parábolas
abril 9, 2010 § Deja un comentario
Sabemos por una conocida parábola zen que el junco es más fuerte que el roble, pues el junco, gracias a su flexibilidad, puede resistir mejor que un roble la potencia de un huracán. El roble acaba quebrándose por querer resistirse a una fuerza mayor, mientras que el dócil junco sigue con vida. ¿Quién cuestionará la moraleja de la parábola? Sin embargo, ¿hasta qué punto deberíamos admitir que el junco en verdad puede más que un roble? De hecho, el junco es más fácil de arrancar que un árbol cuyas raíces penetraron profundamente en la tierra. Así, podríamos ahora añadir la historia de los campesinos que segaron fácilmente los juncos de la ribera porque no tuvieron la paciencia del roble para arraigar… Si cada parábola posee su envés, ¿qué párabola seguir? ¿Qué maestro deberíamos escuchar? ¿No deberíamos, más bien, realativizar su pretensión de verdad, aceptar el carácter instrumental de las grandes metáforas? Si fácilmente admitimos que un cuchillo no sirve para clavar un clavo, ¿por qué, en cambio, pretendemos que una indicación moral —una moraleja— sirva en cualquier caso? Al fin y al cabo, una enseñanza parabólica solo puede orientarnos en relación con una determinada circunstancia, la de un viento huracanado en nuestro primer caso, la de la siega, en el segundo. No parece, pues, que podamos aplicar a cualquier situación las enseñanzas que se desprenden de una parábola afortunada. Esto es, no parece que puedan orientar toda una vida, diciendo, por ejemplo: si quieres ser fuerte, aprende a ser flexible como el junco, pues eso dependerá de las circunstancias a las que uno se enfrente.
Pero, ¿por qué motivos, quienes nos cuentan historias ejemplares, ocultan, por lo común, la alternativa? Si suelen presentarlas como verdaderas en cualquier caso, es porque, en cualquier caso, lo que está en juego no es la verdad, sino la justificación de un modo de existir como verdadero, esto es, como definitivamente válido. Un maestro debe, en consecuencia, mentir, si quiere ser fiel a su propósito, pues es innegable que donde hay múltiples circunstancias a las que enfrentarse no puede haber una sola verdad. Quizá por todo ello la pregunta no sea qué parábola —qué historia— es verdadera, sino a qué preocupación sirve. Nietzsche no andaba desencaminado al presentar la cuestión de la verdad como la cuestión del interés. Así pues, no se trata de que nos preguntemos si la vida se corresponde o no con lo que se nos cuenta —se nos presenta— como verdad, sino de interrogarse sobre quién tiene necesidad de que se le cuente esa verdad, al servicio de qué poder —de qué posibilidad— se encuentra. En este sentido, una verdad moral no deja de ser un cuento, una historia ejemplar al servicio de aquellos que necesitan ese ejemplo y no otro como un asunto de vida o muerte. ¿Cómo podría, así, el repartidor de pizzas soportar su existencia, si no pudiera ver películas en las que un repartidor salva el mundo o consigue a la princesa? Un ‘esclavo’ puede vivir —puede hacerse un hueco en el mundo, soportar, en definitiva, su esclavitud—, porque tiene a su disposición la historia de un esclavo feliz. La moraleja como opio, efectivamente. Como opio vital. Y quizá por eso resulta tan difícil convencer de lo contrario a quien se aferra a una verdad moral con uñas y dientes. La verdad es, aquí, la excusa de la autosatisfacción.
(Aun así, quizá la sentencia de Nietzsche sea irrevocable solo para el caso de esas enseñanzas que pretendan adaptarse al Mundo, asegurar una vida satisfecha. Diría que no vale para la verdad creyente, pues la verdad creyente, a pesar de las apariencias, no responde a la pregunta por la felicidad. De hecho, la verdad creyente carece de moraleja, esto es, no puede presentarse como enseñanza. Si seguimos preguntándonos por la felicidad, entonces quizá deberíamos admitir sin ambages que con Epicuro ya tenemos suficiente: el hombre debe tener presente la muerte para que un día de sol sea un milagro —para poseer, al fin y al cabo, un presente—. El resto es cuestión de habilidad, esto es, de servirse de diferentes principios para sortear las dificultades de la navegación. No podemos ir siempre con las velas tensadas. Hay un tiempo para desplegar velas, otro para arriarlas. También podríamos incluir algunas dosis de caridad, por aquello de que venimos de un tradición que ha bendecido el sentimiento de la compasión. Pero un creyente en realidad solo se pregunta una sola cosa: cómo responder a una demanda infinita —en cristiano, cómo responder al perdón de Dios—. Al fin y al cabo, no se trata de preguntarse qué debo hacer para alcanzar una vida dichosa, sino qué debo hacer por ti. Y eso es, ciertamente, algo que solo puede preguntarse aquel a quien ya le importa bien poco su felicidad, alguien cuya vida ha quedado dividida por un trauma salvífico en un antes y un después.)
PS: … y con todo, ¿a quién de nosotros ya no le importa su felicidad? ¿Quién de nosotros se encuentra atravesado por la urgencia propia de los últimos días? Mientras seguimos siendo del Mundo, ¿acaso podemos hacer en verdad algo más que escuchar y aguardar?
Deja un comentario