humor judío
mayo 3, 2011 Comentarios desactivados en humor judío
—Discúlpeme, señor. Soy Rebecca Smith, reportera de CNN. ¿Cuál es su nombre?
—Morris Fishbein, respondió el hombre.
—¿Cuánto tiempo ha venido usted, señor, al Muro de las Lamentaciones?
—Alrededor de 60 años.
—¡60 años! ¡Es asombroso! ¿Y por quién o por qué reza?
—Rezo por la paz entre cristianos, judíos y musulmanes. Rezo porque terminen todas las guerras y los odios entre la gente. Rezo para que los niños crezcan amando a sus semejantes.
—¿Y cómo se siente usted después de estos 60 años?
—Como si le hubiera estado hablando a una pared…
nietzscheanas 14
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 14
O Platón tiene razón y, entonces, aquello que divide a los hombres es la reflexión. O la tiene Nietzsche y, en ese caso, la diferencia pasa por quien puede y quien no. Nuestros prejuicios cristianos nos impiden ver lo obvio: que no somos naturalmente iguales. En Platón, la falla es cultural. O, por decirlo rápidamente, la única aristocracia es la del espíritu. Así, los hombres se dividen en simples y elevados. Los primeros creen saber, mientras que los segundos, al ignorar quienes son, no paran de buscarse. Por eso mismo, los primeros permanecen donde están —como las bestias—, mientras que los segundos, al no coincidir con ellos mismos, existen excéntricamente, más allá de sí mismos. Para Nietzsche, en cambio, la distinción es, en el fondo, biológica, brutal. Si el espíritu es una fuerza, no hay más espíritu que el de la Tierra. Cualquier apelación al espíritu de un divinidad evanescente —es decir, de una divinidad cuyo rostro no sea el de una alimaña— es en verdad un intento de colar como dignos de un dios los latidos de una vida endeble. Existen, pues, los fuertes y los débiles como existen los hombres y los monos: solo los segundos necesitan una moral, una sacerdote que les de gato por liebre.
(Con todo, es posible que la verdad sea un asunto aún demasiado judío. Puede que la más dura compasión no sea un (re)sentimiento, sino aquel intento de responder a la exigencia imposible, por sobrehumana, de amar al prójimo. Puede que seamos iguales solo porque, ante el Dios del séptimo día, somos y seguiremos siendo los mismos culpables de siempre.)
London calling
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en London calling
Dios —mejor dicho, su llamada— exige lo sobrehumano del hombre, en modo alguno su perfección.
anthropology
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en anthropology
Posiblemente, hombres y mujeres seamos aquellos que acaban viviendo del cuento al que inicialmente sirvieron; aquellos que acaban ejerciendo como oficio lo que originariamente les exigía quemar las naves; aquellos que acaban vendiendo al mejor postor lo que les fue dado como herencia. Sigue siendo cierto, pues, que una cosa es vivir de la música y otra, para la música; vivir de los hijos o para los hijos; de Dios o para Dios.
morosidad
mayo 1, 2011 Comentarios desactivados en morosidad
Muchas veces pienso que el lenguaje habla por sí mismo. Que para pensar basta con escuchar lo que decimos. Como si no pudiéramos pretender otra cosa que caer en la cuenta de lo que ya sabemos. Así, por ejemplo, un culpable era, originariamente, aquel que no conseguía saldar su deuda, lo que se dice, un moroso, un insolvente. Un culpable sería, pues, alguien con una obligación pendiente. Y de ahí procede esa incisiva verdad católica del pecado original: que existimos como culpables, como aquellos que no quieren saber nada de la deuda que contrajeron al nacer. En este sentido, hay mal, no porque no sepamos hacer las cosas bien, sino porque somos así: hombres y mujeres que creen poseer un mundo que en el fondo recibieron como el testamento de un Dios que decidió descansar para que pudiéramos seguir con vida. Que modernamente un culpable no sea más que un trangresor, alguien que ha hecho algo mal pero que no es, en esencia, malo; que prefiramos, pues, olvidar la falta de donde venimos, para así poder creer que en el fondo somos unos buenos salvajes, no hace más que confirmar lo dicho: que vivimos de espaldas a nuestro acreedor. Por tanto, no debería extrañarnos que sin deuda que saldar, no seamos más que simples cuerpos sometidos a fuerzas. La inanidad y el aburrimiento campan a sus anchas en un mundo en donde la única emoción es la del juego.
nietzscheanas 13
abril 30, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 13
¿Qué significa declarar que Dios ha muerto? Pues que el antiguo ideal, aquel que habitaba indiscutiblemente por encima de nuestras cabezas, solo puede mostrarse como la ilusión del hombre. Esto es, que ya no es posible creer honestamente en la realidad de un divinidad que dote de sentido a nuestra existencia. Que toda fe acaba por revelarse como mala fe. Ciertamente, en un mundo donde la antigua división entre lo natural y lo sobrenatural ha pasado a ser impertinente, no hay dios que pueda valer como Dios. Para la sensibilidad antigua, el mundo del más acá es un mundo en todo se da más o menos, esto es, nunca plenamente. Así, nuestra libertad es siempre una libertad en cierta medida, nuestros amores, en cualquier caso, más o menos verdaderos, nuestro identidad algo tambaleante. Y si eso es posible —si es posible que, con todo, haya una cierta libertad, un cierto amor, una cierta identidad— es porque se da por descontado que el más allá se encuentra poblado por divinidades que son verdaderamente libres, cuyo amor es verdadero, cuya identidad es fuerte. Para la sensibilidad del hombre antiguo, si la vida que nos traemos entre manos vale algo es porque puede comprenderse como una imitación más o menos conseguida de lo que vale en verdad, a saber, la vida de los dioses. Cuando un chico y una chica llevan, pongamos por caso, quedando un día sí y otro también para tomar unas cocacolas es muy posible que en un momento dado se pregunten qué significa en verdad lo suyo. Si significa algo será porque representa algo que vale en verdad la pena, a saber, una pasión como la de los dioses, una pasión de verdad, hoy diríamos, una pasión de película. Dios ha muerto significa, pues, que ya no podemos creer que ese amor exista en efecto, en un inaccesible más allá, como el patrón incuestionable de nuestras amoríos, como el ideal que les confiere un cierto valor. Sin embargo, puesto que los hombres no podemos encontrar la medida de nosotros mismos en nosotros mismos, ya que de entrada no somos más que un amasijo de instintos; y puesto que los hombres no podemos soportar la falta de valor de la existencia o, lo que viene a ser lo mismo, una vida en donde todo valga por igual y, por tanto, en donde nada valga en verdad, en vez de dioses tenemos «estrellas mediáticas», ídolos. Así, hoy en día creemos, con la misma ingenuidad religiosa de antaño, que nuestra pasión valdrá algo si se asemeja a la que mantienen, por ejemplo, Iker y Sara o William y Kate. La diferencia con los tiempos antiguos —y por eso Nietzsche tiene razón cuando dice que no podemos ya creer honestamente en ninguna divinidad— es que las «estrellas mediáticas» tarde o temprano mostrarán su fallo humano, su debilidad, su mal olor. Los tabloides —esa prensa nihilista— están ahí para recordarnos lo ridículo de nuestra creencia en cualquier divinidad. Y aquí no vale decir aquello de «para mí, Dios existe», pues un Dios cuya existencia se decide por entero en el espacio de la subjetividad es, en todo caso, una hipótesis de trabajo —un supuesto más o menos útil—, pero en modo alguno un Dios que pueda hacerse valer como Dios. De hecho, que Dios solo pueda valer en privado no refuta el diagnóstico de Nietzsche. Más bien lo confirma. Un Dios que, expulsado de un cielo indiferente, se refugia por entero en el corazón del hombre, no es un Dios cuyo mandato pueda someter por entero al hombre, es decir, un Dios cuya voluntad decida de una vez por todas lo humano del hombre. That’s all.
