popular
abril 10, 2016 Comentarios desactivados en popular
No existe algo así como una «filosofía vulgarizada» —una filosofía popular. Una filosofía vulgarizada es, en cualquier caso, una filosofía vulgar.
uno
abril 10, 2016 Comentarios desactivados en uno
La integridad es, en cualquier caso, un supuesto del lenguaje. Así, cuando decimos de alguien que es bueno o bello, ¿acaso no ocultamos el polvo bajo la alfombra? ¿Acaso no nos dejamos algo por decir? Un cuerpo bello siempre tiene algo de repugnante. Bajo la piel de la bondad , se esconden las vísceras del resentimiento. En el instante de beber la cicuta, Sócrates, el que no temía morir, ¿acaso pudo evitar un temblor de piernas? Así, podemos creer que alguien es capaz de encarar la muerte con valor. Pero ¿no podemos también sospechar que quizá no se haya dado aún cuenta de lo que la muerte representa? Lo cierto es que no podemos decidir entre la creencia y la sospecha, entre el sí y el no. Todo es, al fin y al cabo, mezcla. Y no está en nuestras manos determinar qué pueda ser aquello que damos por descontado.
ficciones
abril 10, 2016 Comentarios desactivados en ficciones
Tendemos a pensar que la superstición es cosa del pasado. Sin embargo, cada generación tiene sus supersticiones. Por ejemplo, nuestra relación con el dinero ¿acaso no es fetichista? ¿Acaso no creemos en el poder de unos cuantos papeles? También es supersticiosa nuestra relación con las películas románticas. Si creemos en la posibilidad de una pasión verdadera ¿no es acaso porque aún nos tomamos en serio el cuento de la Cenicienta? Los antiguos contaban con sus dioses. Hoy, en cambio, tenemos las historias de Hollywood. Quizá con la muerte de Dios, más que en adultos, nos hayamos convertirdo en esos niños que se creen mayores antes de tiempo.
nietzscheanas 41
abril 9, 2016 Comentarios desactivados en nietzscheanas 41
Una vida sin sentido es una vida que no se dirige hacia ninguna meta, una vida devaluada. Nietzsche tiene razón cuando dice que el sentido de la vida —la fuente del valor— es, por definición, exterior a la vida misma. Si lo que nos traemos entre manos significa algo es porque representa, al menos en cierta medida, lo que vale en verdad. Y lo que vale en verdad —lo paradigmático— siempre se encuentra por encima de nuestras cabezas, como quien dice. Por eso, cuando no hay cielo que valga —cuando lo paradigmático deviene ficción—, la vida queda sin valor, sin nada que encarnar. Sin embargo, llevándole la contraria a Nietzsche, podríamos decir que, precisamente, porque la vida no tiene sentido —o, quizá mejor, porque no poseemos el sentido de la existencia—, la vida se carga con un valor infinito. Las grandes preguntas —qué hacemos aquí, de qué va todo esto— permanecen sin respuesta. Pero, precisamente por ello, la vida que nos ha tocado en suerte deviene una excepción, un milagro. La vida no puede valer para quien supone que la vida verdadera se encuentra más allá de los límites de la vida —para quien da por hecho que la muerte es simplemente una puerta de entrada a la existencia bienaventurada. De ahí que quizá la sensibilidad bíblica esté más cerca de Nieztsche que de la religión, cuando rechaza de plano que el sentido de tot plegat esté en manos del hombre —que el hombre pueda conocer el sentido de sus actos—. Sin embargo, y a diferencia de Nietzcshe, la sensibilidad bíblica dará un paso al frente al defender que, debido a la falta de sentido —al hecho de que la última palabra no la pronuncia el hombre, sino un Dios que está por ver— la vida, más aún la vida más débil, la vida del que no cuenta para la vida, se carga con el aura de lo sagrado. Así, puede que la vida ingénua —la vida que se siente tan segura con sus ficciones— esté más alejada del valor que aquella que se queda sin palabras ante el interrogante de la muerte.
nietzscheanas 40
abril 9, 2016 Comentarios desactivados en nietzscheanas 40
El nihilismo no puede esperar ningún novum de la historia. El nihilista no puede aguardar nada nuevo, sino solo el eterno retorno de lo mismo. El futuro es, así, una repetición de lo que la vida siempre ha sido, una historia contada por un discapacitado mental, llena de ruido y furia, sin significado alguno. El nihilista niega la posibilidad misma de un acontecimiento. Ciertamente, los hombres pueden seguir esperando que algo extraordinario tenga lugar en sus vidas —que, en el futuro, el Otro irrumpa en su gris existencia— y, quizá, en tanto que perseveran en su humanidad, no puedan dejar de hacerlo. Pero para quien sufre la mordida del nihilismo, esta esperanza solo puede darse como ilusión. De ahí que en vez de lo nuevo, los hombres, dejados de la mano de Dios, tengan que contentarse con su sucedáneo: la novedad. La sensibilidad religiosa se equivoca cuando cree opornerse al nihilismo con una esperanza que se sostiene únicamente sobre nuestra necesidad de sentido, como si la irrupción de lo nuevo fuese algo que podemos esperar simplemente porque somos en gran medida esa esperanza. Quizá el cristianismo demuestra ser más perspicaz que la típica sensibilidad religiosa cuando sostiene la esperanza en el hecho de que lo nuevo ha tenido lugar en la cavidad de un sepulcro vacío —que la razón de la esperanza reside en que lo nuevo ha tenido efectivamente lugar dentro de la historia. Pero, por eso mismo, acaso Nietzsche esté en lo cierto cuando dice que lo nuevo solo puede darse en verdad como algo que los hombres no pueden honestamente esperar —como el acontecimiento imposible en el que los hombres no pueden creer. Lo nuevo en verdad o es increíble o es más de lo mismo, bajo el oropel de lo nuevo. Por eso, el cristianismo moderno se dispara al pie cuando hace de la resurrección una simple interpretación, una exposición, en lenguaje mítico, del significado de la cruz. Esto es, cuando renuncia, en aras de una mayor inteligibilidad, al carácter histórico de la resurrección. Ahora bien, la paradoja sigue ahí, pues que lo nuevo solo pueda tener lugar como el acontecimiento en el que no podemos sensatamente creer, nos obliga a decir con Kafka que quizá haya esperanza, pero, en cualquier caso, no para los hombres.
sola fides
abril 7, 2016 Comentarios desactivados en sola fides
Que necesitemos hoy en día creer en Dios para poder creer en él —que necesitemos suponer que Dios existe para que podamos confiar en su amparo— ya es de por sí un síntoma de que no nos encontramos cabe Dios. El creyente actual no es, por tanto, alguien que se encuentra indiscutiblemente sujeto a un poder que le supera por entero. Más bien, es alguien que tiene que imaginar la hipótesis de Dios —más aún: imaginar que ese Dios es además bueno— para hacerle un hueco a Dios. En este sentido, Dios hoy en día posee la entidad de lo imaginario. Y un Dios imaginado difícilmente puede valer como Dios. Un Dios imaginado no puede darse como Dios en verdad. Evidentemente, no fue así en la Antigüedad. Para el hombre antiguo, un Dios no era en modo alguno una hipótesis, algo que exigía su credulidad. Un Dios era un poder efectivo, un exceso palpable. Sin embargo, el giro hacia la muerte de Dios —el giro que hace de Dios un nombre sin entidad— no es tan moderno como bíblico. En este sentido, el ateísmo moderno podría entenderse como un hijo bastardo del Dios bíblico. Sin duda, Moisés se encontraba sometido al poder de Dios. Pero ese poder, bíblicamente, ya no se comprende como el poder de una fuerza (sobre)natural, sino como el poder del mandato que se desprende, precisamente, de un Dios en falta —de un Dios que permanece fuera de campo—, el poder del mandato que nos convierte, al fin y al cabo, en rehenes del que no cuenta para el mundo. Así, desde una óptica bíblica, los hombres somos hijos de Dios —o, como suele decirse también, hermanos—, en tanto que huérfanos de Dios. Pues es gracias a la desaparición de Dios —es gracias a que Dios en verdad no aparece como Dios— que el hombre es arrojado en brazos del otro. En nombre de Dios, esto es, en su lugar, tenemos al hombre que clama por Dios, a aquellos que dirigen su mirada hacia un cielo sin luz. De ahí, que el Dios bíblico exija nuestra fe. Pero no en el sentido de que tengamos que suponer su existencia —pues la realidad de Dios, bíblicamente, no se declina en los términos del presente indicativo—, sino en el de un esperar que el Mal no tenga la última palabra. Y ello en nombre de la vida que nos ha sido dada, precisamente, desde la nada de Dios. Dios no existe. Dios fue. Pero porque fue —mejor dicho, porque Dios hizo el mundo retirándose del mundo— el creyente permanece a la espera de Dios. Dios es, en este sentido, la promesa de Dios, el por-venir mismo de Dios.
