un mundo feliz

enero 4, 2012 § Deja un comentario

Una buena parte de nosotros vivimos rodeados de aquellos en los que podemos razonablemente confiar. Así, creemos, por ejemplo, que nuestra mujer no contratará a un sicario para librarse de nosotros. O que el camarero que nos sirve el café a diario no escupirá en nuestra taza. O que nuestros hijos, cuando envejezcamos, no nos dejarán en la calle. Este mundo tan nuestro es un mundo digno de confianza, habitable, un mundo en donde las cosas son en gran medida lo que parecen. El peligro existe, sin duda, pero está convenientemente identificado. El malo es el jorobado, el indio, la madastra. Y Dios está de nuestra parte. O la buena energía. Así pues, un mundo que se revela como apto es un mundo en donde cada cosa se encuentra en su lugar. Por eso, cuando las cosas que nos importan tarde o temprano dejan de ser lo que parecen, no podemos evitar la sensación de que nuestro mundo se hunde. Cuando, por ejemplo, aquellos hijos con los que jugamos al pilla-pilla deciden abandonarnos, ya ancianos, en una gasolinera. Tarde o temprano, nuestro mundo se revela como un espejismo en medio de una naturaleza que no distingue entre bien y mal, vida y muerte. Y es que lo natural es que la vida avance devorándose a si misma. Las golondrinas que alimentan a sus polluelos, los dejarán morir de hambre, si se adelanta el invierno. Los leones son capaces de matar de un zarpazo a sus cachorros solo para provocar el celo de las hembras. Por eso, quizá únicamente quien se encuentra sometido al extravagante mandato de un Dios que no admite negociar con los hombres pueda seguir siendo una excepción al orden natural de las cosas. La cuestión, sin embargo, es quién en medio de un mundo habitable podrá creer en semejante Dios.

ensalada griega

enero 3, 2012 § Deja un comentario

Es un hecho que el cristianismo sobrevive, como todas las revoluciones, traicionando sus orígenes. En este sentido, tenemos una amplia mayoría de cristianos que en vez de proclamar que no hay otro Dios que el crucificado, prefiere seguir creyendo en un dios a la griega, es decir, un dios con unos buenos atributos, capaz de intervenir en los asuntos humanos por la fuerza, como quien dice, solo que aquí la fuerza no sería otra que la de una bondad infinita. Como si el cristianismo nunca hubiera dicho que el Dios que se revela en el Gólgota es un Dios que no puede llegar a ser, esto es, acontecer sin la respuesta del hombre.

razones

enero 3, 2012 § Deja un comentario

Estamos tan acostumbrados a ello que apenas nos damos cuenta de lo que supuso que los hombres intentaran dirimir sus diferencias no por medio de la violencia o apelando simplemente a lo que siempre se había hecho o creído, sino al poder de convicción del mejor argumento. No debería extrañarnos, pues, que las exigencias de la racionalidad se experimentaran en su momento, el de la Atenas de Pericles, como una liberación de las sujeciones propias de las épocas o circunstancias. El argumento válido, en tanto que obliga a todos por igual, se revela, pues, como el único garante de la igualdad. Ahora bien, quien admite el caracter emancipatorio de una razón universal, debería estar dispuesto a conversar con el caníbal para hacerle ver que su hambre es un error.

a ver quién puede más

enero 2, 2012 § Deja un comentario

El problema del politeísmo es el de la jerarquía de los poderes divinos. La cuestión que el politeísmo debe resolver es, al fin y al cabo, muy simple: ¿qué poder —qué dios— es el más capaz? ¿Cuál es la fuerza que sostiene el mundo? La cuestión del politeísmo es, por tanto, la misma cuestión que se planeta la ciencia. Se trata, en definitiva, de saber con qué poder o fuerza habrá que vérselas. Qué poder tendremos que controlar, sea ritual o técnicamente. Es por eso que el monoteísmo difícilmente podrá entenderse como un politeísmo de un solo dios, pues el que cree en YWHW no busca participar de su fuerza, como esos pobres hombres que buscan el amparo del padrino con más cojones. Para YWHW, como es sabido, no hay culto que valga, no hay sacrificio que pueda ponerle en deuda con el hombre. Y porque el Dios bíblico es insatisfacible, el creyente solo puede invocar su misericordia o su perdón. La relación creyente con Dios no se sostiene, pues, sobre un saber acerca de la divinidad, sino sobre la experiencia fundamental de un Dios que, estando fuera de campo, mantiene el mundo en vilo o, por decirlo de otro modo, sub iudice. Un creyente está convencido de que el mundo no tiene remedio; que la solución a la existencia no pasa por encontrar aquella fuerza a la que conectarse; que el veredicto de Dios es solo cuestión de tiempo. No casualmente YWHW es un Dios de condenados a muerte, como quien dice, de aquellos que no tienen otro futuro que el que una medida de gracia pueda concederles y que, por eso mismo, se sienten obligados infinitamente con aquellos que comparten su misma situación como si fueran hijos bastardos de un mismo padre. Es así que un Dios que se manifiesta como juez y no como fuerza en modo alguno puede entrar en la pugna religiosa. El monoteísmo es, ciertamente, otro asunto.

¿y si fuera verdad…?

diciembre 31, 2011 § Deja un comentario

Una vida con sentido es una vida que sabe que forma parte de un orden más amplio. Que las cosas no suceden sin más. Una vida con sentido es, pues, una vida que puede dormir en paz, incluso cuando las cosas no acaban de ir conforme a lo debido. Para esa vida, las cosas de este mundo apuntan a una plenitud de la cual únicamente poseemos los vestigios. Y puede que, en definitiva, sea cierto que Dios es la luz que sostiene todo cuanto es. Que este mundo sea simplemente un campo de pruebas. Que, al fin y al cabo, se trate de purgar el propio karma. Que la muerte sea tan solo una transición a otra forma de conciencia. Pero si esto es verdad, entonces el monoteísmo bíblico es un delirio, una extravagancia, una creencia propia de neuróticos. Es de sobras conocido que la experiencia básica del judío no es la de un mundo con sentido, sino la de la radical contingencia de cualquier sentido que repose sobre el orden del mundo. Las cumbres olímpicas no dan la medida del hombre y el mundo no es, por consiguiente, imperfecto, sino, en cualquier caso, incierto. Los dioses y los hombres se encuentran en el mismo pack de un mundo dejado de la mano de Dios. Dios, para un judío, no se revela pues como la sustancia del mundo, sino como la voluntad de la que pende el mundo como si de un hilo se tratara. El mundo por entero se encuentra sub iudice para quien permanece en la perplejidad sufriente de Job. Ni la luz ni la tiniebla se muestran como algo último. Es por eso que el sentido que pueda dar el Dios bíblico es un sentido aplazado, algo aún por ver. Estrictamente, un por-venir. Y es por eso también que bíblicamente suele decirse que Dios se da en el modo de la promesa. En los tiempos del presente, de Dios tan solo tenemos un mandato, un imperativo tan inaplazable como insatisfacible, a saber, el de atender a la demanda del oprimido como si fuera la demanda misma de Dios. El hombre debe aprender a vivir sin otro anclaje que el de la obediencia a una exigencia infinita, esto es, a vivir como un culpable que aguarda la redención de un Dios sin rostro. Lo dicho, un insomnio, un exceso, una enfermedad. Con la paz que da saber que todo se encuentra ya decidido de antemano. Que el mundo es tan solo un lugar de paso, un ámbito en donde, tras la debida purgación, podamos dejar nuestro cuerpo de gusano para volar como crisálidas hacia un más allá sin sombras.

