ama y haz lo que quieras

abril 10, 2011 Comentarios desactivados en ama y haz lo que quieras

Una cosa es cierta. Y es que cuanto mayor es la intimidad, mayor es la falta de sincronía. Quienes se encuentran, nunca acaban de coincidir. O mejor dicho: no hay encuentro que no revele lo insalvable del hiato. Como si solo pudiéramos ser carne y uña, una vez la uña se clava en la carne.

tiempos felices

abril 10, 2011 Comentarios desactivados en tiempos felices

Lo que ganamos en intimidad, lo perdimos por el lado de la trascendencia. Así, tenemos un alter ego en vez de a Dios.

massa damnata

abril 10, 2011 Comentarios desactivados en massa damnata

Hoy en día no está muy en boga esto del pecado original. La posición oficiosa siguiendo siendo la de Rousseasu: el hombre es en el fondo un buen tío, solo que el entorno le pervierte. Sin embargo, la intimidad está hecha a base de materiales de derribo. Un buen salvaje carece de aquella oscuridad que confiere relieve a la existencia. ¿Quién puede concebirse a sí mismo sin un motivo del que avergonzarse, sin un secreto que preservar? Ahora bien, si la vergüenza nos puede es porque fácilmente llegamos a creer que hay quienes pueden ir por ahí sin nada que esconder. Por eso el único modo de liberarnos de esta impostación es dar por sentado que a ojos de un Dios omnisciente —una especie de gran hermano orwelliano—, no hay quien se salve de la quema. Bastaría con que de repente todo se hiciera transparente —nuestros pensamientos, deseos, búsquedas, saltos…— para que surgiera, al fin, un mundo nuevo. La diferencia entre puros e impuros —la que constituye precisamente el entramado social, la que nos somete al poder de los ídolos— deja de ser relevante donde la pureza se revela como algo propio de quienes carecen de las más elemental profundidad: los niños, las bestias, el dios. Será, pues, cierto que solo una condena universal puede hermanarnos antes de la muerte.

ghost

abril 8, 2011 Comentarios desactivados en ghost

Si la realidad es siempre una intrusión. Si lo real es el resto intragable de aquello que se nos da según la medida de nuestra sensibilidad. Si nadie, al fin y al cabo, puede entrar en contacto con la alteridad sin romperse… ¿no será entonces el fantasma algo más real que cualquier hombre o mujer de carne y hueso? Esas imágenes que despreciamos como la expresión de las supersticiones de la infancia ¿no revelan mejor que cualquier descripción, el carácter otro de lo otro? En el trato, la alteridad se supone. Más aún: debe darse por hecha. Pero, en tanto que sub-puesta, esa alteridad es continuamente dejada atrás, olvidada, des-estimada. De hecho, ningún trato sería posible, donde tuviéramos en cuenta la alteridad de aquello con lo que tratamos. La presencia de lo verdaderamente otro, en tanto que suscita nuestra fascinación, es, de hecho, paralizante. Todo trato implica la mayor o menor asimilación de lo tratado, y la alteridad propia de todo cuanto tenemos a mano es lo que en modo alguno podemos asimilar. Tratar es ingerir, digerir, al fin y al cabo, un asunto corporal y no hay realidad que no se nos atragante. Vivimos, pues, de espaldas a la rareza de lo real. Hablar de la imposibilidad del fantasma es, por consiguiente, hablar de la imposibilidad misma de lo real. Estrictamente, los fantasmas no son de este mundo. De hecho, el mundo deviene inhabitable donde irrumpe el fantasma. ¿Quién no queda encogido por el terror que provoca su aparición? La huida del fantasma sería, pues, lo que hace posible nuestro arraigo en el mundo. Pero, por eso mismo, su huella se revelará tarde o temprano como lo más real de nuestra existencia.

PS: sustituyamos «fantasma» por «Dios» y entenderemos, al menos por aproximación, aquello tan veterotestamentario del temor de Dios. Como si el hombre solo pudiera vivir en paz como a-teo, esto es, como quien permanece ajeno a la extrañeza de Dios.

amplificant un comentari del Llort

abril 6, 2011 Comentarios desactivados en amplificant un comentari del Llort

Ahir tocava Sokolov. Al Palau. Com es sabut, Sokolov és Déu… i sol demostrar-ho en les «peces de més» dels seus concerts. Doncs bé, el Palau no estava ple. Tres quarts d’entrada o potser una mica més. Si no van haver-hi bufetades per sentir-lo, és obvi que no ens mereixem cap independència. Podem seguir fent castells, però seguiran sent castillos en el aire.

 

Sokolov

 

quién te ha visto y quién te ve

abril 5, 2011 Comentarios desactivados en quién te ha visto y quién te ve

La cuestión es de qué mirada depende tu vida, quién la juzga, quién te obliga a bajar los ojos, a ocultarte. Quién es, en definitiva, tu señor. Es posible que alguien diga aquí que él —o ella— no depende de nadie. Sin embargo, quien dice esto solo demuestra no saber de lo que habla. Como si no tuviera un motivo del qué avergonzarse. Como si la mierda no fuera con él —o con ella—. Así, quienes son juzgados por un ideal de belleza o un alto nivel de vida, se avergonzarán del grano en la cara o de haberse arruinado. Si la mujer cree que vale solo en la medida en que tenga un hombre a su lado, se avergonzará de haber sido abandonada. Si el hombre cree que vale lo que vale su caza, se avergonzará de traer a casa ratoncitos de campo en vez de osos. Como decíamos: lo que nos diferencia es quién puede avergonzarnos—quién nos dice la verdad, quién señala la desnudez del emperador—. Por eso, no se trata de prescindir cínicamente del juicio —pues quien prescinde del juicio es, en el mejor de los casos, un simple espectador de sus micciones—, sino de elegir, si es que se trata propiamente de una elección, a quien te juzgará finalmente, al señor de tus días. Y es que una cosa es sentirse avergonzado por el grano en la  cara —o porque te has quedado sin chico o porque has dejado que el oso campe a sus anchas, etc— y otra muy distinta avergonzarte, por ejemplo, de poder comer a diario. En el primer caso, la vergüenza es comprensible. En el segundo, inadmisible. No obstante, no hay más libertad que la que nace de esta segunda vergüenza. Únicamente, un señor que te hace enrojecer ante tu propia satisfacción, puede arrojarte fuera del mundo, liberarte de su poder. Mientras tu señor sea del más acá, no saldrás de tu ombligo: vivirás (de)pendiente de tu ideal. Solo si tu señor no es otro que aquél que te pregunta desmesuradamente por cualquier desgraciado como si te preguntara por tu hermano, podrás encontrarte por encima de ti mismo, más allá de tu insignificante ubicación. Tus fracasos —tus granos en la cara— te darán igual. En verdad, nadie puede soportar su felicidad donde sabe que su hermano —o, si se prefiere, cualquiera de sus hijos— se está muriendo por ahí de inanición. Pero precisamente por eso mismo ¿acaso no necesitaremos cortar esos lazos para seguir viviendo en paz? ¿Acaso no deberemos darle la espalda a ese señor —el único Dios que nos hermana— para seguir viviendo humanamente? Solo un cristianismo naïve puede creer que el creyente es un tipo normal. No es casual que un cristianismo de este tipo termine por confundir la vocación con el oficio. No es casual, pues, que no engendre genuinos creyentes. Sea como sea, que no haya otra libertad que la del culpable —que no haya otra alma que la que nace erizadamente del mandato de un Dios inexistente— es algo que nadie en su sano juicio podrá comprender. Demasiado para el cuerpo, sin duda.