zoon politikón
abril 6, 2016 Comentarios desactivados en zoon politikón
Pensar lo político es pensar la naturaleza de lo político. Y la naturaleza de lo político no puede comprenderse en los mismos términos en los que entendemos la naturaleza moral del hombre. Esto es, lo politíco no es una extensión de la moral. Las exigencias a las que se enfrenta lo político —el deber estrictamente político— no pueden resolverse moralmente, esto es, no pueden abordarse desde presupuestos únicamente morales. El problema político fundamental —el problema del que derivan el resto de los problemas políticos— es el problema de la integración del individuo en una sociedad. Aquí conviene tener en cuenta la diferencia entre una comunidad y una sociedad. La diferencia entre ambas no es meramente cuantitativa, es decir, una sociedad no es simplemente una comunidad formada por muchos individuos. Una sociedad, por el simple hecho de estar formada por demasiados individuos, ya es otra cosa. Y que se trata de otra cosa se ve en el hecho de que la integración del individuo en el seno de una sociedad —su implicación en el bien común— no se da bajo una pauta estrictamente moral. Me explico. Dentro de una comunidad, tiene sentido abordar moralmente la desafeccióm del individuo con respecto al bien común. Podemos exhortarle —podemos apelar a su deber para con los demás, podemos también amenazarle con el castigo— y ello será, probablemente, suficiente. El juego que se juega en este caso es, estrictamente, moral. Así, la relación entre el individuo y el conjunto de la comunidad puede comprenderse como una relación con respecto a un tú. No ocurre lo mismo cuando en lugar de una comunidad tenemos una sociedad. Aquí el conjunto posee los rasgos de lo impersonal y, por eso mismo, la tentación del individuo —tentación que el estadista debe tener en cuenta como si fuera una especie de dato natural— es la de actuar como un free rider, esto es, como aquel que buscará aprovecharse del bien común sin asumir sus costes. De ahí que el individuo en el seno de una sociedad no se sienta obligado a hacer lo que exige el bien común en el mismo sentido en que sí se siente obligado a situarse moralmente ante aquellos que conoce personalmente. Por eso, el juego que se juega socialmente debe comprenderse en unos términos distintos a los que nos permiten comprender una relación moral, aunque la justificación del juego social siga siendo —y debe seguir siendo— moral. Podríamos decir que la cuestión política es la cuestión de lo que debemos hacer donde no es posible hacer lo que debemos hacer. Esto es, la cuestión de la política nos obliga a distinguir entre dos tipos de deberes o exigencias. Así podríamos preguntarnos cómo hay que comprender nuestra obligación de pagar impuestos. En principio, parece que de lo que se trata, simplemente, es de hacer lo que exige el bien común: pagar por ello. Sin embargo, bien pensado de lo que se trata es de otra cosa, aunque no lo parezca. Pues el estadista, a la hora de establecer una carga impositiva, tiene en cuenta —o debería tener en cuenta— que no todos van a pagar lo que deben. Estamos ante un dato natural, aunque, sin duda, admita un cierto margen. El estadista ha de tener en cuenta que habrá fraude fiscal como el ingeniero tiene en cuenta la fuerza de la gravedad a la hora de diseñar puentes o cohetes. Resulta inútil abordar el problema del fraude fiscal solo moralmente, lanzando campañas, pongamos por caso, de concienciación o aumentado el número de inspectores fiscales. El estadista, si espera recaudar cien, teniendo en cuenta lo dicho, se verá obligado a imponer una carga de ciento cincuenta, pongamos por caso, para alcanzar el objetivo previsto. Ahora bien, en el momento en que, de algún modo, llegamos a saberlo, entonces el juego pasa a ser el del ratón y el gato: a lo que se nos obliga es a defraudar… al menos, en cierta medida. Pues lo que de algún modo sabemos es que no se trata de pagar ciento cincuenta. Sin embargo, este juego no podría jugarse si se llegaran a explicitar las reglas. Para que el juego siga siendo posible, su justificación ha de seguir siendo moral: debes pagar lo que se te exige para el bien común. Por eso, si te pillan, has de pagar por ello. Dicho con otras palabras, el juego de la política solo puede jugarse donde quienes juegan siguen creyendo, al menos sobre el papel, que se trata de otro juego, en concreto, de un juego moral. Así, el fraude fiscal es, por principio, moralmente recriminable —y, por tanto, penalizable—, aunque el infractor pillado no sea, en realidad, un inmoral, sino simplemente alguien que ha perdido el juego. Algo parecido podríamos decir con respecto al tema de la razón de Estado. Resultaría ingénuo enfrentarse a las mafias rusas o al terrorismo yihadista simplemente con las armas de la ley. Un Estado ha de contar con servicios secretos, es decir, con una cuerpo de seguridad que trabaje en las cloacas del sistema, fuera de la ley. Un Estado no puede preservar el orden con las manos limpias. La ley no basta para preservar la ley. Sin embargo, la necesidad de contar con servicios secretos no justifica su tarea. En cualquier caso, la explica, pero no puede justificarla sin atentar contra esa misma ley que pretender preservar. De ahí que los 007 del sistema tengan que cumplir con su deber solos, como quien dice: si les pillan con las manos sucias, nadie sabe nada. Y tiene que ser así. Este es un buen ejemplo de lo que decíamos antes: el juego de lo político solo puede jugarse donde las reglas de juego no pueden explicitarse sin impedir el juego. Abordar, pues, el problema de lo político desde presupuestos estrictamente morales, como si una sociedad fuera una extensión de una comunidad, no solo implica una mala comprensión de lo que es la política, sino que también conduce a una mala política. Y las consecuencias de una mala política es el fin del bien común que la política pretende, precisamente, realizar.
