caballo de hierro
marzo 9, 2025 § Deja un comentario
La analogia entis tiene dos lados. El primero tiene que ver con el modo en que afrontamos lo desconocido, a saber, por medio de lo conocido: esto es como si fuera… Es el lado más espontáneo. El segundo es el que denunció Feuerbach —y mucho antes, Jenófanes: la analogia entis no deja de ser una proyección.
Ciertamente, la Iglesia siempre ha subrayado aquello de que mayor es la desemejanza. Y en cierta manera, es así. Pues la analogia entis de perder de vista el carácter, precisamente, analógico, corre el riesgo de acabar siendo una reducción y, en definitiva, una forma, pastoralmente tolerable, de idolatría… en tanto que la idolatría consiste en hacerse un dios a medida. Pero el problema —que no suprime el añadido ad hoc— reside en el entis. Y es que si uno se toma en serio lo de que mayor es la desemejanza difícilmente el entis se mantiene en pie. Y una vez sucede esto, sobran las analogías. En su lugar, las historias de quienes han visto a Dios cara a cara.
Píndaro
marzo 8, 2025 § Deja un comentario
Hay cosas que nunca te han interesado… pero no lo supiste hasta más tarde. Mucho más tarde. Por ejemplo, el éxito. O abrazar sin mirar a los ojos. De ahí la sentencia de Píndaro, aparentemente absurda y que posteriormente adoptó Goethe: llega a ser lo que eres. Pues, mientras tanto, hay que soltar mucho lastre, el de aquellas pretensiones con las que inicialmente te identificaste, pero que nunca te pertenecieron. Al fin y al cabo, se trata de obedecer. Y la obediencia fue siempre una ascesis, un irse desnudando. Como Ulises, que no fue Ulises hasta que no anduvo como un mendigo.
Como dejó escrito la Dickinson: joven de Atenas, sé fiel a ti mismo/ el resto es perjurio. Sin embargo, el ti mismo —la voz más íntima— se encuentra fuera de ti. El problema es que hay demasiadas voces alrededor reclamando nuestra sumisión. No es fácil reconocer a nuestro verdadero padre.
desde la óptica de la excepción
marzo 7, 2025 § Deja un comentario
Lo real es insólito —la excepción a la norma. Pues vivimos bajo la regla, la inercia, lo previsible. Esto es, de espaldas al carácter singular de lo dado, a su significación, la cual, sin embargo, no se nos ofrece como una representación más o menos aproximada del paradigma —de lo que debería ser—, sino como un destello de luz en medio de la más completa oscuridad: presencia. En este sentido, significación es alteridad Y alteridad, redención. Hay salida, un más allá de la oscuridad. Aun cuando este más allá —la aparición— tampoco sea inevitablemente un final. En realidad, es un comienzo. Esto es: de momento, escapamos; luego ya veremos.
Es así que, desde una nada de fondo, el que tengas a tu hijo en brazos es, sencillamente, extra-ordinario. Tal cual. Aun cuando, de hecho, se nos presente como algo ordinario, normal.
Hay quienes saben ver el milagro bajo las capas de la costumbre. Son los poetas. Sin embargo, la poesía, a diferencia del ripio, siempre maneja un lenguaje extraño. Es el recurso del poeta para conectarnos de nuevo con el sesgo anómalo de la existencia. Por eso, una vez comprendemos la división entre la excepción y lo habitual, resulta difícil no pensar en la antigua escisión entre cuerpo y alma. Pues el alma es capaz de ver aún lo que perdimos de vista por el simple hecho de haber sido arrojados a un afuera. Es un decir. Sin embargo, el cuerpo siempre atiende a la mosca en la nariz —a la necesidad de cambiar los pañales. A lo necesario —lo útil— y, por eso mismo, irrelevante. Todo cuerpo vive de la distracción, de cuanto lo aleja de la aparición.
El problema de la Modernidad —o, más bien, uno de los principales— es que, al desactivar la carga de profundidad del simbolismo religioso —al ser incapaz de entenderlo como algo distinguible de la superstición—, se no pone muy cuesta arriba la posibilidad de conectar ambos mundos —lo excepcional y la norma. Y donde esto sucede, el alma se adelgaza. No habría ningún problema si este adelgazamiento no fuese el envés de un permanecer sujetos al dictado de lo impersonal. Pero no parece que haya alternativa: o esclavitud, o extrañamiento. Aun cuando este deba adoptar la forma de un cuidar de lo que nos ha sido dado.
temer a Dios
marzo 6, 2025 § Deja un comentario
Temor significa respeto, es decir, preservar la distancia de la alteridad. Y en relación con este asunto, hay un dicho judío que dice que todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios. Probablemente, sea así.
Ahora bien, respeto significa tomarse en serio la posibilidad de la aniquilación, al fin y al cabo, el poder de la nada de Dios. Quizá sea por esto que Dios nos exija una respuesta. De hecho, la convicción de Israel fue que ante Dios los hombres no pueden dejar de responder. Y la respuesta del hombre a la desmesura del Altísimo fue, según Israel, la de Moisés descendiendo del Sinaí con la Ley. Es lo que tiene el cara a cara con Dios, esto es, el haberse enfrentado a Dios. Hacer de Dios un amigo invisible supone de algún modo falsificarlo. Por muy cercana que nos resulte su insobornable trascendencia. Aunque la idolatría —el hacer de Dios un dios a medida— siempre fue más gratificante que la verdad.
otra de Soren
marzo 5, 2025 § Deja un comentario
Puede que Kierkegaard fuese más perspicaz que Hegel al comprender que la individualidad —su protesta, su diferir, su clamor— es aún más absoluta que lo absoluto. O por expresarlo en cristiano: que la genuina relación con Dios se decide enfrentándose a Dios a la manera de Job. O Abraham. Aunque este enfrentamiento no se resuelva cristianamente a la griega, esto es, manteniéndose orgullosamente en pie ante la impiedad del dios, sino obedeciendo el imperativo divino —el que se expresa desnudamente en Mt 25—… donde Dios se revela, aparentemente, como un Dios que pasa de los hombres. Es decir, como un Dios impasible. Ahora bien, impasible —y en esto consiste la revelación del Gólgota— porque no puede hacer nada sin la fidelidad del hombre. Sin cuerpo, Dios no es aún nadie.
No obstante, lo que acaso se le escapó a Kierkegaard —y, probablemente, también a Hegel al sostener que los hombres son los siervos de la historia— es que el carácter absoluto de la individual —de su resistencia a la totalidad— es la expresión misma de lo absoluto. Pues lo absoluto —y aquí Hegel fue un filósofo, ciertamente, cristiano— es la negación de lo absoluto en pos del presente histórico.
Nadie dijo que la verdad fuese fácil. Aun cuando una vez llegamos a rozarla, lo difícil es volver. Pero esto ya lo dijo el de las anchas espaldas.
sentido
marzo 4, 2025 § Deja un comentario
Podemos preguntarnos si la existencia tiene o no un sentido. Pero la pregunta decisiva es si, de haberlo, podríamos admitirlo. Pues supongamos que, efectivamente, nuestra paso por este mundo tuviese una finalidad. Supongamos que, efectivamente, el mundo fuese como una matriz y la muerte, una puerta a una más allá. Supongamos, en definitiva, que se tratase de madurar, de hacernos capaces de ese más allá. O la muerte sería como un aborto —el feto no fue viable—, o un nacimiento. Pues bien, en ese caso, de seguir siendo conscientes, tarde o temprano nos preguntaríamos si eso es todo. Y es que el todo no puede ser el todo para quien es alguien para sí mismo. Al menos, porque el sello de la conciencia de sí es la inquietud, esto es, el no terminar de encontrarse en donde uno está. Así, puede que haya un sentido. Pero de ningún modo lo habrá para nosotros.
perspectivas
marzo 3, 2025 § Deja un comentario
Sub specie aeternitatis, un genocidio se muestra en el mismo plano que la sonrisa del hijo. Pero ¿es así? Para las víctimas de las masacres de la historia fue obvio que nunca estuvieron a la par. La experiencia del valor —la vida vale más que la muerte— en modo alguno admite la indiferencia del espectador imparcial. Sin embargo, la pregunta es desde qué situación —desde que posición— se decide lo verdadero. ¿Dónde hallar lo inalterable? ¿En el impulso de la madre o en la impasibilidad del dios? ¿Qué revela la perspectiva?