las edades del mundo (y 2)

abril 3, 2011 Comentarios desactivados en las edades del mundo (y 2)

Es posible imaginar que la Encarnación no supuso para Dios mismo una humillación, sino, al contrario, el único modo de liberarse de la eternidad. Pues solo colgado de una cruz puede Dios mismo transferirle al hombre la carga de ser Dios.

y si…

abril 2, 2011 Comentarios desactivados en y si…

¿Y si la invocación —el encrespado lamento de Job— fuera algo más originario, más arraigado, más verdadero que la misma fe? ¿Acaso el único Dios, aquél que reclaman los desesperados, sean o no creyentes, no es el que, más allá de cualquier religión, nos pone de rodillas hasta hacérnoslas sangrar? ¿Acaso hay otro Espíritu que el que nace del cuerpo del que invoca a Dios sin esperar respuesta?

i t’ensenyaré la por en un grapat de pols

abril 1, 2011 Comentarios desactivados en i t’ensenyaré la por en un grapat de pols

Puede que el miedo fundamental no sea a que todo acabe en un momento u otro, sino, precisamente, a que el universo no tenga un final —a que no haya en verdad Juicio— y que, por consiguiente, tanto el perdón de Dios como los grandes exterminios de la Historia queden sepultados por igual bajo el peso de una infinita indiferencia.

esos primitivos

marzo 29, 2011 Comentarios desactivados en esos primitivos

Antiguamente, la mayoría de los hombres y las mujeres daban por sentado que la frontera entre el mundo natural y el sobrenatural era transitable en los dos sentidos. Así, no era descabellado, sino más bien posible que los espíritus del más allá nos hicieran, de vez en cuando, una visita. Aunque no quedase claro qué sobrevivía al cuerpo —si una sombra de lo que fuimos, si el alma entera del sujeto, si su transformación en espíritu astral… —, lo cierto es que nadie cuestionaba, salvo algunos pocos que negaban cualquier tipo de supervivencia, que esto del espíritu tenía que ver, precisamente, con lo que queda tras la muerte. Lo curioso es que ese resto tanto podía estar espiritualmente vivo o muerto. Por tanto, esto del espíritu no necesariamente se identificaba con la vida tras la muerte. La cuestión es si el cristianismo, que bebe de este caldo, puede sobrevivir donde la división entre lo natural y lo sobrenatural —y, por consiguiente, el tráfico entre los dos mundos— deja de tener sentido, cosa que ocurre precisamente con la irrupción de la visión copernicana del universo. No es causal que la única espiritualidad compatible con esta cosmovisión sea la que identifica el espíritu de Dios con la fuerza de la vida. No debería extrañarnos, pues, que las presentaciones más actuales del cristianismo se conciban a sí mismas como una simple concreción de la espiritualidad en general. Como si el cristianismo solo pudiera sobrevivir modernamente echando mano del gnosticismo que condenó en su momento.

falacia

marzo 29, 2011 Comentarios desactivados en falacia

Los tiempos modernos se caracterizan por ofrecer una mejor explicación de lo que antiguamente se atribuía a la intervención de poderes divinos. Así decimos: no es que oiga a Dios, sino que la esquizofrenia le provoca alucinaciones. O bien: su creencia en Dios, no es más que la expresión de su necesidad de amparo. Sin embargo, de Kekulé, quien descubrió soñando la estructura de la molécula del benceno, no decimos que su visión fuese un delirio. El sueño explica su idea, pero no la justifica como verdadera. Cualquier científico —o casi— distingue entre el contexto del descubrimiento y el contexto de la justificación. Pero no parece que esta distinción valga para el caso de la creencia religiosa. Con respecto a la creencia religiosa no cabe actualmente ninguna justificación. Un antiguo quizá hubiera podido aceptar que la necesidad de amparo explicase nuestra idea de Dios, pero al mismo tiempo hubiera entendido que esa necesidad era la puerta de acceso a la realidad de Dios, la cual se daba por descontada. Si la explicación científica parece hoy en día funcionar como demostración de que Dios no existe no es porque de hecho lo demuestre —pues Dios podría existir aun cuando las visiones de Dios solo fueran posibles en el caso de sufrir, pongamos por caso, un brote esquizofrénico—, sino porque lo que damos por sentado es, precisamente, que Dios no existe. Solo desde este supuesto, la explicación se impone, a la vez, como prueba del carácter ilusorio de la creencia religiosa. Con todo, Dios en verdad nunca ofreció, ni siquiera en la Biblia, una buena explicación. O por parafrasear a Bonhoeffer, un Dios que existe nunca existió. Pero éste es otro tema.

the revolution

marzo 28, 2011 Comentarios desactivados en the revolution

Que los infectos fueran declarados iguales a los nobles, esto es, a los hombres y mujeres de vida real, esto sí que fue una revolución. Es decir, que los judíos y luego también los cristianos dijeran que, en el fondo, cualquiera, con independencia de cuál pueda ser su mérito, es el mismo gusano ante Dios, no es algo que se pueda digerir fácilmente. Se trata de una tesis inadmisible para quien conserve un mínimo de sensibilidad natural. Quizá porque nos hemos acostumbrado —porque hemos hecho de ello algo obvio— no acabamos de percibir el alcance de esta toma de posición. Más aún: que sean los infectos —los ancianos, enfermos, embrutecidos— y no los los hombres y mujeres de vida elevada quienes representen la verdad de lo humano es algo que humanamente no deberíamos aceptar. No hay modo humano de concebir la impotencia como una altura que deberíamos alcanzar. La cuestión, sin embargo, es si estamos o no ante una verdad, si se trata de algo que estaríamos obligados a reconocer aunque no podamos naturalmente hacerlo. Con todo, lo cierto es que la igualdad, una vez se ha transformado en una igualdad por defecto —una vez se ha convertido en algo constatable a simple vista— acaba siendo la excusa de una cultura que comprende como impostura cualquier intento de trascendencia, cualquier voluntad de elevación. Y aquí quizá se confirme de nuevo aquello de que es peor el remedio que la enfermedad. En el momento que se olvida que solo ante Dios, es decir, el Dios imposible de Job, todos los hombres son el mismo pobre hombre, la media se convierte en el techo de la existencia. No es verdad, por tanto, que los hombres seamos por defecto iguales. En verdad únicamente ante el Dios del séptimo día, los hombres son lo que son, la por en un grapat de pols. Y es que sin ese Dios, la igualdad no es más que la coartada de la mediocridad.