nietzscheanas 39
abril 5, 2016 Comentarios desactivados en nietzscheanas 39
Si Dios ha muerto, entonces la pregunta por la existencia de Dios deja de tener sentido. Así, la pregunta no es si Dios existe o no, sino si, en el caso de existir, aún podríamos admitirlo como Dios. Pues, efectivamente, aun en el caso de que existiera una mente creadora, nuestra posición con respecto a ella ya no podría ser la de quienes se doblegan ante ella. Una mente creadora, para el sujeto de la modernidad, no es más que una mente creadora, algo que todavía, aunque se trate de su vértice, pertenece al mundo como para que merezca nuestro estupor. De existir dicha mente, nuestro mundo sería algo parecido al de Mátrix, en modo alguno un mundo sometido al Dios del séptimo día —al Dios que hace posible el mundo, precisamente, con su desaparición. De hecho, la pregunta por la existencia de Dios es una pregunta que, bíblicamente hablando, es implanteable. Y no porque su existencia se dé, bíblicamente, por descontada, sino porque lo que en los textos bíblicos se da por descontado es, de hecho, la realidad de Dios. Y es que, bíblicamente, la realidad de Dios no se comprende en los términos de algo que existe —el Dios bíblico carece de entidad—, sino en los términos de algo que tuvo que dejarse atrás para que sea posible el hombre. Dios, bíblicamente, es el que aparece como el desaparecido. Dios, en tanto que fue, es el que está por ver —el por-venir mismo de Dios. El mundo es creación en la medida en que de-pende de Dios. Ahora bien, esta dependencia no debe entenderse en un sentido físico o instrumental: el mundo depende de Dios en la medida en que el mundo permanece pendiente de Dios. Dios es lo siempre pendiente del mundo. En este sentido, el cristianismo gira alrededor de esta revelación y, quizá por eso mismo, Nietzsche vio con más claridad que muchos creyentes hoy en día que el cristianismo es la religión de la muerte de Dios. Es por eso que, siguiéndole la pista a Nietzcshe, podríamos decir que la razón última del nihilismo contemporáneo hay que buscarla en el Gólgota. Pues la Cruz suprime la posibilidad de una trascendencia típicamente religiosa, una trascendencia que se muestra como ese otro mundo que constituye la norma, el paradigma del mundo que nos ha tocado en suerte. Así, en tanto que herederos de dos mil años de cristianismo, si se demostrara la existencia de otro mundo, nada habríamos avanzado con respecto a Dios. En cualquier caso, habríamos descubierto una nueva América, esto es, en cualquier caso nos veríamos obligados a desplazar las fronteras del mundo, pero en modo alguno podríamos decir que hemos hallado una última verdad, una realidad última. Pues lo último —Dios mismo— y mientras haya mundo es, como decíamos, lo que permenece siempre pendiente del mundo, no algo de otro mundo, sino lo otro del mundo.
lo más
marzo 31, 2016 Comentarios desactivados en lo más
Engendrar es una de las cimas de la existencia, algo de por sí asombroso. Pues lo asombroso es que pueda haber vida sobre el fondo mismo de la nada. En este sentido, no hay vida que no nos sea, en definitiva, dada. Sin embargo, nos resulta difícil, por no decir imposible, permanecer en el espacio de esta revelación. El pacto con el mundo nos obliga a hacer del milagro algo con lo que tratar, algo, de algún modo disponible. La cotidianidad es, sobre todo, trabajo. O, por decirlo con otras palabras, las exigencias de la adaptación nos fuerzan a reducir lo sagrado a lo profano. De ahí la importancia de los símbolos —de ahí la importancia de marcar el tiempo diario con los signos de la trascendencia, de lo que tuvo que ser dejado atrás para que fuera posible el trato. Hay más profundidad de la que parece en la insistencia judía en el memorial. Pues posiblemente la relación con lo sagrado solo pueda darse como ese seguir vinculados de algún modo con lo que fue en verdad. Para una sensibilidad bíblica, la trascendencia es, en último término, lo que tuvo que desaparecer para que fuera posible nuestro arraigo, siempre precario, en el mundo. De ahí que para dirigirse a Dios no tengamos que mirar el cielo, sino a esa vida que nos ha sido dada desde la contracción de Dios. Cualquier dirigirse a Dios que pase de largo supone un tomar el nombre de Dios en vano, al fin y al cabo, idolatría, un poner a Dios —mejor dicho, nuestra idea de Dios— en lugar de lo que es de Dios.
castillos en el aire (y 2)
marzo 30, 2016 Comentarios desactivados en castillos en el aire (y 2)
JM Castillo, en uno de sus artículos, se pregunta hasta qué punto la fe en la resurrección —el acontecimiento central de la experiencia cristiana— determina hoy en día la vida creyente. La pregunta tiene mucho de retórica, pues es obvio que no. Así según JM Castillo «hay otras cosas que interesan más al común de los mortales bautizados […]: la pasión del Señor, la devoción a la Virgen y a los santos, determinadas prácticas religiosas, etc.» Sin embargo, JM Castillo no se interroga sobre las causas de nuestra actual desafección, sino que, por contra, se pregunta «de qué manera el resucitado debe estar presente en la vida y el comportamiento de los creyentes». Es por esto que su análisis desprende el tono exhortativo —y, por extensión recriminatorio— de la mayoría de los sermones dominicales. Y aquí no habría nada que objetar, si no fuera porque, con ello, JM Castillo rehúsa coger el toro por los cuernos. JM Castillo tiene razón —cómo no— cuando nos recuerda que los discípulos de Jesús fueron perseguidos por su fe en la resurrección… mientras que hoy en día no se persigue a nadie por ella. Este es, ciertamente, el dato. Ahora bien, lo discutible es el diagnóstico que JM Castillo ofrece para explicarlo. Es verdad que la predicación apostólica estaba cargada de denuncia profética. Que proclamar la resurrección era proclamar que Dios estaba del lado del crucificado… y no del lado los poderes político-religiosos que lo habían condenado, algo de por sí inaceptable, precisamente, para quienes creían estar del lado de Dios. De ahí que JM Castillo deduzca, no sin razón, que «predicar la resurrección consiste, ante todo, en portarse de tal manera, vivir de tal manera y hablar de tal manera que uno le da la razón a Jesús y se la quita a todos cuantos se comportan como se comportaron los que asesinaron a Jesús». Sin embargo, aquí diría que JM Castillo comete una falacia, por otro lado, muy común: la de tomar las consecuencias de la fe en la resurrección por el significado mismo del acontecimiento de la resurrección. JM Castillo está en lo cierto cuando defiende que la fe en la resurrección no es, estrictamente hablando, una fe en la supervivencia del alma o en una vida post mortem, como muchos creen fácilmente hoy en día. Que la fe en la resurrección supone, de algún modo, creer en la posibilidad una vida, aquí y ahora, para quienes viven como muertos —como aquellos que no cuentan para el mundo. Que la muerte no tiene la última palabra… a pesar de que sigue habiendo, sin duda, muerte. Ahora bien, creer en la resurrección no es, estrictamente hablando, lo mismo que creer que la muerte no tendrá la última palabra. Si los primeros cristianos creyeron que la muerte no tenía la última palabra es porque hubo resurrección —porque la resurreccion fue un acontecimiento y no solo una interpretación, en clave mítica, del acontecimiento de la cruz. Y ahí reside, precisamente, nuestra actual dificultad: que nuestro compromiso con los valores de Jesús, por decirlo con las palabras de JM Castillo, no puede ya sostenerse en el acontecimiento de la resurrección. De hecho, más que escandalizarnos, dicho acontecimiento nos resulta, literalmente, increible… como lo fue también para muchos de por aquel entonces. Nuestra dificultad tiene que ver, precisamente, con el lenguaje religioso. O, por decirlo con otras palabras, que nosotros creamos que el lenguaje de la resurrección es un modo de interpretar el significado de la cruz es de, por sí, un síntoma de nuestra dificultad para aceptar el acontecimiento de la resurrección como tal. De ahí que fácilmente creamos que creemos en la resurrección porque creemos en la utopia… cuando, de hecho, en el origen fue al revés. Así lo que se hace presente en quienes poseen un cor inquietum —en quienes tienen puesta la mirada en el futuro, en quienes entran en conflicto con la realidad en su lucha por un mundo más justo y fraternal— no es la resurrección, propiamente dicha, sino su creencia, en el mejor de los casos, en que la muerte no debe pronunciar la última palabra. De hecho, si la fe en la resurrección escandalizó a los judíos que condenaron a Jesús, no fue solo porque de ella se desprendiera que Dios, en verdad, estaba del lado de los excluidos, sino sobre todo porque, para esos mismos judíos, Jesús fue un usurpador. Es como si hoy en día, los seguidores de un telepredicador, después de que este fuera asesinado a causa de su fe, comenzaran a proclamar que Dios lo había resucitado de entre los muertos. La mayoría de nosotros, sencillamente, creeríamos que eso no puede ser verdad. Y no porque esto de la resurrección suene a fantástico, sino porque no podríamos aceptar que Dios estuviera del lado de un farsante.
