en el nihilismo al que nos empuja un mundo que no distingue entre el Bien y el Mal. Será verdad, pues, que no hay salvación que no entrañe el sacrificio del hombre por el hombre. Lo asombro es que los primeros creyentes llegaran a ver el sacrificio del hijo del hombre como el sacrificio mismo de Dios.
progressio
enero 24, 2012 § Deja un comentario
Todavía hay quien defiende una concepción lineal del progreso como si aún no supiera que nadie viaja en primera sin pagar un alto precio. Y no porque cualquier tiempo pasado fuera mejor, sino porque el progreso solo es posible donde dejamos atrás algo de valor. Ocurre aquí como en la madurez del hombre: que no llega hasta que no nos desprendemos de las ilusiones de la infancia. Quizá sea por eso que cuanto mayor es el progreso, mayor es la necesidad religiosa del hombre. Pues acaso la religión no sea otra cosa que ese intento por recuperar la ilusión de un mundo en donde todo tenía un alma. Incluso las piedras.
¿hay más allá?
enero 24, 2012 § Deja un comentario
Pues eso, ¿hay más allá? Y la respuesta es que depende: depende de lo que entendamos por más allá. Es posible que lo haya, si se trata de otro mundo. E imposible, si se trata de lo otro del mundo. Esto último es así por lógica, pues toda posibilidad o es del mundo o no es posible. En cambio, la posibilidad de que el más allá sea otro mundo tiene que ver con el hecho de que sabemos muy pocas cosas. Un pez abisal no puede imaginar la vida en la tierra. Pero que no pueda imaginarla no significa que no pueda haber vida más allá del océano. De hecho, como sabemos, la hay. Ahora bien, lo cierto es que en cualquier caso ese otro mundo solo representa lo trascendente por falta de costumbre. Tan solo haría falta que nos familiarizáramos con la presencia de fantasmas para que esos otros que son los fantasmas pasaran a ser de los nuestros. Todos los mundos, al fin y al cabo, forman parte de un único mundo. De hecho, otro mundo, entendido a la manera de una dimensión oculta, tan solo puede representar una genuina trascendencia. Una genuina trascendencia únicamente puede darse como lo otro del mundo y no hay nada otro del mundo que no sea, precisamente, nada. En bíblico, esa nada que se encuentra en cierto sentido más allá de la totalidad se comprende como el silencio mismo de Dios. Y lo cierto es para quien se encuentra expuesto a esta trascendencia, la única que vale como tal, todo nace del vientre de ese silencio. De ahí que la realidad de Dios sea, estrictamente, imposible, precisamente, en tanto que real. Todo cuanto se halla en el mundo —todo lo posible— se da según la medida de nuestra receptividad y, por eso mismo, no acaba de ser algo otro, algo en definitiva real. Por eso en verdad no hay otro Dios que el imposible. Como la realidad misma.
D.R.A.E
enero 24, 2012 § Deja un comentario
Humano es aquél que debe encontrar una definición de sí mismo, el animal que debe responder a la pregunta acerca de su definición, siendo que en ningún caso podrá reconocerse en la respuesta. O, por decirlo con otras palabras, el ser humano es un estar más allá de sí mismo, un desajuste con respecto a su determinado modo de ser. Como si en el hombre coincidiera el ser con el no-ser.
la noche en la que todos los gatos son pardos (y 2)
enero 23, 2012 § Deja un comentario
Enric Canet no tiene desperdicio. En la misma entrevista para webislam encontramos la siguiente perla: el islam y el cristianismo en su esencia más profunda están muy cercanos. No sé, la verdad, cómo puede llegar a decir esto. Supongo que porque él entiende que la esencia de ambos es la promoción del amor o algo por el estilo. Sin embargo, lo cierto es que en su esencia no se encuentran, precisamente, cerca que digamos. Pues en el momento que reconoce la Encarnación, un cristiano se sitúa en una orilla muy distinta a la religiosa. Y es que una cosa es encontrarse sometido a una divinidad que se halla entre bambalinas y otra al Dios del séptimo día. Una cosa es ver al Crucificado como un hombre de Dios, entre otros igualmente disponibles, y otra muy distinta decir que de Dios tan solo tenemos un Crucificado. Y esto es así aun cuando siga siendo cierto que lo decisivo ante Dios sea responder al clamor de quienes viven una vida de miseria. La confesión creyente siempre fue un tema demasiado humano como para que pudiera importarle demasiado a Dios. Con todo y quizá por eso mismo, es posible que quienes viven pobremente se pregunten, tarde o temprano, si su confianza en la promesa de Dios es o no una ilusión. Y solo la fe cristiana, que yo sepa, se atreve a responder diciendo aquello tan desconcertante de que Dios cumplió su promesa dejándose colgar de una Cruz para que los hombres pudiéramos comenzar de nuevo. Poca ficción puede haber aquí y sí mucha visión. Aunque luego pocos hombres hayamos estado a la altura de este descenso de Dios.