Por defecto, lo real. Sin embargo, lo real en sí mismo no es nada en concreto, sino absoluta posibilidad. Esto es, contradicción. Pues lo real en cuanto tal —es decir, un puro haber— es no siendo nada. Al margen de su hacerse presente como el haber de las cosas, el haber no es nada más que oscuridad y silencio impenetrables —y por eso mismo, insoportables, el motivo de la angustia más profunda. De ahí que el puro haber solo se haga presente como . lo que fue dejado atrás —como lo que tuvo que desaparecer— con el haber del mundo. Hay el haber del mundo. Y no hay otro haber. Pero si hay mundo es porque lo que hay —la constante gravitatoria de cuanto aparece— es que no hay el haber en cuanto tal. Este no permanece agazapado en el sí que lo supera —en la afirmación del mundo. Al menos, en tanto que este sí es el efecto de una doble negación: el no haber del puro haber es, precisamente, no siendo nada. Hay el todo porque el todo no lo es todo.
El mundo se encuentra sometido, por tanto, al poder de la nada —al poder de la contradicción. Pues poder es posibilidad. El mundo es, ciertamente, la concreción del haber —su manifestación—… pero al precio de caer en la contingencia, el tiempo, la perspectiva. Y es que todo es posible desde la contradicción. Como no ignora el lógico, de la contradicción se deriva cualquier cosa. Esto es, el todo. Pero, por eso mismo, la afirmación está infectada de negación. Y viceversa. En el amor de una madre también se halla presente la negación de ese amor, la pulsión de retener al hijo, de devolverlo a la matriz. La cuestión es en qué medida. Y con respecto a la medida no terminamos de acertar. Es decir, de saber.
Para el nihilismo no cabe salir de la perspectiva, salvo en dirección a la nada. Las operaciones de exterminio y el abrazo de una madre son las dos caras de una misma moneda. Esto es lo que hay. Pues lo que hay es que no hay nada —no hay más. En la existencia, nada hay por decidir —nada que esperar que no sea la eterna repetición.
Sin embargo, la respuesta creyente está lejos de ser una ingenuidad infantil. Pues, a diferencia del nihilista —ese primo hermano—, el creyente es consciente, aunque sea a través de la imaginación, de que en el seno de la nada de Dios habita, precisamente, la negación de sí. Esto es, el Sí. De ahí que, teniendo en cuenta la indecisión —la ambivalencia— de cuanto nos traemos entre manos, todo esté por decidir. Así, frente al sub specie aeternitatis, el sub iudice. Quien separa este sub iudice de la esperanza, tal y como se suele hacer en las canchas del cristianismo woke, ignora lo que está en juego con respecto a Dios.
Aunque, por ignorarlo, no pasa nada. Literalmente. Es decir, la nada no pasa.
paseando de la mano de Yavhé
marzo 2, 2025 § Deja un comentario
Job, como es sabido, terminó su escaramuza con Yavhé dando un paseo. ¿El resultado? Tú no importas. Ahora bien, esto supone que tampoco importan tus preguntas —tu inquietud por el sentido o por la vida que puedan esperar las víctimas de la historia. El horizonte es el opuesto al de cualquier gnosis. Nada sabemos… ni podremos saber. Tras la revelación, el gnosticismo se presenta como ridículo.
Sin embargo, las preguntas que apuntan a lo que podemos esperar van con la existencia. De ahí su carácter desgarrador. Ante Dios, el clamor. La invocación más honesta no es, así, la que se dirige al amigo invisible, sino la del cuerpo arrodillado. Y no por formalismo. Que Dios esté de nuestro lado no es algo que podamos dar por obvio. A lo sumo, esperamos que lo esté.
En cualquier caso y con respecto a Dios, lo obvio es su desproporción. El estar ante Dios, por tanto, tiene mucho de estar frente a Dios. Esto es, enfrentados. Al menos, para quien sabe —y lo sabe por pasiva— qué significa la palabra Dios.
Con todo, este enfrentamiento, aun cuando ande rozando el nihilismo, en modo alguno deviene hostil. Pues es creyente. Ahora bien, el creyente espera lo inconcebible… mientras, como respuesta a Yavhé —y frente al mismo—, da de comer al hambriento. Acaso porque no pueda soportar su hambre ante tanta ocultación. Inhumano, ciertamente. O mejor, sobrehumano. Al fin y al cabo, en esto consiste la obediencia al Altísimo.
Puede que no terminemos de comprender de qué va la fe que nace de Israel mientras andemos alejados de su visceralidad.
300 tipos de queso
marzo 1, 2025 § Deja un comentario
¿Cómo es que todo tiende a la singularidad? En el mismo árbol, no hay dos hojas exactamente iguales. La humanidad inventa el queso… y con el tiempo tenemos tropecientas mil variedades. Como viera el último Platón no hay modo de descender de la idea a la singularidad. En su momento, se produce el salto, la discontinuidad, algo así como un hiato insalvable. La singularidad, por eso mismo, tiene algo de irreductible. Como si lo más real fuese la individualidad desgajada. ¿Quizá porque el diferir —la negación de sí— se encuentra inscrito en el absoluto haber?
de qué va todo esto
febrero 28, 2025 § Deja un comentario
A medida que pasan los años, aumentan los cráteres a tu alrededor. Son los que dejan los que se van. ¿Cómo verlo —qué significa, qué es? ¿Parten o, simplemente, cesan? Teniendo en cuenta que la vida solo puede comprenderse como aparición—y comprender es abrazar con el entendimiento— , quizá resulte inevitable que su muerte nos parezca un cruzar la puerta.
Sin embargo, nada sabemos. Ningún mapa vale ante un silencio de fondo. Y por eso, en lugar de un saber, un esperar… lo que en modo alguno podemos imaginar. Pues incluso con respecto a la esperanza cabe la idolatría.
milagro: dos perspectivas
febrero 26, 2025 § Deja un comentario
O prodigio paranormal, o estado de excepción. Prodigio paranormal: que los ciegos recuperen la vista con un poco de saliva. Estado de excepción: el todo frente a la nada. Al situarnos frente a lo que nos supera por entero, lo primero podría simbolizar lo segundo. Pero no lo sustituye. Pues el prodigio paranormal presupone un dios que todavía pertenece al todo, al fin y al cabo, algo así como un demiurgo. Sin embargo, en el segundo caso, Dios está más allá del todo como solo puede estarlo la nada. Y por eso mismo es la imposible raíz de cuanto es, casi una completa oscuridad y silencio. Y digo casi porque la nada de Dios es no siendo nada. Traducción: porque la nada de Dios es en su negación de sí.
El problema: que el demiurgo no le deje ningún espacio a Dios.
el origen de la ley sin piedad
febrero 24, 2025 § Deja un comentario
Si todos fuésemos sin tara, el valor se reflejaría en el precio. Pero los hombres mienten. De ahí el control de precios. Y, sin embargo, la situación termina siendo peor que donde, habiendo libertad de precios, como necios nos movemos dando palos de ciego al confundir valor y precio. Peccata mundi.
O también: porque algunos alumnos mienten al poner excusas que justificarían la excepción a la norma, no habrá excepción a la norma. Por tanto, la norma, al no admitir excepción, acaba aplicándose sin piedad.
el niño y el no tan niño
febrero 23, 2025 § Deja un comentario
Tanto el niño como el ha dejado de serlo pueden vislumbrar lo verdadero. El niño por medio de la imaginación. El adulto, a través de la interrogación de sí. O del sufrimiento. Pues lo que en verdad acontece —y nada acontece si no procede de (la) nada— es el carácter dado de la existencia. El niño se imagina, y siente, que el don —la gracia— viene del papá que está en los cielos, el que siempre le acompaña. Quien dejó atrás infancia, en cambio, sabe que ya no puede imaginar lo que imaginó durante tanto tiempo. Que la verdad —lo que en verdad acontece— no admite las imágenes de la fantasía. Sin embargo, si aún es capaz de permanecer abierto al misterio es porque el niño, de algún modo, sigue ahí. Y quizá por eso mismo su vida apunte a un porvenir que ni siquiera se atreve a soñar.