simples

diciembre 29, 2011 § Deja un comentario

Vivimos lejos de la vida. Nuestros días se suceden sin que sepamos hacia dónde. La distracción es nuestro único aliciente. Pero este es el efecto no previsto de una vida asegurada tras los muros de la ciudad. Cómo cambiarían las cosas si pudiéramos oler la muerte a nuestro alrededor, si viviéramos, por ejemplo, en medio de un clima de violencia. Puede que incluso llegáramos a creer sinceramente en algo. Más aún: que la bondad se revelase como un valor.

… y concibió por obra del Espíritu Santo

diciembre 28, 2011 § Deja un comentario

El relato de la anunciación suele entenderse, sobre todo por los pagos del cristianismo conservador, en clave paranormal: como si se tratara de una variante cristiana del mito aquél en donde Zeus, con el aspecto de un cisne, fecunda a Leda, una humana. Pero esto es a todas luces increíble. Más aún, de ser cierto, lo único que quedaría demostrado es que existen seres superiores —se traten de dioses, fantasmas o extraterrestres más o menos buenos— capaces de fecundar a nuestras hembras. Sin embargo, bíblicamente Dios no se revela en verdad como una divinidad que pueda intervenir en los asuntos humanos alterando el orden natural de las cosas. Parece, pues, que el único modo de salvar el relato pase por la vía de la interpretación metafórica: como si lo único que se nos dijera es que María concibió a su hijo en el espíritu de la bondad de Dios. Ahora bien, si el relato neotestamentario insiste en que María no conocía a ningún hombre cuando concibió a Jesús es porque no pretende decirnos solo eso. De lo que se trata sobre todo es de darnos a entender que ese embarazo era humanamente imposible, esto es, que la concepción de María solo fue viable por la gracia de Dios. De hecho, el relato no es en la Biblia tan excepcional. Bíblicamente, los embarazos imposibles, sean de vírgenes o de mujeres estériles, pretenden indicarnos que la vida debida a Dios es aquélla que se nos da cuando ya no nos queda vida por delante, esto es, cuando la vida que nos queda es una vida que en modo alguno podremos reconocer como nuestra. Por tanto, la intervención de Dios es algo esencial en el relato de la anunciación. Dejarla de lado tiene más que ver con nuestras dificultades con Dios que con las exigencias de una lectura que pretenda ser honesta. Ahora bien, si Dios no interviene al modo de un fantasma bueno, ¿cómo es posible decir que concibió por obra y gracia de Dios? De hecho, es muy posible que tan solo tengamos que leer el relato en clave judía para caer en la cuenta de lo que quiere transmitirnos. Bíblicamente, estar lleno de Dios equivale a estar sometido por entero a Dios… y solo los desamparados, los dejados de la mano de Dios, aquellos que ya no pueden confiar en su posibilidad, se encuentran enteramente sometidos al poder —la posibilidad— de Dios. Así pues, lo más probable es que María fuera una madre soltera… lo cual, en el contexto de una sociedad de raíces tribales, era como decir una cualquiera. Una madre soltera era rechazada incluso por sus propios padres, pues, al no poderla casar con nadie, ya no servía para nada que valiera la pena. Era, por encima de todo, un motivo de vergüenza, una cosa impura. La mujer que concibiera sin estar casada pasaba a convertirse de inmediato en un desperdicio social. De hecho, un fragmento del Talmud atribuye la paternidad de Jesús a un legionario romano, un tal Pantera… con lo que, al margen de la maledicencia que pueda haber en este rumor rabínico, es posible que Jesús fuera el hijo de una violación. Es como si María hubiera sido una judía que, en la Alemania de los años cuarenta, llevara en su seno al hijo de un SS… Decir, por tanto, que el embarazo de María era humanamente imposible no significaría, pues, que fuera fisiológicamente imposible, sino humanamente inviable, esto es, algo que ni María ni ninguna otra mujer pueden llevar a cabo sin destruirse psíquicamente. Admitir un embarazo de este calibre era simplemente cerrarse las puertas del mundo y, en definitiva, de cualquier vida mínimamente digna. María en el momento que concibe a su hijo ya no puede esperar otro futuro que el de los miserables… y en la tradición bíblica todo lo que queda del hombre cuando el hombre ya no puede confiar en su posibilidad es, sencillamente, de Dios. Podríamos decir que lo más humano —lo que humanamente habríamos aceptado o incluso exigido— hubiera sido abortar. Que María, con el apoyo de ese viudo que fue José y que probablemente le doblase la edad, decidiese acoger la vida marcada que llevaba en su seno como una vida sagrada —como una vida nacida de la altura de Dios, como quien dice— es el milagro, por no decir el delirio, que invierte la lógica de este mundo. Se trata de lo increíble no porque sea inexplicable, sino porque es humanamente injustificable. La obligacion de alumbrar esa vida aquí no viene del lado del hombre, sino del lado de un Dios… que deja, precisamente, que estas cosas pasen. De ahí que la primitiva devoción a María esté lejos de ser una superstición. Lucas, por ejemplo, tuvo claro de buen comienzo que no es posible comprender a Jesús sin el fiat de María. Sobre el papel parece que el relato evangélico sea una variante de los mitos que pretenden legitimar a ciertos hombres como caídos del cielo. Pero quien sepa leer entre líneas se dará cuenta que el relato de Lucas, aunque siga el modelo del mito, no tiene su centro de gravedad en la intervención divina, sino en la aceptacion de María. Lucas, como el resto de los autores bíblicos, se sirve del mito para decir lo que ningún mito podrá admitir, a saber, que el poder de Dios —su posibilidad— se encuentra en manos de los pobres. Sin duda, de esas lluvias marianas llegaron los lodos de un Jesús que si predicaba eso tan imposible del amor al enemigo es porque de algún modo se supo fruto de ese amor.