la noche en la que todos los gatos son pardos (1)
enero 23, 2012 § Deja un comentario
Dice Enric Canet en una entrevista para webislam: ‘cualquier religión es buena para llegar a la trascendencia’. Se trata, como sabemos, de una visión ampliamente aceptada por buena parte del cristianismo del buen rollo. En principio, no parece que haya nada que objetar a esta manera de ver el asunto de Dios, pues ¿acaso una montaña no admite diferentes ascensos? ¿Es que no vemos un paisaje siempre desde una determinada óptica o situación? La cuestión, sin embargo, es si YWHW o, mejor aún, si el Dios que se revela en la Cruz debe comprenderse como esa cima que podemos coronar por distintas vías. En verdad, no lo parece. Y es que una cosa es una divinidad que, suponemos, se ubica en otro plano que el tangible y otra muy distinta un Dios que no se da en el modo del presente, sino en el de un porvenir que solo puede realizarse como un inconcebible final de los tiempos. Una cosa es la trascendencia de lo sobrenatural —del poder que interviene en el mundo o le sostiene— y otra la de un Dios que se encuentra más allá de lo sobrenatural como el silencio que cubre el mundo por entero. Una cosa es creer que es posible participar del poder de la divinidad, si uno hace lo debido, y otra muy distinta encontrarse sometido a un mandato tan imposible de cumplir como insoslayable. Enric Canet tendría razón si Dios fuera algo así como el objeto de una visión o un saber, aunque fuese indirecto. Pero la trascendencia del Dios que se revela de una vez por todas en la Cruz, no es la de un Dios que pudiéramos ver más allá del Crucificado. La invisibilidad de Dios es consubstancial y no circunstancial. Dios no es el fuego que podríamos observar si cruzáramos el umbral y del que, de momento, tenemos noticia solo por el humo que provoca. De Dios no hay indicidios, sino en cualquier caso huellas y una huella, como es sabido, nace siempre de una ausencia. O como suele decirse en judío, la huella de Dios es el clamor del pobre. Por tanto, puede que haya diferentes modos de alcanzar lo sobrenatural, pero no hay diferentes modos de llegar a Dios, pues Dios es inalcanzable. De hecho, si hombre se encuentra con Dios, no es porque el hombre haya sido capaz de acceder a Dios, sino porque Dios alcanza a un hombre incapaz de Dios. Y solo hay un modo por el que Dios alcanza hombre, aquél por el cual Dios se vacía precisamente de divinidad hasta coincidir con un Crucificado en nombre de Dios.
recuperar el tiempo perdido
enero 23, 2012 § Deja un comentario
Es posible que en el futuro las cosas entre hombre y mujer sean tan transparentes como pueda serlo un contrato. Al fin y al cabo, dirán, se trata de estar juntos mientras aguante el cuerpo. Por lo común, los pocos años que pueda durar la crianza de los hijos. Lo dicho, como si se tratara de un buen trabajo: que aun cuando podemos estar muy a gusto, no tiene por qué ser para siempre. Es posible, pues, que en el futuro hombre y mujer ya den por hecho, más allá de sus ilusiones, el carácter temporero de su relación. Pero es posible que sea entonces cuando nos encontremos sometidos por entero a la exigencia de que haya algo más entre nosotros, a la necesidad de que hombres y mujeres podamos decirnos aquello de sin ti no soy nada y no porque lo demos por supuesto allí donde bailan las hormonas, sino porque sencillamente sea verdad. Como si la verdad solo pudiera darse como la recuperación de lo perdido. Como si no hubiera otra verdad que la que se ofrece como religio.
brevemente
enero 23, 2012 § Deja un comentario
Porque Dios siempre se encuentra fuera de campo, un creyente solo puede echar en falta a Dios.
fugit
enero 23, 2012 § Deja un comentario
Qué tiempos más difíciles los nuestros en los que la firmeza del carácter es vista como inflexibilidad.
Pierrot le fou
enero 21, 2012 § Deja un comentario
Quien quiera comprender la diferencia entre la religión y el cristianismo podría tomarse un tiempo para ver alguna de las películas del Godard más vanguardista para luego compararlas con las típicas de Hollywood. La diferencia saltará a la vista de inmediato. Lo característico de las películas de Hollywood es, como sabemos, la facilidad con la que te transportan a su mundo o, como suele decirse, te ponen en la piel de los personajes. A través de ellas el espectador participa de lo primordial, de lo que debe ser contado una y otra vez para que nuestra vida pueda tener algún sentido, el que se adquiere, precisamente, por imitación de lo primordial. Las primeras, en cambio, no acaban de transportarte. De hecho, gracias a los recursos típicos de Godard, interrumpen cualquier posibilidad de participar de la historia, obligándote a que caigas en la cuenta, más allá del argumento, de lo que es no es más que cine, a saber, la captura del tiempo. Como si el cine en verdad no fuera otra cosa que lo que queda del cine cuando ya no podemos seguir el argumento. Pues eso.