PS: con todo, lo que no supo ver Nietzsche es que el Dios bíblico se revela, de hecho, como la inviabilidad de lo sobrenatural. Que el derrumbre del cielo comienza con Yavhé, ese Dios imposible. En este sentido, si el hombre se encuentra sometido a la voluntad de Dios no es porque le muestre cómo debe ser para aproximarse, cuanto menos, a la plentiud, sino porque debe responder al mandato de Dios que se encarna en el clamor de los abandonados de Dios. Y para poder responder, el hombre no tiene que ser así o asá, sino encontrarse en la situación en la que, precisamente, no puede ya ser de ningún modo, la situación propia de la pobreza de espíritu. Por tanto, Dios no se nos da como un modo de ser que debamos imitar. El Dios bíblico se nos revela —hay que recordarlo, una vez más— como aquel que no admite predicados, ni siquiera el de la bondad. La bondad de Dios no debe comprenderse, estrictamente hablando, como predicado de Dios, sino como don de Dios. La bondad de Dios es un modo de dar fe de un encontrarse ante Dios viviendo una vida inmerecida, esto es, en la situación de quien goza de una medida de Gracia. Dios —el Dios bíblico— es Señor y, por tanto, aquel que somete por entero al hombre. Quien puede responder a Dios, quien se encuentra sometido a su voluntad, no es nadie que pueda ya confiar en su posibilidades, aquellas indicadas, precisamente, por los ídolos que habitan en el cielo. Quien puede responder a Dios no puede ya identificarse con un determinado modo de ser: es un cualquiera, alguien sin valor, un nadie, un sin-dios. Por tanto donde muere Dios muere ciertamente el hombre, el cual, por defecto siempre tiene necesidad de ídolos. Ahora bien, para el creyente lo que viene después del hombre no es tanto un hombre sin medida, esto es, un superhombre, sino un hombre que no es más, pero tampoco menos, que el espíritu mismo de Dios. Pero este ya es, por descontado, otro tema.
opus dei
abril 30, 2011 Comentarios desactivados en opus dei
No hay fe sin historia. O lo que viene a ser lo mismo, la fe —la fe en el Dios imposible, el Dios judío de la Historia— es el camino de la fe. Un creyente, pues, no se limita a defender una hipótesis acerca de Dios, no dice simplemente que cree —supone— que Dios existe. Cuando se ve obligado a dar testimonio de Dios, un creyente siempre acaba por contarte una historia. De hecho, la confesión creyente no se entiende, si no es sobre el trasfondo de los diferentes momentos de la relación del hombre con Dios, los cuales, al fin y al cabo, acabarán comprendiéndose como los momentos de Dios mismo. Veámoslo. De entrada, quien cree, ciertamente, confía en Dios como quien confía en un espíritu benefactor. Ésta es, sin duda, la fe de las primera etapas de la vida. Para el niño que llevamos dentro, Dios es algo así como el espectro de un padre bueno. Más tarde, vendrán las dudas. El niño difícilmente comprenderá cómo ese Dios ha podido traicionar su confianza, cómo pudo haberse ausentado cuando más lo necesitaba. Tarde o temprano, un creyente deberá dudar —deberá interrogar a Dios—, si tiene ojos para ver cómo está el patio. Hoy en día, la mayoría de los creyentes dejan de creer en este preciso instante: la fe se revela —por supuesto— como una ilusión infantil. El cielo, para el sujeto moderno, ha cerrado por defunción. Sin embargo, la realidad del Mal, por sí misma, no prueba que Dios no exista. El Mal parece que nos obligue a descontar a Dios tan solo donde Dios ya ha dejado de darse por descontado. En esos tiempos en los que Dios era un dato natural, el creyente, ante la evidencia sangrante del sufrimiento, se dirigía a Dios esperando una repuesta. Es la situación de Job. En el mejor de los casos, el creyente se ponía en manos de Dios. Las últimas palabras del hombre fiel serán, así, las del Crucificado: en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu. O por decirlo de manera más coloquial: no comprendo nada, pero sigo confiando en ti. Cómo es posible esta confianza respirando el olor de las fosas comunes de la Historia es otra cuestión. Pero lo cierto es que hay creyentes que siguieron dirigiéndose a Dios cuando ya no podían esperar sensatamente ninguna intervención por su parte, ni siquiera al modo de una compensación post mortem, pues es sabido que la creencia en la inmortalidad del alma es una creencia griega, no judía. Dios es, para el judío, un Dios de vivos, no de muertos. En cualquier caso, un creyente es aquél que permanece a la espera de Dios. El hombre de fe acaba invocando la presencia de Dios en un mundo en donde Dios no parece estar presente. Dios se da como por-venir donde Dios brilla por su ausencia. Mejor dicho: si es cierto que Dios se da como la esperanza de Dios en el corazón del creyente, Dios no se da —no se hace presente— como el fantasma protector de la infancia. De ahí que la fe de Israel termine expresándose naturalmente como una esperanza mesiánica. Hasta aquí el Antiguo Testamento. Y de no haber uno de Nuevo, este sería la etapa final del camino de la fe. No tendríamos nada más —aunque tampoco nada menos— qué decir. ¿Qué añade, pues, la Cruz —si es que algo añade— con respecto a Dios que judíamente no sepamos ya? ¿Que nueva relación con Dios hace posible la historia de la Pasión? Por decirlo brevemente, la identidad entre Dios y el Crucificado. Un escándalo, sin duda, para aquellos judíos que creían firmemente en la radical trascendencia de Dios. Un judío puede aceptar que la voz de Dios sea la voz del pobre, pero no que Dios se dé por entero en el abandonado de Dios. Esa identidad entre Dios y su abandonado es algo que los primeros cristianos comenzaron a mascar en el momento en que, con Pablo a la cabeza, se dirigieron al Crucificado como Señor, un título que, en principio, solo podía aplicarse a Dios. Así, según esta nueva fe, solo se encuentra en verdad sometido a Dios —a su Mandato— quien se encuentra sometido a la voz que nace del perdón del Crucificado. Ahora bien, si los primeros cristianos pudieron esperar el regreso de Cristo como el cumplimiento de la promesa de Dios —y, por tanto, si pudieron invocarle del mismo modo que se invocaba justo antes a Dios— es porque estaban convencidos de dos cosas: de la inminencia del final de los tiempos —esto es, del día del Juicio— y de que hay algo así como una dimensión oculta en donde habitan los espíritus de los muertos. La cuestión es cómo es posible mantener la misma invocación donde estos dos supuestos ya no pueden ser, precisamente, dados por supuesto sin caer en la superstición. La primera respuesta fue la de dar cabida a la deformación espiritualista —estrictamente hablando, gnóstica— de la fe. En este sentido, Dios habitaría en el corazón de algunos hombres —aquellos que no son, de hecho, de este mundo— y Jesús, con su sacrificio, simplemente habría demostrado de una vez por todas cuál es el camino de vuelta. Pero es un hecho que las comunidades más sensibles a la historia del sufrimiento se resistieron, incluso ferozmente, a esta salida en falso. Y es que donde Dios se identifica con el abandonado de Dios hasta el punto de que la entrega del Crucificado es vista como el sacrificio de Dios, el espíritu de Dios no puede ser aquello con lo que contamos de antemano —aquello que ya de buen comienzo late en lo más profundo de las entrañas—, como si de un hecho se tratase, sino aquello que se nos da, precisamente, como el último aliento del Crucificado, esto es, como el espíritu mismo de la misericordia de Dios. Así pues, para un cristiano el camino creyente termina por comprenderse como la historia misma de Dios. Otro asunto es que muchos cristianos sigan relacionándose con Dios como si todo esto no hubiera tenido lugar. Pero lo cierto es que Dios ya tuvo lugar.