bastan los cuerpos

diciembre 27, 2011 § Deja un comentario

Dice Judith Butler que ser un cuerpo es, en gran medida, estar privado de un recuerdo completo de la propia vida. Y no le falta razón. De hecho, ésta es la tesis básica del psicoanálisis y, en última instancia, la convicción más arraigada de la antropología veterotestamentaria: uno no puede reconocerse en aquellos acontecimientos que lo originan. Esto es, nadie puede apropiarse de lo que hizo posible que pudiéramos decir yo. El origen es de por sí traumático, algo que debe ser olvidado por prescripción médica. O mejor dicho: nacemos de un gran rechazo, de un desprecio infinito, en bíblico, del repudio mismo de Dios. La enfermedad mortal, la angustia de Kierkegaard, un fenómeno típicamente protestante, y no por casualidad, tiene que ver con el hecho de que no hemos olvidado lo suficiente esa parte de nosotros que tuvimos que negar —o, mejor dicho, amputar— para llegar a ser alguien. Quien puede creer en sí mismo es porque ha conseguido dar el pego, ocultar su tara, esa lacra que no puede aceptar, ni en sí mismo ni en los demás… y que, sin embargo, le acompañará mientras viva como lo más verdadero de sí mismo. Así pues, si podemos decir yo es porque no podemos admitir la integridad del propio cuerpo. De ahí que aquellos que no conciben otra plenitud que la de una vida inmaculada tengan dificultades para comprender que no puede haber otra redención que la que pasa por abrazar esa boñiga que tuvimos que dejar atrás para poder confiar en nuestra posibilidad.

falta de crédito

diciembre 27, 2011 § Deja un comentario

Es muy posible que ciertas verdades últimas, por ejemplo, el que la vida se nos haya dado dentro de un plazo y, por tanto, como una especie de crédito que deberíamos saldar, al fin y al cabo, esas verdades en las que se concentra la experiencia de la propia finitud, no podamos vivirlas in abstracto. No basta con saber que ciertas verdades últimas son, precisamente, verdaderas para que podamos vivir conforme a ellas. Hace falta también integrarlas en la totalidad de la existencia. Hace falta que nuestro cuerpo también las crea. Por eso, es muy posible que solo podamos asumirlas imaginando que hay alguien ahí arriba que nos ha concedido un tiempo de vida para hacer algo con ella, esto es, imaginando un dios que hoy en día en modo alguno podemos dar por sentado y que, por tanto, únicamente cabe suponer con algunas dosis de mala fe. Con todo, esto quizá sería lo más fácil. Tan fácil como acaso decir aquello de que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada. Lo difícil es vivir estas verdades últimas a la judía, esto es, abrazando la vida como una vida debida a un Dios que ni siquiera admite ser invocado como divinidad. Un Dios que se da en el modo de la falta, que aún está por ver. Un Dios por-venir.

la historia interminable

diciembre 23, 2011 § Deja un comentario

Abraham concibe a Isaac ya anciano. Las mujeres santas que pueblan los relatos bíblicos —las madres de Israel— fueron, en su gran mayoría, mujeres estériles. Los tiempos de Dios son, sin duda, tiempos finales, aquéllos en los que hombre, enfrentado a su propia impotencia, ya no puede esperar nada de sí mismo, ningún futuro, ningún happy end. De ahí que los relatos bíblicos insistan en el carácter humanamente increíble de los tiempos de Dios. Dios, o mejor dicho, todo lo debido a Dios ocurre como lo sobrehumano del hombre, esto es, como aquello del hombre que el hombre en modo alguno puede reconocer como una de sus posibilidades. De ahí que los tiempos finales solo puedan ser vividos como un tiempo imposible. Y de ahí también que esos tiempos no sean los de un yo que, por defecto, se sostiene sobre una buena imagen de sí mismo. El hombre de los tiempos de Dios es incapaz de decir impunemente ‘yo’. El yo de los tiempos de Dios ya no vale como yo. Estrictamente hablando es un resto, un clamor, un cadáver andante. Por eso la vida que ese infrahombre pueda darnos —y, por eso mismo, recibir— no puede comprenderse propiamente como suya… aunque tampoco como una vida solo de Dios, como si se tratara de la posesión divina de un cuerpo inerte. Quizá sea por eso que el lenguaje de la fe suponga la quiebra del mito religioso según el cual el hombre y Dios permanecen cada uno en su lugar. Y es que no hay mito que pueda soportar que la vida que podamos esperar más allá de la muerte no sea la que se nos concede desde el más allá al modo de una recompensa, sino la de un Dios que solo puede dar esa vida renunciando precisamente a su divinidad.

J no fue, ciertamente, Eurípides

diciembre 23, 2011 § Deja un comentario

El Dios bíblico no interviene en el mundo de los hombres a la manera del deus ex machina de las tragedias de Eurípides. Si YHWH exige fe y no culto —si no hay culto que valga para YWHW— es porque YWHW no se encuentra ahí para garantizar el futuro del hombre siempre y cuando el hombre haga lo debido. La relación del creyente con el futuro de Dios es la relación de quien solo puede confiar, en medio de la perplejidad de Job, en que el Sí tendrá la última palabra… aunque no sepa ni el cuándo, ni el cómo, ni el dónde. Para un creyente, el futuro solo puede darse como promesa de Dios, en el doble sentido de este ‘de’. El cristianismo, de hecho, es un judaísmo que comprende que la promesa de Dios solo puede realizarse como el darse mismo de Dios. Desde los ojos de la fe, el futuro del hombre se encuentra ligado al futuro mismo de Dios y, así, los tiempos finales, los días del cumplimiento, difícilmente pueden ser vistos de otro modo que como un tiempo imposible, o por decirlo a la manera de los teólogos, como un fin del tiempo o eternidad, al fin y al cabo, como el acontecimiento de un Dios que, en su mismo acontecer, pone fin a la Historia. De ahí, que la apocalíptica no pueda desligarse de la experiencia creyente sin que esta misma experiencia se transforme en una religión entre otras. Estrictamente, no se trata de un supuesto —no se trata de oponer ingenuamente un optimismo naïve al pesimismo lúcido de quien contempla el naufragio de los hombres sub specie aeternitatis—, sino de la ciega confianza que se desprende, como el aliento en quien respira, de la experiencia misma de la vida como aquello que nos ha sido dado en el seno mismo de la muerte… por un Dios que no aparece de otro modo que como esa misma vida dejada de la mano de Dios.

Tasmania

diciembre 20, 2011 § Deja un comentario

El hambre es un silencio extraño.

passive atack

diciembre 13, 2011 § Deja un comentario

Hay en nosotros un pasivo que se resiste a la acción. Se trata del no que habita en lo más profundo de nuestra psique, de una desafección de fondo que ahoga las pretensiones de realizar algo de valor. Puede que la libertad no consista tanto en la posibilidad de elegir sin coacciones —pues no puede haber acción que no pueda comprenderse como reacción—, sino en el hecho de vencer esa resistencia, esa pasividad que de tan íntima creemos que es lo más verdadero que hay en nosotros. Puede, por tanto, que no haya más libertad que la de quien se vence a sí mismo. La cuestión, sin embargo, es en nombre de qué puede darse esta victoria, pues el mundo parece hallarse del lado de ese agujero negro de la existencia que es nuestro no.

ideen

diciembre 13, 2011 § Deja un comentario

De lo real —de su impasible alteridad— tan solo tenemos una idea. Lo real siempre se encuentra ahí, pero como algo ajeno, extraño, otro. Sobre el aparecer mismo de lo real siempre recae la sospecha de que es algo demasiado nuestro —demasiado a medida de nuestra receptividad— como para que merezca nuestra admiración. Y así, mientras tanto, nosotros seguimos con nuestras cosas, yendo de aquí para allá, como si importase.