fairplay

marzo 28, 2011 Comentarios desactivados en fairplay

Hay ciertos juegos que solo pueden jugarse mientras creamos que el juego es otro, esto es, mientras no explicitemos las reglas. Por ejemplo, el juego del cortejo. Cuando un chico y una chica comienzan a salir, inevitablemente, se van evaluando, mejor dicho, puntuando. De hecho, esto es lo que tienen que hacer, si quieren llegar a un buen acuerdo. Que la chica vaya con una libreta con cien ítems, como quien dice, y el chico con un papelucho con tan solo uno es lo de menos. Ambos juegan el mismo juego: poder llegar a un trato, estrictamente hablando, a un con-trato. Si finalmente deciden formar una pareja, será porque ambas partes, en principio, creen salir ganando. La lógica es, pues, la misma que la del pacto comercial: lo que tu me das compensa lo que tu recibes de mí. Sin embargo, difícilmente llegarían a tratarse, si de buen comienzo dejaran muy claro que en verdad se trata de un negocio. Si el juego es posible es porque en principio creen que debería ser otra cosa. Y, por eso mismo, la filosofía, en tanto que te obliga a tomar conciencia de lo que debe permanecer en la oscuridad, resulta tan incómoda. No casualmente a Sócrates le apodaron «el moscardón», aunque hoy quizá hablaríamos, por casticismo, de «mosca cojonera». Aun y así, no deja de llamar la atención por qué quienes juegan el juego creen que el juego es en verdad otro. Como si la verdadera vida y la que se sigue de la adaptación no fueran por el mismo lado. Como si la verdad, por defecto un asunto minoritario, solo pudiera socialmente prestar un buen servicio en tanto que impostación.

las edades del mundo

marzo 28, 2011 Comentarios desactivados en las edades del mundo

Es curioso como a medida que envejecemos el cuerpo va amoldándose a los perfiles del alma, ese hueco, esa carencia, ese persistente no-ser. Al final, nuestro cuerpo de tan arrodillado que va por ahí acaba por transpirar el don nadie que, en el fondo, somos. A menos que uno crea que en la vejez no es reveladora, sino traidora: como si de ancianos dejáramos de ser quienes en verdad somos. Una vez más, o es cierto que la máscara es lo más profundo, tal y como sostuvo Nietzsche, o es cierto que porque la piel va con la máscara, no somos más que ese abismo que, tal y como se atrevió a decir Kierkegaard, no es otro que el de Dios mismo.

montitoni

marzo 27, 2011 Comentarios desactivados en montitoni

Toni Montilla me pasa el siguiente poema de Verdaguer.

Veyeume aquí, Senyor, á vostres plantes,

despullat de tot bé, malalt y pobre,

de mon no-res perdut dintre l’abisme.

Cuch de la terra vil, per una estona

he vingut en la cendra á arrocegarme.

Fou mon breçol un grá de polcinera,

y un altre grá será lo meu sepulcre.

Voldría ser quelcom per oferirvos,

però Vos me voleu petit é inútil,

de gloria despullat y de prestigi.

Feu de mi lo que us placia, fulla seca

de les que’l vent se’n porta, ó gota d’aygua

de les que’l sol sobre l’herbey axuga,

ó, si ho voleu, baboya del escarni.

Jo so un no-res, més mon no-res es vostre;

vostre es, Senyor, y us ama y vos estima.

Feu de mi lo que us placia; no’n só digne

d’anar á vostres peus; com arbre estèril

de soca á arrel trayeume de la terra;

morfoneume, atuiume, anihilaume.

 

Se trata, es obvio, de una sensibilidad excesiva para cualquiera con dos dedos de frente. ¿Cómo puede uno reconocerse en la desgracia? ¿Cómo ha sido posible que la humillación—la desgracia— se hayan convertido en algo digno de alabanza? ¿Qué Dios puede considerar el hecho de haber sido reducido a polvo y ceniza como un mérito? Esta es, como sabemos, la pregunta de Nietzsche. Y, sin embargo, la cuestión es si esto es verdad o no: si el no-ser nos pertenece como algo en verdad último o si se trata de algo que ya no nos incumbe. Si decimos lo primero, somos judíos. Si lo segundo, griegos.

no te gustaría que nadie te quisiera de verdad

marzo 26, 2011 Comentarios desactivados en no te gustaría que nadie te quisiera de verdad

¿Qué mujer no anhela que la quieran por ella misma? Sin embargo, quién podrá quererla de este modo tan extravagante. Ninguna mujer se sentirá propiamente querida, si el hombre de turno se inclina hacia ella por cómo (no) viste o por su forma de andar. Demasiado superficial, creerá. Parece que la cosa es más auténtica, si el chico se siente atraído por su carácter. Y, de hecho, un carácter —un modo de ser— es más estable que, por ejemplo, un peinado. Pero la mujer difícilmente se se sentirá querida, si el chico la abandona después de que se le agriete el carácter, por aquello de las cosas de la vida. ¿Cómo entender, por tanto, el deseo de que la quieran por ella misma? ¿Qué puede ser ese ella misma? La respuesta es inmediata, aunque quizá no sea del todo evidente: lo más íntimo de uno mismo es siempre un no acabar de coincidir con el propio modo de ser, un no ser por entero lo que uno muestra ser, un estar, en cierto sentido, más allá incluso del propio carácter, ese décalage que hace posible decir «yo», el grado cero de la subjetividad, como quien dice. Ahora bien, esa íntimidad —esa fisura, esa indigencia— es la misma en cualquiera, sea hombre o mujer. Así, quien se sienta amado de este modo poco le faltará para entender que en su lugar podría estar, precisamente, cualquiera. No es casual que quien ama de verdad a alguien solo pueda amarle como Dios manda. Demasiado pal cuerpo, sin duda. Una vez más se demuestra que aquello que queremos en lo más hondo, en modo alguno podemos preferirlo.

nihil obstat

marzo 23, 2011 Comentarios desactivados en nihil obstat

Es muy posible que nuestro nihilismo se deba a que no nos tomamos aún lo suficientemente en serio la nada que nos soporta.