asuntos contables
marzo 30, 2016 Comentarios desactivados en asuntos contables
Quizá la cuestión que confiere una definitiva seriedad a nuestra existencia —quizá la única cuestión— es quién nos obliga a pasar cuentas. Esto es, ante quien deberemos justificarnos. Ciertamente, esta no es una pregunta que nos hagamos habitualmente. Más bien, los tiempos modernos se entienden como los tiempos en los que el hombre cree que solo tiene que rendir cuentas ante sí mismo. Podemos, sin duda, ser religiosamente un poco más sofisticados y creer que, en definitiva, tendremos que rendir cuentas ante Dios. Pero cristianamente hablando no cabe algo así como una relación directa con Dios. Quien así lo supone, fácilmente termina haciendo de Dios una madre que todo lo disculpa, una especie de excusa para seguir siendo unos niños. Es verdad que, cristianamente, el perdón va por delante. Pero el perdón es una última oportunidad para responder a la demanda que procede de Dios, aquella que nace de los estómagos vacíos. Pues, cristianamente, uno se encuentra ante Dios donde se encuentra ante el pobre con el que Dios se identifica. Es el pobre —y no el dios de la interioridad burguesa— aquel al que le debemos una respuesta, aquel que decide el sí o el no de Dios a nuestra entera existencia. Que no nos tomemos esto en serio es ya, de por sí, el síntoma de que vivimos de espaldas a Dios, aunque hayamos llenado nuestra boca con su nombre.
made in Japan
marzo 28, 2016 Comentarios desactivados en made in Japan
Los novelistas japoneses de comienzos del siglo veinte creyeron que su obra no valía la pena si no conseguían que unos cuantos se suicidaran por el amor, imposible, de la heroína imaginada. Harold Bloom, por su parte, sostiene que la creación literaria gira en torno al personaje. En este sentido, afirma que muchos de los personajes de Shakespeare, Falstaff, por ejemplo, están más vivos que unos cuantos de nosotros. Para Bloom el Yavhé del denominado J por los exegetas bíblicos sería un personaje de este tipo. Hay algo de inquietante en el hecho de que la genuina alteridad solo pueda ser recreada por los autores de ficción —que su verdad, su presencia, solo pueda ser representada en un espacio que no admite el trato. Quizá sea este el síntoma de que existimos porque, precisamente, el Otro ha sido eliminado en nuestro pacto con lo que nos rodea.
pascua
marzo 26, 2016 Comentarios desactivados en pascua
Que la barbarie no admite una justificación puede observarse en lo ridículo que sería proclamar, a propósito de Auschwitz, por ejemplo, que no hay mal que por bien no venga, incluso en el caso de que Auschwitz, efectivamente, hubiese impedido otro nuevo genocidio. En ese caso, las víctimas de Auschwitz poseerían el aura de la víctima propiciatoria, el sello del cordero pascual cuyo sacrificio procura la redención de los hombres. Pero no por ello quedaría resuelta la cuestión mesiánica, a saber, la cuestión sobre qué vida pueden esperar quienes murieron injustamente antes de tiempo. De ahí que el sacrificio, por si solo, carezca de valor soteriológico.
crear valor
marzo 25, 2016 Comentarios desactivados en crear valor
Nietzsche, como sabemos, se preguntó si el hombre era capaz de crear valores —o, si por el contrario, estaba condenado a reconocerlos. La pregunta, en el fondo, es la pregunta por la posibilidad de que el hombre pueda crear, conscientemente, una divinidad que reemplace al Dios cristiano. Sin embargo, la pregunta quizá sea otra: si el hombre podrá admitir como valor, el valor que sea capaz de crear (si es que ello fuera posible). Pues, el hombre, mientras siga siendo hombre, nunca podrá reconocerse en su creación. El creador, por definición, se extraña de lo creado. Quien crea en modo alguno puede encontrarse sujeto a su obra. Toda creación es, al fin y al cabo, un hijo bastardo. En el desprecio del creador late una falta de piedad por lo deforme —un cierto orgullo aristocrático ante la decepción que supone engendrar. Por eso el único modo de reconciliarse con esa obra extraña —el único modo de dotarla de valor— sería cayendo injustamente en sus manos, esto es, degradándose hasta la condición del esclavo. El creador al ponerse al servicio de un hijo que no lo merece, muere para sí mismo, dotando al hijo de un aura impropia. Pero ¿acaso no fue esto lo que hizo, precisamente, el Dios cristiano?
intolerance
marzo 24, 2016 Comentarios desactivados en intolerance
Un santo es un intolerante, alguien que, sencillamente, no puede tolerar que haya quien sufre de hambre o ande por el mundo como quien no cuenta. Se trata, ciertamente, de una pasión excesiva, algo difícil de soportar para las espaldas humanas. Incluso habrá quienes hablen de enfermedad. No es casual que los santos, antes de ponerse en manos del desarraigado, hayan tocado fondo, pues nadie es capaz por sí mismo de cumplir con la voz imperativa de Dios —esa voz que se confunde con el llanto del oprimido— mientras aún tenga un lugar en este mundo.
el plus
marzo 23, 2016 Comentarios desactivados en el plus
Cuando no tenemos qué comer, la felicidad es un plato de arroz. Pero cuando estamos saciados no podemos evitar preguntarnos qué hay más allá de la felicidad. Es entonces que intuimos que el todo no lo es todo. Aunque fuera del todo no pueda haber, por definición, nada. De ahí que en el fondo permanezcamos en un estado de suspensión.