El Jesús de Galilea fue un niño. No pudo seguir siéndolo en Jerusalén. Mejor dicho, en Jerusalén ya no pudo seguir siendo tan solo un niño. Pues si no abjuró fue porque, de algún modo, el niño sobrevivió al desmentido del mundo. Esos sí, sin sus dibujitos.
El problema de seguir siendo unos niños cuando ya no deberíamos serlo es que, al tomarnos al pie de la letra las imágenes de la infancia, la realidad deja de perturbarnos. Y así, nos volvemos insensibles al realismo de las historias que hay tras las declaraciones de la fe. Aun cuando las sigamos oyendo en las reuniones dominicales. Ahora bien, la tradición bíblica posee una palabra para esta situación: idolatría.
Mozart
febrero 22, 2025 § 2 comentarios
No es un problema técnico. Pero hoy en día ningún músico puede componer como Mozart. O Haydn, CPE Bach…. Como tampoco nadie puede concebir un canto como la Iliada. Me refiero al estilo. O mejor, a la relación entre estilo y sinceridad. Y no porque los compositores o los escritores sean peores, genios al margen. Paralelamente, ¿podríamos decir que tampoco hay quien puede escribir un libro como el del Apocalipsis, esto es, poniendo sobre el papel la palabra justa… y por eso mismo, necesaria? Escribirlo, quizá sí. Pero no nos sonará igual. La época no lo permite. Cuestión de honestidad.
Sin embargo… otro asunto es escuchar a Mozart. Pues me atrevería a decir que solo podemos escucharlo hoy en día. En su época, Mozart fue admirable, preferible, genial, hasta discutible. Hoy, nos deja en estado de suspensión. No es exactamente lo mismo. Algo parecido podríamos decir de los textos bíblicos. Es lo que tiene nuestra relación con lo que en verdad acontece: que, con un poco de suerte, nos alcanzará su eco. Y es que lo verdadero siempre se hace presente —al igual que el Mesías— como lo que tuvo lugar y no fuimos capaces de reconocer. De ahí que es posible que solo en los tiempos en los que la divinidad religiosa dejó de parecernos una obviedad quepa caer en la cuenta de lo que quisieron decirnos los escribas bíblicos. Incluso más allá de su primera intención. Homero fue útil en la antigua Grecia. Pues fue un buen artesano. Pero solo encontró lectores en los tiempos modernos.
En cualquier caso, también es cierto que la verdad en primera línea siempre estuvo disponible para los que sufren. Y acaso esta esa sea la única clave hermenéutica. También para escuchar a Mozart.
máquinas autoconcientes
febrero 19, 2025 § Deja un comentario
La pregunta sobre si la IA podría llegar a la autoconciencia se presta a malentendidos… donde no tenemos en cuenta que la conciencia de sí tiene como base lo traumático. Una IA ¿podría temblar donde irrumpe el fantasma, esa figura de la alteridad? ¿Podría sentir la posibilidad de ser devorada? ¿Podría temer a un padre? ¿Sentirse culpable? Es verdad que cabría programarla para que pudiera simularlo. Incluso a la perfección. Pero sin cuerpo no es posible que experimente ningún trauma. Pues el origen de la conciencia es un disentir del propio cuerpo —ese no terminar de ser aquello con lo que nos identificamos. Y por vergüenza de sí. Puede haber máquinas que funcionen mal. Pero no taradas. Tampoco ningún simio tienen tara. Aunque algunos nazcan con defectos. La tara nos pertenece… hasta el punto de que somos los que son un problema para sí mismos —aquellos que deben resolverse. Así, una IA nunca podrá desarrollar una conciencia porque, sencillamente, en modo alguno tendrá que batallar con un inconsciente. O al menos, eso es lo que me atrevería a decir. Al fin y al cabo, no hay mente sin cuerpo.
Otro asunto es que, de darse la posibilidad de fabricar replicantes, no lográsemos, prácticamente, distinguirlos de los humanos. En el fondo, se trataría de la cuestión que planteó Leibniz sobre la identidad de los indiscernibles. Pero una cosa no quita la otra. El test de Turing, al centrarse en la conversación, quizá resulte insuficiente.
el ego de Kant (y 2)
febrero 17, 2025 § Deja un comentario
La idea de que no hay hechos morales, sino, en su lugar, una interpretación moral de los hechos —la tesis de que el bien y el mal no residen en la naturaleza de las cosas, sino que surgen de nuestra capacidad para ponernos en la piel del semejante—, se apoya en la suposición de que una inteligencia netamente superior —una inteligencia extraterrestre— que no pudiera identificarse con nosotros, tampoco vería el mal en, pongamos por caso, las duchas de Auschwitz.
Sin embargo, con respecto a lo anterior, podríamos plantear la siguiente objeción: si hablamos de una inteligencia, aunque netamente superior, entonces es imposible que no llegara identificarse con nosotros, aunque solo fuese hasta cierto punto. Por consiguiente, podría empatizar con los gaseados y, por consiguiente, podría creer estar viendo la encarnación del Mal en los lager… al igual que nosotros creemos verlo en los combates sin piedad entre chimpancés. Aun así, también podría vernos como despreciables, como ratas, como la tara que no puede soportar para sí mismo y que necesita externalizar. Pues la identificación posee dos lados, uno de los cuales no es, precisamente, agradable.
Por tanto, el experimento mental de una inteligencia inconmensurablemente superior no sirve como argumento para demostrar que no hay ni bien ni mal en la naturaleza de las cosas. El único argumento sería que una descripción científica del mundo no contempla ni el bien, ni el mal. Tan solo reacciones. Pero aquí cabría preguntarse si el sentido de lo real se decide exclusivamente en relación con los hechos a los que apunta dicha descripción. Sin embargo, este es otro asunto.
Kant no regó fuera de tiesto cuando se propuso fundamentar racionalmente nuestro sentido del deber moral. Pues si la razón careciese de poder motivador —si lo único que nos impulsara fuesen las emociones más o menos elementales—, entonces nunca podríamos liberarnos del poder de las apariencias. Y aquí hay que tener en cuenta que las apariencias, por lo que decíamos antes, tanto nos mueven a abrazar al que sufre como a abrir la espita de las cámaras de gas.
Sin embargo, dicho fundamento obliga a reconocer el carácter impracticable del otro en cuanto tal. La alteridad del semejante impone un respeto innegociable. Y ello al margen de la experiencia. De hecho, sensiblemente no cabe ningún respeto. A lo sumo, un trato amable. Pues el carácter absolutamente otro del semejante solo es accesible a la inteligencia. Es lo que tiene que haya cuerpos de por medio.
rehusar la oferta
febrero 16, 2025 § Deja un comentario
No renuncias porque ames. Amas porque renuncias.
Aunque aquí también podríamos hallar alguna que otra excepción. Al final, tampoco es que sepamos gran cosa.
up&down
febrero 14, 2025 § Deja un comentario
La pregunta acerca de cómo vivir se presta a malentendidos. Como si hubiera una receta. Es verdad que siempre hay algo qué decir al respecto. Pues hay mucha sabiduría acumulada. Así, por ejemplo, podemos decir que debemos reducir nuestras necesidades, para no depender de ellas. O que la vida no vale la pena si no se ama lo que se hace. Y eso está bien.