una cerilla de más
enero 21, 2012 § Deja un comentario
Si la cristiandad pudo quemar a los herejes sin los remordimientos de ahora es porque los cristianos de antes estaban convencidos de que los ponían en manos de Dios. Durante los tiempos de la Inquisición, la pira fue más que un castigo ejemplar, un modo de acelerar el pase al más allá. Que Dios se apiadase de esos hombres y mujeres, si es que en verdad se lo merecían. Si la muerte de esos desgraciados nos resultan hoy en día tan escandalosa y no solo moralmente intolerable es porque no tenemos tan claro que haya un más allá. Aunque bien pensado, no es mal síntoma. De hecho, también los sacrificios humanos en nombre de los dioses del más allá fueron un escándalo para los primeros creyentes en YWHW, los cuales, como sabemos, estaban tan convencidos de que todo se encontraba en manos de Dios que ni siquiera podían dar por descontada la posibilidad de un mundo sobrenatural. Según esos creyentes, más allá del mundo no había en verdad otro mundo, sino solo un Dios que, por si fuera poco, había decido tomarse un descanso. Para un judío de la época anterior a los Macabeos, que hubiera otro mundo fue algo que, como Dios mismo, aún estaba por ver.
metacafé
enero 20, 2012 § Deja un comentario
Cuando nos vemos obligados a decir que tal o cual afirmación sobre Dios es verdadera es porque Dios mismo ha dejado de ser evidente. Y es por eso que cuando nos vemos obligados a decir que tal o cual afirmación sobre Dios es verdadera ya no decimos nada sobre Dios, sino sobre nuestra creencia en Dios. En aquellos momentos en donde Dios no aparece por ningún lado, quien se encuentra sometido en verdad a la altura de Dios no puede decir nada de Dios sin dejar de estar sometido a Dios.
buenas aptitudes
enero 20, 2012 § Deja un comentario
Uno no alcanza la verdad, sino que en todo caso es alcanzado por ella. (O lo que viene a ser lo mismo: la verdad no exige tanto una capacidad de intelección como de sufrimiento.)
gnóthi seautón
enero 18, 2012 Comentarios desactivados en gnóthi seautón
Si no cabe algo así como un conocimiento de uno mismo es porque cualquier cosa que podamos decir acerca de nosotros mismos —cualquier declaración del tipo yo soy así o asá— siempre termina o debería terminar con un y, sin embargo, no acabo de ser tal y como digo. Y es que no podemos conocernos hasta el final donde somos precisamente los que no acabamos de coincidir con nosotros mismos. Por eso no podemos dejar de hacer el ridículo cuando decimos con la boca bien abierta yo soy… Y con todo nadie puede renunciar a conocerse sin morir para sí mismo.
aquarium (2)
enero 18, 2012 § Deja un comentario
Muchos de los que aún se preguntan por si hay o no hay otro mundo, se lo preguntan como si fueran peces abisales que se interrogan sobre si hay algo más allá del océano. De hecho, esos peces no pueden ni siquiera imaginarse una existencia como las de los hombres y mujeres, pongamos por caso, de NY. Para los abisales, una ciudad como NY es sencillamente inconcebible. Y resulta obvio que nuestra situación es tan profunda como la suya. Modernamente, solo fantaseando podemos concebir un cielo que valga fuera de nuestro mundo. Ahora bien, nuestra dificultad no quita que en realidad pudiera haber otros mundos más allá. De hecho, lo más probable es que haberlos, los haya. De hecho, seguimos sin tener mucha idea de tot plegat. Sin embargo, lo cierto es aunque los hubiera, estos no serían otra cosa que otro mundo dentro del mismo mundo, esto es, una nueva dimensión de una y la misma totalidad. Lo que para los antiguos era un cielo habitado por seres divinos, para nosotros sería simplemente una dimensión aún por descubrir, una nueva América, un nuevo continente que explorar. Con todo, tan solo ingenuamente creeríamos que ese descubrimiento confirma la vieja fe en el Dios bíblico. Pues esa fe de buen comienzo surge no ya como una creencia entre otras en la efectividad de lo sobrenatural, sino como un cuestionamiento de la totalidad, esto es, como la impugnación de su autosuficiencia. Y no porque al mundo le falte otro mundo, sino porque el mundo por entero se encuentra bajo amenaza o, como también suele decirse, pendiente de juicio. La caída de lo sobrenatural, la perdida de credibilidad del ámbito que en principio debiera proporcionar un sentido a la existencia, es tan antigua como el monoteísmo. En verdad, bíblicamente la cuestión del sentido es desplazada al final de los tiempos. Así, sobre este asunto, Dios dirá. El sentido de nuestra existencia, como Dios mismo, aún está por ver. Quien se encuentra sometido a Dios no se encuentra, pues, sometido ni a un arquetipo o ideal —lo que en bíblico se denomina ídolo—, ni a una fuerza o poder al que podríamos conectarnos, aunque se trate de la fuerza del amor, sino al mandato que se desprende de la pérdida de credibilidad del arquetipo y de la trivialización de las fuezas que intervienen en el mundo, al fin y al cabo, del hecho de que la luz y la tiniebla son debidas al mismo Dios (Is 45, 7), a su intratable trascendencia. Por tanto, un creyente es aquél que soporta sobre su espalda la falta de sentido de un mundo que, por eso mismo, pende del hilo de la voluntad de Dios. El creyente no es aquél que sabe de Dios —aquél que supone que Dios es de un modo u otro—, sino aquél que sabe, por haberlo sufrido, que en el presente no cabe honestamente hacer otra cosa que obedecer a la demanda infinita de un Dios cuya voz es la de los muertos que reclaman una vida que no llegaron a vivir.