ellos

diciembre 10, 2011 § Deja un comentario

A veces las preguntas son muy simples. En cristiano, solemos decir que el pobre nos juzgará. Que el sí o el no de nuestra existencia lo decidirá, por ejemplo, aquel desgraciado de la esquina que pide para poder seguir metiéndose en el estómago sus dos o tres tretabricks diarios de don Simón. Pero ¿hemos de entender que efectivamente habrá un día en que seremos juzgados junto al resto de la humanidad y este pobre hombre se encontrará frente a nosotros, aunque sea bajo la forma de un espectro, para decretar si nos salvamos o nos hundimos? Y si no es así tal cual, un cristiano honesto debería poder decirnos en qué sentido hemos de entender lo anterior.

desire

diciembre 9, 2011 § Deja un comentario

Supongamos que uno comienza a sentir un cierto desapego hacia aquella mujer que ama. No es lo mismo decirse que uno ya no siente lo mismo que antes, que decir, como los antiguos griegos, que el espíritu (o el dios) de la desafección se ha apoderado de uno. Quien se dice a sí mismo lo primero es porque se identifica con esa desafección, en general con su inclinación más intensa, e intentará, consecuentemente, seguir su empuje. Su tema será, por lo común, el de cómo realizar un deseo que se concibe como el único indicador de la felicidad. En cambio, quien se dice lo segundo, quizá tenga más posibilidades de enfrentarse a sí mismo, pues es más fácil extirpar un deseo que se comprende como si se tratara de un tumor. Aquí la identidad no depende tanto del deseo como de saber a qué debe responder la propia vida, cosa que solo llegamos a entrever donde hemos encarado el final. Cualquier deseo que no se encuentre alineado con este sentido de la deuda es, por consiguiente, una interferencia. No es casual, pues, que el carácter sea hoy en día algo tan excepcional. Un consumidor, eso que somos al fin y al cabo, no es más que un niño malcriado, alguien que cree con excesiva ingenuidad que todo acontece según la medida de su sensibilidad.

teofanía

diciembre 8, 2011 Comentarios desactivados en teofanía

Eliminar el mito para reemplazarlo por una vivencia religiosa presuntamente más pura significa renunciar a la cercanía del Dios.

Walter F. Otto

superstitio

diciembre 7, 2011 § Deja un comentario

El creyente auténtico, el verdadero, no puede ser otra cosa que un supersticioso. Y es que la posición típica del creyente cuando invoca a Dios, ese característico estar de rodillas, no es originariamente un modo entre otros de expresar la fe, sino la corporización misma de lo divino. El término latino superstitio significa, de hecho, un detenerse ante lo que nos supera, una parálisis. La cuestión es qué produce nuestra superstición. Para la típica sensibilidad religiosa de hoy en día, la inmensidad del cosmos, su inabarcabilidad. Lo habitual es sentirse extasiado ante las medidas del universo, ante el hecho de que un millón de años sea apenas un comienzo. Para muchos de los hombres y mujeres de sensibilidad religiosa sigue valiendo hoy en día lo que valía para el antiguo, aunque sea bajo otros ropajes: lo divino es siempre cuestión de tamaño. Sin embargo, para un creyente —y esto es así desde los tiempos bíblicos— lo que provoca su parálisis, lo que le obliga a arrodillarse, no es tanto la grandeza, la aparición de lo paranormal, sino el hecho de que el cosmos por entero se encuentre sometido a la nada de Dios. Que el todo no sea todo. Es por eso que quien se arrodilla de verdad —quien sufre de superstición— no sea aquél que supone que eso es lo que debe hacer para ponerse en contacto con lo divino, sino aquél que se halla doblegado por la imposible trascendencia de Dios, por su intratable silencio. Como si de Dios no pudiéramos tener otra cosa que el testimonio creyente. Al fin y al cabo, un creyente permanece de rodillas porque, poseído por la altura de Dios, es incapaz de comprender. La vida es un misterio, no porque sea muy difícil de explicar cómo fue posible la vida, sino porque la vida solo puede dársenos bajo el horizonte mismo de la muerte. El misterio es de qué va el sí, cuando el sí es una excepción. Lo dicho: una superstición.

Parménides

diciembre 6, 2011 § Deja un comentario

¿Qué cabe decir de la realidad? Pues que podemos verla, tocarla, olerla… La realidad es la realidad de las cosas, de todo aquello que podemos traernos entre manos. Al menos eso es lo que diríamos con un mínimo de sentido común. Por eso resulta cuanto menos chocante que Parménides dijera aquello de que la realidad como tal nunca puede ser objeto de nuestra sensibilidad; que toda apariencia es el encubrimiento de una realidad de la que tan solo podemos saber aquello que todo decir algo de algo —todo logos o razón— da por descontado: que es una, imperecedera, ilimitada. Esto es, que no es cosa en absoluto. De aquí a decir con Platón que de la realidad como tal solo podemos tener una idea hay un paso. Ahora bien, lo cierto es si podemos ver las cosas como esas cosas tan reales de ahí afuera es porque su realidad sigue siendo algo pendiente, porque, en definitiva, la realidad, aquello definitivo y en verdad otro de las cosas que vemos ahí afuera es aquello que siempre queda por ver en nuestra visión de las cosas. Luego dirán que no hay más cera que la que arde.