los vivos no están muertos
abril 30, 2011 Comentarios desactivados en los vivos no están muertos
Es posible que hayamos oido decir que, para la fe judía, Dios es un Dios de vivos y no de muertos. Que la creencia en la inmortalidad del alma es propiamente griega y no judía. Sin embargo, ¿acaso los judíos no esperaban también la resurrección de los muertos? De hecho, no los judíos, sino algunos judíos, entre otros, los fariseos. La creencia en la resurrección de los muertos, como es sabido, se impone tardíamente como una exigencia del guión de la apocalíptica —como aquello que ha de ocurrir para que los muertos puedan ser juzgados por Dios en los días finales— y, por eso mismo, no forma parte del núcleo duro de la experiencia originaria de Dios, la cual no se sostiene tanto sobre la exigencia de un Juicio Final como sobre la esperanza de una liberación mundana. Solo cuando esa esperanza —cuya forma más evolucionada es la esperanza mesiánica— va dejando de ser creíble, surge con fuerza la expectativa apocalítipica, la cual, grosso modo, viene a decirnos que la intervención de Dios solo puede comprenderse como una intervención que pondrá punto y final a la Historia y, por tanto, como aquella en la que Dios hará balance juzgando a vivos y a muertos. En realidad, entre ambas esperanzas, la mesiánica y la apocalíptica, encontramos una tercera vía, la del mesianismo apocalíptico, el cual defiende, precisamente, que el Mesías aparecerá como señal de los últimos días. Pues bien, en esta tercera vía se cocerá el cristianismo. La pregunta es si la fe cristiana puede seguir siendo creible al margen de las esperanzas que la engendraron. Esto es, si puede sobrevivir sin caer en la deformación gnóstica.
un huevo de pascua no es un huevo Kinder
abril 28, 2011 Comentarios desactivados en un huevo de pascua no es un huevo Kinder
La Resurrección nunca fue un hecho. El Crucificado, de hecho, siguió en la fosa común. Tampoco vale aquí aquello de que su cuerpo muere pero no su espíritu, pues los relatos evangélicos insisten, aunque a su manera, en que la Resurrección no es un asunto meramente espiritual. Por tanto, no se trata de que la muerte no afecte al espíritu ni, por supuesto, de una historia de zombies bonachones. ¿De qué se trata, pues? En el fondo, de Dios. Algo se nos dice de Dios por medio del relato de la Resurrección. Veamos primero de qué va el asunto. El acontecimiento descrito es, por descontado, que el Crucificado fue elevado a la derecha del Padre. O también: que Dios le resucitó de entre los muertos. Cualquier judío de la época sabe que se le está hablando del Juicio Final, pues la resurrección era lo que tenía que darse para que, precisamente, incluso los muertos pudieran ser juzgados por Dios. Al decir que Jesús fue elevado lo que se dice, sencillamente, es que Jesús es el primero de los salvados. O bien, que ya han comenzado los días finales. No obstante, si solo se tratara de esto, entonces la Resurrección no revelaría nada nuevo de Dios. Los judíos ya daban por sentado que Dios juzgará a vivos y a muertos en el final de los tiempos, aun cuando no estaban tan dispuestos a aceptar que el Juicio de Dios se hubiera iniciado el día de la Crucifixión. Pero, insisto, si solo se nos hubiera querido decir que el Juicio Final ya había empezado, tampoco se nos habría dicho nada nuevo acerca de Dios. Para comprender por qué la Resurrección constituye, sobre todo, la revelación definitiva de Dios, hemos de suponer algo que modernamente nos cuesta suponer, a saber: que la verdad de la Resurrección no puede verificarse contrastando aisladamente el enunciado «Jesús ha resucitado de entre los muertos» o bien, «el que fue Crucificado ha sido elevado a la derecha del Padre» como quien certifica, por ejemplo, que la nieve es blanca. Como decíamos de buen comienzo, la Resurrección nunca fue un hecho. La Resurrección es en verdad la respuesta a la pregunta sobre el significado de la Cruz. La cuestión crucial, aquella que tuvieron que plantearse necesariamente sus discípulos, es qué representa —literalmente, qué hace presente de nuevo— la crucifixión del enviado de Dios. Por tanto, para entender la Resurrección hay que tener presente el relato de la Pasión y, por extensión, la vida y milagros de ese profeta escatológico que, según cuentan, fue Jesús de Nazareth. Y los pasos de esta historia podrían resumirse del siguiente modo: en primer lugar, tenemos a un hombre que parecía contar con el espíritu —la fuerza— de Dios. Ese hombre parece que incluso fue capaz, de resucitar a los muertos. Traducción: parece que fue capaz de levantar a los mussëlman de Galilea, aquellos hombres y mujeres poseídos ya por el espíritu de la muerte, sin alma, sin vida por delante. En segundo lugar, ese mismo hombre, sin embargo, no fue capaz de derrotar el mal en su raíz, esto es, no fue capaz de transformar el corazón de sus verdugos. La conclusión es inmediata: no parece, pues, que Dios estuviera con él, al menos, en los momentos decisivos. Si lo hubiera estado, entonces nadie hubiese podido resistirse al poder de esa bondad. De hecho, nadie puso en duda que Jesús murió como un abandonado de Dios. Capítulo final: soprendentemente, ese abandonado de Dios —ese muerto— acaba perdonando a sus verdugos. El último aliento —el espíritu— del Crucificado es, por tanto, una palabra que intercede ante Dios por la salvación de aquellos que no merecen ninguna compasión. Conviene aquí ver que ese perdón, precisamente porque se trata del perdón de un muerto, se nos da, como quien dice, desde el más allá de la muerte. Así pues, no estamos hablando de un gesto moral… pero tampoco de una posesión divina. La cuestión sobre quién, en esa Cruz, perdona lo imperdonable permanece, por consiguiente, abierta. Si el sujeto de ese perdón hubiera sido solo un hombre —si se tratara, en principio, solo de un gesto moral—, entonces propiamente estaríamos ante un gesto de dudosa moralidad. En el perdón humano de lo imperdonable no hay nada que admirar, pues nadie puede reconocer ese perdón como justo. Más aún: como nos recordaba Jean Amery a propósito de su experiencia con las SS, el verdugo solo puede recuperar la dignidad de lo humano donde acepta la condena de sus víctimas. Por otra parte, si el crucificado hubiese sido capaz de perdonar lo imperdonable porque el espíritu de un dios sin rencor había tomado posesión de él antes de expirar —como en el exorcista pero en bueno—, entonces ese perdón nada tendría que ver con nosotros. Se trataría, sencillamente, de un fenómeno paranormal. Como decíamos: la cuestión del sujeto de ese perdón permanece esencialmente abierta. Ni solo un hombre, ni solo un Dios. Estrictamente, un Dios y hombre verdaderos. Y, en realidad, solo hay un modo de admitir este absurdo: si ese perdón puede comprenderse como el perdón mismo de Dios —y, por tanto, como el Juicio que comienza extrañamente con nuestra absolución— es solo porque Dios desciende hasta la altura de la Cruz. O por decirlo a la inversa: el Día del Juicio —el día en que unos serán los elevados y otros los hundidos— comienza en esa Cruz solo porque Dios, renunciando a su altura, se identifica por entero con el que sufre el abandono de Dios. Esto es, solo porque Dios se deja caer hasta morir en Cruz. ¿Qué se nos revela, por tanto, de Dios aquí? Pues que la entrega del Hijo no es propiamente heroica, sino la otra cara de la inmolación del Padre. Quizá el relato de la Resurrección no pretenda transmitirnos, aunque sea cifradamente, nada más que esto: que si el Crucificado es situado a la altura de Dios como Crucificado —esto es, no como si fuese un espíritu puro— es porque Dios desciende hasta la altura de la Cruz. Al fin y al cabo, lo que cristianamente confesamos es que el Espíritu de Dios —lo único que nos queda de Dios— no es otro que el espíritu de perdón de un Crucificado, en verdad, su último aliento. Que esta poca cosa —que un hálito de vida— sea lo definitivo de nuestra existencia es algo que, ciertamente, aún estamos lejos de comprender.