Sin embargo, perderíamos de vista el alcance de la pregunta si nos limitásemos a entenderla como si su horizonte fuese el estar continuamente bien con uno mismo. O como si nos interrogásemos acerca de qué ruta seguir para llegar a buen puerto. Pues en ningún buen puerto, de haberlo, se puede permanecer. Sea en forma de vacío o bajo el aspecto de la desgracia, tarde o temprano irrumpirá el No —el desmentido, la nada en medio, el naufragio.
De ahí que la pregunta decisiva no sea cómo vivir, sino cómo seguir con vida tras morir en vida. Y aquí me atrevería a decir que la respuesta no saldrá de uno mismo. Pues sería como si, a la manera del barón, intentásemos salir del mar tirando de los propios cabellos.
para despertar del sueño dogmático: una de Hume
febrero 13, 2025 § Deja un comentario
Ni el bien, ni el mal están presentes en cuanto nos rodea. Es decir, no hay hechos que sean buenos o malos, desde una óptica moral, sino en cualquier caso sucesos, acciones, gestos… que nos parecen buenos o malos. Una inteligencia extraterrestre que no pudiera identificarse con nuestra especie vería nuestras guerras como un mirmecólogo observa el combate entre las hormigas rojas y las negras: cuestión de supervivencia. Que el lobo se coma a la oveja no es algo injusto de por sí… aun cuando la escena pudiera resultarnos desagradable. Como tampoco es injusto que la oveja se alimente de hierba. Es lo que hay, sin más. De hecho, la vida avanza devorándose a sí misma. Y tiene que seguir siendo así… para que, precisamente, continue habiendo vida.
Es verdad que, de manera espontánea, condenamos el asesinato del inocente. Pero solo porque emocionalmente nos perturba. Y nos perturba porque, en el fondo, nos identificamos con la víctima. Ahora bien, de lo anterior se desprende que las distinciones morales no obedecen a razones que se impongan universalmente. En realidad, los motivos de dichas distinciones no andan tan lejos de aquellos por los que nos sentimos inclinados hacia lo que nos gusta o repudiamos lo que nos disgusta. Así, condenar el crimen sería, en definitiva, como hacerle ascos a una paella saturada de kétchup. Al fin y al cabo, la diferencia entre censurar el crimen y rechazar la paella con kétchup sería una diferencia de grado o intensidad, en modo alguno de naturaleza.
el ego de Kant —o vámonos arriba
febrero 12, 2025 § Deja un comentario
Según Kant, la raíz del imperativo moral —el hacer lo debido con el único interés de hacer lo debido— es el sentimiento de respeto. Pues, al fin y al cabo, hacer lo debido por puro sentido del deber equivale a un por ti. Que el otro no sirva como medio de nuestros intereses particulares. El otro es, sencillamente, un fin en sí mismo.
Sin embargo, a pesar de la palabra elegida —sentimiento— no estamos ante una asunto sentimental. Aquí el temor o la admiración no juegan ningún papel. De hecho, Kant apunta a una especie de oxímoron, es decir, a un sentimiento racional. ¿Cómo puede ser racional un sentimiento? ¿Acaso la razón no se ejerce fríamente?
La expresión se aclara, no obstante, si tenemos en cuenta que respeto significa, estrictamente, preservar la distancia de la alteridad. Así, lo que viene a decirnos Kant es que, si lo pensamos bien, esta distancia es infranqueable. Y digo si lo pensamos bien porque el reconocimiento del carácter otro de aquellos con quienes tratamos únicamente es accesible a la razón. Quiero decir que, dicho carácter, solo puede ser pensado. Pues la realidad del yo es la de un continuo diferir de sí mismo —en concreto, del cuerpo, el carácter… con el que se identifica. Y por esta razón el yo siempre se encontrará más allá de sí mismo. Por eso decimos que el yo es invisible… y, por extensión, intratable. En cualquier caso, trataremos con su cuerpo, pero nunca con el yo como tal —el yo que hay detrás. De hecho, en sí mismo, el yo no es nadie sin su cuerpo y, en definitiva, sin su modo de ser o carácter. Pero llega a ser real en el momento —un momento, de hecho, avergonzante— en el que la conciencia se enfrenta al propio cuerpo… como si fuera el de otro (y por eso mismo el cuerpo deviene propio). Hay yo porque, al fin y al cabo, el cuerpo es problemático. No hay cuerpo humano sin tara. Por eso, los chimpancés no tienen cuerpo. Son cuerpo.
Pues bien, si hemos entendido lo anterior, habremos entendido que debemos respetar al otro… porque no podemos hacer otra cosa que respetarlo. Y es que el yo en cuanto tal es un inútil. En tanto que siempre se encuentra, como tal, más allá de su corporalidad, no es posible utilizarlo. Y no porque sea, precisamente, una cosa que permanezca oculta tras el ropaje de la personalidad. En sí mismo —esto es, al margen de su relación con el cuerpo o el carácter con el que se identifica—, no es nadie. O mejor dicho, es no siendo nadie en sí. Es un continuo diferir de sí mismo. Así, el yo se dice a sí mismo: soy el no ser por entero lo que soy. De hecho, en esto consiste su profundidad —su densidad.
Con todo, aquí podríamos preguntarnos cómo es posible que debamos respetar al otro… si no cabe otra opción —si no podemos hacer otra cosa que respetarlo. Ciertamente, decimos que debemos, pongamos por caso, compadecernos del que sufre. Pero al decirlo damos por sentado que podemos no hacerlo. No es este, sin embargo, el sentido de la palabra deber cuando nos decimos que debemos respetar al otro. Aquí, ciertamente, no podemos no hacerlo. El otro —conviene insistir en ello— es un inútil. Pero no podemos no hacerlo… porque el deber de respetarlo va con su yo. Serían como las dos caras de una misma moneda. Al igual que con el agua va el que sacie nuestra sed. Ahora bien, si en ningún caso podemos hacer otra cosa, ¿por qué hablamos de un deber moral?
La respuesta es porque, precisamente, el yo en cuanto tal no es nadie. No solo somos yo, sino un yo con cuerpo. Sin cuerpo no hay yo. Así, por un lado —el lado racional— sabemos que la distancia que nos separa del otro yo es infranqueable —y que, por eso mismo, no podemos hacer otra cosa que mantenernos a distancia, es decir, respetarlo. Pero, en tanto que también tenemos un cuerpo, estamos condicionados —enormemente condicionados— por sus inclinaciones. El cuerpo, por decirlo en breve, va a su bola. Y los cuerpos siempre se servirán de otros cuerpos para satisfacer sus necesidades. Los cuerpos solo saben de cuerpos. Tan solo un cuerpo puede satisfacer otro cuerpo. Traducción: porque también somos cuerpo podemos tratar al otro como si solo fuera un cuerpo. Tan solo hace falta que nos dejemos llevar. Ahora bien, cuando nos dejamos llevar por el cuerpo —cuando tratamos al otro como un medio y no como un fin en sí mismo— no estamos a la altura, como quien dice, de lo que el otro exige por lo que es. Es como si no tuviéramos en cuenta lo que debemos —o deberíamos— tener en cuenta. De ahí el carácter racional del sentimiento de respeto.
Neptuno
febrero 12, 2025 § Deja un comentario
La espiritualidad apunta por definición a lo profundo de la existencia. Hay, por tanto, dos planos: el de la superficie y el abisal. En la superficie todo es inercia, mapa mental, reacción, sombras. Esclavitud. El trayecto hacia la profundidad —toda elevación— comienza con un desmentido, una objeción a la totalidad, en definitiva, con una caída del caballo.