el fumar mata

diciembre 6, 2011 § Deja un comentario

¿Es Dios alguien para sí mismo? Si lo fuera, entonces no acaba de coincidir consigo mismo y, por consiguiente, se encontraría pendiente de reconciliación. Dios estaría en falta, al igual que los hombres. Pero no parece que la mayoría de los creyentes de hoy en día estén dispuestos a sostener esto. Pero si, por contra, Dios coincidiera consigo mismo, entonces no podríamos decir que fuese propiamente alguien, esto es, una persona. Dios sería, en este sentido, algo como pueda serlo una fuerza o una energía… y el hombre se hallaría, sin duda, por encima de Dios. Pues quien se encuentra más allá de sí mismo es más que aquello que no es más que lo que es. Con todo, la tradición bíblica se decanta por la primera opción. Según esta tradición, el hombre es la imagen de Dios. Y esto, entre otras cosas, significa que Dios quiere reconocerse en un hombre… con el que no acaba de identificarse. Aquí ocurriría lo que en el caso de esos jóvenes que se pasan la tarde mirándose al espejo: que porque no acaban de reconocerse en su imagen, buscan su mejor versión para poder, al fin y al cabo, admitirse. Así pues, si Dios es persona —si Dios es alguien para sí mismo—, entonces Dios no puede dejar de buscar, a la manera de una divinidad adolescente, lo mejor del hombre… para poder reconocerse en él. O, por decirlo de otro modo, Dios cuando ama al hombre, esto es, cuando le persigue con sus exigencias, no deja de amarse a sí mismo. Dios pretende embellecer al hombre para poder decir yo soy ése del mismo modo que la chica se maquilla ante el espejo para poder decir, contra sus temores iniciales, que ella es, al fin y al cabo, esa bella imagen. Dios no sería, por tanto, el ideal del hombre, sino que el hombre que Dios quiere es, por decirlo de algún modo, el ideal de un Dios que originariamente no puede decir otra cosa de sí mismo que yo soy, de un Dios que no acaba de ser sin el hombre, un Dios que, al fin y al cabo, tiene pendiente su modo de ser. Por eso resulta tan extraño que Dios termine por decir yo soy ése, siendo ése un Crucificado. Pues nadie puede reconocerse en un desecho sin negarse para siempre, es decir, sin morir para sí mismo. Que la mejor imagen para Dios sea la de un hombre que cuelga de un madero como un abandonado de Dios no puede representar otra cosa que el fracaso de Dios a la hora de transformar al hombre en un alma bella. Como si Dios, en definitiva, se viera obligado a admitir que no puede mostrarse de otro modo que como un hombre dejado de la mano de Dios. Sin embargo, es en medio de este fracaso que todo comienza de nuevo, para el hombre… y también para Dios. No casualmente, Pablo habla de nueva creación o de una humanidad nueva a la vista de la Cruz. El fracaso de Dios, su aceptación del hombre tal y como es, su renuncia a embellecer al hombre —lo que en teológico decimos su misericordia, ese incomprensible ponerse en manos del hombre— obliga al hombre a admitir su separación de Dios como aquello con lo que ha de contar sea como sea. Del mismo modo que todo comienza de nuevo para esa chica que admite que no es más que el adefesio que el espejo se encarga de mostrarle una y otra vez con cruel insistencia. Dios, por otro lado, ya no puede concebirse más allá del Crucificado. Tras la Cruz, lo único que tenemos de Dios es el Espíritu de esa reconciliación entre Dios y el hombre. Es obvio que el Dios que aquí se trata —el Dios que abraza la deformidad del hombre, el Dios que se humilla hasta identificarse con el abandonado de Dios— no es la divinidad que aguarda la ascesis, la purificación del hombre. No otra cosa pretende decirnos el dogma de la Trinidad. Para que luego algunos digan por ahí que esto de la Trinidad es una fumada, cuando lo cierto es que quien tiene nublada la vista lo primero que tendría que hacer es, precisamente, dejar de fumar.

daimon

diciembre 3, 2011 Comentarios desactivados en daimon

deKooning

Os 6,6

diciembre 3, 2011 § Deja un comentario

Que Yavhé no quiere sacrificios, sino justicia es algo sabido. De hecho, el monoteísmo se sostiene en gran medida sobre esta convicción. Y, por lo común, esto se entiende de manera muy elemental: lo que quiere Yavhé no es lo que quieren el resto de lo dioses. Ahora bien, que un dios no quiera sacrificios es como si una mujer rechazara el anillo que le ofrece su prometido… a quien, por otro lado, dice querer con locura: algo no acaba de funcionar. Una mujer que no acepte la ofrenda de su prometido es una mujer que no quiere sentirse obligada a responder en igual medida. Es decir, no quiere sentirse en deuda con él. Sin embargo, ¿quién puede amar, si de algún modo no se siente en deuda con aquel o aquella a quien dice amar? ¿Acaso los amantes no se deben, uno al otro, la vida? Es sabido que en la Antigüedad, el sacrificio ritual –la inmolación de las vírgenes– no pretendía otra cosa que obtener el amor de la divinidad, su bendición, su correspondencia. Los pueblos le entregaban a su dios lo mejor que tenían, las vidas más puras. En este contexto, un dios que rechazase el sacrificio de su pueblo solo podía comprenderse como un dios que no quería saber nada de su pueblo. Por tanto, Yavhé se revelaba, cuanto menos, como una divinidad difícil, insatisfacible, por no decir, caprichosa: una divinidad que abandonaba a sus elegidos. Ahora bien, supongamos que la mujer de antes fuera una mujer pobre, cuyos hermanos pequeños llevasen días sin comer. La situación cambia y mucho: ella no puede aceptar la ofrenda de su prometido… si antes no ha saciado el hambre de sus hermanos. Es como si ella le dijera: si me quieres de verdad, dales de comer. O también: no puedo responderte —no puedo estar por ti— mientras ellos se mueran de hambre… La moraleja es inmediata: Yavhé no puede satisfacer la necesidad religiosa del hombre, mientras hayan quienes sufren un mundo a todas luces injusto. Bíblicamente, no cabe, pues, una relación directa con Dios. O, por decirlo de otro modo, Dios responde a la necesidad religiosa del hombre con una llamada —un mandato— insatisfacible y no con una intervención que nos hiciera sentir como los más afortunados de los hombres. Que, con todo, sigan habiendo quienes sostengan que el Dios bíblico es una divinidad entre otras, como si de lo que se tratase es de obtener su favor, aunque éste fuera el de un corazón puro, es algo que no puede producirme otra cosa que perplejidad. Como si no supieran leer.

mil quinientos metros lisos

diciembre 1, 2011 § Deja un comentario

Resulta obvio que sin reflexión no vamos muy lejos. Otra cosa, sin embargo, es qué merece nuestra reflexión. Por lo común, la reflexión tiene que ver con el cómo. Así, un corredor de los mil quinientos suele preguntarse sobre la mejor manera de plantear la carrera. Y quien no lo hace no suele ganar. Ahora bien, la reflexión también puede afectar a la meta: ese mismo corredor también podría preguntarse qué sentido tendría ponerse a correr… teniendo en cuenta, por ejemplo, que nos vamos a morir. La primera cuestión no divide a los hombres. O mejor dicho, la diferencia entre quien se pregunta por el cómo y quien no puede que sea anecdótica. Tiene que ver con la efectividad de lo que hacemos, al fin y al cabo, con lo que exige nuestra adaptación a las circunstancias. La segunda en cambio divide a los hombres sustancialmente. Pues quien se pregunta por el sentido de las metas habituales no suele comenzar la carrera. Su vida queda, como quien dice, en suspenso. Por eso no es causal que los primeros triunfen y los segundos no. Lo soprendente es que un Platón viera en Sócrates, acaso el primero que hizo de su vida un interrogante, a aquél que, a diferencia del resto, supo vivir en verdad. Pero lo cierto es que de esta lluvia vienen nuestros lodos, esto es, Occidente, pues solo en Occidente aquellos que se han convertido en un problema para sí mismos alcanzan algo así como una grandeza de espíritu… aunque sea al precio de no saber cómo ubicarse en este mundo. De ahí que la cuestión de la política en Occidente sea, precisamente, la de cómo conciliar una vida lograda con una vida en común, cuestión que, no obstante, acaso solo pueda resolverse en falso.

canal plus

noviembre 30, 2011 § Deja un comentario

Si somos algo más que un manojo de impulsos es porque podemos decirnos que no somos más que un manojo de impulsos. No es lo mismo un chimpancé que un chimpancé que es consciente de ser un chimpancé. El primero es un chimpancé. El segundo algo menos que un chimpancé… pues lo cierto es que si es algo más será porque no acaba de reconocerse en aquellos rasgos que lo caracterizan como chimpancé. Tan solo puede decir yo quien no coincide consigo mismo, quien no es lo que parece.