castillos en el aire
marzo 22, 2016 Comentarios desactivados en castillos en el aire
JM Castillo sostiene que el cristianismo de Pablo, con su interpretación de la cruz, supuso una significativa alteración de la lectura que se encuentra en los evangelios, la cual sería, a su entender, más natural o comprensible. Así, habrían, según JM Castillo, dos teologías difícilmente compatibles en el Nuevo Testamento, la de Pablo y la de los evangelistas. Según Pablo —así como la del autor de la carta a los hebreos—, Jesús fue crucificado siguiendo el plan de Dios: Jesús se hizo maldición por nosotros, soportando sobre sí la ira de Dios para la redención del hombre. Dios, según JM Castillo, exigía el sacrificio —la expiación— del hombre que fue Jesús de Nazareth, pues «sin derramamiento de sangre, no hay perdón» (Heb 9, 22). En cambio, para los evangelistas, la muerte de Jesús, el profeta que encarnó el modo de ser de Dios, fue una muerte político-religiosa debida única y exclusivamente a la incapacidad de los hombres para aceptar la sanación que venía de Dios. JM Castillo califica la teología de Pablo, centrada en la noción de pecado, de desajustada y desquiciada, mientras que la teología evangélica, más sensible a la realidad del sufrimiento, estaría más de acorde con lo que el hombre, hoy en día, puede esperar de Dios. Para JM Castillo, cuando los evangelistas hablan de salvaciôn se refieren a «remediar los sufrimientos», mientras que para Pablo de lo que se trata es de reconciliarse con Dios —de restaurar, en definitiva, la originaria relación con el creador, de redimir al hombre del pecado. Sin embargo, no me parece que, una lectura atenta de los textos de Nuevo Testamento, nos permita afirmar lo que sostiene, con cierta unilateralidad, JM Castillo. Sin duda, hoy en día, ya no seríamos capaces de declarar espontáneamente lo que Pablo defiende. Para nosotros, la idea de un sacrificio expiatorio resulta, cuanto menos, extravagante. Para nosotros es más natural, la lectura que hace JM Castillo. En este sentido, para el hombre y la mujer contemporáneos, la cruz no puede ser mucho más que un mal final, una injusticia… entre tantas. Ahora bien, si esto es así es, en gran medida, gracias al triunfo histórico del cristianismo, el cual suprime el sitz im leben que lo hace inteligible. Y el cristianismo no es solo moral, aunque sea con la excusa de Dios, sino también revelación. Y lo que revela la cruz no es solo el destino del hombre justo en un mundo sin piedad, sino la realidad de un Dios que se identifica con el crucificado. Pues, una de las preguntas a las que se debieron enfrentar los discípulos de Jesús fue, precisamente, como el hombre de Dios pudo morir como un maldito de Dios —como un abandonado de Dios. Así, o bien Jesús fue un fraude y Dios no estaba de su lado —o lo que es peor, o Dios era aquel que abandonaba al hombre a su suerte—, o bien, algo le ocurrió a Dios en la cruz Jesús de Nazareth. Tanto los evangelios como Pablo, aunque con distintos matices, se decantan por la segunda opción y de ahí su insistencia en que el crucificado era el Hijo de Dios. La cruz no fue para ellos simplemente un mal final. Para los autores del Nuevo Testamento, la cruz —aunque quizá deberíamos decir el acontecimiento cruz-resurrección— tenía un valor soteriológico en la medida en que estaba implicado Dios mismo. Esto es evidente, sobre todo, en el evangelio de Juan, en donde la noción de exaltación, a pesar de sus ambivalencias, pretende transmitir, precisamente, el carácter salvífico de la muerte en cruz. Para Juan, el calvario es inseparable de la elevación, la revelación de la acción de Dios que salva al hombre del poder de la muerte (y no solo el episodio anterior a la resurrección, como probablemente creyeron Pablo y los otros evangelistas). Así, la distinción que efectúa JM Castillo entre pecado y sufrimiento quizá sea más propia de nuestro tiempo que de los tiempos apostólicos. Pues, tanto para Pablo como para los evangelistas, el sufrimiento de los hombres era la expresión de su hallarse en manos del maligno. La muerte era, para ellos, el salario del pecado. Esto es, todo lo que hacía hombre, en tanto que existía de espaldas a Dios, se hallaba sujeto al poder de la muerte. De ahí que solo por la intervención de Dios —solo por la gracia— el hombre podía liberarse del pecado y, por extensión, del sufrimiento. Ahora bien, la intervención de Dios no fue la que el hombre religioso se esperaba —una intervención ex machina. La noción se sacrificio expiatorio se entiende mal, si damos por sentado que Dios exigía un sacrificio a la manera de Moloch o del dios azteca. Pues el sacrifico que termina con todos los sacrificios es, cristianamente hablando, el sacrificio mismo de Dios. Lo que resulta inaudito para una sensibilidad típicamente religiosa es que el sacrificio que reconcilía a Dios con el hombre, no sea del hombre, sino de Dios. La insistencia tan evangélica en mostrar la intimidad de Jesús con Dios no pretende otra cosa que implicar a Dios en la cruz. Es desde este trasfondo que cabe entender la gran declaración cristiana de Dios como amor. Pues, de lo contrario, haremos del amor un dios y no es esto lo que pretendieron transmitir los primeros cristianos. Sin embargo, una cuestión no menor, y a la que JM Castillo se enfrenta al decir lo que dice, es si aún podemos seguir creyendo en lo que ellos creyeron —si aún podemos concebir a Dios en el contexto de una historia de salvación. Pero, en cualquier caso, lo que no podemos hacer es hacerles decir a los autores del Nuevo Testamento lo que no quisieron decir.
¿cabe aún?
marzo 18, 2016 Comentarios desactivados en ¿cabe aún?
A veces, uno tiene la impresión que los esfuerzos por actualizar el kerygma cristiano tienen mucho de intentar seguir creyendo en lo que ya no nos es posible creer como quien no quiere la cosa. Pues, al fin y al cabo, el anuncio evangélico es muy simple: que hemos sido liberados del poder del pecado —de las garras de la muerte— por el poder de Dios, el cual se revela en la cruz de Cristo. Ciertamente, esto tiene mucho de increíble —aunque la palabra quizá sea escándalo—, pero no es en modo alguno ininteligible para quienes daban por descontado que hay Dios y que el mundo se hallaba bajo el poder del maligno. La situación de los primeros creyentes es, por tanto, la de quienes, por un lado, se encontraban sujetos a Dios y, por otro, sujetos a la carne, es decir, sometidos por entero a la incapacidad de cumplir por sí mismos con la voluntad de Dios. La Cruz —de hecho, la cruz-exaltación— posee, por consiguiente, un valor soteriológico —un papel redentor— para aquellos que buscan una vida nueva y no solo una vida mejor. De aquí se desprende que no hay evangelio para quienes confiamos en nuestras fuerzas —para quienes no nos hallamos hundidos sin remedio en nuestra propia miseria. Dios no garantiza las posibilidades del hombre. Mejor dicho: la última oportunidad del hombre no es, cristianamente hablando, del hombre, sino de Dios. Pero, evidentemente, el problema de un mundo que cree poder prescindir de Dios es, de hecho, el lenguaje sobre Dios. Por eso erramos el tiro cuando hacemos de Dios el garante de nuestra aspiración a la felicidad, pues la aspiración a la felicidad es lo propio de quienes aún podemos confiar en nuestra posibilidad. Y un Dios que se muestre como el horizonte de nuestra posibilidad no es, de hecho, Dios en verdad, sino algo que llamamos Dios.
el otro
marzo 16, 2016 Comentarios desactivados en el otro
El otro —mejor dicho el gran otro—siempre quiere algo de ti. O bien, devorarte, o bien obligarte. En el primer caso, le ofrecemos algo de valor a cambio: un cabrito, las primicias, un vástago. El sacrificio, se supone, sacia el hambre del dios. En el segundo caso, buscamos una salida, por lo común, convirtiendo al Dios de la demanda infinita en el abuelito de Heidi. En ambos casos, el gran otro se revela como el poder que nos puede. Y de ahí que busquemos sobrevivir a ese poder. La religión es, grosso modo, esto: una táctica de supervivencia. Más extraño resulta, sin embargo, que el gran otro se revele como impotencia, como aquel que se pone en nuestras manos —como esa criatura que reclama nuestra piedad. Lo desconcertante, pues, para una sensibilidad que busca el amparo de Dios es que el Sí o el No de nuestra existencia se decida ante un Dios que tiene lugar como ese niño nacido en un establo.