La cuestión es qué hallamos en lo profundo. Muchos, hoy en día, creen que algo así como una energía nutricia o incluso un océano. Pero de ser así se trataría de un saber —de una gnosis—, aunque hipotético. En cambio, los tiros de la tradición cristiana apuntan en otra dirección. Pues lo más profundo no es la afirmación sorprendente, la iluminación, sino la interrogación, aquella que nos mantiene en suspenso y aguardando: qué vida pueden esperar quienes no pudieron seguir con vida debido a nuestra impiedad. En el primer caso, la respuesta pasa por un aprendizaje. En el segundo, por un clamar en el desierto. En el primero, la solución es la sustancia. En el segundo, lo imposible. No da la impresión de que se trate de lo mismo.
extremos
febrero 11, 2025 § Deja un comentario
Una situación extrema es una situación final, esto es, aquella en la que se decide el sí o el no de nuestra entera existencia. Es decir, sin ambigüedad. Pues, en principio, todo cuanto nos traemos cotidianamente entre manos es mezcla —y no terminamos de saber cuál es la debida proporción. Por ejemplo, no hay amor sin celos. Quien pretenda un amor en el que no haya rastro de posesión lo que no obtendrá será, precisamente, amor. Y por eso mismo —porque todo es mezcla— nunca terminamos de saber hasta qué punto el amor es en verdad amor. O mejor dicho, hasta qué punto pesa más el amor que su contrario. Estrictamente, eso está por ver. De ahí lo que decíamos sobre las situaciones extremas o finales.
Sin embargo, ¿acaso no sería preferible que la ambigüedad no se resolviese? Y no solo porque las situaciones finales sean, de hecho, insufribles, sino porque el amor, de resolverse como solo amor, dejaría de hacerse presente como tal. Nada es que no incorpore unas dosis de su contrario.
Ahora bien, esta objeción únicamente puede plantearse sobre el papel. Pues presupone que la resolución se limitaría a constatar la sustitución de un amor impuro por uno sin tara. Pero nadie dijo que el sí o el no se nos impusiera de este modo. Más bien lo que sucede es que el amor se sobrepone a aquello que lo niega. Es decir, que se sale con la suya —que gana o vence. Propiamente, estaríamos ante una superación de la ambigüedad… en el sentido hegeliano de la expresión, a saber, aquella que conserva en su seno lo superado. Por eso, tampoco cabe comprender el momento decisivo o final al margen de la historia que hay detrás.
cambiar de mundo
febrero 8, 2025 § Deja un comentario
Volverse pequeño hasta lograr las dimensiones del microbio no equivale simplemente a cambiar de paisaje. El árbol, los mares, la ciudades… se vuelven inaccesibles. Como si no fueran. Así, habrían tantos mundos como medidas humanas pudieran haber. Nada se le aparece al microbio. El mundo microbiano no es un mundo para el microbio. En realidad, el microbio forma parte de ese mundo… que solo se revela a quien se enfrenta a una exterioridad, esto es, al consciente de sí, y por extensión, de un afuera.
Teniendo en cuenta lo anterior, ¿qué sería Dios? Obviamente, nada que posea la entidad de lo que pertenece a un mundo, sea cual sea. Decir Dios es decir el misterio de Dios. Y no porque Dios sea algo misterioso. O por decirlo a la manera de Jüngel, Dios es el misterio de los mundos.
Ahora bien, no hay misterio sin pregunta. Y aquí la pregunta apunta al sentido de la existencia, sobre todo si esta lleva consigo las heridas de la impiedad. ¿Qué esperar? Sin embargo, la existencia ¿acaso no supone permanecer en la pregunta? ¿Existiríamos de no haber sido arrancados, precisamente, de Dios? ¿Pueden, por eso mismo, existir los ángeles?
Quizá no sea secundario que Israel concibiera la redención como un nuevo comienzo —como recreación. Pues los cielos puede que sean para los ángeles. O las bestias. Pero no, para nosotros.
veo, veo —qué es
febrero 7, 2025 § Deja un comentario
La pregunta —qué es, al fin y al cabo, lo que se nos muestra de un modo u otro— no tiene fácil respuesta. Por ejemplo, veo un árbol —y espontáneamente digo que es un árbol. No obstante, si fuera empequeñeciéndome hasta llegar al tamaño de un microbio, es un decir, el árbol desaparecería. En su lugar, otro mundo.
Al final, hay diferentes mundos. Pero una sola exterioridad —un único ahí. El problema es que ese ahí, como tal, no es nada. O mejor, es no siendo nada. Es posible que el asunto Dios, de pensarlo, comience con esta distinción. Al menos, si queremos ir más allá de lo que nos parece. Y diría que deberíamos ir más allá si no queremos que la paradójica realidad de Dios se reduzca a nuestra ilusión. O necesidad.
centro comercial
febrero 6, 2025 § Deja un comentario
Estar en el centro —creerse el centro— significa que el resto es entorno. Más que narcisismo, ingenuidad. En definitiva, un error existencial. Por eso mismo, elevarse supone un descentramiento: el centro es otro, lo desmedido o extraño. Y este es el verdadero comienzo. Toda revelación es trauma, humillación. No eres nadie. Ahora ya comprendes qué supone haber sido creado a imagen y semejanza.
puro mal
febrero 5, 2025 § Deja un comentario
Al margen del sadismo, el origen del mal fue siempre un mayor bien. Esta es una de las lecciones de la historia. Al fin y al cabo, la lógica sacrificial sigue estando vigente, aunque en lugar de las primicias, las inmundicias. En vez del altar, las fosas comunes. Es lo que tiene que ya no dispongamos de ningún dios a quien agradar. En cualquier caso, el precio de los mil años de paz continua siendo la inmolación. El odio, el asco, la higiene… apuntan a la rata, al gusano, la cucaracha. Basta con que veamos a quienes acusamos de nuestra desgracia como ratas para que volvamos a abrir la espita del gas. Pues la visión es poderosa. La violencia es animal. El mal, solo humano. Pues únicamente los humanos son capaces de simbolizar.
hybris
febrero 3, 2025 § Deja un comentario
Quizá la vida más inercial sea, al fin y al cabo, preferible a la de quien alimenta nuestra secreta inquietud por la verdad. Llenar el vacío con las ocupaciones. Mejor dicho: con una continuada distracción. Pues, de parar, fácilmente nos daremos cuenta de que el suelo bajo nuestros pies es, en realidad, un alambre.
Decía Pascal que nuestros males comienzan donde somos incapaces de permanecer a solas en una habitación. Posiblemente. Sin embargo, cuando surge el desasosiego por lo que en verdad acontece en medio de lo que pasa —y este exige soledad, mucha soledad— no vuelve a crecer la hierba. Y es que la segunda ingenuidad, de haberla, tiene las manos vacías.
No en vano, Platón dijo que el amor a la verdad nos sitúa cerca de los dioses. Pero, a la vez, también fue muy consciente de que la verdad no es para nosotros. Al menos, mientras sigamos en este mundo.
no me asusta
febrero 2, 2025 § Deja un comentario
No me asusta tanto mi muerte —o eso me atrevería a decir ahora— como la posibilidad de que mueran mis hijas antes de tiempo. Quizá cuando tenga que morir, el estremecimiento ocupe todo el espacio. Pero eso sería anecdótico. Quiero decir que probablemente sea más sólido el temor de ahora que el espasmo final. Lo primero es aún humano —demasiado humano, quizá. Lo último, de darse así, sería más bien simiesco.
empirismo, racionalismo… y Platón
febrero 1, 2025 § Deja un comentario
El contraste entre la filosofía griega y la moderna tiene que ver con la cuestión que se plantea en torno a la noción de realidad, a saber, si esta se identifica con la mera exterioridad o con el mundo, en definitiva, si tan solo lo absoluto es real —y lo absoluto es sin darse como tal— o si no hay más realidad que la del mundo… tal y como aparece, sea a la sensibilidad o a la razón.
El lema de Berkeley esse est percipi es un buen punto de partida para ver por dónde van los tiros del pensamiento moderno. Pues lo que sostiene Berkeley es que no podemos asegurar que haya un mundo en sí que esté por debajo o más allá de nuestras representaciones del mundo. Estas representaciones, las cuales son el resultado del trabajo que realiza nuestra mente con las impresiones recibidas, son, efectivamente, del mundo. Ahora bien, esto es así únicamente porque lo que hay es el resultado de operaciones mentales, las cuáles suceden espontáneamente. Si nuestra mente funcionase de otro modo, no es que el mundo nos pareciese distinto —esto es lo que daría por sentado el sentido común—, sino que sería distinto, es decir, otro mundo. Toda idea que no sea simple —toda idea que no sea una impresión— es, en definitiva, un constructo mental —y, por eso mismo, un supuesto de la mente, algo puesto por ella. Que ciertas ideas nos parezcan innatas —como, por ejemplo, la idea de sustancia o la de unidad— tiene que ver con el hecho de que no somos conscientes del proceso de construcción.
