nietzscheanas 2
abril 30, 2010 § Deja un comentario
Que estamos lejos de un Dios que valga —que sufrimos de nihilismo con independencia de cuál sea nuestra confesión— se observa fácilmente en lo siguiente: ya no hay quien tema a Dios. ¿Dónde se encuentra hoy en día un creyente pendiente de juicio? ¿Qué creyente tiembla ahora ante la posibilidad de una condena sin apelación? Que Dios se haya convertido en nuestro amigo ¿no es ya de por sí un síntoma de que Dios ha perdido altura? Un Dios que tenga que refugiarse en nuestra intimidad ¿acaso no es un Dios en retroceso? ¿Qué extravío condujo a Dios a los recovecos del alma femenina? ¿Qué miedo —qué enfermedad— obligó a Dios a cambiar de talla? Un Dios amiguete no puede valer como Dios. Un Dios amiguete es a lo sumo un fantasma bueno, un Casper. Pero un Dios-Casper ¿acaso no nos precipita al onanismo espiritual? Seamos serios, al menos por una vez: o Dios tiene el poder de juzgarnos o no puede valer como Dios. También podemos decirlo de otro modo: o nuestra existencia se encuentra bajo la posibilidad de un No inapelable —y, por tanto, de un definitivo Sí—… o no se encuentra bajo Dios. Pero ¿dónde localizar al creyente cuya vida se encuentra sub judice? Más aún: sin Juicio ¿puede una vida tomarse en serio? ¿Qué existencia puede alcanzar el suficiente vigor —la suficiente fortaleza— como para permanecer de rodillas ante el eclipse de Dios? Un Dios íntimo solo puede significar que el Juicio es lo más íntimo. Pero desde la profundidad de la tumba ningún dios está ya para juzgarnos. ¿Quién nos iba a decir que el «come by us» es, en realidad, un Requiem?
(Con todo, ¿no fue Pablo quien sostuvo antes que nadie que, de hecho, somos juzgados por el sacrificio de un Dios crucificado —que, de hecho, el Juicio final comenzó ya con esa Cruz—? ¿No fue Pablo quien supo ver que el Sí o el No de Dios se deciden en nuestra respuesta a esa inmolación —a esa misericordia—? No andaba desencaminado Nietzsche cuando atribuía nuestro actual nihilismo a la fe cristiana, pues, sin duda, fue esta fe y no otra la que se atrevió a proclamar sin rubor que Dios ha muerto. Sin embargo, Nietzsche no llegó a comprender que nuestro actual nihilismo es el resultado de un malentendido —de un error en la interpretación—, pues lo que Pablo vió con claridad insoportable es, precisamente, que Dios murió… para que el hombre pueda encontrarse bajo Dios y, así, alcanzar en vida la vida misma de Dios, esto es, la vida que poseen los resucitados de la muerte en nombre de Dios. La cuestión es ¿cómo pudimos olvidar esta verdad? ¿Cómo llegamos a la mala fe? En cualquier caso, sigue siendo cierto que la muerte de Dios no nos libera de su Juicio. Más bien ocurre lo contrario. Únicamente la crucifixión de Dios nos somete en verdad a Dios. Solo en virtud de esa muerte puede el hombre responder a Dios. O lo que viene a ser lo mismo: tan solo cubierto por la sombra de la Cruz —tan solo bajo el peso del eclipse de Dios— puede un hombre tomarse en serio. Se comprende que Nietzsche —quien solo podía escribir con sangre— no quisiera aceptar que hubiera más fuerza retórica en la sencilla verdad cristiana que en todas las páginas del Zaratustra.)