the conjuring
marzo 15, 2016 Comentarios desactivados en the conjuring
La situación del hombre moderno, aquella que le convierte en espectador de sí mismo —aquella que le cierra a la irrupción de una genuina alteridad— queda en suspenso en las típicas películas de terror. En ellas el otro —o quizá mejor, lo otro— se presenta como lo que es, a saber, una amenaza, al fin y al cabo, como la cosa que quiebra los muros del hogar. Sin duda, la presencia espectral provoca tanto nuestra fascinación como el horror. Pero, en cualquier caso, el otro —lo verdaderamente otro— espanta. En medio del pánico, no hay sujeto que pueda volver sobre sí mismo, reflexionar sobre las condiciones, a la postre subjetivas, de la experiencia. La presencia del otro se impone aquí como el dato innegable de la existencia. Ciertamente, una vez nos hemos alejado del otro —una vez ha desaparecido su presencia espectral— podemos preguntarnos si acaso no habremos sufrido una alucinación. Pero no mientras dure el espanto. Hay una cierta discontinuidad entre el sujeto del miedo y el sujeto que ha conseguido exorcitarlo. El segundo puede, sin duda, creer que su miedo obedece a su ilusión. Pero también cabe sospechar lo contrario: que la ilusión se encuentra del lado de quienes hemos logrado hacer de este mundo un hogar. De hecho, la ciudad —y, por extensión, el mundo moderno— solo es posible donde hemos conseguido expulsar a los demonios fuera de los límites de lo habitable. En verdad, el otro es siempre algo de otro mundo. Ocurre aquí lo que ocurre con las meigas gallegas: que no existen, pero haberlas, haylas. De ahí que en el mundo moderno, el mundo que tiene el mundo bajo el control de la razón técnica, la experiencia religiosa, aquella en la que el sujeto se encuentra bajo el dominio de una genuina alteridad, sobreviva en las formas del relato mítico o de las historias de terror. Cualquier actualización —cualquier traducción— de la vieja experiencia religiosa a las condiciones más o menos confortables del mundo moderno, no consiguirá más que un dios doméstico, un ídolo, un caniche, en modo alguno hacer de nuevo presente lo que en realidad fue.
sóter
marzo 13, 2016 Comentarios desactivados en sóter
El cristianismo posconciliar, al desembarazarse de la noción de pecado, sobre todo, en la práctica pastoral, ha perdido el fondo desde el cual el kerygma cristiano deviene inteligible. Así, un cristianismo para el cual el pecado no es una condición —la situación que define nuestro ser-en-el-mundo—, sino, en cualquier caso, un salirse de la norma impuesta por Dios —un acto de desobediencia—, ya no sabe que hacer con el acontecimiento de la gracia. Pues, aquí de lo que se trata es, en último término, de hacer las cosas bien (o, si se prefiere, de purificar nuestro corazón). En este sentido, muchos cristianos progres acaban confundiendo la gracia con la experiencia de la vida como don. Pero, originariamente, no se trata de lo mismo. Pues, la gracia es, antes que nada, una medida de gracia, la cual exige, de algún modo, la intervención de Dios, aunque dicha intervención no se dé a la manera de los deus ex machina de las tragedias griegas, sino a través del escándalo de la Cruz. Gracia es redención, y la redención no es algo que el hombre pueda esperar donde confía solo en sus propias fuerzas, en su capacidad para hacer el bien. Sin redención, difícilmente Cristo puede ser reconocido como Señor. En el mejor de los casos, será visto como ejemplo, pero no como aquel por el que nos alcanza la salvación de Dios. Un cristianismo que no parta de la condición caída del hombre es un cristianismo que solo puede sobrevivir como moral —como precepto (y esto, a la larga, convierte el cristianismo en algo prescindible). Y es que para proclamar que es mejor amar que odiar, compadecerse del débil que pisotearlo —para defender el ideal de un mundo en donde impera la justicia— no hace falta apelar a ningún Dios. Evidentemente, la crisis actual del cristianismo es la crisis de la soteriología, de la idea misma de una Historia de Salvación.
criaturas
marzo 12, 2016 Comentarios desactivados en criaturas
Podríamos decir, grosso modo, que la sensibilidad religiosa es aquella que se encuentra a sí misma en la situación de quien depende de un poder que le supera por entero. Esto es, el sujeto de la sensibilidad religiosa se ve como criatura. Pero si la modernidad se autocomprende como la época que puede prescindir de Dios, y, por consiguiente, como la época en la que el hombre alcanza la mayoría de edad, entonces lo que difícilmente puede darse es esa conciencia de dependencia o, al menos, esa conciencia como dato natural. Si hoy en día alguien se sigue comprendiendo a sí mismo como criatura es por su cuenta y riesgo (y aquí algunos hablarían de psicología infantil). De ahí que modernamente el antiguo sobrecogimiento ante la irrupción del exceso sobrenatural —ante la irrupción de lo sagrado— haya sido sustituido por el sentimiento de lo sublime, el cual, en líneas generales, consiste en permanecer de pie ante ese exceso. Como decían los románticos —y Weber, en esto, seguía siendo uno de ellos— el mundo es un mundo despoblado de divinidad, un mundo dejado de la mano de Dios. Así, del todo está lleno de dioses de la Antigüedad, hemos pasado al todo sin encanto —todo sin Dios. En cualquier caso, aún cabe, por supuesto, el asombro ante el hecho de que haya algo en vez de nada. Pero este asombro ya no conduce a la criatura, sino, por decirlo así, a la conciencia de la propia finitud. Y evidentemente no estamos hablando de lo mismo, aun cuando algunos escritores espiritualistas intenten colarnos a la criatura por la puerta de la finitud. Lo que, sin embargo, no acaba de verse es que el desencanto del mundo —aunque eso sí supo verlo Max Weber— es, en parte, un daño colateral del Dios bíblico. Pues, lo que bíblicamente nos sitúa ante Dios —aquello que nos doblega, que nos arroja contra un suelo de piedra—, no es solo el asombro ante la desmesura de la creación, sino, sobre todo, la dura realidad del mal. Y ese que tanto una como otra responden a un mismo Dios en falta.
armas de destrucción masiva
marzo 11, 2016 Comentarios desactivados en armas de destrucción masiva
Dios salva destruyendo lo que en el hombre hay de terriblemente humano, mejor dicho, segando la hierba que crece bajo nuestros pies. Ahí donde Dios interrumpe nuestra existencia, ya no podemos confiar en nuestra posibilidad. De hecho, cualquier posibilidad deja de ser nuestra posibilidad —a la vez que el mundo, deja de ser nuestro mundo. Y, así, quedamos en manos de aquel en quien solo podemos confiar, aun cuando (o quizá por eso mismo) no podamos darlo por descontado.
siciliana
marzo 10, 2016 Comentarios desactivados en siciliana
La actitud de apertura a lo que, de algún modo, nos supera —la actitud religiosa— no salva, aun cuando pueda hacernos mejores o más dichosos. Y no salva porque, tarde o temprano, topa con la desgracia, con la evidencia de un mundo sin piedad. El Mal exige otra solución que la que aporta una actitud. El Mal reclama, por decirlo así, la intervención de Dios. Pero Dios, cristianamente hablando, no interviene a la manera de un deus ex machina, sino obligando a los hombres a redimir al esclavo, a alimentar al huérfano, a cobijar al sin papeles. Una obligación, sin embargo, excesiva para aquellos que aún confiamos en las posibilidades de nuestro mundo.
silentes (y 2)
marzo 10, 2016 Comentarios desactivados en silentes (y 2)
Hay dos tipos de silencio: el que provoca nuestro asombro ante el exceso de la creación —el hecho mismo de que haya algo en vez de nada— y el que nace de nuestro estupor ante las chimeneas humeantes de los lager. El primero conduce a Oriente. El segundo, a Jerusalén. No son incompatibles. Al contrario. Pero si nos quedamos solo con el primero no llegamos a Dios. Tampoco si solo contamos con el segundo. Con el primero seguimos siendo unos niños. Con solo el segundo nos convertimos en nihilistas. El creyente, sin embargo, se sitúa entre ambos: entre la admiración y el enmudecimiento, entre la ingenuidad y el nihilismo más feroz. Podríamos decir que el creyente permanece en la perplejidad mientras aguarda un último dictamen, un eterno por-venir. Quizá deberíamos admitir que, con respecto a Dios, no hay saber que cancele nuestra esencial apertura a lo imposible, esto es, a ese deber-ser que en modo alguno puede darse como una posibilidad del mundo.