Sin embargo, el empirismo no puede negar la exterioridad como tal. Pues somos pasivos con respecto a las impresiones. O dicho de otro modo: estas son recibidas o dadas y, por eso mismo, podemos decir que vienen de afuera. Ahora bien, esa exterioridad no es el en sí del mundo —no es el mundo como tal. No hay otro mundo —otra “realidad”— que la construida por nuestra mente. La pura exterioridad no es nada en particular. Y por eso mismo, nada.
En cambio, según el racionalismo, los enunciados de la matemática describen adecuadamente el en sí del mundo. La sensibilidad sigue siendo incierta. Es decir, con el ver y el tocar no es posible trascender el horizonte de lo que nos parece, en definitiva, la perspectiva. Un color es una longitud de onda… al margen de cómo llegamos a percibirlo. En este sentido, el racionalismo legitima la cosmovisión científica, aquella según la cual —y por emplear las palabras de Galileo— Dios escribe en el libro de la naturaleza con el lenguaje de la matemática. La sospecha escéptica no afectaría a la razón como fuente del saber o criterio de certeza… porque, aunque en un momento dado pongamos en suspenso la pretensión de verdad de los enunciados de la matemática, la razón, simplemente sometida a las normas que constituyen su validez, es capaz de alcanzar la exterioridad —esto es, de demostrar que hay un afuera, un más allá de las representaciones mentales, aquel al que estas representaciones, precisamente, apuntan.
Veamos como procede la demostración. En principio, podría suceder que en el afuera “el gato estuviera vivo y muerto” —y que, siendo lo anterior inconcebible, y por eso mismo, siendo imposible, la razón fuese incapaz de garantizar hasta el final su pretensión de dar en el clavo de lo verdadero… entendiendo por verdad la adecuación entre lo pensado o dicho y los hechos del mundo. No obstante, si solo puedo estar seguro de mi existencia mientras pienso, entonces necesariamente hay un más allá del limite que supone dicho mientras, aunque ignore en qué consiste. El cogito y la exterioridad serían las dos caras de una misma moneda.
Sin embargo, que la exterioridad sea la propia de un mundo —y en concreto, del mundo que corresponde a una descripción matemática del mundo— es lo que aún faltaría por demostrar. Descartes solo pudo demostrarlo recurriendo a la bondad de Dios. Pero este argumento es, de hecho, un ejercicio de retórica. Pues cojea de algunos pies. Por ejemplo, no resulta evidente que la bondad de Dios quedase en suspenso si este hubiese querido limitar el alcance de la razón. La pregunta es, por tanto, ¿qué hay detrás de dicha retórica? ¿Cómo pasar de la exterioridad —de un puro afuera— al mundo sin apelar a un Dios que dejaría atrás su perfección si quisiera engañarnos?
Este paso, me atrevería a decir, solo puede darse desde el lado de la mera exterioridad. Al fin y al cabo, es cuestión de caer en la cuenta de que esta es, por defecto, contradictoria. Realmente, en el puro afuera, el gato está vivo y muerto. Pues, la exterioridad en cuanto tal, es decir, en tanto que indeterminada, incluye tanto el ser —hay el haber— como el no-ser —la pura exterioridad no es nada en concreto… y por eso mismo es no siendo nada. De ahí que la exterioridad en cuanto tal incluya todos los mundos posibles. Todas las posibilidades se dan al mismo tiempo, esto es, mientras aún no hay tiempo y, por eso mismo, nada.
Platón, como sabemos, se enfrentó a la cuestión de por qué había mundo y no tan solo idea. Dejando a un lado la solución imaginativa —el mundo es el resultado de un acto creador por parte de un demiurgo—, lo cierto es que, si lo pensamos bien, el ser, al margen de su aparecer, es no siendo nada. La contradicción es, por tanto, inherente al ser —a un puro haber. Por eso mismo, el puro haber no puede existir como puro haber. Tan solo puede hacerse presente negando su eternidad, en definitiva, su pureza —y por eso mismo, solo puede hacerse presente como el haber del mundo. En definitiva, dándose como aquello que no termina de ser.
Platón lo expresó a través del término participación. Y es que si las cosas que podemos ver y tocar están sometidas al tiempo —y en consecuencia, son siempre hasta cierto punto o nunca por entero— es porque, en definitiva, son, es decir, porque participan de la contradicción inherente al puro haber.
Nadie dijo que el clavo de lo verdadero —de lo que en verdad acontece en cuanto pasa— fuese fácil de clavar. Y menos, de aceptar.
esse est percipi (y 2)
enero 31, 2025 § Deja un comentario
Según el empirismo, el mundo es el resultado de las operaciones que realiza nuestra mente con las impresiones recibidas. Esta pasividad de fondo sería el índice de una exterioridad… con respecto a la cual no hay nada que saber. Pues, propiamente, no es nada en particular. Por consiguiente, no es que haya algo que permanezca incognoscible, más allá de nuestras representaciones mentales, sino que, siendo la idea de algo ahí —en definitiva, la idea de sustancia— un constructo mental, ni siquiera podemos afirmar que haya, precisamente, sustancias , algo que, estando por debajo, sostenga las sensaciones que, espontáneamente, le atribuimos. O dicho de otro modo, no es que nuestra mente deforme lo que el mundo es en sí mismo, esto es, al margen de cómo lo captamos o se nos muestra, sino que el mundo es el resultado de lo que la mente hace con la materia prima de las impresiones. No hay, por tanto, un mundo en sí. El mundo en sí es nuestra suposición. Y si ni siquiera podemos asegurar que haya un mundo en sí, no hay, estrictamente, un saber, teniendo en cuenta que la certeza es la marca del saber. El horizonte del conocimiento es, en cualquier caso, la creencia. El empirismo termina cayendo, inevitablemente, en el escepticismo.
Ahora bien, el empirismo es incapaz de pensar la exterioridad como tal. Al identificar realidad y mundo, lo cual es, ciertamente, de sentido común, no puede comprender la pura exterioridad —el puro haber— como la realidad de lo absoluto, el carácter absolutamente otro de lo real. Esta incapacidad es, de hecho, un producto lateral de la operación cartesiana que sitúa al cogito en el centro del saber y, en última instancia, un efecto de entender la certeza como el sello de lo verdadero. Así, a partir de Descartes, el punto de partida del acceso a lo verdadero ya no será un encontrarse expuestos a la desmesura de la exterioridad en cuanto tal, sino la necesidad de garantizar la verdad de nuestras representaciones del mundo. Dicho de otro modo, donde el sujeto ocupa el lugar de la alteridad extrema de un puro haber, lo verdadero —el acontecimiento de cuanto es— ya no podrá pensarse desde el lado de dicha alteridad.
O al menos, no podrá pensarse hasta Hegel. Pero Hegel fue una seta. A pesar de su influencia, ese malentendido. De hecho, difícilmente comprendemos la operación hegeliana si no caemos en la cuenta de que esta fue análoga a la que realizó en su momento el cuarto evangelista.
teoría y filosofía
enero 30, 2025 § Deja un comentario
La filosofía nace con la pretensión de trascender, siguiendo los dictados de la razón, los puntos de vista, la parcialidad de un perspectiva, las apariencias. En este sentido, el pensar deja atrás lo sapiencial para situarse en la grada del juez que constata imparcialmente la victoria del corredor de fondo. Y quien dice juez, dice el dios. Al fin y al cabo, no es inocente que la palabra teoría derive del griego theos.