nietzscheanas 12
abril 28, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 12
Como es sabido para Nietzsche la cuestión de la verdad no es la cuestión de un criterio para la verdad. O, por decirlo de otro modo, ante una supuesta verdad la pregunta no es «y ¿cómo sabremos que es verdadera?», sino «¿por qué necesitamos creer en esa verdad?» Así, por ejemplo, cuando el sacerdote afirma que todos somos en verdad iguales ante Dios, no tiene sentido preguntarse por aquel hecho que podría confirmar esa verdad —pues no hay hechos que pudieran confirmarla… o refutarla—, sino solo por cuál pueda ser su interés para que las cosas sean así. Nietzsche se pregunta, pues, por la verdad de la verdad, por aquello que hace que el hombre sea un animal preocupado por la verdad. Al fin y al cabo, si los hechos son irrelevantes con respecto a la la verdad es porque en verdad no hay hechos últimos que pudieran decidir de qué estamos hablando en cada caso. Cuando decimos, por ejemplo, que es verdad que la nieve es blanca es porque damos por sentado que hay ahí nieve blanca. Sin embargo, la pregunta es ¿para quién hay nieve ahí? Fácilmente, podríamos responder: para cualquiera que tenga ojos. Sin embargo, un físico cuántico no verá nieve donde cualquiera ve nieve… sino unas pocas partículas elementales dandanzo en un inmenso vacío. Y si esto —a saber, que nada último se decide en el territorio de los hechos— ya es verdad con respecto a nuestras verdades objetivas, cómo no va a serlo igualmente con respecto a las morales. No hay verdad, pues, sin perspectiva. O lo que es lo mismo: una verdad no responde a los hechos, sino a nuestro interés para que esa verdad sea verdadera. Tras una verdad no hay un hecho decisivo, sino solo una decisión, muchas veces inconsciente, con respecto a qué vamos a considerar como decisivo. No es causal que algunos hayan entendido que Nietzsche extrae con ello las últimas conscuencias del giro cartesiano, el que nos obligó, precisamente, a reconocer que nuestras afirmaciones sobre el mundo, antes que con el mundo, tienen que ver con un yo que inevitablemente tiene que pensarse a sí mismo cuando piensa el mundo.
omnipresencia
abril 28, 2011 Comentarios desactivados en omnipresencia
En las canchas cristianas, suele decirse aquello de que Dios está en todas partes. Sin embargo, estrictamente hablando lo que está por todas partes no es Dios mismo, sino el Espíritu de Dios —su aliento, su huella—. Ahora bien, para que el Espíritu de Dios esté por todas partes, Dios mismo no ha de estar en ninguna. Todo respira Dios porque le encontramos a faltar. La fuerza del Espíritu bebe, pues, de una nostalgia que permanece a la espera de un regreso que solo puede tener lugar como final del mundo. Si esto de Dios no tuviera su qué, la Trinidad sería, simplemente, un sinsentido. Pero con el dogma de la Trinidad, el cristianismo pretende exponer de modo sucinto algo fácil de comprender para quien ha sufrido a Dios, a saber: que Dios se da como la historia misma de Dios —que Dios es, por entero, su acontecimiento— porque de Dios, en sí mismo, no poseemos nada más que un nombre. Hay Trinidad porque algo le ocurre a Dios en la cima del Gólgota. Así pues, tan solo quien comprende el sentido del dogma trinitario comprende de qué va esto de Dios. Es un síntoma de que el barco se hunde cuando los mismos catequistas ya no saben a ciencia cierta qué decir cuando se les pregunta por esto de Dios uno y trino. Incluso hay quienes exhiben un impúdico desprecio por este aparente producto de la alta especulación teológica. Con las cosquillas interiores tienen más que suficiente. Será que para ellos Dios ha quedado reducido a los efluvios de una divinidad transferible.
el malentendido
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en el malentendido
¿Cómo nos atrevemos a confesar a Dios, nosotros los satisfechos? ¿Acaso no entendimos aún que solo los sin Dios pueden dar testimonio de Dios? Si creemos, es por su intercesión: porque ellos han visto lo que nosotros preferimos no ver.
credo
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en credo
¿Creo en Dios? Por supuesto. Nada es más real que la infinita mirada del abandonado de Dios.
miopía
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en miopía
Esos ojos cuando te buscan… No existe nada más.
the beginning
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en the beginning
Ayer, tomando un café, le pregunté a una vieja amiga: ¿eres feliz? Ella tuvo el valor de decirme que no. Está bien —le dije—. Todo empieza ahora.
un cuento gótico
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en un cuento gótico
Como decía creo que Lacan, no nos relacionamos con el otro sino con lo que el otro representa, a saber, con su fantasma. Así, el Padre es el fantasma del hijo —y el Hijo el del padre—. La Mujer es el del hombre y el Hombre el de la mujer. Esto no significa que no podamos encontrarnos en verdad con el Otro de ese otro que tenemos ahí delante. Pero eso solo ocurre cuando muere su fantasma, cuando su imagen espectral se quiebra el mil pedazos. Cuando fracasa, precisamente, la representación. Ahora bien, lo que surge de esa ruina no es algo con lo que podamos tratar, sino precisamente el carácter inalcanzable —intratable— de la genuina alteridad. No es casual que el encuentro con Dios sea tan feroz. Nadie se encuentra con otro Dios que no sea el que murió en la Cruz. Dios, ciertamente, no parece que se ande con ostias.
veo veo
abril 27, 2011 Comentarios desactivados en veo veo
¿Cuál es la moraleja de la Cenicienta o cualquiera de sus múltiples variantes? Pues que el valor de una mujer dependerá del juicio de un príncipe. Es decir: que el sí o el no de su existencia —su peso en oro— se decide en el corazón de un hombre, en principio, extraordinario. Una mujer, por lo común, cuando se compra una blusa se pregunta si a él le gustará. No suele hacerlo un hombre. Aquí no vale decir aquello de «pues, yo me visto con lo que me da la gana…». Al menos de entrada, una mujer se gusta a sí misma siempre y cuando crea que puede gustarle a un hombre. La cuestión es si eso es todo lo que hay. Y la respuesta es que depende. Si la mujer es muy básica, entonces no hay más cera que ésta. Si es, por el contrario, inquieta, entonces no podrá evitar reflexionar, literalmente, volver sobre sí misma, cuestionar su propio interés, negarse… Y, solo por haber hecho problema de sí misma, ya se encontrará, en cierto sentido, más allá de sí misma, estrictamente, más allá de su cuerpo. Con todo, el hipotálamo —esas neuronas reptiles que habitan en las capas más profundas de nuestro cerebro— sigue ahí, marcando el paso, secretando imágenes inviables, fantasmas. Y quizá por eso mismo no sea posible una vida elevada sin dejar atrás esos fantasmas sobre las que reposa la ilusión de una vida feliz. No hay madurez que no pase por el sacrificio del niño. O, cuanto menos, por distanciarse irónicamente de sus esperanzas. Puede que, en el mejor de los casos, el niño regrese, aunque con otra ingenuidad, en los días finales. Puede, así, que sea cierto que la felicidad es tan solo un asunto de ancianos o terminales. Al fin y al cabo, la oportunidad de los débiles.