tomarse un café en «la torre» da mucho de sí

marzo 23, 2011 Comentarios desactivados en tomarse un café en «la torre» da mucho de sí

Una chica le dice a otra: «al final decidí abortar y tampoco hay para tanto. En el fondo el feto es como un tumor, un amasijo de células.» Esta es precisamente la cuestión, ¿qué es un feto? O en general: ¿qué es cualquier cosa con la que pueda toparme? Y lo cierto es que no podemos resolverla simplemente abriendo los ojos. Si únicamente nos limitamos a abrir los ojos, todo lo que veamos se nos dará según nuestra medida. ¿Qué es, por ejemplo, esa chica que tengo frente a mí? ¿Un cuerpo más o menos deseable? ¿Una pija? ¿Una cheerleader? ¿Una madre? ¿Tan solo un ser humano? ¿Una historia? Sea lo que sea siempre se me dará como una cosa u otra, esto es, según sea mi situación o interés. Ningún padre, pongamos por caso, puede ver a su hija como ve a su esposa. Un padre siempre verá a su hija, precisamente, como hija… aun cuando sepa que cualquier otro hombre pueda verla como acaso él mismo ve al resto de las mujeres. Cuando abrimos los ojos, no dibujamos en ningún caso lo que es el paisaje en sí. Siempre reproducimos una determinada visión del paisaje. Por tanto, decir que el feto es un amasijo de células es como decir que tal o cual chica es para el salido de turno un simple culo. No hay más objetividad en un caso que en otro. Si alguien no ve en el feto más que un amasijo de células es porque el propósito que sostiene su visión de la jugada no es otro que el de una fría manipulación. La cuestión es si el interés de la manipulación, en el fondo el propio de la racionalidad técnica, puede decidir lo que las cosas son en última instancia. Si las cosas son algo en última instancia es porque no hay nada más que lo que esas mismas cosas muestran ser en esa última instancia. Ahora bien, ¿qué puede ser esa última instancia, sino la antesala misma de la nada? Por consiguiente, ante la posibilidad de la nada, una cosa no es aparentemente más que una mera cosa. Parece, pues, que la abortista tenga razón: al fin y al cabo, un feto no es más que una cosa. Sin embargo, precisamente por eso mismo —porque no hay nada más allá de la mera cosa—, la mera cosa se revela como lo que debe ser protegido a toda costa de la nada. O por decirlo de otro modo: porque en última instancia un feto es, precisamente, vida arrancada de la nada, la vida de ese amasijo de células se nos impone como vida que debe ser preservada de la muerte, esto es, como vida sagrada. Cualquier otra visión de este asunto es siempre algo demasiado personal como para que no sea, una vez más, expresión de nuestra estrechez de miras, por no decir, miseria.

Dios es interrupción

marzo 23, 2011 Comentarios desactivados en Dios es interrupción

Hay como dos grandes visiones de la existencia. Una es la hebrea. Otra es la del resto de la humanidad. Para ese resto, la vida posee un sentido solo en relación con «el modo divino de ser». Por un lado —mejor dicho, por encima de nuestras cabezas—, se encuentran quienes viven en verdad. Por el otro, los simples mortales. Los que viven de verdad —y aquí da igual si se trata de dioses o de hombres de carne y hueso que son idealizados como si fueran dioses— representan el horizonte normativo, el modelo, el ideal de la existencia. La vida de los dioses es, sencillamente, la vida tal y como debe ser. Da igual si tenemos en mente la vida de un dios bueno o la vida free de Paris Hilton. Aquí de lo que se trata es de imitar en la medida de lo posible el modo divino de ser. Y así, por ejemplo, los amantes creerán que se aman de verdad, si pueden comprender su pasión como un calco de los amores de película. Etc, etc, etc. En cambio, para la visión hebrea de la existencia, la vida solo es vida si sufre una interrupción, una quiebra, un acontecimiento traumático. La vida, gracias al hecho excepcional que la divide en un antes y un después, deja de ser un simple flujo de cosas que pasan y se convierte en historia. Solo hay historia, pues, para quienes nacen de nuevo, como quien dice. Para ellos, no hay modo divino de ser que valga. El acontecimiento que parte el tiempo en dos va con el hundimiento del modo divino de ser. Un judío existe únicamente sobre el lomo de un Dios que, debido a su infinita distancia, resquebraja la dureza de una naturaleza arquetípica y, por eso mismo, hace posible la historia. Como si la única vida verdadera fuese la de Job. Así, nadie que padezca la quiebra —nadie que se haya quedado con el culo al aire— puede seguir creyendo en los viejos ideales sin perecer. Dios —el Dios verdadero, el Dios que no existe— se afirma, una vez más, contra los dioses, los ídolos con pies de barro, el mundo sobrenatural. No queda nada qué imitar, nada que debamos reproducir. Pero, por eso mismo, todo comienza de nuevo. Todo es, por tanto, posible. No debería, pues, extrañarnos que solo el judío se enfrente a la posibilidad de un futuro absoluto, separado de cualquier tiempo anterior, más allá de toda evolución, pues solo un incrédulo como él puede responder a la demanda imposible de aquellos que, junto a él, sufren el destino de los rotos. Y ya es sabido que quien responda a esa demanda logrará el fin del mundo.

speech topics

marzo 22, 2011 Comentarios desactivados en speech topics

De una conversación:

A— al final, mis padres siguen juntos.

B— ¡qué bien! Menos mal que al final no ha pasado nada…

La moraleja es inmediata cuando el lenguaje habla por sí mismo: la vida nos va bien cuando va sobre ruedas, cuando las cosas que nos pasan nos pasan [por encima] como si nada hubiese ocurrido. Así, decir que todo nos va sobre ruedas es lo mismo que decir que todo va según lo previsto. Y lo previsto es siempre algo demasiado genérico, impersonal como para que merezca nuestro interés. Como si algo solo pudiera ocurrir en verdad, si se da como interrupción, como desajuste, como excepción traumática, al fin y al cabo, como algo inaceptable. No debería sorprendernos, pues, que seamos cuerpos que no hay quien los entienda: como si anhelásemos en lo más íntimo un acontecimiento que en modo alguno podemos preferir. Quizá sea por eso que cuando alguien me dice que tiene las cosas muy claras no puedo evitar verlo como un perfecto idiota.

offret

marzo 21, 2011 Comentarios desactivados en offret

La primera escena de Sacrificio de Andrei Tarkovski, escena extraordinaria de una película extraordinaria, un anciano planta junto a un niño un árbol seco. Se trata de un gesto ritual. No parece que tenga sentido. Y puede que por eso mismo ese gesto solo signifique. El árbol, en las culturas antiguas, fue siempre el símbolo de la esperanza: aunque parezca muerto, al final, en primavera, vuelve a florecer. Sin embargo, el árbol de esta primera escena está muerto. Como si no hubiera otra libertad que la de quien perservera contra toda evidencia. Como si el hombre dejara de ser una peonza únicamente en el instante en que se somete a una absurda fidelidad. Como si no hubiera más deber que el imposible.