tal cual
enero 18, 2012 § Deja un comentario
Que el cristianismo es otra cosa puede verse en el hecho de que no nos dice aquello tan típico de la religión, a saber, que el hombre debe elevarse por encima de su propia miseria para hacerse capaz de Dios. En verdad la moraleja es la contraria: quien es capaz de Dios —aquél que puede responderle— es, más bien, el incapaz de elevarse hacia Dios. Por lo común, rameras y publicanos, hombres y mujeres que de tan cubiertos que están de su propia mierda en modo alguno pueden aspirar a ser alguna vez de los buenos.
meditaciones cartesianas (2)
enero 17, 2012 § Deja un comentario
Es posible que Descartes, a la hora de demostrar la existencia de Dios, no diga otra cosa que la siguiente: que la certeza del sí va con la certeza de la existencia del no-yo. Efectivamente, yo no puedo estar seguro de mí existencia más allá de mi actividad mental. La certeza de mí mismo es la certeza de mi propia finitud o limitación temporal, pues solo puedo estar seguro de que existo mientras dure mi pensamiento. Ahora bien, no podría experimentar la certeza de mi propia finitud, si no fuera en el marco de lo infinito. Así pues, en tanto que me encuentro a mí mismo, me encuentro a la vez inmerso en una pura exterioridad, en el seno de un ilimitado hay. Si puedo decir ciertamente que hay un afuera de mí mismo es porque puedo estar seguro de mi existencia mientras pongo en duda que haya un mundo que se corresponda con mis ideas acerca del mundo.
aquarium
enero 16, 2012 § Deja un comentario
Somos esos peces que, de tan sumergidos en la profundidad, ya no pueden creer que haya un mundo más allá del mar. Y ello a pesar del testimonio de los delfines o las ballenas. Ahora bien, algunos sostienen que, aunque existiera, ello no probaría la existencia de un genuino más allá, sino solo de un mundo diferente al nuestro. Estrictamente hablando un genuino más allá no sería otro mundo, sino lo otro del mundo, esto es, lo más parecido a la nada que pueda haber.
meditaciones cartesianas (1)
enero 16, 2012 § Deja un comentario
El yo es el fundamento de la certeza —de un saber legitimado por el método—, pero no de lo real, pues la exterioridad propia de lo real no se da en relación con las condiciones de receptividad del yo, sino como la puesta entre paréntesis del mundo que se corresponde, precisamente, con esas condiciones. La simple sospecha de que seamos lombrices que se preguntan si el mundo no será acaso distinto al sistema de sensaciones que capta nuestra piel —el único sentido de la lombriz— basta para que lleguemos a la conclusión de que la exterioridad no acaba de coincidir con el mundo.
over the rainbow
enero 15, 2012 § Deja un comentario
La trascendencia de un mundo sobrenatural no trasciende lo suficiente como para que valga como trascendencia. Un dios solo impresiona por su gigantismo. Su exceso es el exceso de lo superlativo, no el de esa nada cuyo solo aroma basta para que sintamos el vértigo de estar en el mundo. No hay genuina desmesura en un dios que solo marca paquete, aunque éste sea el de una suma bondad. La prueba de que lo sobrenatural no trasciende de veras es que los espectros solo impresionan a quienes no se han acostumbrado a ellos. Bastaría que nuestros muertos se sentaran a ver la tele para que su más allá dejara de impresionarnos. Como dejó de impresionarnos hace ya tiempo ese fuego caído del cielo que es el rayo. O el tornado que pone las vacas a volar. Tan solo el temblor de un hombre que hubiera sido abandonado en medio de un cosmos infinito y despoblado de dioses nos indicaría de una vez por todas que no hay más Dios que el que está por ver.