(¿Machismo? No creo. Más bien, un así son la cosas. Como si los hombres no tuviéramos que lidiar con nuestros espectros.)
nietzscheanas 11
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 11
Donde el ideal se revela como ilusión —y esta es la convicción básica del nihilismo—, la vida deja de ilusionarnos. ¿Qué pasión podría vivir una mujer, si ya, de entrada, estuviera convencida hasta el hipotálamo que la cenicienta es una patraña? ¿A quién puede ilusionarle un vínculo meramente contractual, una relación que no re-presente, al menos por aproximación, lo que vale en verdad por encima de nuestras cabezas, a saber, la historia ejemplar, el mito, el ideal? No es casual que Nietzsche dijera aquello de que junto con Dios, muere también el hombre, pues nadie será humanamente capaz de abrazar la vida donde la vida deja medirse con un ideal que, por defecto, se ubica inmaculadamente más allá de lo tangible. Sin embargo, la cuestión es si acaso la verdad más verdadera no será aquella palabra que puede habitar, precisamente, un cielo sin imágenes. Si Nietzsche hubiera sido más judío, probablemente no habría jugado tan en corto. Quizá el problema del nihilismo sea no haber comprendido lo suficientemente bien que solo un Dios que se niega a sí mismo —un Dios cuyo único rostro es el de un hombre dejado de la mano de Dios, un Crucificado— puede dotar al hombre de valor suficiente como para soportar la caída de los cielos. Al fin y al cabo, la diferencia entre el coronel Kurtz —esa figura de lo sobrehumano— y un creyente es que el primero no llegó a oir la voz imperativa de Dios en el sacrificio mismo de Dios.
apassionats
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en apassionats
Vamos a dejar a un lado la retórica adolescente y centrarnos en lo que, al fin y al cabo, tenemos encima de la mesa. Quien no se cague en los pantalones ante los testimonios de Espinal o Romero es, sencillamente, un idiota moral. O un verdadero hijo puta. No hay pasión, pues, sin pasión. El tema no somos, ciertamente, nosotros —qué he de hacer para ser así o asá—, sino los abandonados de Dios. No otra cosa viene a decirnos la revelación creyente: que Dios no está por ti —por tus asuntos—, sino por ellos. Para muestra, el botón de su caída en picado, desde el cielo hasta la Cruz. En definitiva, si el hombre puede alcanzar la altura de Dios no es porque el hombre sea capaz de purificarse, esto es, de escalar, ascéticamente, las más altas cimas, sino porque Dios decidió identificarse, ya de buen comienzo (Jn 1,1), con el más pequeño de los hombres.
el monoteísmo salvaje
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en el monoteísmo salvaje
Debería estremecérsenos la piel con solo pensar en el hecho de que Dios haya podido identificarse con los sin Dios, descender hasta pisar el fango en donde se pudren los nadie de este mundo, renunciar a sí mismo. ¿Cómo podemos proclamarlo y aún seguir como si tal cosa? ¿Acaso no es del todo inadmisible para quienes todavía confiamos en nuestra posibilidad? ¿Hay mayor provocación que la de quien cree, bajo la sombra de la Cruz, que solo nos juzgan en verdad aquellos que no valen nada a ojos de los hombres —que el valor de nuestra existencia depende de su veredicto—? Tomar el nombre de Dios en vano quizá suponga transformar la feroz bondad del cristianismo en un asunto de pusilánimes. Como si la Encarnación no nos hubiera dejado con el culo al aire.
3 en 1
abril 26, 2011 Comentarios desactivados en 3 en 1
Esto del cristianismo es muchas cosas en una. Cuanto menos, tres. De entrada, una expectativa apocalíptica, pues nadie pone en duda hoy en duda que los primerísimos cristianos estaban convencidos de que el fin era inminente. En segundo lugar y casi pisándoles los talones a los apocalípticos, vienen los gnósticos, los cuales tras la decepción creyente ante el evidente retraso de la parusía, intentaron comprender como el destino de una cuantas almas en pena lo que, en principio, debería haber sido un acontecimiento cósmico. Con los gnósticos, sea cual sea su calaña, comienza, de hecho, la deriva oriental del cristianismo. Finalmente, aparecen los dógmáticos, los cuales en su intento de mantener las raíces judías de una fe cada vez más proclive a Atenas, acabaron proclamando —y menos mal— algo tan delirante como la Encarnación de Dios, la cual en verdad solo puede darse, aunque esto suela decirse con la boca pequeña, como la inmolación misma de Dios. Pero, lo que conviene destacar aquí, es que la Iglesia, con el propósito de mantener prietas las filas, acabará jugando con todas las barajas a la vez. Por un lado, admitirá dogmáticamente que en la Cruz no muere solo el envíado de Dios, sino Dios mismo, aunque para poder tragársela doblada tuvo que decir que no fue estrictamente Dios, sino aquella Palabra que era una con Dios, etcétera. Por otro lado, con suma facilidad admitirá entre sus fieles a quienes viven de hecho una espiritualidad que podría perfectamente pasarse sin la Cruz… como si el único espíritu de Dios no fuera, en verdad, el de un Crucificado. No hay que ser muy listo para ver que estamos ante un cajón de sastre. Aunque estrictamente no sean los mismos, quienes comenzaron creyendo en las palabras de un profeta mesiánico, acabarán por confesar algo tan increíble como el descenso de Dios en una Cruz. No obstante, fue este desastre —esta especie de follón constituyente— el que dotó al cristianismo de la flexibilidad propia de los movimientos que marcan una época. Si el cristianismo se hubiera mantenido fiel a la expectativa apocalíptica de sus inicios, difícilmente hubiera sido algo más que una secta judía. Ahora bien, el peaje que ha de pagar el cristianismo por su supervivencia histórica es que sus adeptos deban preguntarse una y otra vez qué significa todo esto. O lo que viene a ser lo mismo: un cristianismo que se sienta deudor de la Torá, no puede menos que lidiar con el uso problemático, por no decir inviable, que hicieron los dogmáticos de las categorías del pensamiento griego, en su intento de hacer comprensible la fe cristiana a un mundo que aún pensaba a la manera de Platón. Otra cosa es que la Iglesia, aquí más serpiente que paloma, acabe por tolerar los malentendidos que genera ese intento. Por ejemplo, cuando se trata de defender la resurrección de los muertos, los dogmáticos fácilmente recurrieron al tópico platónico de la inmortalidad del alma. Lo que pasa por alto quien acaba entendiendo que, en el fondo, se trata de lo mismo, es que si se recurre a ese lugar común es para hacerle decir al griego lo que en modo alguno puede admitir griegamente, a saber: que los hijos de puta y sus correosas madres, los caídos en desgracia, aquellos que no pueden esperar ninguna elevación… también tienen alma. Más aún: sobre todo, ellos. En cualquier caso, a pesar de los ambivalentes esfuerzos por platonizarla, lo cierto es que la resurrección de los muertos es algo que solo tiene sentido en el marco de la esperanza judía en el Juicio de Dios o, por decirlo de otro modo, en el horizonte de unos tiempos finales en los que tanto los vivos como los muertos se encontrarán cara a cara con Dios. Así, cuando Pablo dice aquello que si Cristo no ha resucitado, vana en nuestra fe no está diciendo que la resurrección de Cristo sea la prueba definitiva de la inmortalidad del alma, como si esa resurrección demostrara de una vez por todas algo que anteriormente tan solo se había supuesto. Lo que Pablo está diciendo, entre otras cosas, es que o bien es cierto que solo quien encara al Crucificado encara en verdad al Dios de los últimos días, o bien la fe en un Crucificado es, sencillamente, ridícula. Sin embargo, resulta innegable que muchos cristianos de hoy en día no se hacen demasiadas preguntas. De hecho, muchos de ellos muestran sin rubor un santo desprecio por la especulación teológica… como si la fe en un Dios crucificado fuese algo que nace espontáneamente en el corazón de los hombres. Pero no diría que su falta de inquietud se deba a que poseen una fe ciega, sino porque, en el fondo, tanto les da un dios que otro. Lo dicho: vana será la fe, si...