sosias

marzo 21, 2011 § Deja un comentario

El islam no puede admitir que un enviado de Dios sea derrotado y, mucho menos, que su derrota sea ignomiosa. Por eso, según el islam, no fue Jesús quien murió en la cruz, sino un sustituto, un doble. Su muerte fue, pues, solo aparente (sura 4: 157). Como es sabido ésta es la tesis que defendieron los docetas de la antigüedad cristiana. Quien se encuentra imbuido del espíritu de Dios no puede, por defecto, morir. Así, para un musulmán, la muerte de Dios no solo es algo que una sensibilidad religiosa no puede en modo alguno admitir, sino algo que se revela sencillamente como irracional, absurdo. Sin embargo, de este absurdo bebe la fe cristiana. Por tanto, cristianamente no podemos decir que se trate del mismo Dios. Un Dios que se identifica con el Crucificado no puede ser el mismo que el Dios que permanece en las alturas. La tesis que el Dios bíblico es idéntico al Dios del Corán es una tesis musulmana, no cristiana. Según el islam, únicamente por mala fe alguien puede empeñarse en divinizar a Jesús, en otorgarle el mismo rango que Dios. Pero el prólogo del evangelio de Juan no parece que admita demasiadas componendas. Si de buen comienzo la Palabra era junto a Dios —si era, por ello mismo, Dios—, no puede, pues, concebirse a Dios sin la Palabra o lo que viene a ser lo mismo: no cabe experimentar a Dios, si no es a través de la Cruz. Para un cristiano, pues, el sacrificio de Dios pertenece a la esencia misma de Dios. Quien desde las filas cristianas afirma que la experiencia cristiana y musulmana de Dios son solo diferentes modos de experimentar un mismo Dios o bien no sabe de lo que habla, o bien ignora lo que es la honestidad intelectual.

the break

marzo 21, 2011 Comentarios desactivados en the break

Entre uno y otro hay una sola diferencia, la que separa una cierta altura del abismo. (El cuadro —el bueno— es de Josep Llort, of course.)

Llort hopkins

Anthony Hopkins portrait

…y también hay hierro en tus palabras de vida

marzo 20, 2011 Comentarios desactivados en …y también hay hierro en tus palabras de vida

Ayer volví a ver por segunda vez, después de muchos años, uno de los mejores westerns que jamás se hayan filmado, The outlaw Josey Wales, del inmenso, ya por aquel entonces (1976), Clint Eastwood. Posee todos los elementos del mito. De entrada, los dioses, el bien y el mal claramente diferenciados. Tenemos, así pues, un héroe, Josey Wales, que como tal no acaba de encontrar asiento en esta vida, y un príncipe del mundo, el capitán de los botas rojas, el cual, como era de esperar, encarna una maldad sin cortapisas. Si la película funciona como una perfecta representación de la existencia, si transmite tanta verdad, es porque entre ambos se ubica el resto de los mortales, aquellos hombres y mujeres que a ratos son buenos y a ratos no tan buenos… Como si solo pudieran ser espectadores del gran combate que se libra entre Dios y el Mundo. Como si a lo sumo tan solo pudieran colaborar puntualmente en una realidad que les supera por entero. Ahora bien, si su vida posee un cierto relieve es porque ese combate sigue ahí, presente, tangible, olfateable. Todos, en cualquier caso, deambulan por un paisaje hostil, devastado. El hogar es, pues, una quimera a la que nadie puede, sin embargo, renunciar. Acaso solo quienes ya han visto demasiado, nuestro héroe y satán. Puede que la cultura, al fin y al cabo, no consista en otra cosa que en rescatar, a través de los grandes relatos, esos extremos que nuestra vida acomodada tuvo que necesariamente dejar atrás, pero sin lo cuales no es posible ninguna vida con mayúsculas. Y es que la vida, ciertamente, es vida solo donde la muerte se nos revela como la última palabra del mundo. Valga como muestra un botón: el diálogo entre Diez Osos y Josey Wales debería verlo cualquier criatura, para que se le quitaran de la cabeza esos pájaros que confunden, revoloteando sin ton ni son, la paz con el buenismo.

 

poderosa Afrodita (1)

marzo 19, 2011 Comentarios desactivados en poderosa Afrodita (1)

Muchos cristianos de hoy en día cuando proclaman que Dios es amor creen que el amor es el dato fundamental y la palabra «Dios», algo secundario. Quizá porque ya no se atreven a decir que Dios nos ame como pueda hacerlo un fantasma bonachón, se sienten obligados a creer que el amor —su impulso, su fuerza, su poder…— es lo que en verdad importa frente a los intentos, más o menos infantiles, de personificarlo. Pero quien cree de este modo no dice estrictamente que Dios sea amor, sino que el amor es Dios, con lo cual la declaración cristiana acerca de Dios (1 Jn 4, 8) deja de ser una revelación de Dios y se convierte, simplemente, en un modo, entre otros, de concretar la idea religiosa de Dios. O por decirlo con otras palabras: quien sostiene que el amor es Dios no dice nada sobre Dios que nos obligue a abandonar la típica concepción de lo divino, sino que propiamente dice algo del amor, a saber, que es divino. Ahora bien, quien defiende que el amor es Dios no hace otra cosa que aplicarle al hecho bruto del amor, una determinada idea de Dios, da igual si se trata de la idea que concibe a Dios como todopoderoso o como el que salva o, si se prefiere una traducción más moderna, como aquello definitivo de la existencia. Lo cierto es que decir que el amor es Dios sería, pues, lo mismo que decir que el amor todo lo puede o que solo el amor salva o bien que el amor es el acontecimiento definitivo de la existencia. Sin embargo, el inconveniente de este modo de entender las cosas es que Dios se convierte en un predicado subjetivo, una atribución que, en última instancia, solo puede ser comprendida como el supuesto o la interpretación del creyente. Así, quien sostiene que el amor es Dios no diría más que yo supongo que el amor es salvífico o fullpower o lo determinante de mi existencia. Y no parece que sea esto lo que pretende decir el autor de la primera carta de Juan cuando proclama que Dios es amor. ¿Cómo entender, si no, que el amor de Dios se muestre no como el hecho bruto del amor, sino como el sacrificio expiatorio del Hijo? ¿Qué progre puede admitir sin que se le atraganten los cantos —o, en su defecto, la silaba om— que Juan vea el amor de Dios en la agonía de un Crucificado? ¿No es ésta una visión sumamente extraña? ¿Podemos decir que Dios nos ama de este modo sin que ello afecte a la naturaleza misma de Dios? ¿Acaso no acabaron los primeros cristianos viendo la cruz de Jesús de Nazareth como la cruz de Dios? ¿Es que el Espíritu, la fuerza del amor, no es cristianamente algo que solo nace de la inmolación de Dios y no algo que se encuentra en el fondo de los corazones esperando nuestra ascesis o purificación? Quizá el único problema de quienes se decantan por un cristianismo friendly es que no tienen tiempo para leer. O para sufrir.