non plus ultra
enero 15, 2012 § Deja un comentario
El más allá no es propiamente otro mundo, sino la nada que cuestiona la autosuficiencia de este mundo, el non plus ultra que pone entre paréntesis la totalidad en la que nos hallamos inmersos. La totalidad no puede serlo todo para quien apura lo más vivo de la vida en el seno de la muerte. Pero lo que se deduce de este no puede serlo todo, no es que tenga que haber otro mundo, sino que la respuesta a la pregunta por el significado de la existencia no nos pertenece. No podemos ir más allá de este cuestionamiento radical de todo cuanto es. Nuestra situación es la de quien permanece sub iudice. Ahora bien, nos precipitaríamos, en el doble sentido de la expresión, si de ahí saltáramos al no hay significado. Es muy posible que quienes dan el paso de la credulidad infantil al nihilismo renuncien a su verdad, a lo más auténtico de sí mismos. Pues acaso no seamos otra cosa que ese estar arrojados a un más allá que no tiene otro vestigio que la desnudez del hombre. En tanto que arrojados a un más allá sin imágenes somos los que fueron arrancados de este mundo. No somos los que pueden constatar la efectividad de otro mundo, pues no hay otro mundo que éste, aun cuando todavía nos queden muchos mundos por descubrir. En tanto que librados a una nada substancial, somos la quiebra de la inmanecia, la grieta que impide que se cierre el círculo de la totalidad. Quienes renuncian a este cuestionamiento de la totalidad tarde o temprano acabarán inmersos en esa totalidad que no se atreven a cuestionar. O lo que viene a ser lo mismo, difícilmente llegarán a comprenderse de otro modo que como una simple resultante de sus circunstancias. Únicamente como arrojados podemos existir como arrancados. En cualquier caso, lo cierto es que por nosotros mismos no iremos más allá de Job, de su santa perplejidad. Quien se encuentra anclado en la incertidumbre creyente —quien arraiga en la invocación que no espera otra respuesta que la imposible— no puede dar por descontado otro Dios que aquél que coincide con ese silencio que abraza por entero todo cuanto es. Entre la ausencia y el porvenir de Dios anda, pues, el hombre.
abstract
enero 15, 2012 § Deja un comentario
Entre la ausencia y el porvenir de Dios anda el hombre. Pero solo ante un Dios tan esquivo puede el hombre reconocer al Crucificado como Dios sin caer en las impostaciones del gnosticismo.
cottolengo
enero 14, 2012 § Deja un comentario
El otro día, a la salida de un «jueves», Alex Escoda me cuenta que un deficiente del Cottolengo al que le estaba dando de comer le dice como quien no quiere la cosa aquello que muchos hijos de cristianos ya no pueden ni siquiera balbucear, a saber, que ahí arriba me espera un mundo mucho mejor para mí. ¿Una ficción útil, una vez más? Puede. Sin embargo, no tiene por qué ser así. Al menos, en el caso creyente. Me explico. Una cosa es la expectativa que obedece a nuestra necesidad de escamotear la angustia ante la muerte y otra la esperanza que corresponde a una existencia que abraza lo más vivo de la vida. En el primer caso, la expectativa, por lo común repleta de imágenes, nace y muere en nosotros. Y, así, quien necesita creer de este modo siente intensamente que tiene que haber un ‘mundo de paz y amor’ más allá de la muerte porque, de lo contrario, difícilmente podría soportar su vida de ahora. En cambio, la esperanza creyente no nace de un yo que necesita decirse que no hay en realidad muerte. Arraiga, mas bien, en esa perplejidad que va de la mano de una vida que solo puede darse frente al acontecimiento mismo de la muerte de los hijos, propios y ajenos. El tema aquí no soy yo y mi angustia, sino la muerte, siempre injusta, del inocente. De hecho, no sé si la muerte tendrá o no la última palabra. De hecho, no tengo ni idea. Pero lo cierto es que la vida que nos ha sido dada no debe acabar con la muerte. Tan solo sé que una vida debida a Dios —una vida que únicamente puede vivirse como dada en tanto que soporta la infinita altura de Dios—, no puede acabar sin haber vivido en verdad. La esperanza creyente carece, en realidad, de expectativa. Y una esperanza que no se sostiene sobre ninguna imagen del más allá, en cualquier caso se acaba imponiendo como la expresión —el síntoma— de cómo vivimos esta vida. Al fin y al cabo, la esperanza creyente es la exigencia que va con una vida adherida a la vida más frágil —del mismo modo que la sensación de tener un suelo bajo los pies va con el andar— y no ese supuesto que necesitamos afirmar con la intención de reducir nuestra desesperación ante la muerte.
en la cuerda floja
enero 11, 2012 § Deja un comentario
Un creyente se encuentra entre la credulidad y el nihilismo. Por eso, porque la fe es una excepción, la mayoría o es crédula o nihilista.