pascua de resurrección
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en pascua de resurrección
Pocas veces caemos en la cuenta de que la resurrección de la carne es algo que ningún espiritu puro puede admitir sin negarse a sí mismo. En una época en la que muchos daban por sentado la inmortalidad del alma, proclamar la resurrección de la carne debió ser, cuanto menos, una provocación, por no decir un absurdo. ¿Cómo podía seguir viva, precisamente, una carne que, por defecto, se encuentra siempre bajo amenaza de muerte? Es obvio —o debería serlo— que la fe en la resurrección no consiste en negar que haya muerte. Esto es, en todo caso, griego, pero no judío. Las almas inmortales no necesitan de hecho resucitar. La insistencia de los primeros cristianos en que el resucitado fue el Crucificado —y, por tanto, el que descendió efectivamente a los infiernos— ya nos da a entender que no se trata de la inmortalidad que defendían los gnósticos, los cuales, influidos ciertamente por la cultura griega, no podían admitir que un hijo de Dios pudiese morir en una cruz. Pero si la carne resucita es que la huella de la muerte sigue ahí presente en quien vive más allá de la muerte. Como aquella mujer que, haciéndose cargo de un orfanato en Jerusalén, pocos años después de que sus hijos hubieran sido gaseados en Auschwitz, conservaba en el hilo de una pulsera los dientes de cada unos de ellos. Ella sí que vive más allá. Ella sí que ha sido elevada a la altura de un Dios que se identificó hasta el descenso con los huérfanos de Israel y no los fantasmas etílicos de quienes gozaron en vida de las ventajas del tai chi. La aparición a Tomás (Jn 20, 24-29) está ahí para que comprendamos de una vez por todas de qué va este asunto. La muerte va con el resucitado. De hecho, si vence a la muerte es porque la abraza hasta lo más íntimo. Estrictamente, la fe en la resurrección de los muertos no es una fe que pueda comprenderse separadamente de aquella expectativa apocalíptica que mantuvo en pie a los primeros cristianos. Y es que los muertos tienen que resucitar para que el Juicio de Dios afecte por igual a vivos y a muertos. Para el judaísmo es esencial que el pasado —con sus cientos de miles de víctimas inocentes— no sea un asunto cerrado. Quien se toma en serio esto de la vida —y un judío tiene demasiado presente el olor de la aniquilación como para que no respire lo más vivo de la vida—, no puede menos que creer que la Justicia seguirá siendo algo aún pendiente, frente a las tentaciones nihilistas de sepultar en el gran silencio del pasado el último aliento —el único y verdadero espíritu— de quienes murieron como si no hubieran vivido. Para quien ya no puede confiar en el hombre —y un judío es aquel que tiene sobradas razones para no hacerlo—, en modo alguno puede creer en la realización histórica de la Justicia. Con otras palabras: solo Dios puede cumplir con la exigencia de Justicia que va junto con una vida que se vive, precisamente, como algo debido a Dios. Declarar que Jesús ha resucitado de entre los muertos es lo mismo, pues, que decir que el Juicio de Dios ha comenzado en esa Cruz, algo de hecho increíble para la gran mayoría de los judíos de la época, sobre todo si tenemos en cuenta que Jesús fue condenado, entre otras cosas, por atreverse a perdonar en nombre de Dios. Sin duda, se trata de algo muy diferente a la típica historia de zombies buenos que algunos siguen contando por ahí. ¿A qué testigo de la resurrección no le entraría una tristeza infinita, pues, si oyera cantar el som testimonis de la resurrecció a quienes lo cantan como si dijeran yuppi yuppi Jesús ha resucitado? En verdad, no se lo creen ni ellos. No debería extrañarnos, por tanto, que un cristianismo demasiado alejado de sus raíces judías, acabe mostrándose como una sarta de pajas mentales, al fin y al cabo, como un asunto solo apto para quienes necesitan tragar con ruedas de molino.
one more thing
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en one more thing
Ante la tentación tan actual de convertir el cristianismo en una variante del budismo zen, conviene recordar, una vez más, que el cristiano es aquel marcado hasta sangrar por el sufrimiento indecible de los otros. El clamor de los desgraciados es para el creyente como el hierro candente con el que el amo señala a su res. Ahora bien, los marcados suelen ir cojos por ahí. Son los Gollum de la fe. Y quizá sea por esto que una comunidad cristiana que se haga presente a los demás como la comunidad de los perfectos sea como mínimo para vomitar. Hay que leer sin descanso a Lucas. Podríamos comenzar con Lc 18, 9-14.
streeper
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en streeper
Podríamos definir nuestros tiempos modernos como aquellos en donde el hombre pierde la vertical. Donde cualquier posibilidad es siempre algo por descubrir —donde nada hay que sea ciertamente imposible—, todo sucede en la planicie. Es así que las cosas pasan y nada tiene ya lugar.
i-life
abril 25, 2011 Comentarios desactivados en i-life
En el mejor de los casos —aunque también en el peor—, una sola vida son unas cuantas vidas.
campo santo
abril 24, 2011 Comentarios desactivados en campo santo
Una tradición sigue viva mientras lo sigan estando sus muertos. Donde los muertos dejan de estar presentes, ya no puede haber tradición que valga. En vez de instituciones, tendremos fábricas. Así, por ejemplo, en el campus de Bard College, una institución entre la clase media alta de New York, está enterrada Hannah Arendt. Es difícil que la vida de esta mujer extraordinaria siguiera dejando su huella entre los alumnos actuales del Bard College, si hubiera sido enterrada vete tú a saber dónde y no donde se dejó la piel… que es lo que de hecho ocurre en nuestras universidades. ¿Debería extrañarnos, pues, que, debido a la fácil política del rey muerto, rey puesto, nuestros jóvenes más inquietos no tengan ningún testigo que recoger ni, por tanto, entregar? Pero, sin un testigo entre las manos, ¿cómo podrán salir del engranaje? Puede que sirvan eficazmente a una causa, pero ignorarán el porqué. Nunca será su causa. Una tradición significa, al fin y al cabo, que quienes quedan aún en pie, han de cargar con el peso del muerto… y, como sabemos, la muerte es, hoy en día, un asunto de mal gusto. Hay reyes que, sin embargo, no deben morir… si queremos seguir con vida.
PS: quizá sea por esto mismo que los catequistas modernis, más centrados en los temas que en sus santos muertos, hayan convertido la iniciación a la fe en algo parecido a un cursillo de autoayuda. Aunque, tampoco debería sorprendernos en exceso. De hecho, es lo que pasa cuando uno se dedica, sobre todo, al cultivo de los buenos sentimientos: que engendra seres muy sensibles, pero impotentes.
religare
abril 24, 2011 Comentarios desactivados en religare
La religión —del latín religare— es ese intento tan humano de recuperar la experiencia de la alteridad de la infancia. Ciertamente, cuanto mayor es el control de la situación —cuanto mayor es el poder del yo—, mayor es nuestra soledad. Todo se da, entonces, según la medida de nuestra sensibilidad. Y si nada hay qué temer, nada hay en verdad ahí. Para una subjetividad consolidada, cualquier hecho es, sencillamente, algo que se da por hecho y lo que se da por hecho en modo alguno llegará a provocarnos. ¿Quién no quisiera, así, ante el desamparo de la madurez volver a ser como un niño, recuperar la familiaridad con el fantasma? Si quienes poseen una sensibilidad religiosa se resisten a abandonar su infancia será porque, cuanto menos, intuyen que solo el niño es feliz. Sin embargo, no parece que esa felicidad sea posible sin regresar a la indigencia propia de la infancia. Como si la segunda ingenuidad solo pudiera alcanzarse con la ruina del yo. Y acaso sea ésta la gran lección del judaísmo: la única religión —la verdadera reconciliación— solo podrá venir de Dios mismo, pues nadie en su sano juicio estará dispuesto a pagar el precio del regreso a Dios.