Sin embargo, el ejercicio de la razón no está exento de presupuestos de carácter ontológico. Quiero decir que la razón, en tanto que se despliega por medio de un lenguaje, parte inevitablemente de una determinada concepción acerca de la consistencia del haber. Pues no es lo mismo dar por descontado que el haber es el haber de las cosas que, pongamos por caso, el de los flujos. El mundo no se nos muestra del mismo modo donde la estructura básica del lenguaje es la de la predicación que donde, en dicha estructura, el adjetivo posee más peso ontológico que el sujeto. El alma primitiva no fue menos inteligente que el alma griega. La primera vive en medio de. Para la segunda, en cambio, el mundo se sitúa enfrente —y de ahí que devenga un posible objeto de dominio. En definitiva, la razón siempre se ejerce sobre la base de un ver como, y por eso mismo, dentro de las coordenadas de una cosmovisión.
De ahí que puede que no sea secundario que el Dios lejano sea el correlato de una racionalidad que apunta, literalmente, a lo objetivo.
raíces
enero 28, 2025 § Deja un comentario
Diría que no cabe pensar la divinidad al margen del asunto del poder. Pues un dios es, en principio, una fuerza que nos puede y que no es posible dominar. De ahí que, de entrada, siendo frágiles como fuimos, todo estuviera poblado de dioses —o, aún más originariamente, de alma, incluso las piedras. Esta fue una visión espontánea, en modo alguno una creencia. Nadie se atrevió a ponerlo en duda. Al igual que nadie cuestiona sensatamente que las cosas estén ahí. Es lo que se da por sentado, una obviedad.
Ahora bien, lo cierto es que había poderes que nos beneficiaban y otros que se presentaban como maléficos. Y quizá por eso mismo, un dios, a pesar de su invisibilidad, estuvo inicialmente cerca, hasta el punto de rozar nuestra piel. Que hubiera una divinidad suprema y que esta se situara a una debida distancia probablemente fuera el correlato de la jerarquía política que se impuso con el surgimiento de la ciudad. Un rey no se mezcla. Tampoco digo que la trascendencia del dios fuera consecuencia de la transformación política. Una vez fuimos capaces de hacer fuego, los dioses comenzaron a retroceder. Pero que la nobleza poseyera los rasgos de un dios —mejores alimentos, más belleza— también resultó evidente. De manera natural, el noble devino sagrado, esto es, intocable: la pureza no hay que mancharla con manos campesinas.
De ahí que la operación cristiana —aquella que señala como único Dios a quién muere como un animal infecto— tuviera fuertes implicaciones políticas. El triunfo de la cristiandad, ciertamente, las desactivó: los mismos perros con distintos collares. Sin embargo, sigue siendo cierto que un Dios hecho carne en modo alguno puede experimentarse —y ya no solo concebirse— como un dios al uso. El efecto espiritual de la experiencia cristiana de Dios es, no obstante, doble. Por un lado, el ateísmo. Por otro, el permanecer a la espera de un imposible final de los tiempos. Aun cuando sea —o deba ser— con el mazo dando. No es lo mismo. Aun cuando ambos efectos puedan entenderse como las dos caras de una misma moneda.
esse est percipi
enero 27, 2025 § Deja un comentario
La sentencia de Berkeley —esse est percipi— suele dar pie a malentendidos. Pues por lo común se entiende como si nos dijera que no hay nada que no se manifieste, de un modo u otro, a los sentidos. Pero el significado de la sentencia va más allá. Y es que, como sabemos, para el empirismo no hay idea —incluyendo la idea de sustancia o cosa— que no sea el resultado de una construcción mental sobre la base de sensaciones. Por tanto, no es que nuestra manera de percibir cuanto es deforme en cierta medida “la realidad” —no es que nuestra mente sea como una espejo cóncavo—, sino que no hay realidad más allá de la imágenes que se forman en nuestra mente. Esto es, no hay una realidad en sí que subsista por debajo de nuestras supuestas representaciones mentales de la misma. De ahí que si nuestro modo de integrar las impresiones que recibimos del exterior fuese muy distinto —por ejemplo, si fuésemos incapaces de asociar formas y sonidos—, no es que el mundo nos pareciese muy diferente, sino que sería muy diferente.
En cualquier caso, este es el resultado de partir de la sospecha y no del asombro. Y es que donde la pregunta inicial es aquella que se interroga sobre las condiciones de la certeza, si la hubiese, el final del trayecto será inevitablemente un yo incapaz de asegurar la verdad de sus afirmaciones acerca del mundo. Otro gallo cantaría si la pregunta fundamental fuese por qué hay algo en vez de nada. Al fin y al cabo, los presupuestos de la interrogación inevitablemente forman parte de la respuesta. Y la sospecha solo puede ejercerse como método donde la conciencia de sí se sitúa en el centro del mundo, ocupando el lugar de la alteridad propia de lo real.
Probablemente, se trate de un malentendido.
lo otro de Dios
enero 22, 2025 § Deja un comentario
Si Dios, desde nuestro lado, es la alteridad avant la lettre —lo absolutamente otro o extraño—, el hombre es la alteridad de Dios, esto es, lo otro de Dios y, por eso mismo, su negación. Ahora bien, nada puede haber fuera del Dios —nada más allá del puro haber de Dios. De ahí que la negación de Dios —su alteridad u otro de sí— deba comprenderse como la negación de sí de Dios, en el doble sentido del genitivo. Lo finito es, por consiguiente, el resultado de una doble negación: lo no-no finito (in-finito). Esto es, al fin y al cabo, Hegel.
Ahora bien, por eso mismo, la historia será la historia del Espíritu Absoluto, esto es, la historia de la reconciliación de Dios con lo otro de sí mismo, en definitiva, consigo mismo. Y habrá reconciliación cuando Dios logre identificarse con el que tuvo que negarlo desde el principio. Pues mientras no haya reconciliación y como resultado de su acto creador, Dios aún no es nadie. Sin embargo, eso solo será posible cuando el nuevo Adán vuelva su rostro hacia Dios, es decir, cuando deje de negarlo o darle la espalda. Traducción: cuando el abandonado de Dios —y abandonado por su negación de Dios— se abandone a Dios. Solo así Dios —el Espíritu Absoluto— llega al presente, esto es, a hacerse presente. El Espíritu es un hueso.
Es posible que únicamente Hegel comprendiera la verdad del cristianismo. Incluso en mayor medida que Nietzsche. Otro asunto es qué Ley —qué deber ser, qué obediencia— se desprende de dicha verdad. Y aquí Hegel, diría, se separa de Israel.
atados
enero 20, 2025 § Deja un comentario
El problema de las imágenes de la esperanza creyente —como el de las de Dios— es el de creer en ellas antes que en aquello a lo que apuntan, a saber, lo imposible. Es así que lo imposible se vuelve concebible…. cuando lo cierto es que esas imágenes, en tanto que delirantes, pretenden impedir, precisamente, que nos hagamos una idea, convirtiendo la esperanza en expectativa. Las imágenes apocalípticas son el envés de un clamar por Dios, no de nuestro deseo de que la película tenga un final feliz. No estamos, por consiguiente, ante un modo de expresar un ideal al que podamos aproximarnos de hacer las cosas bien.
aquí estoy yo
enero 18, 2025 § Deja un comentario
El punto de partida de cualquier trayecto vital es el de creer que importamos. O cuando menos, que debe reconocérsenos nuestra importancia. Aun cuando esto pueda matizarse en relación con las diferentes psicologías, desde las más soberbias hasta las más acomplejadas, lo cierto es que el mundo parece girar a nuestro alrededor. Es lo que tiene que lo real se nos ofrezca siempre como perspectiva. Sin embargo, por poco que nos situemos, a la Spinoza, en el punto de vista de la eternidad, fácilmente nos parecerá que no es así: apenas contamos. Como si fuéramos hormigas para un dios.