silentes
marzo 10, 2016 Comentarios desactivados en silentes
El silencio no es el fracaso del logos. Es su consumación.
paradoxa
marzo 8, 2016 Comentarios desactivados en paradoxa
El pensamiento revelador es necesariamente paradójico, pues «para-doxa» significa, estrictamente, contra la opinión —contra el lugar común. Es por eso que el sabio ve lo que necio es incapaz de ver (y, por eso mismo, desprecia): la hiriente extrañeza de lo obvio.
la revolución copernicana del cristianismo
marzo 6, 2016 § Deja un comentario
El cristianismo supone una inversión radical de la relación del hombre con Dios. Pues la pregunta no es qué hace Dios por nosotros —pues, esta pregunta no se sostiene sobre ninguna revelación—, sino qué puede —o, mejor dicho, debe— hacer el hombre por Dios, por aquellos con los que Dios en verdad se identifica: los excluidos, los que no cuentan, los que existen como muertos.
arena y cal
marzo 5, 2016 § Deja un comentario
La vida es un don desde la nada —la contracción— de Dios. Pero también, desde esa misma nada, la vida puede ser una maldición. Entre una cosa y otra anda nuestra existencia. Por eso, o bien, esto es lo que hay —y, por tanto, estamos en manos del destino—, o bien, estamos en manos de Dios, esto es, en manos de una última voluntad, y permanecemos, por consiguiente, a la espera de una resolución. Lo primero es un dato. Lo segundo, sin embargo, no es una mera suposición. Pues Dios no responde a nuestra necesidad de un final feliz. Incluso con respecto a la verdad de Dios nos hallamos en manos de Dios.
los peces en el río (y 2)
marzo 5, 2016 § Deja un comentario
Con todo, no deja de ser cierto que la esperanza más epidérmica de aquellos que viven como perros es que haya, de hecho, otro mundo o, mejor dicho, un mundo en donde sea posible, sencillamente, vivir. Pues, la vida es, precisamente, lo que aún tienen pendiente quienes viven como aquellos que no cuentan. Así, la esperanza creyente para ellos podría formularse del siguiente modo: si hay Dios, esto no puede acabar así. Cualquier reflexión que quepa hacer sobre esta esperanza elemental es material sobrante para esos hombres y mujeres. Sigue siendo cierto, pues, que el kerygma bíblico es literalmente increíble para quienes por suerte tenemos un lugar en este mundo.
los peces en el río
marzo 2, 2016 § Deja un comentario
Debería ser evidente que la genuina trascendencia es algo que no puede pensarse en los términos de otro mundo. Y es que, aun cuando descubriéramos la existencia de otro mundo, lo único que habríamos conseguido es desplazar las fronteras del mundo. Pues supongamos que nosotros fuéramos peces que se preguntasen si hay vida más allá del mar. Algunos creerían que sí, sobre la base de ciertos indicios, mientras que otros creerían que no: que no hay más que leña que la que arde, en este caso, más agua que la que moja. Da igual. Lo que esos peces puedan creer al respecto no los convierte en creyentes. La discusión, en cualquier caso, es irrelevante. Pues, hay vida más alla del mar, y no por ello estamos obligados a hablar de Dios. Si los peces adorasen a los mamíferos que pueblan la tierra, sencillamente se equivocarían, aunque su impresión fuera, sin duda, que se hallan ante seres superiores, al menos en cierto sentido. En cualquier caso, la tierra, para los peces del mar, es algo así como una figura —una imagen— de la trascendencia, pero, precisamente por ello, no se trata de una verdadera trascendencia. Es por eso que un Dios que existe, no existe, por emplear el dictum de Bonhoeffer. Un Dios que existiera al modo de los entes —o según el modo de la energía o una potencia superior— aun se encuentra del lado de acá como para ser reconocido como Señor. La trascendencia de Dios solo puede pensarse como lo otro del mundo, de cualquier mundo. Y, por eso, la realidad de Dios es lo eternamente pendiente de la existencia. Ahora bien, porque Dios siempre se encuentra más allá, no hay otra presencia de Dios que la de aquellos que soportan sobre su espalda la voluntad —el mandato— que se desprende de esa falta. De ahí que bíblicamente Ley y trascendencia —la demanda que nos convierte en rehenes del rostro y experiencia de Dios— sean dos caras de una misma moneda.
Arrio
marzo 1, 2016 § Deja un comentario
El arrianismo fue, como es sabido, una herejía y, como ocurre con cualquier herejía, su propósito no fue otro que el de hacer digerible el kerygma cristiano. Así, para Arrio, Jesús de Nazareth fue más que hombre, pero menos que Dios. Esto es, Cristo como semidiós. La idea de fondo era preservar por un lado la trascendencia de Dios —el monoteísmo bíblico— y, por otro, el carácter excepcional de una figura como la de Jesús de Nazareth. Y, sin duda, la propuesta de Arrio era perfectamente integrable en el marco de una mentalidad como la griega. Jesús de Nazareth sería algo así como un Hércules cristiano. De ahí que sea tan interesante —tan reveladora— la feroz oposición de la iglesia romana al arrianismo. Pues la iglesia insensatamente no estaba dispuesta a admitir que Jesús fuese menos que Dios, pero tampoco más que hombre. Ahora bien que Jesús fuera Dios en verdad —que fuera la verdad de Dios— sin dejar de ser hombre, no puede afirmarse sin alterar significativamente el apriori religioso sobre Dios. Pues no decimos aquí que Jesús estuviera lleno de Dios como si el hombre fuera simplemente un receptáculo de la divinidad —como si Jesús hubiera sufrido una posesión demoníaca, pero en bueno. Ser hombre significa ser otro con respecto a Dios, y, por eso mismo, la capacidad del hombre con respecto a Dios no debe entenderse como la capacidad de recibir, sino como la capacidad de responder. El hombre, en cuanto tal, es aquel capaz de responder a Dios y, por eso mismo, aquel que puede negarse a responder. Y lo que decimos cristianamente es que Jesús fue un hombre en este sentido. Jesús pudo haberse negado a Dios (y ahí está el episodio de las tentaciones en el desierto para atestiguarlo). De aquí se desprende que Dios, en relación con el hombre, no es el poder, ni siquiera el poder de la bondad, sino aquel que nos llama con voz ineludible —la voz de aquellos con los que Dios se identifica: los huérfanos, las viudas, el extranjero. Dios sería, en cualquier caso, el poder de la Ley, del Mandato y no el poder a la manera de una superenergía. Es verdad que el hombre recibe el espíritu de Dios. Pero el espíritu de Dios es lo que queda de Dios donde ya no queda nada de Dios, como quien dice. Y el espíritu de Dios es el que nos hace, precisamente, capaces de responder a la demanda infinita de Dios. Es evidente —o debería serlo— que todo esto se pierde en la concepción de Arrio, pues en ella no podemos evitar hacer de Dios una especie de ente o megapoder. Pero cristianamente no decimos esto, sino que no hay en el presente otro Dios que el que colgó de una cruz. Y algo le ocurre a Dios donde cuelga como un maldito de Dios. La concepción de Arrio es aún demasiado sustancialista, al igual que la de tantos otros hoy en día, como para ver que Dios no es independiente de la historia de Dios.