Giordano Bruno probablemente arde en las llamas del infierno
enero 11, 2012 § Deja un comentario
La sensibilidad para la trascendencia solo puede sobrevivir donde el mundo se encuentra acotado por el misterio, esto es, donde la totalidad se revela como no-todo. La experiencia del más allá de lo visible es consubstancial a la experiencia del todo como algo limitado por lo invisible, es decir, por la nada de Dios, ese hueco, esa falta o ‘im-posibilidad’ que hace posible, precisamente, que podamos enfrentarnos a un mundo. La experiencia de la trascendencia es inseparable, por consiguiente, de la experiencia de la radical contingencia, no ya de la existencia humana, sino de todo cuanto es. Para quien se encuentra sometido al más allá, el mundo pende de un hilo. Sin embargo, lo fácil es suponer que tras el muro hay otro mundo, por lo común, un mundo sin tara. Ahora bien, el más allá, no se da como otro mundo, sino como lo otro del mundo, como la innegable efectividad de la nada. Nuestra relación con el más allá está hecho de interrogantes, no de certezas. El creyente no se relaciona con Dios como aquél con quien podemos tratar —a través del culto o de la magia—, sino como aquél que solo cabe invocar. Un mundo sin tara aún formaría parte de la totalidad —aun se daría según nuestra medida— como para que sea en verdad otro. La resistencia bíblica a las imágenes de Dios tiene, pues, su razón de ser. Dios es intratable. Quien cree en otro mundo no encara la trascendencia, sin que propiamente la enmascara. Como aquél que, teniendo dificultades para creer en fantasmas buenos, identifica a Dios con la substancia del mundo. Un mundo sin final —un mundo que no se encuentra limitado por la nada de Dios— es un mundo que, en su autosuficiencia, acabará siendo divinizado. Al fin y al cabo, una ingenuidad. No casualmente la iglesia entendió muy pronto que se habían acabado las misas, si el panteísmo de Giordano Bruno iba a misa. Pero esto que es lo que finalmente ha sucedido. A pesar de la hoguera.
Giordano Bruno probablemente arde en las llamas del infierno
enero 11, 2012 § Deja un comentario
La sensibilidad para la trascendencia solo puede sobrevivir donde el mundo se encuentra acotado por el misterio, esto es, donde la totalidad se revela como no-todo. La experiencia del más allá de lo visible es consubstancial a la experiencia del todo como algo limitado por lo invisible, es decir, por la nada de Dios, ese hueco, esa falta o ‘im-posibilidad’ que hace posible, precisamente, que podamos enfrentarnos a un mundo. La experiencia de la trascendencia es inseparable, por consiguiente, de la experiencia de la radical contingencia, no ya de la existencia humana, sino de todo cuanto es. Para quien se encuentra sometido al más allá, el mundo pende de un hilo. Sin embargo, lo fácil es suponer que tras el muro hay otro mundo, por lo común, un mundo sin tara. Ahora bien, el más allá, no se da como otro mundo, sino como lo otro del mundo, como la innegable efectividad de la nada. Nuestra relación con el más allá está hecho de interrogantes, no de certezas. El creyente no se relaciona con Dios como aquél con quien podemos tratar —a través del culto o de la magia—, sino como aquél que solo cabe invocar. Un mundo sin tara aún formaría parte de la totalidad —aun se daría según nuestra medida— como para que sea en verdad otro. La resistencia bíblica a las imágenes de Dios tiene, pues, su razón de ser. Dios es intratable. Quien cree en otro mundo no encara la trascendencia, sin que propiamente la enmascara. Como aquél que, teniendo dificultades para creer en fantasmas buenos, identifica a Dios con la substancia del mundo. Un mundo sin final —un mundo que no se encuentra limitado por la nada de Dios— es un mundo que, en su autosuficiencia, acabará siendo divinizado. Al fin y al cabo, una ingenuidad. No casualmente la iglesia entendió muy pronto que se habían acabado las misas, si el panteísmo de Giordano Bruno iba a misa. Pero esto que es lo que finalmente ha sucedido. A pesar de la hoguera.
parque temático
enero 9, 2012 § Deja un comentario
Cada loco tiene su tema, sí. O, lo que viene a ser lo mismo, la vida de cada uno pivota alrededor de un solo tema. Un tema es algo pendiente, aquello que no termina de resolverse. Así, no estaría nada mal que nos preguntáramos al menos una vez en la vida de qué va el nuestro. Para unos —unos cuantos bastantes— el tema es si alguien me querrá de verdad. O si podré ligarme a un chico que valga la pena. O si, finalmente, conseguiré que me den ese papel protagonista. O si llegaré a ser como mi padre. O si tendré hijos. O si me publicarán la novela sobre el explorador de mi tatarabuelo. O si al final descubriré la vacuna de la malaria. O si soy o no el enviado. O si podré entregarme de corazón a los pobres. O si acabaré entendiendo de qué va todo esto. En cualquier caso, el tema es acabar de ser lo que uno no acaba de ser. Al fin y al cabo, triunfar. O mejor dicho, reconocerse en el propio triunfo. Pero si nos pasamos la vida en torno a un tema; si un tema es algo pendiente, estrictamente, un futuro absoluto es porque todo éxito es siempre un malentendido. Como si el yo solo fuera posible sobre la base de una irremediable extrañeza de sí. Como si la vida no pudiera decidirse de una vez por todas en ningún presente. Con todo, lo cierto es que cada tema suele ir acompañado, a modo de contrapunto, de una voz que nos indica cual debería ser en realidad nuestro tema, una voz en el fondo espectral. Y es por eso que no acabamos de encajar con nosotros mismos: no porque tengamos un tema aún por resolver, sino porque eso que deseamos alcanzar no creemos que sea lo que debemos alcanzar. Aún así, es posible que esa voz tenga más razón de lo que nos gustaría admitir, pues es posible que nuestros temas, sean los que sean, en tanto que nuestros, en verdad no importen. Ahora bien, es igualmente posible que no esté en nuestras manos obedecer el mandato de esa voz como si ése fuera en verdad nuestro único tema.
