imagine

junio 3, 2010 § Deja un comentario

Sabemos que no hay fe sin esperanza. Lo que no está tan claro es que imágenes pueden sostener esa fe, esa esperanza. Admitimos que una esperanza sin imágenes es inviable, pues nadie puede interiorizar nada sin el recurso de la imagen. Un cuerpo, ya se sabe, arraiga en lo sensible. No obstante, hay imágenes que nos alejan de lo que en verdad tiene lugar e imágenes que nos mantienen en el filo de la verdad, esto es, imágenes que preservan la perplejidad creyente. Un Job, por ejemplo, difícilmente hubiera podido enfrentarse a su desgracia sin esperar algo a cambio. Si Job resiste es porque Job cree que Dios le ofrecerá, cuanto menos, una respuesta. Sin embargo, aun cuando Job espere la respuesta de Dios… no puede ya concebirla. Y esto resulta, cuanto menos, extraño: que pueda haber una esperanza sin expectativa; que sea posible esperar contra toda esperanza. Job se mantiene fiel a Dios… a pesar de que ya no pueda imaginar la respuesta de Dios como la solución de un deus ex machina. No obstante, sigue habiendo ahí, en la esperanza de Job, una cierta imagen de Dios. La cuestión es de qué imagen se trata.

Pues bien, para comprender el carácter de esa imagen, lo que, de entrada, hay que tener en cuenta es que la esperanza creyente no procede de un haber visto una solución, sino de Dios mismo, como quien dice, esto es, de un haber encarado, precisamente, la falta de solución, al fin y al cabo, la falta de Dios, su radical trascendencia, su siempre más allá. O dicho de otro modo, en la esperanza creyente lo primero no es la imagen —el motivo, el vislumbre de una salida, la visión que provoca la esperanza—, sino la situación de quien se encuentra sometido a un incondicional debes vivir, en definitiva, la situación propia de la vida más desnuda, aquella que nada tiene porque ha sido violentamente despojada de cualquier posesión. Quien se encuentra en esta situación —quien se encuentra ante Dios— se encuentra sometido al mandato categórico que sostiene una vida que no es más que vida, una vida sin mérito alguno que pueda hacerla valer por encima del resto de las vidas. Así, la imagen de la esperanza creyente no es algo primero, sino algo en cualquier caso posterior: siempre viene después… como la expresión sensible de la situación creyente. Ahora bien, lo cierto es que la imagen de la esperanza creyente no es en ningún caso creíble. Literalmente, se trata de una imagen in-creíble. No es, por tanto, una imagen en la que el hombre, desde sí mismo, pueda confiar. En realidad, nadie puede interiorizar la pura esperanza sin pasar por una imágen paradójica, la imagen que en modo alguno es imaginable. Por eso las imágenes de la esperanza creyente son necesariamente apocalípticas. Nadie puede esperar en verdad contra toda esperanza sin creer insensatamente que el león comerá hierba. Una vida sometida a una ciega esperanza no puede esperar otra cosa que lo imposible —no puede creer otra cosa que lo increíble—. Para el espectador —para quien mantiene las distancias, para quien se encuentra lejos de la situación creyente— las imágenes de la fe no pueden ser otra cosa que simples fantasías. Pero lo cierto es que el creyente no elige esas imágenes: se le imponen. O con otras palabras: la vida más desnuda, no puede imaginar otra cosa que el rostro imposible de Dios: un león comiendo hierba, un Señor del Bien y del Mal —o un Crucificado reinando en los cielos—. Quién nos iba a decir que la alucinación de la víctima acabaría siendo la única verdad.

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