futuro simple

marzo 19, 2011 Comentarios desactivados en futuro simple

Un cristianismo que haga de Dios algo a nuestra medida —y esto siempre ocurre cuando creemos tener, por ejemplo, una experiencia de Dios sentados sobre un cojín— no tiene ningún porvenir y menos en una época en donde podemos perfectamente prescindir de Dios para explicar incluso nuestros mejores sentimientos. Un Dios a medida es, sin duda, una superstición. Dios —el Dios que se revela en la inmolación del Hijo— o es intragable o no acaba de ser Dios. Por eso es difícil de comprender como tantos creyentes de hoy en día insisten en presentar a Dios como si fuera el motivo de nuestra bondad. Como si nuestra bondad no tuviera ningún recoveco, ningún sin embargo. Como si la experiencia de Dios, contra lo que atestigua la tradición bíblica, fuera algo reproducible a voluntad. Cuestión de sentirse bien con uno mismo, dicen quienes aún persiguen la inocencia del alma. No se dan cuenta de que con eso solo consiguen ahuyentar a quienes pretenden, aunque sea a tientas, tomarse en serio al Dios que parece sostener las pocas vidas santas que han habido y habrán. No se dan cuenta de que esas vidas no tuvieron nada de tibias. Una vez más se confirma aquello de que las comunidades, sean o no progres, solo pueden servir a la fe traicionándola.

homo homini

marzo 18, 2011 Comentarios desactivados en homo homini

Esto de la vida es ciertamente curioso. Por un lado, no podemos evitar estar confrontados a un ideal, a la promesa de una vida inobjetable. Y esto es extraño, sí, pues no hay animal que crea que deba ser algo distinto de lo que es. Como si no hubiera otra vida para el hombre que la de quien logra vivir como dios. Por otro, sin embargo, parece que no haya más felicidad que la de quienes, habiendo caído una y otra vez en sus intentos de alcanzar la perfección moral, terminan por admitir que no hay mayor abundancia que aquella que siempre estuvo ahí, de buen comienzo y, además, gratis. Como si la cumbre consistiera en ver a tus hijos correr por el parque, pasear sin paraguas bajo la lluvia, dejar caer el pincel sobre la tela, respirar… Como si, al fin y al cabo, todo fuera decir, mientras tomas unas cuantas cervezas con los amigos: hasta aquí hemos llegado. Es lo que se pierden, sin duda, aquellos que andan por la vida como si se hubieran tragado la vara con la que se azotan.

terminator 4

marzo 17, 2011 Comentarios desactivados en terminator 4

Una humanidad extravíada necesita un maestro. Una humanidad sin remedio necesita un Dios. En el primer caso, basta con saber qué exige el orden natural de las cosas. En el segundo, no parece que haya orden natural al que agarrarse. Todo aquí pende del hilo de un Dios ignoto que, para colmo, nos exige lo que humanamente no podemos admitir. Las diferencias entre Atenas y Jerusalén no son, pues, folclóricas.

aletheia

marzo 15, 2011 Comentarios desactivados en aletheia

Si puedo constatar las cosas como algo ahí es porque siempre cabe ir más allá de las cosas que constato. Si puedo, por ejemplo, ver una mesa es porque la mesa no es propiamente una mesa, sino otra cosa, por ejemplo, unos pocos átomos en un inmenso vacio. Y así indefinidamente. Como si la realidad, en tanto que solo puede ser algo último, siempre estuviera más allá. O por decirlo a la manera del dialéctico: si puedo ver hechos es porque, en definitiva, no hay hechos. Si puedo ver algo ahí es porque, al fin y al cabo, no hay nada que ver. Comprender esto es comprenderlo todo. O casi.

mamá quiero ser artista

marzo 15, 2011 Comentarios desactivados en mamá quiero ser artista

Aquí la cuestión es quién decide lo que vales —quién te juzga—. Por lo común, tus mayores, tus cracks, al fin y al cabo, el mundo. ¿Acaso no nos pasamos media vida, por decir algo, buscando su bendición? ¿Quién no pretende triunfar, parecerse, en definitiva, a aquellas imágenes que el mundo nos presenta como las que corresponden a las vidas logradas, inmaculadas, bellas? Da igual que se trate de un oscarizado, un deportista de élite, un santo. En cualquier caso, el prejuicio es el mismo: yo aún no; ellos ya sí. Son, lo que se dice, nuestros ídolos. Pero quien se encuentra sometido al poder de su imagen, difícilmente va más allá de sí mismo. Difícilmente alcanza la libertad de espíritu del cínico, ese perro al que apenas le importa su mal olor. Por eso resulta tan escandaloso —tan inaceptable para cualquiera— que cristianamente se nos diga que aquellos que deciden finalmente el valor de nuestra vida —aquellos que nos juzgarán— son, de hecho, quienes merecen nuestro desprecio, el leproso, el lumpen, el hijoputa, aquellos que encarnan, precisamente, ese excremento, esa lacra que el hombre debe apartar de sí mismo para poder reconocerse como alguien humanamente digno. Y es que el cristianismo no pasa tanto por compadecerse del pobret, cosa la cual es de por sí, cuanto menos, equívoca, sino por invocar —y responder— a su perdón.

the answer

marzo 15, 2011 Comentarios desactivados en the answer

Porque Dios no responde, el alba es la respuesta de Dios a la oscuridad de la noche. Pero quien entiende esto, entiende también que la noche es igualmente debida a Dios. Ésta y no otra parece ser la moraleja del libro de Job. En cualquier caso, Dios responde obligando al hombre a responder a la llamada de quien sufre el abandono de Dios.

 

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más spam

marzo 15, 2011 Comentarios desactivados en más spam

«cualquiera que sea tu cruz, cualquiera que sea tu dolor, siempre habrá un resplandor, un atardecer después de la lluvia…»

 

 

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spam

marzo 14, 2011 Comentarios desactivados en spam

Hace un par de días recibo el siguiente mensaje: «solo hay una salida para los sufrimientos… y es pasando por ellos. Dios nunca te dará más de lo que puedes cargar. Así que carga con tu cruz y regocíjate en el premio. Aprendamos a cargar nuestra cruz sin renegar y sólo pidamos al Señor fuerza y fortaleza para salir adelante y salir triunfadores. Cualquiera que sea tu cruz, cualquiera que sea tu dolor, siempre habrá un resplandor, un atardecer, después de la lluvia… Quizá puedas tropezar, quizás hasta caer… Pero Dios siempre está listo a responder a tu llamada… Dios siempre enviará un arco iris después de la lluvia.»