made in France
enero 8, 2012 § Deja un comentario
Dice Bergson que el esfuerzo creador que manifiesta la vida es de Dios, si no es el propio Dios. De hecho, no supone nada nuevo decir que se trata de la convicción básica de muchos creyentes de hoy en día. Pero la mayoría de estos creyentes no caen en la cuenta de que no es posible decir al mismo tiempo lo primero y lo segundo: si el effort créateur es de Dios, entonces no puede ser Dios. Y vicerversa. Aunque a la mayoría de los creyentes de hecho les da igual decir una cosa que otra, lo cierto es que uno puede preguntarse honestamente si el encuentro decisivo con Dios —el hecho de estar sometido a su altura y, por consiguiente, a su mandato— puede comprenderse en los términos de un saber acerca de la fuerza que sostiene el mundo. El mundo, ciertamente, (de)pende de Dios, pero no según el modo de la substancia, esto es, de lo subyacente, sino según el modo del juez que se encuentra fuera de la escena del crimen. Si el mundo está sujeto al juicio de Dios es porque Dios se encuentra fuera de campo y no en el fondo de todo cuanto existe. Y es que la experiencia bíblica del mundo no es la de las religiones al uso. Para quienes poseen una típica sensibilidad religiosa, el mundo se halla sostenido por un poder, el cual es, en tanto que originario, de Dios. Por eso la pregunta de la disputa religiosa es qué poder sostiene en verdad el mundo, pues quien pueda participar de ese poder tendrá asegurada cuanto menos una cierta plenitud. Pero un judío no se interesa por el poder —la fuerza, la plenitud—, sino por la salvación. Esto es, para un judío, la cuestión es si este mundo o, cuanto menos, el justo de este mundo merecerá la misericordia de Dios. Y si esta es la cuestión y no otra es porque en el fondo la experiencia judía del mundo no es, precisamente, la de un lugar habitable, lo que se dice un hogar, sino la de un mundo dejado de la mano de Dios, un mundo en donde Dios se ha tomado un merecido descanso, un mundo que permanece a la espera, precisamente, del despertar de Dios. Quien se encuentra ante Dios no se encuentra, pues, como aquél que se pregunta qué debe hacer para conectarse con la fuente de la vida, sino como la de ese condenado a muerte que se mantiene en vilo a la espera de una medida de gracia.
teatrillo
enero 8, 2012 § Deja un comentario
El tiempo de la reflexión no coincide con los tiempos de la vida. Por defecto, la reflexión te saca fuera de la escena. La situación del espectador no es la del actor. Ambos no pueden ver lo mismo. Una cosa es mirarse al espejo y otra ver cómo te miras al espejo. En el primer caso, percibes, aunque sea de reojo, esa falta de coincidencia —ese hueco, ese déficit— que constituye la posibilidad de decir yo. En el segundo caso, simplemente ves tu propio cuerpo como si fuera el cuerpo de un otro. La cuestión es a quién pertenece la verdad. O mejor dicho: a quién se le dará el derecho a decir la última palabra sobre ese yo que se mira al espejo con una mezcla de fascinación y desprecio.
Teresa Forcades
enero 7, 2012 § Deja un comentario
En el monasterio de les benetes de Montserrat se masca, sin duda, la paz. Las monjas parecen estar cortadas por un mismo patrón. Todas ellas muestran idéntica mansedumbre. Y todas ellas parecen estar ahí por el mismo motivo: en un momento u otro sintieron la llamada de Dios. Teresa Forcades, por ejemplo, le confiesa al convidat Albert Om que su vocación fue una especie de rapto, algo así como un encontrarse sometida a una fuerza irresistible. ¿Qué demuestra esto acerca de Dios? Antes quizá hubiéramos dicho que todo. Hoy deberíamos decir que nada. Lo que antes se comprendía como respuesta a una demanda del más allá, hoy se explica como algo que se cuece dentro de los estrechos límites de la subjetividad. De hecho, uno puede sentirse llamado por Dios donde simplemente teme enfrentarse a la realidad del mundo o donde no se atreve a sustituir a su madre, como diría Freud. Además es cierto que si te pasas el día sintiendo las vibraciones de Dios es muy difícil que tu cuerpo no acabe adaptándose a su frecuencia de onda. Cómo no va a ser así, si incluso parece ser que las vacas dan mejor leche escuchando un cuarteto de Mozart que bacalao. No obstante, hay dos tipos de hombres: aquellos para quienes el todo lo es todo; y aquellos para quienes, extrañamente, el todo no lo es todo. Y cabe la sospecha de que lo humano se decida más del lado de los segundos que de los primeros. Por eso es posible que las Teresa Forcades de turno estén más cerca de la verdad de lo que podemos modernamente suponer… a pesar de que la impresión es que han hecho de la nada del más allá, de su hiriente silencio, no ya el motivo de una sobrehumana obediencia al mandato de los excluidos, sino la excusa para encontrar un buen rollo en los recovecos del más acá.