campanadas de medianoche
febrero 29, 2016 § Deja un comentario
La anécdota fue contada por Elie Wiesel en su libro la noche. Ante la visión de un niño ahorcado por las SS, unos prisioneros de Auschwitz se preguntan dónde está Dios. Y la respuesta es que se encuentra ahí, colgando de un palo. Más allá del efecto retórico, la respuesta posee un largo alcance teológico. Pues bíblicamente la pregunta no es qué hace Dios por el hombre —esta sería de hecho la pregunta típicamente religiosa—, sino que hace el hombre por Dios. Y es que, bíblicamente hablando, no hay otra presencia de Dios que la del justo sufriente, la de aquel que soporta sobre sus espaldas el peso de un Dios en falta. «Lo que hicísteis a estos pequeños, a mí me lo hicísteis». Dios muere cada vez que muere un hombre a manos del verdugo. Y, por eso mismo, estar sujeto a Dios es estar sujeto el mandato que se desprende de esa muerte.
orange juice
febrero 28, 2016 § Deja un comentario
Que al final terminaremos abrazados por Dios —amparados por su misericordia— es algo que las sensibilidades religiosas más blandas tienden fácilmente a creer, pues, sin duda, resulta más consolador creer en ello que en la posibilidad de una condenación eterna. Pero el único modo de encajar este final feliz con el drama de la Historia es que este mundo fuese una especie de campo de pruebas para purgar el alma o algo por el estilo, pero no el lugar en donde se decide nuestra aceptación o rechazo de Dios. Puede que la doctrina del karma sea verdadera. Puede que los hechos acabaran por confirmarla. Pero de serlo no habría diferencia entre ser criaturas de Dios y ser el experimento de una mente alienígena cuya intención fuera la de producir almas puras con las que alimentarse. Es obvio —o al menos debería serlo— que el cristianismo va por otro lado, entre otras cosas porque no hay hechos que puedan confirmar la verdad de Dios. Ciertamente, desde la óptica cristiana, lo primero es el perdón. Pero lo último es la redención de los justos, la resurrección de los muertos. Esto es, hay Juicio, crisis, discriminación. Podríamos decir que cristianamente somos juzgados por el perdón de nuestras víctimas y no tanto por el mandato del Padre. Y ser juzgados aquí significa que el hombre puede rechazar ese perdón. Que hay un punto en el que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Que una vez se franquea ese punto, no hay vuelta atrás. Que el hombre, al fin y al cabo, puede elegir la condenación. Que existir es existir ante lo irreparable. Que Auschwitz, al fin y al cabo, no fue una broma de mal gusto. Ciertamente, mientras haya vida, el hijo pródigo siempre tendrá un plato en la mesa del padre. Pero, en el momento de la muerte, la suerta ya estará echada. Que haya Juicio significa, pues, que el hombre puede morir de espaldas a Dios, que está en sus manos perderse o salvarse, vivir o ser heraldo de la muerte. Que no es cierto que, ante Dios, todo dé igual. Que haya Juicio significa, por tanto, que esto, en definitiva, va en serio.
cristianismo y mito
febrero 27, 2016 § Deja un comentario
¿Es posible un cristianismo sin mito? Sí. Pues, el cristianismo es, de hecho, el antimito. Otra cosa, sin embargo, es que el cristianismo sobreviva históricamente bajo la capa del mito. ¿Qué es el mito? Caemos en el mito cuando olvidamos el carácter dialéctico de la realidad de Dios. Esto es, cuando hacemos de Dios un ente, aunque sea espectral. Pero Dios no es un ente —Dios, estrictamente hablando, no existe, aun cuando sea real. Por un lado, Dios es lo enteramente otro. Lo enteramente otro es, por defecto, lo que queda fuera de una determinada receptividad: lo esencialmente inalcanzable, un intangible, un no acabar de ser, un déficit, un eterno más allá. En este sentido, Dios en sí mismo, es lo siempre pendiente de la existencia. Dios, en tanto que real, se encuentra siempre más allá de cualquier mundo, incluso del sobrenatural (de haberlo). Dios no es de otro mundo, sino lo otro del mundo. Dios, en sí mismo, no es, sino que fue (y, porque tiene pendiente volver a ser, Dios es el que será). Por otro lado, Dios, en tanto que real, es lo que se hace presente, se manifiesta. Ahora bien, por lo que acabamos de decir, Dios no puede aparecer como Dios. En cualquier caso, aparece como apariencia de Dios —como imagen de Dios. Y, bíblicamente, Dios aparece con la voz —el grito— de los que sufren la trascendencia, la ausencia de Dios. Los pobres, en tanto que existen ante un Dios en falta, son la imagen, la huella de Dios. Dios, en sí mismo, se oculta, donde aparece (de ahí lo que decíamos sobre el carácter dialéctico de la realidad de Dios). Por eso, la cruz es revelación —que no ilustración— de Dios. Por eso el crucificado no constituye una ejemplificación de Dios, sino presencia misma de Dios: de Dios, cristianamente hablando, no tenemos otra cosa que a un hombre que cuelga de un madero en nombre de Dios —y que perdona en su nombre. Que el cristianismo sobreviva haciendo del que ocupa el lugar de Dios, una vida ejemplar —un símbolo de Dios… entre otros— es algo que convierte, ciertamente, al cristianismo en una religión más. Pero el cristianismo, en su esencia, no es una religión entre otras. Es, de hecho, la antireligión, un escándalo, una mutación de lo que religiosamente se entiende por Dios.
fundamentación de las costumbres
febrero 26, 2016 § Deja un comentario
Ciertamente, no tiene sentido discutir sobre las bondades del helado de vainilla frente a las del helado de mango, pongamos por caso. Pero no parece que podamos decir lo mismo con respecto a nuestras diferencias en asuntos morales. No parece que, moralmente hablando, dé lo mismo ser generoso que no serlo, compadecerse del débil que aprovecharse de él. Así, damos por sentado que tienen que haber razones que justifiquen una opción frente a su contraria, es decir, que tienen que haber razones que justifiquen —y no solo causas o motivos que expliquen— nuestro sentido del deber. Entendemos que estas razones, de existir, deberían obligarnos a actuar moralmente, con independencia de si nos sentimos o no emocionalmente inclinados a hacerlo. La razón obliga —la razón es coactiva— y del mismo modo que nos fuerza a reconocer la necesidad de una determinada solución a un problema de lógica o matemáticas, debería también obligarnos en el caso de un dilema moral. Ahora bien, supongamos por un instante que existieran estas razones. ¿Tendría sentido responder con una demostración a aquel que nos preguntara por qué cuidamos de él o somos generosos con él? ¿Acaso no es esto, precisamente, lo que no deberíamos hacer? La pretensión de que una justificación de nuestro sentido del deber moral constituya, en última instancia, un buen motivo para cumplir con ese deber es, de por sí, aberrante. ¿Cómo es, entonces, que aún en filosofía moral algunos siguen exigiendo razones que pudieran convencer hasta a un psicópata?
limes
febrero 22, 2016 § Deja un comentario
Dios no es la respuesta a las grandes preguntas —qué hacemos aquí, de qué va tot plegat—, sino la eterna ignotum x por la que dichas preguntas se quedarán sin respuesta. Dios no ofrece, pues, un sentido a nuestra existencia. Al contrario: Dios, en tanto que está esencialmente por ver, desplaza la cuestión del sentido a esa especie de límite asintótico que es el final de los tiempos. Así, porque hay Dios, no hay sentido. En cualquier caso, un esperar sin sentido. Al fin y al cabo, tiene que haber paz, si hay Dios. Pero seguiremos sin entender nada.
topografías
febrero 20, 2016 § Deja un comentario
Hay vidas que hablan de Dios. Hay otras, en cambio, que nos hablan de su creencia en Dios. Las primeras ocupan el lugar de Dios, quizá porque Dios da la callada por respuesta. Las segundas, por contra, mantienen a Dios en la cima, esperando nuestro ascenso, nuestra purificación.
teoría de la encarnación
febrero 17, 2016 § Deja un comentario
Pero ¿acaso pudo Dios soportar el peso de un solo hombre? ¿No fue por ello que tuvo que caer?