Esto está bien para levantar el ánimo. La cuestión, sin embargo, es si es verdad. Mejor aún: si es una verdad cristiana. De hecho, no lo es… a pesar de que corra como una especie de mantra por algunas comunidades cristianas benestants. Para darse cuenta de ello nada mejor que leer Mc 15, 33-37. No es casual que para quien tiene fe, el «premio» de Dios, por hablar en los términos del mensaje, sea un asunto del final de los tiempos o, lo que viene a ser lo mismo, algo aún pendiente. En realidad, la respuesta de Dios al clamor del hombre no es un atardecer después de la lluvia, sino un Crucificado. Si mi hermana se muriera de hambre y sed o deambulara como muerta en vida tras una cruel violación en un campo de refugiados del Congo, resultaría casi obsceno regocijarme por el arco iris con el que Dios ha premiado mis sufrimientos.

no todo Steve es Job(s)

marzo 14, 2011 Comentarios desactivados en no todo Steve es Job(s)

No es que Dios no responda, sino que Dios mismo —su inaccesibilidad, su altura— es la respuesta. Ésta y no otra parece ser la lección del libro de Job. Ahora bien, que Dios sea la respuesta y no tanto el que responde implica que la respuesta sigue siendo una falta de respuesta. O por decirlo con otras palabras: solo porque tanto el Bien como el Mal son debidos a Dios, la Creación sigue pendiente del Juicio de Dios.

salto cuántico

marzo 13, 2011 Comentarios desactivados en salto cuántico

Para la física cuántica, las cosas emergen como una turbación de un vacío fundamental. Como si el mundo fuera el resultado de una quiebra de la nada. Como si la creación solo hubiera sido posible por la negación misma de Dios. Ésta es, de hecho, una conocida tesis de la mística judía, en concreto de la cábala luriana. La osadía de la mística judía, su gran hallazgo, consiste, sin embargo, en hacer coincidir la negación de Dios, su contracción originaria, con su voluntad. Si hay mundo es solo porque Dios quiso suicidarse, como quien dice. Todo se sostiene, pues, sobre el impracticable cadáver de Dios.

carlos y martin salen de paseo cogidos de la mano

marzo 12, 2011 Comentarios desactivados en carlos y martin salen de paseo cogidos de la mano

Marx dijo, con cierta razón, que la existencia precedía a la esencia. O por decirlo a la manera de Heidegger: el trato cotidiano con las cosas que nos rodean posee, aunque no seamos conscientes de ello, una carga teórica, una visión de largo alcance. Así, nadie puede ser, por ejemplo, budista zen, si su modo de vida le impulsa inevitablemente a tratar a las cosas como, en último término, desechables. La ceremonia del té no puede hacerse con vasos de plástico. Nuestro modo de ser —la esencia según Marx— se encuentra determinado por nuestra praxis. Somos, en definitiva, lo que hacemos. Y la praxis de las actuales sociedades avanzadas, en tanto que se sostiene sobre el supuesto de que todo es, por defecto, transformable, no puede reconocer ningún orden de por sí sagrado. El modo de ser que se corresponde con la visión del mundo como algo por entero disponible es el modo de ser del consumidor. O, por decirlo, llanamente: para nosotros mismos, no somos más que cuerpos sometidos a fuerzas, un amasijo de inclinaciones. Por consiguiente, es difícil que hoy en día, haya alguna norma que, por defecto, se encuentre por encima de nuestras preferencias. No hay principio —no hay orden sobrenatural— que nos indique que es lo que deberíamos desear. De hecho, para el consumidor, todo se da según la medida de su deseo. Todo deseo es, así, legítimo, siempre y cuando no interfiera sobre la posibilidad de que otros puedan también realizar sus preferencias. El único límite al deseo es, por tanto, político, legal, en modo alguno congénito. Esto se observa con claridad en la manera actual de considerar las relaciones afectivas. La preferencia del homosexual, por ejemplo, ya no se encuentra fuera de la naturaleza de las cosas. El deseo homosexual es, en cualquier caso, un deseo diferente del habitual, pero no por ello bastardo. Bien pensado, el paradigma de las relaciones afectivas en nuestras sociedades avanzadas no sería, propiamente, el heterosexual ni el homosexual, sino el bisexual. Y es que para un consumidor cuanta más oferta mejor. No sería extraño, pues, que, de aquí a un tiempo, la fidelidad sea solo un asunto de pobres, un motivo del que socialmente avergonzarse en nombre, precisamente, de la intocable libertad de compra.

dogville (2)

marzo 12, 2011 Comentarios desactivados en dogville (2)

Ésta es la tesis de Dogville: la Gracia —la bondad incondicional de un Dios encarnado— no puede transformar el corazón de los hombres. Podríamos decir que Lars von Trier filma una réplica veterotestamentaria a la antropología de René Girard y, en última instancia, de la piedad cristiana. Para Girard, como es sabido, la crucifixión del ‘Hijo de Dios’ —la inmolación del inocente— revela el carácter ilusorio del sacrificio ritual del chivo expiatorio, aquel que, al cargar sobre sus espaldas la mierda de cada uno de los miembros de la comunidad, hace posible su purificación simbólica. En cambio para von Trier, la intercesión de Grace por aquellos que la habían vejado —su voluntad de perdón, su amor— se revela como inútil. Grace, después de observar nuevamente el rostro de esos hombres y mujeres ya sometidos a los arcángeles de Dios, acabará por darle la razón a su Padre —un enorme James Caan—: ninguna conversión, tan solo el miedo. No hay, pues, catarsis cristiana. De hecho, no deja de ser causal que la única liberación —el único milagro— que aparece en la película, la del ciego que acaba por admitir su ceguera, sea el resultado de una falta de piedad por parte de Grace. La dureza de las vidas de los habitantes de Dogville no justifica su envilecimiento, aun cuando, ciertamente, lo explique. La moraleja es inmediata: para que dejen de ser unos perros, los hombres deben ser castigados duramente. Como si solo pudieran elevarse por el temor de Dios. Como si el corazón de piedra, mientras no llega el final de los tiempos, el inicio de una nueva creación, solo pudiera simular los latidos de la carne bajo la férrea disciplina de la Ley.