JS
abril 22, 2011 Comentarios desactivados en JS
Escuchando el coro final de la «Matthäuspassion» comprendes que no hay música más feroz que la de Bach. Y, sin duda, los hombres se dividen entre quienes se estremecen al escucharlo y quienes no.
la prueba del nueve
abril 22, 2011 Comentarios desactivados en la prueba del nueve
Supongamos que nunca hubiera habido cristianismo. Si de repente alguien comenzara a proclamar con gran convicción que aquel rarito de las Ramblas, el que predicaba la cercanía del fin del mundo, que tanto se rodeaba de mendigos y putas como se juntaba con los ricos del lugar y que murió como un don nadie en una disputa callejera… había resucitado de entre los muertos, probablemente no le haríamos ni caso. Al igual que tampoco tenemos muy en cuenta a quienes defienden que Elvis sigue vivo. Pues eso.
hasta los ángeles caerán…
abril 20, 2011 Comentarios desactivados en hasta los ángeles caerán…
Impresionante anuncio este de la lluvia de ángeles. ¿Será, pues, verdad que son los dioses quienes envidian al hombre y no al revés? Un dios, por defecto, no puede estar más allá de sí mismo. Para un dios, no hay alteridad que valga. En principio, un dios es como una vaca o una piedra. Solo descendiendo —solo atado al clamor de los hombres— puede llegar a ser alguien. Como si el mundo fuera el cielo del cielo, la única oportunidad para que un dios pueda trascenderse y convertirse en persona. Dios logra ser alguien como Dios solo porque la divinidad llega a ser, al fin, la máscara de Dios. Por consiguiente, puede que el último motivo de la encarnación no sea la redención del hombre, sino la de Dios. Como si los hombres únicamente existieran para que Dios pudiera liberarse de su opacidad.
(Aunque sigue siendo cierto que solo un Dios que se salva de sí mismo, puede elevar al hombre por encima de sí mismo.)
cláusulas de rescisión
abril 19, 2011 Comentarios desactivados en cláusulas de rescisión
Que el primitivo atribuya un alma a todo cuanto existe no demuestra tanto un supersticioso modo de ser como su asombro —mejor dicho, su estupor— ante el hecho de que las cosas se encuentra efectivamente ahí. Y casi podríamos trazar una historia del espíritu humano sobre esta base. Como si, por recuperar un viejo tema del romanticismo alemán, el avance de la humanidad fuera correlativo a la huida de los dioses. Así, primero todo poseerá alma. Los hombres, por supuesto, pero también las plantas y las rocas. Luego aparecerá lo inerte. No todo poseerá alma. Habrán cosas vivas y cosas muertas. En un tercer momento, el alma de las cosas se separará de las cosas. Nacerán, pues, los dioses. Más tarde, estos desaparecerán también del mapa, con el Dios del séptimo día. Pero un solo Dios que habita más allá del cielo y de la tierra —un Dios que decide practicar la política de la no intervención— es, cuanto menos, un Dios discutible. Finalmente, el hombre caerá en la cuenta de que ni siquiera puede contar con ese Dios para explicar el mundo. Gratia Dei, Dios pasó a ser material desechable, la ganga de una humanidad por venir. El mundo se ha convertido ya en un desierto y todo es piedra. Nada nos deja los ojos como platos. Nada sagrado —nada intocable— permanece, pues. Todo es susceptible de ser modificado. Incluso el gen del Hombre, la herencia misma de Dios. Hoy es posible, cuanto menos, concebir y no solo imaginar una vida sin muerte. Como si Dios, de buen comienzo, hubiera decidido dejar sitio para que el Hombre pudiera ser como Dios. Y tampoco es casual que ese mismo Dios que decidió quedarse atrás, nos recuerde una y otra vez que el abandonado de Dios es nuestro prójimo, pues uno, por defecto, debe insistir en lo que ha dejado de ser un hecho. Como si Dios nos hiciera responsables de lo que el mismo provoca. Como si el hombre solo pudiera dejar de ser un animal bajo el peso de esta responsabilidad indebida. Los cabalistas ya supieron ver mucho antes que nosotros que esto de YWHW es, ciertamente, algo muy extraño.
nietzscheanas 10
abril 19, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 10
¿Amar al enemigo? Pero ¿se puede estar vivo sin un enemigo al que combatir, sin nada que negar? ¿Acaso puede alguien amar la vida sin amar la salud, la belleza, la fuerza y, por tanto, sin enterrar el excremento que la amenaza? ¿Acaso no debe alguien encarnar lo excrementicio para que podamos, precisamente, reconocernos en el amor a la vida? No es casual que el amor al enemigo sea siempre un amor de quienes ya están muertos, de aquellos que ya no tienen tiempo por delante. Deberemos, pues, admitir que el amor al enemigo solo puede darse como amor terminal, como un amor propio de los últimos tiempos.
simplicidad
abril 19, 2011 Comentarios desactivados en simplicidad
Son simples quienes no entienden el alcance de las preguntas más simples. Por ejemplo, por qué las cosas caen cuando las soltamos. O cómo fue posible la moral. O quién vive en verdad. Etcétera. Y si los simples no entienden ese alcance es porque poseen las respuestas antes de tiempo. Ellos son los que creen saber. Occidente reposa, al fin y al cabo, sobre la convicción de que el horizonte de la verdad solo surge en medio de la crisis de lo que se da por descontado. Incluso con respecto a Dios.