casi elemental

noviembre 30, 2011 § Deja un comentario

No deja de ser curioso que quien cuida de sí mismo no se preocupe demasiado de sí mismo. Quien cree que su valor depende de que su figura o su carácter se correspondan con lo que marcan los cánones, difícilmente podrá soportarse cuando su figura o su carácter no coincidan con lo esperado… cosa que, por otro lado, es lo habitual. Como si al cabo una cierta libertad de espíritu, ese socrático dominio de sí, solo pudiera darse a quien, habiendo dejado de mirarse al espejo para saber quién es, se encuentra más allá de sí mismo, enajenado de toda inmediatez, por obedecer a una demanda insatisfacible. Quien cuida de sí mismo no suele, pues, encontrarse allí donde está. Tenía razón Northrop Frye cuando decía que no hay más que dos tipos de personajes literarios: los que están a favor de la búqueda y los que no. O por decirlo de otro modo, lo que siguen buscando aun cuando encuentren y los que creen haber encontrado lo que solo pueden retener y, por consiguiente, tirar.

rodilleras

noviembre 29, 2011 § Deja un comentario

El primer capítulo de la serie que Kieslowski dedica al decálogo nos da una pista de lo que pueda ser una oración. El hombre, tras la muerte del hijo, no puede hacer otra cosa que doblegarse. La cuestión es ante qué. Y lo que filma Kieslowski es, sencillamente, la verdad del monoteísmo, a saber, que quien permanece de rodillas ante Dios –quien se encuentra sometido a su realidad– permanece ante la imagen inerte de Dios, ante su silencio. Como si solo pudiera en verdad dirigirse a Dios quien sufre la altura de un Dios que abandona a sus elegidos. Como si, al fin y al cabo, no fuéramos otra cosa, ante lo inevitable de la muerte, que este permanecer a la espera de un Dios cuya existencia ni siquiera podemos honestamente suponer.

carpe diem

noviembre 29, 2011 § Deja un comentario

No es posible vivir el momento, si no vamos más allá del momento. Quien dice vivir el momento sin ser consciente de su final, no vive el momento sino, en cualquier caso, un amasijo de sensaciones. En definitiva, nada extraordinario. Pues acaso lo extraordinario solo pueda dársenos como el fracaso de lo ordinario en su intención de ser algo definitivo, excepcional.

6:00 am

noviembre 28, 2011 § Deja un comentario

Lo más cierto es que no viviremos siempre. Tarde o temprano llegará el día de nuestra muerte. De aquí a unos años —o quizá de aquí a unas horas— la vida seguirá sin ti. Pero tampoco vivirá eternamente ese cuerpo que acaricias. Murieron tus padres. Morirá tu esposa. Morirán tus amigos. También morirán tus hijas. Ninguno de tus contemporáneos vivirá de aquí a cien, doscientos años. Nuestro cuerpo se revela como el mero portador de una vida que se reproduce ciegamente a sí misma. Prevalece, pues, la muerte. ¿De qué va todo esto, el bullicio de la vida, la alegría de esos niños que juegan con el agua como si, al fin y al cabo, no hubiera más que vida? ¿Qué hacemos aquí?

la emoción y la verdad

noviembre 27, 2011 Comentarios desactivados en la emoción y la verdad

 

cuestión de técnica

noviembre 27, 2011 Comentarios desactivados en cuestión de técnica

No debería sorprendernos que nuestra época la realidad solo pueda pensarse como materia prima y no como aquello siempre pendiente del mundo, pues donde todo es modificable —y éste y no otro es el supuesto fundamental de la era de la técnica— la cuestión de lo real como la cuestión de lo indeleble de la existencia, del inalcanzable ahí, al fin y al cabo, de lo santo es sencillamente implanteable. Con todo, como decía Nieztzsche a propósito de Dios, quien pierde aquí no es la realidad, sino el individuo, pues un individuo que se deja por el camino la huella de un más allá sin rostro es un individuo que, tarde o temprano, cederá su individualidad a las exigencias uniformizadoras de una determinada posibilidad del Hombre.

Antichrist (y 3)

noviembre 26, 2011 Comentarios desactivados en Antichrist (y 3)

 

Gregoire Ahongbonon

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

El otro día un catequista me decía aquello tan típico de que la luz habita en nuestro interior y que solo era cuestión de liberarla como quien se quita la mierda de encima, despojándonos de todo ese egoísmo que la encubre. Cuando le dije que eso era precisamente lo que defendía el gnosticismo, una de las primeras herejías, de hecho, la perenne tentación del cristianismo, la respuesta fue que le daba igual, que no hay que ser tan intolerantes como los primeros cristianos. No es de extrañar que con estos catequistas el cristianismo de corte progresista se vaya hundiendo cada vez más en la miseria del buen rollismo. Estos catequistas no entienden que quienes responden a la voluntad de Dios, esto es, aquéllos que se convierten en rehenes de los abandonados de Dios, no suelen emplear la metáfora de la luz. Es decir, no se piensan a sí mismos como gusiluces de la bondad. Más bien, ocurre al contrario: creen que nadie está más lejos de Dios que ellos. O como decía de sí mismo Gregoire Ahongbonon, el patriarca de los hospitales que atienden a los enfermos mentales en África, esos parias de los parias: esto que hago no sale de mí. A la luz de estas palabras, la bisoñez de estos catequistas del buen rollo parece infinita por no decir blasfema. Y es que el firme rechazo de los primeros creyentes a las metáforas del gnosticismo no responde a la intolerancia, sino a la necesidad de preservar la indecibilidad de las escenas originarias, al fin y al cabo, de las vidas que responden al mandato imposible de un Dios que se encuentra, ciertamente, más allá de la disyuntiva entre la luz y la oscuridad.

regar un árbol seco

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

¿Cómo entender el gesto cristiano? Según cuenta Primo Levi en si esto es un hombre, algunas de las internas, aun cuando se dieran perfecta cuenta de cuál iba a ser su final, seguían lavando a sus crías como si nada hubiera cambiado. ¿Se trata de una ilusión, de las típicas cosas que uno suele hacer cuando prefiere negar la evidencia? Posiblemente. Sin embargo, cabe también que se trate de otra cosa: del deber de cuidar de esa vida por encima de todo. Sin duda, el gesto de esas madres se muestra a ojos del mundo como regar un árbo seco, como algo ciertamente inútil, por no decir absurdo, pero acaso no haya otra libertad para el hombre que la que procede del mandato imposible de un Dios invisible. Pues es solo gracias a esos gestos que el mal queda incomprensiblemente en suspenso o, como se dice en cristiano, sub iudice, en vez de revelarse de una vez por todas como esa última palabra que parece ser.