Ahora bien, la cuestión es si hay perspectivas más ajustadas a lo que es en verdad que otras. No es probable que elijamos como postal de la torre Eiffel una en la que solo apareciera uno de sus tornillos. Así, para ver con claridad de qué se trata en realidad suponemos que deberíamos tomar una cierta distancia —una distancia teórica (y no es casual que la raíz de la palabra teoría sea, precisamente, theos). Sin embargo, también es cierto que la piel que acaricia el amante no es la misma que la que observa el dermatólogo con su lupa… aun cuando eso que está ahí sea, en última instancia, lo mismo. Es decir, eso que está ahí no aparece siempre del mismo modo. Y no aparece del mismo modo… porque el aparecer exige, precisamente, perspectiva.
En sí mismo, el eso no es nada en particular —ni puede serlo—… siendo, no obstante, lo más real en tanto que otro-absoluto. Pues lo particular —el que eso se encuentreahí, el modo de ser— aparece siempre en relación con un punto de vista o sensibilidad. Esto es, relativamente. En el aparecer, lo absoluto pierde su carácter absoluto. O mejor dicho, deviene absoluto o, literalmente, ab-suelto —sin juicio, sin lenguaje— en el aparecer… con lo que lo primero —el arkhé— no fue lo absoluto como ente absoluto o subyacente, sino como acto —el hágase.
Así, ¿qué es en sí misma la piel que acaricia el amante o inspecciona el dermatólogo? Un eso, un algo que no es, propiamente, algo, sino más bien (la) nada en concreto. Y por eso mismo, podría ser cualquier cosa. La nada como la posibilidad del todo. ¿Por qué, entonces, hay algo y no más bien nada? Porque la nada es no siendo nada. Es decir, como negación de sí. Hágase.
No es casual que la relación entre lo Uno y lo Múltiple fuese el tema de fondo de la especulación griega. Pues, con respecto al asunto de la verdad, puede que no haya otro.
la macro en cuatro párrafos
enero 17, 2025 § Deja un comentario
En el capitalismo, la crisis empresarial es la condición de posibilidad del crecimiento económico. Una cosa va con la otra. Es decir, ciertas empresas o ciertos sectores empresariales tienen que entrar en crisis para que pueda haber crecimiento. Y no porque la crisis constituya un estímulo para hacerlo mejor; no —o no solo— porque sea un acicate para la innovación, sino porque el valor del ahorro con el que se financia la inversión que da pie al crecimiento económico equivale al valor de las ventas no realizadas —de los productos que quedan como muertos en el almacén. Así, las empresas que no han realizado las ventas esperadas, probablemente —pues dependerá de las dimensiones del stock— disminurián su producción durante el siguiente ejercicio… con lo que se verán obligadas a reducir plantilla. En principio, los nuevos desempleados tendrían que emplearse en las empresas de nueva creación —lo que tampoco es, sin embargo, tan fácil o inmediato—, las cuales se financiarían, precisamente, con el ahorro disponible. Es lo que tiene que una economía se comprenda como un flujo circular de renta. Esto, sobre el papel.
¿Cuál es el problema, entonces? Que ese ahorro puede no volver al circuito económico. Esto es, que en el flujo circular haya cada vez menos renta circulando. Hablamos del atesoramiento. Ello implicaría entrar en una espiral deflacionista… lo que deprime cualquier economía. Evidentemente, no se trata de poner el dinero, tal cual, bajo el colchón. Pero hay muchas maneras de ponerlo sin, literalmente, ponerlo. Por ejemplo, depositándolo en las Caimán. Entonces ¿qué tendríamos? Desempleo sin nuevos empleos. Es decir, desempleo crónico… si es que la evasión del capital deviene algo así como una constante gravitatoria. De ahí que Keynes reclamase que el Estado ocupase el lugar de los empresarios que, ante la falta de ahorro, no pudieron jugársela. Y no para producir, en su lugar, tazas, ordenadores, coches, destornilladores…, sino para edificar hospitales, pavimentar caminos o contratar servicios públicos.
Sin embargo, Keynes, además, propuso que, ante las fugas de capital y, por tanto, donde disminuyese el ahorro disponible, la banca financiase las inversiones con dinero creado de la nada, como suele decirse —aun cuando, de hecho, lo que crean los bancos no es dinero, sino deuda que funciona como medio de cambio: el dinero, en realidad, se crea una vez se ha saldado la deuda crediticia con el banco. Ahora bien, el primer precio a pagar para que la renta siga circulando a pesar del atesoramiento, es una inflación crónica. Pues muchas inversiones financiadas con dinero creado de la nada fracasarán, sobre todo si los tipos de interés están por los suelos —y por eso mismo, la cantidad de “dinero” en circulación aumentará en mayor medida que la nueva producción. De ahí que, a partir de Keynes, el principal objetivo de los bancos centrales sea el control de la inflación: que esta no se salga de madre. El pleno empleo será —o debería ser— un producto lateral.
Con todo, hay un segundo precio a pagar: el de la quiebra bancaria. La razón es simple: donde el dinero de nueva creación, en vez de destinarse a financiar la actividad productiva, se destina a las finanzas, en definitiva, a la especulación financiera, el riesgo —enorme— es que las burbujas que genera la especulación terminen estallando… lo que sucederá tarde o temprano. Y cuando estallen, los activos de la banca no bastarán para saldar su deuda con los depositantes. Esto es, el dinero de estos desaparecerá como si fuese un fantasma. Mal asunto. Muy mal asunto. Este es uno de los motivos por los que, pongamos por caso, las viviendas, al haberse convertido de facto en un activo financiero, no pueden bajar significativamente de precio. O viviendas inaccesibles —y por tanto, expolio de la mayoría—, o conservar nuestro dinero en el banco. Tertium non datur.
primer principio
enero 16, 2025 § Deja un comentario
Nadie nunca es tanto como cree ser. Ni siquiera el malo. Si es verdad que conservamos al niño que llevamos dentro, entonces los malos de la película no dejan de ser unos malotes. Sin embargo, hay quienes nos dan la impresión de que no hay nada que hacer. Pues quieren el daño. De ahí que, ante el malvado, sea inevitable creer en la existencia de Satán. Basta con ver Funny Games de Michael Haneke para hacerse una idea de lo anterior.
redimir
enero 12, 2025 § Deja un comentario
Para hacerse una idea del alcance de la redención —de hacia dónde apunta— basta con ponerse en la piel de un genocida arrepentido. ¿Quién me salvará de esta culpa imborrable —cómo podré comenzar de nuevo? ¿Es posible que mis víctimas lleguen a perdonarme si no regresan con vida de la muerte?
El nihilismo posee la respuesta más razonable. Sin embargo, lo razonable siempre estuvo constreñido por las coordenadas de una cosmovisión. Pues dichas coordenadas —esos pre-juicios— establecen el campo de lo posible. Al fin y al cabo, digamos lo que digamos, seguimos anclados en lo que nos parece. De ahí que no quepa trascender las apariencias donde la razón no se ejerce contra lo razonable. Ahora bien y por eso mismo, el resultado de este ejercicio acabará constatando que no hay otra realidad que la imposible. El mito logra su nemesis en el despliegue radical de la razón.
Fontilles
enero 10, 2025 § Deja un comentario
El leproso se presenta como el límite de la caridad más espontánea. Un cuerpo que se descompone a pedazos no provoca nuestra compasión. Más bien, lo contrario: el asco, el vómito, la repulsión. Ciertamente, podemos sentir pena. Pero a distancia.
De ahí que Hume no pueda explicar el beso de Francisco de Asís al hermano que sufría de lepra. Quizá Freud. Pero no Hume. Ese beso fue, humanamente, excesivo, por no decir, delirante o pertubador. En modo alguno, un ejemplo —un comportamiento a seguir.
Ahora bien, la explicación que pudiera proporcionarnos el psicoanálisis permanecerá en el exterior. El cartógrafo no ve la misma montaña que el escalador. La montaña no aparece del mismo modo. ¿Cuál de las dos apariencias es la verdadera? Las víctimas de Hiroshima se aparecieron a los tripulantes del Enola Gay como hormigas. ¿Lo fueron en realidad? De ahí que todas la polémicas remitan a una y la misma cuestión: ¿de qué hablamos cuando nos referimos a lo que es en verdad?