la mala educación

marzo 10, 2011 Comentarios desactivados en la mala educación

El problema del cristianismo happy es que hace de lo extraordinario, esto es, de la altura de Dios, algo ordinario, en definitiva, algo demasiado familiar como para que sea digno de nuestra ciega confianza. Si Dios estuviera al alcance de quien se sienta en un cojín, la experiencia de Dios sería homologable a la que proporciona un superdildo. Pero no parece Dios que esté por la labor. Por esto resulta incomprensible que alguien se extrañe de que un dios a la medida de mi satisfacción acabe por perder el aura originaria de la divinidad. Tal y como ya supo verlo Walter Benjamin, no puede haber una genuina experiencia de aquello que se da por entero según el estrecho rasero de nuestra subjetividad.

de nada

marzo 10, 2011 Comentarios desactivados en de nada

Hay dos modos de concebir lo real: o bien como algo sobrenatural o bien como algo natural. En el primer caso, la realidad propiamente dicha se halla, en cierto sentido, por encima de las cosas de este mundo. En el segundo, no hay más que las cosas de este mundo. En el primer caso, la realidad, de la cual solo poseemos una idea, se revela como la medida arquetípica de las cosas del mundo. Así, por ejemplo, las cosas bellas son más o menos bellas en relación con una belleza real, esto es, imperecedera, divina. La realidad se encuentra, pues, más allá de lo tangible como aquello a lo que apuntan las cosas del mundo. Ahora bien, por eso mismo, las cosas del mundo no acaban de ser lo que parecen. Un cuerpo que solo es bello por imitación, esto es, solo hasta cierto punto o en cierta medida, en realidad no es bello. Se trata, como es sabido, de la visión platónica de lo real, la cual no hace otra cosa que poner en abstracto la división típicamente religiosa entre los dos mundos. En el segundo caso, decíamos, no hay más que cosas. Sin embargo, esta manera de concebir lo real, contra lo que podríamos inicialmente pensar, no supone posicionarse en la línea del materialismo. Para un materialista —mejor dicho: para un materialista sofisticado—, el hecho de que haya algo ahí solo puede ser comprendido como un constructo de la mente y lo que se da, sobre la base de los datos brutos de las sensaciones, como el resultado de una operación mental, no es propiamente nada realmente otro —nada del otro mundo—, sino algo que siempre se da según nuestra medida. Por consiguiente, si las cosas de este mundo pueden cargar con el aura de lo real —si las cosas pueden ser vistas como algo en verdad otro—, no es porque podamos percibirlas —o, en general, concebirlas— como pueda hacerlo una mental machine, pues, la percepción por si sola no capta nada en verdad otro, sino porque podemos ad-mirarlas sobre el fondo mismo de la nada. Las cosas poseen la carga de lo trascendente, no porque reproduzcan una realidad modélica, sino porque surgen, en verdad, de la nada. No digo que de hecho aparezcan de la nada, pues es innegable que cada cosa tiene su causa en otra cosa. Digo que, solo bajo el peso de la nada, se nos ofrecen como algo que en verdad tiene lugar. Los viejos judíos no iban tan desencaminados cuando defendían, en medio, por cierto, de una feroz persecución, una creación ex nihilo (2 Mac 7, 28) frente al ex nihilo nihil fit de los vencedores. Al fin y al cabo, si los animales, aunque perciban, no ven nada es porque no ven la nada por debajo de lo que perciben.

 

 

utopía

marzo 10, 2011 Comentarios desactivados en utopía

 

 

comentario de texto

¿Cuál es el inconveniente de este ideal y, por extensión, de cualquier ideal? Pues que, casi sin darnos cuenta, se nos cuela la convicción de que el hombre tiene remedio… siempre y cuando logre un completo dominio de su entorno o, en última instancia, de sí mismo. Como si nuestro extravío no fuera, de hecho, congénito, sino circunstancial. De hecho, una fábula moral siempre resulta demasiado buena como para ser verdad. El polvo, sin embargo, sigue ahí, debajo de la alfombra. Hay que ser muy ingénuos para creer que los protagonistas del spot no incubarán ningún resentimiento, ninguna perturbación, ninguna falta de coincidencia consigo mismos… De hecho, si en verdad no quedara en ellos ningún rastro de maldad —si la reconciliación fuera completa— serían, al fin y al cabo, unos inconscientes, unos bichos felices. Se trata de pura lógica: nadie puede resolver su carencia, sin abandonar su humanidad. Y es que donde el hombre supera su indefinición característica, donde se aleja de la situación que le es propia, ése no acabar de ser ni una cosa ni otra, ni bestia ni dios, donde realiza, al fin y al cabo, el sueño de vivir como los ángeles, deja sencillamente de ser lo que es, a saber, un cuerpo con alma o, por decirlo de otro modo, ése extraño de sí. Ya lo hemos dicho otras veces: en tanto que consciente de sí mismo, el hombre no acaba de coincidir consigo mismo. El desajuste interior es la raíz de la profundidad y, en definitiva, del hecho de que existimos arrojados a un futuro absoluto, inconcebible. Nuestro futuro no es, así, una posibilidad del cuerpo, en tanto que esta posibilidad es, por defecto, inteligible, sino una posibilidad que, en tanto que va con nuestro desarraigo, con nuestro esencial no acabar de ser en ningún modo de ser, siempre se halla fuera de lo fácticamente posible. Si estamos siempre más allá de nosotros mismos es porque nunca nos encontramos donde estamos. O por decirlo con otras palabras, si somos quienes existen sometidos a una imposible posibilidad es porque somos, en definitiva, quienes debemos lograr una reconciliación que no podemos alcanzar sin entregar nuestra alma al diablo. Quizá sea por esto mismo que la esperanza bíblica —aquella que confía, por ejemplo, en que el león comerá hierba (Is 11, 6-7)— no pueda comprenderse como un perfeccionamiento del hombre y, por tanto, como una prolongación del mundo, sino como un tiempo absoluto, es decir, un tiempo que, en tanto que separado de cualquier tiempo anterior, resulta inviable. Así pues y contra pronóstico, la esperanza bíbilica, como la imposible posibilidad que es, lejos de proyectar al hombre hacia un mundo ideal, le mantiene en su estado, en su situación ante Dios, en su indigencia. Esperar que el león com hierba es vivir de rodillas, pendientes de la decisión de un Dios del que no podemos hacernos la más mínima idea. Vivir, por tanto, a ras del suelo como aquel aplastado por la altura de Dios. Y quizá por eso mismo esa esperanza solo pueda ser tomada en serio por quien no puede admitir en carne propia que el hecho incuestionable del mundo, a saber, que la vida nos ha sido dada, precisamente, desde la nada —el milagro del inicio—, termina, en cualquier caso y no solo a causa de nuestro error o impericia, por corromperse. Al fin y al cabo, una exigencia sin ideal solo puede soportarse como el por-venir mismo de Dios.

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