Antichrist (2)

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

¿Podemos tomarnos en serio el mal –podemos encarar su exceso– sin personificarlo? ¿Podemos enfrentarnos a nosotros mismos sin identificar el no que nos habita con nuestros propios excrementos? Difícilmente. Sin embargo, al personificarlo tendremos la ilusión de que podemos eliminar el mal como quien tira de la cadena o se quita de encima la roña. Pero uno no puede situarse honestamente ante las cámaras de gas, ante el espíritu que las anima, como si se tratase de una enfermedad. El mal no tiene remedio. Uno puede, sin duda, tirar de la cadena, pero el cuerpo seguirá obstinadamente produciendo sus excrementos. Va con la vida, con la naturaleza misma de las cosas. Así pues, la única manera de tomarse en serio el mal –el único modo de evitar hacer del mal un concepto, una abstracción–, evitando al mismo tiempo la tentación de identificarlo simbólicamente con la bruja, es creyendo que Satán existe en cada uno de nosotros. Que vivir es, sencillamente, vivir de espaldas a Dios, negarlo. Estamos ciertamente en las antípodas de Rousseau, cuyo pensamiento irrumpe en la Modernidad como una especie de gnosticismo apto para todos los públicos. Pero creer que en lo más profundo habita algo así como una chispa divina, que en el fondo todo hombre es bueno, probablemente sea pecar de ingénuos, por no decir de mala fe. El mal no es un error, una desviación, sino el espíritu que mueve el mundo. Lo letal es naturalmente el índice de un nuevo nacimiento. Por eso solo quien comprende el carácter definitivo del mal –solo quien ha visto que el mal solo puede ser cercenado con un mayor mal– podrá ver en el abrazo que algunas víctimas ofrecieron a sus verdugos no ya una solución moral al problema del mal –pues no hay hombre que sea capaz de comprender este abrazo como una de sus posibilidades–, sino el abrazo mismo de un Dios que ya no puede seguir siendo solo divino, allá en las alturas, donde el mal se impone como la última palabra del mundo.

reality bites

noviembre 26, 2011 § Deja un comentario

¿Qué significa vivir entre sombras? Las cosas por lo real de las cosas. Como si no hubiera más realidad que la que podemos agarrar o ingerir… cuando lo cierto es que lo real es lo que se encuentra siempre más allá de nuestro tacto: lo real es lo que se resiste a ser modificado, interiorizado, retenido. La realidad es, por definición, lo indigerible del mundo. De hecho, ocurre con lo real lo que ocurre con aquel desván en el que se nos prohibió entrar: que en la casa no habrá otro espacio más cargado de entidad que ése. Es por esto que los hombres se dividen entre quienes son conscientes del carácter diferido de lo real y los que creen que no hay más realidad que la que uno se trae entre manos. Entre quienes viven este mundo como si fuera un escenario y quienes se toman las apariencias en serio. Y, ciertamente, no hay más cosas que las que nos traemos entre manos. Pero esto es posible solo porque la realidad de esas mismas cosas es algo aún pendiente. Una vez más, la prohibición –el No– en la base del ultra-Sí.

Athenas & Jerusalem

noviembre 25, 2011 § Deja un comentario

Según Platón quien renuncia al más allá, renuncia a sí mismo. Pues lo más auténtico que hay en nosotros es, precisamente, esa aspiración a lo que se muestra de una vez por todas, a lo que se da por entero, a una existencia sin resquicio, aspiración que, como sabemos, no puede ser colmada por nada de lo que nos traemos entre manos. De ahí que quien vive conforme a esa aspiración viva apuntando a un más allá de lo dado. Sin embargo y como sabemos también, este más allá es un más allá que, como tal, no admite concreción. Se trata, por supuesto, de un más allá sin dioses. La exigencia de algo definitivo, la exigencia misma de lo verdadero carece de imagen, es decir, no se revela a la manera de una imagen paradigmática, sino que, como tal, se mantiene en el filo de lo abstracto como la pura exigencia de ser incondicionadamente a la que se encuentra sometido todo cuanto es. Porque todo cuanto es no acaba de ser lo que parece, todo cuanto es se encuentra sometido a la exigencia de ser lo que parece. Se trata, en definitiva, de una exigencia imposible que, sin embargo, no podemos eludir, pues en el fondo no somos otra cosa que un estar sometidos a esa exigencia. Así, el poeta aspira a unas últimas palabras, el músico a esa melodía que coincida con el silencio, el amante a encontrarse con lo intangible de aquel a quien cree amar… Esto es: si alguien es poeta o músico o amante… es porque deben alcanzar lo que no pueden alcanzar. Y lo que no es esta búsqueda es comercio, trato, transacción. Simple intercambio. Quien no se enfrenta a lo que de algún modo le supera no vive, pues, en verdad.
 

Pues bien, ¿qué dice un judío de todo eso? Mejor dicho, ¿qué hace? Por decirlo brevemente, posponer el más allá. Como es sabido, para el creyente, el más alla de Dios no se da según el modo del presente. O bien Dios se revela como aquél que tuvo que quedarse atrás para que fuera posible el mundo o bien como algo por-venir, siendo ambas visiones de Dios las dos caras de una misma moneda. A diferencia de Platón, un judío está convencido, pues, que del más allá no tenemos ni siquiera una idea. El más allá en cualquier caso se da como esa nada que rodea al mundo por entero. Pero por eso mismo todo queda marcado con el aura del vacío de Dios. El creyente permanece a la espera de Dios y, por eso mismo, permanece sometido, no ya a la exigencia de alcanzar lo incondicionado, al fin y al cabo, una cierta plenitud, sino al mandato que se deriva, precisamente, del silencio mismo de Dios, el que nos obliga a dar de comer al hambriento y de beber al sediento.

43 grados por volumen

noviembre 24, 2011 § Deja un comentario

En los asuntos humanos es frecuente emplear la misma palabra para decir cosas distintas. Pasa con la palabra ‘amor’, la palabra ‘libertad’, la palabra ‘justicia’… En general, pasa con todas nuestras grandes palabras. Y, por supuesto, también con la palabra ‘espíritu’. Es por eso que fácilmente creemos que las diferentes religiones, desde el hinduismo hasta la de los guaranies, por el simple hecho de emplear la misma palabra están, en el fondo, hablando de lo mismo. Pero aunque sobre el papel decir espíritu equivalga a decir impulso o fuerza, es obvio –o debería serlo– que una cosa es el anhelo o la inquietud que te empuja hacia lo que se encuentra en cierto modo más allá de lo visible –lo que en griego se entendía como amor a la verdad– y otra la fuerza de la resurrección, aquélla que abraza lo más bajo de los hombres. Como si el espíritu de Dios, el único que podemos comprender como debido a la inalcanzable realidad de Dios, solo pudiera darse como el amparo que se dan los enemigos irreconciliables donde ya no queda nada de Dios. O por decirlo de otro modo, porque Dios no es espíritu –porque Dios no es una fuerza– podemos reconocer el espíritu que resucita a los muertos como el espíritu mismo de Dios.