breve tratado de eclesiología
abril 18, 2011 Comentarios desactivados en breve tratado de eclesiología
Se da por descontado que quienes pertenecen a una comunidad cristiana auténtica poseen algo así como una experiencia de Dios. Que eso es lo que hace que su comunidad sea, precisamente, auténtica, verdadera, creíble… frente a una Iglesia demasiado formal e hipócrita. Sin embargo, puede que, a pesar de sus traiciones, haya más verdad en la vieja y cansada Iglesia que en las comunidades pretendidamente auténticas. Una experiencia de Dios es, sin duda, algo extraordinario —aunque también algo tremendamente ambivalente— y lo extraordinario, por defecto, no puede ser algo común. No es causal que quienes pertenecen a estas comunidades auténticas, sean progres o conservadoras, al querer forzar una experiencia que en modo alguno puede forzarse, acaben siendo, en el mejor de los casos, unos raritos y, en el peor, unos fariseos. También suele pasar, sobre todo en las comunidades más blandas, que se tome una cosa por otra, esto es, la experiencia de Dios por el gustito interior. En estas comunidades, no encontramos tanto raritos como onanistas espirituales, los cuales no pueden evitar hacer de Dios un consolador tamaño XXL, cosa, cuanto menos, sorprendente teniendo en cuenta que el Dios cristiano es un Dios que se revela como un Dios crucificado. En cualquier caso, la Iglesia, desde tiempos de Agustín, supo ver que su supervivencia, frente a la deriva aristocrática del gnosticismo, dependía de que no se exigiera a sus adeptos una ‘experiencia genuina’ de Dios, sino nada más, pero tampoco nada menos, que una férrea adhesión al testimonio de los mártires o, lo que viene a ser lo mismo, una ciega confianza en quienes habían experimentado desgraciadamente al Dios de los últimos días. Que todos los creyentes tengan una experiencia genuina de Dios solo es posible en los tiempos exasperados —y exasperantes— de los últimos días, aquellos en los que se creyeron hallar los primeros cristianos. Pero una vez se fue diluyendo la expectativa apocalíptica —una vez los cristianos dejarón de creer en la inminencia del Juicio Final—, la experiencia de Dios, que como tal es siempre la experiencia de los días finales, pasó a ser un asunto de unos relativamente pocos mártires. Decir que la Iglesia es siempre la Iglesia de los mártires significa, pues, que la fe es como el testigo que pasa de unas manos a otras, esto es, de las de los mártires a las de los simples creyentes. Y esto es, precisamente, lo que se olvida donde se da gnósticamente por descontado que cada creyente puede acceder por sí mismo a Dios, siempre y cuando se desprenda de la costra mundana que impide que conecte con la chispa divina que habita en lo más profundo de sí mismo. Pero un cristiano, solo recibe la fe de manos de otro, en última instancia, como bien supo ver Pablo, de un Crucificado que se identifica, en nombre de Dios, con los crucificados de la tierra. En este sentido, las comunidades eclesiales solo pueden ser —y deben ser— algo parecido a las peñas de un club de fútbol. En un club, los hinchas tiene muy claro que los que se la juegan en el campo son otros. Un hincha, sin embargo, sabe que puede también morir defendiendo la camiseta de sus jugadores… si las cosas se ponen feas en la grada. Un club que exigiera de sus socios la práctica del fútbol, sería un club que no podría pretender ninguna catolicidad. Es por eso que una Iglesia que no tenga clara esta diferencia entre quienes se la juegan y quienes participan del juego desde la grada, con sus gritos y sus banderas, está condenada a caer en cualquiera de las variantes del antiguo gnosticismo.
la diferencia
abril 18, 2011 Comentarios desactivados en la diferencia
Muchos escribieron sobre la guerra, pero solo Homero o Tucídides escribieron la guerra. Del mismo modo, muchos han escrito sobre Dios, pero solo unos pocos, Karl Barth entre ellos, han escrito Dios.
los jueves tienen estas cosas…
abril 15, 2011 Comentarios desactivados en los jueves tienen estas cosas…
Dios no satisface nuestra necesidad de Dios. Dios, de hecho, se opone a ella.
Guillermo Galdón, alias Gan
nietzscheanas 9
abril 13, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 9
¿Cómo fue posible un Dios que renunciara a su divinidad? ¿Quién puede confiar en un Dios castrado? La impotencia de Dios ¿no es acaso una contradicción en los términos? ¿Cómo pudo fracasar Dios? Si un Dios es, por defecto, la fuerza, aunque se trate de la fuerza de la bondad, ¿cómo es que al descender a los infiernos de este mundo no fue capaz de transformarnos? ¿Puede creer honestamente quien cree en un Dios crucificado? ¿Acaso un Dios que muere en la Cruz puede seguir siendo verdadero? Un Dios que exige nuestra compasión, un Dios que nos exige amar al débil, al enfermo, al tarado, ¿no es acaso un Dios contrario a la vida? ¿Cuesta tanto darse cuenta de la monstruosidad del cristianismo? ¿Es tan difícil comprender que nadie en su sano juicio puede admitir un Dios de esta calaña?
realismo sucio
abril 13, 2011 Comentarios desactivados en realismo sucio
Decir no consiste simplemente en nombrar. Con los nombres, de hecho, no vamos muy lejos. Al decir algo de algo, contra lo que suponen las teorías más ingenuas del lenguaje, no nos limitamos a poner una etiqueta sobre la cosa, sino que, propiamente, provocamos una escisión en el seno impenetrable de la cosa: la cosa es, así, algo más de lo que muestra ser. O por emplear otras palabras: al decir algo de algo, el primer algo no acaba de coincidir con el segundo. Si la cosa es algo otro ahí es porque eso otro no acaba de coincidir con sus características. Así, solo fácilmente podemos creer que una mesa es una mesa. Como diría cualquier científico, una mesa no es en realidad una mesa, sino algo distinto, por ejemplo, un manojo de partículas danzando en un inmenso vacío. A su vez, las particulas elementales no son en realidad tan elementales como parecen. Y, así, indefinidamente. Como si la realidad —eso último— fuera aquello siempre pendiente de las cosas con las que tratamos. La cuestión —la cuestión de la filosofía— es si es posible seguir manteniendo un buen trato con las cosas —y, por extensión, con los hombres— teniendo en cuenta su verdad o si, por el contrario, estamos condenados a vivir según la estrecha medida de nuestra sensibilidad. Si cabe, en definitiva, vivir encarando la ausencia de realidad o si, por el contrario, estamos condenados a seguir bajo el amparo de la superstición.
nietzscheanas 8
abril 12, 2011 Comentarios desactivados en nietzscheanas 8
¿Y si fuera cierto que el fuerte —el noble, el bello— estuviera, en verdad, satisfecho de sí mismo? ¿Y si la vida que puede —la vida que se encuentra bajo el sol del mediodía— fuera de hecho una vida cualitativamente distinta que la de quienes se encuentran a una cierta distancia de sí mismos, en la sombra, avergonzados de su modo de ser? ¿Y si la distancia que separa ambas existencias fuese la misma que la que distingue al hombre del mono? ¿Y si quienes saben que no hay nada —ni nadie— que se les resista fuesen los únicos que viven en verdad una vida inmaculada? ¿Y si estuvieran en lo cierto quienes dan naturalmente por sentado que el vencido no tiene más derecho a la existencia que un animal tarado? ¿Y si Megan Fox no fuera un pobre chica, como quisiera hacernos creer el sacerdote, sino aquella que mira con feliz desprecio la vida de oficio de tantas mujeres de carne y hueso? ¿Y si no hubiese mayor libertad que la de quienes viven invisiblemente, como si cualquier posible estigma no fuera con ellos?


serendipity
abril 10, 2011 Comentarios desactivados en serendipity
Por lo común, damos por sentado que los nombres constituyen la base del lenguaje. Que decir es, al fin y al cabo, nombrar. Como si la cosa estuviera de buen comienzo ahí, dispuesta a ser etiquetada. Sin embargo, puede que el lenguaje no sea tanto un conjunto de etiquetas como el esquema que, al abrir un hueco en el plano de la percepción, hace posible, precisamente, que hayan cosas ahí. Lenguaje es poder decir algo de algo… que, en último término, no aparece por ningún lado. Por ejemplo, este lápiz que tengo a mano no es en realidad un lápiz. Mejor dicho: si un lapiz puede ser un lápiz (y solo un lápiz) es porque ningún lápiz en concreto acaba de coincidir con su forma. En tanto que se encuentra ahí, es algo que, en sí mismo, se encuentra fuera de su aspecto, de su de-finición, de su lapiceidad. Así, el carácter de algo-otro-ahí es por defecto inaprehensible. Siempre podré preguntarme por la alteridad de lo que veo, por ese algo que, en última instancia, soporta la serie de características que capta mi sensibilidad. Si hay cosas en realidad es porque el algo en el que consiste la cosa, en sí mismo, no se pone de manifiesto. Porque su realidad es, al fin y al cabo, invisible. Ahora bien, esta invisibilidad de la cosa no es la de una imaginaria cosa invisible, sino la propia de una exigencia insoslayable, de un imborrable deber ser. El lenguaje, la posibilidad de decir algo de algo, no es más, aunque tampoco menos, que la matriz de esta exigencia. Sencillamente: si hay realmente algo ahí es porque debe haberlo. Con todo, nadie dijo que fuera fácil comprender el alcance de esta evidencia.