UVI
enero 7, 2012 § Deja un comentario
Según Martin Buber la enfermedad espiritual de nuestro tiempo consiste en que uno cuando ora no puede evitar reflexionar sobre el sentido de su oración. El hombre moderno no puede, por ello, dirigirse a un Dios personal sin caer en las procelosas aguas de la mala fe. No casualmente la única noción de divinidad que parece armonizar con el espíritu de los tiempos es aquélla en la que Dios pasa a ser algo así como la electricidad o el aire que respiramos. Pero este Dios, contrariamente al Dios bíblico, no exige ninguna adhesión para valer como Dios. Basta con que lleguemos a saber de su efectiva existencia como quien llega a saber de la existencia, pongamos por caso, del bosón de Higgs. Y acaso sea por eso que el cristianismo solo pueda sobrevivir modernamente como una variante del antiguo gnosticismo… cosa la cual, sin embargo, no puede significar otra cosa que la muerte del cristianismo qua cristianismo. (Algunos, con la intención de cuadrar el círculo, prefieren hablar de Dios como de un interlocutor oceánico. Pero esta manera de dar cuenta de Dios no parece muy seria que digamos. Más bien da la impresión de ser un renovado intento, tan sacerdotal por otra parte, de nadar y guardar la ropa.)
cabalgata
enero 7, 2012 § Deja un comentario
Algunos cristianos aún se preguntan cómo creer hoy en día —o, cuanto menos, cómo poder seguir creyendo en un Dios que se ha vuelto sencillamente irreal—. Pero el hecho preguntárselo ya es un síntoma. Nosotros mismos encontraríamos ridículo que algunos de los descendientes de los aztecas se preguntaran cómo recuperar su ancestral sentido de la divinidad en un mundo en donde el sol se ha revelado como un simple astro. Y es que una vez sabemos que los Reyes son los padres resulta difícil, por no decir imposible, asistir a la cabalgata con la misma ilusión de nuestros hijos. Como si uno pudiera decidir sobre lo que honestamente es capaz de creer.
Harper’s Bazaar
enero 6, 2012 § Deja un comentario
Dice Demi Moore en una entrevista reciente a propósito de su ruptura con Ashton Kutcher: «[mi mayor temor es] llegar al final de mi vida y sentir que no merezco ser amada. Que hay algo malo en mí. […] Me daba miedo ser abandonada. [Pero ahora no estoy dispuesta a permitir que] las heridas me conviertan en alguien que no soy.» Los miedos atávicos siguen, sin duda, ahí. La cuestión, no obstante, es si uno puede desprenderse de aquellos miedos contra los que, precisamente, se afirma a sí mismo.
black death
enero 5, 2012 § Deja un comentario
El otro día vi Black Death, una película de cierto interés, aunque fallida, sobre la caza de brujas durante los tiempos de la peste. Viéndola te das cuentas de ciertas cosas. Por ejemplo, que la fe va indisociablemene unida al temor. Que donde hay presencia de Dios, también están presentes los demonios. Que una cosa va con la otra. El mundo de la Edad Media era ciertamente un mundo en donde el más allá podía hasta olerse. Más aún: los hombres del medioevo existían en medio de un combate entre potencias antagónicas, combate en el que, quisiéranlo o no, debían tomar parte. La disyuntiva es inevitable: o te salvas o te condenas. No caben ahí las medias tintas, el anar fent del oficinista. Por aquel entonces, creer suponía, sin duda, enfrentarse al maligno, el cual se encarnaba, al igual que la bondad de Dios, en ciertos hombres y mujeres: el enemigo, las brujas, los nigromantes… La cuestión que nos plantea la película, aun con los tonos de la serie B, es si cabe creer en un Dios personal y presente, sin unas buenas dosis de superstición. La respuesta es que acaso solo podamos creer verdaderamente bajo el influjo de una superstición. El discurso de la bruja en el tramo final de la película podría firmarlo ciertamente cualquiera de los que hoy en día poseen una sensibilidad religiosa actualizada: Dios no existe, pero la naturaleza lo suple con creces. Ahora bien, la relación que podamos tener en cualquier caso con la naturaleza no puede ser en modo alguno personal: las fuerzas no exigen obediencia, sino solo un saber adecuado, en definitiva, una buena técnica. Un Dios personal solo hace culpables, hombres y mujeres que deben responder por una falta —una negación— que va con ellos. Pero también es posible que solo un culpable pueda hacer de su vida una pasión.