la muerte del hijo

noviembre 23, 2011 § Deja un comentario

Que se te muera un hijo es quizá lo más terrible. Con la muerte del hijo ocurre lo que en absoluto debe ocurrir. No se trata solo de una reacción emocional. No se trata solo de una tristeza instintiva. Se trata de lo que sucede cuando eres capaz de ver que la vida de tu hijo es una vida arrancada de la muerte. Y lo que sucede es que no puedes aceptar lo que, por otra parte, tarde o temprano ocurrirá. Si la vida es una excepción a la muerte, la vida no debe morir. Sin embargo, la muerte –la muerte del hijo– es lo que ocurre con el tiempo. Acaso lo único que ocurre en verdad, esto es, definitivamente. Eso es lo terrible: que aunque no lo veas, pasará. ¿En qué situación te deja, pues, saber que esa vida que se te dió se encuentra siempre dentro de un plazo? Probablemente, uno no pueda hacer otra cosa que arrodillarse como hizo el bueno de Job, ponerse, en definitiva, en manos de un Dios indecible, un Dios que no aparece por ningún lado salvo como el vértice de una existencia que no podemos abrazar por entero. Para quien haya superado la infancia resulta evidente que la existencia reposa sobre una incomprensibilidad de fondo, pues aunque vivir signifique estar del lado de la vida, lo cierto es que sin muerte no se nos hubiera dado ninguna vida. Por eso toda existencia que sea mínimamente consciente de lo que supone vivir no puede menos que concluir de rodillas. Y quizá sea por esto que cristianamente la visión del Cruz como la cruz del Hijo de Dios sea un modo de decir que Dios solo se da en verdad cuando se arrodilla impotente ante el hombre. Reconocer al crucificado como Hijo de Dios es reconocer, pues, que Dios en realidad se pone en manos del hombre como aquél que debe decidir el sí o no de Dios. Ahora bien, si Dios sigue siendo Dios a pesar de su humillación es porque el hombre es juzgado allí donde juzga a Dios. Como en el caso del juicio de Salomón, es el dolor ante la muerte del hijo lo que revela la paternidad del padre y si el cristianismo es brutal es porque reconoce de una vez por todas que Dios solo puede valer como Padre donde une su destino al del hombre.

una vida con sentido

noviembre 22, 2011 § Deja un comentario

Es de cajón que el sentido de una vida se halla en estrecha relación con la posibilidad de que ésta pueda comprenderse formando parte de un todo más amplio, se trate del orden del universo o del ideal del mundo. Esto es, una vida con sentido es, por principio, una vida integrada en lo que de algún modo la supera. Si el sentido depende de un orden, entonces una vida con sentido es una vida cuyo particular modo de ser, cuyas costumbres se encuentran alineadas con las exigencias paradigmáticas de dicho orden. Si, en cambio, depende de un ideal emancipatorio, entonces una vida con sentido es aquélla que actúa tácticamente según las demandas que se desprenden de ese ideal. En cualquier caso, se trate de las costumbres o de la acción, una vida con sentido es una vida que hace lo que debe, siendo lo debido algo de lo podemos hacernos una idea o imagen. Así, podriamos decir que la experiencia del sentido se muestra como una experiencia formalmente religiosa. Y es que una vida posee un sentido si puede concebirse vinculada –religada– a lo vale en verdad, sea la vida arquetípica del dios o un porvenir sin tara. Es por eso que la catástrofe que supuso la Modernidad –literalmente, la caída de los cielos– no conduce de por sí al nihilismo, sino al hecho de que la experiencia del sentido dependa exclusivamente de que el hombre pueda seguir creyendo en el carácter liberador de los ideales que pretenden transformar el mundo. Ahora bien, quien entiende lo anterior y sepa de qué va esto del monoteísmo judeocristiano, entenderá que éste no termine de casar ni con la Antigüedad ni con la Modernidad. Efectivamente, para un creyente el orden del mundo no se revela como una última palabra. La experiencia del mundo como Creación es la experiencia de la insuficiencia del todo. El relato del Genésis no pretende ofrecer propiamente una explicación, sino desdivinizar las potencias del mundo y, por extensión, el mundo en su totalidad. Dios no es una fuerza que opere dentro del mundo, sino que se revela más bien como el silencio que cubre por entero el juego de las fuerzas, manteniéndolo, por eso mismo, en suspenso. La experiencia del mundo como un mundo que pende por entero del hilo de Dios es la experiencia de la totalidad como no-todo. O lo que viene a ser lo mismo de la radical contigencia del cosmos. El hombre que experimenta el mundo de este modo es un hombre que no puede, pues, acabar de integrarse en él. Algo esencial sigue estando pendiente donde el hombre vive de acuerdo con las exigencias de un orden cósmico. Para un judío, pues, la vida conforme al arquetipo no tiene nada de definitiva. Y no puede tenerla porque el mal –las fosas comunes, las cámaras de gas, la tortura de un niño…– no se concibe judíamente como ignorancia o impericia, sino como uno de los dos posibles efectos de la radical trascendencia de Dios. Así, porque Dios se encuentra siempre más allá de lo dado, hay luz y hay oscuridad. O, por decirlo con otras palabras, porque hay Dios, el hombre se encuentra bajo el poder de la maldición del mismo modo que se encuentra bajo el amparo de la bendición. Ahora bien, por eso mismo, un creyente tampoco puede tomarse del todo en serio las pautas militantes que se desprenden de la imagen de un mundo ideal. Sin duda, no es lo mismo fundar un orfanato en Calcuta que traficar con huérfanos. Sin duda, el mundo es mejor donde ganan quienes hacen lo primero. Pero un creyente está convencido de que ganen los buenos no significa que triunfe la bondad, pues tarde o temprano los buenos acabarán por pervertir lo que lograron. Un creyente, pues, está más cerca del nihilismo que la mayoría de los que dicen no creer en ningún dios… aun cuando confíen, no obstante, en el destino que le revela su carta astral o en las posibilidades emancipatorias de la utopía política o moral. Y es que en realidad la vida creyente responde a la falta de sentido de un mundo que, a causa de ese mismo sinsentido, solo puede admitir de Dios el mandato imposible que nace del estómago de los abandonados de Dios.

Dios no es mamá

noviembre 22, 2011 § Deja un comentario

Cuando se encuentra sepultado por la vergüenza, decepcionado de sí mismo, un judío no busca el consuelo de una madre, sino la voz de un padre que le diga que debe hacer para recuperar la dignidad. Es por eso que un judío que esta convencido de haberle fallado a Dios no puede hacer otra cosa que ponerse en manos de Dios, esto es, del pobre que lo representa y preguntarle que debe hacer por él. Otra cosa es lloriqueo infantil. Por eso cierta visión del cristianismo se equivoca cuando, creyendo que Dios es antes que nada una madre, ofrece un consuelo infinito a quienes viven cubiertos de sus propios excrementos. La mujer que vió morir a sus hijos en las cámaras de gas en su lugar, ahora en vez de haber fundado un orfanato en Jerusalén seguiría en el regazo de aquél que, ofreciéndole una fácil compasión, estaba más pendiente de saciar su sensibilidad que de salvarla a ella de la miseria moral en el nombre mismo de Dios.

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